Buch lesen: "La novela como experiencia de modernidad en Bogotá"



Murillo, Javier H., 1966-
La novela como experiencia de modernidad en Bogotá : la ciudad, sus escritores y la crítica (1910-1938) / Javier H. Murillo. -- Bogotá : Universidad Externado de Colombia. 2020.
174 páginas : ilustraciones, gráficos, planos ; 24 cm.
Incluye referencias bibliográficas (páginas 167-174)
ISBN: 9789587903706
1. Literatura colombiana -- Historia y crítica -- 1910-1938 2. Novela colombiana -- Historia y crítica -- 1910-1938 3. Novelistas colombianos -- Historia y crítica -- 1910-1938 4. Modernidad -- Bogotá (Colombia) -- Siglo XX I. Universidad Externado de Colombia II. Título
Co863SCDD 21
Catalogación en la fuente -- Universidad Externado de Colombia. Biblioteca. MRJ.
junio de 2020
ISBN 978-958-790-370-6
©2020, JAVIER H. MURILLO
©2020, UNIVERSIDAD EXTERNADO DE COLOMBIA
Calle 12 n.º 1-17 este, Bogotá
Teléfono (57-1) 342 0288
publicaciones@uexternado.edu.co
www.uexternado.edu.co
Primera edición: agosto de 2020
Imagen de cubierta: Vista aérea del centro de Bogotá, principios de siglo XX (Sociedad de Mejoras y Ornato de Bogotá)
Diseño de cubierta: Departamento de Publicaciones
Corrección de estilo: Patricia Miranda
Composición: David Alba
Impresión y encuadernación: Xpress Estudio Gráfico y Digital S.A.S. - Xpress Kimpres
Tiraje de 1 a 1.000 ejemplares
Prohibida la reproducción o cita impresa o electrónica total o parcial de esta obra, sin autorización expresa y por escrito del Departamento de Publicaciones de la Universidad Externado de Colombia. Las opiniones expresadas en esta obra son responsabilidad del autor.
Diseño epub:
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CONTENIDO
PRESENTACIÓN
1 ENTRE LA ILUSTRACIÓN Y EL CAPITALISMO. REFLEXIONES ACERCA DE LA MODERNIDAD EN BOGOTÁ
1.1. La ciudad moderna
1.2. La modernidad y los objetos en el tiempo
1.3. El largo siglo XX bogotano
1.3.1. Las cotas de esta investigación
2 LA NOVELA EN LA MODERNIDAD BOGOTANA
2.1. La novela y la modernidad: la escritura del tiempo roto
2.2. Bogotá no hace novela. La literatura en la Atenas Suramericana
3 NOVELA, INTELECTUALES Y CLASE MEDIA EN BOGOTÁ
3.1. José Fernández sale de su casa: la novela de la Ciudad Ágrafa
3.2. Bogotá sí hace novela: novela de ciudad y novela urbana
4 LAS NUEVAS NARRATIVAS. EL CASO BOGOTANO (1910-1938)
4.1. La novela bogotana entre 1910 y 1938
4.2. Las novelas trabajadas. Los textos y su contexto
4.2.1. Las novelas de la Atenas Suramericana
4.2.2. Las novelas de la Ciudad Ágrafa
5 LA CIUDAD IMAGINADA
5.1. Bogotá, la ciudad invisible
5.2. Cartografía bogotana desde sus novelistas
6 ALGUNAS CONSIDERACIONES FINALES ACERCA DE LA NOVELÍSTICA BOGOTANA A PRINCIPIOS DE SIGLO XX
TRABAJOS CITADOS
NOTAS AL PIE
ÍNDICE DE IMÁGENES
Imagen 1 Plano geométrico de la ciudad de Santafé de Bogotá de Domingo Esquiaqui (1791)
Imagen 2 Croquis de la ciudad de Santafé de Bogotá y sus alrededores de Carlos Francisco Cabrer (1797)
Imagen 3 Plano en el que se ubican los espacios mencionados en la tabla 3
ÍNDICE DE GRÁFICAS
Gráfica 1 Periodización para la modernidad en Colombia y Bogotá
ÍNDICE DE TABLAS
Tabla 1 Relación novelas publicadas entre 1900 y 1940
Tabla 2 Novelas que componen el cuerpo del trabajo
Tabla 3 Lugares y espacios bogotanos mencionados en las novelas
PRESENTACIÓN
El vínculo entre novela y modernidad no es nuevo. La narrativa y, en particular, el género de la novela han sido vinculados con los procesos modernizadores que involucran los medios productivos del capitalismo con los ideales ilustrados de la Francia del siglo XVIII. Es así como se registra el auge de la novela entre los siglos XIX y XX, y se reconoce como los autores más representativos a aquellos nacidos en Europa, además de otros países como Rusia y Estados Unidos, todos ellos con procesos industriales determinantes.
Dado lo anterior, no resulta extraño que la discusión acerca de los orígenes de la novela y de lo que se puede llamar la “condición moderna” sean comparables y paralelos, particularmente en aquellas sociedades en las que el tránsito de la tradición a la modernidad no está tan claramente determinado como en los países mencionados arriba.
Este es el caso de Bogotá, ciudad hondamente anclada a principios vinculados, por un lado, a los usos de la sociedad colonial, claramente estratificada y católica; y, por otro, a valores de tradición grecolatina y judeocristiana, determinados por una burguesía ilustrada de talante conservador. Estas características hicieron que el vínculo de su sociedad con los procesos modernizadores haya sido –aún en el presente– limitado y, sobre todo, sujeto a discusiones de diferente tipo, la mayoría pertinentes y justificadas. Además, que la novela no haya aparecido con fuerza en el panorama editorial y en el de la crítica hasta bien entrado el siglo XX; de hecho, que se considere que el establecimiento del género en la ciudad es tan tenue que, según algunos, para hablar con propiedad de novela urbana habría que esperar hasta Los parientes de Ester, de Luis Fayad, de 1976. También, que un texto como De sobremesa haya sido leído como una anomalía o como una biografía de José Asunción Silva; que autores como Luis López de Mesa, Emilio Cuervo Márquez o Luis Carrasquilla no hayan sido reconocidos como novelistas urbanos; o que un escritor tan prolífico en narrativa sobre la ciudad como José Antonio Osorio Lizarazo haya sido mirado con sospecha por parte de la crítica especializada, y que su aporte al estudio de la sociedad bogotana no tenga mayor relevancia.
Una de las principales discusiones al respecto es la que plantea Rafael Gutiérrez Girardot (1989) a finales de la década de 1980 respecto a lo que él considera el “difícil tránsito de la sociedad tradicional y la sociedad moderna” (p. 20), y su vínculo con la historia social de la literatura. Es decir, el papel de la crítica literaria respecto a los procesos modernizadores en la sociedad bogotana.
Según propone Gutiérrez Girardot, a través del estudio de las novelas –un estudio de historia social, no estético, de los textos literarios– resulta una “exigencia” que debería dar respuestas a múltiples preguntas respecto a la sociedad, no solamente colombiana, sino bogotana, y “evitar especulaciones aventuradas y aventureras como las del seudoproblema de la identidad cultura” (p. 20). Particularmente cuando a estos problemas se les ha tratado de dar, tradicionalmente, respuesta desde la historia social y económica, y hasta ahora no han obtenido soluciones definitivas.
Este es, justamente, el propósito de este trabajo: dar cuenta de ese difícil tránsito a través de las novelas de la ciudad y, concretamente, del vínculo entre la evolución de la novela y la sociedad urbana: de la ciudad con los textos que la imaginan.
Este trabajo es parte de la investigación que acerca de imaginarios urbanos se desarrolló durante más de cinco años alrededor de la tesis de grado Entre la Atenas Suramericana y la Ciudad Ágrafa: las formas de la ciudad imaginada. Imaginarios urbanos en la literatura bogotana durante el primer auge modernizador (1910-1938), realizada para el Doctorado en Estudios Sociales de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Externado de Colombia, con el apoyo del Colegio de Estudios Superiores de Administración (CESA).
El presente volumen da cuenta, en primer lugar, del vínculo entre el complejo término modernidad y la ciudad de Bogotá. Lo que significa en esta ser moderna a la luz de conceptos propuestos por Marshall Berman (1988), claves para este trabajo. Después, en segundo lugar, contextualiza el estudio crítico de la novela en la ciudad y propone las cotas que determinaron el trabajo y, por lo tanto, los límites dentro de los cuales se moverá el estudio.
La tercera parte contextualiza la producción de novela en la ciudad y evidencia las transformaciones sociales que determinaron la producción de textos narrativos en Bogotá y el paso de una sociedad cerrada desde las letras a otra que, poco a poco, incluye otros actores y unas formas de escritura diferentes. A continuación, se plantea lo que puede constituir el centro de este trabajo: el estudio de la novelística de la ciudad durante el periodo, con un especial énfasis en el vínculo entre los argumentos de los textos y la ciudad; como ya se dijo, se dejó de lado la apreciación estética de las novelas trabajadas para hacer un estudio centrado en su vínculo con la sociedad, la que la produce y la que los textos plantean.
Para la última parte se dejó la propuesta interpretativa del estudio, en el que se da cuenta de una ciudad imaginada desde la narrativa, y que determina dos imaginarios de ciudad diferentes: la Atenas Suramericana y la Ciudad Ágrafa. Del mismo modo, se estructura una topografía literaria que, digamos, puede aprehenderse desde los textos trabajados.
Al final, se espera haber planteado una forma de comprender Bogotá desde sus novelas: dar cuenta de la forma en la que la ciudad ha vivido su propia transición hacia un ideal moderno, que, en ella, tiene las características de su burguesía, conservadora y cerrada, pero que, al pasar el tiempo, va abriéndose hacia nuevas perspectivas que podrían dar cuenta de las múltiples ciudades que en ella conviven.
1
ENTRE LA ILUSTRACIÓN Y EL CAPITALISMO REFLEXIONES ACERCA DE LA MODERNIDAD EN BOGOTÁ
Hablar de la novela de la ciudad en Bogotá no resulta sencillo, lo mismo que no lo es establecer sus fronteras y sus primeras manifestaciones.
La novela bogotana está estrechamente ligada, en general, con las formas que han tenido la modernidad y sus variaciones –lo moderno y la modernización– en el continente y, en particular, con el surgimiento de la narrativa como género canónico para un grupo social específico. Hablar, pues, de una novela urbana bogotana significa hablar de la forma en la que es comprendida la ciudad, y dar cuenta de ella es hacerlo de las formas en las que esta ha sido vivida durante las últimas diez o quince décadas.
Efectivamente, el siglo XX resulta determinante para hablar de la modernidad, tal y como lo propone Marshall Berman (1988) en su ya clásico libro Todo lo sólido se desvanece en el aire: la experiencia de la modernidad1. Para Berman, el siglo XX constituye, como se verá más adelante, el periodo durante el cual la modernidad “se expande” (p. 3) hasta alcanzar conseguir una globalización del concepto o, más bien, una universalización –en cuanto propone un dominio, conceptual y de pensamiento, más que territorial– con sus valores y con sus principios.
Esta universalización de las formas de vida propuesta por la modernidad debía incluir, por fuerza, a las bogotanas, por más de que al finalizar el siglo XIX y al comenzar el XX la vida de la ciudad aún se debatiera entre las prácticas culturales típicas de las tradiciones coloniales que con tanta fuerza se arraigaron en la ciudad, y aquellas más capitalistas y burguesas que caracterizaron las transformaciones urbanas de las primeras décadas del siglo XX.
Justamente respecto a esta tensión entre la tradición y la modernidad que se vivía en una ciudad como Bogotá al despuntar este siglo XX, resulta pertinente tener en cuenta la pregunta que Berman se hace respecto a aquellas sociedades que tienen lugar en espacios o condiciones distantes a los centros de poder tradicionales de Europa o de Norteamérica, con aquellas áreas del planeta que, a su juicio, se encontraban “fuera de Occidente”, es decir, ajenas –por lo menos en apariencia– a las transformaciones que se hacían evidentes en las que él mismo llama las “grandes ciudades de Occidente”: Londres, París, Berlín, Viena o Nueva York: pero ¿qué ocurría en aquellas áreas fuera de Occidente donde, a pesar de las permanentes presiones del mercado mundial en expansión […], no se produjo la modernización? Es evidente que los significados de la modernidad tendrían que ser allí más complejos, escurridizos y paradójicos (p. 175).
Compleja, escurridiza y, sobre todo, paradójica resulta la experiencia de la modernidad en Bogotá, lo mismo que las manifestaciones sociales y artísticas que dan cuenta de ella, dentro de las cuales la narrativa y la novela tienen lugar.
La pregunta que se hace Berman cobra particular valor cuando se tiene en cuenta que ya él había planteado que, al ser la modernidad una experiencia global, “que comparten los hombres y las mujeres de todo el mundo hoy” (p. 1), ningún rincón del planeta comunicado a través de ese “mercado mundial en expansión” podría permanecer ajeno a estos procesos. Esta expansión del mercado y la consecuente expansión de lo que podría llamarse el mundo dominado por el poder del capital correspondían de manera directa a los intereses económicos y culturales de los países con un capitalismo más desarrollado, en Norteamérica y en Europa, y estaba estrechamente vinculada con la idea de modernización. De hecho, esta modernización consistía precisamente en entrar a formar parte del mundo capitalista y la difusión de sus principios y valores, por lo tanto, estaba en la agenda de los países económicamente más poderosos. Saldarriaga Roa (2006) menciona que, durante el siglo XX, la modernización formaba parte de un “vasto proyecto internacional de difusión del progreso, planeado y exportado desde los Estados Unidos y el bloque de países de Europa Occidental” (p. 20), y que esa modernización era una estrategia para combatir la expansión del comunismo2.
Por lo anterior, si bien pude afirmarse que existen, efectivamente, contextos que de alguna forma podríamos encontrar ajenos a ese permanente devenir de la modernidad –“periféricos” (Morse, 2005) o “de subdesarrollo” (Berman, 1988; del Castillo, 2003)–, no puede decirse que sean del todo ajenos a ella; de hecho, y como se explicará, su influencia determina las formas en las que se han insertado en la historia de Occidente hasta nuestros días.
Es así como, en esta misma línea, Saldarriaga Roa (2006) propone que “ser moderno”, en el contexto bogotano, es más una obligación que una opción voluntaria para las sociedades que entran al siglo XX, así hacerlo tenga lugar a través de procesos tardíos o que den lugar a fracturas en las formas de vida de sus sociedades dadas las distancias (económicas, sociales y culturales) con aquellas más poderosas:
Llegar a ser moderno no es una decisión voluntaria, es casi una obligación en un mundo en el que las sociedades más modernas son al mismo tiempo las más poderosas. En ellas la industrialización tuvo su origen y expansión y la modernización se llevó a cabo paralelamente en los campos de lo político, lo social, lo económico y lo cultural. En las demás sociedades la modernización se introdujo tardíamente, fracturó los modos de vidas anteriores y se fracturó a su vez en múltiples cambios parciales, unos de mayor, otros de menor profundidad y cobertura. Esta modernización de fragmentos parece ser la mejor explicación de la transformación de Bogotá en el siglo XX (p. 14).
De ahí que la discusión en el caso bogotano no solamente esté permanentemente abierta (¿es Bogotá una ciudad moderna?, y, si lo es, ¿cómo se han vivido en la ciudad los principios de la modernidad y la modernización, qué efectos han tenido para su sociedad?), sino temporalmente aún indeterminada (¿desde cuándo puede hablarse de modernidad en Bogotá?, ¿durante el siglo XIX o tal vez más tarde, en la segunda mitad del siglo XX?). Al respecto, es importante tener en cuenta dos hechos que enmarcan temporalmente el asunto de la modernidad en la ciudad. El primero, los cambios políticos y sociales que tuvieron lugar durante el siglo XVIII en Bogotá; el segundo, la transformación urbanas (estructurales, edilíticas y sociales) de mediados del siglo XX en la ciudad. Estas son las que marcan la diferencia entre Santafé, la aldea colonial, y Bogotá, la ciudad republicana y burguesa.
Sin embargo, la tradición ha establecido un periodo específico para esta transición en Bogotá. Se trata de los años que siguieron al cambio de siglo entre el XIX y el XX. Es después de 1900 cuando la modernización se vincula, efectivamente, con un auge de la sociedad burguesa en la ciudad y con la transformación de la física de esta: en su infraestructura, ante todo, y con la adopción de diferentes medidas –municipales y privadas– tendientes a mejorar la prestación de servicios públicos (luz eléctrica, acueducto y alcantarillado; transporte público y servicios de salud), muchos de ellos relacionados con procesos de higienización. En su arquitectura, también, y en la manera en la que se concebían los espacios comunes, en lo que se comenzó a conocer como espacio público. Esto determinó la redefinición de ciertas zonas icónicas de la ciudad –sectores, calles, plazas y parques–, que adquirieron una nueva significación en el entramado urbano, tanto en el arquitectónico como en el social.
En general, los conceptos de modernidad o de modernización en la ciudad se vinculan con un conjunto de medidas concretas tendientes a la modificación de las formas de vida urbana, que deberían acercarla de alguna manera a aquellas que resultan características en otros lugares (otros más modernos y vinculados con procesos propios del capitalismo y de la sociedad industrial), y a las formas de vida que, con el paso del tiempo, convendría imitar pues ofrecía una vida mejor. Así, se vincula el ideal la modernización, tal y como lo propone Saldarriaga Roa con el mejoramiento “universal de la calidad de vida” (2006, p. 18). Efectivamente, en el imaginario bogotano, la modernización de la ciudad connota una mejora de sus condiciones de vida y, por lo general, involucra un deseo, un anhelo conseguir tal mejora. Es así como la modernidad resulta vinculada con el ideal del futuro y con la promesa de que ese futuro será un tiempo mejor. Se espera, a través de ella, hacer posible una transformación positiva; que, a través de lo nuevo, de lo que viene diferente en el tiempo que aún no ha tenido lugar, se vivirá más y mejor.
Pero la discusión, un siglo más tarde, sigue siendo vigente. Incluso hoy, al final de la segunda década del siglo XXI, no hay unanimidad acerca del carácter moderno de una ciudad como Bogotá, ni termina de ser claro si los diferentes procesos modernizadores han satisfecho ese “deseo de modernidad” que menciona Pérgolis (2010; 2015). Se habla en Colombia de modernización fragmentada (Saldarriaga Roa, 2006), de modernización incompleta (Leal, 1995), de modernizaciones tardías (del Castillo, 2003; Zambrano Pantoja, 1989; Aprile-Gniset, 1992), de modernidad postergada (Jaramillo Vélez, 1998; Uribe Celis, 1992), de modernidad híbrida (Cruz Kronfly, 1998) o de transiciones abruptas a la modernidad (Henderson, 2006). En todo caso, la modernidad ha sido comprendida en nuestro contexto como un proceso inacabado, al que resulta particularmente difícil referirse y, por lo tanto, particularmente complejo de limitar.
Las visiones histórico-económicas de corte marxista vinculan efectivamente el concepto con el surgimiento del capitalismo, con la acumulación de capital y con el fortalecimiento de una clase media en el país (Melo, 1990). Son estas perspectivas las que han permitido establecer un acercamiento a lo moderno o a la modernidad con una perspectiva socioeconómica, concretamente a partir del estudio de procesos productivos específicos como el auge de la sociedad burguesa, o el de la industrialización dentro y alrededor de los centros urbanos. Con esta perspectiva se vincula en diferentes ciudades del continente el tránsito de las sociedades tradicionales a las modernas, concretamente a partir de los procesos industriales y del desarrollo urbano que este implica. Sin embargo, diferentes autores proponen para el caso bogotano opiniones contrarias, es decir, que para hablar de modernización en el país y, concretamente, en la ciudad, no es necesaria la evidencia de un desarrollo de tipo industrial –o urbano industrial–; es el caso de expertos como Mejía Pavony (2000), del Castillo (2003) o Morse (2005), quienes explican que el hecho de que no se den procesos industriales en una ciudad como Bogotá no significa que no pueda hablarse de modernización en la ciudad.
¿Cómo hablar, entonces, de modernidad o de modernización en la ciudad Bogotá? ¿Cómo analizar el periodo en el cual se dio la transición de la ciudad tradicional colonial a una diferente, parcial o totalmente; a una homogénea o heterogéneamente integrada a los procesos económicos y sociales de ese Occidente del que habla Berman? ¿Bajo qué términos y con qué instrumentos?
Para responder a estas preguntas, conviene, primero, establecer una distinción entre términos que suelen usarse de manera indiscriminada: modernidad, modernización y modernismo. Berman (1988) establece la diferencia de manera clara.
Respecto a la primera, la modernidad, el autor anota que es una forma de experiencia vital: “la experiencia del tiempo y del espacio, de uno mismo y de los demás, de las posibilidades y los peligros de la vida que comparten hoy los hombres y las mujeres de todo el mundo de hoy” (p. 1). En cuanto al segundo, la modernización, es comprendida como el resultado de los procesos sociales que dan origen a esa vorágine; en cuanto al modernismo, es aquel bajo el cual fueron agrupados, durante el siglo XIX, los valores y visiones que pretenden hacer de los hombres y mujeres sujetos tanto como objetos de la modernización.
Del mismo modo, a partir de Melo y de Pinzón pueden distinguirse también modernización de modernidad en el contexto colombiano. Según explica Melo (1990), la modernización hace referencia, en nuestro país, a un proceso estrictamente económico, que coincide con el final del siglo XIX y el comienzo del XX, cuando se establece en el país una estructura capitalista con capacidad de acumulación constante. Así mismo, el Estado está, en ese momento, en capacidad de intervenir en los procesos económicos del país y de establecer una estructura social relativamente móvil, con posibilidades de desplazamiento geográfico que tiene como consecuencias cambios en la constitución de las ciudades. Al respecto, Pinzón complementa: “Si la modernidad es un estado evolutivo [impuesto por las sociedades occidentales] la modernización es su proceso” (Pinzón, 2012, p. 97).
De manera equivalente lo comprende Saldarriaga Roa (2006): “La modernización es el traslado al plano de la acción de algunos de los fundamentos la modernidad, vista como un estado particular de entendimiento del mundo y de orientación e instrumentación de las acciones humanas” (p. 13). Y agrega que esta, la modernización, “se manifiesta […] en las modalidades de consumo, los instrumentos, aparatos y técnicas específicas que apoyan todo tipo de actividades, desde las más especializadas hasta las más comunes” (p. 15).
1.1. LA CIUDAD MODERNA
La cuestión por la ciudad, la pregunta por la sociedad urbana, no es otra que la pregunta por el hombre moderno. Quién es. Cómo vive. Cómo se relaciona con sus semejantes y qué tipo de sociedades forma. Hablar de la ciudad es, entonces, hablar de la vida moderna, y viceversa. Tanto así, que vida urbana y vida moderna pueden incluso llegar a ser consideradas dos maneras de referirse a lo mismo, como si fueran sinónimos (Saldarriaga Roa, 2006). La creciente influencia de la ciencia y la tecnología, particularmente, en la vida cotidiana, impulsada por el mercado capitalista, ya tendiente a la globalización, igualan las formas de vida en espacios diferentes y con características disímiles. Las formas de vida en dos ciudades principales de dos países diferentes, al avanzar el siglo XX, tienden a ser más parecidas que aquellas que pueden observarse en pequeñas poblaciones de una misma geografía o país.
Las ciudades, como centros de concentración de poder, constituyeron la principal manifestación de la presencia europea –es decir, occidental– en Latinoamérica desde el siglo XVI. Determinaron el proceso económico del resto del continente, marcado por un proyecto mercantil y burgués (Romero, 2010). Así, sirvieron de enclaves para establecer y articular los territorios del continente durante el dominio europeo y, posteriormente, durante el siglo XIX, después de las independencias de los diferentes países, para definir una idea de Nación y proyectar el sentido de ciudadanía hacia las zonas rurales; en las ciudades se establecieron los principios modernos en el continente, y desde ellas se ha planeado y ejecutado lo que Gorelik (2003) llama la expansión de la modernidad, y a partir de las cuales se produjeron “hombres social, cultural y políticamente modernos” (p. 13).
Una anécdota ilustra lo anterior. Recuerda Gorelik que al escribir Facundo (1845), su obra más representativa, Domingo Faustino Sarmiento –escritor e intelectual argentino nacido en Carrascal, San Juan, y piedra angular del pensamiento moderno en Latinoamérica– se valió del concepto ciudad para anclar la civilización que en su criterio se contrapone a la barbarie. Sin embargo, en el momento de hacerlo, el sanjuanino no conocía aún Buenos Aires ni había vivido en ninguna ciudad capital.
Con ello se deduce que no es necesario conocer la ciudad para acceder a lo que representa este concepto en el pensamiento, pues la idea de ciudad no requiere de la experiencia urbana: “no hace falta […] que las ciudades realmente existentes cumplan efectivamente con los principios de este imaginario, ya que para él [para Sarmiento] la ciudad es la modernidad y la civilización por definición” (Gorelik, 2003, p. 13). La ciudad es, efectivamente, más que su evidencia física: resulta ser la encarnación simbólica –en carne y piedra, como propondría Sennet (1997)– de una idea concreta, de un ideal europeo moderno que toma unas formas particulares en el continente americano.
Puede decirse que el establecimiento de ciudades en América por parte de europeos durante el siglo XVI es el resultado de una intención modernizadora global a través de la cual se buscaba que las tierras en proceso de conquista –por la espada, la religión y la lengua– se integraran a los procesos económicos y sociales del llamado Viejo Continente, concretamente los del tipo mercantil y burgués, como recuerda Romero (2010). Y que el papel del continente, concretamente del subcontinente latinoamericano, fue determinante a la hora de constituir la modernidad de los centros de poder en Europa, particularmente en la producción de recursos, en forma de materias primas, que garantizaron el florecimiento económico de los reinos europeos que establecieron colonias en Latinoamérica.
Lo anterior no significa, sin embargo, que las ciudades latinoamericanas deban ser consideradas modernas desde su establecimiento durante el siglo XVI, ni que los diferentes proyectos urbanos latinoamericanos, hasta el presente, sean resultado de proyectos modernos o que tiendan a la modernización o a la modernidad. Significa, en primera instancia, que el establecimiento de colonias en tierras americanas fue resultado de procesos de expansión del sistema economía-mundo estudiados por Braudel y por la Escuela de los Anales, y analizados por Wallerstein (1999) para comprender la modernidad en el que llamó el largo siglo XVI. Pero habría que esperarse cuando menos un siglo para que las formas de vida que pudieran considerarse modernas tuvieran lugar en el continente.
Para Foucault (1991), los movimientos intelectuales y sociales que dieron lugar a la Ilustración, durante el siglo XVIII, resultan determinantes para comprender la modernidad y sus efectos. Con un enfoque de estudios biopolíticos, Foucault propone que la modernidad establece una nueva relación de poder determinada por el dominio sobre el cuerpo. El sistema de poder soberano de los sistemas monárquicos –que Foucault establece justo antes que el de la modernidad, como instrumento de control para favorecer las instituciones de poder y el sistema capitalista– implicaba una dinámica fundada en la propiedad de la tierra y de sus productos, y se ejercía a partir del derecho de hacer morir. La modernidad, por su parte, supone una mecánica de poder diferente, determinada por el control de los cuerpos y que se ejerce desde el hacer vivir y el de rechazar la muerte, que puede encontrarse claramente ilustrada en las prácticas higienistas de finales del siglo XIX y comienzos del XX, que tuvieron injerencia directa en la transformación de las ciudades latinoamericanas.
La imposición de un conjunto de normas tendientes al cuidado de sí mismo puede comprenderse, por lo tanto, como un instrumento de control para favorecer las instituciones de poder y al sistema capitalista (Foucault, 1991)3.
En este orden de ideas, el siglo XVIII resulta determinante para la comprensión de las prácticas sociales en Colombia. Como lo propone Zambrano Pantoja (2016), el restablecimiento, por parte de la corte borbónica (establecida en el poder desde finales del siglo XVII), del virreinato de la Nueva Granada, en 1739, y la constitución de Santafé de Bogotá como su capital, resultan clave para comprender el proceso modernizador en la ciudad. Santafé, pues, comenzó a ocupar un papel más relevante en la administración virreinal y a fortalecer un sistema social basado en los privilegios que los funcionarios del gobierno mantenían con las familias locales.