Buch lesen: "El lado oscuro del universo"

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EL LADO OSCURO

DEL UNIVERSO

En búsqueda de la materia

y la energía invisibles

Javier Grande Bardanca


© del texto: Javier Grande Bardanca, 2017.

© de las ilustraciones: Joan Pejoan.

© de las fotografías: Age Fotostock: 98; ESO/Wikipedia Commons: 109a; J. Stadel/Universidad de Zúrich: 129; NASA/ESA/Hubble: 59a, 59b, 109bi, 109bd; Shutterstock: cubierta

Diseño de la cubierta: Elsa Suárez Girard.

© RBA Coleccionables, S.A., 2017.

© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2019.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

rbalibros.com

Primera edición: junio de 2019.

REF.: ODBO539

ISBN: 9788491874539

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Contenido

1  Introducción

2  Un universo de claroscuros

3  Materia oscura

4  Energía oscura

5  Otros objetos oscuros

6  Observaciones recientes y futuras

7  Bibliografía

Introducción

Las observaciones más recientes indican que la materia ordinaria (aquella de la que está hecho todo lo que vemos, desde las galaxias, estrellas y planetas hasta nosotros mismos) constituye apenas un 5 % de todo lo que hay en el universo. El 95 % restante correspondería a dos nuevas sustancias, la materia oscura y la energía oscura, sobre las que aún sabemos muy poco: no podemos verlas, no sabemos de qué están hechas y solo percibimos su presencia a través de los efectos gravitatorios que producen. Y no solo eso, sino que dentro del 5 % de materia ordinaria también hay muchos objetos «oscuros», que permanecen ocultos debido a que casi no emiten radiación.

Actualmente hay muchos experimentos dedicados a estudiar este lado oscuro del universo. Sus resultados nos ayudarán a entenderlo mejor, a formular teorías físicas más generales y puede que incluso a responder algunas preguntas fundamentales, como por ejemplo cuál es el destino del cosmos o si existe vida en otros planetas.

Si queremos adentrarnos en el lado oscuro del cosmos, antes es necesario recordar todo lo que hemos aprendido sobre el universo a lo largo del último siglo. En 1915, Albert Einstein introdujo la teoría de la relatividad general, que permite estudiar la evolución de cualquier sistema gravitatorio, incluida la del conjunto del cosmos. Un poco más tarde, en 1929, Edwin Hubble descubrió que el espacio se estaba expandiendo y eso condujo a la teoría de la gran explosión, según la cual el universo comenzó hace miles de millones de años en un estado de enorme densidad y temperatura, y lleva desde entonces expandiéndose y enfriándose. Esta teoría es capaz de explicar con muchísimo detalle cómo evolucionó el cosmos desde sus primeros instantes y realiza dos predicciones muy concretas.

Por un lado, nos indica la cantidad de elementos químicos ligeros (principalmente hidrógeno y helio) que se habrían producido en los primeros minutos que siguieron a la gran explosión. Además, requiere que exista un fondo de radiación de microondas, una luz que llenaría todo el universo y tendría unas características muy concretas. Las observaciones han confirmado de manera espectacular ambas predicciones, y eso ha hecho que la teoría de la gran explosión se convierta en el modelo cosmológico estándar.

En la década de 1970 se descubrió que, a grandes distancias del centro de las galaxias espirales, las estrellas se mueven mucho más deprisa de lo esperado. Para poder explicar este hecho, lo más sencillo es suponer que las galaxias contienen una gran cantidad de materia «oscura» que, por alguna razón, no somos capaces de ver. Posteriormente, otras observaciones han confirmado que en el universo hay unas cinco o seis veces más materia oscura que normal. Discutiremos en detalle una de estas observaciones, la de las anisotropías del fondo de radiación de microondas (pequeñas diferencias de temperatura en la luz que nos llega desde distintas regiones del cielo), que nos proporciona una «fotografía» de cuando el universo tenía tan solo 380.000 años.

Pero ¿de qué está hecha la materia oscura? Algunas posibles explicaciones ya han sido descartadas, por ejemplo, la idea de los MACHO, según la cual la materia oscura estaría formada por objetos celestes tenues. Sin embargo, otros candidatos siguen siendo plausibles y se está tratando de encontrarlos. Entre ellos podemos destacar las WIMP (partículas masivas que interaccionan débilmente), los axiones, los neutrinos estériles o los agujeros negros primordiales. Finalmente, algunos autores defienden que las observaciones pueden explicarse sin necesidad de introducir una nueva sustancia si se modifican las ecuaciones de la gravedad de una manera adecuada.

En 1998 llegó otra sorpresa: resulta que el universo no solo se está expandiendo, sino que lo hace cada vez más deprisa. Se llegó a esta conclusión a partir del estudio de una cierta clase de explosiones estelares llamadas supernovas de tipo Ia. La manera más sencilla de conseguir una expansión acelerada es introducir una constante cosmológica en las ecuaciones de la relatividad general, algo que curiosamente ya había propuesto (y posteriormente descartado) Einstein en su día, por motivos muy distintos. Además, desdeun punto de vista teórico, uno espera que exista una constante cosmológica, debido a la energía que, según la mecánica cuántica,posee el espacio vacío.

Sin embargo, la teoría predice que el valor de la constante cosmológica debería ser muchísimo mayor que el medido. Esto ha provocado que muchos investigadores busquen otras opciones, como los campos escalares de quintaesencia, para explicar la expansión acelerada del universo y que la sustancia (sea lo que sea) que la produce pase a ser conocida con el nombre genérico de energía oscura. La naturaleza de esta energía oscura, que constituye el 70 % del contenido energético del universo, determinará el destino último del cosmos… aunque ninguna de las posibilidades es muy halagüeña.

Más allá de la materia y energía oscuras, en el cosmos existen muchos objetos celestes tenues que casi no emiten radiación y, por tanto, resultan muy difíciles de observar. Algunos de ellos son inmensos, como las nubes de gas y polvo donde se forman las estrellas. En ocasiones, el proceso de formación estelar no culmina con éxito: la estrella incipiente no logra acumular suficiente masa como para desencadenar las reacciones de fusión nuclear y se convierte en una enana marrón, una estrella fallida que se va enfriando poco a poco. Las enanas marrones constituyen el «eslabón perdido» entre estrellas y planetas, lo que hace que los astrónomos estén muy interesados en ellas.

También son oscuros los objetos compactos que se forman cuando las estrellas agotan su combustible nuclear. Entre ellos están las enanas blancas, que pueden dar lugar al tipo de supernovas que sirvieron para descubrir la existencia de la energía oscura. También las estrellas de neutrones, objetos de una densidad increíble y que pueden emitir haces de radiación que recorren el cielo como la luz de un faro. Y los agujeros negros, con una gravedad tan intensa que nada, ni siquiera la luz, puede escapar de ellos.

Ahora sabemos que existen multitud de planetas girando en torno a otras estrellas. Especial interés despiertan los que son potencialmente habitables, es decir, aquellos que presentan condiciones compatibles con la vida tal y como la conocemos. En general, consideramos que un planeta es habitable si se parece a la Tierra y puede tener agua líquida en su superficie (para lo cual no debe estar ni muy cerca ni muy lejos de su estrella), pero hay otros factores importantes a tener en cuenta: por ejemplo, que tenga una atmósfera o que posea los elementos químicos esenciales para la vida. Ya por último, veremos cómo hay multitud de objetos oscuros más pequeños flotando en las afueras de nuestro propio sistema solar.

Recientemente se han observado varios tipos de colisiones cósmicas que aportan información sobre el lado oscuro del universo. Los choques entre cúmulos de galaxias parecen aportar la prueba definitiva de la existencia de la materia oscura, poniendo en serios aprietos a las teorías que optan por modificar la gravedad en lugar de introducir una nueva sustancia. Por su parte, las fusiones de agujeros negros y estrellas de neutrones han servido para detectar las ondas gravitacionales, unas perturbaciones del espacio-tiempo que suponen una nueva confirmación de la teoría de la relatividad general.

Para terminar, repasaremos algunos de los experimentos más importantes que tratan de detectar la materia oscura, la energía oscura y el resto de objetos oscuros del cosmos. Por ejemplo, hay tres maneras distintas de buscar WIMP: en las búsquedas directas se intenta observar la interacción de alguna de estas partículas con los núcleos de un material detector; las indirectas rastrean las partículas de materia ordinaria que se generarían si dos WIMP se aniquilasen en el espacio; finalmente, también se intenta producir materia oscura en los grandes aceleradores, a partir de choques muy energéticos de partículas ordinarias. Por supuesto, la materia oscura podría estar formada por otro tipo de partículas que requieran métodos de detección diferentes. Así, para buscar los axiones se utiliza el hecho de que pueden convertirse en fotones (partículas de luz) al atravesar campos magnéticos intensos.

Estamos viviendo una época dorada en la exploración del cosmos: hay muchos misterios que desvelar y disponemos de los medios para hacerlo. Es muy posible que de aquí a pocos años se produzca algún gran descubrimiento que revolucione nuestras teorías y nos permita entender mejor de qué está hecho el universo.

Un universo de claroscuros

En el último siglo se ha producido una auténtica revolución en nuestro conocimiento del universo y los objetos celestes que lo pueblan. Podríamos considerar que esta profunda transformación comenzó en 1915, año en que el físico alemán Albert Einstein introdujo su teoría general de la relatividad, la teoría gravitatoria en que se basa la cosmología moderna. Por aquel entonces ni siquiera teníamos muy claro que en el universo hubiese algo más aparte de nuestra propia colección de estrellas, la Vía Láctea. Aunque se habían observado otras galaxias, algunas de las cuales aparecían ya incluso en el catálogo que compiló el astrónomo francés Charles Messier en el siglo XVIII, los astrónomos de la época las denominaban «nebulosas espirales» y existía una gran controversia sobre su naturaleza: mientras que algunos científicos sostenían, correctamente, que se trataba de galaxias independientes —los universos isla que ya había propuesto el filósofo prusiano Emmanuel Kant en el siglo XVIII—, otros propugnaban que no eran sino nubes de gas dentro de nuestra propia galaxia. El asunto quedaría zanjado pocos años más tarde, cuando Edwin Hubble logró medir la distancia a estos objetos y certificar su condición extragaláctica. Sus observaciones también sirvieron para demostrar que el universo se estaba expandiendo, lo que allanó el terreno para la aparición de la teoría del Big Bang o la gran explosión, de la que seguramente casi todos hemos oído hablar.

Otra cosa que no se sabía en 1915 es de dónde provenía la energía de las estrellas. El astrofísico británico Arthur Eddington fue el primero en proponer, en 1920, que el origen de esta energía era la fusión del hidrógeno en helio y también apuntó la posibilidad de que los elementos más pesados se produjeran en las estrellas. En 1939, el físico estadounidense de origen alemán Hans Bethe describió de manera exhaustiva las dos cadenas de reacciones de fusión que permiten convertir hidrógeno en helio en el interior de las estrellas; y el trabajo del británico Fred Hoyle en las décadas de 1940 y 1950 demostró la producción de elementos pesados que ya había sugerido Eddington.

Estos dos ejemplos sirven para ilustrar los grandes y rápidos avances que experimentó nuestra comprensión del cosmos a lo largo del siglo pasado. Hoy en día, sabemos que en el universo hay billones de galaxias y comprendemos bastante bien el nacimiento, vida y muerte de las estrellas. Hemos descubierto más de 3.700 planetas alrededor de otros astros y enviado numerosas sondas al espacio exterior, algunas de las cuales han llegado incluso a traspasar las fronteras del sistema solar. Además, multitud de instrumentos avanzados, como por ejemplo el telescopio espacial Hubble, nos permiten estudiar los rincones más remotos del cosmos. La detección del fondo de radiación de microondas nos ha proporcionado una «fotografía» del universo cuando tenía tan solo unos 380.000 años. Y la teoría de la gran explosión —confirmada de manera espectacular por diferentes observaciones— y nuestro conocimiento de la física de partículas nos permiten hablar con una cierta seguridad de lo que ocurrió tan solo una fracción de segundo después del nacimiento del universo.

No cabe duda de que estos logros son bastante impresionantes, pero ¿sabemos realmente de qué está hecho el cosmos? Si miramos a nuestro alrededor, descubriremos que la mayor parte del universo es oscuro y permanece oculto a nuestros ojos. En particular, las observaciones más recientes indican que la materia ordinaria —la que forma todo aquello que vemos, desde las estrellas y planetas hasta nuestros propios cuerpos— constituye tan solo un 5 % del contenido energético del universo. El otro 95 % correspondería a dos componentes, la materia oscura y la energía oscura, sobre las que aún sabemos muy poco: nunca las hemos detectado directamente, y solo percibimos su presencia a través de los efectos gravitatorios que producen sobre la materia ordinaria o sobre el propio universo en su conjunto.

Y lo que es más: dentro del 5 % de materia ordinaria también hay muchos objetos «oscuros» —como por ejemplo estrellas de neutrones, agujeros negros o planetas alrededor de otras estrellas— que apenas emiten radiación y que aún encierran muchos misterios.

Estamos viviendo una edad de oro en la exploración del universo. Numerosas misiones espaciales y observatorios ubicados en tierra, algunos ya en funcionamiento y otros previstos, tratarán de descubrir la naturaleza de las dos misteriosas componentes que dominan el contenido energético del cosmos y de seguir estudiando esos objetos oscuros «ordinarios» de los que hablábamos, con el fin de comprenderlos mejor. Sin duda, todos estos experimentos, unidos al enorme esfuerzo teórico que también se está realizando, nos permitirán ir descubriendo de qué está hecho realmente el cosmos. Todo ello traerá consigo una auténtica revolución en nuestras teorías físicas e incluso podría servir para responder preguntas fundamentales sobre el origen y destino del universo o la posible existencia de otros mundos habitados, entre otros muchos avances que hoy apenas podemos imaginar. Pero antes de sumergirnos en el lado oscuro del universo y saber qué puede suponer para la humanidad conocerlo más a fondo, comencemos revisando lo que ya sabemos de él.

CAMBIANDO EL PARADIGMA: LA TEORÍA DE LA RELATIVIDAD

A principios del siglo XX, la comunidad científica vivía una situación incómoda. Pocos años antes, en 1864, el físico escocés James Clerk Maxwell había formulado su teoría clásica del electromagnetismo, según la cual la electricidad, el magnetismo y la luz no eran sino manifestaciones de un mismo fenómeno. En particular, su teoría predecía la existencia de ondas electromagnéticas que se desplazaban en el vacío a la velocidad de la luz c (aproximadamente 300.000 km/s), por lo que Maxwell concluyó que la propia luz visible era una onda electromagnética. Hoy sabemos que efectivamente lo es, al igual que las ondas de radio, los rayos X o las microondas, aunque todas estas ondas también pueden describirse como conjuntos de partículas denominadas fotones.

Aunque la existencia de las ondas electromagnéticas había sido confirmada experimentalmente en 1888 por el físico alemán Heinrich Hertz, el hecho de que viajaran a una velocidad constante c parecía incompatible con la mecánica clásica, la introducida por Isaac Newton y que seguimos aprendiendo en la escuela, según la cual la velocidad a la que vemos moverse un objeto depende de nuestro propio estado de movimiento.

Al rescate vino Albert Einstein, que por entonces aún trabajaba en la oficina de patentes de Berna, en Suiza. Einstein tuvo la audacia suficiente para sugerir que lo que había que corregir no era la teoría electromagnética, sino la mecánica newtoniana. De este modo, en 1905 introdujo su teoría de la relatividad especial, basada en dos supuestos: que la velocidad de la luz en el vacío, c, es la misma para cualquier observador, independientemente de su estado de movimiento y que todas las leyes de la física permanecen invariables para cualquier observador inercial (que se mueva a velocidad constante).

A partir de estos dos postulados se obtienen muchísimas consecuencias interesantes, por ejemplo la imposibilidad de transmitir materia o información a velocidades mayores que c o el hecho de que cualquier objeto con masa tenga una energía, dada por la célebre ecuación E = mc2. Otra consecuencia es que tanto el espacio como el tiempo son relativos (por ejemplo, dos observadores no tienen por qué estar de acuerdo en el tamaño de un objeto o el tiempo transcurrido entre dos sucesos) y además se entremezclan: ya no pueden definirse de manera separada, sino que pasan a formar un continuo de cuatro dimensiones, el espacio-tiempo.

Por tanto, no hay duda de que la relatividad especial supuso un auténtico cambio de paradigma con respecto a la mecánica newtoniana (no obstante, la teoría clásica sigue siendo una aproximación muy buena para problemas en que las velocidades implicadas son mucho menores que la de la luz). Además, es una teoría enormemente exitosa: ha sido verificada experimentalmente en infinidad de ocasiones y constituye, junto con la mecánica cuántica, la base de lafísica moderna (en concreto, del modelo estándar de la física de partículas). Sin embargo, solo es válida en ausencia de fuerzas gravitatorias, por lo que Einstein enseguida comenzó a pensar cómo podía extender su teoría para incluir los efectos de la gravedad. Sus esfuerzos culminarían en 1915 con la teoría general de la relatividad, cuya ecuación fundamental es la siguiente:

Gμν = 8πTμν

Lo importante de esta fórmula (que en realidad engloba 10 ecuaciones y que puede escribirse de distintas formas; aquí hemos elegido una especialmente sencilla) es que relaciona la geometría —la forma— del espacio-tiempo, caracterizada por el denominado tensor de Einstein Gμν, con el contenido de materia y energía, especificado a través del tensor de energía-momento Tμν.

La idea detrás de las ecuaciones de Einstein es que el espacio-tiempo es como un «tejido» y la materia y la energía lo deforman, hacen que se curve. A su vez, esta curvatura del espacio-tiempo es la que determina cómo se mueve la materia (fig. 1). Así, desde el punto de vista de la relatividad general, la atracción que normalmente atribuimos a la fuerza de la gravedad no es más que el efecto de la curvatura del espacio-tiempo. Hay que recalcar, eso sí, que la figura 1 es una simplificación, ya que en ella vemos que se curva solo el espacio (además, un espacio de dos dimensiones), cuando en realidad lo que se curva es el espacio-tiempo (de cuatro dimensiones), pero es útil para que nos hagamos una idea del cambio conceptual que implica la teoría de Einstein.

Estas ecuaciones sirven para describir la evolución de cualquier sistema gravitatorio. En concreto, podemos aplicarlas al universo en su conjunto, y eso es precisamente lo que se propuso Einstein justo después de formular su teoría. Einstein, como casi todos los científicos de su época, pensaba que el universo debía ser estático, es decir, que no debía expandirse ni contraerse. Esto respondía en parte a un prejuicio filosófico, pero también estaba motivado por las observaciones de las velocidades de las estrellas, ya que todas las que se conocían por entonces eran muy pequeñas.

Sin embargo, para su desazón, Einstein pronto se dio cuenta de que sus ecuaciones no daban como solución un universo estático. Llegados a ese punto, tenía dos opciones: o bien aceptar que, de acuerdo con su propia teoría, el universo no era estático; o bien modificar sus ecuaciones para adecuarlas a sus propias convicciones. Einstein se decidió por este segundo camino e introdujo una constante cosmológica positiva Λ

Gμν + Λgμν = 8πTμν

que permitía hallar una solución (aparentemente) estática. Mientras, otros físicos como el ruso Alexander Friedmann o el belga Georges Lemaître prefirieron mantenerse fieles a las ecuaciones originales y encontraron soluciones en las que el universo se estaba expandiendo. Finalmente, en 1929, las observaciones de Edwin Hubble demostraron de manera convincente que el universo se expande, lo que llevó a Einstein a renegar de la constante cosmológica.

FIG. 1


Un objeto muy masivo curva el espacio-tiempo a su alrededor. A su vez, este espacio-tiempo curvado modifica las trayectorias de los objetos, e incluso los rayos de luz, que pasan cerca.

€7,99

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Altersbeschränkung:
0+
Veröffentlichungsdatum auf Litres:
14 November 2024
Umfang:
147 S. 46 Illustrationen
ISBN:
9788491874539
Verleger:
Illustrator:
Rechteinhaber:
Bookwire
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