Buch lesen: "La ciencia contra el crimen"
LA CIENCIA
CONTRA
EL CRIMEN
NURIA JANIRE RÁMILA

Colección: Investigación abierta www.nowtilus.com
Título: La ciencia contra el crimen Autor: © Nuria Janire Rámila
© 2010 Ediciones Nowtilus S. L.
Doña Juana I de Castilla 44, 3o C, 28027 Madrid www.nowtilus.com
Diseño y realización de cubiertas: Ediciones Noufront Diseño del interior de la colección: JLTV Fotografía de cubierta: Istockphoto
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ISBN 13: 978-84-9763-814-2
Libro electrónico: primera edición
AGRADECIMIENTOS
Este libro se forjó en un momento muy especial de mi vida. En uno de esos momentos en los que todo lo que te rodea parece tambalearse. En uno de esos momentos en los que lo negativo se convierte en la fuerza que te hace recobrar impulso para dar la vuelta a la situación.
Por ello, agradecimientos a mi familia, a la que quiero con locura y a la que dedico este libro.
Agradecimientos muy especiales a mis amigos Vicky y Javi, por estar siempre presentes, en lo bueno y en lo malo. Agradecimientos también a Marta por su cariño y amistad sincera. Y a mi amiga Romina, alguien que trasciende.
Agradecimientos a la gente de Donosti, más distanciados de lo esperado y querido, pero siempre presentes.
Agradecimientos a la editorial Nowtilus por su confianza en este proyecto.
Y agradecimientos al profesor Garrido, por su prólogo y su trabajo constante en favor de la sociedad.
Todos provocáis que cada día intente ser mejor persona.
ÍNDICE
Prólogo
Presentación
Capítulo 1: Perfilación psicológica. Entrando en la mente del asesino
Capítulo 2: Perfilación geográfica. ¿Dónde te escondes, hermano?
Capítulo 3: Toxicología. Arsénico sin compasión
Capítulo 4: Antropología forense. El discurso de los muertos
Capítulo 5: ADN y Biología forense. El futuro hecho presente
Capítulo 6: Dactiloscopia. Más que una mancha de grasa
Capítulo 7: Entomología forense. Cuando los insectos resuelven crímenes
Capítulo 8: Balística. Huellas en plomo
Capítulo 9: Crímenes sin resolver. Buscando el asesinato perfecto
Epílogo
Bibliografía
PRÓLOGO
Este nuevo libro de Nuria Janire Rámila está lleno de atractivos, tanto para el lector curioso e interesado por la criminología, como para los estudiantes de esta ciencia. La razón estriba en que ofrece un breve y muy ameno repaso de los hallazgos de la ciencia forense en la identificación y captura de los criminales, desde el siglo XIX hasta la actualidad, sin olvidar referencias cinematográficas que ayudan a situar el tratamiento que la cultura popular ha dado a las diferentes disciplinas forenses.
La revisión de la historia forense, desde los «Juicios de Dios», hasta los modernos análisis genéticos, nos indica la ardua tarea que ha supuesto encontrar las pruebas que lleven a un culpable ante el banquillo de los acusados.
Esa dificultad no solo procede de los actos que el asesino realiza para evitar ser identificado como el autor del crimen, sino de que el proceso de investigación criminal tiene sus propias reglas y métodos de llevarse a cabo, y un error en esa larga cadena de análisis puede dar lugar a que las pruebas halladas apunten a una dirección errónea (con lo que un inocente puede ser acusado del crimen), o bien, a que sus conclusiones se desmoronen porque no se respetara la pureza y exactitud de los métodos empleados, dando lugar a que la duda se instale sobre la culpabilidad del acusado.
Un ejemplo del primer error es el caso de Tony King, quien antes de ser capturado había dejado tras de sí, además de dos chicas muertas, a una mujer inocente entre rejas (Dolores Vázquez), acusada de haber matado a Rocío Wanninkhof, la hija de su pareja sentimental. Un ejemplo del segundo error es el célebre caso de O. J. Simpson, una ex estrella del fútbol americano, quien se libró de ser considerado culpable de la muerte de su mujer porque las pruebas que lo incriminaban no habían sido convenientemente aisladas para prevenir la contaminación.
Todo este pulso ante la adversidad es palpable en este libro, ya que, junto a los éxitos e hitos notables del desarrollo de las disciplinas de la ciencia forense (perfiles, antropología, dactiloscopia, balística, etc.), la autora alumbra también los fracasos, y señala la inevitable frustración que siempre arrastra la policía ante los casos sin resolver en el último capítulo, donde reflexiona sobre el «crimen perfecto».
En fin, en este libro breve el lector hallará motivos para asombrarse y degustar el avance del ingenio científico, ante los asesinos cuyas obras han quedado marcadas como eslabones por los que la Justicia ha de subir penosamente para no dejarnos desprotegidos. Y aunque nunca parece que ganemos esa partida, vale la pena cada paso que demos en ese sentido, como estas páginas notablemente escritas atestiguan.
Vicente Garrido
Profesor de criminología de la
Universidad de Valencia.
PRESENTACIÓN
Era una fresca mañana de un día cualquiera en un pueblo cualquiera de la Francia del siglo VI. Los habitantes se habían levantado más temprano que de costumbre y ya se arremolinaban en torno a un enorme perol de agua hirviendo.
En medio, dos religiosos de diferentes creencias frente a frente, cada uno a un lado de esa olla que continuaba recibiendo fuego de una hoguera levantada en su base. Ambos se miraban desafiantes, en un intento de infundir miedo a su rival y, ya de paso, de ocultar el suyo propio. No era para menos.
Todo había comenzado unos días antes, cuando los dos religiosos se enzarzaron en una disputa teológica sobre si Cristo y Dios eran lo mismo o si uno era inferior al otro. El diácono católico abogaba por lo primero, mientras que el cura arriano opinaba que el Hijo siempre sería inferior al Padre.
Como la disputa no terminaba y había temor de que se llegara a las manos, se decidió acudir al llamado «Juicio de Dios». En la Edad Media se conocía con este nombre a los procesos en los que se dejaba a la intercesión divina dirimir la verdad, falsedad, culpabilidad o inocencia de una persona. La idea pasaba por pensar que si Dios lo sabía todo, desde luego debía conocer quién había cometido un delito y también quién estaba en posesión de la verdad sobre un determinado asunto. La forma de manifestarse, al tratarse de Dios, era mediante algún acto sobrenatural. Por eso, a los protagonistas de estos juicios se les sometía a pruebas extremadamente duras, como meter el brazo en agua hirviendo, intentar flotar sobre el agua atados de pies y manos o sostener durante un minuto una barra de hierro al rojo vivo.
Si al cabo de tres días las heridas estaban curadas —lo que sería un milagro— se daba por sentado que Dios había intercedido en su favor declarándole inocente o en posesión de la verdad. Pero si las heridas continuaban ahí, todo transcurría según las leyes naturales y al acusado, además de sufrir con aquella tortura, se le declaraba culpable y sentenciado a un final aún más sangriento.
Y este era el motivo por el que los dos religiosos flanqueaban la olla de agua hirviendo. Uno de los campesinos arrojó un anillo al centro del puchero para que los duelistas, por turnos, lo recogieran con sus brazos desnudos. Cuando el católico se adelantó para introducir su brazo, el arriano percibió que lo había untado en aceite y pidió la nulidad del juicio.
Ambos respiraron aliviados, porque ninguno las tenía todas consigo en eso de escaldarse el brazo para probar sus teorías. Sin embargo, de entre la muchedumbre apareció otro diácono católico que se ofreció a sustituir a su tramposo compañero. Introdujo el brazo en el caldero hirviendo y sacó el anillo. Según las crónicas, parece ser que Dios le dio la razón a él, porque con cierto humor el religioso afirmó que el agua estaba fría en el fondo y tibia en la superficie.
A buen seguro que quien más suspiró de alivio en toda esta historia fue el pobre cura arriano, al pensar qué hubiera sucedido de haber metido él primero su brazo.
Por increíble que pueda parecernos, estos «Juicios de Dios» —también llamados ordalías— sobrevivieron en Europa hasta el año 1817, cuando en Inglaterra se registró la última de estas pruebas.
Por entonces surgía el primer departamento de detectives del mundo, la Sûreté francesa, con un antiguo ladrón llamado Eugène Vidocq al frente. Los métodos de Vidocq, basados en la lógica y la razón, sacaron a Europa del oscurantismo en el que había vivido durante los últimos diez siglos en materia de procedimientos penales.
Con él las ordalías fueron sustituidas por los hechos demostrados, como que un marido era imposible que matara a su mujer de un disparo al estar impedido de ambos brazos o que tal hombre fuera el ladrón de una joya porque la huella obtenida en el domicilio de la víctima coincidía plenamente con la de su calzado. Era el triunfo de la prueba como base incriminatoria.
Estos ejemplos, irrisorios en nuestro mundo actual, aportaron a Vidocq fama mundial, inspirando al resto de países para crear sus propios departamentos de policía. No es que el paso fuera sencillo, porque aún deberían superarse muchas incongruencias e injusticias, como la condena automática a un acusado si dos personas testificaban en su contra, la imposibilidad de contar con testigos que rebatieran a los presentados por la acusación o la ejecución de sentencia de muerte, tanto para quien robara una manzana como para quien asesinara a una familia entera.
Afortunadamente, esos tiempos ya pasaron y hoy, cuando se ha cometido un delito, este se investiga y se demuestra por medio de diferentes tipos de pruebas, correspondiendo finalmente a los jueces y tribunales sentenciar, condenar o exonerar a los sospechosos. Esta es la base del procedimiento penal actual. Y es un buen procedimiento.
Un procedimiento en el que la estrella es la prueba, entendida como la certeza clara y manifiesta de la que no se puede dudar. O dicho de otro modo, el triunfo de la razón sobre la superstición.
Esa prueba es el tema de fondo de este libro que ahora tiene entre sus manos. Y digo de fondo porque el papel principal se lo he reservado a la ciencia que trata, precisamente, de buscarlas, catalogarlas y estudiarlas: la criminalística.
El criminalista mexicano Rafael Moreno González la describe como la
ciencia aplicada que, de acuerdo al ordenamiento jurídico de cada país, estudia científicamente los indicios y evidencias, con objeto de convertirlos en pruebas formales que puedan ser presentadas ante las autoridades judiciales para permitir la identificación de las víctimas y de los delincuentes y esclarecer las circunstancias de un presunto delito.
Una descripción perfecta que puede simplificarse al máximo, asegurando que es aquella ciencia que se ocupa de determinar la forma en la que se cometió un delito y quién lo cometió.
Criminalistas son, por tanto, todos aquellos expertos que luchan porque la verdad salga a flote durante una investigación criminal, desde el fotógrafo que plasma en imágenes la escena del crimen, hasta el biólogo forense que estudia detenidamente una muestra de ADN extraída de una gota minúscula de sangre caída sobre la alfombra de la casa de la víctima.
Y de estos hombres y de las ciencias que dominan, trata este libro. En las siguientes páginas viajaremos por el inquietante mundo de la entomología forense, aprendiendo cómo los insectos también resuelven crímenes; nos adentraremos en el lugar más terrorífico del planeta, la Granja de Cadáveres, un terreno boscoso donde se han diseminado decenas de cuerpos humanos al aire libre para estudiar su proceso de descomposición; compartiremos mesa de autopsias, comprobando que sí que es verdad que los muertos son capaces de hablar al oído de los médicos forenses; sabremos que no solo las balas dejan marcas exclusivas al ser disparadas, también las motosierras y serruchos cuando cortan nuestros huesos al descuartizarnos; nos sorprenderemos al averiguar que algunos ladrones han sido apresados por las huellas que sus orejas dejaron al apoyarse en las puertas de aquellos domicilios que saquearon… También, por supuesto, aprenderemos nociones básicas de criminología, comenzando por los dos primeros capítulos, que conforman juntos una especie de introducción al mundo del crimen donde estudiaremos las diferencias entre modus operandi y firma del asesino, más otras nociones básicas que nos ayudarán a comprender mejor los diferentes capítulos del libro.
En definitiva, desvelaremos algunos de los secretos de esos hombres del maletín, de aquellos que han hecho de la investigación criminal su forma de vida, de los que intentan que nuestro mundo sea algo más seguro cada día, de los auténticos CSI.
San Sebastián, 11 de septiembre de 2009.
1
PERFILACIÓN PSICOLÓGICA
Entrando en la mente del asesino
En el otoño de 1888 la victoriana sociedad londinense asistió aterrorizada a las andanzas del que se ha considerado como el primer asesino en serie moderno. Nadie supo su nombre verdadero, pero sí el apelativo que él mismo se adjudicó: Jack el Destripador.
Un apodo acertado, pues sus cinco víctimas —hay autores que consideran que pudieron ser más— sufrieron la amputación de algún miembro y la extracción de vísceras, cuidadosamente colocadas junto a los cuerpos, en un ritual macabro únicamente comprensible para su autor.
De la investigación se encargó en un primer momento el coroner Wynne E. Baxter, quien pidió la realización de una de las autopsias al doctor Thomas Bond. A él se debe la primera perfilación criminal de la historia.
El asesino en su apariencia externa es muy probable que sea de aspecto inofensivo. Un hombre de mediana edad,bien arreglado y de aire respetable. Puede tener el hábito de llevar capa o abrigo porque, si no, la sangre de sus manos y ropas hubiera llamado la atención a los viandantes.
Este es parte del texto que envió al jefe de la investigación tras examinar los 5 cuerpos y las escenas del crimen dejadas tras de sí por Jack. Jamás se supo si estas conclusiones fueron acertadas, pero iniciaron una nueva vía para la investigación policial, la llamada perfilación criminal o criminal profiler.
Básicamente, la técnica de la perfilación criminal consiste en elaborar un esbozo físico y psicológico, lo más aproximado posible, de la persona a la que se está buscando por un determinado delito. Robert K. Ressler, el mayor experto mundial en esta técnica y ex agente del FBI, la define como «la elaboración de un mapa de la mente del asesino». La idea es que si el investigador consigue pensar como él, sentir lo que el asesino siente, será capaz de adelantarse a su próximo movimiento y llegar a capturarle. «Si se entra en la mente de un criminal, se puede entender y predecir su siguiente paso», asegura Ressler.
Y se habla de asesinos porque con este tipo de criminales es con quien mejor parece funcionar la técnica de la perfilación, y en mayor medida con los asesinos en serie. Esto es así por el simple hecho de que el asesino en serie delinque repetidamente y, por medio de esa repetición, es más sencillo ir trazando una pauta, lo que en el argot policial se llama modus operandi. Esta explicación queda implícita en la propia definición de un asesino en serie: persona que comete tres o más asesinatos, con un periodo de enfriamiento entre ellos.
Pero no nos embalemos y vayamos con buen paso. Como se ha dicho en la presentación, en este capítulo no solo hablaremos de la perfilación criminal propiamente dicha, sino del abecé de la criminalística, de lo que alguien lego en tal materia debe saber antes de adentrarse en capítulos siguientes. Por ello me perdonarán que mi tono en esta primera parada sea más serio, o académico, si se prefiere. Verán que en los siguientes capítulos todo será más relajado.

Fascículo de una publicación de comienzos del siglo XX dedicada a los crímenes más famosos de la historia. Buen ejemplo de la fascinación que el mundo del crimen ha ejercido desde siempre en el ser humano.
MODUS OPERANDI
Por modus operandi se comprende el conjunto de acciones realizadas por un asesino, de una forma más o menos repetitiva, para lograr su objetivo de matar y escapar del lugar. Acciones que también pueden aplicarse a un ladrón en serie, a un violador habitual… en definitiva, a cualquiera que delinca de manera repetida.
Sin embargo, este modus no es inflexible. Muchos policías han creído hasta ahora que sí lo era, que el asesino, una vez había escogido su forma de matar, no se apartaba de ella, pero se ha demostrado que esa percepción es errónea. En determinados casos los asesinos seriales han ido modificando sus modus operandi, adaptándolos a las circunstancias del momento, puliendo, refinando los asesinatos. Incluso han llegado a seleccionar tipos de víctimas diferentes a las originales. Tal procedimiento puede explicarse por una búsqueda de emociones diferentes, experimentación o, simplemente, por mejorar su propia seguridad.
Por ejemplo, David Berkowitz, el hijo de Sam, intentó matar a su primera víctima con un cuchillo. Leyendo los periódicos se percató de que ninguno mencionaba la agresión, por lo que dedujo que la mujer había sobrevivido. Entonces decidió alterar su modus operandi. Viajó a Texas, se compró una pistola del 44 y acto seguido comenzó su escalada de asesinatos, ya siempre a punta de pistola.
Cuando alguien mata de forma sucesiva, descubre en cada delito nuevos detalles que pueden mostrarse importantes para ocultar mejor el cadáver, exponerse menos a la policía, atenuar o aumentar el dolor de la víctima. Pulen, en definitiva, sus actos. Esto en lo relativo a los asesinos organizados, porque los desorganizados rara vez mejoran en sus ataques, ya que su propia psicología les lleva a ser dejados, descuidados, olvidadizos, torpes.
La distinción entre organizados y desorganizados fue elaborada por los agentes del FBI, John Douglas y Roy Hazelwood. Trabajando sobre escenas de crímenes se percataron de que un tipo de asesinos intentaba dificultar la labor policial ocultando el cadáver, sus huellas, incluso modificando el lugar y los diversos elementos para provocar confusión. Mientras, otra categoría de individuos se despreocupaba de todo esto y simplemente huía de la escena sin pensar en cómo quedaba todo detrás de sí. A los primeros se los llamó organizados y a los segundos, desorganizados. Más tarde se incluiría una tercera categoría, la mixta, relativa a los asesinos que mezclan ambos procederes.
Psiquiátricamente hablando, los organizados se corresponden con la idea clásica del psicópata y los desorganizados con los psicóticos. Es una distinción importante, porque la psicopatía no está considerada como enfermedad, ya que esos individuos saben distinguir en todo momento lo que está mal de lo que está bien. Aunque matan, comprenden que no deberían hacerlo y asumen el riesgo penal que su acción comporta en caso de ser descubiertos. Lo que sucede es que no sienten lo que hacen. Las víctimas no les inspiran lástima, ni compasión, ni remordimientos.

Día de clase en la academia del FBI en Quantico, la mejor escuela mundial en la lucha contra el crimen.
Los psicóticos, en cambio, sí son personas enfermas que suelen actuar inconscientemente. Su nivel de inteligencia es más bien bajo y tienden a aislarse socialmente o, como mucho, a vivir con sus padres.
Hay muchos otros detalles que diferencian a unos de otros, como el cuidado de su aspecto físico, el desempeño de empleos más o menos cualificados, cambios de comportamiento, interés en el seguimiento de sus actos a través de los medios de comunicación... Estas características son excluyentes. Lo que tiene un psicópata no lo tiene un psicótico, hablando en términos estadísticos. Si el primero sabe ser simpático, el segundo ni siquiera se relaciona con sus vecinos; si el psicópata gusta de tener buena presencia, el psicótico vive en permanente dejadez... y así sucesivamente.
Para encuadrar a un criminal en alguna de estas tres categorías, la policía analiza en profundidad las llamadas «Cuatro fases del crimen». La primera es la etapa que pre cede al crimen, donde entran los antecedentes del agresor, sus fantasías, los pasos que siguió hasta llegar al momento del asesinato. La segunda comprende al crimen en sí mismo: selección de la víctima, tortura, violación, modus operandi. En la tercera se estudia el modo en el que el asesino intenta o no ocultar el cadáver. Y en la cuarta, lo que más interesa es analizar el comportamiento posterior al acto.
Para muchos policías esa cuarta parte es la más importante y delicada, porque muchos asesinos quieren involucrarse en la investigación mostrando una imagen inofensiva, acudiendo a tretas como hacerse pasar por periodistas, voluntarios en la investigación, familiares de la víctima... Sin embargo, lo que buscan es averiguar con qué pistas cuentan hasta ese momento los investigadores, recrearse aún más en su «hazaña» o alargar la fantasía que les convirtió en lobos humanos.
Un aspecto diferente al modus operandi es la llamada «firma del asesino», compuesta por una serie de acciones que tienen por objeto expresar la identidad del autor. Es una especie de marca dejada para decir «lo hice yo».
La firma es mucho más personal que el modus operandi. Llega cuando se ha consumado el delito, sin influir en su realización. Expresa el pensamiento del criminal, es una traslación de su mundo emocional, una forma de exteriorizar sus sentimientos más profundos y secretos.

Escena de un crimen acotada y señaladas las pruebas encontradas con carteles enumerados.

Segundo paso tras el acotamiento de la escena del crimen: su fotografía completa en planos generales y primeros planos de los elementos importantes presentes en la misma.

Richard Trenton Chase, ejemplo de criminal psicótico. Sus crímenes se caracterizaban por una gran violencia y ausencia de sentido en las escenas.
Algunos deciden dejar cartas junto a las víctimas, como Alfredo Galán el Asesino de la baraja, que comenzó a depositar naipes a raíz de que la policía descubriera casualmente al lado de su primera víctima una carta de la baraja española. Otros colocan los cuerpos en posturas grotescas, como el estadounidense Richard Trenton Chase, un psicótico que, además, les introducía excrementos de animales en la boca o en el estómago. Algunos muerden un determinado miembro o les introducen periódicos en la boca. Todo parece valer, con una importante puntualización, que no son actitudes escogidas al azar, sino que en la mente del criminal poseen un significado claro, por mucho que al resto de la humanidad nos pueda parecer una simple aberración.
EL PERFIL DEL CRIMINAL
La iniciativa de elaborar un perfil del asesino que ayudase a su detención surgió de la mente del mencionado Robert K. Ressler y de John Douglas mientras trabajaban como agentes especiales en el FBI (Oficina Federal de Investigación).
El FBI ha sido desde su creación un referente en la lucha contra el crimen. En su base central de Quantico (Virginia) se guarda la mayor y más completa base de datos sobre asesinos en serie del mundo. A ello ha ayudado en gran medida la labor de estos dos hombres y su iniciativa de entrevistarse con algunos de los peores criminales de la historia, en un intento de averiguar los motivos que les impulsaron a cometer sus atrocidades y poder utilizar esos datos en casos posteriores buscando posibles patrones comunes. La idea consiste en creer que, si estos individuos piensan de forma parecida entre ellos y nos lo cuentan, podremos adelantarnos a futuros actos criminales al saber cuáles serán sus próximos pasos.
Personajes entrevistados fueron Jeffrey Dahmer, el llamado carnicero de Milwaukee y autor de 17 muertes; John Wayne Gacy, quien acabó con la vida de 33 personas mientras trabajaba de payaso para los niños del barrio; o Ted Bundy, autor de 23 asesinatos. Un dato curioso: en este elenco de personajes entró Adolf Hitler, de quien se analizó su mente, escritura, forma de hablar… para prevenir posibles ejemplos futuros.
Pero esas entrevistas no son suficientes. El profiler también debe analizar la escena del crimen, la víctima, los resultados de la autopsia y el resto de datos asociados al caso, e incluso la caligrafía en documentos escritos por la persona a la que se pretende estudiar. Todo ello le servirá para realizarse una composición del lugar y del criminal. Y por increíble que parezca, el perfilador es capaz de extraer de estos elementos conclusiones muy precisas que, cuando son presentadas, suelen parecernos tremendamente obvias por su sencillez. Algo semejante a cuando nos desvelan el truco de un juego de magia que nos maravilló e intrigó durante años.

Jeffrey Dahmer, uno de los mayores asesinos en serie de Estados Unidos. Hurgaba en el cerebro de chicos jóvenes a los que secuestraba previamente, con el afán de convertirlos en esclavos sexuales.
El 3 de noviembre de 1994 apareció flotando en la bahía de Yokohama una bolsa de basura de plástico blanco. En su interior, el cuerpo de una mujer adulta, muerta desde hacía varios días. Se trataba de la esposa de Iwao Nomoto, médico japonés de 31 años, quien había denunciado su desaparición y la de sus dos hijos ese mismo día. El 7 de noviembre apareció otra bolsa en la misma bahía, con el cuerpo de su hija de dos años, y el día 11, el cadáver de su hijo de un año en idénticas circunstancias. Los tres habían muerto estrangulados, atados con cuerdas de distintos colores y arrojados a las aguas con lastres en el interior de las bolsas. Fueron los gases de la putrefacción los que provocaron su salida a la superficie.

John Wayne Gacy, prototipo del psicópata asesino. Tras su faceta de modélico vecino y de payaso para los niños se escondía un feroz asesino de mujeres.
La sociedad japonesa se encontraba estupefacta por estos crímenes, ya que allí es raro que ocurran asesinatos. Robert Ressler, por aquel entonces ya retirado como agente en activo del FBI, fue invitado a intervenir en un programa especial de televisión, donde se le propuso realizar en directo un perfil del posible criminal basándose en los datos recogidos. Y lo hizo.
El asesino tenía un enorme interés en sacar los cadáveres del lugar del crimen. No quería que la policía los encontrase y los arrojó al agua. Los tres estaban en el mismo lugar, así que quería deshacerse rápidamente de ellos. La manera de atarlos con cuerdas de colores, siguiendo el mismo orden, indica que se trata de una persona organizada. Los cuerpos no tenían heridas, así que ninguno de ellos se enteró de la muerte del resto, ya que hubiera habido forcejeo. Los cuerpos fueron arrojados vestidos en bolsas lastradas cuando pudo haberlos arrojado sin ella, lo que indica que el criminal los conocía. No quería que los encontrasen desnudos. Esto significa cierta consideración. No es probable que quisiera matar a los niños, ya que no eran un estorbo para asesinar a la madre. Al asesino le preocupaba que esos niños crecieran sin madre y por eso pudo haberlos matado.
Al día siguiente a la emisión de la entrevista, el doctor Nomoto confesó ser el autor de los tres asesinatos. En su declaración el asesino aseguró haber matado a sus hijos porque no deseaba que crecieran sin una madre y con un padre en prisión.
Rober K. Ressler había acertado de lleno. No fue fruto de la casualidad, sino de largos años de experiencia intentando entrar en el cerebro del criminal. Años trabajando una mente analítica capaz de sopesar el más nimio detalle.
Ressler es quizá el perfilador más famoso del mundo, pero no el único. Todos los años el FBI enseña a sus reclutas las técnicas de la perfilación criminal.
De ello se encargan los integrantes de la antigua Unidad de Ciencias del Comportamiento, hoy rebautizada Unidad de Apoyo Investigativo (BSU). Esta unidad nació en 1974 bajo la supervisión de los agentes especiales Howard Teten y Pat Mullany. De ahí han salido los mejores perfiladores criminales. Y tanta es su pericia, que han sido capaces de crear un manual en el que se describen las diversas tipologías de asesinos, creando de esta forma una nueva pseudociencia. En la academia del FBI se les enseña sobre todo a despertar su lado crítico y racional, las auténticas bases de esta metodología.
El agente debe aprender a extraer todos los datos posibles de la escena del crimen y del cadáver, por medio de la observación y la deducción. Para ello se les lleva a auténticos escenarios criminales y se les inculcan teorías y principios criminológicos como el de Edmond Locard, el cual dicta que cuando una persona entra en contacto con un medio, algo de él queda en el lugar y algo del lugar queda en su persona. Lo mismo que caminar por la playa, cuando, con toda seguridad, se nos quedarán granos de arena en los pies y, a su vez, nosotros dejaremos huellas en esa misma arena.
Este principio puede aplicarse a las huellas físicas y, lo que es más sorprendente, también a las psicológicas, porque la escena de un crimen, y principalmente un cadáver, aporta muchos datos sobre la personalidad del criminal. La mera elección de la forma de matar ya es reveladora de su grado de violencia social y de su cercanía con la víctima, la temeridad o seguridad con la que actuó demostrará su capacidad de riesgo y de autocontrol… y así sucesivamente. Matar con un cuchillo lleva aparejado unas implicaciones diferentes a si se hizo con un arma de fuego. Seguramente se trate de una persona más fuerte, con más desprecio hacia el riesgo y una mayor sangre fría que aquel que dispare una pistola o un fusil. En resumidas cuentas, el asesino impregna la escena del crimen con su personalidad.