Buch lesen: "Isaac Rabin"

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Título original: Yitzhak Rabin. Soldier, Leader, Statesman

© Itamar Rabinovich, 2017.

© de la traducción: Albino Santos Mosquera, 2018.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO211

ISBN: 9788491870326

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

PRÓLOGO: MUERTE DE ISAAC RABIN, VIDA DE ISAAC RABIN

1. LA FORJA DE UN SOLDADO (1922-1948)

2. DE LA INDEPENDENCIA A LA GUERRA DE LOS SEIS DÍAS (1949-1967)

3. EMBAJADOR EN WASHINGTON (1968-1973)

4. PRIMER MANDATO (1974-1977)

5. CAÍDA Y AUGE (1977-1992)

6. LA POLÍTICA DE PAZ DE RABIN (1992-1995)

7. POLÍTICA, POLÍTICAS, INSTIGACIÓN Y ASESINATO (1992-1995)

EPÍLOGO

AGRADECIMIENTOS

NOTAS

Isaac Rabin no era un hombre carismático, sino más bien un capitán hábil y guiado por la lógica. No fue bendecido con la pasión profética de un Ben Gurión, ni con la cálida elegancia de un Levi Eshkol. No poseía la arrebatadora simplicidad de una Golda Meir, ni la energía populista de un Menájem Beguin. La multitud nunca reaccionó a sus palabras exclamando «¡Rabin, Rabin!». Pero su personalidad de ingeniero minucioso y de navegante de precisión encarnó como pocas el espíritu del nuevo Israel, un país que no busca redención, sino soluciones.

AMOS OZ, 1996

PRÓLOGO
MUERTE DE ISAAC RABIN, VIDA DE ISAAC RABIN

La mayoría de las muertes no son más que el final de una vida. Un asesinato político, sin embargo, es distinto de cualquier otra forma de fallecimiento. Es una muerte que adquiere su propia significación; una muerte con consecuencias. Un asesinato no solo es el punto terminal de la vida de una persona, también es el punto inicial de una nueva realidad que ese deceso mismo ha creado. El líder asesinado se erige en muchos casos en el protagonista de una nueva mitología nacida del recuerdo y la conmemoración misma del acto de su muerte, que hacen que veamos con otros ojos su vida y su historial político previos.

Tras el asesinato de Isaac Rabin en 1995, una conmocionada ciudadanía israelí comenzó a buscar elementos y precedentes con los que contextualizar lo ocurrido. Se invocó con insistencia el magnicidio de Abraham Lincoln, coincidiendo con la publicación de una nueva traducción al hebreo del «¡Oh, capitán, mi capitán!» de Walt Whitman, y con la composición de una melodía popular para ese poema. Pero se trataba de una analogía errónea. El cadáver del capitán de Whitman yacía sobre la cubierta de un barco que había llegado a puerto. Lincoln había completado su misión; su asesinato fue un acto de venganza contra aquel logro. Mucho más fiel era la analogía con la actitud de la derecha radical francesa y los colonos argelinos que habían intentado asesinar a Charles de Gaulle para frenar las negociaciones de paz del gobierno francés con el Frente de Liberación Nacional.1 De haberse materializado, aquel magnicidio habría abortado una solución al problema de Argelia. De hecho, el asesino de Rabin, Yigal Amir —un fanático judío ortodoxo de familia yemení—, se inspiró en Jean-Marie Bastien-Thiry, el oficial francés ejecutado en 1963 por su tentativa de asesinato de Gaulle. Amir apreciaba similitudes entre la situación en Francia en el apogeo de la crisis argelina y la problemática de Israel a comienzos y mediados de la década de 1990. Para él, Rabin era una versión israelí de De Gaulle: un héroe de guerra que se había desviado del camino correcto y al que había que matar antes de que cediera una preciada parte del territorio nacional.

Otra interesante analogía es la que algunos establecen con el asesinato del presidente John F. Kennedy. Como en el caso de Kennedy, también contra Rabin se incitó una campaña de animadversión previa a su asesinato en la que se le acusaba de traición y de desmanes aún peores. Con anterioridad a la llegada de Kennedy a Dallas, donde fue asesinado, se habían repartido por toda la ciudad octavillas con fotografías del presidente en las que se podía leer: «Se busca a este hombre por actividades sediciosas contra Estados Unidos».2 El asesinato de Kennedy generó igualmente cierto anhelo de revivir un periodo dorado perdido, reforzado por la imagen y el mito de un supuesto Camelot presidencial. El escritor Norman Mailer, por ejemplo, escribió que «durante un tiempo sentimos que el país era nuestro. Ahora ha vuelto a ser de ellos».3 Tras el asesinato de Rabin, sus partidarios, los miembros de la llamada «generación de las velas», y otras muchas personas también ansiaban revivir la que pasó a percibirse como una edad de oro en la historia y la política de Israel. Miles de jóvenes hicieron vigilia con velas encendidas en las inmediaciones del domicilio de Rabin y en el escenario del magnicidio. Hace veinte años que cada 4 de noviembre, aniversario del asesinato, se celebra una siempre concurrida concentración. A finales de 2015, tanto en las fechas previas como en las posteriores al vigésimo aniversario del magnicidio, se palpaba en Israel una especie de añoranza de Rabin que reflejaba tanto la sensación de pérdida que dejó como la extendida insatisfacción con los actuales dirigentes del país y con su incapacidad para hacer frente al endémico problema palestino.

El asesinato de Rabin puso asimismo de relieve un marcado contraste entre «nosotros» y «ellos». Amir mató a un hombre cuya vida y trayectoria representaban la esencia del establishment primigenio del Israel moderno: los orígenes europeos orientales, el movimiento laborista, el Palmaj (la unidad militar de élite del Israel preestatal) y las Fuerzas de Defensa de Israel (las FDI), y la laica y septentrional Tel Aviv. Los años que precedieron al asesinato se habían caracterizado por una especie de guerra cultural: un choque entre los colonos, la derecha radical y una gran parte de la comunidad ortodoxa, por un lado, y el sector secular moderado de la población israelí, por el otro, no solo a propósito del proceso de paz, sino también en cuanto a la orientación general del país. Como la violenta muerte de Kennedy en su día, la de Rabin iba a tener en los años siguientes una extraordinaria repercusión en esa guerra cultural. Pero por trascendental que el asesinato de Rabin fuera, es su vida —sus decisiones y sus actos— y no su muerte la que define su legado. El impacto y el legado de Kennedy están muy influidos por la crisis de los misiles de Cuba, por bahía de Cochinos, por el discurso de Berlín, por la deriva hacia la guerra en Vietnam y por el aura de glamur que creó a su alrededor. El legado de Lincoln consiste en el fin de la esclavitud, el mantenimiento de la Unión y la aportación de todo un modelo para el poder presidencial en Estados Unidos. El legado de Rabin viene determinado por la política de paz que impulsó en su segundo mandato como primer ministro, las audaces decisiones que tomó tanto en la cuestión palestina como en la siria, y la elevada calidad de su liderazgo.

La vida de Rabin es la fascinante historia de un israelí de nacimiento que creció y se crio en el establishment del Israel preestatal y pasó por los hoy consabidos estadios de muchos vástagos de aquel establishment: el colegio laborista, la escuela agrícola, el Palmaj, la guerra de 1948 y la carrera militar. El talento y la perseverancia de Rabin —y los ocasionales guiños de la fortuna— lo llevarían con el tiempo a la cima del escalafón militar y, finalmente, al sillón de primer ministro. Pero la suya no fue una ascensión tranquila ni fácil. Rabin no poseía el carisma de líderes como Moshé Dayán o Yigal Alón, a quienes ya se reconocía como tales siendo aún muy jóvenes. Él ascendió poco a poco y no llegaría a ser un verdadero líder hasta los años ochenta. El primer mandato de Rabin como jefe de Gobierno, en la década de los setenta, se vio lastrado por el escaso atractivo que despertaba su figura política entre la ciudadanía israelí. No sería hasta su impresionante actuación como ministro de Defensa en los ochenta cuando su singular combinación de autoridad y credibilidad lo facultarían para regresar de la segunda fila política y retomar el puesto de primer ministro.

Fue en ese segundo mandato de Rabin cuando su liderazgo evolucionó y se convirtió en un estadista. Demostró su capacidad para tomar decisiones audaces e históricas, para ir contra su propia tendencia natural y arrastrar a la gente consigo. Y el éxito de Rabin continúa ilustrando hasta hoy un aspecto crucial de la política israelí actual: la posibilidad de impulsar una política de paz efectiva cuando esta viene promovida por un líder centrista creíble, dotado de unas credenciales de seguridad capaces de persuadir a la siempre angustiada población israelí para hacer las concesiones y asumir los riesgos que el avance hacia la paz requiere. No es extraño que, en un país que continúa lidiando con los mismos problemas fundamentales que trataba de resolver en tiempos de Rabin, esté tan viva la añoranza por un líder de la talla y las cualidades del primer ministro asesinado.

1
LA FORJA DE UN SOLDADO (1922-1948)

«Salvo por su inteligencia y su tenacidad, no era un embajador al uso. Taciturno, tímido, pensativo y poco amigo de la charla trivial, Rabin poseía pocos de los atributos que se asocian normalmente con la diplomacia. Las personas repetitivas lo aburrían y los tópicos lo ofendían; por desgracia para él, no puede decirse que esas dos cosas escaseen en Washington. Detestaba la ambigüedad, que es la sustancia misma de la diplomacia. [Pero] su integridad y su brillantez analítica a la hora de llegar al fondo de un asunto eran asombrosas».1 Así de acertada y sutilmente describió Henry Kissinger a Isaac Rabin, con quien colaboró en Washington entre 1969 y 1973. Las cualidades que hicieron de él un embajador tan insólito como eficaz lo convertirían posteriormente en un político aún más insólito. Pero algunas de esas mismas cualidades explican también la transición que transformó a un político desmañado en un estadista impresionante.

Rabin nació en Jerusalén en 1922, hijo de Rosa Cohen y Nehemías Rabin (nacido Rubijev). De su infancia escribió que «la inspiración de las personalidades de mis padres, de nuestro hogar y también del colegio en el que estudié determinaron decisivamente mi camino. Prácticamente me veía destinado en mi infancia a una vida agrícola, en el kibutz, y si alguien me hubiera dicho que terminaría siendo un militar, casi me habría reído de él».2 Tanto el padre como la madre de Rabin habían nacido en el Imperio ruso y ambos se radicalizaron frente a la oscura autocracia de aquel régimen; llegaron a Palestina al término de la Primera Guerra Mundial. Rosa, a quien se conocía por el sobrenombre de «Rosa la Roja», era la progenitora dominante. Su poderosa personalidad está muy bien ilustrada por una fotografía que la capta desfilando en una manifestación del Primero de Mayo en Tel Aviv, con la barbilla levantada y una expresión decidida en los ojos y en el rostro. Rosa nació en 1890 en Gomel. Su padre era el adinerado ortodoxo antisionista Isaac Cohen, de quien su nieto heredaría el nombre de pila. Ya desde muy temprana edad destacó por ser una decidida individualista de convicciones izquierdistas, populistas y antisionistas. Recelaba de los grupos organizados y estructurados, por lo que no se sumó a los socialrevolucionarios rusos ni a la izquierda antisionista del Bund judío. Rompiendo con todos los moldes de una jovencita de familia judía ortodoxa tradicional, Rosa estudió en una escuela politécnica rusa. Se negó a aceptar la ayuda económica de su acaudalado padre e incluso llegó a escaparse de casa en pleno sabbat para asistir a clase. Su radicalismo izquierdista se canalizó a través de un populismo típicamente ruso preocupado por los pobres y los necesitados. Vivía entre trabajadores rusos que la adoraban, cortando leña en bosques propiedad del gran príncipe ruso (pero de los que la familia de Rosa era arrendataria). Su peligroso estilo de vida la puso en el punto de mira tanto de la policía secreta zarista como de la variante comunista que la sucedió. Radical genuina, el régimen comunista la decepcionó. Rosa dirigía una fábrica próxima a San Petersburgo (más tarde Leningrado) transformada en planta de producción de munición. En 1919, a raíz de su despido como directora por negarse a ingresar en el partido, los trabajadores se declararon en huelga. No tardó en verse en una comprometida situación de aislamiento: sin trabajo y señalada como persona peligrosa en unos tiempos tan políticamente tumultuosos como aquellos.

Rosa, que no era sionista, decidió visitar a su familia en Jerusalén para ver si podía encontrar su sitio en Palestina. Escribió en yidis a Berl Katzenelson, alto dirigente del movimiento laborista a quien conocía por conexiones familiares y le pidió que la aconsejara sobre si «la tierra de Israel solucionará mi problema». Preocupada por la idea de dejar la vida que conocía, Rosa le preguntó si creía que ella podría arreglárselas allí. «Viajar a la tierra de Israel me obliga a cortar con un estilo de vida para empezar otro; ya no hay vuelta atrás», escribió.3 El tío de Rosa, Mordecái Ben Hilel Hacohen, se había llevado consigo a su familia a Palestina en 1903 y vivía en Jerusalén, y ella tenía previsto quedarse un tiempo en su casa. En diciembre de 1919, en Odesa, se embarcó en el SS Ruslan, un navío que se haría posteriormente famoso en la mitología sionista. A bordo viajaba también un grupo de pioneros con destino a Kineret, un kibutz a orillas del lago Tiberíades.4 El SS Ruslan atracó en Jafa el 19 de diciembre de 1919.

A su llegada a Jerusalén, y a través de su primo David Hacohen, Rosa conoció a Moshé Sharet (nacido Shertok), futuro ministro de Exteriores y jefe de Gobierno de Israel. Sharet entregó a Rosa una carta para que se la llevara a su hermana, que estaba en Kineret, en la que le pedía a esta última que cuidara de la recién llegada. En la misiva, Sharet describía a Rosa como «una joven “importante”, ingeniera, socialista pero no bolchevique, aunque trabajó unos años en una fábrica bolchevique próxima a Petrogrado. [...] No ha visto una cara judía en años y ahora la idea la tiene un poco preocupada. También le inquieta la vida colectiva, a la que no está acostumbrada. Aquí está muy sola. El hogar de los Cohen le resulta asfixiante (ya sabes: una muchacha rusa inteligente, de la alta burguesía, que ha cortado todos los lazos con su familia y su círculo social, y que ya no los soporta)».5

Aunque llegó a Palestina no siendo sionista, Rosa se fue haciendo poco a poco una ferviente partidaria del movimiento. Tras una breve estancia en Kineret, se mudó a Jerusalén a vivir con sus parientes. Los árabes palestinos organizaron una revuelta en la Ciudad Vieja de Jerusalén en 1920 y Rosa acudió en ayuda de los residentes judíos, ejerciendo tanto de enfermera como de combatiente, pues había adquirido experiencia en defensa personal durante los pogromos en Rusia. Luego se trasladó a Haifa y se convirtió en activa organizadora del laborismo judío en el puerto de dicha ciudad, al tiempo que se ganaba el sustento trabajando en una tienda de sus parientes.

Poco se sabe de los primeros años de vida del padre de Rabin, Nehemías Rubijev. Nació en el seno de una familia pobre en un pueblecito cercano a Kiev y se sumó a la actividad revolucionaria contra el régimen del zar. Partió hacia Estados Unidos huyendo de un posible arresto y fue a parar a San Luis (Misuri), donde trabajó de sastre y participó activamente en sindicatos judíos. En 1917, Nehemías trató de alistarse en la Legión Judía, organizada por Zeev Yabotinski, para luchar con los británicos en Palestina, pero fue rechazado por razones médicas (problemas en una pierna). Nehemías se cambió el apellido a Rabin y probó suerte de nuevo en otra oficina de reclutamiento, esta vez con más suerte. Llegó a Palestina y allí se quedó. En 1920, convertido ya en uno de los miembros iniciales de la primera versión de la Haganá, la organización de autodefensa judía en la Palestina de la época del Mandato británico, Nehemías participó en la defensa del barrio judío de la Ciudad Vieja de Jerusalén contra los árabes rebelados. Allí, en la Ciudad Vieja jerosomilitana, conoció a Rosa, que prestaba asistencia médica voluntaria. Nehemías fue arrestado por las autoridades británicas, que sofocaron las revueltas pero también encarcelaron a los defensores judíos por portar armas. Rosa y Nehemías se casaron en 1921 y se instalaron por un tiempo en Haifa. Rosa se mudó a Jerusalén para estar cerca de su familia cuando naciera Isaac, cosa que ocurrió el 1 de marzo de 1922. La pareja y el bebé se mudaron a Tel Aviv en 1923, donde Rosa trabajó en un banco y Nehemías hizo lo propio en la Palestine Electric Company. En 1924 nacería su hija, Raquel.

La familia vivió modestamente en una sucesión de pisos de dos dormitorios que algunos de los amigos de infancia de Rabin calificaban incluso de espartanos. Fuera de las horas de trabajo, sus padres participaban de lleno en actividades públicas; ambos pertenecían a la Haganá, Nehemías estaba muy implicado con los sindicatos y Rosa también lo estaba en el ayuntamiento de Tel Aviv y en un buen número de organizaciones benéficas. Era una familia que, al parecer, ponía más el acento en los valores que en las emociones; los niños se criaron básicamente solos e Isaac cuidaba a menudo de su hermana. La de los viernes era la noche familiar. En el pequeño piso en el que vivían, sin apenas muebles, se celebraban numerosas reuniones de sindicalistas y de miembros de la Haganá, pero los Rabin también alojaban a invitados llegados de fuera de la ciudad. Rosa era una mujer muy activa, conocida y respetada, pero se negaba a integrarse en ningún partido político o a asumir un cargo público de autoridad. Tenía un problema cardiaco y sus hijos vivían con el miedo constante a perderla. Y, de hecho, murió joven, en 1937: tenía cuarenta y siete años y su hijo Isaac, solo quince. Su funeral fue todo un acontecimiento público al que asistieron miles de personas, incluido David Ben Gurión, presidente de la Agencia Judía, la principal organización de la comunidad hebrea en el Israel preestatal. Para entonces, Ben Gurión era ya el líder indiscutido de la comunidad judía.

En muchos sentidos, la infancia de Rabin fue la típica de un muchacho criado en la corriente dominante del movimiento laborista en la Palestina del Mandato. Estudió en un colegio de primaria afiliado al movimiento laborista, ingresó en un movimiento de juventudes, continuó sus estudios en la escuela agrícola en un kibutz al este de Tel Aviv y, por último, acudió a uno de los mejores centros de educación secundaria avanzada del país: el Instituto Agrícola Kadoorie, a los pies del monte Tabor de Galilea. El Kadoorie —fruto de la donación de una familia adinerada de Hong Kong que construyó dos centros educativos de ese estilo en la Palestina del Mandato, uno para muchachos judíos y otro para árabes— era famoso por sus elevados niveles de exigencia académica y por su código de honor. Los maestros podían salir del aula cuando sus alumnos estaban en pleno examen, pues estaban seguros de que estos no iban a copiar. Rabin floreció en Kadoorie. Había sido un alumno de desarrollo tardío, debido a sus dificultades con la lectura y la escritura durante los dos primeros cursos de educación primaria. La llegada a su centro educativo de Eliezer Smoli, escritor y maestro inspirador, resolvió el problema. Ese desarrollo tardío sería algo característico de Rabin, que también se iniciaría «tarde» en otras facetas y fases de su vida. Con la ayuda de Smoli, Rabin obtuvo muy buenos resultados en los difíciles exámenes de ingreso en el Instituto Kadoorie y, ya en esta última institución, se reveló como un estudiante excepcional que incluso recibió un premio especial del alto comisionado británico en el momento de su graduación. Rabin consiguió así una beca pública que le permitió ir a Estados Unidos a estudiar Ingeniería Hidráulica en California. Pero los acontecimientos en Palestina y el estallido de la Segunda Guerra Mundial alteraron sus planes. Durante la Gran Revuelta Árabe de 1936-1939, Rabin conoció de primera mano los problemas de inseguridad a los que se enfrentaba la comunidad judía y recibió su primer adiestramiento en el empleo de armas. Tras su graduación, ya no pudo ir a California y se marchó con unos amigos a vivir y trabajar en varios kibutz, aunque sin ingresar de lleno en ninguno. En sus memorias y en otros relatos de su infancia y su juventud, Rabin menciona ese hecho, pero no lo explica. Según parece, su carácter un tanto individualista fue lo que le impidió integrarse en un colectivo.

No obstante, la vida de Rabin tenía otra dimensión importante en aquel entonces. Durante el verano, cuando no tenía clases, lo enviaban unos días a casa del tío de su madre, Mordecái Ben Hilel Hacohen, en Jerusalén. Ben Hilel era una figura imponente: además de escritor e intelectual, era un empresario adinerado. En su familia (tanto los familiares más próximos como los parientes más lejanos), se contaban algunas de las más destacadas figuras de la comunidad judía del Israel preestatal (el Yishuv). El hijo de Ben Hilel, David Hacohen, vivía en Haifa y se convirtió en el enlace con la inteligencia británica durante la Segunda Guerra Mundial. Una de sus hijas se casó con Arthur Ruppin, máximo responsable del Departamento Económico de la Agencia Judía. Ben Hilel y su familia estaban relacionados con las familias de Moshé Shertok, Eliyahu Golomb y Dov Hoz, que se contaban entre los líderes más destacados de aquel momento. Durante las temporadas que pasaba en casa de su tío abuelo, Rabin fue conociendo un entorno y un estilo de vida totalmente distintos a aquellos a los que estaba acostumbrado. La de los Hacohen era una vivienda espaciosa y elegante. Muy diferente de los pisos pequeños y apenas amueblados de los Rabin en Tel Aviv, la mansión Hacohen disponía de una gran biblioteca cuya organización fue encomendada al joven Rabin y a su primo, Rafael Ruppin, como una de sus tareas para el verano. Rabin incluso bajaba con su primo a jugar a la pista de tenis, deporte totalmente desconocido en su universo proletario de Tel Aviv.

Durante la última de sus estancias con sus parientes en Jerusalén, Rabin envió una reveladora carta a su amiga Hana Rivlin (nacida Guri). Ambos pertenecían a un pequeño grupo de estudiantes autodenominado Telem, cuyos miembros iban a las mismas escuelas en Tel Aviv y Guivat Hashlosha, y formaban parte del mismo movimiento juvenil de afiliación laborista. Era un grupo estrechamente unido; sus miembros conversaban sobre temas generales y personales con la seriedad y la apertura típicas de los movimientos juveniles de aquella época. La carta de Rabin a Guri arroja luz sobre cómo percibía él mismo la timidez y la reserva que definían su carácter. El 6 de agosto de 1937 escribió: «¿Soy yo el único miembro de Telem que se queda callado? Da igual. Eso no me libera [de la obligación] de expresar ideas bien expresadas, pero hay motivos que dificultan esa expresión [...]. Si quienes callan quieren ser parte de la sociedad, tienen que expresar lo que sienten y si no lo expresan es porque la sociedad les impidió hablar y, por muchas veces que lo intentaran siempre chocaron con el desprecio de esa sociedad [...]. Puede que yo tenga cierto complejo de inferioridad porque no estoy seguro de que a los miembros les interese lo que yo pueda decir».6

En 1941, Rabin se alistó en el Palmaj. El Palmaj, acrónimo de «unidades hebreas de choque», fue constituido por los dirigentes judíos ese mismo año con dos objetivos en mente. Uno era el de crear una fuerza militar permanente. La Haganá contaba con una pequeña estructura continua, pero carecía de una fuerza militar a tiempo completo. En 1941, acechaba la posibilidad de una invasión alemana. El mariscal de campo alemán Erwin Rommel avanzaba por el norte de África y, antes de ser derrotado por el mariscal de campo Bernard Montgomery en El Alamein, se creía probable que sus tropas invadieran Egipto y, a continuación, Palestina. La finalidad de las seis compañías del Palmaj no era frenar el ejército de Rommel, sino ralentizar su avance al tiempo que la comunidad judía se parapetaba para su autodefensa en la zona del macizo del monte Carmelo. En aquellos momentos, la Haganá y el Palmaj colaboraban estrechamente con los británicos. En junio de 1941, cuando los británicos se preparaban para invadir Siria y el Líbano —territorios controlados en aquel entonces por tropas leales a la Francia de Vichy—, varias brigadas de la Haganá recibieron la orden de colaborar en labores de reconocimiento y sabotaje. El jefe de la seguridad local preguntó a Rabin, que en esa época vivía en el kibutz Ramat Yohanan, si quería presentarse voluntario para una misión. Rabin dijo que sí y tuvo una entrevista con una de las jóvenes estrellas emergentes de la Haganá, Moshé Dayán. Fue el primer encuentro entre dos hombres cuyos caminos se cruzarían en muchas y significativas ocasiones, con diversos altibajos (en realidad, con más «bajos» que «altos»). En sus memorias, Rabin escribió lo siguiente sobre aquella entrevista: «Me preguntó qué tipo de arma sabía usar yo; le dije que estaba familiarizado con el revólver, el rifle y las granadas de mano, pero no con otras armas más pesadas o más sofisticadas. Tras un par de preguntas más, masculló secamente: “Es usted apto”».7 Rabin estaba ya integrado en el equipo de Dayán cuando este se internó en el Líbano el 7 de junio, en apoyo a la unidad australiana encargada de la invasión propiamente dicha. Aquella fue la operación en la que Dayán perdió un ojo: mientras observaba por sus prismáticos, fue alcanzado por el disparo de un tirador francés y, a partir de entonces, llevaría el parche por el que tan públicamente se caracterizaría su imagen en años posteriores. Dado que por entonces el rango de Rabin era muy bajo, se le encomendó en aquella misión la labor de subirse a los postes telefónicos para cortar las líneas. Fue su primera experiencia de combate. Posteriormente, ingresaría en el recién fundado Palmaj.

Rabin ascendió por el escalafón hasta convertirse en oficial de operaciones y, de hecho, en la mano derecha de Yigal Alón, el comandante general del Palmaj. Tras la fundación de esta fuerza militar en 1941, los dirigentes judíos tuvieron que afrontar la cuestión de cómo mantenerla. Las restricciones presupuestarias hicieron que el Palmaj fuese «adoptado» por el movimiento de los kibutz y, en especial, por Hakibutz Hameujad, una organización identificada con la Facción B, una de las que componían el Mapai, el partido dominante dentro del movimiento laborista en el Israel preestatal y también durante los primeros años de la política del Israel independiente. El líder de la Facción B, Isaac Tabenkin, era considerado un rival de Ben Gurión (en 1944, la Facción B se escindió del Mapai y formó un nuevo partido llamado Ajdut Haavodá). Para entonces, Ben Gurión se había convertido ya en líder del Yishuv (la comunidad judía en la Palestina del Mandato británico). Ben Gurión no era muy amigo del Palmaj. Él creía que la mejor opción para la generación joven de la comunidad judía de Palestina durante la Segunda Guerra Mundial pasaba por unirse a la lucha del ejército británico en Europa. Así se contribuiría a la guerra contra los nazis y a dar a miles de hombres judíos jóvenes una valiosa experiencia militar en las filas de un gran ejército moderno. Ben Gurión, hábil político además de estadista, tampoco se fiaba de la orientación política del Palmaj. Fuera como fuere, las unidades del Palmaj permanecieron principalmente ancladas en los kibutz, dividiendo su tiempo entre el trabajo y la instrucción. Fue así como una comunidad que andaba muy corta de recursos económicos se las arregló para mantener una fuerza militar permanente.

Rabin fue enviado al primer curso de jefes de escuadra del Palmaj, bajo las órdenes de Alón, un hombre apuesto y carismático apenas unos años mayor que él. Natural de Kfar Tabor, un asentamiento agrícola a los pies del monte Tabor, Alón había sido miembro del kibutz Guinosar, a orillas del lago Tiberíades, y, al igual que Rabin, se había graduado en el Instituto Kadoorie. Ahí nació una de las relaciones más importantes que tendría Rabin durante sus primeros años de carrera militar, pues Alón fue el responsable de su rápido ascenso: fue el descubridor del talento de Rabin y el cultivador de su figura como militar, y también quien lo convirtió en su oficial de operaciones (es decir, en su segundo a todos los efectos). En 1942, Rabin fue nombrado instructor y, luego, ascendido a jefe de pelotón. Uno de los que fueron jefes de pelotón al mismo tiempo que él recordaba años más tarde que Rabin se caracterizaba por su «original forma de pensar», propia de alguien «que no se atascaba en patrones convencionales, que se hacía preguntas, que reflexionaba sobre las cosas, que planteaba temas que no todos estaban dispuestos a aceptar, que desestimaba y restaba importancia a quienes eran populares y conocidos, y cultivaba en su lugar la amistad de aquellas personas que lo entendían y se avenían con él. En general, era un joven serio y un mando militar muy serio también que hacía bien su trabajo, aunque no se le consideraba nada fuera de lo común».8

En 1944, el Palmaj se transformó y pasó de ser una organización constituida en compañías a otra erigida sobre batallones. Rabin fue ascendido a instructor de batallón, lo que en la práctica equivalía a ejercer de subcomandante de batallón; en 1945, dirigió un importante curso para jefes de escuadra. Ese fue el puesto en el que Rabin comenzó a distinguirse como militar. Su profundo conocimiento de las cuestiones castrenses y del ejercicio del mando, y su talento para la instrucción, convirtieron aquel curso en una experiencia memorable para muchos. Al mismo tiempo, el curso contribuyó a acrecentar la reputación de Rabin. Uno de los graduados dijo que había sido el curso militar más relevante al que había asistido en toda su carrera, ni siquiera superado por una estancia en la prestigiosa École de Guerre francesa.

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0+
Veröffentlichungsdatum auf Litres:
14 November 2024
Umfang:
370 S. 1 Illustration
ISBN:
9788491870326
Verleger:
Übersetzer:
Rechteinhaber:
Bookwire
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