Buch lesen: "¿Me contás un mito, abuela?"
Iris Ada Quiero
¿Me contás un mito, abuela?
Mitos de la Cultura Clásica escritos e ilustrados para niños
Ilustraciones María Marta Ochoa

Quiero, Iris Ada
¿Me contás un mito, abuela? : mitos de la cultura clásica escritos e ilustrados para niños / Iris Ada Quiero ; adaptado por Iris Ada Quiero ; ilustrado por María Marta Ochoa.- 1a ed adaptada.- Godoy Cruz : Jagüel Editores de Mendoza, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-4931-14-6
1. Libro para Niños. 2. Mitología. I. Ochoa, María Marta, ilus. II. Título.
CDD 808.899282
© 2021, Iris Ada Quiero irisada.quiero@unive.it
Ilustraciones: María Marta Ochoa
© 2021 Jagüel Editores de Mendoza
Correspondencia: Sarmiento 1740 – (5501) Godoy Cruz, Mendoza, Argentina
Celular/movil: +54–261–5093367.
e–mail: jagueleditoresmza@gmail.com
ISBN 978-987-4931-14-6
Edición en formato digital: junio de 2021
Conversión a formato digital: Libresque
Derechos reservados. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la tapa, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor. Las opiniones expresadas en los artículos firmados son exclusiva responsabilidad de sus autores.
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A mi nieto Valentín que, con su entusiasmo ante mis relatos sobre Ulises, Eneas y otros héroes, encendió en mí los deseos de escribir cuentos mitológicos para que más niños como él sientan curiosidad por los clásicos grecolatinos.
INVITACIÓN
¡Hola!
Soy la abuela que le cuenta cuentos a Valentín y hoy también se los quiero compartir a ustedes.
Los de ahora son algunos relatos de dioses y de héroes, que los griegos llamaron “mitos”. Con estas historias, ellos intentaban explicar hechos y fenómenos que no resultaban tan claros a la primera experiencia, por ejemplo, cómo el laurel se convirtió en adorno de guerreros, atletas y poetas victoriosos, o las travesuras de Cupido con sus flechas para encender el amor entre los seres, o cuál es el origen de la frase “la esperanza es lo último que se pierde”.
Les iré contando luchas, aventuras y desventuras de dioses, héroes y semidioses grecolatinos. Estas historias surgieron tanto de la observación de la realidad como de la imaginación de aquellos lejanos griegos y romanos.
Iremos avanzando de a poco, de uno en uno, y verán que hay personajes que a veces reaparecen y atraviesan cada relato. Al final del libro también agregué un glosario para que sepan si el personaje mencionado era un dios, un humano o un monstruo.
Pueden contar conmigo, para conversar sobre algunas expresiones o palabras que tienen dioses escondidos o hablar de los planetas, del universo y de la vida que está salpicada con aquellos mitos.
¿Empezamos a recorrer el camino de los mitos?
Iris Ada, la abuela de Valentín
irisada.quiero@unive.it
CUPIDO
¿Han visto que a veces queremos mucho a una persona y esa persona no nos quiere tanto? No siempre el amor es correspondido y el responsable de este juego de… “lo quiero, no me quiere” es Cupido con sus travesuras. ¡Ahora les cuento!
Según el mito, Cupido era hijo de Venus, la diosa del amor, y de Marte, el dios de la guerra, y los griegos lo llamaban Eros.
Ese niño alado, inquieto, travieso y audaz fabricó un arco con madera de fresno y flechas con las ramitas de un ciprés.
—¿Qué haces, mi pequeño? —le preguntó su madre.
—Estoy practicando arquería—respondió Cupido—, me encanta.
Así pasaba los días este jovencito, buscaba sitios donde perfeccionar su puntería hasta que un día su madre Venus le regaló un arco y flechas de esos mismos que usaban los arqueros de verdad.
—¡Oh! ¡Qué hermoso regalo, madre! —exclamó el niño mientras saltaba de alegría—. Pero, dime, ¿por qué las puntas son diferentes? —preguntó al examinarlas mientras saltaba de alegría.
—Tú, mi pequeño, cuando claves la flecha con punta de oro encenderás el amor y si en cambio la punta es de plomo sembrarás el olvido y la ingratitud en los corazones —aclaró amorosamente la diosa.
—Eso suena interesante y a la vez peligroso, madre—pensó en voz alta Cupido al interesarse por la suerte que podrían tener dioses, hombres y hasta ellos dos—Me parece algo complicado y serio el uso de estas flechas.
—¡Claro! No es un juego, hijo. Es un poder que ahora posees y debes usarlo con cautela pues, tal como piensas, ni los dioses, ni tú, ni yo somos inmunes a las heridas que producirán tus flechas.
A partir de ese momento, Cupido inició su vuelo travieso y juguetón entre dioses y mortales. Así enciende el amor y el desamor, alegrías y pesares según la flecha que a cada uno alcanza.
El juego se complicó cuando su madre le encomendó una misión muy delicada:
—Escucha, hijo, debes buscar a la mortal Psique y hacer que se enamore del hombre más feo que encuentres en el mundo.
—¿Por qué esto, madre? ¿Qué ha hecho para merecer ese castigo?
—Los hombres han abandonado mis altares, ya no me veneran, no me rinden homenaje pues solo adoran a esa simple mujer, Psique. Debes apartar tal estorbo de mi camino.
Cupido escuchó preocupado, no podía contradecir a su madre, pero, con pesar, se retiró del Olimpo, sede de los dioses. Bajó al mundo terrenal para buscar a Psique. “Hallaré el modo de cumplir con su pedido”, pensó, y anduvo errante por bosques, valles y montañas. Preguntó por ella a los hombres, a los dioses, a todo ser viviente. Navegó por ríos, atravesó muchos arroyos, caminó por largos senderos, visitó cuevas, pueblos y palacios y finalmente la encontró.
Cuando, escondido entre los arbustos la vio, sucedió algo que su madre no había tenido en cuenta, que jamás se le había ocurrido pensar a Venus la diosa del amor: Cupido se enamoró perdidamente de Psique.
Lanzó su flecha de oro y encendió el amor en Psique para ser correspondido por ella, pero se hizo invisible cuando le habló:
—¡Oh, hermosa mujer, mi alma, mi vida y mis desvelos desde hoy solo responden a ti!
—¿Dónde estás? ¿Desde dónde emerge esa voz tan melodiosa que me enamora y me enloquece? —preguntó Psique mientras se esforzaba por verlo.
—No puedo mostrarme ante ti, Psique, otra era mi misión cuando vine a visitarte, pero me he enamorado cuando te vi. Te amo. Debes creer en mí.
—¿Quién eres? —insistió ella en tanto que su mirada lo seguía buscando por todas partes.
—Soy Cupido, habrás oído hablar de mí, seguramente.
—Sí, claro. Ahora comprendo el origen de este fuego que me abrasa el pecho —dijo— y entre sollozos le preguntó:
—¿Por qué no debo verte? ¿Por qué no puedo abrazarte?
—Amada mía, para que nuestra unión sea eterna no podrás ver mi figura, debes confiar en mí. Si confías, podremos seguir amándonos.
Por arte de su magia, Cupido la elevó por los aires, llevó a Psique a su morada y, al entrar, ella se vio sorprendida por los adornos y las joyas, la belleza, el orden y la luminosidad reinantes.
Él le explicó los detalles de la misión que tenía y por qué debía mantenerse invisible ante sus ojos. Psique aceptó la condición impuesta con tal de no perderlo y así vivieron por mucho tiempo, unidos de noche y separados de día. Cupido dormía junto a ella en la oscuridad y no le permitía que encendiera ninguna lámpara. Por las mañanas, partía antes del amanecer, receloso de ser visto.
Ella era feliz, se sentía segura, aunque no lo viese, estaba muy enamorada y consideraba que Cupido era el esposo anhelado. Pero sus padres la extrañaban, reclamaban su presencia, y un día la armonía de los enamorados se terminó.
—He tomado una decisión—dijo su padre el rey a su esposa.
—¿Qué has pensado? ¿Podremos verla? —le preguntó la reina.
—Nuestras otras hijas saldrán en busca de su hermana Psique y nos traerán noticias— afirmó e inmediatamente dio instrucciones a las hermanas para que partieran.
Cuando Cupido se enteró del arribo de las jóvenes a su morada, pensó en prohibirle a su esposa que las recibiera, pero, luego, enternecido por la ilusión que ella tenía, accedió y le impuso una condición:
—Mi amor, temo tanto por esta felicidad que hasta ahora nada ha enturbiado… Sin embargo, te veo triste y no puedo prohibirte que veas a tus hermanas —dijo a la par que le acariciaba sus hermosos cabellos y se mantenía invisible a sus ojos.
—No te preocupes, amor mío, será solo un encuentro de pocos minutos, una breve visita. Me verán feliz y llevarán tranquilidad a mis padres —lo tranquilizó.
—Debes prometerme algo, Psique, no debes seguir los consejos ni ideas que pretendan infundir tus hermanas.
—Quédate tranquilo, todo saldrá bien – le afirmó ella con ternura.
La visita de las hermanas fue breve, alegre, tranquila. Todas estaban muy emocionadas y felices de verse y contarse vivencias.

Psique les habló de su dicha y les dio ricos presentes para sus padres.
El problema se vislumbró durante la segunda visita, cuando las hermanas quisieron saber más sobre su amado:
—¿Cómo es? Danos detalles de su aspecto, de sus ojos, de esa belleza que tanto se comenta —insistieron.
—En realidad, nunca lo he visto —terminó por confesarles—no me lo permite, dice que si lo viera los dioses se enfurecerían y nuestra unión terminaría —explicó algo triste y temerosa de lo que estaba confesando.
Las hermanas, un tanto preocupadas por la situación y sobre todo envidiosas del suntuoso palacio en que Psique vivía, antes de partir la aturdieron con mentiras:
—Oye, hermana, el Oráculo de Apolo nos ha dicho que tu esposo es un monstruo —dijo una de ellas.
—Además, dicen que, convertido en una serpiente venenosa acabará con tu vida de una manera horrible—agregó la otra hermana. Partieron dejándola afligida.
Psique aceptó el consejo de sus hermanas y la noche siguiente, mientras su esposo dormía, decidió usar su espada para darle muerte; cuando encendió la lámpara no vio un monstruo sino una figura hermosa. Se arrepintió, pero ya era tarde.
Se desesperó e intentó usar la espada contra ella misma. La espada se le cayó y entonces se dirigió al arco con flechas. Se lastimó un dedo con la punta de una de ellas, gimió, y Cupido despertó.
—¿Qué haces? —le preguntó él sorprendido, completamente iluminado, visible, angustiado por lo que sucedería y dolido por su traición.
—Perdón, amado, perdón —lloraba suplicante Psique —creí en mis hermanas, por favor, perdóname— rogó desesperada y se aferró a su pie. Pero Cupido emprendió vuelo y la elevó con él. Enloquecido, quería arrojarla desde lo alto y perderla para siempre.
—¡Cupido, amado, detente! —suplicaba llorosa, pero él no la escuchó, estaba herido y desilusionado, después de un tiempo la dejó caer y continuó su vuelo.
Psique vagó por bosques y montañas, trató de ahogarse en un río; sin embargo, las aguas la arrojaban hacia la orilla una y otra vez. Volvió a la casa de sus padres y se vengó de sus hermanas. Pensó que con esta acción Cupido la perdonaría. No fue así. Se dirigió a la casa de Venus y le suplicó:
—Venus, por favor, pide a tu hijo que regrese, que perdone mi comportamiento—. Las lágrimas la cubrían y se arrodilló a los pies de la diosa.
—Lo enamoraste, por ti traicionó la misión que yo le había encomendado, me engañó, te ocultó para amarte y tú lo desilusionaste, miserable —le gritó Venus mientras la maltrataba, le tiraba los cabellos, le rompía la ropa, la golpeaba. De nada sirvieron las lágrimas, las súplicas, el arrepentimiento, la diosa la escondió en su morada y durante mucho tiempo la sometió a las más duras tareas, sacrificios y sufrimientos.
Un día Cupido arribó a la morada de su madre, la diosa Venus y le habló:
—Madre, mi amor por Psique no ha disminuido, llevo mucho tiempo errando, castigándome, tratando de borrarla de mi ser. No he podido.
—Ya nada puedo hacer por ti, hijo —le respondió orgullosa la diosa y se retiró dejándolo a solas con Psique.
Cupido, que jugaba con sus flechas provocando el amor y el desamor en todos los seres había caído prisionero de sus propias redes. Abrazó a su amada dañada con heridas en el cuerpo, con los cabellos descuidados, irreconocible por los golpes recibidos y le habló dulcemente:
—Psique, no he logrado arrancarte de mí, volvamos a casa, deseo casarme contigo.
—Te amo, Cupido. Haré lo que me pidas, jamás volveré a dudar de tus palabras— expresó con un hilo de voz débil, sumisa, serena y emocionada.
Cupido desplegó sus alas, la llevó otra vez consigo a su morada, la cuidó amorosamente, la alimentó hasta que Psique recuperó fuerza, ánimo y belleza. A pesar de la indignación de Venus, Cupido, o Eros, y Psique continuaron unidos y felices.
¿Les gustó? Como ven, estamos en manos de Cupido cuando de amar se trata.
Les hago una preguntita: ¿conocen la palabra “psicología”?
¡Vean qué curioso! “Psique” significa “mente” y en varias palabras verán el nombre de esta bella mujer que enamoró a Cupido o, también, Eros, como lo llamaban los griegos. ¡Ahhh! A propósito de Eros. ¿Escucharon la palabra “erótico”? Allí, escondido… está el amor. ¿Qué les parece?
¿Les cuento otro mito? ¡Vamos!
APOLO Y DAFNE
¿Sabían que los deportistas, guerreros y poetas recibían como premio una corona de laurel? Es un símbolo de victoria y se usa, por ejemplo, en los Juegos Olímpicos. Ahora vamos a averiguar por qué.
Eros o Cupido, ese niño con alas, travieso y juguetón andaba siempre arrojando flechas de oro para encender amor y flechas de plomo para generar sentimientos contrarios, de rechazo al amor.
Apolo, dios de las musas, de la música y la poesía siempre se burlaba de Cupido cuando se lo cruzaba por ahí:
—¡Hola, pequeño afeminado! ¿Para qué tienes tantas flechas si no sabes usarlas?
—Un día te arrepentirás de tus burlas, Apolo— le respondía Cupido.
Este diálogo se repetía con frecuencia y Cupido iba acumulando rabia y deseos de venganza.
Con paciencia esperó el momento oportuno. Una tarde, corriendo por el bosque, vio a Apolo y lo sorprendió con sus travesuras. Apolo estaba concentrado en dar muerte a la serpiente Pitón que aterrorizaba a los habitantes de la isla de Delfos, y no se dio cuenta de la presencia del niño alado. Tampoco había visto a una ninfa que, muy cerca de él, recogía flores.
—¿Qué me sucede? —gritó Apolo —un ardor en el pecho me desespera.
El pequeño Cupido reía escondido en la copa de un árbol, pues había clavado una flecha de oro en el corazón de Apolo y lo había encendido de amor por Dafne, la ninfa cazadora, joven y muy bella que se había acercado asustada por sus gritos.
—Ja, jajá— soltaba sus carcajadas Cupido —ya no te burlarás de mí, sufrirás y me recordarás eternamente.
—¿Qué has hecho niñito afeminado?— gritaba Apolo mientras miraba embelesado a la ninfa que, recuperada la calma, continuaba recogiendo flores y frutos.
Cuando Dafne vio que Apolo se acercaba desesperado con intención de atraparla, sintió crecer gran odio por él. Cupido había clavado en su pecho una flecha de plomo y de ese modo había consumado su venganza.
—Dafne, te amo— clamaba Apolo.
—¡Vete, no te acerques! —gritaba Dafne mientras escapaba velozmente.
Ese día logró ponerse a salvo, llegó a su casa y, aterrada, se encerró. Pero Apolo no cesaba de buscarla y perseguirla obsesionado. Se internó en el Olimpo de los dioses para solicitarles ayuda.
—Zeus, padre mío, apiádate, estoy perdidamente enamorado de Dafne y ella huye de mí.
—Pronto la alcanzarás, hijo. Te facilitaré el encuentro—respondió el dios supremo y se esfumó en medio de una nube.
Una mañana, Dafne paseaba con sus hermanas cerca de su casa y vio a Apolo que salía como una flecha desde su escondite y corría hacia ella.
—Dafne, no escapes, te amo— repetía.
—No te acerques, te odio— gritaba Dafne mientras huía desesperada.
Cuando se vio acorralada por Apolo, rogó a su padre que la protegiera:
—Padre, ayúdame, no quiero casarme con Apolo, lo odio, no deseo unirme a él.
—Hija—le respondió angustiado —Eres tan bella, te mereces un buen esposo y yo deseo tener nietos.
—Pero será otro, no Apolo, lo aborrezco. Por favor, ayúdame. Él no puede unirse a mí por la fuerza.
Continuó corriendo y ya casi sin aliento, sin fuerzas. Lloraba e imploraba auxilio divino tropezó y cayó.
Su padre se apiadó y la transformó. En ese instante la piel de Dafne comenzó a volverse una tierna corteza, sus cabellos hojas, sus brazos ramas y sus pies retorcidas raíces que se fijaban cada vez más en la tierra. Cuando Apolo llegó, se abrazó al árbol en que se había convertido Dafne. Y, convencido de que ya no podría tenerla, le juró amor eterno.
—¡Dafne! – la llamaba y lloraba unido al árbol de laurel que ahora era ella —no has querido ser mi esposa, pero nunca dejaré de amarte y tus hojas adornarán por siempre mi cabeza. ¡Dafne! —repetía —a partir de hoy dispondré que la corona de laurel esté sobre la cabeza de reyes, príncipes y emperadores. Será colocada en el cuello de los triunfadores. Reinarás por siempre entre los mejores.
Apolo tuvo que resignarse y amarla en la nueva forma que Dafne había adquirido. Utilizó sus poderes para que la planta de laurel fuera siempre verde y hermosa. Fue el único modo en que, desde ese momento, la adoró, la acarició y la cuidó.
Y colorín colorado… este mito ha terminado. El laurel también está en algunos escudos, los laureados son los victoriosos y… Laura ¿Conocen una Laura? Es una triunfadora, coronada de laurel.
¡Cuántas costumbres heredamos de los griegos y romanos! ¿Verdad?

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