Buch lesen: "Almas muertas"

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IAN

RANKIN

ALMAS MUERTAS

Traducción de

Efrén del Valle Peñamil


Todos los personajes de esta obra son personajes de ficción. Cualquier parecido con personajes reales, vivos o muertos, es pura coincidencia.

Título original inglés: Dead Souls.

Autor: Ian Rankin.

© John Rebus Limited, 1999.

© de la introducción: John Rebus Limited, 2005.

© de la traducción: Efrén del Valle Peñamil, 2020.

© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2020.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona

rbalibros.com

Primera edición: febrero de 2020.

REF.: ODBO663

ISBN: 9788491876236

AURA DIGIT • COMPOSICIÓN DIGITAL

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A MI EDITORA, CAROLINE OAKLEY,

QUE TANTO TIEMPO LLEVA SUFRIENDO

El mundo está lleno de personas desaparecidas y sus cifras no dejan de aumentar. El espacio que ocupan se halla entre lo que sabemos sobre cómo estar vivos y lo que oímos sobre cómo estar muertos. Vagan por allí, solos e incognoscibles, como si fueran sombras humanas.

ANDREW O’HAGAN

Los desaparecidos

Una vez cogí por error un tren a Cardenden… Cuando llegamos allí, nos apeamos y esperamos el siguiente tren con destino a Edimburgo. Estaba muy cansada y, si Cardenden hubiera resultado más prometedora, creo que me habría quedado allí. Y, si alguna vez han visitado Cardenden, sabrán lo mal que debían de estar las cosas.

KATE ATKINSON

Entre bastidores

CONTENIDO

1  Introducción

2  Prólogo

3  Primera parte: Perdido 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26

4  Segunda parte: Hallado 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52

5  Epílogo

INTRODUCCIÓN

Por primera vez desde el debut de Rebus en Nudos y cruces, concebí y escribí Almas muertas enteramente en Edimburgo. El resto de las novelas las había escrito durante mis cuatro años en Londres o en los seis años que pasé en la Francia rural. De vuelta a la capital escocesa, me preocupaba no poder escribir sobre aquel lugar. Era un temor realista: había aprovechado la distancia geográfica para recrear Edimburgo como una ciudad de ficción. ¿Cómo lo conseguiría ahora que con un simple paseo podría ver en lo que me había equivocado durante todos esos años?

Lo cierto es que no tenía de qué preocuparme.

El título Almas muertas está inspirado en la canción Dead Souls de Joy Division. Como puede imaginarse, no es un tema para bailar en una boda, a menos que la familia Addams sea pariente de tu pareja. Conocía, por supuesto, el material de referencia de Joy Division: la novela homónima e inacabada del escritor ruso Nikolái Gógol. Es posible que la expresión «genio torturado» fuera acuñada con Gógol en mente. Después de publicar la primera mitad de Almas muertas, acabó quemando los borradores restantes. Más tarde empezó a trabajar de nuevo en el libro, hasta que su religioso profesor lo convenció de que renunciara por completo a la literatura. Así pues, la última versión de la segunda mitad ardió de nuevo, y Gógol falleció diez años después.

Mi libro también está dividido en dos partes, tituladas «Perdido» y «Hallado». Ambas empiezan con una cita de la obra de Gógol. La que acompaña a «Perdido» son sus últimas palabras documentadas. El título del libro se me ocurrió pronto. Sabía que quería escribir acerca de personas desaparecidas. Me interesé por el tema mientras me documentaba para Black & Blue. En una obra de no ficción titulada Los desaparecidos (que había leído porque contenía pasajes sobre los asesinatos de John Biblia), el periodista Andrew O’Hagan analizaba el fenómeno de la pérdida y el hueco que se abre en el tejido de nuestra vida cuando alguien se desvanece. Inspirándome en la obra de O’Hagan, había escrito una novela corta titulada La muerte no es el final, un título de Bob Dylan que yo había conocido a través de una versión contemporánea de Nick Cave. Escribí esa obra a instancias de un editor estadounidense que, al parecer, luego no encontró un mercado inmediato para ella. Preocupado por que no viera nunca la luz, decidí «reciclar» partes de la historia para mi siguiente novela completa, motivo por el cual existen dos versiones de la historia, aunque con desenlaces distintos.

Así pues, estaba preparado para convertir aquel breve texto en una novela. Pero, entretanto, me había llamado la atención otra historia real. En un barrio conflictivo de Stirling, los habitantes estaban inquietos por la noticia de que tenían a un condenado por pedofilia viviendo discretamente entre ellos. El instinto justiciero se impuso y echaron a aquel hombre. Me sorprendieron dos cosas. La primera fue que entroncaba con el tema que había abordado en mi novela anterior, El jardín de las sombras, esto es ¿cómo medimos el bien y el mal? La otra fue que la reacción espontánea de Rebus a la noticia de un pedófilo «oculto» sería la misma que la de mucha gente de su generación, clase y filosofía: expulsaría a ese cabrón sin que importaran las consecuencias. Casi nunca he esquivado un desafío; quería ver si podía hacerle cambiar de opinión en algunas cosas…

También quería llevarlo de nuevo al centro de Fife, donde se había criado. Aunque muchos de mis libros han tenido motivos para enviarlo allí, Almas muertas es mi investigación más personal sobre mi pasado. Cuando Janice, un viejo amor del instituto, comparte recuerdos con Rebus, utiliza mis propios recuerdos y anécdotas. También conocemos más sobre la infancia de Rebus, por ejemplo, que nació en una casa prefabricada (igual que yo), pero pronto se trasladó a un semiadosado situado en una calle sin salida (igual que yo). Descubrimos que, como yo, bebía en el pub Goth de su ciudad natal («Goth» es la abreviatura de Gothenburg) y que su padre trajo una bufanda de seda de la Segunda Guerra Mundial (igual que el mío). Muchas de estas cosas se reflejan en los nombres que doy a los amigos del colegio de Rebus: Brian y Janice Mee. Ellos son «yo», como también lo son las características de muchas de mis otras creaciones, sobre todo Rebus.

Pese a su lúgubre temática, el libro contiene numerosas bromas privadas. Conocemos a Harry, «el camarero más grosero de Edimburgo» (que en la vida real es el propietario del bar Oxford y solo puede permitirse ser grosero con un selecto grupo de clientes que no esperamos menos de él). La discoteca del libro se llamaba Gaitano por el escritor estadounidense de novela negra Nick Gaitano, que también utilizaba su nombre real, Eugene Izzy. Poco antes de empezar a trabajar en mi libro, fue hallado muerto en lo que, al menos inicialmente, parecían circunstancias misteriosas. El conductor sin cabeza que aparece al principio del libro (y más tarde como el nombre de un pub) es el comandante Weir, un personaje real del lado oscuro de Edimburgo. En 1678, Weir y su hermana fueron acusados de brujería. Ambos fueron ejecutados pese a haber llevado una vida ejemplar y piadosa, y se esgrimió únicamente la inconexa y confusa confesión del comandante como «prueba».

¿Sería el equivalente moderno de una caza de brujas? Tan solo hace falta ver el trato que dispensan los medios de comunicación populares a los presuntos pedófilos…

Almas muertas fue una especie de punto de inflexión para mí, pues era la primera vez que permitía que una organización benéfica subastara el derecho a aparecer como personaje en uno de mis libros. En la actualidad lo hago hasta seis veces por libro, pero en Almas muertas solo hay un ejemplo de ello. El premio se lo llevó una amiga, pero no lo quería para ella. Ah, no. Ella lo quería para otra amiga de Estados Unidos, una mujer llamada Fern Bogot.

«No me suena muy escocés», protesté.

Al final llegué a la conclusión de que «Fern» parecía un nombre falso. ¿Quién no querría utilizar su nombre real en su vida cotidiana? ¡Por supuesto, una prostituta! Y así fue. Con cierta renuencia por su parte, la intachable Fern Bogot se convirtió en una prostituta de Edimburgo…

Una última cosa sobre Almas muertas. En un turno de preguntas y respuestas, una seguidora me hizo notar que utilizaba la expresión trellis tables («mesas de celosía») cuando en realidad me refería a trestle tables («mesas de caballetes»). Tenía razón, y he dejado intacto el error para vuestro disfrute. Pero también me dijo que utilizo mucho trestle tables en mis libros…, y al releer la serie para escribir las nuevas introducciones puedo confirmar que también acertó en ese particular. No me preguntéis por qué; simplemente no puedo parar de utilizar la expresión…

Trestle tables.

Ahí va otra vez.

IAN RANKIN

Mayo de 2005

PRÓLOGO

Desde esta altura, la ciudad durmiente parece obra de un niño, una maqueta que se ha negado a verse constreñida por la imaginación. El cuello volcánico podría ser de plastilina negra; el castillo firmemente equilibrado encima de él, una versión sesgada de unos bloques de construcción almenados. Las farolas naranjas son envoltorios de caramelo pegados al palo de una piruleta.

En el estuario de Forth, las tenues bombillas de unas linternas de bolsillo iluminan barcos de juguete que descansan sobre papel crepé negro. En este universo, los escarpados chapiteles del casco viejo serían fósforos torcidos y los jardines de Princes Street, un tablero de Fuzzy-Felt. Cajas de cartón para los edificios de apartamentos, puertas y ventanas concienzudamente detalladas con lápices de colores. Las cañitas para beber podrían convertirse en canalones y bajantes, y con una buena cuchilla —o tal vez un escalpelo— podrían abrirse esas puertas. Pero, mirar dentro…, mirar dentro destruiría el efecto.

Mirar dentro lo cambiaría todo.

Se mete las manos en los bolsillos y nota el afilado viento en las orejas. Puede imaginar que es el aliento de un niño, pero la realidad lo desmiente.

«Soy el último viento frío que sentirás».

Da un paso al frente, se asoma al precipicio y contempla la oscuridad. Arthur’s Seat se agazapa detrás de él, encorvado y en completo silencio, como si le ofendiera su presencia, preparado para saltar. Se dice a sí mismo que es de papel maché. Pasa las manos sobre unas tiras de periódico, sin leer las noticias, pero entonces se da cuenta de que está acariciando el aire y las aparta, riéndose con una expresión culpable. Oye una voz detrás de él.

En el pasado había subido allí a plena luz del día. Años atrás puede que hubiera venido con una amante, cogidos de la mano, contemplando la ciudad que se extendía como una promesa. Más tarde, con su mujer y su hijo, se habían detenido en la cumbre para hacer fotos, procurando no acercarse demasiado al precipicio. Era padre y marido. Hundía la barbilla en el cuello de la chaqueta y veía Edimburgo en sus tonos grises, pero en perspectiva, pues había subido hasta allí con su familia. Absorbiendo la ciudad entera con un lento movimiento de cabeza, sentía que todos los problemas eran soportables.

Sin embargo, ahora, en la oscuridad, sabe que no es así.

Sabe que la vida es una trampa, que las fauces acaban por cerrarse sobre el tonto que crea que puede cosechar la victoria a fuerza de mentiras. Se oye un coche de policía a lo lejos, pero no viene a por él. A los pies de Salisbury Crags le aguarda un carruaje negro. El conductor sin cabeza empieza a impacientarse. Los caballos tiemblan y relinchan. En el trayecto a casa echarán espumarajos por la boca.

«Salisbury Crag» ha pasado a formar parte de la jerga de la ciudad. Significa «caballo», «heroína». «Morningside Speed» es la cocaína. Una raya de coca le vendría estupenda ahora mismo, pero no bastaría. Arthur’s Seat bien podría estar hecha de cocaína: tal como están las cosas, no importaría una mierda.

Desde atrás se acerca una figura envuelta en la oscuridad. Se da media vuelta, pero aparta la vista rápidamente. De repente, tiene miedo de enfrentarse a ese rostro. Se dispone a decir algo.

—Sé que te costará creerlo, pero he…

No termina la frase, pues ahora planea por encima de la ciudad con la chaqueta revoloteándole por encima de la cabeza, y sofoca un último y sentido grito. Nota un vacío en el estómago y se pregunta si verdaderamente hay un cochero esperándolo.

Y siente que se le desgarra el corazón, sabiendo que jamás volverá a ver a su hija, ni en este mundo ni en ningún otro.

PRIMERA PARTE PERDIDO

A cada paso que damos cometemos todo tipo de injusticias sin mala intención. Cada minuto somos la causa de la infelicidad de alguien…

1

John Rebus fingía observar las suricatas cuando vio al hombre, y supo que no era él.

Llevaba casi una hora parpadeando para intentar aplacar la resaca; era prácticamente el único ejercicio que podía soportar. Se había sentado en bancos y se había apoyado en paredes, enjugándose el sudor de la frente, aunque, en Edimburgo, los primeros días de primavera y el invierno eran parientes de sangre. Tenía la camisa pegada a la espalda y le quedaba incómodamente ajustada cada vez que se ponía de pie. El carpincho lo miraba con un poco de lástima y parecía atisbarse cierto reconocimiento y empatía tras las largas pestañas del encorvado rinoceronte blanco, que estaba tan quieto que bien podía ser una estatua de un centro comercial, pero aun así rezumaba dignidad en su aislamiento.

Rebus se sentía aislado y casi tan digno como un chimpancé. Hacía años que no iba al zoo; la última vez probablemente fue cuando llevó a su hija a ver al gorila Palango. Sammy era tan pequeña que la acarreaba sobre los hombros y no notaba el peso.

Hoy no llevaba nada consigo, excepto una radio y unas esposas escondidas. Se preguntaba si llamaba la atención paseándose por un lugar tan angosto, evitando las atracciones que había a ambos extremos de la pendiente y deteniéndose de vez en cuando en el quiosco para comprar una lata de Irn-Bru. El desfile de pingüinos no le había visto moverse de su sitio. Curiosamente, en el momento en que avanzaron los visitantes en busca de emociones apareció la primera suricata, sosteniéndose sobre las patas traseras, con un cuerpo estrecho y trémulo, mientras escrutaba el territorio. Habían salido dos más de la madriguera y daban vueltas con el hocico pegado al suelo. Apenas prestaron atención a la figura silenciosa sentada en el muro que se elevaba en su cercado; pasaron por delante de él una y otra vez mientras exploraban la misma órbita de tierra compacta, y solo retrocedían cuando Rebus se llevaba un pañuelo a la cara. Notaba el veneno burbujeando en las venas: no el alcohol, sino un café doble que había comprado a primera hora de la mañana en una cabina de policía reconvertida cerca de Meadows. Iba camino del trabajo, camino de enterarse de que hoy tocaba patrullar el zoo. El espejo del lavabo de la comisaría no había mostrado ni un ápice de diplomacia.

Greenslade: Sunkissed You’re Not. Transición a Jefferson Airplane: If You Feel Like China Breaking.

Pero siempre podía ser peor, se había recordado a sí mismo, al aplicar sus pensamientos a la pregunta crucial del día: ¿quién estaba envenenando a los animales del zoo de Edimburgo? El culpable era un individuo, esa era la cuestión. Un individuo cruel y calculador a quien hasta el momento no habían descubierto ni las cámaras de vigilancia ni los cuidadores. La policía contaba con una vaga descripción y registraba los bolsos y abrigos de los visitantes, pero lo que quería todo el mundo —excepto quizá los medios de comunicación— era que detuvieran a alguien, a ser posible con trozos de comida contaminada como prueba.

Entretanto, lo irónico, tal como habían manifestado algunos directivos del zoo, era que el envenenador había resultado ser beneficioso para el negocio. Al artífice todavía no le habían salido imitadores, pero Rebus se preguntaba cuánto tardaría en ocurrir…

En aquel momento anunciaron que era la hora de alimentar a los leones marinos. Rebus ya había paseado antes junto a su piscina, que no le pareció especialmente grande para una familia de tres miembros. La madriguera de las suricatas ahora estaba rodeada de niños. Los animales habían desaparecido y Rebus se sintió extrañamente complacido de que le hubieran regalado su compañía.

Se alejó, aunque no demasiado, y procedió a desatarse y atarse de nuevo un cordón del zapato, que era su manera de marcar los cuartos de hora. Los zoos nunca le habían fascinado. De niño, su lista de mascotas incluía a bastantes «desaparecidos en combate» o «muertos en acto de servicio». Su tortuga había huido, pese a que llevaba el nombre de su dueño pintado en el caparazón; varios periquitos no habían llegado a la madurez; y los problemas de salud habían aquejado a su único pez de colores (que había ganado en la feria de Kirkcaldy). Al vivir en un edificio de apartamentos, de adulto nunca había sentido la tentación de tener un gato o un perro. Había probado la hípica una vez y acabó con la entrepierna irritada, así que juró que, en el futuro, lo más cerca que estaría de la noble bestia sería un boleto de apuestas.

Pero le habían gustado las suricatas por varias razones: la resonancia de su nombre; la vulgar comicidad de sus rituales; su instinto de preservación. Ahora los niños estaban sentados en el muro con las piernas colgando. Rebus se imaginó un cambio de papeles: jaulas llenas de niños haciendo cabriolas y chillando, contentos por la atención que les dedicaban los animales que pasaban por allí. Pero los animales no compartirían la curiosidad de un humano. Quedarían impertérritos ante cualquier muestra de agilidad o ternura, no entenderían que los niños estaban jugando a algo o que alguien se había rasguñado la rodilla. Los animales no construirían zoos, no los necesitarían. Rebus se preguntaba por qué los humanos sí.

De repente, el lugar se le antojaba ridículo, un excelente terreno de Edimburgo cedido a lo irreal… Y entonces vio la cámara.

La vio porque sustituía al rostro que debería haber estado allí. El hombre se hallaba en una pendiente cubierta de hierba a unos veinte metros de distancia, ajustando el foco de una lente telescópica de tamaño considerable. La boca que se apreciaba debajo era una fina línea que se curvaba ligeramente mientras índice y pulgar afinaban la cámara. Llevaba una chaqueta vaquera negra, unos pantalones de pinzas arrugados y zapatillas de deporte. Se había quitado una gorra azul desteñida, que llevaba colgada del dedo mientras hacía fotos. Tenía el cabello ralo y de color castaño, y la frente apergaminada. Vio a Rebus en cuanto bajó la cámara y este desvió la mirada hacia lo que estaba fotografiando: niños. Niños asomados al recinto de las suricatas. Lo único que se veía eran suelas de zapatos y piernas, faldas de niña y partes bajas de la espalda allá donde camisetas y jerséis se habían replegado.

Rebus conocía a aquel hombre. El contexto lo hacía más fácil. Probablemente hacía cuatro años que no lo veía, pero no podía olvidar unos ojos como aquellos, el hambre brillando en unas mejillas cuya tenue rojez ponía de relieve viejas cicatrices de acné. Cuatro años atrás llevaba más largo el pelo, que se rizaba sobre unas orejas deformes. Rebus intentó recordar su nombre mientras buscaba la radio en el bolsillo. El fotógrafo se percató del movimiento y clavó la mirada en la de Rebus, que hizo ademán de alejarse. También lo había reconocido. Quitó la lente, la guardó en una bolsa bandolera y colocó la tapa del objetivo. Luego enfiló la pendiente a paso ligero. Rebus sacó la radio.

—Está bajando la cuesta, lado oeste de la entrada. Chaqueta vaquera negra, pantalones claros…

Rebus amplió la descripción y echó a andar detrás de él. El fotógrafo se dio la vuelta, lo vio y apretó el paso tanto como le permitía la pesada bolsa de la cámara.

Por radio le comunicaron que unos agentes se dirigían al lugar. Pasó por delante de un restaurante, de una cafetería, de parejas cogidas de la mano y de niños devorando helados. Saínos, nutrias, pelícanos. El camino era cuesta abajo, cosa que Rebus agradeció, y los inusuales andares de aquel hombre —tenía una pierna un poco más corta que la otra— ayudaban a reducir distancias. El camino se estrechaba justo en el punto en que la multitud se hacía más numerosa. Rebus no supo qué estaba provocando el atasco hasta que oyó una salpicadura seguida de vítores y aplausos.

—¡Recinto de los leones marinos! —gritó por radio.

Al girar la cabeza, el hombre vio a Rebus con la radio en la mano; delante, cabezas y cuerpos que camuflaban la posible presencia de otros agentes. Ahora, su actitud calculadora había dado paso a un semblante de terror. Ya no lo tenía todo bajo control. Rebus estaba a punto de darle alcance, así que apartó a dos espectadores y se encaramó al muro de piedra. Al otro lado de la piscina había un saliente de roca sobre el cual se hallaba la cuidadora, encorvada junto a dos cubos de plástico negros. Rebus vio que detrás de ella apenas había espectadores, puesto que las rocas ocultaban a los leones marinos. Si se abría paso entre la multitud, el hombre podía trepar el muro por el otro lado y estaría cerca de la salida. Rebus maldijo entre dientes, apoyó un pie en la pared y saltó con torpeza.

Los curiosos empezaron a silbar, y algunos incluso a vitorear, empuñando cámaras de vídeo para captar el excéntrico espectáculo de aquellos dos hombres que avanzaban vacilantes por las pronunciadas pendientes. Mirando hacia el agua, Rebus vio un movimiento rápido y oyó los gritos de advertencia de la cuidadora cuando un león marino empezó a deslizarse por la roca. Su brillante cuerpo negro permaneció inmóvil el tiempo justo para que le arrojara un pescado en la boca y se precipitó de nuevo a la piscina. No parecía demasiado grande ni feroz, pero su aspecto había puesto nervioso a Rebus. El fotógrafo se dio la vuelta y la bolsa de la cámara se le deslizó por el brazo, así que optó por colgársela del cuello. Parecía que iba a retroceder, pero cuando vio a su perseguidor, cambió de opinión. La cuidadora había cogido una radio y avisado al personal de seguridad, pero los ocupantes de la piscina empezaban a impacientarse. Al lado de Rebus, el agua pareció agitarse. Una ola le impactó en la cara y algo enorme y negro se elevó de las profundidades, tapando el sol y chocando contra las rocas. El público empezó a gritar cuando el león marino, que medía al menos el cuádruple que sus crías, se puso a buscar comida emitiendo fuertes resoplidos. Luego abrió la boca y soltó un alarido de furia, lo cual asustó al fotógrafo, que perdió el equilibrio, y él y la bolsa de la cámara cayeron al agua.

En la piscina, dos siluetas, madre e hijo, se dirigían hacia él. La cuidadora hizo sonar el silbato que llevaba colgado del cuello como si fuera un árbitro de tercera división enfrentándose a una batalla campal. El macho observó a Rebus por última vez y fue a unirse a su compañera, que embestía al recién llegado.

—¡Por el amor de Dios, tiradles pescado! —gritó Rebus.

La cuidadora captó el mensaje y volcó un cubo en la piscina, y los tres leones marinos se abalanzaron sobre la comida. Rebus saltó al agua y arrastró al hombre hasta las rocas. Acudieron al rescate dos espectadores, seguidos de otros dos agentes vestidos de paisano. A Rebus le escocían los ojos. El olor a pescado crudo era intenso.

—Déjeme ayudarlo —dijo alguien, tendiéndole una mano.

Rebus dejó que lo sacaran del agua y cogió la cámara que aquel hombre empapado llevaba alrededor del cuello.

—Ya te tengo —dijo.

Luego, tembloroso y arrodillado sobre las rocas, vomitó en el agua.

€9,99
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0+
Veröffentlichungsdatum auf Litres:
01 August 2024
Umfang:
491 S. 2 Illustrationen
ISBN:
9788491876236
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Rechteinhaber:
Bookwire
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