Buch lesen: "Sátiras. Epístolas. Arte poética."
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 373

Esta obra ha sido publicada con una subvención del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, para su préstamo público en Bibliotecas Públicas, de acuerdo con lo previsto en el artículo 37.2 de la Ley de Propiedad Intelectual.

Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO y JOSÉ LUIS MORALEJO .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por VICENTE CRISTÓBAL LÓPEZ .
© EDITORIAL GREDOS, S. A., 2008.
López de Hoyos, 141, 28002-Madrid.
www.editorialgredos.com
Primera edición: Julio de 2008
Quinta edición: Junio de 2015
REF. GEBO449
ISBN 9788424937461
SÁTIRAS
INTRODUCCIÓN
El género y su tradición
En la panorámica comparativa de las literaturas griega y latina de su Institutio Oratoria (X 1) afirma Quintiliano: satura quidem tota nostra est , lo que suele interpretarse como una reivindicación de la estirpe netamente indígena de ese género poético (o al menos de la superioridad romana en él). Sin embargo, no están claros ni sus orígenes 1 ni el sentido que en los primeros tiempos tenía su propio nombre de satura ; un término que, además, ha llegado a nuestros días en una forma («sátira», «satire», etc.) alterada por una ya antigua etimología popular que lo relacionaba con el gr. σάτυρος, el nombre de los chocarreros dioses menores que formaban parte del cortejo del dios Dioniso y que comparecían en el género dramático griego del drama satírico , con el cual, al parecer, se le vio cierto parentesco a la sátira romana 2 .
Sí parece generalmente admitido —aparte hipótesis menos verosímiles 3 — que en el nombre de la satura tenemos la forma femenina del adjetivo satur («colmado», «harto»), genuinamente latino. Su acepción literaria, siempre según esa opinión predominante, derivaría de la elipsis de una metáfora culinaria: la de la satura lanx, un plato abundoso y variado, una especie de potpourri u «olla podrida», en el que casi todo tenía cabida (aunque, según otros, más bien sería un embutido de vario acarreo). En la literatura, la denominación satura designaría una obra de carácter misceláneo 4 .
Pero los datos antiguos, como apuntábamos, nos hablan de la satura en términos discutidos. Así, parece haber habido una de carácter dramático, a tenor de lo que Tito Livio cuenta sobre la prehistoria del teatro romano 5 . Para la época bien documentada de la literatura latina, tenemos noticias y fragmentos que apuntan al padre Ennio como cultivador e incluso como primus inventor de la sátira 6 . Su sobrino el trágico Marco Pacuvio (220-c. 130 a. C.) también aparece en los anales del género 7 . Pero no hay duda de que el primer autor de sátiras latinas bien conocido —y debidamente reconocido por la posteridad— fue el caballero romano Gayo Lucilio (c. 180-102 a. C.), modelo (y anti-modelo) declarado del propio Horacio, autor, nada menos, que de 30 libros de ellas, de las que nos ha llegado un importante contingente de fragmentos. No era, desde luego, el poeta enragé y contestatario cuya imagen pudieran sugerirnos ciertas noticias posteriores, incluidas las de Horacio, sino un hombre de buena posición social y aún mejores relaciones, que se podía permitir ciertas libertades al respecto de sus conciudadanos.
Lucilio escribió en los tiempos de la primera ola de helenismo directo , que afluyó a Roma a partir de mediados del s. II a. C., al socaire de la conquista de Grecia y de los gustos literarios de los círculos ilustrados como el de los Escipiones, al que él mismo pertenecía. Ello no le impidió adoptar y llevar a más un género autóctono, del que llegaría a ser considerado como el verdadero creador; pero lo hizo de manera que también dejó ver la influencia de géneros griegos como la Comedia Antigua y el yambo (el arcaico de Arquíloco y, sobre todo, el más literario del alejandrino Calímaco 8 ). De las sátiras de Lucilio tenemos, a través de sus fragmentos y de las documentación indirecta, una idea bastante clara; y cabe afirmar que no diferían en lo fundamental de la idea del género que nos dan sus manifestaciones posteriores bien conservadas y conocidas, las debidas a Horacio, Persio y Juvenal 9 .
Hay, sin embargo, en la historia de la sátira latina un eslabón intermedio tan importante como incierto: el que representaron las Sátiras Menipeas del polígrafo Marco Terencio Varrón ( 116-27 a. C.). Como se ve, las apellidó con un brindis al filósofo griego Menipo de Gádara, cuyo torpe aliño indumentario retrataría Velázquez de manera admirable. Menipo era un cínico sirio del s. III a. C., que, según la costumbre de su escuela, había fustigado de palabra y por escrito, en prosa y en verso, los vicios y contradicciones en que incurrimos el común de los mortales. Vemos, pues, también en este caso que el género genuinamente romano de la sátira había ido cediendo a la seducción de las letras griegas. Pero Horacio, y aunque cuando él escribió su Sátiras Varrón aún vivía y era toda una autoridad intelectual, no lo menciona para nada: salta sobre él, como si no hubiera existido, para conectarse y enfrentarse directamente con Lucilio 10 .
Los asuntos que la documentación histórica no nos permite conocer con el detalle deseable son campo propicio para las especulaciones reconstructivas; pero ateniéndonos a los datos que los testimonios conservados nos brindan, parece claro, como hemos dicho, que la sátira, tal como Horacio la concibió y practicó, era en sustancia del mismo género que la que Lucilio había concebido y practicado, aunque la refinara según la estética propia del helenismo maduro de un poeta de la época augústea. A Horacio habría que atribuir, además de las aportaciones de ese ambiente plenamente clásico en el que escribió y de su personal talento, la iniciativa de fijar el hexámetro dactílico —el metro épico, pero, en cierto sentido, también el metro no marcado 11 — como verso propio del género.
Dicho esto, hay que insistir en lo mucho que la sátira latina, ya desde Lucilio, debía a la literatura griega. En Grecia, ciertamente, no había un género poético que por los rasgos concordantes de metro, dicción y contenido pudiera considerarse como antecedente directo de la sátira latina (como lo eran los modelos épicos, líricos o bucólicos); pero también parece claro que este género latino se adscribió desde muy pronto a una tradición híbrida , abriendo la puerta a temas, ideas y actitudes presentes en varios de los ya consagrados por los cánones literarios griegos. El propio Horacio afirma (Sát . I 4, 1 ss.) que la esencia de la sátira de Lucilio venía de la libertad de palabra (la parrhesía) con que la Comedia Antigua ateniense había prodigado su censura pública y nominal entre los ciudadanos que se la me-recían (según el hábito del onomastì kōmōdeîn , «sacar a uno en la escena por su nombre»); y al definir retrospectivamente su propia sátira (Epíst. II 2, 60), habla de ella como Bioneus sermo , «charla» —o, si se prefiere, «sermón»— «al estilo de Bión». Con ello confiesa su deuda y la de la sátira con el género más popular —y, en opinión de muchos, el más socrático 12 — de la filosofía griega de época helenística y romana, cultivado sobre todo por los cínicos y lo estoicos: el de la διατριβή o diatriba , término que desde el sentido de «pasatiempo» había llegado a significar «plática» o «charla», y de donde tal vez Horacio tomó el nombre y título de Sermones que seguramente dio a sus sátiras 13 . Cínico o muy afín al cinismo era, en efecto, el antes nombrado Bión de Borístenes, un griego periférico y de origen humilde que en el s. III a. C. había llevado una vida de filósofopredicador, ambulante y contracultural , poniendo en solfa los vicios de las gentes. Similar a la de Bión debió de ser la personalidad de su contemporáneo el ya citado Menipo de Gádara, cuyos escritos, satíricos en sentido amplio y en los que, al parecer, mezclaba prosa y verso, había imitado Varrón. Como divisa de esa clase de diatribas —pues también existió otra más seria , representada, por ejemplo, por las que escribiría el estoico Epicteto (c. 50-c. 120 d. C.)— se suele hablar de lo σπουδογελοιον 14 , lo «serio-risible» o, más castizamente, «bromas y veras» 15 ; una divisa que Horacio recoge en su ridentem dicere uerum de Sát . I 1, 24 16 .
Horacio satírico: actitudes y temas
Lo ya dicho en nuestra Introducción general al autor nos dispensará de demoramos ahora en lo que se sabe sobre la fecha de composición de las Sátiras , que tampoco es mucho 17 , y sobre la de su publicación, que tuvo lugar, según parece, en los años 35/34 (libro I , con 10 sátiras) y 30 a. C. (libro II , con 8). En el primero de ellos y en de los Epodos está sin duda la que hemos llamado obra pre-mecenática de Horacio: la que le valió la estima y protección de Mecenas, al cual fue presentado en el a. 37 a. C. por Virgilio y Vario 18 , y que seguramente le permitió también dejar el puesto de scriba quaestorius con el que se venía ganando la vida. Cumple recordar, con todo, que las Sátiras aparecieron en forma de libros cuando Horacio ya había ingresado en ese selecto círculo, pues la primera de ellas, y con ella toda la colección, ya está dedicada al generoso protector.
El Horacio de las Sátiras es un observador crítico pero humano —no como el de los Epodos más yámbicos— de la sociedad de su tiempo; y eso aunque al hablar de ellas las llamara, además de Bioneus sermo , sal niger , «sal negra» (Epi . II 2, 60) 19 . Se nos presenta como un maestro 20 , como un ψυχαγωγός no muy severo, que, conforme al ideal de eudemonismo compartido por casi todas las filosofías de su tiempo, quiere ayudar a los hombres a ser más felices 21 . W. S. ANDERSON llamó al Horacio satírico «un sonriente maestro de cuestiones éticas importantes» 22 .
Sin embargo, en ciertas ocasiones, reflexionando sobre su propia tarea, Horacio también teoriza y polemiza sobre el origen, el papel y los límites del género satírico. Con esto quedan delimitados los dos campos temáticos capitales de la obra: el de las sátiras de costumbres y el de las sátiras literarias .
Al segundo grupo se adscriben solamente tres (I 4, I 10 y II 1 ), y ya en la segunda de ellas encontramos respuesta a las críticas que se habían hecho a la primera 23 , lo que prueba que el poeta las había dado a conocer aisladamente antes de publicarlas en formato de libro. Los tópicos que aparecen en las sátiras de costumbres son los que cabe suponer ya tradicionales en el género y que desde luego lo eran en la diatriba griega, sin ser muchos de ellos patrimonio exclusivo de una determinada escuela filosófica (por más que en Horacio se observe el consabido predominio de las ideas epicúreas). Son los tópicos del general descontento con la propia suerte y la envidia por la ajena, del afán insaciable de riquezas y medro social (con el que se conectan el de los cazadores de herencias, el de las relaciones con el amigo poderoso y el de los recuerdos autobiográficos del propio poeta); el de la obsesión imperante por los refinamientos culinarios, el de la pasión por los amoríos adúlteros, el de la doble vara de medir que aplicamos a los defectos ajenos y a los propios, el de la incoherencia entre palabra y vida, de la cual no escapan ni los filósofos; el de la superstición, el de la intransigencia extremada, y por ello estéril, de algunos moralistas 24 ; el de nuestra incapacidad para llevar una existencia auténtica dedicada a uno mismo y no al tráfago de las relaciones sociales (de donde el poco aprecio de muchos por la paz de la vida campesina); el del olvido del justo medio , evitando los extremos, y otros varios emparentados con ellos.
El repertorio de motivos de las sátiras literarias es, obviamente, más limitado. En primer lugar, tenemos el de la ancestral libertad de palabra del género, que, como decíamos, Horacio hace derivar de la parrhesía 25 de la Comedia Antigua de Aristófanes, Éupolis y Cratino; además, y en enfrentamiento crítico con Lucilio, el de la prioridad que en poesía debe darse a la calidad sobre la cantidad, aplicando estrictamente los principios de la estética alejandrina de Calímaco 26 ; y, en fin, su respuesta a quienes habían tomado a mal su censura al considerado como maestro del género. Por lo demás, y dado que hemos antepuesto a la traducción de cada sátira una nota sinóptica, nos excusamos de detallar aquí sus respectivos contenidos.
Tanto Lucilio como sus antecedentes griegos de la Comedia Antigua, habían fustigado sin reparos y por su nombre a los ciudadanos a los que consideraban merecedores de censura, por importantes que fueran. También Horacio saca a la escena en sus Sátiras muchos nombres propios; pero su caso era distinto, al igual que lo eran las circunstancias sociales y legales en que escribió (lo mismo que los Epodos ); y además sus sermones ya eran en gran medida poesía literaria , al modo helenístico, en la cual la imitación de un género consagrado pesaba más que las viejas funciones o licencias propias del mismo. A este respecto es ilustrativo el capítulo «The Names» de la clásica monografía de N. RUDD (1966: 132 ss.), que ofrece una especie de prosopografía de la sátira horaciana. Resulta ser una prosopografía mixta en la que pasado y presente, realidad y ficción se combinan y se interfieren. Rudd distingue en los nombres propios que aparecen en las Sátiras hasta seis categorías: a) personas vivas; b) personas muertas; c) personas que aparecen en Lucilio; d) «nombres significativos»; e) nombres de otros personajes típicos; f) seudónimos. En el primer apartado, y entre los que cabe suponer personajes reales, no aparece ningún notable de la Ciudad; a no ser que el Salustio de I 2, 48 —un apasionado por los amoríos con las libertas— sea al famoso y moralizante historiador, que más bien dejó fama de su afición por las casadas, o bien su homónimo sobrino-nieto e hijo adoptivo y confidente de Augusto, algo menos probable por su cronología 27 . Tampoco se ve a ninguna figura de primer orden en el grupo de las personas que Rudd da por fallecidas, grupo con el cual, como es obvio, se solapa el de las ya nombradas por Lucilio. Entre éstas estaba el pauper Opimius de II 3, 142 ss. que, a su vez, reaparece entre los «nombres significativos», que vienen a corresponderse más o menos con los que otros llamarían «parlantes» o nomina ficta , creados o escogidos para reflejar las características personales y morales de un personaje o tipo humano; y Rudd nos recuerda que ése también ha sido un recurso habitual en la literatura satírica moderna. Así, Opimio, opulento pero miserable, sería algo así como «el pobre Sr. Rico»; por su parte, el Porcio de II 8, 23, el gorrón que llega al banquete acompañando a Mecenas y a sus amigos, haría honor al étimo de su apellido, porcus ; de manera similar, el gracioso y ávido Pantólabo de I 8, 11 y II 1, 22 justificaría su nombre arramblando con todo lo que se le pusiera delante. El apartado de los «nombres de otros personajes típicos» presenta menos interés, por estar mayoritariamente formado por personajes de la cantera mítica, como Orestes, Ulises, Agamenón y otros. Y, en fin, el de los seudónimos, bajo los que se supone que Horacio camufla a personas a las que no quería o no se atrevía a sacar nominatim a la escena —que Rudd compara acertadamente con los que Catulo, Tibulo y Propercio habían dado a sus Lesbias, Delias y Cintias— también presenta ejemplos interesantes: así, el de Alpino para el épico Furio en I 10, 36, y sobre todo el de la siniestra bruja Canidia (al parecer Gratidia) de I 8,24; 48; II 1,48 y 8, 95, también citada ampliamente en los Epodos 3 y 5 28 (aunque este seudónimo también tiene algo de parlante o, para ser más exactos, de latrante , vista su clara relación con canis ).
En resumidas cuentas, aparte de que la prosopografía satírica de Horacio resulta ser de notable complejidad, es claro que él estaba muy atento a no infringir la legalidad que en su tiempo proscribía el libelo y la difamación; y también, como decíamos, que su propia concepción literaria del género había dejado en un segundo plano los tradicionales instintos agresivos del mismo 29 .
Forma, composición y estructura
En uno y otro de los grupos temáticos de las Sátiras (y especialmente en el de las de costumbres, como es lógico por su mayor número y su mayor cercanía a lo cotidiano), nos encontramos con una variedad de formas, que van desde la más tradicional del que cabe llamar sermo currens , la meditación en voz alta, pasando por el diálogo —en algunos casos diálogo puro, sin marco narrativo, como en II 1 ; 3; 4; 5; 7 y 8 30 —, hasta el mero relato anecdótico, como en I 5, I 7 y I 9. Esas formas pueden aparecer variadas y combinadas entre sí y con otros elementos, e incluso en una misma composición (narración o discurso moral en boca de un tercero, con o sin diálogo, y con o sin reminiscencias personales; aparte de la parodia, como I 7, II 4 y 5 etc. 31 ).
Ya a propósito de la Sátira I 1 comenta P. FEDELI (246) que avanza según «un procedere.... desultorio 32 », un discurso —digamos— irregular y quebrado, como parece propio de un auténtico sermo ; de ahí que esa clase de discurso sea perceptible en bastantes otras de las Sátiras . Eso no ha disuadido a los estudiosos de intentar detectar principios constructivos dentro de cada sátira y dentro del conjunto de los libros, y a veces con resultados plausibles, que, como puede suponerse, no ha lugar a recoger aquí con el detalle deseable.
Desde luego, y en cuanto a la composición de los libros, es evidente, al menos, que Horacio organizó a propósito el primero de manera que lo encabezara una sátira dedicada a Mecenas, que no fue la primera que escribió. A él también va dirigida la que abre la segunda mitad del libro, la 6. a , lo que ha llevado a concluir que el poeta le dio una organización bipartita como la que poco antes Virgilio había dado a sus Bucólicas . Sin embargo, HKINZE que suscribe esas ideas sostiene que con tal estructura se entrecruza otra tripartita y más compleja que abarca a los contenidos: la primera tríada de sátiras trata de cuestiones morales; la segunda, del propio poeta (la 4. a en cuanto escritor, la 5. a en cuanto amigo de sus amigos, la 6. a en cuanto que persona que se había ganado un lugar prominente en la sociedad); la tercera tríada cuenta «historias divertidas», y la Sátira 10, «para el autorretrato del poeta, la más importante», sería el epílogo del libro 33 . En cuanto al libro II , HEINZE reitera la opinión de F. Boll de que se estructura en dos series simétricas: la Sátira 1 (la consulta con Trebacio) se correspondería con la 5 (consulta con Tiresias), la 2 (la del campesino Ofelo) con la 6 (la del Horacio campesino, del que Ofelo sería un alter ego ); la 3 y la 7, por su parte, estarían unidas por su tratamiento de paradojas estoicas y, en fin, la 4 y la 8 conciernen a la vigente moda de los placeres de la mesa 34 .
A estas propuestas de estructuración les han surgido con el tiempo varias y variadas alternativas. Así RUDD (1966: 160 s.) se muestra más escéptico: tras admitir que, al igual que las Bucólicas , las Sátiras dejan ver un cierto arrangement , y que I 1-3 están estrechamente ligadas por forma y contenido, al igual que las literarias, la 4 y la 10, «aparte de ellas apenas hay un mode lo discernible». En cambio, la situación parece cambiar en el libro II , en el que, no sin ciertas reservas, Rudd da por bueno el antiguo esquema simétrico propuesto por Boll. Con todo, concluye que: «El diseño en sí mismo... no tiene ningún significado simbólico; no otorga ningún significado añadido a ningún poema individual; y en la medida que yo puedo averiguar, no implica secreto matemático alguno».
Hay que mencionar también la propuesta de K. BÜCHNER (1970) 35 , que en cuanto al libro I se pronuncia por la organización bipartita en la que los dos bloques estarían temáticamente ligados. En cuanto al libro II , destaca ante todo que en él predomina la forma dramática o dialógica, y admite, más o menos, las simetrías temáticas propuestas por Boll y Heinze. Las conclusiones que sobre la composición del libro I habían alcanzado esos los autores han sido confirmadas y matizadas mediante un análisis propio y más elaborado por C. RAMBAUX 36 . Para él, el libro tiene una «estructura piramidal» que trata de hacer eco a las Bucólicas , aunque en él no quepa observar correspondencias numéricas como las que Maury detectó en aquéllas. Lo que parece que se puede observar una composition d’ensemble que, en resumen, respondería a un orden simétrico o concéntrico en el que, por sus contenidos (repudio de determinados vicios), las Sátiras 1, 2 y 3 se corresponderían, respectivamente, con las 7, 8 y 9. La 5 vendría a hacer de «pointe de la piramyde», la «imagen de la vida feliz», escoltada por la 4 y la 6, que comparten la actitud de rechazo a los detractores y la evocación de la figura del padre. En un más resumen todavía , 1, 2, 3 y 7, 8, 9 presentarían «los escollos a evitar»; 4 y 6 «el camino a seguir»; 5 el resultado, y 10 la «conclusión literaria del libro».
Por esos mismos años, el filólogo sudafricano C. A. VAN ROOY , en una amplia serie de artículos 37 (en su conjunto una sólida monografía), estudió minuciosamente los criterios de «arrangement and structure» que, a su entender, Horacio aplicó en el libro 1 de sus Sátiras . Para VAN ROOY (1971: 87). «el más fundamental principio en la estructura del libro consiste en el agrupamiento de pares conjuntos»; es decir, formados por 1-2, 3-4, 5-6 (núcleo del libro), 7-8 y 9-10. Esas parejas, que ya habrían sido «compuestas y editadas» como tales (1970b: 50), y pese a visibles diferencias de contenido, estarían conectadas por semejanzas de sus estructuras internas, que VAN ROOY analiza en cada caso en «secciones» y con criterios bastante realistas. Por lo demás, suscribe la idea, ya antigua, de que Horacio haya imitado en este libro, aunque a la debida distancia, el de las Bucólicas virgilianas, aparecido no mucho antes; en primer lugar, en el número de los poemas, pero también en otros mecanismos de organización (VAN ROOY , 1973).
Tampoco han faltado en el análisis de las Sátiras los ensayos «numerológicos» que con tanto afán se aplicaron al de otras obras de la poesía clásica 38 . En este caso hay que citar, al menos, los de W. HERING 39 , «para [el que] la unidad de las sátiras horacianas descansa sobre las proporciones de sus partes, sobre simetrías que sólo es posible comprobar por su correlación, por la dialéctica de contenido y forma y por medio de precisas relaciones numéricas» 40 . Sólo hemos tenido la oportunidad de examinar personalmente el análisis de la Sátira II I que Hering hace en el segundo de sus trabajos citados (HERING , 1982: 206 ss.), y nos parece que es muy meritorio, cuando menos, por la minuciosidad con que estudia la «Gedankenfürung» del poema, diseccionando cuidadosamente los bloques de sentido en que se estructura. Tales bloques o «secciones» tienen dimensiones variables, pero, a fin de cuentas, al menos según Hering, parecen dar como resultado un esquema armónico y simétrico, incluso con correspondencias muy alejadas entre sí dentro del texto; algo que razonablemente sólo cabe suponer que se debe a un cierto esquema constructivo que, por lo demás, el autor observa también en poetas como Virgilio y Propercio. Concretamente, los 86 versos de la Sátira II 1 se estructurarían en dos grandes bloques de 43 versos. En la primera mitad habría cuatro bloques temática y cuantitativamente simétricos (de 9, 11, 11 y 9 versos) y tres en la segunda (de 16, 11 y 16). Una observación interesante que hace Hering es la de que Horacio suele aprovechar como punto de transición entre secciones la cesura del hexámetro, lo que, aparte de ser un mecanismo de cohesión del texto, abona su idea de que hasta los elementos formales más externos contribuyen al diseño trazado por el poeta.
Los análisis como éste pueden provocar en el lector una doble impresión: por una parte, la de que sus autores han examinado a fondo los textos a los que se enfrentan; por otra, la de que el propio alto grado de resolución con que lo hacen a veces produce —o contraproduce — la duda de que sus deducciones respondan realmente a esquemas constructivos subyacentes en ellos y susceptibles de una fructífera generalización.
En fin, la estudiosa norteamericana H. DETTMER (1983) 41 , cuyos esfuerzos por identificar estructuras constructivas en los libros de las Odas 42 ya hemos ponderado en su momento, se ha ocupado también de las de las Sátiras . Dettmer estima que «el anillo entrelazado» —es decir, la Ringkomposition cuyos términos se entrecruzan con las de otras— es «el principal esquema unificador» que encontramos en la disposición de uno y otro libro. Naturalmente, Dettmer valora debidamente los precedentes que desde Boll en adelante había habido en ese terreno, y los desarrolla y, en lo posible, los unifica, hasta concluir que las Sátiras están construidas conforme a un «principio de consistencia» en el que los temas se tratan de manera simétrica y equilibrada. En el libro I —no, al parecer, en el II— ese principio se correspondería además con unas ciertas proporciones en el número de versos dedicados al tratamiento de cada uno, pormenores en los que no ha lugar a entrar aquí. En fin, son bastantes otras las propuestas que a este respecto se han hecho, entre ellas las de Port, Reincke, Ludwig y otros 43 .