Buch lesen: "Introducción a la cultura japonesa"

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melusina [sic] propone al lector una serie de reflexiones concisas, contundentes y microcósmicas ­sobre los aspectos básicos de la condición contemporánea.

Otros títulos de la colección:

Teoría del Bloom

Tiqqun

Contra Debord

Frédéric Schiffter

De la miseria humana en el medio publicitario

Grupo Marcuse

Nada es sagrado, todo se puede decir

Raoul Vaneigem


Título original: Introduction à la culture japonaise

© Presses Universitaires de France

© De la traducción: Ona Rius Piqué

Revisión: Albert Fuentes y José Pons Bertran

© Editorial Melusina, s.l., 2006

www.melusina.com

Primera edición: febrero 2006

Primera reimpresión: mayo 2006

Segunda edición: septiembre 2008

Primera edición digital: mayo de 2020

Diseño y concepción gráficos: David Garriga

Reservados todos los derechos de esta edición

eisbn-13: 978-84-15373-90-2

Contenido

Preámbulo

El mundo lleno y el mundo vacío

Traducir la identidad

Lococentrismo

Sobre la división religiosa

La verdad sin sujeto

La muerte en fusión

Anverso y reverso

Tirar sin apuntar

Sobre el principio panóptico I

Sobre el principio panóptico II: la misión Iwakura

El arte japonés: yuxtaponer para enriquecer

El desnudo al desnudo y el desnudo escondido

Preámbulo

cada nación tiene la deplorable tendencia de creer que su cultura es la mejor del mundo y, en cuanto individuo, es difícil escapar de esta cómoda posición. Cuando el abate Chappe d’Autroche, miembro de la Academia de las ciencias de París, publica en 1768 su Viaje a Siberia, Catalina II de Rusia reacciona contra este libro con su Antídoto de 1770 y comenta así esta debilidad humana: «Bien sé que se os hace creer que vuestro país es el centro de la libertad mientras que, en efecto, se os subyuga de cuerpo, de alma, de corazón y de espíritu. ¿Por qué vuestra nación entera se cree la más libre que haya en el universo? Pues porque se le enseña a convencerse de que lo es. Los oradores, los sacerdotes, los frailes y toda la camarilla del gobierno no cesan de meceros con esta quimera, ¿cómo no doblegarse, entonces, ante testimonios tan unánimes?». Esta crítica de la emperatriz no sólo se aplica a los franceses, sino que es válida para todos los pueblos de la tierra.

Por otra parte, en cualquier país, las otras culturas se suelen ver a través del prisma de las ideas preconcebidas y de los prejuicios. Así pues, todavía hoy, e incluso en los periódicos japoneses más importantes, no es raro encontrar la expresión «aoi-me», «los ojos azules», para designar a los occidentales, ¡como si estos tuvieran todos los ojos azules! En lo que a mí respecta, tengo muy pocos amigos franceses que respondan a este criterio. Muchos tienen los ojos oscuros. Este tópico me trae a la memoria la época de aislamiento de Japón durante el período Edo, cuando en el siglo xvi a los portugueses se les denominaba «bárbaros del sur» y que más tarde, del siglo xvii al xix, a los holandeses se les llamaba los «pelos rojos» –recordemos que estos últimos eran en esa época los únicos extranjeros con autorización para comerciar, de manera limitada, con Japón mediante su factoría de Nagasaki–. «Abierto» en lo sucesivo, Japón debería haber sido más sensible a los matices.

En lo que me atañe, ¿acaso no me siento muchas veces intimidado cuando un francés me pregunta cuál es mi religión? Puedo responder con toda sinceridad y decir que soy budista, pero también sintoísta o, incluso, ateo según los criterios europeos. Si me explico de esta guisa, sin duda, no satisfaré la expectativa de mi interlocutor occidental que espera una respuesta concreta. Un sacerdote sintoísta podría incluso responder absolutamente convencido a la pregunta «¿Cuál es la doctrina sintoísta?» con un «No hay doctrina». Es necesario decir que, al margen de algunas pocas y raras excepciones, el sentimiento religioso en Japón se explica en el cumplimiento de rituales que se inscriben en la vida social de cualquier individuo. Por consiguiente, desde el momento en que entro en un templo, soy budista dado que practico los rituales budistas, y si voy a un santuario, entonces soy sintoísta. Ello no deja de causar perplejidad en mis interlocutores franceses, a menudo únicamente de paso por Japón y, por lo tanto, volveré un poco más adelante sobre este particular. Sea como fuere, para mis amigos dieciochistas franceses, soy un ateo convencido.

Resulta evidente que, después de la segunda guerra mundial, Japón experimentó una americanización de la que encontramos signos en todos los planos de la vida cotidiana. Por ejemplo, un gran número de hoteles de lujo han habilitado capillas en el interior de sus establecimientos, en general en la misma planta que las salas de banquetes. De este modo, pueden ofrecer a sus clientes la posibilidad de celebrar una ceremonia de boda «a la americana». Para la joven generación japonesa, educada con el molde ritualizado de la generación pasada, es de buen ver cumplir con el rito cristiano, evocación de la cultura americana que aporta innegablemente una impresión de prestigio. La joven esposa lleva un vestido de novia blanco y el oficio, a veces, lo celebra un falso sacerdote. Toda esta tendencia comenzó con la ocupación americana inmediatamente después del final de la guerra.

Recuerdo haber leído entonces en un periódico esta declaración del gran escritor japonés Naoya Shiga: «La cultura japonesa es la más bárbara del mundo. La lengua es el primer símbolo de esta barbarie. Si queremos llegar a ser mejores, deberíamos adoptar el francés como lengua nacional». Sin duda, Naoya Shiga se encontraba todavía bajo los efectos de la derrota japonesa. Para él y para muchos de sus contemporáneos, esta derrota no era solamente militar, sino que representaba igualmente el fracaso de la civilización japonesa. Era el sentimiento de superioridad cultural lo que había conducido a Japón a la guerra. La toma de posición de Naoya Shiga muestra su deseo de acabar de una vez por todas con ese sentimiento demasiado nacionalista. Pero esta declaración, que hoy parecería inaudita, revela, no obstante, un estado de ánimo bastante extendido tras la segunda guerra mundial. Quizá ello explique que una minoría de jóvenes japoneses, entre los cuales me contaba, volviese los ojos hacia la vieja Europa en respuesta tanto a la joven civilización traída por los soldados estadounidenses como a la presencia colonizadora de los vencedores. Sea lo que fuere, como después de mi niñez ya había decidido ser investigador, mi objetivo por aquellos tiempos estaba muy claro: el ámbito de mi investigación sería europeo. Ya en la universidad, me decidí por los estudios de literatura francesa y, en particular, por la del siglo xviii. Cuando era adolescente, siempre había experimentado un deseo irrefrenable de conocer o comprender de qué manera los intelectuales franceses habían destinado su juventud a conseguir liberarse de las viejas prohibiciones tradicionales, ya fueran éstas de orden religioso o ideológico. Comencé por Voltaire, pero finalmente fue en Diderot sobre quien recayó la elección de mi tesis de doctorado. Los filósofos y los librepensadores conjugaban con mi estado de ánimo en aquella época y todavía hoy sigue siendo así.

Por un lado, he señalado el egocentrismo y, por el otro, la mirada deformada que cada nación sostiene sobre otra. ¿Cómo evitar estas dos trampas? En lo que a mí concierne, y habiendo sido educado en una familia muy liberal, nunca fui nacionalista, ni siquiera durante la guerra. A los veintisiete años, me marché por primera vez a Francia donde pasé dos años y algunos meses. Después, viví en Japón para proseguir con mis estudios y dedicarme a la enseñanza. Durante todos esos años, tuve muchas ocasiones de viajar o pasar temporadas en el extranjero, especialmente en París. En el transcurso de ese ir y venir entre Japón y Francia, y merced a mis estudios de los textos, poco a poco abandoné el casillero conceptual y sentimental del japonés corriente. Nunca más corrí el riesgo de dejarme engañar por los tópicos. Si, antes que todo, aplicaba este método a mi lectura de los escritores franceses, poco a poco empecé a darle la vuelta al espejo para observar del mismo modo mi propia civilización. Mi punto de vista reside, por lo tanto, en una posición intermedia que me permite, de un lado, observar Japón con distancia y, del otro, considerar a Francia sin recurrir a los tópicos. Percibo los dos países bajo un «doble enfoque» japonés-francés.

Todos los ensayos reunidos en este libro tratan sobre la cultura japonesa y fueron escritos en francés en Japón. Obedecen a un acer­camiento bien particular, en el sentido de que Japón se muestra alumbrado por una fuente luminosa venida de Francia que completa y enriquece el alumbrado nipón. La originalidad de mi andadura –si cabe hablar de originalidad– tiene que comprenderse como la tentativa de una nueva lectura y explicación, bajo este «doble enfoque», de los fenómenos culturales japoneses. El lector francés, a quien me dirijo, quizá pueda abordar Japón como una civilización diferente de la suya y no sólo como un país de costumbres exóticas y extranjeras.

Finalmente, me gustaría señalar que el último y más extenso de estos ensayos, tiene su origen en una conferencia pronunciada en la Casa franco-japonesa el 6 de noviembre de 2000, en respuesta a la invitación del profesor François Jullien, y que todos los demás han salido a la luz, entre 1990 y 1994, gracias a la señora Judith Miller a modo de crónicas en la revista L’Âne, órgano de publicación del Campo freudiano. Agradezco a ambos el haberme permitido reunir hoy todos los textos en este opúsculo.

El mundo lleno y el mundo vacío

a su llegada a Londres, un francés encuentra las cosas bastante cambiadas, tanto en filosofía como en todo lo demás. Ha dejado el mundo lleno: lo encuentra vacío. «En París, se ve un universo compuesto de remolinos de materia sutil; en Londres, no se ve nada de todo esto», escribía un filósofo francés de la Ilustración, tomando partido por Newton. ¿Un filósofo de finales del siglo xx, cuando se embarca rumbo a Japón en un avión nipón, no escribirá exactamente la misma cosa cambiando todos los «Londres» por «Tokio» u «Osaka», y los «remolinos de materia sutil» por «remolinos de sujetos sutiles»?

En una ocasión en que tomé en el aero­puerto Charles de Gaulle un avión de la jal (Japan Airlines), cuando todos los pasajeros ya estaban ocupando sus asientos, una voz femenina anunció en francés: «A causa de una huelga de los controladores de Londres, vamos a retrasar el despegue. Les rogamos que tengan paciencia». Más adelante, la misma voz lanzó el mismo mensaje en inglés. Finalmente, otra voz femenina dio esta información en japonés, pero formulada en términos diferentes y precedida por una frase que no figuraba ni en el mensaje francés ni en el inglés. La frase es la siguiente: «Minasama (Señoras, Señoritas y Señores), otsukare no tokoro (dado que están cansados), makoto ni (realmente), moshiwake (excusas), gozaimasen (no hay)» que traducido quedaría en: «Es verdaderamente inexcusable anunciarles lo siguiente». Cierto, algunas personas podían estar cansadas antes del despegue, pero, por mal que le pese a la joven azafata japonesa, la mayoría de pasajeros no lo estaba, ni yo tampoco. Tras lo cual se sucedieron las informaciones dadas ya en francés y en inglés, de nuevo completadas, para terminar y con la misma voz dulce, con un Makoto ni moshiwake gozaimasen, «sinceras excusas».

Al querer traducir maquinalmente, palabra por palabra, el anuncio de la azafata japonesa, me veo en un apuro. ¿Quién presenta sus excusas y con tanta amabilidad se preocupa por nuestro hipotético cansancio? El preámbulo de la información en japonés no presenta sujeto del enunciado y la enunciadora no hace sino transmitir la atención de no se sabe quién. Se trata, podrían objetar, de la conciencia o de la responsabilidad colectiva del personal de las compañías aéreas internacionales, entre las cuales se halla la jal, y cuyos vuelos, como todos aquellos que salen del aeropuerto de Charles de Gaulle, se controlan desde la torre de control de Londres.

De acuerdo. Pero entonces, ¿por qué sólo la voz japonesa se identifica con la torre de control de Londres y no lo hacen la voz francesa ni la inglesa, aunque ambas se expresen en nombre de la misma jal? ¿De dónde viene, en el mundo de la «japonofonía», este acto de identificación con un sujeto no precisado? ¿Quién nos ampara y nos dedica su cuidado cuando subimos a un avión nipón? Dejando un mundo lleno de «remolinos de sujetos sutiles», de individuos cartesianos, uno ya se encuentra, a bordo de la jal, en otro mundo vacío de sujetos. Inmersos en este espacio vacío de sujetos y, sin embargo, lleno de buena voluntad, los japoneses se sienten inmediatamente como en casa, aliviados por volver a encontrar un ambiente familiar.

En París, la buena voluntad japonesa no existe. Por ejemplo, cuando era profesor en una universidad de París, de vez en cuando tenía que contactar con un responsable de secretaría. La secretaría de esta universidad es como una colmena, donde los despachos son independientes los unos de los otros. Cuando telefo­neaba a ese señor, muchas veces no estaba. Siempre lo secundaba una secretaria, quien, cuando él se ausentaba, también se había ido. Para informarme de la hora de su regreso, telefoneaba a otras personas que siempre me respondían con un «No lo sé».

Lo contrario sucede en la universidad japonesa donde trabajo actualmente. La secretaría de la Facultad de letras está instalada en una sala espaciosa en la que trabajan una veintena de personas. Si alguien solicita información sobre el examen de entrada a la Facultad y la persona responsable ha salido, siempre habrá alguien, ya sea del departamento de personal, ya sea del departamento de administración, para responder en su lugar o, por lo menos, decir a qué hora será posible contactar con la persona en cuestión. La secretaría, pues, actuará como un animal unicelular con una sola voluntad, mientras que su homóloga en Francia se comporta como un agregado de varios animales dotados, cada uno de ellos, de una voluntad distinta. La diferencia entre estas dos secretarías se vuelve a encontrar en diversos niveles de ambas sociedades.

Esta organización unicelular japonesa, en la que cada parte responde a los estímulos exteriores y en nombre de la organización total, vela celosamente para conservar la igualdad de todas sus partes. Se puede reconocer en ellas, en de­finitiva, el igualitarismo y la democracia ja­ponesa, donde reina la uniformidad. Todos los japoneses son muy sensibles a este clima uniformador y a su maravillosa capacidad de identificación; y están prestos para adaptarse a ello inmediatamente. Sin embargo, en semejante clima no se apreciará en demasía que un individuo afirme su independencia frente a la totalidad, la cual, en ocasiones, se mostrará hostil frente a quien se distingue.

Aun así, se puede leer en los periódicos japoneses el elogio de investigadores nipones que han obtenido excelentes resultados en el extranjero (en particular los premios Nobel) y leer cómo los periodistas hablan con orgullo de las conquistas japonesas. De hecho, y a pesar de ello, este fenómeno no hace sino traducir el fracaso japonés, puesto que estos investigadores no podían desarrollar su talento en una sociedad japonesa en la que el igualitarismo uniformador excluye toda forma de originalidad.

El filósofo francés de la Ilustración al que me he referido antes critica la cultura francesa y la opone a la cultura inglesa, que encarna la filosofía de la Ilustración. Para un filósofo japonés de finales del siglo xx, la crítica es más difícil, porque la ventaja de una cultura es al mismo tiempo su principal defecto. Por eso Voltaire era un filósofo de rostro sereno, mientras que el filósofo japonés de hoy en día muestra un rostro pesimista.

Traducir la identidad

hace algunos años en París, en un pequeño teatro cercano a la Ópera, asistí a una representación de El sueño de d’Alembert de Diderot que me dejó desconcertado. La adaptación teatral la había realizado Jacques Kraemer en colaboración con Jean Deloche. Había leído por primera vez, a los dieciocho años, este diálogo del philosophe en su traducción japonesa. Más adelante, a los veinte años, leí el texto original. Desde entonces, lo he releído varias veces. Ahora bien, qué sorpresa descubrir de pronto a los cincuenta y tres años que siempre me había engañado en lo tocante al sentido que había que dar al texto. A pesar de mis repetidas lecturas de la obra de Diderot, el casillero conceptual que me había formado inconscientemente en la lectura de la traducción japonesa había continuado censurando mis impresiones.

Estaba desconcertado pero al mismo tiempo entusiasmado por este descubrimiento. En la pequeña sala del teatro se veía en el escenario el piso de Mademoiselle de Lespinasse. Allí se encuentran el célebre matemático d’Alembert, enfermo y dormitando, el ama de casa en la cabecera de la cama, y el doctor Bordeu, al que ella ha hecho llamar para que examine a d’Alem­bert. Mademoiselle de Lespinasse está sorprendida y a la vez inquieta por las extravagantes frases que su amigo pronuncia en su delirio; las escribe y después da cuenta de sus anotaciones al médico. Primero, el enfermo ha soñado que un enjambre de abejas se transformaba en un único animal por la fusión de sus patas, merced a la cual las abejas se mantienen unidas las unas a las otras. Después una tela de araña con un pequeño insecto atrapado mutaba, a causa del

delirio, en un sistema nervioso coordinado con el cerebro de un ser humano.

Mientras explica el primer sueño del matemático al doctor, la joven tiende su mano con los dedos separados. El hombre joven le toma la mano, imbricando sus dedos con los suyos. Los dos personajes se acercan hasta el punto de que sus labios están a punto de rozarse, pero la mujer joven se separa del doctor como si quisiera impacientarlo. Unos instantes más tarde, volviendo a la historia de la araña que arrastra hacia ella el insecto prisionero en la tela, Mademoiselle de Lespinasse atrae el brazo de Bordeu. Él, mirándola con intensidad, se inclina hacia ella.

Así, la acción sucede en dos niveles. En el plano del discurso se presentan, en función de analogías, un nuevo modelo de ser vivo y un nuevo modelo de sistema nervioso del hombre: dos modelos que d’Alembert propone en su sueño. En el plano gestual, se desarrolla una escena de seducción mutua o flirteo.

Al haber interpretado siempre El sueño de d’Alembert a través del casillero deformado de la traducción japonesa, nunca pude acceder al segundo nivel de lectura. No es que la traducción japonesa fuese mala, en absoluto. Según los criterios japoneses, se consideraba una muy buena traducción. Aun así, era una trampa en la que difícilmente hubiese podido evitar caer. En francés, las personas, siendo cada una un sujeto independiente y atomístico, evolucionan dentro de una especie de espacio newtoniano, a saber, en un espacio absoluto y vacío. De ahí, esa identidad abstracta de todos los sujetos, que trasciende la situación.

En cambio, en japonés esta identidad no puede existir por el mero hecho de que el espacio, por así decir, no es sino la red social sutilmente jerarquizada de todas las personas. Sin esta red, no hay japoneses. En la traducción japonesa de El sueño de d’Alembert todos los personajes están situados en una red social estric­tamente determinada. Esta red es el resultado

de una elección tanto instintiva como fruto de la reflexión del traductor, pero una vez hecha la elección, pesa sobre toda la traducción. Por ello, el lector de la traducción japonesa percibe al doctor Bordeu como un hombre de cincuenta y cinco a sesenta años, y la señorita de Lespinasse como una joven de veinticinco a treinta y cinco años, cuando en el texto original no hay nada que indique su edad. Al doctor se le presenta como un anciano amable, sin interés por las mujeres y aún menos como un libertino. En cuanto a la joven, aparece llena de curiosidad intelectual, aunque ingenua y comedida.

En el texto francés, en cambio, los personajes no están sujetos a esta determinación japonesa. Por ejemplo, escuchemos a Mademoiselle de Lespinasse dando su opinión sobre el estado del enfermo: «Entonces se le iluminó el rostro. Quise tomarle el pulso, pero no sé dónde había escondido la mano. Parecía experimentar una convulsión. Su boca estaba entreabierta; su aliento apresurado; lanzó un suspiro profundo y después otro más débil y más profundo; volvió su cabeza sobre la almohada y se quedó dormido». Aquí vemos a d’Alembert entregándose a un acto sexual solitario. A continuación, el matemático, todavía dormitando, murmura una visión que revela tec­nología punta, se podría decir la inseminación artificial, discurso muy revelador a la luz de su reciente actividad. La señorita de Lespinasse dice con candidez: «Confié en que el resto de la noche fuera tranquila», y Bordeu responde: «Normalmente ése es el efecto que eso produce».

Ahora bien, el traductor japonés, aunque afrancesado concienzudo, ha caído en la trampa de la lengua japonesa, porque no podía entender la importancia de la palabra «eso». Como ya apunté, en japonés se da por hecho una relación social estrictamente definida entre personajes que, en nuestro caso, consiste en la edad de Mademoiselle de Lespinasse y del doctor Bordeu, los caracteres dados a estos dos per­sonajes y la distancia que separa a un viejo ­médico cuya profesión tiene un valor de respetabilidad sagrada de una joven dama que le observa con el debido respeto, condiciones éstas que impiden imaginar toda alusión sexual en su discurso o en sus gestos.

La escena a la que asistía en la sala del teatro parisino era totalmente distinta a la que había imaginado mientras leía la traducción japonesa, que oculta la relación erótica de los dos per­sonajes. Mi reflexión me llevó a descubrir de

golpe el tema no dicho, casi obsesivo, de El

sueño de d’Alembert. En un artículo que titulé «El tema no dicho de la trilogía de El sueño de d’Alembert»,1 señalo cómo he releído la obra desde el punto de vista de este tema, que es el de la procreación. Las carencias de la traducción me permitieron una lectura que traspasa la escena de teatro y alcanza la universalidad. Así, en el contexto lingüístico de dos culturas distintas siempre se da este tipo de equívoco, puesto que es necesario, inevitablemente, deformar el contexto de una lengua para transponerlo en un sistema lingüístico completamente distinto. Ahora bien, desde el momento en que se toma conciencia de esta deformación, uno es conducido a un descubrimiento que abre nuevos horizontes. Horizontes que tal vez resulten desconocidos a los lectores cuya lengua materna es la del texto original y que no disponen del espejo de las traducciones, espejo que, gracias a sus deformaciones, refleja una nueva lectura.

1. Le siècle de Voltaire. Hommage à René Pomeau, The Voltaire Foundation, 1987, vol. ii, pp. 693-700.

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