Buch lesen: "Historia. Libro VII"

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 82


Asesor para la sección griega: CARLOS GACÍA GUAL

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por BEATRIZ CABELLOS ÁLVAREZ .

© EDITORIAL GREDOS, S. A. U., 2008

López de Hoyos, 141, 28002 Madrid.

www.editorialgredos.com

PRIMERA EDICIÓN, 1985.

REF: GEBO200

ISBN 9788424930981

LIBRO SÉPTIMO

POLIMNIA


SINOPSIS

SEGUNDA GUERRA MÉDICA: PREPARATIVOS PERSAS . LA INVASIÓN (1 -131 ).

Darío decide organizar una nueva expedición contra Grecia (1 ).

Jerjes es designado sucesor (2 -3 ).

Muerte de Darío (4 ).

Mardonio, los Alévadas y los Pisistrátidas instan al nuevo monarca a que ataque Grecia (5 -6 ).

Reconquista de Egipto (7 ).

Asamblea convocada por Jerjes para deliberar sobre la campaña (8 -11 ).

Mardonio apoya la idea (9 ).

Objeciones de Artábano (10 ).

Jerjes resuelto a la guerra (11 ).

Vacilaciones de Jerjes. Una aparición nocturna convence al monarca y a Artábano de la necesidad de la campaña (12 -19 ).

Magnitud de la expedición (20 -21 ).

Apertura de un canal en el Atos (22 -24 ).

Otros preparativos persas (25 ).

Partida del ejército en dirección a Sardes (26 -31 ).

Entrevista entre Jerjes y el lidio Pitio (27 -29 ).

Ultimátum a las ciudades griegas (32 ).

Construcción de los puentes sobre el Helesponto (33 -36 ).

Tras invernar en Sardes, Jerjes reemprende la marcha hacia Abido (37 -52 ).

Castigo de Pitio (38 -39 ).

Orden de marcha de las tropas (40 -41 ).

Coloquio entre Jerjes y Artábano (44 -52 ).

Últimas consignas de Jerjes antes de abandonar Asia (53 ).

Paso del Helesponto y llegada a Dorisco, en Tracia (54 -59 ).

Enumeración de los contingentes persas (60 -99 ).

Fuerzas de infantería (61 -83 ).

Los Inmortales (83 ).

Fuerzas de caballería (84 -88 ).

Fuerzas navales (89 -99 ).

Jerjes revista las tropas (100 ).

Coloquio entre Jerjes y Demarato (101 -104 ).

Nombramiento de Máscames como gobernador de Dorisco (105 -106 ).

Heroísmo de Boges, el gobernador de Eyón (107 ).

Los persas avanzan por Tracia en dirección a Acanto (108 -123 ).

Apuros de las ciudades griegas al organizar las recepciones en honor de Jerjes (118 -120 ).

Orden de marcha del ejército persa hasta Acanto (121 ).

La flota atraviesa el canal del Atos y costea la Calcídica (122 -123 ).

Los efectivos de Jerjes alcanzan Terme (124 -131 ).

Jerjes visita la desembocadura del Peneo. Topografía de Tesalia (128 -130 ).

Los heraldos persas regresan de Grecia (131 ).

DISPOSITIVOS GRIEGOS PARA RESISTIR (132 -178 ).

Juramento de los griegos contra los Estados filopersas (132 ).

Motivos de la renuncia de Jerjes a exigir vasallaje a Atenas y Esparta (133 ).

Expiación espartana del asesinato de los heraldos de Darío. Historia de Espertias y Bulis (134 -137 ).

Grecia en vísperas de la invasión persa (138 ).

Elogio de Atenas (139 -144 ).

Oráculos délficos profetizados a los atenienses (140 -142 ).

Intervención de Temístocles (143 -144 ).

Congreso helénico en el istmo de Corinto para organizar la defensa. Medidas adoptadas (145 -171 ).

Envío de espías a Sardes (146 -147 ).

Negociaciones con Argos (148 -152 ).

Petición de ayuda a Gelón de Siracusa (153 -167 ).

Orígenes del poderío de Gelón (153 -156 ).

Entrevista entre los emisarios griegos y Gelón (157 -162 ).

Misión de Cadmo en Delfos (163 -164 ).

Razones de la negativa de Gelón: intervención cartaginesa en Sicilia (165 -167 ).

Embajada a Corcira (168 ).

Actitud de Creta (169 -171 ).

Digresión sobre la muerte de Minos en Sicilia (170 -171 ).

Fallida expedición griega al valle del Tempe a instancias de los tesalios (172 -174 ).

La estrategia decidida: las Termópilas y el Artemisio. Topografía de las posiciones (175 -178 ).

LAS OPERACIONES MILITARES (179 -239 ).

La flota persa rumbo a Magnesia. Primeros enfrentamientos navales (179 -183 ).

Cifras de los efectivos persas (184 -187 ).

Violenta tempestad sobre los navíos persas anclados en la costa de Magnesia (188 -192 ).

Gratitud ateniense hacia el dios Bóreas (189 ).

Pérdidas persas (190 -192 ).

La flota persa en Áfetas (193 -195 ).

Jerjes, a través de Tesalia y Acaya, llega a Mélide. Descripción de esta región (196 -200 ).

Batalla de las Termópilas (201 -238 ).

Posiciones de los dos ejércitos (201 ).

Composición del ejército griego apostado en las Termópilas a las órdenes de Leónidas, rey de Esparta (202 -207 ).

Talante de los espartanos (208 -209 ).

Primeros enfrentamientos: los persas rechazados (210 -212 ).

Traición de Epialtes (213 -222 ).

Maniobra envolvente de los persas por la senda Anopea (215 -218 ).

El grueso de las tropas griegas abandona las Termópilas (219 -222 ).

Victoria persa (223 -225 ).

Los griegos más destacados. Diéneces (226 -227 ).

Epitafios en honor de los caídos (228 ).

Espartanos supervivientes (229 -232 ).

Cobardía de los tebanos (233 ).

Ante Jerjes, Demarato y Aquémenes propugnan estrategias diferentes (234 -237 ).

Profanación del cadáver de Leónidas (238 ).

Alusión a un mensaje secreto enviado a Grecia por Demarato antes de la guerra (239 ).


VARIANTES RESPECTO A LA EDICIÓN OXONIENSIS DE HUDE





Darío decide organizar una nueva expedición contra Grecia

Cuando la noticia de la batalla librada [1 ] en Maratón 1 llegó a oídos del rey Darío, hijo de Histaspes 2 , el monarca, que ya con anterioridad se hallaba sumamente irritado con los atenienses por su incursión contra Sardes 3 , se indignó en aquellos momentos mucho más aún, si cabe, y sintió renovados deseos de organizar una expedición contra Grecia 4 . [2] Sin pérdida de tiempo, pues, despachó emisarios por las distintas ciudades 5 , con la orden de que preparasen tropas —exigiendo a cada pueblo contingentes muy superiores a los que proporcionaron tiempo atrás 6 —, así como naves de combate, caballos, víveres y navíos de transporte.

Ante estas medidas de carácter general, Asia se vio convulsionada 7 por espacio de tres años 8 , mientras se reclutaban los mejores guerreros para marchar contra Grecia y se hacían los oportunos preparativos. A los [3] cuatro años, empero, los egipcios, que habían sido sometidos por Cambises 9 , se sublevaron contra los persas 10 . De ahí que, ante lo ocurrido, Darío sintiera profundos deseos de atacar a ambos pueblos a la vez.

Jerjes es designado sucesor

[2 ] Mientras Darío se aprestaba a dirigirse contra Egipto y Atenas, se suscitó entre sus hijos un serio altercado a propósito del trono 11 , pues, de acuerdo —decían— con la norma vigente entre los persas, para poder entrar en campaña, el monarca [2] debía designar un sucesor 12 . Resulta que Darío, antes de hacerse con la corona 13 , había tenido ya tres hijos con su primera mujer, una hija de Gobrias 14 ; y, tras su ascensión al trono, tuvo otros cuatro con Atosa, la hija de Ciro 15 . Pues bien, el mayor de los primeramente citados era Artobázanes 16 , en tanto que Jerjes lo era de los habidos en su segundo matrimonio, por lo que, [3] al no ser hijos de la misma madre, se disputaban la sucesión. Artobázanes la reclamaba, debido a que, de entre toda la descendencia de Darío, él era el primogénito, y porque era una costumbre admitida por todo el mundo que el primogénito llegara a ejercer el poder; Jerjes, por su parte, aducía que era hijo de Atosa, la hija de Ciro, y que este último era quien había conseguido hacer libres a los persas 17 .

[3 ] Aún no había dado Darío a conocer su decisión cuando, por esas mismas fechas, se daba la circunstancia de que hasta Susa 18 había subido Demarato, hijo de Aristón, quien, al verse despojado del trono de Esparta, se había exiliado voluntariamente de Lacedemón 19 .

[2] Al tener noticias del desacuerdo que reinaba entre los hijos de Darío, este personaje —según la tradición que sobre él circula 20 — se fue a ver a Jerjes y le recomendó que, además de las razones que esgrimía, alegara que él había nacido cuando Darío ya ocupaba el trono y ejercía en Persia la máxima autoridad, en tanto que Artobázanes había venido al mundo cuando Darío todavía era un simple ciudadano; por lo tanto, no era [3] ni lógico ni justo que otra persona, que no fuera él, ejerciera la dignidad suprema, puesto que, en la propia Esparta —continuó sugiriéndole Demarato—, ésa era, al menos, la norma vigente 21 : si el monarca tiene hijos habidos antes de su ascensión al trono y, una vez entronizado, tiene un nuevo hijo, recae en este último la sucesión al trono. Y, como quiera que Jerjes siguiese [4] el consejo de Demarato, Darío reconoció que tenía razón y lo nombró su sucesor. (En mi opinión, sin embargo, Jerjes hubiera reinado aun sin seguir ese consejo, pues Atosa tenía todo el poder en sus manos 22 .)

Muerte de Darío

[4 ] Tras nombrar a Jerjes futuro rey de los persas, Darío se dispuso a entrar en campaña. Pero resulta que, un año después de los hechos que he contado y de la sublevación de Egipto, a Darío le sorprendió la muerte en plenos preparativos, tras haber reinado en total treinta y seis años 23 ; de manera que no le fue posible reprimir la sublevación de los egipcios ni castigar a los atenienses.

A la muerte de Darío, el trono pasó a manos de su hijo Jerjes 24 .

Mardonio, los Alévadas y los Pisistrátidas instan al nuevo monarca a que ataque Grecia

Pues bien, en un principio Jerjes no [5 ] tenía el más mínimo interés en organizar una expedición contra Grecia, y simplemente reclutaba tropas contra Egipto 25 . Pero, entre sus cortesanos —era, además, el persa que más influencia poseía ante el monarca—, figuraba Mardonio 26 , hijo de Gobrias (que era primo de Jerjes por ser hijo de una hermana de Darío 27 ), quien hacía hincapié en la siguiente [2] consideración: «Señor —le decía—, es inadmisible que los atenienses, después de los muchos contratiempos que han causado ya a los persas, no expíen sus iniquidades. Es cierto que, de momento, harás muy bien en llevar a cabo lo que tienes entre manos, pero, una vez que hayas sofocado la insurrección de Egipto, dirige una expedición contra Atenas, para que, ante el género humano, te aureole una bien merecida fama y, en lo sucesivo, todo el mundo se guarde de atacar tu imperio. »

[3] Mardonio esgrimía esa consideración con ánimo de vengarse, pero, a la misma, solía añadir la siguiente puntualización: que Europa era un territorio hermosísimo y sumamente fértil, que producía todo tipo de árboles frutales 28 , y que sólo el Rey, de entre todos los mortales, merecía poseerla 29 .

[6 ] Eso era lo que manifestaba Mardonio por su carácter aventurero y porque, en su fuero interno, deseaba ser gobernador 30 de Grecia. Y, a la larga, logró su objetivo y persuadió a Jerjes para que hiciese lo que le proponía, pues, en apoyo de su tesis, coincidieron una serie de circunstancias que le ayudaron a convencer a Jerjes: de Tesalia habían llegado unos emisarios, enviados [2] por los Alévadas, que, poniendo en juego todo su empeño, apelaban al monarca para que interviniese en Grecia (los citados Alévadas eran reyes de Tesalia 31 ); y, por otra parte, algunos miembros de la familia de los Pisistrátidas 32 , que habían subido a Susa, se expresaban en los mismos términos que los Alévadas; es más, de hecho se lo solicitaban incluso con una mayor insistencia.

[3] 〈Por cierto que〉 habían subido hasta Susa acompañados de Onomácrito —un adivino 33 ateniense que recopiló los oráculos de Museo—, con quien ya se habían reconciliado. (Resulta que Onomácrito 34 fue desterrado de Atenas por Hiparco 35 , el hijo de Pisístrato, al haber sido sorprendido por Laso de Hermíone 36 en el preciso instante en que interpolaba en los oráculos de Museo 37 un vaticinio según el cual las islas próximas a Lemnos desaparecerían en el mar 38 . Ésa fue la [4] razón de que Hiparco lo desterrara, a pesar de que, hasta entonces, le había unido a él una estrecha amistad 39 .) En aquellos momentos, pues, había acompañado a los Pisistrátidas en su viaje a Susa y, siempre que comparecía ante el monarca, dados los grandes elogios que de su persona hacían los Pisistrátidas, se ponía a recitar algunos oráculos. Si en ellos figuraba algún percance que hiciese referencia al bárbaro, no decía nada al respecto, sino que escogía los más favorables y proclamaba que el destino tenía dispuesto que un persa tendiera un puente sobre el Helesponto 40 , y explicaba pormenorizadamente el desarrollo de la expedición 41 .

[5] Ese sujeto, en suma, trataba de influir sobre el monarca con sus profecías, y los Pisistrátidas y los Alévadas con sus demandas.

Reconquista de Egipto

[7 ] Cuando al fin se decidió a atacar Grecia, Jerjes lo primero que hizo entonces —un año después de la muerte de Darío 42 — fue organizar una expedición contra los sublevados. Tras aplastar, como era de esperar, la rebelión e imponer a la totalidad de Egipto un yugo mucho más severo que el que había sufrido en tiempos de Darío 43 , confió su gobierno a su hermano Aquémenes 44 , hijo de Darío. (Por cierto que, tiempo después, el libio Ínaro, hijo de Psamético, asesinó a Aquémenes cuando éste ejercía el cargo de gobernador de Egipto 45 .)

Asamblea convocada por Jerjes para deliberar sobre la campaña

Cuando Jerjes, tras la reconquista de [8 ] Egipto, se disponía a ocuparse de la expedición contra Atenas, convocó a junta 46 a los principales personajes de Persia 47 , para conocer sus opiniones y, por su parte, informarles oficialmente de lo que se proponía hacer. Y, una vez reunidos, Jerjes les dijo lo siguiente 48 :

[α] «Persas, no voy a ser yo el primero en introducir entre vuestras costumbres esta norma, sino que pienso atenerme a ella siguiendo el ejemplo de mis antecesores 49 . Pues, según he oído decir a las personas de más edad, desde que arrebatamos a los medos el imperio que poseemos, cuando Ciro derrocó a Astiages 50 , jamás, hasta la fecha, hemos seguido una política de paz; todo lo contrario, la divinidad así lo dispone y, en las muchas empresas que acometemos, nos depara los mejores resultados 51 . En ese sentido, los logros que alcanzaron Ciro, Cambises y mi padre Darío, así como los pueblos que anexionaron 52 , huelga citarlos, pues los [2] conocéis perfectamente. Por mi parte, desde que heredé el trono en que me encuentro, he estado meditando el medio para no desmerecer de mis predecesores en este cargo y para anexionar al imperio persa no menos territorios. Y, en mis cavilaciones, he llegado a la conclusión de que podemos conseguir una nueva gloria y un país que no es menor 53 , ni más pobre 54 , que el que en la actualidad poseemos, sino más feraz; y, de paso, podemos vengarnos y obtener una satisfacción. Por eso, os he convocado en estos momentos: para haceros partícipes de lo que proyecto hacer.

»Me propongo tender un puente sobre el Helesponto [β] y conducir un ejército contra Grecia a través de Europa, para castigar a los atenienses por todos los contratiempos que ya han causado a los persas y, concretamente, a mi padre. A este respecto, visteis que el propio [2] Darío se disponía a atacar sin dilación a esos sujetos. Mas él ya está muerto y no ha podido vengarse; por eso, yo, en su nombre y en el de los demás persas, no cejaré hasta que haya tomado e incendiado Atenas, cuyos habitantes fueron, sin ningún género de dudas, los primeros en romper las hostilidades contra mi persona y la de mi padre. Primero, acompañaron hasta [3] Sardes a Aristágoras de Mileto 55 —¡un esclavo nuestro!— y, [una vez allí], prendieron fuego a los recintos sagrados y a los templos 56 ; luego, todos sabéis, supongo 57 , lo que nos hicieron cuando desembarcamos en su territorio, en la campaña dirigida por Datis y Artáfrenes 58 .

[γ] »Éstas son, en definitiva, las razones 59 por las que estoy decidido a atacarlos. Además, cuando me paro a pensarlo, advierto que la empresa comporta todas estas ventajas: si sometemos a esas gentes y a sus vecinos (los que habitan la tierra del frigio Pélope 60 ), conseguiremos que el imperio persa tenga por límites el firmamento de Zeus 61 , pues el sol ya no verá a su paso ninguna [2] nación, ninguna, que limite con la nuestra: con vuestra ayuda yo haré, después de haber recorrido Europa entera, que todos esos países formen uno solo. Según [3] mis informes, la situación es la siguiente: una vez fuera de combate los pueblos que he citado, no queda en el mundo ni una sola ciudad, ni nación alguna, en toda la tierra, que pueda enfrentarse con nosotros en el campo de batalla 62 . Así, caerán bajo el yugo de la esclavitud tanto las naciones culpables ante nosotros como las inocentes 63 .

»Por lo que a vosotros se refiere, podéis complacerme [δ] actuando de la siguiente manera: cuando os indique el momento en el que tenéis que acudir, cada uno de vosotros deberá presentarse decidido a todo; y, a quien acuda con el contingente mejor pertrechado, le concederé los presentes que, tradicionalmente, son más apreciados [2] en nuestra patria 64 . Así pues, esto es lo que debéis hacer. Pero, para que no os dé la impresión de que sólo me atengo a mis propias opiniones, someto el asunto a vuestra consideración y os invito a que, quien lo desee, manifieste su parecer.» Dicho esto, Jerjes puso fin a su intervención 65 .

Tras las palabras del monarca, Mardonio dijo: «Señor, [9 ] no sólo eres el persa más glorioso de cuantos han existido, sino también de cuantos vivan en el futuro, pues, en todas tus palabras, has alcanzado las máximas cotas de acierto y precisión, pero, sobre todo, es que no vas a permitir —ya que son indignos de ello— que los jonios que habitan en Europa 66 se burlen de nosotros. Desde luego, sería algo vergonzoso que, si hemos [2] sometido a los sacas, a los indios, a los etíopes, a los asirios 67 y a otros muchos y poderosos pueblos, que no infligieron el menor agravio a los persas y a quienes tenemos esclavizados por el mero deseo de extender nuestro imperio, no castigáramos a los griegos, que fueron los primeros en iniciar las hostilidades.

[α] »¿Qué podemos temer? ¿La coalición, acaso, de numerosas tropas? ¿tal vez su poderío económico? Conocemos su manera de combatir 68 ; conocemos que su poder es débil. Hemos sometido, y los tenemos en nuestro poder, a sus descendientes, a esos que residen en nuestros dominios y que reciben el nombre de jonios, eolios [2] y dorios 69 . Además, hablo por propia experiencia, pues, siguiendo instrucciones de tu padre, ya he marchado contra esos sujetos: avancé hasta Macedonia, y poco me faltó para llegar a la mismísima Atenas, sin que nadie saliera a mi encuentro para presentarme batalla 70 .

[β] »Sea como fuere, según mis informes, los griegos, por su arrogancia y estupidez, tienen por costumbre entablar combates de la manera más insensata: cuando se declaran entre sí la guerra, los contendientes buscan a toda costa el terreno más aprovechable 71 y despejado, y bajan a luchar allí, de manera que los vencedores acaban retirándose con elevadas pérdidas, y, acerca de los vencidos, huelga que diga nada, pues, como es natural, resultan aniquilados. Dado que esas gentes hablan [2] la misma lengua, deberían dirimir sus diferencias apelando a heraldos y mensajeros 72 , o por el medio que fuese, antes que en el campo de batalla. Y, si fuera absolutamente necesario que, entre sí, recurriesen a la guerra, deberían buscar a toda costa un lugar en el que ambos bandos resultasen prácticamente imbatibles y medir allí sus fuerzas 73 . Pues bien, a pesar de que los griegos suelen actuar de una manera tan poco acertada, cuando yo avancé hasta Macedonia, no se decidieron a ponerla en práctica, es decir, a presentar batalla.

»Por consiguiente, majestad, ¿quién va a oponerse [γ] a ti en son de guerra, cuando conduzcas todos los efectivos de Asia, así como todos sus navíos? En mi opinión, el talante de los griegos no alcanza semejante osadía, pero, si se diera el caso de que yo errase en mi apreciación y ellos, con un optimismo insensato, nos presentaran batalla, se percatarían de que, en el terreno militar, somos los mejores guerreros del mundo. En definitiva, no renunciemos a nada sin haberlo intentado, pues nada se resuelve por sí solo, sino que los seres humanos suelen conseguirlo todo a fuerza de tentativas 74

[10 ] Tras haber matizado 75 tan hábilmente el objetivo de Jerjes, Mardonio puso fin a su intervención.

Entonces, en vista de que los demás persas guardaban silencio, sin atreverse a manifestar una opinión contraria a la que había sido propuesta, Artábano 76 , hijo de Histaspes, que era tío paterno de Jerjes, confiando precisamente en dicho parentesco, dijo lo que sigue:

[α] «Majestad, si no se expresan opiniones que entre sí difieran, resulta imposible elegir la mejor alternativa, por lo que es menester atenerse a la que haya sido expuesta; en cambio, sí que es posible hacerlo cuando hay un contraste de pareceres (exactamente igual a lo que ocurre con el oro puro, al que no podemos distinguir por sí solo, y, en cambio, cuando lo frotamos 77 junto a oro de otra calidad, podemos distinguir cuál es mejor). Yo ya aconsejé a Darío, tu padre y hermano mío, [2] que no atacara a los escitas 78 , un pueblo que no posee una sola ciudad en todo su territorio 79 . Pero él, con la esperanza de someter a los escitas nómadas 80 , no me hizo caso, organizó una expedición y regresó después de haber perdido muchos y valeroso soldados de su ejército 81 . Pues bien, tú, majestad, te dispones a [3] atacar a unos hombres mucho más bravos aún que los escitas, unos hombres que pasan por ser magníficos guerreros tanto por mar como por tierra. Así que, en justicia, debo explicarte el peligro que entraña tu proyecto.

»Dices que vas a tender un puente sobre el Helesponto [β] y a conducir un ejército a través de Europa, con destino a Grecia. Pero lo cierto es que también puede producirse una derrota por tierra o por mar, o en ambos lugares a la vez, pues esos individuos tienen fama de ser gente bizarra, y cabe deducir que así es, si tenemos en cuenta que fueron los atenienses quienes, por sí solos, aniquilaron 82 el poderoso ejército que, con Datis [2] y Artáfrenes, llegó hasta el Ática 83 . Supongamos, en cualquier caso, que no triunfan en ambos terrenos; pero si se lanzan sobre nuestras naves 84 y, tras alzarse con la victoria en un enfrentamiento naval, ponen rumbo al Helesponto, destruyendo acto seguido el puente, en esa posibilidad, precisamente, radica el peligro 85 , majestad.

[γ] »Personalmente, yo no abrigo esos temores por poseer una perspicacia innata, sino por el desastre que a punto estuvo de sucedernos en cierta ocasión, cuando tu padre, tras mandar que se tendiera un puente sobre el Bósforo Tracio y que se hiciera lo propio sobre el río Istro 86 , los cruzó para atacar a los escitas. Durante aquella campaña, los escitas, apelando a todo tipo de argumentos, instaron a los jonios, a quienes se había confiado la custodia de los puentes del Istro 87 , para que destruyeran el paso. Y es seguro que si, en aquellos [2] momentos, Histieo, el tirano de Mileto, hubiera seguido el parecer de los demás tiranos, en lugar de oponerse 88 , el imperio persa habría sido exterminado. ¡Y, sin embargo, es terrible sólo oír decir que la suerte del Rey estuvo toda ella en manos de un hombre, sí, de uno solo!

»Por lo tanto, no te arriesgues, bajo ningún concepto, [δ] a correr semejante peligro, ya que no hay la menor necesidad, y hazme caso: de momento disuelve esta junta, y, cuando te parezca, vuelve a reconsiderar la cuestión a solas y ordena lo que, a tu juicio, sea más apropiado. Pues he llegado a la conclusión de que planear a fondo [2] un asunto constituye un inapreciable provecho, ya que, aun cuando pueda presentarse algún contratiempo, la decisión adoptada no deja de ser adecuada, y lo que ocurre es que la misma se ve trastocada por lo imprevisible 89 . En cambio, quien toma sus decisiones a la ligera se encuentra con un éxito inesperado, si le acompaña la fortuna, pero su decisión no deja de ser errónea.

[ε] «Puede observar cómo la divinidad fulmina con sus rayos a los seres que sobresalen demasiado, sin permitir que se jacten de su condición; en cambio, los pequeños no despiertan sus iras 90 . Puedes observar también cómo siempre lanza sus dardos desde el cielo contra los mayores edificios y los árboles más altos, pues la divinidad tiende a abatir todo lo que descuella en demasía 91 . De ahí que, por la misma razón, un numeroso ejército pueda ser aniquilado por otro que cuente con menos efectivos: cuando la divinidad, por la envidia que siente 92 , siembra con sus truenos pánico o desconcierto 93 entre sus filas, dicho ejército, en ese trance, resulta aniquilado de manera ignominiosa, si tenemos en cuenta su número. Y es que la divinidad no permite que nadie, que no sea ella, se vanaglorie.

»La precipitación, en suma, engendra errores en todo [ζ] tipo de asuntos, y de los errores suelen derivarse graves daños; en la cautela, en cambio, radican una serie de ventajas que, aunque no denoten su presencia de inmediato, a la larga, empero, llegan a detectarse 94 .

»Esto es, majestad, lo que, en definitiva, te aconsejo. [η] Y tú, hijo de Gobrias, deja de decir tonterías sobre los griegos, que no son merecedores de tus infamias. Lo cierto es que calumnias a los griegos para inducir al rey a que entre en campaña personalmente; a mi juicio, ésa es precisamente la razón de toda la vehemencia de que haces gala. Pues bien, ¡que ello no suceda! La [2] calumnia es algo sumamente execrable 95 : en ella dos son los reos de injusticia y una sola la víctima. En efecto, quien calumnia es reo de injusticia, ya que acusa a alguien que no está presente, y también es reo de injusticia quien le presta oídos sin haberse informado previamente como es debido. Por lo tanto, el que no asiste a la conversación resulta agraviado durante la misma de la siguiente manera: se ve calumniado por uno de los interlocutores y, a juicio del otro, pasa por ser un malvado.

[θ] »Ahora bien, si, en realidad, es absolutamente necesario atacar a esas gentes, de acuerdo: por lo que a la persona del rey se refiere, que permanezca en territorio persa, y nosotros dos pongamos en juego la vida de nuestros hijos. Tú escoge los hombres que quieras, toma los efectivos que desees, por numerosos que sean, [2] y dirige personalmente la expedición. Si los intereses del rey triunfan como tú aseguras, que mis hijos sean ejecutados, y yo con ellos; pero, si todo ocurre como yo predigo, que sufran esa suerte tus hijos, y tú con [3] ellos, suponiendo que regreses. Mas, si rehúsas someterte a estas condiciones y, pese a todo, acabas conduciendo un ejército contra Grecia, estoy seguro de que cualquiera de los que se queden aquí, en nuestra patria, oirá decir que Mardonio —sí, que tú—, después de haber ocasionado a los persas un terrible desastre, es pasto de perros y de aves 96 en cualquier rincón de la tierra de los atenienses o de los lacedemonios (si es que no lo has sido ya antes, por el camino), tras comprobar el temple de los hombres contra quienes pretendes que el rey entre en campaña 97

Esto fue lo que dijo Artábano. Entonces Jerjes, irritado 98 , [11 ] le respondió en los siguientes términos: «Artábano, eres hermano de mi padre; eso te va a librar de recibir el castigo que merecen tus tonterías. Pero, por tu cobardía y tu flaqueza, te voy a imponer la siguiente afrenta: no me acompañarás a mí en la campaña contra Grecia y permanecerás aquí, con las mujeres; que yo haré realidad, aun sin tu concurso, todos los planes que he expuesto. ¡Que deje de ser hijo de Darío, nieto de [2] Histaspes y descendiente de Ársames, de Ariaramnes, de Teíspes, de Ciro, de Cambises, de Teíspes y de Aquémenes 99 , si no castigo a los atenienses! Pues sé perfectamente que, si nosotros seguimos una política de paz, ellos, en cambio, no lo harán, sino que, con toda seguridad, atacarán nuestro país, si hay que tomar como referencia su anterior comportamiento, ya que incendiaron Sardes e invadieron Asia 100 . A ambos bandos, pues, nos [3] resulta imposible renunciar a la guerra; todo lo contrario, la cuestión estriba en tomar la iniciativa o en ser agredidos, a fin de que Asia entera caiga en poder de los griegos, o toda Europa pase a manos de los persas: debido a nuestras diferencias, no cabe término medio 101 . Ya va siendo hora, en definitiva, de que nosotros, [4] que hemos sido los primeros en resultar agredidos, nos venguemos, para que, de paso, pueda constatar ese terrible peligro que voy a correr si ataco a esos individuos; sí, a esos a quienes ya el frigio Pélope —que fue un esclavo de mis antepasados 102 — sometió con tal éxito que, todavía hoy en día, esas gentes, así como su territorio 103 , llevan el nombre de su conquistador.»

Vacilaciones de Jerjes. Una aparición nocturna convence al monarca y a Artábano de la necesidad de la campaña

[12 ] Hasta este punto se prolongó el debate. Poco después, sin embargo, cayó la noche y la opinión de Artábano empezó a inquietar a Jerjes, quien, consultando la cuestión con la almohada 104 , llegó a la firme conclusión de que no le convenía atacar Grecia. Una vez que hubo tomado esta nueva resolución, se quedó profundamente dormido. Mas he aquí que, al decir de los persas, en el transcurso de la noche tuvo, poco más o menos, la siguiente visión 105 : Jerjes creyó ver junto a él a un individuo alto y bien parecido 106 que le decía: «¿Así, persa, que has cambiado de [2] parecer y no vas a dirigir tus tropas contra Grecia, a pesar de haber ordenado a los persas que reúnan efectivos? En verdad que no haces bien al alterar tus planes, y nadie en tu corte te lo perdonará 107 . Mira, como de día te decidiste por la acción, sigue por ese camino.» Una vez que la aparición hubo pronunciado estas palabras, Jerjes creyó ver que se alejaba volando.

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