Buch lesen: "Deseo en la toscana - Sin piedad - Un magnate despiadado"
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
N.º 408 - agosto 2020
© 2008 Maggie Cox
Deseo en la Toscana
Título original: Secretary Mistress, Convenient Wife
© 2008 Susanne James
Sin piedad
Título original: The Millionaire’s Chosen Bride
© 2008 Helen Brooks
Un magnate despiadado
Título original: Ruthless Tycoon, Innocent Wife
Publicadas originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2009
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todoslos derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1348-613-0
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Deseo en la toscana
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Epílogo
Sin piedad
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Un magnate despiadado
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
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Capítulo 1
DIOS mío!
Irritado y cansado del viaje, Fabian Moritzzoni se masajeó las sienes con los dedos y suspiró con pesadez. Al final, completamente exasperado, se levantó de su asiento. Fuera, el sonido de unas apasionadas y elevadas voces invadía el aire… un bombardeo de ruido para el que Fabian no estaba preparado y del que habría preferido librarse. Y la voz más fuerte de todas pertenecía a María, su ama de llaves.
Para cuando llegó a las dobles puertas de su palaciega mansión, un baqueteado Fiat se alejaba a toda prisa por el sendero mientras María lo contemplaba con los brazos en jarras y expresión de pocos amigos.
–¿Nos han invadido? –preguntó Fabian en su italiano nativo–. ¡Porque eso es lo que parece!
–¡Menudo valor tiene esa gente! ¿Quiénes se creerán que son? –María se volvió hacia su jefe con expresión apasionada–. Eran de la prensa, señor Moritzzoni. Los he pillado husmeando por los alrededores y tomando fotos de la villa. Cuando me he enfrentado a ellos me han pedido una entrevista con usted para preguntarle sobre el concierto aniversario y las celebridades que van a asistir. ¡Los he mandado a tomar viento fresco, por supuesto! Si quieren una entrevista, deberían hablar con Carmela. Seguro que ya ha organizado algo al respecto.
Fabian suspiró a la vez que movía la cabeza de un lado a otro. Luego, a pesar de sí mismo, sonrió.
–Afortunadamente, cuento contigo para proteger mi intimidad, María. ¡Es mejor que tener un guardaespaldas! Pero hazme un favor. Mantén el volumen de voz bajo a primera hora de la mañana… lo digo por mi pobre cabeza, ¿de acuerdo?
–Por supuesto, señor Moritzzoni. ¿Quiere que le prepare ya el café?
–Creo que sería buena idea, gracias.
Unos minutos más tarde, con su taza de café en la mano, Fabian se encaminó hacia el invernadero de su lujoso jardín privado y se sentó en la terraza exterior junto a una mesa de hierro forjado. Desde allí contempló su elegante mansión, iluminada por el temprano sol de la mañana toscana, y la plétora de entoldados blancos que habían sido erigidos frente a ella. Al finalizar la siguiente semana, aquellas marquesinas estarían abarrotadas de italianos famosos, así como de todos los familiares y amigos que asistirían al ya conocido concierto que Fabian organizaba cada año en recuerdo de Roberto Moritzzoni, su padre.
Inevitablemente, la casa bullía de actividad debido a los preparativos para el gran acontecimiento. Sumando aquello al altercado con la prensa, no era de extrañar que anhelara estar un rato a solas para tomarse su café y pensar un rato con calma. Aunque no podía decirse que la noción de calma encajara precisamente con su padre…
Ya llevaba unos días pensando en ello y la perspectiva del concierto y sus preparativos empezaban a producirle una tensión y una irritación que ya conocía muy bien. Si se sumaba a ello su abarrotada agenda y constantes viajes, no era de extrañar que no estuviera obteniendo la misma satisfacción y placer que solía obtener de su trabajo. Como hombre de negocios de éxito, especializado en arte y que apoyaba diversas organizaciones benéficas, su presencia era constantemente requerida, y últimamente empezaba a pensar que debía tomarse un tiempo para meditar sobre el rumbo que estaba tomando su vida. Era evidente que necesitaba replantearse las cosas.
Se pasó una mano por su oscuro pelo rubio e hizo una mueca. Con el exceso de trabajo que tenía entre manos, la posibilidad de unas vacaciones se hallaba a años luz… por no mencionar la posibilidad de otro tema que no dejaba de rondar su mente en los últimos tiempos: matrimonio e hijos.
–De manera que es aquí donde estabas escondido. María me ha dicho que te ha visto venir hacia aquí.
Carmela, la secretaria personal de Fabian, apareció de pronto ante él con su bonita boca curvada en una sonrisa. Fabian estaba tan concentrado en sus pensamientos que ni siquiera la había oído llegar. Inevitablemente acompañada por su cuaderno de notas y su bolígrafo, era evidente que había acudido dispuesta a trabajar.
–¡Apenas hace un día que he regresado de los Estados Unidos y es como volver a un campo de fútbol! –protestó Fabian–. Aparte de mi dormitorio, te aseguro que no hay una sola habitación de la casa que no esté abarrotada de gente. ¿Te extraña que quiera ocultarme?
La sonrisa de Carmela no hizo más que ensancharse.
–¡Pobre Fabian! Pero tengo buenas noticias para ti, así que puede que te animes al escucharlas.
–¿Y qué noticias son ésas? ¿Por fin has decidido no irte de luna de miel antes del concierto?
Carmela dejó de sonreír.
–¡Por supuesto que me voy de luna de miel, Fabian! Ya la he pospuesto en una ocasión por deferencia a las exigencias de trabajo. Vicente es un hombre paciente, ¡pero no tanto! No… he venido a decirte que mi amiga Laura llegará de Inglaterra esta tarde y que voy a ponerle al tanto de todo para que pueda sustituirme a partir de pasado mañana, cuando me vaya.
–Ponerse en tu lugar y ocuparse de organizar un acontecimiento tan importante puede suponer una pesada carga para una novata, Carmela. ¿Estás segura de que tu amiga estará a la altura?
–Hace unos años que es profesora de música y también ha organizado algunos conciertos locales donde vive, de manera que no puede decirse que carezca de experiencia. Y está muy familiarizada con el aspecto artístico del trabajo.
–¿Habla italiano? –preguntó Fabian a la vez que volvía a llevarse una mano a la sien para darse un masaje.
–Aprende rápido, y cuando estuve estudiando con ella siempre era de las mejores en idiomas. Además, tu inglés es casi perfecto, así que no tendrás de qué preocuparte.
–Bien… al menos mientras no espere que la guíe paso a paso en las actividades que debe realizar. Lo cierto es que me alegraré cuando todo este tedioso asunto acabe y mi casa vuelva a recuperar la normalidad.
Carmela miró a su jefe con expresión ofendida.
–El concierto es un acontecimiento maravilloso con el que se consigue mucho dinero para la residencia infantil. No creo que debas calificar de tedioso el privilegio de tener que organizarlo.
–¡Claro que no! ¡No me refería a eso! –era el turno de Fabian de mostrarse ofendido–. De acuerdo –continuó impacientemente–, volvamos al tema de tu amiga. Es una suerte que podamos contar con ella. ¿Ha estado antes en la Toscana?
–No. La he invitado en varias ocasiones, pero estos últimos años han sido difíciles para ella y las circunstancias no le han permitido hacer el viaje. Pero me ha dicho que esta vez necesita urgentemente algo de sol, y sé que se quedará prendada de este lugar y de Villa Rosa… ¿y quién no? Eso me recuerda que debo hablar con María para cerciorarme de que las habitaciones de Laura están listas. Ése es otro aspecto positivo de la situación que debería ayudarte a ver las cosas con más calma, Fabian. La tendrás a tu disposición cada vez que la necesites. ¿Quieres que te traiga otro café? Ése tiene pinta de haberse quedado frío.
–Sí, gracias –Fabian empujó su taza de café hacia Carmela–. Y tráeme también un vaso de agua y algún analgésico para el dolor de cabeza, por favor.
–Tal vez no deberías tomar café si te duele la cabeza.
–¿Ahora vas a hacer de madre además de secretaria?
–Sólo trataba de…
–¡Ya deberías saber a estas alturas que soy imposible sin mi café de la mañana! Pero no me lo tengas en cuenta, Carmela. En uno o dos días ya no tendrás que pensar en mis necesidades. ¡Será tu afortunado marido el que obtendrá toda tu atención!
Carmela perdonó de inmediato el mal humor de su jefe. Sabía que tenía mucho entre manos, y que probablemente lo estaba manejando mucho mejor de lo que lo habría hecho la mayoría en su situación.
–Enseguida te traigo lo que necesitas, y me aseguraré de que nadie te moleste en al menos una hora… ¿te parece bien?
–Si puedes lograrlo, es que eres una secretaria milagrosa.
–¡Hace un momento era tu madre! –dijo Carmela con expresión exasperada antes de alejarse.
Fabian observó cómo se alejaba y se encontró pensando de nuevo en el complicado tema de una esposa y un heredero. Complicado porque en aquellos momentos no mantenía ninguna relación seria ni tenía intención de hacerlo. Cuando un hombre se había quemado una vez en la vida se volvía prudente ante el peligro y aprendía a no acercarse más al fuego. Pero él ya había cumplido los treinta y siete y el tiempo no se detenía.
Debido a su considerable riqueza, y las responsabilidades que conllevaba ser dueño de Villa Rosa, la casa que había pertenecido a su familia durante siglos, necesitaba un hijo o una hija que lo heredaran todo. No… tenía que haber alguna otra forma de conseguir lo que quería sin embarcarse en una relación amorosa. Debía plantearse seriamente encontrar una solución.
–¡Cuánto me alegro de tenerte aquí por fin! Ha pasado tanto tiempo… ¡demasiado! Estoy deseando irme de luna de miel, por supuesto, pero sería estupendo poder pasar algo de tiempo contigo. Prométeme que no saldrás corriendo en cuanto regrese, dentro de dos semanas, ¿de acuerdo?
Contemplando a la curvilínea morena perfectamente arreglada que había sido su mejor amiga en el instituto, Laura se preguntó cómo podía haber pasado con tanta rapidez el tiempo desde la última vez que se vieron. Hacía al menos diez años que no se veían. Se habían mantenido en contacto por carta y por correo electrónico, por supuesto, y a veces habían hablado por teléfono, pero no era lo mismo que verse regularmente y tener la oportunidad de profundizar en su amistad. Pero ahora que estaba allí, en la Toscana, tenía intención de aprovechar al máximo la oportunidad que había surgido.
Aunque temporal, lo cierto era que la oferta de empleo que le había hecho Carmela había sido providencial. Ni siquiera le importaba que no se tratara de unas vacaciones, porque la música era una pasión absoluta para ella. Estaba segura de que el mero hecho de estar por allí sería un bálsamo para su espíritu y su moral.
–No tengo un trabajo esperándome, Carmela –contestó–, así que no tengo prisa por volver a Inglaterra.
–Me alegra oír eso. No que no tengas trabajo, por supuesto, ¡pero sí que puedas quedarte aquí una temporada!
–Hace tiempo que estaba deseando renovar nuestra amistad.
Laura sonrió y cruzó los brazos sobre la bonita blusa de encaje blanco que vestía con una falda azul pastel. Luego, con un suspiro, volvió sus ojos grises hacia los jardines que se divisaban a través de los amplios ventanales de la casa.
Los tejados de las elegantes marquesinas que brillaban bajo el sol de la tarde le recordaron una justa medieval. Sólo faltaba que aparecieran las damas y los caballeros elegantemente vestidos para asistir al acontecimiento. El mar blanco de los toldos contrastaba con el verde del césped, perfectamente cortado. A lo lejos había una balaustrada de mármol blanco con unas escaleras que llevaban a una sección más privada de los jardines. El olor a madreselva y glicinias entraba por las ventanas abiertas, llenando el aire de una soporífera fusión de excepcional deleite. Era como entrar en un sueño…
–¿Y qué piensas de tus habitaciones? –preguntó Carmela–. Te he puesto cerca del fondo de la casa para que cuentes con un poco más de intimidad si Fabian tiene invitados que vayan a quedarse a dormir. ¡Las vistas desde tus ventanas son espectaculares!
–Son una auténtica maravilla, Carmela. Voy a sentirme como una princesa en esas habitaciones, ¡y sobre todo durmiendo en esa cama con dosel!
–¿Has hablado ya con la prensa, Carmela? Esta mañana han… Oh, disculpa. No sabía que tenías compañía.
Laura se volvió al escuchar aquella profunda voz italiana y vio que el hombre dueño de ella la miraba de arriba abajo con evidente sorpresa desde el umbral de la puerta. Sintió que una extraña tensión la paralizaba y que su proceso mental se ralentizaba. ¿Sería aquél el jefe de Carmela? Si era así, era la antítesis de lo que esperaba.
Rubio, de ojos azules, alto y con una fuerte mandíbula, podría haber sido fácilmente confundido con un danés, un suizo o un alemán. Pero la confianza y ligera arrogancia que proyectaba, así como la forma en que llevaba la ropa, como si ésta y él formaran un todo, la convencieron de que era un auténtico hijo de Italia.
Repentinamente acalorada, apartó la mirada.
–¡Fabian! Llegas justo a tiempo para conocer a Laura. Ha llegado hace una hora y estaba a punto de ir a buscarte para presentártela –Carmela apoyó una mano en la espalda de Laura y la empujó con firme delicadeza hacia su jefe–. Laura, te presento al señor Fabian Moritzzoni, dueño de Villa Rosa y mi jefe. Fabian, ésta es mi querida amiga Laura Greenwood.
Laura alargó automáticamente su mano y Fabian la estrechó, sin excesiva fuerza pero con evidente autoridad.
–Es un placer, señorita Greenwood. Al parecer estoy en deuda con usted por haber aceptado ocupar el puesto de Carmela durante su ausencia. Espero que haya tenido un buen viaje desde Inglaterra.
–El viaje ha sido muy agradable, gracias.
–Tengo entendido que es la primera vez que viene a la Toscana, ¿no?
–Así es, pero no porque no haya querido venir antes. Carmela lleva años pidiéndome que venga, pero nunca se presentaba el momento adecuado. Pero por fin estoy aquí y espero serle útil, señor Moritzzoni.
–Yo espero lo mismo –Fabian frunció ligeramente el ceño antes de añadir–: Puede tomarse el día libre para instalarse y empezar a trabajar mañana. Carmela le pondrá al tanto de todo lo que hay que hacer. ¿Le parece bien? –preguntó, sin apartar la vista de ella un instante.
Laura pensó que tenía la mirada más intensa y perspicaz que había visto en su vida. No le habría gustado encontrarse en el pellejo de alguien que tratara de engañarlo. Pero entonces pensó en otra cosa. ¿Habría visto la cicatriz? ¿Sería eso lo que estaba mirando con tanta intensidad? Alzó instintivamente una mano para tocar los pálidos mechones dorados de su flequillo, repentinamente consciente de la desfiguración que había debajo. En aquel país de gente tan guapa, a Fabian Moritzzoni no debió de agradarle mirar a una mujer del montón afeada por una cicatriz. Laura deseó que terminara de hablar con Carmela y se fuera. Su confianza y empeño en hacer bien aquel trabajo no habían desaparecido, pero se habían visto ligeramente mermados.
–No necesito esperar a mañana para empezar a trabajar –dijo–. Si Carmela necesita que eche una mano de inmediato, por mí no hay problema. Quiero que pueda irse tranquila a disfrutar de su luna de miel, sabiendo que deja la situación en buenas manos. Cuanto antes me entere de lo que hay que hacer, mejor.
–¿Lo ves, Fabian? –dijo Carmela, sonriente–. ¡Te dije que no había nada de qué preocuparse teniendo a Laura aquí!
–Estoy seguro de que tienes razón.
Laura detectó un matiz en la inquietante mirada del italiano que pareció decir: «Me sentiré muy decepcionado si me fallas». Tembló por dentro y, cuando sus ojos se encontraron, necesitó armarse de todo su valor para no apartar la mirada.
Capítulo 2
DESDE que la orquesta y la compañía de ópera habían llegado aquella mañana, la casa y sus terrenos habían vibrado con el sonido de la música. Mientras escuchaba, maravillada, Laura deseó que los niños a los que había enseñado pudieran escuchar lo que estaba escuchando ella en aquellos momentos. A pesar de que sólo tenían seis o siete años, habían llegado a apreciar algunas de las piezas clásicas que ella les había hecho escuchar en clase, además de las que solía tocarles al piano. Pero hacía ya dos años que no enseñaba, algo que le producía una intensa sensación de vacío que no podía ser fácilmente colmado.
Hubo una época en el pasado en que soñó con convertirse en intérprete, pero tras descubrir la pasión que le producía enseñar música a los niños, decidió que su verdadera vocación residía en la enseñanza. Ahora, tras el periodo de obligado descanso y recuperación que había tenido que pasar después de su accidente, tendría que ponerse a buscar otra plaza de profesora. Tenía intención de redoblar sus esfuerzos en ese sentido en cuanto regresara de la Toscana, pero de momento se sentía allí en el séptimo cielo, en aquella exquisita mansión, echando una mano a una amiga. Su ánimo y moral ya habían mejorado gracias a la música que sonaba a su alrededor.
Mientras Carmela repasaba los planes para explicarle todo lo relacionado con la celebración, ella se ocupó de cosas más prácticas. No quería quedarse de brazos cruzados habiendo tanto que hacer. Todos aquéllos con los que se cruzaba tenía mil cosas que hacer, de manera que decidió ayudar allí donde viera que era más necesario.
Cuando, un rato después, fue a buscar a Carmela, la encontró aún ocupada haciendo algunas llamadas telefónicas de las que sólo ella podía ocuparse. Al ver que los empleados de la cocina estaban muy ocupados, les echó una mano llevando bandejas de bebidas y comida a los trabajadores que montaban el escenario en la marquesina más grande.
–Buongiorno, signorina Greenwood.
De regreso a la cocina con una bandeja de vasos vacíos, Laura se detuvo al escuchar el saludo de Fabian Moritzzoni.
–Buongiorno –contestó, consciente de que su voz no sonó especialmente firme.
Fabian vestía una camisa blanca de hilo, unos chinos de color crudo y llevaba unas gafas de sol en lo alto de su rubia cabeza. Su aspecto resultaba un tanto bohemio en comparación con el de hombre de negocios del día anterior, casi intimidatorio. Pero Laura no se dejó engañar; estaba segura de que era un auténtico tiburón de los negocios. Ser tan consciente de la cualidad carismática de aquel hombre podía suponer una incómoda distracción para aquel trabajo, pensó. Al reconocer la indefinible amenaza que podía representar para su paz mental, la parte aún sensible y dolida de su ser quiso retraerse de inmediato.
–Veo que ya estás metida de lleno en el trabajo. Organizar algo así da muchos quebraderos de cabeza, ¿verdad? –Fabian sonrió, utilizando aquel gesto con la confianza de un hombre acostumbrado a obtener la atención del mundo desde que era un bebé.
Junto a la suprema vitalidad que irradiaba, Laura se sintió como una pálida sombra a su lado.
Fabian había olvidado el delicado aspecto de la sustituta de Carmela. El día anterior se había quedado con la impresión de una piel pálida como la nieve y unos enormes ojos grises en un rostro menudo y delicado, pero aquella mañana su fragilidad se veía resaltada por la vista de un cuerpo tan delgado como la rama de un abedul a merced del viento. La blusa de muselina blanca y la ceñida falda que vestía atrajeron la atención de Fabian hacia su pequeña cintura, sus estrechas caderas y pequeños pechos, y hacia su flequillo rubio, con el que trataba de ocultar una cicatriz.
–¿Adónde vas con eso? –preguntó a la vez que señalaba la bandeja que sostenía Laura–. ¿A la cocina? Deja que la lleve yo. Parece bastante pesada.
Laura apartó la bandeja a la vez que se ruborizaba.
–Soy más fuerte de lo que parezco, señor Moritzzoni –respondió animadamente, y Fabian se sorprendió ante su vehemente respuesta–. Supongo que no querrá pagarme para que otro haga mi trabajo, ¿no? Además, no quiero entretenerlo. Seguro que tiene cosas más importantes que hacer.
–No me estás entreteniendo, y no pretendía ofenderte ofreciéndote mi ayuda. Simplemente me ha sorprendido verte ocupada en las tareas domésticas cuando esperaba que Carmela te hubiera asignado alguna actividad relacionada con la organización del concierto.
Laura se ruborizó aún más.
–Sólo pretendía ser útil mientras Carmela se ocupaba de unos detalles de última hora antes de ponerme al tanto de lo que voy a tener que hacer. Será mejor que lleve esto a la cocina para ver si ya ha acabado.
–No olvides que a mediodía todos paramos para la siesta… ¡por muy ocupados que estemos! Hace demasiado calor para trabajar.
–Gracias por recordármelo –replicó Laura tímidamente antes de alejarse.
–Piccolo fiocco di neve… pequeño copo de nieve –murmuró Fabian mientras la veía alejarse.
Mientras se tomaba un momento para recordar adónde se dirigía antes de encontrarse con ella, comprendió que el aspecto de Laura había atraído su atención tan enfáticamente como lo habría hecho una elegante mariposa en un inesperado momento de contemplativo y tranquilo deleite.
Al finalizar las actividades del día, Laura acompañó a Carmela a la piazza de la ciudad a comer con ella y su marido Vincente en uno de los restaurantes del lugar. El marido de Carmela era tan encantador y divertido como Laura había supuesto, y le gustó de inmediato.
Después, mientras los recién casados, que sólo tenían ojos el uno para el otro, tomaban el café, Laura salió a dar un paseo por la piazza y, tras apoyarse contra una balaustrada de piedra, con su ligera estola suelta en torno a los hombros sobre un vestido de verano color limón pálido, se dedicó a observar tranquilamente el lugar. El aire estaba cargado de un cálido aroma a magnolias y los paseantes parecían disfrutar de la placidez de la tarde. Había algunos individuos realmente atractivos paseando por la plaza, pero, en opinión de Laura, ninguno podía hacer sombra al inquietante atractivo de Fabian Moritzzoni. Sorprendida por aquel inesperado pensamiento, sintió un revoloteo de inquietud en la boca del estómago.
–Buonasera, signorina.
Un joven de ojos negros y camisa impecablemente blanca que paseaba con un amigo se detuvo frente a ella y sonrió. Sorprendida por su interés, Laura tuvo la misma sensación de pánico que siempre experimentaba cuando un hombre la miraba. Su cicatriz hacía que fuera extremadamente sensible respecto a su aspecto, a pesar de su empeño en tratar de ignorarla. Pero sin duda ella era la «rara» en medio de aquel desfile de bellezas italianas, y más le valía no olvidarlo.
Inclinó ligeramente la cabeza en señal de reconocimiento al saludo y estaba a punto de retirarse cuando se hizo repentinamente consciente de una ligera conmoción cercana. Tanto ella como los jóvenes que la habían saludado volvieron la mirada en aquella dirección y vieron a un hombre rubio y alto, de anchos hombros, que se encaminaba hacia ellos. Su avance se veía dificultado por varios compatriotas entusiastas que lo detenían para saludarlo y estrechar su mano. Laura fue consciente en aquel momento de que Fabian Moritzzoni debía de ser un hombre importante en la comunidad. Una paciente sonrisa curvó sus labios mientras devolvía los efusivos saludos de sus paisanos, pero, por algún motivo inexplicable, Laura sintió que no todo iba bien tras aquella sonrisa tan aparentemente natural y sincera. ¿Estaría preocupado por el concierto?
Finalmente, Fabian se detuvo ante ella.
–Señorita Greenwood.
Laura sintió que se le secaba la boca ante su penetrante mirada.
Tras un educado buonasera, el joven que la había saludado y su acompañante se alejaron discretamente.
–Hola –respondió Laura.
–Sabía que eras tú. Tu pelo brillante, y tu vestido igualmente brillante, te han delatado. ¿Qué has hecho con Carmela y Vicente?
–Aún están en el restaurante, disfrutando de su café.
–Claro… Son unos recién casados y supongo que están deseando encontrarse a solas. Lamento que mi pobre secretaria haya tenido que esperar tanto para conseguir ese privilegio. Está claro que mi agenda no es nada saludable si ha llegado al extremo de que Carmela no pueda tomarse unos días ni siquiera para ir de luna de miel.
–¿Y no puede hacer algo al respecto?
Fabian entrecerró los ojos.
–¿A qué te refieres?
–A veces no viene mal replantearse las cosas. Tal vez podría aligerar algunos de sus compromisos e ir pensando en organizar una agenda de trabajo menos exigente.
Fabian aún estaba pensando en la sorprendente respuesta de Laura cuando una ligera brisa alzó el flequillo de ésta. De inmediato, Laura alzó la mano para volver a colocarlo en su sitio y una sombra pareció oscurecer su mirada.
–Creo que será mejor que me vaya –dijo con una sonrisa insegura, a la defensiva–. Carmela debe de estar buscándome.
Consciente de que se sentía evidentemente acomplejada por la cicatriz que afeaba su por otro lado inmaculada piel, Fabian se preguntó cómo se la habría hecho. Pero aquello no era asunto suyo. Laura sólo trabajaba para él y sus asuntos personales eran exactamente eso, personales.
–Si Carmela iba a llevarte de vuelta a casa, ¿por qué no dejas que te lleve yo? –se oyó sugerir–. Pensaba volver enseguida. Vamos a buscarla para decírselo.
–No querría abusar de su amabilidad…
–¡Tonterías! ¿Cómo ibas a abusar de mi amabilidad si trabajas para mí además de alojarte bajo mi techo? Además, te agradecería que me tutearas. Eso facilitaría las cosas.
Laura asintió tímidamente.
–En ese caso acepto la oferta… grazie.
Ya había empezado a anochecer y las luces del coche de Fabian iluminaban las sinuosas curvas del estrecho camino por el que circulaban a bastante velocidad.
Fabian miró un momento a Laura y captó la inquietud de su expresión.
–¿Estoy conduciendo demasiado rápido para tu gusto? –preguntó en un tono a la vez divertido y burlón.
–No dudo de que seas un magnífico conductor, pero mentiría si dijera que no me asusta circular por estos estrechísimos caminos a esta velocidad. ¿Te importaría reducir un poco la marcha?
El impresionante Maserati en que circulaban respondió de inmediato al toque de Fabian y Laura sintió que la poderosa máquina adquiría un ritmo mucho más aceptable. Su alivio de suspiro fue claramente audible en los íntimos confines del lujoso exterior.
Miró de reojo a Fabian. Probablemente pensaría que era una mojigata. Tenía muchos motivos para ser especialmente cautelosa, pero su nuevo jefe no lo sabía…
–¿Así está mejor?
–Mucho mejor, gracias.
–¿Qué te ha parecido nuestra pequeña ciudad?
–Me ha parecido encantadora. He tenido la sensación de que hay un auténtico sentido de comunidad entre sus habitantes. Y el paseo por la plaza ha sido fascinante.
–Como probablemente sabrás, somos una cultura muy tradicional, y eso se nota aún más en las pequeñas ciudades como ésta y en los pueblos. Pero Italia también es muy moderna… especialmente sitios como Milán o Roma.
–Para un inglés siempre han sido destinos turísticos especialmente sofisticados, y aunque me encantaría visitarlos, creo que prefiero tu pequeña ciudad, aunque no sea tan moderna.
–¿De manera que eres una tradicionalista? ¿La clase de mujer que prefiere un hogar y una familia a una carrera y una sofisticada vida social?
–Nunca me ha interesado especialmente llevar una sofisticada vida social, pero el conflicto entre tener hijos y mantener una profesión no parece haber mejorado para las mujeres. Sin embargo, creo que la decisión de tener un hijo es tan trascendental que las necesidades y el bienestar de éste deberían anteponerse a las exigencias de una profesión. Pero en una relación de igualdad eso debería aplicarse también al hombre que decide ser padre. Si eso me convierte en una tradicionalista, supongo que debo serlo.