Buch lesen: "La maldición gitana"

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HARRY CREWS «Nací el 7 de junio de 1935 al final de un camino de tierra en el condado de Bacon, Georgia. Un camino muy largo. Mi padre murió cuando yo era un bebé y mi madre, sin otra cosa que simple coraje, tras toda una vida de desesperación y falta de alternativas, nos crió a mí y a mi hermano. Asistí a la Universidad de Florida. Tras dos años ahogándome entre la Verdad y la Belleza, dejé la Universidad por una moto Triumph. Me dirigí al oeste una clara mañana de primavera con siete dólares y cincuenta y cinco centavos en el bolsillo. Estuve en la cárcel de Glenrock, Wyoming; un indio blackfoot al que le faltaba una pierna me dio una paliza en una reserva de Montana; fregué platos en Reno; recolecté tomates en las afueras de San Francisco; un hombre que se creía Cristo me expulsó el demonio que llevaba dentro en Colorado Springs y en Chihuahua me hice amigo de un piloto obsesionado con las alforjas de motos… Volví cojeando a la Universidad de Florida, purificado y santificado, dispuesto a absorber todo lo que quedara de Verdad y Belleza. Y así están las cosas. Actualmente doy clases de inglés en Fort Lauderdale, Florida. Estoy casado con una chica muy guapa que sabe escribir a máquina. Hemos tenido dos hijos. El mayor se ahogó en 1964. El otro tiene cuatro años.»

Desde entonces Harry Crews bebió mucho, se drogó bastante y publicó más de veinte libros. Murió el 28 de marzo de 2012, a los 76 años, por complicaciones de una neuropatía. En su última entrevista puso las cartas sobre la mesa: «Mira, si tu intención es escribir sobre la dulzura, la luz y toda esa mierda, consíguete un trabajo en Hallmark».

LA MALDICIÓN GITANA

LA MALDICIÓN
GITANA

Harry Crews

Presentación Kiko Amat

Traducción Javier Lucini


Título original:

The Gypsy’s Curse

Borzoi Book

Alfred A. Knopf, Inc., 1974

Primera edición en Dirty Works:

Marzo 2017

© Harry Crews, 1974

All rights reserved including the right of reproduction

in whole or in part in any form by arrangement

with John Hawkins & Associates, Inc., New York.

Presentación © Kiko Amat, 2017

© 2017 de la traducción: Javier Lucini

© 2017 de esta edición: Dirty Works S.L.

Asturias, 33 - 08012 Barcelona

www.dirtyworkseditorial.com

Traducción: Javier Lucini (con Tomás González Cobos emboscado

en la colina, cubriéndole las espaldas)

Diseño y maquetación: Nacho Reig

Ilustraciones: © Antonio Jesús Moreno «El Ciento», 2017

Correcciones: Marta Velasco Merino

Desde Dirty Works queremos expresar nuestro agradecimiento

a la editorial Bandaàparte; en tiempos raros, estuvieron ahí.

Y a Kiko Amat, por su fe.

ISBN: 978-84-19288-06-6

Producción del ePub: booqlab

Índice

Presentación Kiko Amat

La maldición gitana Harry Crews


Hace unos días tuve que abandonar la lectura de un libro, Corre, conejo de John Updike, porque el escritor comparaba la polla del protagonista con «la espada de un ángel». Tras leer aquello lancé el libro de punta a punta de la habitación, como también hace Marvin Molar, el protagonista de La maldición gitana, en un momento airado de la novela. No será necesario recordarle al lector que ninguna polla es como la espada de un ángel (lo sé, porque he visto unas cuantas). Incluso si las espadas de ángeles existieran y conociésemos sus características en cuanto a arma blanca y de fuego (a la vez), sería recomendable controlar la compulsión de compararlas a órganos sexuales masculinos. Hay una línea que separa la metáfora audaz de la mera estupendosidad, y es obvio que aquella imagen obedecía tan solo al deseo del escritor de hacerse el lírico y el cuco. Y yo, como lector y escritor, detesto lo cuco. Lo melindroso. Las mentiras y los lacitos. Las chavalas Amelie y los gilipollas con pitos angelicales. Todas esas frases engoladas y mirad-mi-pluma-enhiesta de Styron y Roth.

Harry Crews, el autor de La maldición gitana, escribe muy distinto al tipo que escribió lo de la espada, y a los otros dos sujetos que acabo de nombrar. «Si vas a escribir, por el amor de Dios», dijo en una entrevista, «intenta desnudarte. Intenta escribir la verdad. Intenta sumergirte en toda la falsedad, todas las excusas, todas las mentiras que te contaron». Crews es la personificación del coraje crudo en narrativa. Consigue con sus palabras lo que pocos autores han alcanzado a realizar: mostrar la belleza que se oculta en lo sucio, violento y terrible. Agarra el horror y, sujetándolo bien fuerte, nos muestra el humor y éxtasis y piedad y amor que se ocultan tras sus espaldas. Muchos autores confunden vulnerabilidad y sentimiento con cursilería y afectación. Crews no. «Me sentía violento y al mismo tiempo indefenso», confiesa Marvin Molar, el protagonista de esta novela, quizás leyendo los labios de su creador. En otra entrevista, Crews parafraseaba (libremente) a Hemingway al afirmar que «hay un punto blando en todos nosotros que hay que asesinar, aplastar, exorcizar, antes de poder escribir la verdad». Se trata de eso: aplastar el punto blando. Matar lo relamido. Mostrar el beso con llagas. Arrancar lo que es cierto y explicarlo de forma dura y hermosa. Aunque duela. Aunque la gente deje de hablarte. Aunque quedes como un pirado. Ser escritor es eso, nada más.

Los críticos de Crews siempre le afean que «fuerce» la aparición de seres grotescos en sus novelas. Gente extraña. Los a-normales. Marginados. Freaks, pobres de pedir, monstruos, culturistas embotados en anabolizantes, vets mutilados, amaestradores de halcones, boxeadores sonados, un tío con un pie gigante o el protagonista de esta historia: Marvin Molar, un sordomudo que habla y también anda con las manos, porque nació con piernecitas flácidas, y que se gana la vida como atracción de feria. Y que tiene unos brazos así de grandes, como panes gallegos. Crews siempre responde a esa crítica diciendo que a) el mundo donde él creció (Bacon County, Georgia), estaba lleno de gente así y b) en todo caso le fascinan los freaks, porque no pueden adecuar su deformidad al entorno, como el resto de nosotros; camuflarla tras una fina capa de convención social, modales o cosmética elemental. El reflejo de su monstruosidad se les lanza a la cara en cada minuto de su existencia. Por tanto (esto lo digo yo), los freaks son los humanos que mejor se conocen. No pueden engañarse, pretender ser otra gente, como hacemos los demás en mayor o menor medida, para no volvernos locos del todo.

La maldición gitana es uno de mis dos libros predilectos de Harry Crews (junto a Una infancia), y Marvin, el funambulista cabecicubo con manazas de excavadora, uno de sus mejores protagonistas. Al propio Crews le gustaba mucho esta novela, y la consideraba un puto triunfo. Lo es. Por si alguien no lo ha leído antes: el personaje principal no habla, y su única forma de comunicación es mediante lengua de señas. No voy a adentrarme en una disección técnica, no teman, pero digamos solo que conseguir que un personaje de estas características se relacione activamente con su entorno, y viceversa, es un maldito milagro narrativo.

«El mundo es un lugar de mierda y hay ocasiones en las que resulta muy difícil no amargarse», afirma Molar. Y también: «dos cosas a propósito de mí: no soy un amargado y no engaño a nadie». La maldición gitana es un libro que apesta a destrucción inminente, poblado por gente dañada y teñido de odio indeleble que, asimismo, rebosa humor (el momento en que los niños sordomudos le preguntan a Molar con lenguaje de señas «¿Y cómo haces para cagar?» y «¿Alguna vez te has tirado un pedo en la cara de alguien?»), valor y contagioso aguante. Hallamos estos atributos en la perspectiva vital de Marvin. En la cómica susceptibilidad (y debilidad) de Al, el dueño del gimnasio y padre adoptivo del protagonista. En la forma en que los sonados, memos, malparidos y desgraciados del libro se las arreglan para ir tirando, de algún modo. La maldición gitana es un triste canto (sin sermoncitos) a la supervivencia de los raros de nacimiento.

Y Hester. El «coño a medida» de Marvin, por no decir personificación de la maldición del título. She is trouble, como dirían tantas canciones, tantas novelas hard-boiled. La mezquina, manipuladora y bastante envilecida Hester. «Hester era normal», nos dice Marvin, «aunque, eso sí, tenía cierta tendencia a la amargura». Y como todas las personas amargas, Hester quiere amargar a los demás, porque puede permitírselo (tiene «unas piernas estupendas») y se le antoja. Misery loves company, que dicen los ingleses. Hester quiere matar cosas por el placer de verlas morir. Es una excelente villana de libro. Nada plana, con origen y razones de peso. Quizás ella no te guste, quizás no la invites a tu boda, pero lo más posible es que entiendas de dónde procede su rabia. Y la de Marvin. Y la del resto de personajes.

En un prólogo para otro libro de Crews (El cantante de Gospel) aduje algo que, ahora lo veo, podría interpretarse como fascinación por (sonido de trompetas de peplum)… ¡La leyenda de Harry Crews! Ese Hombre Peligroso. Las peleas, los blackouts, las parrandas que terminan sin dientes y con un tatuaje de más (que no querías, ni recuerdas cómo te hiciste); los huesos rotos, el kárate, los Marines, el peinado mohicano y el escaso respeto por la academia. Su cuna más que proletaria, de pura mendicidad granjera. El niño muerto. Algunos de los fans de Crews lo son (o lo parece) por una adoración algo imprudente del estilo de vida y biografía convulsa del autor, pero les garantizo que yo no soy así. Admito que prefiero a mis autores con existencias no lineales, nada de colegio-universidad-literatura, algo más vividos y magullados, que hayan pasado algunos años con las manos sucias y el traje de faena manchado, en un par de peleas y un par de países. Porque, como dice Crews, «para haber comprendido algo así necesitas haber tragado mucha mierda en el mundo».

Pero lo importante de Crews es, se lo prometo, su escritura. Sus historias, sus personajes. Su economía de palabras. La dureza elástica de sus frases, cómo vuelan las páginas una detrás de otra, sin afectación, adverbios ni trolas de cobarde ni fanfarria de catedrático. Crews nunca alardea. Nunca trata de impresionarnos. Solo entrega algo puro y cierto y lleno de vida, a la vez que deja «un rastro de sangre, mucosidad e intestinos» en el camino. Una historia sensacional y aterradora. Cuernos, tullidos, celos, sordomudez, boxeo, rareza, compañerismo y un final que se ve venir desde la primera página pero no por ello deja de ser un puñetazo en la nariz del lector.

Crews decía que anhelaba escribir veinte libros porque entonces se aseguraba que habría dos que valdrían la pena. Que serían excelentes y excepcionales. Pues bien: este es uno de esos dos.

Kiko Amat, marzo del 2017, Barcelona.


Este libro es para

JOHN CIARDI y

BYRON JASON CREWS,

dos tíos cojonudos.

Lo que más me gusta es ir a donde nunca he estado.

DIANE ARBUS

Primera parte

1

Para que conste, llamadme Marvin Molar. Digo que me llaméis Marvin Molar porque ese no es mi verdadero nombre. Es solo como me hago llamar. Mi verdadero nombre no lo sé. Nadie lo sabe. En realidad hay gente que sí lo sabe, pero no tengo ni idea de dónde andará ahora esa gente. Al Molarski me crió y me llamó Marvin, y ese nombre es lo único que tengo. Pero me deshice del «ski» para llamarme solo Molar, Marvin Molar. Me dije que ya tenía demasiadas cosas en mi contra sin necesidad de añadir lo de polaco, que es lo que es Al.

Vivía arriba, en los cuartos que había en la parte trasera del Fireman’s Gym, con Al, un chaval de Georgia llamado Leroy y Pete, un exboxeador profesional de setenta tacos, sonado y negro. El chaval se ocupaba de limpiar el gimnasio y fingía estar entrenando para otro combate. El negro conducía el coche y hablaba solo. Yo hacía lo que podía para arañar algo de calderilla en las reuniones del Rotary Club, en los centros comerciales y en cualquier lugar donde quisieran ver mi número.

Al era el dueño del gimnasio que, por cierto, no tenía nada que ver con el cuerpo de bomberos. Solo el nombre: Fireman’s Gym. Seguro que siempre se había llamado así, aunque no me atrevería a asegurarlo. Al no hablaba mucho. Yo llevaba allí toda mi vida (desde bebé), pero no tenía ni idea de cómo habían acabado siendo así las cosas porque Al apenas hablaba y yo solo podía comunicarme a través de las manos o escribiendo lo que quería decir en un papel, por lo que era fácil ignorarme, si eso era lo que querías. Claro que la mayor parte de la gente no quería eso. La mayor parte de la gente me prestaba muchísima atención, casi todos menos Al. Él no hablaba mucho y te podías dar con un canto en los dientes si se dignaba a mirarte. Miraba algo próximo a ti. Nunca a ti. Una de sus artimañas favoritas era fijar la mirada en tu oreja izquierda. Se quedaba mirándola y parecía que estaba como pasmado, como si sus ojos no enfocasen y estuviese un poco chiflado, lo que probablemente no se alejaba mucho de la realidad. Con todo lo que le había sucedido tenía licencia para estar como una cabra.

Yo tenía motivos de sobra para estar amargado, pero no lo estaba. Y tampoco es que estuviese tan mal como sonaba. En realidad, en muchos sentidos, estaba rematada y jodidamente mal, pero no tan mal como sonaba; ni, para el caso, tan mal como pudiera parecer por mi aspecto. Una de las cosas que hago es leer. Leo mucho. No soy un retrasado. Hay quien se piensa que sí, pero no. Es fácil pensar que un tipo que no puede hablar ni oír es un retrasado, pero quien pensara eso de mí estaba muy equivocado. La pared que se alzaba por encima de mi cama estaba cubierta de estantes repletos de libros. Y me los había leído; no eran simple decoración. Yo no era como Pete, nada que ver con Al o el chico de Georgia llamado Leroy que sí era un poco retrasadillo después de todos los golpes que había recibido en la cabeza. No soy tan listo como me gustaría (¿quién lo es?), pero soy todo lo listo que puede llegar a ser alguien que tiene todo el derecho del mundo para estar amargado.

El día que ella llamó era domingo y los domingos eran para mí un poco diferentes al resto de los días de la semana, aunque no mucho. Los domingos no tenía que ponerme a entrenar hasta las nueve, en lugar de a las ocho. Por eso seguía en la cama. Al abrir los ojos aquella mañana vi lo mismo que veía todas las mañanas. La nota que me dejaron mis padres.

Estaba en uno de esos marcos dorados que la gente compra por cuatro perras en el Woolworth para enmarcar los diplomas del instituto de sus hijos. De ahí mismo procedía, del Woolworth. El marco, no la nota. Al lo compró. Y yo leí la nota aquella mañana como cada mañana. Bien sabe Dios que no tenía por qué leerla. La llevaba viendo en la pared desde que me instalé allí, ya hacía dieciséis años. Para que conste, esa es mi edad, dieciséis. El 21 de enero cumpliré diecisiete. Hemos decidido que el 21 de enero es mi cumpleaños. Aunque no lo sea. No es más que el día en que mis padres me abandonaron en las escaleras del Fireman’s Gym. La nota estaba prendida a la manta que me envolvía.

Al dijo que era una manta muy buena, para nada de las baratas. Una manta de primera. Y la nota estaba mecanografiada, lo creáis o no. A mí me supera, lo de que estuviese mecanografiada. Se había puesto amarilla tras el cristal del marco, pero se podía seguir leyendo desde la otra punta de la habitación. Esto es lo que ponía:

SOMOS DE TU GENTE NORMAL Y NO PODEMOS SUPORTARLO. NO PODEMOS SUPORTARLO Y PUNTO. SEAS QUIEN SEAS, TE ESTAREMOS MUY AGARDECIDOS SI CUIDAS DE ESTO EN BEZ DE NOSOTROS PORQUE NOSOTROS YA NO PODEMOS SUPORTARLO MáS.

GRACIAS,

LOS SUYOS

PD. NO POEDE HABLAR

Y allí estaba yo bajo aquella manta, un niño bastante grande, ya probablemente con tres o casi cuatro años. Eso se lo saqué a Al. Aunque no sea de mucho hablar, en estos dieciséis años me las he ingeniado para sacarle de vez en cuando algunas cosas. Y una es que ya tenía tres o casi cuatro cuando me encontró en las escaleras. Así que, que quede entre nosotros, no tengo dieciséis. Probablemente sean diecinueve o veinte, pero como ya dije, Al contabilizó a partir del día que me encontró. Y si él decía que ese iba a ser mi cumpleaños, ¿qué podía hacer yo al respecto? Habría sido fácil amargarse, pero yo no. Tenía cosas mucho mejores que hacer que amargarme. Aunque miré mucho esa nota. Me rompía el corazón que hubiese palabras mal escritas. Mecanografiar una nota para abandonar un bebé y escribirla mal. Hay en eso algo que te revuelve de mala manera. No podía tratarse de gente muy leída. Incluso puede que fuesen un poco retrasados, como Leroy o el negro. Me dolía en lo más hondo, pero cabía esa posibilidad.

Recuerdo cuando sonó el teléfono. Pude sentirlo por toda la habitación. Se transmitió por el suelo desde la mesita que había junto a la puerta hasta mi cama. Al estaba frente a los fogones dándome la espalda preparando unos huevos con beicon para él, Leroy y Pete. A mí no se me permitía comer hasta después del entrenamiento matutino. Ni siquiera en domingo. Su espalda se puso rígida como un muro. Sabía que yo podía sentir la vibración del teléfono. Apartó la sartén del fuego y se dirigió a la mesita junto a la puerta. Después de tocarse la oreja deforme con el auricular, se volvió y se quedó mirando un punto situado encima de mi cabeza, por la primera balda de libros. Le miré los labios. Pero no se pronunció. Se quedó como pasmado y distante. Saqué la mano de entre las sábanas y pregunté quién era. Yo ya lo sabía y él ya sabía que yo lo sabía, pero aun así se lo pregunté, solo para fastidiarle un poco. Miré su boca hasta que, al final, dijo: «Es ella».

–Pregúntale qué quiere –dije.

Se llevó el auricular a la boca y giró la cabeza para que yo apenas distinguiese la comisura de sus labios.

–Marvin me acaba de decir que te diga que en este momento no puede hablar.

Bajé un libro del estante inferior y se lo lancé con todas mis fuerzas. Chocó contra una fotografía de Al posando en traje de baño en la cubierta de un acorazado de la marina. Al alzó la vista lentamente y clavó sus ojos de anciano en la fotografía que había caído al suelo. Acto seguido, me miró la oreja izquierda. Lo hizo con mucha lentitud, como todo lo que hacía.

–Si vas a mentir –dije–, gira la cabeza del todo.

–¿Has dicho que Al miente? –me preguntó.

Siempre se refería a sí mismo en tercera persona. Creo que se pensaba que eso le hacía parecer más aterrador, y así era.

Yo repetí:

–Si vas a mentir, gira la cabeza del todo. Puedo leerte la comisura de los labios. Hasta puedo leer cómo mueves la barbilla.

–Al no miente –dijo.

–Puedo hablar, preciosa –le dije a Al–. Sabes que me encanta hablar contigo.

Al repitió lo que le dije al teléfono, ahora con sus ojos muertos y serenos perdidos entre la mata rizada de vello negro que cubría mi fantástico pecho.

Miré la boca de Al. Dijo:

–Anoche no viniste.

–Sabes que si hubiera podido, lo habría hecho –dije.

–¿Y hoy vas a venir?

–Claro –dije–. En cuanto acabe de entrenar. Me llevará Pete.

Leroy había llegado y se había detenido en la puerta, mirándonos a Al y a mí, trasladando una y otra vez sus ojos parpadeantes de mis manos al rostro de Al. No podía leer los labios ni el lenguaje de signos, probablemente no sabía ni escribir, aunque esto no lo sé seguro, pero lo que sí sé es que creía que había una especie de magia en lo que hacíamos. Nunca se lo oí decir, pero sé que pensaba eso. Leroy me tenía un poco de miedo y si nos veía hablar mucho rato con las manos empezaba a ponerse gris, como si fuese a vomitar. Pero yo le ignoré. Me centré en la boca de Al hasta ver los labios de Hester. Su maravillosa lengüecita puntiaguda, toda húmeda de saliva mentolada, en la boca de Al.

–Te gusta, ¿verdad? –dijo ella.

–¿Acaso no estuve a punto de desmayarme? –respondí.

–¿Quieres repetir esta tarde?

–Joder –dije.

–Te lo haré de maravilla –dijo ella.

–Como siempre.

Al y yo nos miramos, cada uno en un extremo de la habitación. Sus ojos siempre se volvían planos e inexpresivos cuando le utilizaba para hablar por teléfono. Era casi como si no prestase atención, aunque tenía que pasar por él. Pero yo sabía que estaba atento. A Al no se le escapaba casi nada.

Al final ella dijo:

–¿Se lo preguntaste ya?

–¿El qué?

–¿Se lo preguntaste?

–Hablaremos de eso más tarde –dije–. Cuando llegue a la playa.

–No se lo has preguntado.

–Ahora tengo que dejarte –dije.

–Pregúntaselo antes de venir, ¿me oyes?

–Tengo que dejarte, cariño. Adiós.

Al colgó el teléfono. Regresó a los fogones, su espalda rígida de nuevo como un muro aunque estuviese moviendo los brazos entre las cacerolas. Le lancé otro libro, pero esta vez con cuidado de no derribar nada. Tampoco era cuestión de tocarle las pelotas más de la cuenta.

Cuando el libro impactó contra la pared, Al esperó cerca de un minuto antes de volverse muy lentamente y fijar la mirada en mi oreja. No se pronunció. Leroy ya se había sentado en la mesa y me miraba las manos. Llevaba viviendo allí solo un mes y me miraba las manos cuando me expresaba como si en cualquier momento fuesen a transformarse en conejos.

–¿Ha dicho adiós? –pregunté.

Se limitó a mirarme. Podía ver la grasa chisporroteando en la sartén a sus espaldas, produciendo estrellitas azules en el fuego. Por fin, dijo:

–Sí.

–Pues dilo –dije.

Se volvió hacia el fogón, meneó la sartén y luego me miró por encima del hombro.

–Adiós –dijo.

–Muy bien –dije–, pues adiós.

Pero él ya había girado la cabeza y no me vio.

Me incorporé en la cama, cogí la cinta de nailon que colgaba de un gancho de la pared y me dispuse a amarrarme las piernas. Veréis, es por esto que la gente (mi familia, supongo, claro que nunca he estado muy seguro ni he sido capaz de creérmelo) que me abandonó en las escaleras del Fireman’s Gym no le preocupó que pudiera levantarme y largarme, a pesar de todo lo grandote que era. Estas piernas con las que nací no se las desearía ni a un perro.

Se me daba muy bien nadar aunque dejé de hacerlo el día en que aquel niño de cinco años que estaba junto a la piscina me dijo que parecía un renacuajo. La parte superior de mi cuerpo no tiene nada que envidiarle a nadie, pero en el agua mis piernecitas van dejando un rastro como, bueno, como de renacuajo, supongo. Para que conste, miden solo siete centímetros y medio y aunque parezca que carecen de huesos, los tienen. Son insensibles, pero huesos hay. En un par de ocasiones he pensado en hacer que me las corten, pero nunca me he decidido. Es que son mis piernas, aunque no me sirvan para nada. Las mantengo dobladas hacia atrás, adheridas a las nalgas con una cinta de nailon, y ando con las manos. Mi número va precisamente de eso, equilibrio sobre manos, todos los trucos que me enseñó Al. Puedo hacer casi todo lo que hacéis vosotros sobre vuestras piernas. Y he de decir que mis brazos, en caliente, pueden llegar a alcanzar los cincuenta centímetros de circunferencia, y no sé lo que sabréis vosotros de brazos, pero un par de brazos de esas dimensiones hacen que la gente se detenga a mirar por la calle.

Me deslizo de la cama y me dirijo hacia la fotografía de Al que tiré de la mesa con el libro. Me equilibré sobre una sola mano, recogí la fotografía y la volví a colocar en su sitio. Daba igual dónde mirases, tanto en el Fireman’s Gym como en las habitaciones donde residíamos, por casi todas partes veías fotografías de Al en bañador o en mallas de lucha, por lo general con cuatro hombres colgándole de cada brazo, con un coche pasándole por encima del pecho o de pie sobre una plataforma con una vaca no muy grande colgando de un arnés enganchado a sus dientes o algo así. De joven fue durante seis años campeón de lucha de la Marina de Estados Unidos y nunca lo superó. Se pasó el resto de su vida haciendo pedazos pelotas de tenis, doblando monedas de diez centavos con sus temibles dedos, retorciendo clavos rieleros y, sobre todo, haciendo que la gente se cagase de miedo. Además de sus fotografías, había clavos rieleros doblados como rosquillas, mazos de cartas con pedazos del tamaño de un pulgar arrancados de una esquina y monedas de veinticinco centavos dobladas en forma de U por todas partes. Las manos y las muñecas de Al eran una pesadilla.

Después de poner los libros en su sitio, fui y me encaramé a una silla. Al ya había puesto la comida sobre la mesa y Pete avanzó arrastrando los pies y hablando con dos asistentes invisibles, asegurándoles que si le podían frenar la hemorragia de la boca él acabaría con aquel payaso en el siguiente asalto. Se atragantó con la sangre, tosió y se sentó junto a Leroy, que tenía un trozo de pan en cada mano y se dedicaba a batear los huevos por todo el plato. Al guarda en su corazón un sitio especial para los boxeadores, por lo fácil que es joderles la cabeza.

Sabe Dios de dónde se sacó a Pete; ya estaba aquí cuando llegué, en el mismo estado en que se encuentra ahora. Pero el chaval de Georgia, Leroy, llegó de la calle hará cosa de un mes. Llevaba una bolsa de lona y lo que parecía una gorra de ferroviario. Al estaba sentado en el taburete dentro de la jaula donde guardaba las toallas, el aceite para masajes y los suplementos nutricionales Hoffman. Allí era donde casi siempre te lo podías encontrar cuando el gimnasio estaba abierto. A veces no se movía del taburete en cinco o seis horas. Yo estaba practicando en las anillas cuando el chaval entró. Se detuvo al final de las escaleras y permaneció inmóvil. Se quedó un buen rato mirando a los fanáticos de las mancuernas que hacían pesas en la parte frontal del gimnasio, donde la luz era mejor. Luego se fijó en Al sentado tras la reja de acero. Se acercó y se plantó ante la puerta abierta de la jaula.

Colgado de las anillas, les observé.

–Soy boxeador. Me llamo Leroy.

Al no le miró. Tampoco le dijo nada.

–Pensaba entrenar aquí –dijo el chaval.

Al casi le dio la espalda y miró hacia el otro extremo del gimnasio como si la idea de un boxeador entrenando allí no se le hubiese pasado jamás por la cabeza. Pero había un ring justo donde estaba mirando, sacos, una pera, combas y demás material colgado de la pared.

–Tengo algo de pasta –dijo el chaval.

Se llevó la mano al bolsillo trasero y sacó un monedero negro.

Lo abrió y hasta desde mi posición en las anillas pude ver el fajo de billetes enrollados. Al no dirigió la mirada ni al dinero, ni al monedero, ni al chaval.

–Acabo de llegar en autobús del condado de Bacon, Georgia –dijo el chaval. Miró la bolsa de lona que llevaba en la mano–. Peleo con quien sea. No me importa.

Se quedó ahí, desplazando el peso de un pie a otro, y me fijé en que tenía cicatrices en las cejas. Dejé de mirar, adopté la postura de la cruz de hierro y aguanté hasta que empezaron a bailarme unos puntos negros frente a los ojos y me llegó el agudo silbido que suelo oír cuando estoy a punto de perder el conocimiento. Creo que procede del torrente sanguíneo de mi corazón.

Al final volví a mirar y el chaval estaba diciendo:

–[…] y los domingos enganchaba la carreta y marchaba de granja en granja para enfrentarme a cualquiera que quisiera ponerse los guantes. A veces, en un solo domingo, podía llegar a los treinta o a los treinta y cinco combates. –Hizo una pausa, volvió a bajar la mirada hacia la bolsa y el monedero que seguía intentando mostrarle a Al–. Peleo con quien sea.

En ese momento, Al se levantó y le puso la mano en el hombro. Recuerdo cómo se estremeció bajo aquella mano. Los dedos de Al medirían unos veinte centímetros (te pensarás que estoy exagerando, pero no), cerca de veinte centímetros. Podía agarrar un balón medicinal como si fuese una naranja, y recuerdo el modo en que el chaval desvió la mirada para fijarla en la mano plantada sobre su hombro como si se tratase de una serpiente de cascabel. Pero también percibí lo mucho que el chaval quiso aquella mano, lo mucho que deseó que fuese su mano. Y, joder, eso puedo entenderlo.

Al aún no le había mirado ni le había dirigido la palabra, al menos yo no le había visto hacerlo, y señaló al fondo del gimnasio, donde estaba el cuarto de las taquillas y las duchas, la puerta por la que siempre se escurrían pequeñas nubes de vapor, y medio empujó al chaval en esa dirección. El chaval miró y murmuró algo así como (no pude entenderlo exactamente): «Se lo agradezco», y se encaminó hacia allí, pero Al le retuvo con fuerza del hombro y le arrebató el monedero de entre sus dedos. Se tomó su tiempo para inspeccionarlo y luego lo vació, sacó todo el dinero y volvió a sentarse en el taburete para contarlo con mucha lentitud. El chaval se quedó mirándole y fue entonces cuando Al se dignó a mirarle por primera vez. Fue para devolverle el monedero vacío. El chaval lo sostuvo un momento y después se dirigió a las taquillas. Al cabo de un rato salió con su gorra de ferroviario y con un traje de baño amarillo, deportivas negras y calcetines también negros de nailon. Dedicó el resto de la tarde a darle caña al saco de arena. Yo tenía actuación en el Centro Comercial de Springfield y cuando el negro me trajo de vuelta al caer la noche había otro catre instalado en nuestra vivienda y el chaval estaba profundamente dormido de cara a la pared.

Muy propio de Al Molarski. Arrebatarte lo único que te queda en el mundo y ofrecerte un lugar para dormir.

Ya casi habían acabado de comer. Pete se había limpiado meticulosamente la boca y las manos con la manga de la camisa y Leroy estaba encajándole sus buenos ganchos y directos al último trozo de yema de huevo que le quedaba en el plato. Leroy se pasaba la vida lanzando ganchos y directos por ahí. También lo hacía al dormir.

€10,99
Altersbeschränkung:
0+
Veröffentlichungsdatum auf Litres:
10 Juli 2025
Umfang:
213 S. 6 Illustrationen
ISBN:
9788419288066
Verleger:
Übersetzer:
Rechteinhaber:
Bookwire
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