Buch lesen: "El inocente"
Título original: The Innocent
© Harlan Coben, 2005
© Traducción de Esther Roig, 2006
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: OEBO303
ISBN: 978-84-9006-776-5
Conversión a libro electrónico: Víctor Igual, S. L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
Portada
Créditos
Dedicatoria
PRÓLOGO
NUEVE AÑOS DESPUÉS
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EPÍLOGO
AGRADECIMIENTOS
NOTAS
En recuerdo de Steven Z. Miller
A los que tuvimos la suerte de tenerlo como amigo. Intentamos estar agradecidos por el tiempo que tuvimos, pero es muy difícil.
Y a la familia de Steve, sobre todo Jesse, Maya T. y Nico. Cuando seamos lo bastante fuertes, hablaremos de vuestro padre, porque era el mejor hombre que hemos conocido.
PRÓLOGO
Nunca quisiste matarlo.
Te llamas Matt Hunter. Tienes veinte años. Creciste en un barrio de clase media alta de las afueras, en el norte de Nueva Jersey, no lejos de Manhattan. Vives en la parte más pobre de la ciudad, pero es una ciudad muy rica. Tus padres trabajan mucho y te aman de forma incondicional. Eres el hijo de en medio. Tienes un hermano mayor al que adoras y una hermana menor que toleras.
Como todos los chicos de tu ciudad, creces preocupado por tu futuro y por la universidad que te admitirá. Estudias mucho y sacas unas notas buenas, aunque no espectaculares. Tu nota media es un «excelente bajo». No llegas al diez pero casi. Realizas actividades extraescolares bastante provechosas, incluido un trabajo de tesorero en la escuela. Eres atleta de élite en los equipos de fútbol y baloncesto, y lo bastante bueno para jugar en la División III, pero no para obtener una beca económica. Eres un listillo y tienes mucho encanto. En cuestión de popularidad, estás apenas por debajo del escalón superior. Cuando haces el examen de aptitud escolar, tu puntuación sorprende a tu tutor.
Apuntas a las universidades más prestigiosas, pero están fuera de tu alcance. Harvard y Yale te rechazan de entrada. Penn y Columbia te ponen en la lista de espera. Acabas yendo a Bowdoin, una pequeña universidad de élite de Brunswick, Maine. Te encanta. Las aulas son pequeñas. Haces amigos. No tienes novia formal, pero tampoco te apetece tenerla. En tu segundo año, entras en el equipo de fútbol de la universidad como defensa. Juegas en el equipo de baloncesto junior por tu cuenta, y ahora que el escolta senior se ha graduado, tienes muchas posibilidades de jugar valiosos minutos.
Es entonces, al volver al campus entre el primer y el segundo trimestres de tu penúltimo año, cuando matas a alguien.
Pasas unas maravillosas y frenéticas vacaciones con la familia, pero la práctica del baloncesto te atrae demasiado. Das un beso de despedida a tus padres y vuelves al campus en coche con tu mejor amigo y compañero de cuarto, Duff. Duff es de Westchester, Nueva York. Es bajo y de piernas gruesas. Juega de right tackle en el equipo de fútbol y está en el banquillo del de baloncesto. Es el mayor bebedor del campus: Duff nunca pierde un concurso de tragar cervezas.
Conduces.
Duff quiere parar de camino, en la Universidad de Massachusetts en Amherst, Massachusetts. Un compañero del instituto es miembro de una fraternidad muy salvaje que celebra una fiesta a lo grande.
No te entusiasma la idea, pero no eres un aguafiestas. Te sientes más cómodo en reuniones íntimas donde conoces a casi todos. Bowdoin tiene unos 1.600 estudiantes. La Universidad de Massachusetts tiene casi 40.000. Estamos a principios de enero y hace un frío glacial. Hay nieve en las calles. Te ves el aliento mientras entras en la fraternidad.
Duff y tú tiráis los abrigos al montón. Pensarás a menudo en eso a lo largo de los años, en esa forma despreocupada de lanzar los abrigos. De habértelo dejado puesto, de haberlo dejado en el coche, de haberlo dejado en otro sitio...
Pero nada de eso pasó.
La fiesta no está mal. Es una salvajada, sí, pero para ti es una salvajada más bien forzada. El amigo de Duff quiere que os quedéis a pasar la noche en su habitación. Aceptáis. Bebes mucho —se trata de una fiesta universitaria, al fin y al cabo— aunque ni de lejos tanto como Duff. La fiesta decae. En cierto momento los dos vais a recoger los abrigos. Duff tiene una cerveza en la mano. Recoge su abrigo y se lo echa al hombro.
Entonces vierte algo de cerveza.
No mucha. Sólo una salpicadura. Pero es suficiente.
La cerveza cae sobre una cazadora roja. Ésa es una de las cosas que recuerdas. Fuera hacía un frío glacial, veinte bajo cero, pero alguien sólo llevaba encima una mísera cazadora. Lo otro que nunca te quitarás de la cabeza es que la cazadora era impermeable. La cerveza salpicada, que era poquísima, no habría estropeado la cazadora. No la habría manchado. Se podía enjuagar con facilidad.
Pero alguien grita:
—¡Eh!
Él, el dueño de la cazadora roja, es un chico grande, pero no enorme. Duff se encoge de hombros. No se disculpa. El chico, el señor Cazadora Roja, se enfrenta a Duff cara a cara. Es un error. Sabes que Duff es un gran luchador con una mecha muy corta. Todas las facultades tienen un Duff, el tipo que nunca te imaginas que pueda perder una pelea.
Ése es el problema, por supuesto. Todas las facultades tienen un Duff. Y de vez en cuando tu Duff tropieza con su Duff.
Intentas ponerle fin, reírte de ello, pero tienes a dos chiflados atiborrados de cerveza con las caras rojas y los puños cerrados. Se ha lanzado un desafío. No recuerdas quién lo ha lanzado. Salís todos fuera, a la gélida noche, y te das cuenta de que os habéis metido en un lío.
El chicarrón de la cazadora roja va acompañado de amigos.
Ocho o nueve amigos. Duff y tú estáis solos. Buscas al amigo del instituto de Duff —Mark o Mike no sé qué— pero no se le ve por ninguna parte.
La pelea empieza enseguida.
Duff baja la cabeza como un toro y carga contra Cazadora Roja. Cazadora Roja se aparta y atrapa a Duff en una llave de judo. Le pega un puñetazo en la nariz. Con una llave sigue agarrando a Duff por la cabeza y vuelve a pegarle un puñetazo. Y otro. Y otro.
Duff tiene la cabeza baja y se retuerce como un loco, pero sin ningún efecto. Hacia el séptimo u octavo puñetazo Duff deja de retorcerse. Los amigos de Cazadora Roja lo vitorean. Los brazos de Duff caen a los lados.
Quieres detenerlos, pero no sabes cómo. Cazadora Roja hace su trabajo metódicamente, sin apresurarse en los puñetazos, tomando impulso. Sus colegas le aclaman. Exclaman «oh» y «ah» con cada plaf.
Estás aterrado.
Tu amigo está recibiendo una paliza, pero tú estás básicamente preocupado por ti mismo. Eso te avergüenza. Quieres hacer algo, pero estás asustado, espantosamente asustado. No puedes moverte. Sientes las piernas como si fueran de goma. Sientes un hormigueo en los brazos. Y te odias por eso.
Cazadora Roja suelta otro puñetazo a Duff en la cara. Afloja la llave. Duff cae al suelo como una bolsa de ropa sucia. Cazadora Roja le da una patada en las costillas.
Eres el peor de los amigos. Tienes demasiado miedo para ayudar.
Nunca olvidarás esa sensación. Cobardía. Es peor que una paliza, piensas. Tu silencio. Esa horrible sensación de deshonra.
Otra patada. Duff gime y rueda sobre su espalda. Tiene la cara manchada de rojo carmesí. Después sabrás que sus heridas eran menores. Ojos morados y numerosas laceraciones. Eso será todo. Pero entonces parece estar malherido. Sabes que él nunca se habría quedado quieto permitiendo que te dieran una paliza como ésa.
No puedes aguantar más.
Te apartas del público.
Todas las cabezas se vuelven hacia ti. Por un momento nadie se mueve. Nadie habla. Cazadora Roja respira con dificultad. Con el frío le ves el aliento. Estás temblando. Quieres parecer racional. «Eh —dices—, ya ha recibido bastante.» Gesticulas apaciguadoramente. Pruebas tu sonrisa encantadora. «Ha perdido la pelea. Ya está. Has ganado», le dices a Cazadora Roja.
Alguien salta detrás de ti. Unos brazos te rodean como una serpiente, ciñéndote en un abrazo de oso.
Estás atrapado.
Ahora Cazadora Roja viene a por ti. El corazón te late contra el pecho como un pajarito en una jaula demasiado pequeña. Echas la cabeza hacia atrás. Chocas con la cabeza contra la nariz de alguien. Cazadora Roja está más cerca. Le esquivas. Alguien más sale del corro. Tiene el pelo rubio y una tez rubicunda. Te imaginas que es otro colega de Cazadora Roja.
Se llama Stephen McGrath.
Va a pegarte. Le esquivas como un pez en el anzuelo. Vienen más a por ti. Te entra el pánico. Stephen McGrath te pone las manos en los hombros. Intentas soltarte. Te retuerces frenéticamente.
Entonces te sueltas y le agarras el cuello.
¿Te lanzaste sobre él? ¿Tiró él de ti o tú le empujaste? No lo sabes. ¿Uno de los dos perdió pie en la acera? ¿Fue culpa del hielo? Rememorarás ese momento infinidad de veces, pero la respuesta nunca será clara.
De un modo u otro, os caéis.
Tus dos manos siguen en su cuello. En su garganta. No lo sueltas.
Al caer se oye un ruido sordo. Stephen McGrath golpea con la parte trasera de la cabeza contra el borde de la acera. Se oye un sonido horripilante, infernal, un crac, algo húmedo y superficial y que no se parece a nada que hayas oído antes.
El sonido señala el final de la vida que conocías.
Siempre lo recordarás. Ese horrible sonido. Nunca te abandonará.
Todo se detiene. Miras abajo. Los ojos de Stephen McGrath están abiertos e inmóviles. Pero tú ya lo sabes. Lo sabes por la forma inerte que de repente ha adoptado el cuerpo. Lo sabes por ese crac horripilante e infernal.
La gente se dispersa. Tú no te mueves. No te mueves durante un largo rato.
Todo sucede muy rápido entonces. Llegan guardias de seguridad del campus. Después la policía. Les cuentas lo que ha pasado. Tus padres contratan a una magnífica abogada de Nueva York. Te dice que alegues defensa propia. Lo haces.
Y sigues oyendo ese horrible sonido.
El fiscal se burla. «Señoras y señores del jurado —dice—, ¿el acusado resbaló con las manos agarradas al cuello de Stephen McGrath? ¿Espera que nos lo creamos?»
El juicio no va bien.
A ti te da todo igual. Antes te importaban las notas y los minutos que jugabas. Qué lastimoso. Amigos, chicas, jerarquía social, salir adelante, todas esas cosas. Se han evaporado. Los ha sustituido el horrible sonido de ese cráneo golpeando contra el asfalto.
En el juicio, oyes llorar a tus padres, sí, pero son las caras de Sonya y Clark McGrath, los padres de la víctima, las que te obsesionan. Sonya McGrath te mira fijamente durante todo el juicio.
Te desafía a mirarla.
No puedes.
Intentas escuchar al jurado cuando anuncia el veredicto, pero esos otros sonidos interfieren. Los sonidos no cesan nunca, nunca te dejan, ni siquiera cuando el juez te mira severamente y te condena. La prensa está observando. No te mandarán a una prisión blanda para chicos blancos, tipo club de campo. Ahora no. En año de elecciones, no.
Tu madre se desmaya. Tu padre intenta aguantar el tipo. Tu hermana sale corriendo de la sala. Tu hermano, Bernie, se queda paralizado.
Te ponen las esposas y te llevan fuera de la sala. Tu educación no te ha preparado mucho para lo que te espera. Has visto la tele y has oído muchas historias sobre violaciones en prisión. Eso no te sucede —no hay agresiones sexuales—, pero te dan una paliza con los puños en tu primera semana. Cometes el error de identificar al que te lo ha hecho. Te dan dos palizas más y pasas tres semanas en la enfermería. Años más tarde, seguirás encontrando sangre en la orina de vez en cuando, un recuerdo de un puñetazo en el riñón.
Vives con un miedo constante. Cuando vuelven a dejarte con los demás internos, aprendes que la única forma de sobrevivir es unirte a una absurda pandilla de vástagos de la Nación Aria. No tienen elaboradas ideas ni una visión grandiosa de lo que debería ser Estados Unidos. Básicamente les gusta odiar.
Seis meses después de tu condena, tu padre muere de un infarto. Sabes que es culpa tuya. Quieres llorar, pero no puedes.
Pasas cuatro años en la cárcel. Cuatro años, el mismo período que la mayoría de estudiantes pasan en la universidad. Estás a punto de cumplir veinticinco años. Te dicen que has cambiado, pero no estás muy seguro de que sea verdad.
Cuando sales, tu paso es incierto. Como si el suelo debiera ceder bajo tus pies. Como si la tierra pudiera tragarte en cualquier momento.
En cierto modo siempre caminarás así.
Bernie, tu hermano, está en la puerta esperándote. Bernie acaba de casarse. Su esposa, Marsha, está embarazada de su primer hijo. Te abraza. Casi sientes como si los últimos cuatro años se esfumaran. Tu hermano hace una broma. Te ríes, ríes de verdad, por primera vez en mucho tiempo.
Te equivocabas, tu vida no acabó aquella noche fría en Amherst. Tu hermano te ayudará a encontrar la normalidad. Incluso llegarás a conocer a una hermosa mujer. Se llama Olivia. Te hará inmensamente feliz.
Te casarás con ella.
Un día —nueve años después de cruzar aquella puerta— te enterarás de que tu hermosa mujer está embarazada. Decidís comprar móviles con cámara para estar en contacto constante. Mientras estás trabajando, suena ese móvil.
Tu nombre es Matt Hunter. El teléfono suena por segunda vez. Y tú lo contestas...
NUEVE AÑOS DESPUÉS
1
RENO, NEVADA
18 de abril
El timbre de la puerta sacó a Kimmy Dale de su pacífico sueño.
Se agitó en la cama, gimió y miró el reloj digital de la mesita.
Las 11:47 de la mañana.
A pesar de que fuera de día, la caravana seguía a oscuras. Así era como le gustaba a Kimmy. Trabajaba de noche y tenía el sueño ligero. En su época de cabeza de cartel en Las Vegas se había pasado años probando persianas, cortinas, estores, antifaces, hasta que encontró una combinación que impedía que el implacable sol de Nevada se inmiscuyera en su sueño. Los rayos de Reno eran un poco más clementes, pero seguían buscando y explotando la más mínima rendija.
Kimmy se sentó en su inmensa cama. El televisor, un modelo sin marca que había comprado de segunda mano a un motel local que se había decidido por fin a hacer reformas, seguía encendido con el volumen apagado. Las imágenes flotaban fantasmagóricamente en un mundo distante. Ahora mismo dormía sola, pero ésa era una condición en flujo constante. Había una época en la que cualquier visita, cualquier pareja en potencia, traía consigo esperanza a su cama, aportaba un optimismo —éste podría ser él—, que, en el fondo, Kimmy reconocía como ilusorio.
Ya no había esperanza.
Se levantó despacio. El pecho hinchado por la última cirugía estética le dolió con el movimiento. Era su tercera operación en aquella zona, y ya no era una niña. Ella no quería hacerlo, pero Chally, que creía tener ojo para esas cosas, había insistido. Sus propinas estaban bajando. Su popularidad se desvanecía. Así que aceptó. Pero la piel de la zona estaba demasiado tensa por los últimos abusos quirúrgicos. Cuando Kimmy se echaba boca arriba, esas malditas cosas caían hacia los lados y parecían ojos de pez.
El timbre de la puerta volvió a sonar.
Kimmy se miró las piernas de ébano. Treinta y cinco años, no había tenido hijos, pero las venas varicosas crecían como gusanos. Demasiados años de pie. Chally querría que se las operara también. Seguía estando en forma, todavía tenía un tipazo y un trasero espectacular, pero vaya, treinta y cinco años no son dieciocho. Tenía algo de celulitis. Y esas venas. Como un maldito mapa en relieve.
Se metió un cigarrillo en la boca. La caja de cerillas era de su actual lugar de empleo, un local de estriptís llamado Eager Beaver. En una época había sido cabeza de cartel en Las Vegas, con el nombre artístico de Black Magic. No echaba de menos esos días. En realidad, no echaba de menos ningún día.
Kimmy Dale se echó encima una bata y abrió la puerta del dormitorio. La sala no tenía protección contra el sol. El resplandor la agredió. Se tapó los ojos y parpadeó. Kimmy no tenía muchas visitas —nunca llevaba clientes a casa— y se imaginó que sería un testigo de Jehová. A diferencia de casi todo el resto del mundo libre, a Kimmy no le importaban sus intrusiones periódicas. Ella siempre invitaba a pasar a los enardecidos religiosos y les escuchaba con atención, envidiosa de que hubieran encontrado algo, deseando poder creer en sus tonterías. Como con los hombres de su vida, esperaba que éste fuera diferente, que éste la convenciera y ella fuera capaz de creer.
Abrió la puerta sin preguntar quién llamaba.
—¿Es usted Kimmy Dale?
La chica que esperaba en la puerta era joven. Dieciocho, veinte años, algo así. Y no, no era testigo de Jehová. No tenía su sonrisa de cabeza hueca. Por un momento, Kimmy se preguntó si sería uno de los fichajes de Chally, pero no podía ser. La chica no era fea ni mucho menos, pero no era para Chally. A Chally le gustaban llamativas y rutilantes.
—¿Quién eres tú? —preguntó Kimmy.
—Eso no importa.
—¿Cómo dices?
La chica bajó los ojos y se mordió el labio inferior. Kimmy vio algo vagamente familiar en ese gesto y sintió una punzada en el pecho.
—Conocía a mi madre —dijo la chica.
Kimmy jugó con el cigarrillo.
—Conozco a muchas madres.
—Mi madre —dijo la chica— era Candace Potter.
Kimmy pestañeó al oírlo. Hacía más de treinta grados fuera, pero de repente se apretó la bata.
—¿Puedo pasar?
¿Dijo Kimmy que sí? No sabría decirlo. Se apartó y la chica se metió en la caravana.
—No comprendo —dijo Kimmy.
—Candace Potter era mi madre. Me dio en adopción el día en que nací.
Kimmy intentó mantener el tipo. Cerró la puerta de la caravana.
—¿Quieres beber algo?
—No, gracias.
Las dos mujeres se miraron. Kimmy cruzó los brazos.
—No estoy segura de lo que quieres —dijo.
La chica habló como si lo llevara ensayado.
—Hace dos años me enteré de que era adoptada. Quiero mucho a mi familia adoptiva, o sea que no quiero que se imagine algo equivocado. Tengo dos hermanas y unos padres maravillosos. Han sido muy buenos conmigo. No se trata de ellos. Es sólo que... cuando te enteras de algo así, necesitas saber.
Kimmy asintió, sin saber muy bien por qué.
—Así que empecé a buscar información. No fue fácil. Pero hay grupos que ayudan a los hijos adoptados a encontrar a sus padres biológicos.
Kimmy se sacó el cigarrillo de la boca. Le temblaba la mano.
—Pero sabrás que Candi... Me refiero a tu madre... Candace.
—... está muerta. Sí, lo sé. La asesinaron. Me enteré la semana pasada.
Kimmy empezaba a sentir las piernas como si fueran de goma. Se sentó. Los recuerdos se agolpaban y dolía. Candace Potter. Conocida como «Candi Cane» en los clubes.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó Kimmy.
—He hablado con el detective que investigó su asesinato. Se llama Max Darrow. ¿Se acuerda de él?
Oh, sí, se acordaba del viejo Max. Ya lo conocía antes del asesinato. Al principio, el detective Max Darrow apenas se había molestado en investigar. Lo consideraba un caso de baja prioridad. Una stripper muerta, sin familia. Otro cactus moribundo en el paisaje, eso era lo que Candi era para Darrow. Kimmy se había involucrado, intercambiando favores por favores. Así funciona el mundo.
—Sí —dijo Kimmy—, le recuerdo.
—Ahora está retirado. Me refiero a Max Darrow. Dice que saben quién la mató, pero que no saben dónde está. Kimmy sintió que se le saltaban las lágrimas.
—Fue hace mucho tiempo.
—¿Mi madre y usted eran amigas?
Kimmy logró asentir con la cabeza. Todavía lo recordaba todo, por supuesto. Candi había sido más que una amiga para ella. En esta vida no se encuentran tantas personas con las que puedas contar de verdad. Candi había sido una, tal vez la única desde que había muerto su madre cuando Kimmy tenía doce años. Habían sido inseparables, Kimmy y esa chica blanca, y a veces se habían hecho llamar, profesionalmente al menos, Pic y Sayers, por la vieja película La canción de Brian, y entonces, como en la película, la amiga blanca murió.[1]
—¿Era prostituta? —preguntó la chica.
Kimmy meneó la cabeza y dijo una mentira que sonaba a verdad.
—Nunca.
—Pero hacía estriptís.
Kimmy no dijo nada.
—No la estoy juzgando.
—¿Qué quieres, pues?
—Quiero saber cosas de mi madre.
—Ahora ya no importa.
—A mí me importa.
Kimmy recordó cuando se enteró de lo que había pasado. Estaba actuando, cerca de Tahoe, haciendo un número para el público de mediodía, el mayor grupo de fracasados de la historia de la humanidad, hombres con polvo en las botas y agujeros en los corazones que la visión de mujeres desnudas no hacía más que ensanchar. Hacía tres días que no veía a Candi, pero era normal porque Kimmy estaba de viaje. En aquel escenario fue donde empezó a oír los rumores. Se dio cuenta de que había pasado algo malo. Rezó para que no tuviera que ver con Candi.
Pero sí tenía que ver con ella.
—Tu madre tuvo una vida muy dura —dijo Kimmy.
La chica se sentó, extasiada.
—Candi creía que encontraríamos la forma de salir de esto, ¿sabes?
Al principio creía que sería con algún tipo del club. Nos vería y nos llevaría lejos, pero eso es una estupidez. Algunas de las chicas lo intentan. Pero nunca funciona. El hombre quiere una fantasía, no a ti. Tu madre lo aprendió muy deprisa. Era una soñadora, pero con un objetivo.
Kimmy se calló, abrumada.
—¿Y? —apremió la chica.
—Y entonces ese cabrón la aplastó como si fuera una cucaracha.
La chica se agitó en la silla.
—El detective Darrow me dijo que se llamaba Clyde Rangor.
Kimmy asintió.
—También mencionó a una mujer llamada Emma Lemay. ¿Era su compañera?
—En algunas cosas, sí. Pero no conozco los detalles.
Kimmy no lloró al enterarse de la noticia. Estaba por encima de eso. Pero había dado la cara. Se había arriesgado, contando al maldito Darrow lo que sabía.
La verdad es que en esta vida no hay muchas ocasiones de defender tus principios. Pero Kimmy no traicionaría a Candi, ni siquiera entonces, cuando era demasiado tarde para ayudarla. Porque cuando Candi murió, también murió lo mejor de Kimmy.
Por eso habló con la policía, sobre todo con Max Darrow. El asesino —y sí, ella estaba segura de que habían sido Clyde y Emma— podía matarla también a ella, pero no se echaría atrás.
Sin embargo, Clyde y Emma no la habían agredido. Habían huido.
De eso hacía diez años.
—¿Sabía que yo existía? —preguntó la chica.
Kimmy asintió lentamente.
—Me lo dijo tu madre, pero sólo una vez. Le dolía demasiado hablar de ello. Tienes que comprenderlo. Candi era demasiado joven cuando ocurrió. Quince o dieciséis años. Te separaron de ella en el momento en que naciste. Ella ni siquiera supo si habías sido niño o niña.
El silencio se hizo pesado. Kimmy deseó que la chica se marchara.
—¿Qué cree que ha sido de él? Me refiero a Clyde Rangor.
—Estará muerto —dijo Kimmy.
Pero no lo creía. Las cucarachas como Clyde no mueren. Salen de la madriguera y siguen haciendo daño.
—Quiero localizarlo —dijo la chica.
Kimmy la miró.
—Quiero encontrar al asesino de mi madre y entregarlo a la justicia. No soy rica, pero tengo algo de dinero.
Las dos se quedaron calladas un momento. El ambiente era pesado y pegajoso. Kimmy no sabía cómo decirlo.
—¿Puedo decirte algo? —empezó.
—Por supuesto.
—Tu madre se mantuvo firme hasta el final.
—¿Firme en qué?
Kimmy siguió:
—Casi todas las chicas se rinden. Pero tu madre nunca lo hizo. No se la podía doblegar. Ella tenía sueños. Pero no podía ganar.
—No lo entiendo.
—¿Eres feliz, niña?
—Sí.
—¿Sigues estudiando?
—Acabo de empezar la universidad.
—La universidad —dijo Kimmy con una voz soñadora—: Tú.
—¿Qué pasa conmigo?
—Eso, tú eres el logro de tu madre.
La chica no dijo nada.
—Candi, tu madre, no querría verte mezclada en esto. ¿No lo comprendes?
—Creo que sí.
—Espera un momento.
Kimmy abrió un cajón. Ahí estaba, como siempre. Ya no la tenía a la vista, pero la fotografía estaba encima de todo. Candi y ella sonriendo al mundo. Pic y Sayers. Kimmy miró su propia imagen y se dio cuenta de que la jovencita que llamaban Black Magic era una desconocida, que Clyde Rangor también podría haberla hecho desaparecer a ella a puñetazos.
—Toma —dijo.
La chica cogió la fotografía como si fuera porcelana.
—Era preciosa —dijo la chica.
—Mucho.
—Parece feliz.
—No lo era. Pero hoy lo sería.
La chica levantó la barbilla.
—No sé si puedo mantenerme alejada de esto.
«Pues entonces —pensó Kimmy— tal vez seas más parecida a tu madre de lo que crees.»
Se abrazaron y prometieron estar en contacto. Cuando la chica se marchó, Kimmy se vistió. Fue al florista y pidió una docena de tulipanes. Los tulipanes eran las flores preferidas de Candi. Condujo cuatro horas hasta el cementerio y se arrodilló frente a la tumba de su amiga.
No había nadie más. Kimmy limpió el polvo de la diminuta lápida. Ella misma había pagado la parcela y la lápida. Candi no descansaría en un cementerio para pobres.
—Hoy ha venido tu hija —dijo en voz alta.
Soplaba una ligera brisa. Kimmy cerró los ojos y escuchó. Le pareció oír la voz de Candi, tanto tiempo silenciada, suplicándole que cuidara de su hija.
Y allí, con el ardiente sol de Nevada quemándole la piel, Kimmy prometió que lo haría.