Buch lesen: "Hola, Princess"

Índice de contenido
Hola Princess
Portada
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Anexo: Mis poemas favoritos
Biografías
Legales
Sobre el trabajo editorial
Contratapa
A Virginia Janza porque de su intuición
y su apoyo nació esta novela.

—Hola, ma. Voy a cambiarme, me voy a la agencia.
—Pau, vení, come algo.
—No tengo tiempo, ma, llego tarde. Vos tranqui, pico algo después.
Paula llegaba del colegio a su casa a la hora del almuerzo. Y todos los días se repetía la misma escena. Entraba corriendo, saludaba a los gritos, dejaba la mochila y los libros en su cuarto y se metía en el baño.
Paula tenía quince años, en pocos meses cumpliría los dieciséis, momento que esperaba ansiosamente: soñaba con ser más grande y físicamente lo parecía. Se podría decir que era una chica común, como tantas. Pero no, Paula sobresalía por su aspecto físico y su forma tan particular de hacerse notar. Paula no pasaba desapercibida en ningún lugar que frecuentara.
Asistía a una escuela de su barrio, iba a tercer año. Era alta, morena, de cabello castaño oscuro y de ojos verdes. Sin ser una belleza, era atractiva y ella lo sabía. Los chicos del colegio no dejaban de mirarla cuando salía a los recreos, le gustaba pasear por los pasillos con Florencia, la nueva del curso, y sobre todo con Guille. Ellos dos se presentaban como mejores amigos pero la sospecha de que salían corría por los pasillos del colegio desde hacía un tiempo.
Se decía que Guille prefería no reconocerlo o que ella le permitía algunas cosas a cambio de que la ayudara en las evaluaciones. El grupo se completaba con algún otro chico de primer o segundo año que iba detrás porque Paula los fascinaba; ella misma los buscaba, no quería perderse la oportunidad de mostrar que era popular.
Los chicos que la escoltaban caminaban al lado de Paula que saludaba a uno y a otro. Le parecía estar en las pasarelas de un desfile o ser una princesa a la que todos admiraban. Le encantaba que le dijeran lo buena que estaba, aunque a veces se pasaran un poco. Las compañeras de curso cuchicheaban cuando la veían. A Paula le importaba su popularidad aunque eso significara tener algunos enemigos. Sabía que Marina y su grupo no dejaban de criticarla. Ellas habían sido muy amigas. Inseparables. Se sentaban juntas en el aula, salían, vivían conectadas en el chat, hablaban horas por teléfono, se encontraban para hacer las tareas.
Cuando finalizaban primer año, todo cambió. Marina estaba enamorada de Daniel y mientras salía con él, se los veía a los tres estudiando en el recreo, se sentaban juntos en el aula y formaban el mismo grupo para los trabajos prácticos. En esa época, Paula hablaba mucho con Daniel. Varias veces, si llegaba temprano al colegio, se sentaban en el mismo banco. A Marina y a Paloma, más amiga de Marina que de Paula, no les gustaba para nada esa situación. Se enojaban cuando la veían conectada o chateando con Daniel. Paula decía que eran amigos, que él empezaba el chat, que se quedaran tranquilas, que nunca saldría con el chico que le gustaba a una de ellas. Los rumores sobre que Paula no era “una buena chica” corrían por el colegio desde hacía un tiempo. A Paula eso no le molestaba, al contrario, significaba que no pasaba desapercibida.
Un sábado, habían planeado ir todos a bailar. Marina había quedado con Daniel que se verían en el boliche. Eran las tres de la mañana y el chico no había llegado. A Paula la habían visto al principio pero después desapareció en medio de todos los que bailaban. Marina y Paloma estaban sentadas en la barra cuando una compañera del colegio les dijo que había visto a Daniel con Paula, detrás de unos sillones. Ahí estaban, abrazados y besándose. Marina salió corriendo seguida de Paloma. Daniel y Paula se separaron bruscamente y el chico salió detrás de Marina que estaba llorando en la calle abrazada a Paloma. Discutieron un rato y Marina quiso irse. Daniel se fue detrás de ella. Se dieron vuelta una vez. Paula quedó sola, en la puerta, sintiendo el desprecio en las miradas de sus amigas.
Marina, Paloma y el resto de sus compañeras no le volvieron a hablar. Paula intentó varias veces explicar que había sido un error, cosa de un momento, que había salido a bailar porque Daniel se lo había pedido y después, no sabía bien cómo, terminaron a los besos, que para ella no significaba nada. Nunca le creyeron ni la perdonaron. Daniel contaba otra historia: Paula lo había apurado primero, y él había aflojado.
Los chismes decían que lo había provocado a Daniel, que lo había buscado, que tuvieran cuidado con ella, le ponían apodos groseros. Paula sentía el cuchicheo en los patios y pasillos. Y lo leía en Facebook.
Una noche, en que etiquetaron una foto suya en el patio del colegio con palabras obscenas, se prometió dos cosas: que, a su vez, ella empezaría a criticar por Face y no sabrían quién era, y además, les iba a demostrar que no le importaban esas pavadas, que ella estaba para más.
Esa misma noche creó a Princess forever y decidió ser modelo.

Roberto y Adriana, los padres de Paula, eran una pareja de clase media. Roberto tenía dos hijos de su primer matrimonio, casados. Era taxista, un hombre trabajador, le gustaba jugar al fútbol con sus hijos y amigos. Y no se perdía un partido de su equipo por la tele, y cuando su trabajo se lo permitía, iba a la cancha con sus hijos y nietos.
Roberto siempre había tenido una buena relación con sus hijos varones; con Paula le costaba más, quizás porque era mujer o porque él ya era viejo, solía pensar cuando se peleaba con su hija menor.
Adriana no trabajaba, se dedicaba a la casa, a ayudar con los nietos de Roberto: tenía muy buena relación con los hijos de su marido. Adoraba a Paula, trataba de darle todo lo que ella quisiera. Adriana era una mujer que vivía para su familia. Se ocupaba de todo en la casa, esperaba a Paula y a Roberto con el almuerzo. Cuando se iban y la dejaban sola, miraba las novelas de la tarde en la tele o hablaba por teléfono durante horas con sus amigas.
El matrimonio De Carlis quería y cuidaba a Paula pero también la consentían muchísimo, según sus hermanos. Esto era motivo de discusión con Ricardo y Ernesto que sostenían que por malcriarla, Paula hacía lo que quería.
Adriana, como siempre, llamaba a los gritos cuando estaba lista la comida. Roberto tardaba en dejar de mirar la televisión, Adriana tenía que sacarle el control remoto y apagárselo. Y con Paula tenía que acercarse al pasillo de los dormitorios y tocar la puerta del baño.
—Paula, salí y vení a comer –le gritaba casi siempre en la puerta que, por supuesto, estaba cerrada con llave.
Para Paula “su baño”, como lo llamaba desde que había tomado posesión de él, se había convertido en su lugar especial. Era un baño chico, en el pasillo, al lado de su habitación. Estaba decorado con azulejos verdes claro. Tenía un vanitory con cajones para maquillajes, dos secadores de pelo colgaban de unos soportes, cajas con peines y cepillos de todos los tamaños encima de una repisa. Y, lo que más le gustaba a Paula, era el espejo que ocupaba la mitad de la pared; tenía un marco negro un poco descascarado por el tiempo y la humedad, en los ángulos superiores estaba manchado y aunque lo limpiara no lograba hacerlo brillar. Le había hecho poner luces alrededor, para verse como una diosa; se lo había pedido a su mamá, que tuvo que ocultarle el gasto excesivo a su marido.
Se sentaba en una banqueta de madera, se maquillaba y se hacía la planchita. Podía pasarse horas delante de ese espejo.
—Ya voooy –se escuchó desde adentro.

¡Hola, Princess! ¡Qué densa la vieja! Todavía no entendió que antes de ir a la agencia no puedo comer, sino estoy hinchada y me sale la panza y las couchs se ponen re contra pesadas, que no hacemos la dieta, que así no vamos a llegar a nada, y ¡bue, hay que escucharlas!
Te cuento algo, hoy me re gustó la clase de Literatura. La profe trajo un poeta, Pessoa se llama el tipo, sabés, que escribía con muchos, tenía… no me acuerdo bien la palabra, eran como seudónimos pero no, era una palabra difícil, bueno no importa… lo que hacía era crear otros escritores y escribía lo que le pasaba a cada uno. No era que tenía varias personalidades, no era un loco ¡eh!, sino que las creaba. ¡Ahhh! ¡HETERÓNIMOS! Así se llamaban. Me encantó eso de ser varios. ¡Un genio! No sé bien pero a veces me pasa, ¿viste?, en el cole perfil bajo con lo que sentís, no mostrar mucho lo que sos porque si no te joden.
Te leo unos pedazos de Álvaro de Campos, este me encantó. Hasta lo anoté en mi agenda:
“No: no quiero nada.
Ya dije que no quiero nada
¡No me vengan con conclusiones!
La única conclusión es morir…”
Un poco bajoneado el tipo, pero viste que a veces yo me siento así.
“¡No me tomen del brazo!
No me gusta que me tomen del brazo. Quiero ser solo.
¡Ya dije que soy solo!
¡Ah, qué inoportunidad querer que yo tenga compañía..."
Es como yo, mejor solo que con esas que te critican todo el tiempo.
Por suerte lo tengo a Guille.

Roberto volvía a su casa a almorzar los lunes, martes y viernes. Los mismos días en que Paula iba a la agencia de modelos. Hacía un curso para principiantes.
—¿Paula está lista? ¿Tiene que comer? ¿Dónde está?
—Ya viene, se está preparando.
—Tanto preparativo para ir a ese lugar, pierde mucho tiempo, ¿estudia esta chica?
—A la tarde cuando vuelve.
—Si baja las notas, deja.
—Sí, ya lo dijiste muchas veces.
—Sabés que cada vez me gusta menos que vaya a esa agencia. El otro día vi salir al dueño y me cayó muy mal –le dijo Roberto a su mujer mientras almorzaban y esperaban a Paula.
—¿Conociste a Mauricio?
—¡¿Mauricio?! Me lo mostró cuando la fui a buscar la semana pasada. Pau ya estaba en el auto. Lo saludó y me dijo que ese era el dueño. No me gustó nada, es más o menos de mi edad y quiere parecer un modelito... ¡y cómo se viste! Se la cree porque tiene plata –Roberto no terminaba de despotricar contra Mauricio.
—Se viste así porque fue modelo. Por lo que me dijo Pau, es muy simpático y trabaja mucho.
—Eso de que trabaje mucho no me lo creo. Trabajar es lo que hago yo, levantarme temprano, estar arriba del auto doce horas. Ese a la agencia seguro va un rato.
Roberto era un hombre simple y lo que sabía de esos ambientes era lo que mostraban en la televisión. Le parecía una vergüenza cómo se presentaban las chicas y los escándalos que se armaban por publicidad. Paula ya les había dicho que su agencia no tenía nada que ver con esas cosas que se veían en la tele. Roberto desconfiaba. Cuando hablaban del tema, Adriana terminaba defendiendo a Mauricio.
—Bueno, que tenga más plata o que trabaje menos horas que vos, no es una razón para tenerle bronca a Mauricio.
—¡¿Por qué lo llamás Mauricio?! ¿Lo conocés vos? ¿Tenés algo con él? Parecés la amante.
—¡Callate, Robert! No lo conozco pero, por lo que me cuenta Pau, es un caballero. No sigas con esto porque te enojás y te cae mal la comida.
Adriana no conocía personalmente a Mauricio, pero le resultaba familiar y había llegado a admirarlo por cómo hablaba de él su hija. Soñaba con que Paula hiciera desfiles por todo el mundo, o que por lo menos, la eligieran para esos eventos importantes de la costa.
—Vos me dijiste que Pau se iba a aburrir rápido de ese curso. Pero sigue. Seguro me lo dijiste para sacarme el permiso.
—No, en serio, pensé que se iba a aburrir como con tenis o francés. Acordate que siempre la retábamos porque iba a unas clases y dejaba. ¿Querés más carne?
—No, tengo que seguir manejando, después estoy pesado. ¿Paula comió?
—No todavía. Llegó muy justo del colegio.
—Otra vez se va a ir sin comer. Se le está haciendo costumbre.
—No te preocupes, cuando vuelve se devora todo lo que hay en la heladera.
Adriana iba de un lado a otro de la cocina sirviendo a su marido. Ella comería después cuando los dos se hubieran ido y pudiera sentarse tranquila a mirar la novela. Le acercó un plato con queso y dulce. Siguió lavando los platos. Le preparó un sándwich a Paula que ya no tendría tiempo para sentarse a la mesa. Miró el reloj, las dos, a Paula se le hacía tarde. Y a Roberto también. Ya le veía la cara a su marido y decidió buscarla antes de que estallara el griterío.
—Pau, tu papá tiene que alcanzarte y seguir trabajando. Apurate, hija. Después del curso, venís derecho a casa –tuvo que levantar la voz porque, como siempre, la puerta del baño estaba cerrada.
Ya le habían dicho miles de veces que encerrarse con llave en el baño era imprudente. Pero no había forma de convencerla.
—Oka. Decile que me espere, y no me apuren con el baño, todavía no terminé.

¡¿Viste, Princess?! El viejo también es un hincha, cree que si me lleva de acá para allá me cuida más. No sé por qué se preocupa tanto, yo me sé cuidar re bien. Bueno me voy antes de que empiece a gritar y tenga que escuchar lo mismo de siempre en el auto: que cuidate, que mirá que el ambiente es jodido, que ese tipo es grande, que buscan la plata… El viejo no confía en que yo sé bien lo que quiero. Bueno, igual, un poco me gusta que me vaya a buscar y se preocupe tanto, por lo menos me muestra que existo. Yo también estoy, no solamente el taxi, la tele, el fútbol, los amigos. Ni sabe lo que me pasa. Pero si le digo algo se pone re pesado y me dice que soy injusta, que no veo todo lo que hace por mí. Mejor no le digo nada.
Princess, nos vemos después.

—Yamila, más derecha y más suave el paso, cabeza en alto, metan la panza, chicas. ¿Qué comieron hoy? Mariana, estás haciendo la dieta, ¿no? Vamos, cabeza en alto, más suave el paso.
La agencia de modelos de Mauricio Freser no era de las más importantes ni de las más caras, pero tenía convenios con algunas revistas de moda de la ciudad. Ofrecía cursos para chicas desde los doce años con el objetivo de captar nuevos talentos. No era fácil encontrar jovencitas flacas, lindas, altas, con gracia y dispuestas a sacrificarse por la carrera de modelo. Había mucha competencia. Matilde Carnevi era la mano derecha de Mauricio. Lo de los cursos para las chicas de doce a quince años había sido su idea. La franja de preadolescentes, según Matilde, había comenzado a aparecer en otras agencias, ellos no podían quedarse atrás. La idea le había gustado a Mauricio. Promocionaron un curso de un año de modelos teenagers entre doce y quince. Ese fue el que Paula había visto en Internet. Era justo para ella, sus padres le habían dicho que las agencias de modelos no aceptaban chicas menores de dieciséis. Esta, sí. Insistió tanto que los convenció. Paula había empezado el secundario y ese curso casi al mismo tiempo.
Cuando cumplió los quince había pasado a los entrenamientos centrales de la agencia. Ese cambio significaba la posibilidad de desfiles, de hacer publicidades. Paula estaba feliz y sus padres preocupados.
El día que pasó de nivel, Matilde le explicó que las clases para el plantel de semiprofesionales eran tres veces por semana, y que ahora sí no debía engordar, que ser modelo exigía muchos sacrificios. La agencia se encargaría de ponerla en desfiles o publicidades según le pareciera a Mauricio. Eso no se discutía. Además, cuando las pasaban de nivel, tenían la costumbre de cambiarles el nombre. Era como un rito. Para Paula eligieron “Yamila”. Ese día ella estaba segura de que llegaría a ser tapa de revistas y aparecer en eventos top. Matilde también les dijo a todas las chicas que empezarían a trabajar más duro porque se acercaba un desfile importante. Y Mauricio decidiría a cuáles modelos de las nuevas les daba la oportunidad de desfilar por primera vez. Paula con todas esas novedades, volvió a su casa muy feliz.
Mauricio Freser era un hombre de unos cincuenta años. Acostumbrado por sus épocas de modelo, usaba el pelo largo, prolijo y sin canas. Vestía ropa informal de buena marca. Las mujeres decían que era un hombre interesante. Había puesto esa agencia cuando se retiró del modelaje masculino, porque la edad y un incipiente abdomen lo dejaron afuera. No quería dejar ese ambiente que le gustaba, sobre todo por la posibilidad de frecuentar chicas lindas. De la agencia donde trabajaba trajo a Matilde. Ella era, en realidad, la que manejaba todo. Él se dedicaba a las relaciones públicas y a tratar de conseguir negocios para sus chicas.
Tenía una oficina vidriada en el primer piso, era su lugar privilegiado para observar todo lo que pasaba en los salones donde se dictaban las clases y se hacían las sesiones de fotos. Hacía tiempo que observaba a Paula.