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El proceso intelectual de la profecía según Santo Tomás


Arévalo Claro, José María O. P.
El proceso intelectual de la profecía según Santo Tomás/ José María Arévalo Claro, O. P.; Prólogo de fray José Gabriel Mesa Angulo, O. P.; Estudio introductorio de fray Germán Correa Miranda, O. P. Bogotá: Ediciones USTA, 2020.
175 páginas; fotografías a blanco y negro,
Incluye referencias bibliográficas (páginas 171-175)
ISBN: 978-958-782-349-3
E-ISBN: 978-958-782-350-9
1. Revelación 2. Visiones 3. Fundamentación teológica 4. Santo Tomás de Aquino., 1225 --1274 Crítica e interpretación 5. Santo Tomás de Aquino -- Santo, 1225-1274 6. Profecía 7. Profetas. (cristianismo) I. Universidad Santo Tomás (Colombia).
| CDD 262 | CO-BoUST |

© José María Arévalo Claro, O. P., 2020
© José Gabriel Mesa Angulo, O. P., prologuista, 2020
© Germán Correa, O. P., por el estudio introductorio, 2020
© Universidad Santo Tomás, 2020
Ediciones USTA
Bogotá, D. C., Colombia
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Corrección de estilo: Yecid Muñoz Santamaría y Oscar Felipe Pardo Ruge
Diagramación: Martha Cadena
Diseño de carátula: lacentraldediseno.com
Conversión: Martha Cadena
Hecho el depósito que establece la ley
ISBN: 978-958-782-349-3
E-ISBN: 978-958-782-350-9
Primera edición, 2020
Esta obra tiene una versión de acceso abierto disponible en el Repositorio Institucional de la Universidad Santo Tomás: https://repository.usta.edu.co/
Universidad Santo Tomás
Vigilada Mineducación
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del 29 de enero de 2016, 6 años, Mineducación
Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio,
sin la autorización expresa del titular de los derechos.
Impreso en Colombia • Printed in Colombia
CONTENIDO
PRÓLOGO Un tesoro revelado
José Gabriel Mesa Angulo, O. P.
LIMINAR Los juicios de Dios en la mente de un profeta
Germán Correa Miranda, O. P.
PREFACIO El proceso intelectual de la profecía según Santo Tomás
CAPÍTULO 1 Noción general de la revelación
CAPÍTULO 2 La profecía: carisma de conocimiento
CAPÍTULO 3 El juicio profético, su naturaleza y su importancia en la revelación
CAPÍTULO 4 Deficiencia e imperfección de la profecía. La limitación del conocimiento profético
BIBLIOGRAFÍA
APÉNDICE El padre José María Lagrange, O. P. y el Modernismo
José María Arévalo Claro, O. P. (1923-1971)
PRÓLOGO

Los buenos libros son alegrías que se fundan en el pensamiento y la experiencia del pasado, expresan las certezas del presente y siembran esperanzas de cara al futuro. Son los instrumentos a través de los cuales, en un mismo movimiento, consolidamos nuestras tradiciones y sentamos las bases del porvenir. Este libro no solo cumple con esas condiciones, las de todo buen libro, sino que, además, es un homenaje tan justo como necesario a uno de nuestros hermanos más destacados: fray José María Arévalo Claro.
No me refiero a fray Arévalo de manera convencional, bajo el justo principio que todo hermano que ya haya sido llamado a la Casa del Padre merece ser de feliz memoria para los dominicos. Si bien es cierto que no tuve la fortuna de conocer al padre José María Arévalo personalmente, porque murió antes de mi ingreso a la Orden de Predicadores, la vida, para mi fortuna, me puso desde temprana edad muy cerca de la familia Arévalo Claro y de la familia Claro Carrascal. Su hermano menor, fray Ismael Enrique Arévalo Claro, quien ha sido el alma de esta publicación y el fraile que se empeñó contra todo obstáculo en que fuera conocida, ha sido un religioso sumamente importante en la historia y en el presente de mi vida. Fray Ismael fue quien me motivó a tomar la decisión de hacerme dominico, cuando yo era un joven estudiante en el Colegio Lacordaire y él se desempeñaba como Vicerrector de este prestigioso plantel de la ciudad de Cali, del cual tengo el honor de ser egresado. Su cercanía a mi proceso de búsqueda de Jesucristo e incluso a mi propia familia, así como la de mi Rector de ese entonces, fray Antonio Ceballos, me dieron espacio muchas veces para conocer sobre la vida y la obra de fray José María Arévalo, de pila llamado fray José Octaviano. Ya había tenido antes como Rector en el Lacordaire a su primo, fray Domingo Claro Carrascal, cuando yo apenas contaba con once años de edad. Alguna vez nos mencionó en una formación del Colegio algunas frases del padre José María, para enseñarnos a los niños de entonces sobre ética, valores y la prioridad del estudio. Ya en el Noviciado, vivía con nosotros en Chiquinquirá su también primo, nuestro muy querido padre Campo Elías Claro. A él, siendo yo novicio, también le pregunté por el padre José María Arévalo. Recuerdo su sorpresa al ver que un novicio de 17 años de edad supiera sobre él y cómo me contó otros detalles de su vida que aún no conocía. Todo esto me llevó a descubrir en la figura de fray José María Arévalo un referente valioso para nuestra Orden y nuestra Provincia Dominicana de Colombia.
Así pues, supe desde mi infancia y mi adolescencia sobre la inteligencia notable de este fraile oriundo de La Playa de Belén en el departamento de Norte de Santander. Tuve conocimiento desde aquella época de su talante de predicador, de su figura relevante en la historia de la Provincia de San Luis Bertrán de Colombia y, por supuesto, de sus estudios en Roma, así como de la existencia de esta tesis sobre El proceso intelectual de la profecía según Santo Tomás, defendida por él en nuestro bien amado Pontificio Ateneo Internacional Angelicum de Roma y con la cual obtuvo el título de Licenciado en Sagrada Teología el día 14 de junio de 1951.
Autor de algunas publicaciones, la Universidad Santo Tomás aún le agradece dos de ellas que tienen un mismo título, denominadas “La universidad Tomista de Santa Fe de Bogotá” y difundidas a manera de separata en la Revista Universidad de Santo Tomás, en dos números del volumen I (mayo-agosto de 1968, n°2, y septiembre-diciembre de 1968, n°3). También el Boletín de Historia y Antigüedades, órgano de la Academia Colombiana de Historia, publicó un artículo suyo titulado “Rectificaciones y Observaciones a la Biografía de Fray Cristóbal de Torres”, en el volumen LII, números 604 y 605, Bogotá, febrero y marzo de 1965.
Miembro correspondiente de la Academia Boyacense de Historia desde el año 1967, miembro de la Sociedad Bolivariana de Colombia desde 1968 y miembro de la Academia de Historia de Ocaña desde el mismo año, vale traer a la memoria su obra: Los dominicos en el Perú, publicada en Lima en el año 1970 con una extensión de 336 páginas. Afirmaba el mismo padre José María Arévalo Claro en el prólogo de esta obra lo siguiente:
Mi afición por la historia de la orden dominicana en América nació en mis años mozos al conjuro de una frase que me impresionó vivamente, aunque por entonces me atrajera más la hipérbole que la honda verdad en que se arraigaba: Gracias a los dominicos los americanos tenemos alma. Cobró fuerza años más tarde al enterarme de que teólogos celebérrimos de San Esteban de Salamanca no debían tanto su fama a la especulación teológica cuanto a la sistematización y defensa del Derecho de Gentes, cifra y compendio de sus afanes por el hombre de América. Y se enrumbó por la búsqueda amorosa y constante, a ratos estéril, exultante a veces, cuando halló la frase mágica y certera de Bolívar que colocó al P. Las Casas entre los grandes benefactores del género humano. Pensé entonces que la investigación de nuestro pasado y nuestra obra en América era un modo de apostolado fecundo, aunque silencioso. Siempre será verdad que ‘una comunidad religiosa sin historia es un árbol sin raíces’.
Todo lo referido anteriormente desembocó en que, tan pronto como asumí la Rectoría General de la Universidad, le pregunté a mi querido hermano, padre, amigo y confesor, fray Ismael Arévalo, qué había pasado con la publicación de la obra de su hermano fray José Octaviano, de feliz memoria. Me narró alegrías, tristezas y preocupaciones. Pero también vi en él, junto a la nostalgia, la ilusión y la esperanza de que esta obra pudiera llegar a la imprenta. Le dije: “Vamos a concluir esto cuanto antes, Ismael. Esta obra tiene que ver la luz desde nuestra editorial. Me encargaré personalmente de que así sea”. Por eso, con alegría estoy aquí ante ustedes, lectores, presentándoles este libro con el cual no solo rendimos homenaje a la memoria y el pensamiento de fray José María Arévalo, sino que descubrimos cómo se hace real una vez más aquello que dice el Evangelio: “El Reino de los Cielos es semejante a un padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas viejas” (Mateo 13, 52).
El libro que el lector tiene en sus manos —como anticipé— es la disertación que él redactó para su grado como licenciado en el Colegio Angelicum de Roma en 1951, justo dos años después de ordenarse como sacerdote. Hasta ahora, la disertación era leída y estudiada en versiones mecanoescritas, a las que se accedía como se accede a un tesoro: muy difícilmente. El texto, de hecho, es eso: un verdadero tesoro, custodiado con primor y rigor fraterno por fray Ismael Arévalo. El texto original me lo entregó en préstamo y disfruté mucho al poder leerlo desde las mismas páginas que fray José María redactó con su máquina de escribir. A fray Ismael le debemos que ese tesoro se haya preservado en óptimas condiciones y la oportunidad de que, cumpliéndose 70 años de su escritura, por fin, haya podido cerrarse su edición y publicación. Es, pues, apenas lógico que hacia él vaya nuestro primer y más grande agradecimiento.
Sin embargo, para hacerle justicia al texto, no solo era necesario que viera la luz, sino que convenía que tuviera un estudio introductorio que pusiera de presente la profundidad y la necesidad de las reflexiones del padre Arévalo Claro en los días que discurren. Se le encargó esta labor, que asumió de manera consagrada y meticulosa, a otro de nuestros hermanos más ilustres, profesor eximio de Sagrada Escritura y Latín para muchos de nosotros y gran estudioso de la Biblia y de Santo Tomás de Aquino; me refiero a nuestro querido hermano fray Germán Correa Miranda.
Ya tendrá oportunidad el lector de apreciar que las páginas que le dedica el padre Correa Miranda a Arévalo Claro son, más que producto de la reflexión paciente sobre la obra de un teólogo prominente, la conversación cariñosa y franca entre dos amigos, por más que esté cargada de sabiduría. Esas páginas trascienden, cumpliendo con creces, la función que inicialmente tenían. En tanto conversación, que tiene como punto de partida el pensamiento del padre Arévalo Claro, fray Germán Correa no se atiene a darle contexto o a actualizar el pensamiento de su profesor para el siglo XXI, sino que adelanta sus propias reflexiones en torno al tema de la profecía y la revelación, insertándolo en las discusiones teológicas contemporáneas desde la luz de Santo Tomás. Más que estudio introductorio, las páginas de Correa Miranda son el comentario, desarrollo consecuente, con el que la disertación del así bautizado fray José Octaviano Arévalo Claro alcanza, hoy, plena vigencia. Para fray Germán Correa Miranda va pues nuestro segundo gran agradecimiento. Sean también estas líneas la expresión de mi más profunda admiración, reconocimiento y, dicho sea de paso una vez más, gratitud por su vocación de maestro y teólogo, que engalanan su vocación de fraile dominico.
Volviendo sobre el texto, en este punto quisiera introducir —expresándola muy rápidamente, menos como un argumento académico y más como una provocación vital— una de las reflexiones del libro que para los lectores actuales podría resultar contradictoria, pero que es, no obstante, una de las certezas que establece el Doctor Angélico y que fundamentan el pensamiento de fray José María Arévalo Claro. Se trata de una verdad que en nuestra tumultuosa realidad, saturada de informaciones contradictorias, en medio de una insufrible velocidad de novedades, donde la hiperespecialización de las ciencias y la ultrasofisticación de nuestros instrumentos del saber son la norma, es necesario resaltar: siendo Dios la verdad primera, toda inteligencia digna de ese nombre se desprende necesariamente de Él. De ahí la relevancia crucial de pensar el proceso intelectual que tiene la profecía, como lo hace fray José María Arévalo. Estas páginas son evidencia de su acierto.
Publicado en la colección Studiositas Theologica, que se ha constituido en uno de los espacios editoriales más destacados de la teología contemporánea latinoamericana, es, pues, una alegría presentar por primera vez, y en las mejores condiciones editoriales, El proceso intelectual de la profecía según Santo Tomás. Se trata de un ejercicio por el cual, al pretender hacer un homenaje al autor —en el contexto de los 440 años de fundación de la Universidad Santo Tomás—, la homenajeada resulta ser la obra. Así, es un verdadero privilegio haber podido rescatar esta obra, con el acompañamiento de la Provincia San Luis Bertrán, como se debe hacer con la obra literaria de un fraile, con el fin de incorporarla a nuestro fondo editorial. Queda entonces un tesoro revelado, para satisfacción de todos nosotros, en esta obra, que, como todo buen libro, nos ilumina desde el pasado, nos alumbra en el presente y nos ayuda a tener confianza plena en el futuro.
Ilustre hermano y maestro fray José María Arévalo: en este momento, terminando estas líneas, recuerdo a Quevedo, “Escucho con mis ojos a los muertos”. ¡Cuánta verdad en estas palabras! Ahora, con los ojos, hermano, podremos seguir escuchándote.
¡Espero que disfruten de esta bella obra!
Fray José Gabriel Mesa Angulo, O. P.
Rector General de la Universidad Santo Tomás
Bogotá, D. C., 13 de junio de 2020.
En el Aniversario 440 de la fundación de la Universidad Santo Tomás, Primer Claustro Universitario de Colombia.
LIMINAR

Recorrió Justino, en pos de la verdad, las escuelas estoica, peripatética, pitagórica y platónica, hasta que, insatisfecho de todas ellas, un anciano le llamó la atención sobre las Escrituras de los profetas, “los únicos que han anunciado la verdad”.
“Inmediatamente sentí que se encendía un fuego en mi alma y se apoderaba de mí el amor a los profetas y a aquellos hombres que son amigos de Cristo y, reflexionando sobre los razonamientos del anciano, hallé que esta sola es la filosofía segura y provechosa. De este modo, y por estos motivos, yo soy filósofo”.
San Justino, filósofo y mártir, Diálogo con el judío Trifón, capítulo 8.
La inteligencia de los inspirados
Conocí al padre José María Arévalo en 1951, el año mismo en que obtuvo la licenciatura en Sagrada Teología con la disertación sobre el proceso intelectual de la profecía según Santo Tomás que ahora se edita. Vine a escuchar por primera vez a ese entonces joven profesor en una conferencia en el convento de Santo Domingo en marzo de 1955. Fue en un acto público organizado por él mismo con motivo del centenario del nacimiento del hoy Siervo de Dios José María Lagrange (no confundirlo con su sobrino el padre Garrigou-Lagrange), fundador y director de la Escuela Bíblica de Jerusalén, acto público en el cual el padre Arévalo se asoció con sus alumnos de Sagrada Escritura. Pudimos ver allí una exposición de libros del padre Lagrange, algunos de los cuales fueron objeto de presentación por parte de aquellos alumnos. A través de aquel autor y aquellos libros, el joven profesor se proponía avivar o despertar el interés por los estudios de Sagrada Escritura. La exposición que él hizo en aquella efeméride se reproduce aquí mismo, como apéndice.
Recuerdo con gratitud el curso de Introducción general a la Sagrada Escritura que él nos dictó dos años después, en el año 1957, el año correspondiente a los estudios de Teología fundamental.
De algún modo tenía yo que saldar la deuda que desde aquellos años contraje con fray José María, el apasionado estudioso de la Sagrada Escritura por temprana vocación. La deuda no es únicamente por aquel curso que nos dictó. El padre Arévalo era un referente, y yo vi en él un mentor en mis años de estudiante.
Ya en aquel homenaje rendido en 1955 al gran escriturista dominico en el centenario de su nacimiento podía uno vislumbrar la razón que llevó al padre Arévalo a tomar en religión el mismo nombre que llevó aquella figura descollante de la exégesis católica y de la Orden Dominicana. El profesor colombiano estaba rindiendo un homenaje a su héroe epónimo. Leyendo ahora aquella disertación presentada en Roma, revivo algunas cosas que dijo fray José María Arévalo en la mencionada conferencia. Allí había abordado él los años duros que tuvo que pasar aquel siervo de Dios durante la crisis modernista y cómo salió airoso de las insidias con que algunos intentaron envolverlo en aquel vendaval.
Intentemos ya aquí mismo formarnos una idea de lo que se ponía en tela de juicio con el Modernismo teológico. De cara a esta ideología, tanto en su disertación de 1951 como en su conferencia de 1955 tomaba el padre Arévalo una clara posición, aprovechando la sólida base que le ofrecían grandes tomistas de comienzos del siglo veinte: estos tuvieron que dragar, digámoslo así, el cauce de la teología católica. Había que volverla a su cauce frente a las desviaciones sufridas, en la enseñanza de la fe católica, por obra de tres clérigos desalumbrados. Aprovechaba en buena parte lo que encontraba sobre la revelación divina en la obra Le donné révélé et la théologie, elaborada en medio de la tormenta modernista por el padre Ambroise Gardeil, fundador de la Escuela de teología del Saulchoir y coterráneo y conmilitón del fundador y director de la Escuela Bíblica.
El padre Gardeil, que en aquella obra examinaba el recorrido mental que lleva desde las primeras luces de la revelación (Le donné révélé) hasta los frutos más sazonados de la teología (…et la théologie), señala la amplitud de los daños que causó a la Iglesia este Modernismo. Es una denuncia valiente la que hace:
El Modernismo arremetió contra todas y cada una de las etapas que jalonan la marcha de la verdad revelada, desde el momento en que apareció bajo la acción del Carisma revelador, hasta las conclusiones teológicas que brotaron bajo las últimas presiones del impulso divino, me refiero a las conclusiones en los sistemas teológicos[1].
Para muestra, un botón. Escribía George Tyrrell, uno de los cabecillas: “La revelación no es enunciado, sino experiencia”[2].
Recapitulando cargos contra el grupo de los modernistas, escribía Gardeil más adelante, intimándolos a todos a destapar sus pretensiones y diciendo en su alegato:
¿Cuál es la verdadera razón que nos hace disentir de los modernistas? En último análisis es esta: lo que origina y regula toda la actividad religiosa a partir de su manifestación fundamental que es la revelación, ¿es nuestro fenomenismo inmanente y vital, o bien, es Dios? (Le donné p. 55)
Lo que los católicos aseveramos, concluye diciendo, es lo siguiente:
Para revelarnos lo que él es, Dios no se apoya en la estrecha plataforma de la experiencia íntima y personal del profeta, sino en su facultad de emitir afirmaciones absolutas, transmisibles, reguladoras de otras mentes. (p. 56)
Debido al lugar y a las circunstancias en los que el padre Arévalo elaboró su disertación de 1951, no necesitaba explicar en ella este contexto histórico como sí lo necesitamos los lectores de hoy. Lo necesitamos, y yo el primero, que después de aquella intervención de 1955 sobre el padre Lagrange y el Modernismo, no recuerdo haberlo escuchado hablar de aquella enorme crisis, que debió de interesarle mucho. Si nos la hubiera dado a conocer en aquellas clases de Introducción a la Sagrada Escritura, esa disertación habría sido un excelente telón de fondo para el tratado de la Inspiración bíblica que entonces nos dictó. Yo personalmente la hubiera leído con gran gusto y provecho. No iba a faltar a la discreción un profesor dando a conocer un estudio propio largamente madurado y sustentado con honor.
Para la publicación que de este trabajo hace ahora la Universidad Santo Tomás, el encargo que se me hacía era, como yo lo entendía, elaborar un estudio preliminar que motivara y ayudara a su lectura. Dada la distancia temporal y la abundancia de conceptos poco conocidos hoy y de citas en lenguas extranjeras que haría muy laboriosa esta disertación a sus lectores actuales, debía elaborar sobre todo una guía y una inducción que despertaran el interés por conocer esta especie de tesoro escondido de la teología. A la larga, yo fui el primer beneficiado y me fui sintiendo inducido por los temas que allí encontraba. Una vez más, el padre Arévalo me indujo, y yo me dejé inducir. Más que un preliminar, me ha resultado un Liminar.
Entre él y yo tenemos la tarea de acercar los lectores al texto de Santo Tomás, y más aún a la mente de los profetas, que era lo que el autor de la Suma teológica pretendía hacer. Siguiendo los pasos del proceso intelectual como esta lo describe, tenemos que ver cómo los juicios de Dios toman asiento en la mente de un profeta. Por esos umbrales, lo veo ahora así, es bueno no acercarse solo. El esfuerzo de un exégeta gira sobre todo alrededor de la mente auctoris que tiene que esclarecer, para saber qué fue lo que realmente dijo el autor sagrado. Pero aquí, con el Aquinate, queremos sorprender al profeta antes de que despierte en él el autor.
Por mi cuenta me he preocupado igualmente por señalar senderos que nos permitan aprovechar las luces de la profecía para fortalecer nuestra fe. De tal modo que lo que vamos viendo que hizo al profeta, pueda hacer en nosotros al creyente.
Con respecto a la revelación y a la profecía, el Modernismo infravaloraba la luz que con ellas trajo la fe cristiana a las inteligencias. Injusta valoración esta que debía refutarse y abandonarse en los ambientes eclesiales ya sea de Roma, ya de nuestra propia tierra. En la llamada Nouvelle théologie, que surgió en los años de formación de nuestro autor, percibía él residuos de aquel empobrecimiento intelectual inducido por los modernistas. Residuos sedimentados y acumulados con el correr del tiempo. Los ataques del Modernismo no han cesado, escribe él iniciando el Prefacio de su disertación.
La reivindicación de la inteligencia intentada en esta disertación elaborada por él con ayuda de Santo Tomás nos ayuda a nosotros hoy a captar las semejanzas y aun la continuidad que se da entre aquel Modernismo y el pensamiento posmoderno que luego vendría. Con la posmodernidad no superamos el Modernismo, y más bien, en muchos asuntos religiosos, caemos de nuevo en él. Muy representativo de aquella es ese pensamiento débil de hoy, que llega incluso a ciertos ambientes del catolicismo y que se ha visto languidecer más y más con la aparición de adicciones no conocidas antes.
Pero, sobre todo, siguiendo las huellas que aquella crisis del pensamiento católico ha dejado desde hace más de un siglo, podemos volver con más razones a los escritos del Doctor Común de la Iglesia. Con Santo Tomás se puede saber lo que ha sido la profecía, y lo que es. Porque ella no es un fenómeno aislado que haya aparecido con uno o unos pocos personajes del Antiguo Testamento, sino que está atestiguado a través de los siglos. Con el Maestro fray Tomás podemos ver cómo una luz y una fuerza de lo alto recibidas por ellos ponen en movimiento un proceso irresistible, cómo se desarrolla este en su mente, cómo se plasma en mensajes proféticos imperecederos. De ahí la actualidad que conserva esta reivindicación de las luces que recibieron de la revelación divina los Profetas. Reivindicación discretamente propuesta por su autor, tras su maduración a lo largo de los estudios cursados en años de esplendor del Pontificio Ateneo Angelicum, de la Ciudad Eterna, y que ve ahora las públicas luces para que no siga guardada bajo el celemín.
Más en concreto preguntémonos: ¿por qué se detiene José María Arévalo en este tratado De la Profecía? Una de las principales razones —lo dice desde el comienzo— es su capital importancia en el estudio de los fundamentos en que se basa nuestra fe. No tocamos tan de cerca el misterio de la Revelación como cuando nos llegamos a examinar el profetismo israelita.
En cuando a la idea principal de su trabajo, nos la señala él mismo al término del “Prefacio”: es la idea que el Doctor Angélico sintetiza con estas palabras: “La caridad es la perfección de la voluntad, siendo la profecía la perfección de la inteligencia” (Suma teológica II-II, q. 172, a. 2 ad 1).
En el desarrollo mismo de la disertación puede llamar la atención la tendencia a examinar por separado el papel de entendimiento y el de la voluntad. Se preguntará alguno: ¿qué interés puede tener el detenerse a considerar el entendimiento y su perfección propia, cuando se tiene claro que hay en la persona una perfección superior, la que el amor procura? La respuesta es que el entendimiento mismo busca el análisis, y este deseo no puede quedar insatisfecho. Para no perder de vista a lo largo de la disertación la que José María Arévalo llama su idea principal, conviene tener muy en cuenta lo que escribe Santo Tomás tratando no directamente del conocimiento, sino del amor, que es la primera pasión del ser humano:
Nadie puede amar lo que no conoce… Mas para conocer perfectamente se requiere algo que no se requiere para amar perfectamente. Pues el conocimiento pertenece a la razón, caracterizada por distinguir aquellas cosas que en realidad están unidas, y en cierto modo ensamblar cosas que son diferentes comparando una cosa con otra. De ahí que para un conocimiento perfecto se requiere que la persona conozca en detalle cuanto hay en la cosa, como son las partes, las fuerzas y las propiedades. En cambio el amor está en una potencia apetitiva, que enfoca la realidad como es en sí. Por lo tanto, para la perfección del amor basta con amar la realidad como se la capta. Y sucede por ello que se ame algo más de lo que se le conoce: se lo ama apasionadamente aunque no se lo conoce a la perfección. Y esto es evidente particularmente en las ciencias, que algunos aman por algún conocimiento somero que tienen de ellas, sabiendo por ejemplo que la retórica es la ciencia con la cual cualquiera puede persuadir, y eso es lo que aman en ella. Y algo parecido hay que decir del amor de Dios. (I-II, q. 27 a. 2 s. c. et ad 2)
El conocimiento pertenece a la razón, acabamos de leer, pero tengamos en cuenta que esta no es una potencia distinta del entendimiento, es decir, del objeto que esta disertación se propone tratar. El entendimiento es el origen y el término de la razón con todos sus razonamientos, como lo describe el Doctor Angélico en la Suma teológica II, q. 8, a. 1, como lo veremos en el Tercer Punto, al referirnos a la grandeza del entendimiento, susceptible de engrandecimiento por obra de la gracia.
En cuanto a la caridad como perfección suprema de la voluntad y a su inconmensurable superioridad sobre el más perfecto entendimiento, es esta una contraposición, piensa Santo Tomás, que es necesario establecer debido al hecho siguiente: a la voluntad humana, a diferencia del entendimiento, el único que puede imprimirle una dirección es Dios, cosa que no sucede con el entendimiento humano; porque los ángeles, buenos o malos, sí pueden ejercer su acción en él, incluso sin que este se entere de ello[3]. La aspiración más alta que puede movernos es, pues, a ser santos, no a ser profetas.
Pero de esta misma imperfección y límite de la profecía tenemos necesidad, y el autor de este trabajo se propuso sacar de ahí un gran provecho. ¿Cuál es este provecho? Nos lo dice en la página final de su trabajo, concluyendo el cuarto y último capítulo, y por cierto con palabras convincentes que quedan resonando en el ánimo del lector. Don de Dios, este de la profecía, para iluminar el transcurso de nuestro peregrinar terreno, don primerizo adaptado a nuestras limitadas capacidades: “eso mismo está indicando que el ser abstraído no es el único objeto de conocimiento, sino que el Ser infinito y perfectísimo, fuente de toda verdad y perfección, puede ser objeto de conocimiento por parte de la humana inteligencia”. Así puede reiterar en los últimos renglones las mismas palabras del Doctor Angélico sobre caridad y profecía con que cerraba el Prefacio.