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Francisco Verdugo
Comentario del coronel Francisco Verdugo, de la guerra de Frisia

Publicado por Good Press, 2022
EAN 4057664112675
Índice
ADVERTENCIA PRELIMINAR.
Á D. FRANCISCO IVAN DE TORRES &c.
D. A. AL LECTOR.
EL CORONEL FRANCISCO VERDUGO.
D. A. V. D. V.
RELACION
NOTAS
ADVERTENCIA PRELIMINAR.
Índice
Hasta tal punto era desconocida de casi todos nuestros bibliógrafos la obra que publicamos hoy en nuestra coleccion, que uno de los más distinguidos, el colector de los Historiadores de Sucesos particulares[1], se lamentaba de que quizá se hubiesen perdido por completo las Relaciones que manuscritas dejó el coronel Verdugo sobre la guerra de Frisia, y sólo hubiese llegado hasta nosotros la traduccion que en italiano publicó Fracheta[2], libro tambien muy raro, y el solo conocido ademas de la obra manuscrita que se conservaba en alguna que otra biblioteca; por fortuna no era así, y debemos al autor de La Lena[3], amigo y servidor de Verdugo, el que la obra de éste, tal como él mismo la escribió, se publicase en Nápoles, salvando así del olvido un libro que ciertamente no lo merece. Pero sea por haberse publicado fuera de España, ó por otras causas que ignoramos, el hecho es que la obra se habia hecho rarísima, hasta el punto de que todas nuestras investigaciones desde que tuvimos conocimiento de que existia, sólo dieron por resultado el de encontrar entre los libros que componen la rica biblioteca del Marqués de la Romana, hoy del Ministerio de Fomento, dos ejemplares, uno de ellos, no sólo completo y bien conservado, sino que ademas reune el mérito de estar encuadernado perfectamente en Valencia por Vicente Beneito; el otro, aunque completo, no está en buen estado, y como, segun se nos asegura, falta alguna hoja al que posee el Sr. Fernandez San Roman, de aquí el que perdidos ó inutilizados los dos primeros, que nos han servido para esta reimpresion, hubiera sido imposible reproducir íntegro el libro que hoy publicamos, á no haber tenido la fortuna de que hubiese aparecido otro ejemplar, cuya existencia ignoramos.
Hubieramos deseado tener á la vista las Relaciones manuscritas que con su generosidad acostumbrada nos fueron ofrecidas por su dueño, el Sr. Don Pascual de Gayángos, pero que estando en poder de otra persona, no hemos podido ver; sentimos este contratiempo, que, si bien en nada afecta á la edicion, en la que necesariamente teniamos que seguir el texto impreso publicado por Velazquez de Velasco, nos priva de dar una noticia de ellas y de saber si son copia del Comentario de Verdugo ú otra obra distinta; en cambio van como apéndice algunos documentos que creemos verán con gusto nuestros lectores; son éstos: dos cartas escritas por Verdugo á los soldados españoles amotinados, del tercio del Maestre de Campo Francisco Valdés, otras várias dirigidas á él por D. Luis de Requesens y Zúñiga, Comendador mayor de Castilla, Gobernador y Capitan general de aquellos Estados, y una noticia de los pueblos de Holanda en que estaban alojadas nuestras tropas en aquel tiempo: entre estos documentos se encontraba uno que, áun cuando no tenga relacion directa con Verdugo ni con lo sucedido en los Países Bajos, nos ha parecido conveniente publicar; está escrito, al parecer, en Nápoles, y trátase en él de la mejora de la disciplina de la infantería española, y como de esto se quejase ya Verdugo en su Comentario, no creemos sea inutil darlo á luz. Todos estos documentos, así como otros muchos de gran valor é importancia histórica, pertenecen á un amigo nuestro, que todos los ha puesto á nuestra disposicion, pero cuya excesiva modestia nos impide revelar su nombre. Tambien acompañan á este volúmen la reproduccion por medio de la foto-litografia de la portada del libro de Verdugo, así como de su escudo y emblema, y copia de parte de la carta inserta en la pág. 272.
Del coronel Francisco Verdugo hay extensas noticias en todos nuestros escritores y tambien en la mayor parte de los extranjeros que se han ocupado de las guerras de Flándes[4]; trabajo digno sería de alguno de nuestros literatos la biografía de uno de nuestros más ilustres capitanes, que luchando con dos de los mejores generales de su tiempo, Guillermo el Taciturno y Mauricio de Nassau, contra una poblacion, en su mayoría protestante, sin dinero, sin tropas suficientes y sin recursos, mantuvo la dominacion española en las apartadas regiones de la Frisia; nosotros, sin tiempo y sin competencia para ello, nos limitarémos á copiar á continuacion lo que de él escribe uno de sus compañeros de armas[5], que con esto y lo que se contiene en la obra que publicamos, hay lo bastante para tener una breve noticia de su vida;—dice así:
Fué el coronel Verdugo, natural de la villa de Talavera de la Reina, hijo de padres nobles, aunque tan pobre, que en llegando á diez y nueve años, con las primeras caxas que se tocaron en su patria, que fueron las del capitan D. Bernardino de Ayala, natural de la dicha villa, asento su plaza, y siguiendo su bandera, se halló en la presa de San Quintin, donde empezó á mostrar sus aceros de suerte que mereció ocho escudos de ventaja, en tiempo que se daban bien limitados. Con estos buenos principios fué caminando adelante, hasta que madama de Parma, cuando comenzaron las revueltas de los Estados, le mandó levantar una compañía de valones en el regimiento del coronel Mondragon, con lo cual fué descubriendo su valor tan aprisa, que muy presto obligó á encomendarle todo lo más importante que se ofreció en aquellas ocasiones. Llegado el Duque de Alba, le halló ya en tanta opinion, que le nombró por Sargento mayor de todo el exército, cargo que hasta allí no se habia visto en otro; y tras otros sucesos le mandó que se encargarse del gobierno de la villa de Harlem, habiéndole nombrado ántes por coronel de infantería valona; y cuando la pérdida del Conde de Bosu, le encomendó la armada con título de Almirante. En las ocasiones que se ofrecieron despues de llegado el Comendador mayor, se señaló con tantas ventajas, que le obligó á que escribiese al Rey la carta que hoy tienen sus herederos; en la cual dice que es de los más aventajados capitanes que ha tenido la nacion española. Y despues de la muerte del dicho Comendador mayor, se halló con su regimiento cuando los amotinados de Alost ganaron á Ambéres, y tomó por prisionero al Conde de Agamont y á un caballero frances que á él solo se quiso rendir. Desde allí le mandaron ir al castillo de Breda, en los tiempos más calamitosos que hubo en aquellas provincias hasta la llegada del Sr. D. Juan, que al momento le envió á llamar, y le mandó ir á la villa de Tiumbila para que con su regimiento asegurase aquellas fronteras, hasta que poco ántes de la rota de Jubelurs le sacó, sirviéndose dél en aquella jornada para que hiciese oficio de Maestro de Campo general, y aunque tenía la mayor parte de su regimiento en Tiumbila, con la otra le mandó que se encargase del castillo de Namur: y habiendo nombrado el Rey por sucesor de su Alteza al Príncipe de Parma, le escribió una carta en que se echa bien de ver el gran concepto que hacia de su persona. Asentadas las paces con condicion que saliesen los extranjeros, y que los que no fuesen naturales de los Estados no pudiesen tener cargo ni gobierno en ellos, dió su regimiento al Conde Octavio de Mansfelt, su cuñado, y queriéndole ceder tambien el gobierno de Tiumbila, su Majestad ni el de Parma ni los mismos Estados no lo consintieron, con que de allí á poco fué necesario mandarle levantar nuevo regimiento y golpe de caballería para pasar á Frisa en socorro de la ciudad de Gruninghen, adonde quedó por Gobernador por muerte del Conde de Renemberg, y alcanzó las señaladas victorias que no han podido ofuscar los émulos de nuestra nacion. Heme querido alargar más de lo que acostumbro en escribir la vida de este capitan excelente, lastimado del descuido que tantos autores modernos han tenido en publicar sus cosas, ocupando mucho tiempo y papel en relatar las de otros, algunos de ellos de todo punto inferiores en valor y fortuna. Tuvo este insigne caballero elocuecia natural grandísima, y todas las partes que para ser gran soldado y gran gobernador convenian: y solia decir de ordinario que habia procurado siempre ser Francisco para los buenos, y Verdugo para los malos.
| F. del V. | J. S. R. |
COMMENTARIO
DEL CORONEL
FRANCISCO
VERDVGO,
De la guerra de Frisa: en xiiij. Años que fuè
Gobernador, y Capitan general, de
aquel Estado, y Exercito, por el
Rey D. Phelippe II. N. S.
Sacado à luz por
D. Alfonso Velazquez de Velasco
Dedicada A
D. FRANCISCO IVAN
DE TORRES,
Comendador de Museros, de la Orden
de San Tiago; Alcayde perpetuo de la
Casa Real de Valencia; del Consejo
Colateral de su Magestad en Nap. &c.

EN NAPOLES,
Por Iuan Domingo Roncallolo 1610.
Con Licencia de los Superiores.

Á D. FRANCISCO IVAN DE TORRES &c.
Índice
Confieso haberme pesado de ver este Comentario traducido é impreso en lengua italiana, ántes que en la natural que le escribió su autor, el cual, como á su familiar servidor, me le dió de su mano en Brusélas; y así, estimándole por de no ménos sustancia, en su tanto, que cualquiera de los de Julio César, le he traido como un breviario despues acá siempre conmigo. Y aunque creo que habiendo hecho el efecto que deseaba (como con universal satisfacion le hizo), mandaria hacer de él lo que Virgilio de su Eneida, por no dexarle subjeto á los invidiosos de su gloriosa fama, que tan injustamente en vida la calumniaron. No por esto, ni porque diga Platon ser justa cosa privar á los tales de la vida que gozar esperan, he querido dexar de sacarle de la tiniebla en que le he tenido, y así le comunico ahora á mi patria y nacion en su idioma, sin alterar cosa ninguna de él, ni añadir las postilas ó glosas que suelen notarse en semejantes obras, por saber de cierto que la intencion del Coronel no fué señalarse en la pluma (aunque podia) como en las armas, ántes decir sucintamente los sucesos de Frisa, sin más afectacion de la que trae la pura verdad consigo; manifestando su integridad y proceder para confusion de sus émulos. Y si bien el discurso caminára seguro con sólo llevar su nombre escrito en la frente, porque dice el poeta que el libro para vivir ha menester un ángel bueno que le guarde, habiéndole de dar protector, me ha parecido tocar de derecho á V. S., que será custodia más segura y perpétua que la de inestimable valor que el Magno Alexandro destinó para las obras del divino Homero; porque su persona conserva y va dilatando la felice memoria de su heroico suegro, el cual, así por ilustre nacimiento, como por egregias obras, mereció ser yerno de el fielísimo Pedro Ernesto, conde de Mansfelt, de la órden del Toison de Oro, Gobernador y Capitan general que fué de los estados de Flándes, cuya ilustrísima casa compite en antigüedad con la serenísima de Austria. Y si Apion Gramático osaba decir que daba inmortalidad á aquellos á quien dirigia sus obras, con más razon podria yo prometer que ésta hará el mesmo efecto en la clara prosapia de V. S., á quien la dedico y consagro en reconocimiento de la obligacion que tengo á sus cosas. Las cuales prospere Dios, y guarde á V. S. como yo deseo. En Nápoles, á 1.º de Mayo de MDCX años.
D. Alfonso Velazquez de Velasco.
D. A. AL LECTOR.
Índice
Siempre acompaña á la virtud la invidia: y así, prudente lector, dixo bien aquel sabio, que la miseria sola podia estar en el mundo segura y sin temor de invidia, considerando los innumerables inconvenientes que por ella suceden, y los daños en que han incurrido tantos ilustres varones. Que siempre los que son dotados de singulares virtudes están más sujetos á la emulacion y calumnias, por las cuales, el que ha vivido haciendo su deber, viene muchas veces á padecer en su reputacion, ántes á ser mal visto que bien galardonado; y al contrario, recibir las mercedes y gracias los que no las han merecido sino por ser finos cortesanos, ántes ecos y camaleones, que toman los colores y humores de los príncipes á quien siguen para hacer mejor lo que desean. Por esto dixo Séneca que lo que falta á aquellos, á quien parece que lo tienen todo, es la verdad. Y así me atrevo á decir que esta perniciosa especie de hombres es la que los engaña con la vana adulacion, por no tener cerca de sus personas otras que fiel y libremente los digan las verdades; ántes quien los hace caer en notables faltas con sus malicias é invenciones, dilatándolas con la agua maldita de córte, hasta esta bestia popular que fácilmente se mueve y cree á ciegas lo que refiere una pestilencial boca contra cualquiera persona por aprobada que sea, habiéndolo impíamente reforzado con estas ó semejantes palabras: puede ser lo contrario, pero al fin no hay fuego sin humo. ¡Oh infernal, oh fuerte persuasion! ¿Es posible que baste una venenosa lengua á lacerar la reputacion de un personaje puro y justo? ¿Puede ser mayor liviandad que creer sin bastante causa lo que falsamente se le imputa? debiendo, por razon divina y humana, cuando en ausencia se oyó calumniar á alguno, creer ántes lo contrario, mayormente si es persona que ha probado bien su valor. Siendo cosa cierta que como la sciencia no tiene mayor enemigo que el ignorante, el rico que el pobre, la virtud que el vicioso, así el hombre valeroso tiene siempre contra sí el roedor gusano de la invidia, que no atiende ni entiende, sino en macular á los que por sus virtudes son dignos de la célebre fama que han alcanzado. Mas á mi parecer, no debemos culpar á estos abominables Proteos, tanto como á los que (con su notable daño) los entretienen sin duda por persuadirles haber en sus personas más cualidades de las que con verdad alcanzan, con que los desvanecen y hacen que se estimen por dignos de la gloria que los pulpos que se les pegan les atribuyen; deseo saber de los tales señores si hubiesen de decir lo que de sí piensan, responderian lo que Theodoro á Stilpon cuando le preguntó si creia ser el que algunos le daban á entender, y habiendo respondido por señas que sí, tú eres luégo un Dios, dixo Stilpon; y consintiendo como ántes, Stilpon se puso á reir, diciendo: ¡oh! cómo eres gran loco, pues por la mesma razon confesarias ser una corneja. Mas cuán al contrario proceden los doblados aduladores, que para representar mejor su tragicomedia encantan á quien dan lo negro por blanco, poniendo mil lazos, para no dexar cosa que no abarquen. ¡Oh, si los príncipes los alexasen de sus córtes, imitando al emperador Alexandro Severo, el cual, habiendo entendido que Turino, su gran privado, le engañaba, le hizo quemar vivo en una pública plaza! Sin duda que no se hubiera acudido tan lentamente por falsos reportes á las necesidades de Frisa, dexando á punto quemar la propia casa por apagar el fuego de la ajena: interrumpiendo con débil correspondencia las buenas ocasiones que se ofrecian. Y con ser esto así, la malicia de algunos llegó á tanto extremo que pretendieron cargar la pérdida de aquel Estado á quien con tanto trabajo le entretuvo catorce años, opuesto siempre á las grandes fuerzas del enemigo, como parece en este puntual discurso, que para su justificacion escribió el coronel Francisco Verdugo. Dexando los no ménos notorios y señalados servicios que ántes habia hecho, comenzando del tiempo que Madama de Parma la primera vez gobernaba los Estados de Flándres, cuando á 4 de Julio del año de 1566, en Anvers, los herejes dieron principio al rompimiento de las imágenes, sembrando con prédicas sus enormes errores, que hallándose entretenido en la córte de S. A., la suplicó le diese licencia para emplear su persona en tal ocasion, levantándose gente para extirpar la sediciosa, y concediéndosela por no haber entónces milicia española, salió capitan en un regimiento de valones del coronel Cristóbal de Mondragon, ántes de la llegada á los Estados, del memorable Duque de Alba, el cual entró en Brusélas á 22 de Agosto de 1567, continuando con eminentes cargos con todos los demas que en aquel gobierno sucedieron, hasta que el Conde de Fuentes, que gobernaba los Estados por muerte del Archiduque Ernesto, le invió á llamar á Luxemburg, donde tenía su casa, para decirle que S. M. mandaba que le fuese á servir en el exército que tenía en Francia, por haber de acudir el Condestable de Castilla, general de él, á su gobierno de Milan. Y no hubo llegado á la Córte, cuando se entendió que el Duque de Bullon habia entrado impensadamente en el Estado de Luxemburg con gran número de caballería é infantería, y tomado tres villas importantes de aquel país. Y habiéndose de acudir á atajar su desiño, el Conde ordenó al Coronel que con la poca gente que pudo darle fuese á remediar la invasion y el daño que se temia, y él lo hizo con tanto valor y presteza, que recobrando en breve tiempo las plazas, hizo retirar al frances con gran pérdida de su gente, y en venganza del daño que habia hecho, se le entró por la frontera de Francia, arruinando cuantos casales y castillos habia hasta las puertas de Sedan. Y con esta victoria, habiendo encaminado la gente á Xatelet, que el Conde en persona tenía sitiado, se retiró á su casa á prevenirse para el viaje que habia de hacer. Donde le sobrevino la enfermedad con que dió fin á los trabajos de la vida, año de 1597, y de su edad 61, sin haber hecho en toda ella más diligencia, para alcanzar premio de sus servicios, que obligar á S. M., perseverando 31 años continuos sin haber hecho ausencia, á hacerle las mercedes que nunca llegaron por causa de quien corta todas las humanas pretensiones y grandezas. Pero no podrá impedir la memoria de las preclaras obras que verás, prudente lector, en tan varios accidentes guiados por él con singular prudencia, consejo, resolucion, trabajo, sufrimiento y paciencia admirable. Dios te guarde.
Á LA EMBLEMA
DEL CORONEL F. V.
Como fuerte leon fué vigilante
Contra el pueblo rebelde y su tirano;
Ser la causa de Dios llevó delante,
Siempre prontas las armas en la mano;
Con el hereje, en el error constante,
Terrible; y para el fiel humilde, humano;
Y en el grave accidente que ocurria,
Con prudencia y consejo resolvia.
D. A.
D. A.
Aquí, divino Febo, emplea tu lira,
Pues la que con razon agradó tanto
Al primer Maño por su excelso canto,
Temiera empresa tal que al mundo admira.
Oh, ya padre dulcísimo me inspira
El aliento y furor que baste á cuanto
Piden los hechos, que terror y llanto
Dieron al Frisio hereje que áun suspira.
Dirásme que la fama es quien pregona
(A pesar de la invidia detestable)
El nombre de Verdugo en todo el suelo.
Que por su gran valor al memorable
Defensor de la Iglesia, dió ya el cielo
¡Oh máximo varon! doble corona.
EL CORONEL
FRANCISCO VERDUGO.
Índice
Siendo advertido de la córte de estos Estados de los malos oficios que en ella algunos me hacen contra razon, procurando por sus pasiones, ó particulares intereses, oscurecer mis servicios, me ha parecido convenirme cortarles el hilo de sus tramas y desiños por este medio, no pudiendo por ahora hacerlo en persona. Y así, forzado, divulgaré mi proceder en los catorce años que he tenido esta provincia y ejército á mi cargo, narrando llanamente todos los accidentes de este tiempo, con tan manifiesta y pura verdad, que ninguno, sin apartarse della, podrá decir en contrario cosa que baste á disminuir un solo punto de el nombre y reputacion que Dios ha sido servido darme, que sabe la intencion con que siempre he vivido, en servicio de mi Rey. Y para darme á entender mejor, diré ántes el camino por donde vine á este puesto, y continuaré hasta dar fin á mi intento, el cual es de satisfacer á quien soy obligado, y confundir á mis de secreto émulos; que con el favor del cielo y este desengaño, espero hacer el efecto que deseo.
Habiendo el serenísimo Duque de Parma ganado la villa de Maestricht, con tanto trabajo y efusion de sangre, y reducido al servicio del Rey nuestro señor las provincias de Artois y Haynault, por conocer ellas que la intencion del Príncipe de Orange era de hacerse señor absoluto de todas las del País Bajo, olvidado del bien público, en el concierto que se hizo con ellas, fué capitulado que todos los extranjeros, que en estos estados servian á su Majestad, saliesen de ellos, dejando los cargos que tenian en los naturales, y en cumplimiento de esto, comenzaron á caminar los tres tercios de españoles y la caballería de la mesma nacion, tomando la via de Luxemburg, haciendo yo el oficio de Maestro de Campo general, y llegando á Arlon con la gente, su Alteza la entregó á Octavio de Gonzaga, general de la caballería, y despidiéndose de ella, se volvió á Namur, y de allí á Mons de Haynault, por más asegurar las provincias nuevamente reconciliadas. Partiendo de Arlon á 1.º de Abril del año de 1580 (habiendo ya tomado la gente el camino de Italia), me fuí á Luxemburg, no pudiendo ir con ella, por tener á cargo la villa de Tionvilla, y deseando dejar aquella plaza, lo procuraba con grande instancia, suplicándolo á su Alteza, y lo mesmo pedia á los nobles y al Consejo de aquel país. De su Alteza nunca pude tener resolucion, y la de los de Luxemburg fué que ellos no me la habian encargado, ni me la podian quitar, porque no entendian estar obligados á cumplir lo que las otras provincias habian prometido, ni habian menester reconciliarse los que no se habian rebelado, y que la suya era separada de las demas; y así me estuve quedo, esperando licencia. Llegada en aquella villa madama de Parma (á quien su Majestad inviaba para gobernar lo político en estos estados, y que el Príncipe su hijo manejase la guerra), significando á su Alteza el deseo que tenía de salir de allí, me mandó que en ninguna manera lo hiciese, sin órden del Rey ó suya, porque deseaba emplearme en cosas mayores del servicio de su Majestad.
En tiempo de la buena memoria del señor D. Juan de Austria, la villa de Gruninghen se concertó con el Príncipe de Orange y Estados generales, publicando y declarando, á són de campana, á su Alteza por enemigo, nombrando por gobernador de Frisa al Conde de Bosu. Y el Príncipe de Orange, temiendo á este caballero por su valor, y haberle traido engañado mucho tiempo con promesa de casamiento con su hija, sin otras que le habia hecho, no cumpliéndole ninguna, procuró que este gobierno se diese al Conde de Rinamburg, como cosa suya y puesta de su mano. Entre la villa de Gruninghen y el país ha habido siempre, y hay, gran disputa sobre los previlegios y pretensiones, y conociendo los de la villa que los del país sus contrarios eran favorecidos de los Estados, del Príncipe de Orange y del Conde de Rinamburg, se resolvieron de hacer mudanza y reconciliarse con su Majestad, y significando su voluntad, su Alteza los admitió graciosamente, procurando asimesmo reducir al Conde al mesmo servicio. Y para este efecto, invió á madama de Monseao, su hermana, y á su marido, para que lo tratasen. Él al principio hizo dificultad de reducirse, pero á la fin se concluyó y reconcilió con la villa de Gruninghen, que poco ántes la hacia guerra por entender que ella hacia lo mesmo, teniéndola medio sitiada. Y entrado dentro, concertaron todos los buenos con él que á cierta hora se hallasen con las armas en las manos, como lo hicieron, apoderándose de los malos. Los cuales, sospechando esto, habian inviado á pedir á sus amigos socorro, el cual venía ya tan cerca de la villa, que si el Conde tardára pocas horas más, hicieran con él lo que él hizo con ellos. Y fué que habiendo salido á la hora concertada, con muerte de uno ó dos, echó del lugar y prendió la mayor parte dellos. Y visto por los Estados y el Príncipe de Orange lo que el Conde de Rinamburg y la villa habian hecho, se resolvieron de sitiarla, y así lo hicieron, con muchos fuertes al rededor. Pedian con grande instancia el Conde y los de la villa socorro á su Alteza, y deseándosele dar, quiso inviar con él á Mons de Billí, con su regimiento de alemanes, que poco ántes habia levantado; y él se excusó de ir en persona no sé con qué causa, pero fué su regimiento con algunas compañías de hombres de armas y caballos ligeros, y por cabeza del socorro, el coronel Martin Schencks, que poco ántes habia venido al servicio de su Majestad. Caminó este socorro hasta cerca de Covorden, que el enemigo habia ya ganado, y por esta causa tomaron el camino de Hardemberg. Los enemigos que estaban en el sitio de Gruninghen, entendiendo que este socorro venía, dexando los fuertes proveidos, le salieron al camino y le toparon junto al dicho lugar; y el Conde de Holac, que gobernaba esta gente, por tener más que la nuestra, quiso pelear y fué vencido; y sabiendo esto los del sitio, le desampararon. Socorrida esta tierra, los de ella queriendo mandar absolutamente, como siempre han pretendido, usaban muchas indignidades contra este caballero, que aunque habia mostrado valor y hecho algunas buenas cosas ántes que yo llegase, no por eso le respetaban ni tenian en más. Fastidiado del proceder de éstos, pretendió ir á besar las manos á su Alteza, pidiéndole con grande instancia que inviase alguna persona, acompañada de arcabucería valona, para mezclarla con las picas alemanas, por tener tres regimientos de ellos y ser mal obedecido y respetado de el de Mons de Billí por la pretension que su coronel tenía al Gobierno, y de el de Gheldres, por ser desobediente. Su Alteza trata con Mons de Billí que hiciese este viaje, y él se excusó como ántes, y el Conde procuraba con mucho calor y solicitud su licencia. Su Alteza, con parecer de los estados de Haynault y Artois, del Conde de Lalaing y Marqués de Renty, primos suyos, me invió á llamar á Luxemburg, donde estaba. Y aunque me pareció que yo no habia de volver á entrar en el país sin órden del Rey, pues con ella habia salido, todavía, considerando que tenía órden de su Majestad de obedecer en todo lo que de su servicio me mandase su Alteza, me partí para Valencianas, adonde á la sazon estaba, y llegado, declarándome la causa de mi venida, le dixe que á mi partida de Luxemburg habia propuesto de no rehusar ninguna cosa de las que fuesen del servicio de S. M., que no habia estado jamas en Frisa, ni sabía cómo las cosas de ella estaban, que su Alteza se sirviese de proveerme como via ser necesario, que yo no atenderia sino á obedecerle, confiado de que siendo yo tan su servidor, criado y hechura de madama su madre, no me inviaria sino como debia. Tambien los Estados y el Conde de Lalaing y su hermano el Marqués me hablaron, pidiéndome que lo hiciese. El recaudo que su Alteza me dió para hacerlo fué que levantase de nuevo dos mil arcabuceros valones, porque mi regimiento, que el Conde Octavio de Mansfelt tenía entónces, no se me podia volver, como se me habia prometido, por no gustar de ello el Conde su padre. Proveyéronme de cuarenta mil escudos para la gente que allí estaba, los cuales se inviaron con un pagador y un comisario, á Carpen, donde yo habia de acudir con la gente para pasar la muestra y encaminarme á priesa. Y por tener para levantarla más estorbo que asistencia, se tardó más tiempo del que yo quisiera y era necesario. Ido á Carpen á esperar el regimiento, por entender que los comisarios me estaban allí aguardando, tardaron los capitanes en levantarla. En el tiempo que estuve allí esperando mi regimiento, sucedió la enfermedad del Conde de Rinamburg, causada, segun decian sus criados, del mal tratamiento que los de la villa de Gruninghen le habian hecho, los cuales, pretendiendo mandar absolutamente, han siempre tenido poco respecto á las órdenes de su Majestad y á sus gobernadores, á quien al fin de sus trabajos y servicios han dado muy ruin pago, como hicieron á George Schencks, caballero muy honrado y valeroso, á Mons de Billí y á otros, por la insaciable y mal fundada ambicion, que siempre han tenido, la cual los ha traido al estado en que se hallan, y á hacer lo que han hecho. Y con esta sed, no obstante el haber jurado al emperador Cárlos Quinto de gloriosa memoria y á su Majestad por sus señores hereditarios, como duques de Brabante y condes de Holanda, su decir ordinario era que el Rey solamente es su protector, y que pagándole doce mil florines al año, no tenian más que ver con él (digo esto para que se entienda su buen proceder). Inviaron los de la villa, estando yo en Carpen, á darme priesa al consejero George Wentendorp y al capitan Finchiburg, que era del consejo de la villa (amigo mio de Holanda, siendo capitan de alemanes), los cuales vieron que no era por mi culpa no haber partido. Diéronme á entender la necesidad que habia de mi persona y regimiento, por haber sido roto Juan Baptista de Tassis, teniente coronel de Mons de Billí, con todo el exército; habiéndole los de la villa de Gruninghen constriñido á entrar en Frisa, contra toda razon de guerra; y los enemigos, siguiendo la victoria, hecho retirar á los nuestros hasta la puerta de la villa, y ellos alojádose en la Abadía Seluvart, que está de la otra parte de ella. Llegó mi regimiento á Carpen, y queriéndole tomar muestra, me vino nueva de la muerte del Conde de Rinamburg, que fué causa para que con mas diligencia apresurase mi partida, entendida la rota de Tassis y la muerte del Conde, vi ser necesario tener alguna caballería conmigo, por ser todo mi regimiento de arcabuceros por órden. Ofrecióse estando en Colonia levantando una corneta de raitres Mons de Buy por el Duque de Alanson, cuyo capitan se llamaba Vanlanghen, que por haber recibido de Mons de Buy, entre escudos buenos algunos falsos, habian los dos venido en disension. Viendo esta ocasion, por la necesidad que de esta gente tenía invié al comisario Luis de Camargo, á intentar con el Raytmaister si queria venirse conmigo. Y yendo á embarcarme con mi regimiento, en una Abadía junto á Colonia vino á verme. Concertámonos, y dándole cuatrocientos escudos, luégo se obligó de ir conmigo hasta ponerme en Frisa, con la gente del Rey que allá estaba, con condicion de que yo suplicase á su Alteza le recibiese en servicio del Rey. Él cumplió lo que prometió, y por mi medio su Alteza le recibió, y despues sirvió muy bien en el sitio de Tornay. Partimos para Frisa, él por tierra costeando el Rin con todos los caballos de su corneta, y yo con los de mi regimiento, y nos venimos á juntar entre Sante y Burik en muy breve tiempo, en un lugar llamado Berck, y luégo comencé á caminar hácia Bredevord. En esto habian los enemigos acometido el fuerte de Ghoer, y los nuestros, acudiendo á tiempo, los habian sitiado á ellos, en la casa de un caballero que estaba allí junto, y con mi venida y la necesidad de vituallas que los enemigos pasaban, se rindieron. Proseguí mi camino hácia Gruninghen, y llegando á Covorden, me adelanté á reconocer el sitio donde los enemigos estaban, con intencion de que si fuese en parte donde se pudiese venir á las manos con ellos, hacerlo, por la buena gana de pelear que los soldados de mi regimiento mostraban (ya los que habian sido rotos con Tassis estaban armados). Deseé pelear, ántes de distribuir los cuarenta mil escudos que el pagador traya conmigo, mas sabiendo el enemigo mi venida, se levantó del puesto de la Abadía en que estaba, quemando su alojamiento, y retirándose por una puente que tenian en el Niediep, se fueron á pasar por Niezijl, fuerte que los enemigos ganaron cuando Tassis fué roto. Llegado á Gruninghen hallé toda la infantería amotinada, de tal manera que me fué forzoso procurar de apaciguarla ántes de moverla de allí, para ir contra el enemigo. Y entre tanto (á requisicion de los de Gruninghen) invié mi regimiento contra el fuerte de Reyden, que los enemigos habian ganado y fortificado, puesto en una punta enfrente de la villa de Emden, el rio en medio; hallaron á los enemigos reparados, no sólo en el fuerte que habian hecho de nuevo en la dicha punta, mas en otros pasos, para estorbar el llegarse á él. Fueron acometidos y rotos, y siguiendo nuestros soldados la victoria, los encerraron en el fuerte grande, adonde poniéndoles algunas piezas y comenzándole á tirar, no obstante que habia dentro buena cantidad de gente con cuatro banderas, vinieron á parlamentar, y los soldados á cerrar con el fuerte, y entrando en él, tomaron las cuatro banderas, matando algunos enemigos; y los demas se echaron á la mar, adonde habia algunos navíos del enemigo, que con barquillas los recibian. Hecho esto, invié alguna parte de mi regimiento á la Marna, país de Gruninghen, á reconocer otro fuerte que los enemigos tenian en la punta de un dique llamado Solcamp, el cual desampararon quemándole. Habiendo entendido lo de Reyden, me quedé en Gruninghen apaciguando la infantería, que estaba alterada, para poderme poner en campaña y seguir al enemigo; tuve que hacer en darles satisfacion, porque, no solamente hallaba el descontento en los soldados, mas tambien en los capitanes; al fin, fuí forzado, para acabar con ellos, de repartir los cuarenta mil escudos, segun la cantidad de gente que cada capitan tenía. Y hecho esto, me puse en campaña con toda la gente que me quedaba, habiendo dexado partir de este país un regimiento de alemanes, que llamaban de Gheldrés, por ser (como he dicho) de soldados mal voluntarios y desobedientes. Tambien habia dexado partir las dos compañías de hombres de armas del Conde de Lalaing y de Mons de Montaiñi, con otra compañía de arcabuceros á caballo de Mons de Vallon, las cuales se querian volver en Hainault, con licencia ó sin ella; quedándome con sólo cuatro compañías de caballos, tres de lanzas y una de arcabuceros á caballo; y habiendo su Alteza inviado á llamar para el sitio de Tornay á los reytres de Martin Schencks, y á la corneta de Adan Vanlanghen, con la gente que me quedaba me puse en campaña, alojándome en la Abadía de Grotavert, quexándose ya los soldados de falta de dinero. En el tiempo que estuve ocupado en acordarlos y hacer lo que he dicho, el general Norys, caballero inglés, que fué el que tenía sitiada á Gruninghen, aumentaba su exército en Frisa, con gente de Bravante y otras partes, con promesa que habia hecho de pelear conmigo, casi asegurando de la victoria. Sus soldados ingleses y frisones andaban en disensiones y se hacian poca amistad donde se topaban, por las desórdenes que los soldados hacian, quemando casas y villajes, por vengar las muertes de algunos compañeros suyos que los villanos mataban; y llegó esta disension á término que algunos de Frisa vinieron á tratar conmigo de que ellos tomarian las armas y se juntarian con nosotros á dar sobre los ingleses. Yo acepté el partido, como me diesen seguridad de que harian lo que decian y de que no serian contrarios en lugar de ser en favor, acordándome entónces de lo que habia siempre oido decir en Holanda, que no se debe dar crédito á frison que no tenga pelos en las palmas de las manos. Estando esperando la seguridad, que nunca vino, me inviaron los de Gruninghen al Abad de la Abadía donde yo estaba alojado, á Meppen, teniente de la cámara del Rey, al consejero Wetendorp, y al burgomaestre Dirique Robert, á instigarme que entrase en Frisa á buscar al enemigo. Yo, hallándome con gente que me pedia dineros, no del todo apaciguada de la alteracion pasada, inferior mucho de fuerzas, sin medio para haber vituallas ni poderlas llevar conmigo, considerando lo que poco ántes habia sucedido al teniente coronel Tassis por haber seguido la órden ó mal consejo de los de la villa de Gruninghen, les respondí que si querian tener paciencia, que yo constriñiria al enemigo á salir de Frisa, ó venir á pelear conmigo (lo cual fundaba sobre la disension de los ingleses y frisones, y la plática que yo traia con ellos), y si el enemigo salia de Frisa, que con más comodidad podia efectuar lo que ellos pedian; y si me venian á buscar, que no era razon que dexase mi ventaja y sitio fuerte, perdiéndome por complacerlos en su injusta demanda, fuera de toda razon de guerra; acordándolos lo que digo haber acontecido á Tassis por haber seguido su parecer; que tomaria el de los capitanes y cabezas del exército, por ser los que habian de aventurar sus vidas y honras conmigo, que á ellos, sentados en su casa de villa, se les daria poco del mal suceso que hubiese, sin declararles que echaba de ver en su manera de proceder con la gente del Rey, que en el adverso ó próspero suceso tenian ya pensado lo que habian de hacer en su particular. Fueron mal contentos de mi respuesta, porque vieron que no haria lo que ellos me aconsejasen, sino lo que hallase convenir con el consejo de las cabezas y capitanes del exército. Yo via que el enemigo tenía gana de pelear, en que dos dias ántes habia dado una encamisada á mi regimiento, aunque de poco fruto. Y viniendo despues á mí el consejero Wetendorp (no sé si inviado del magistrado ó de suyo), me pidió con importunidad, que ya que no queria entrar en Frisa, á lo ménos saliese del Abadía y me adelantase á Northorno, una legua hácia el enemigo. Consultélo con los capitanes y con el teniente coronel Tassis, el cual respondió que lo haria, pero que habia dos capitanes de los suyos (cuyos nombres me dixo) que le eran rebeldes y de mala voluntad, yo le dixe que los diésemos de puñaladas, y como él les fué á decir esto, no hablaron más en ello, y aunque la mayor parte de ellos no eran de parecer de mudarse, yo, por no mostrar flaqueza, se lo prometí, y así invié luégo al teniente coronel y otros capitanes á visitar el lugar, los cuales me dieron aviso de que no habia agua en él; y paresciéndome que, aunque el tiempo era seco, sería imposible que en tal país hubiese falta de agua, fuí yo mismo á reconocerlo, y hallé fosos con ella, y pozos en algunas casas. Invié luégo por todo el exército, y vino sin la compañía de Tassis, que, sin saberlo yo, ni por mi órden, la dexó en la Abadía, que me dió á pensar que sus soldados y los demas, que habian sido rotos, tenian todavía miedo al enemigo, y que era menester muy buen pié, fundamento y tiento para ir á pelear con ellos. Aloxé el exército en aquel villaje, de la manera que habia de salir á la plaza de armas á pelear, y no obstante que yo habia hecho lo que Wetendorp me habia rogado, el magistrado de la villa de Gruninghen no permitia salir de ella ningunas vituallas para el campo, ni con dinero ni sin él. Yo, viéndome empeñado cerca del enemigo, conociendo la falta que habia hecho en moverme, invié dos capitanes, uno de caballería y otro de infantería, á rogarles que nos dexasen sacar lo necesario por nuestro dinero, lo cual me fué rehusado; y segun algunos decian, era por tener por más cierto el perdernos que haber victoria, y con esto tener al enemigo más grato, si nos sucediese mal; y esta fué la causa que al tiempo de pelear habia muchos soldados fuera del campo, para buscar de comer. Atrincheé las avenidas y cuerpos de guardia, preparéme y puse en órden lo que era necesario, segun la comodidad que tenía por saber que en breve sería acometido, como fué así, que habiendo el general Noris, augmentado su exército en mucho más número de gente que yo tenía, propuso venirme á buscar. Nuestros soldados, por la necesidad que tenian, se iban á buscar de comer y á batir trigo para sustentarse; y al tiempo que el enemigo se comenzó á mostrar por el dique de Niezijl, faltaba la tercia parte de la gente en el alojamiento para el efecto. Fuí yo á reconocer, y como vi que no traia bagaje ninguno, me pareció que venía con gana de pelear luégo, y así volviendo al cuartel hallé, segun la órden que les habia dado, todos los soldados recogidos en sus banderas, mandélos salir á la plaza de Armas, y púseme en forma de batalla contra la opinion del enemigo, como despues entendí, que no pensaba que yo saliera del villaje, sino que en él me defendiera; fundábalo en la superioridad de gente que tenía, y en la reparacion de las avenidas que yo habia hecho en el cuartel. Puse la gente en escuadron, los alemanes en medio, y mi regimiento repartido, la metad al cuerno derecho, y la otra metad al izquierdo, repartiendo asimesmo las cuatro compañías de caballos que tenía, dos á un lado y dos á otro. El enemigo formó tambien sus escuadrones. A nuestro cuerno izquierdo habia un camino ancho, por donde, y no por otra parte, podia acometer la caballería que tenía el enemigo á su cuerno derecho. Por una y otra parte de los dos cuernos era país roto, lleno de fosos, y hácia la parte de este camino, obra de trescientos pasos de nuestros escuadrones, puse un capitan de mi regimiento, con hasta doscientos mosqueteros y arcabuceros, con órden de poner el pecho en tierra, y esperar allí que la caballería acometiese, que estaban en parte segura, por los fosos que por todas partes cercaban donde ellos estaban. Conociendo yo el sitio, y que en ninguna manera se podia acometer sin romperse los escuadrones, fuí avisando á los nuestros que no se moviesen sin que yo les diese la órden. Diciendo á los escuadrones estas palabras: Hijos, viendo cómo el enemigo se ha puesto, y cuán mal ha hecho sus escuadrones, con el favor de Dios la victoria es nuestra, y sólo consiste en que esteis firmes y no moveros sin mi órden, porque el primero de los dos exércitos que se moviere será perdido. Dicho esto saqué de nuestro cuerno derecho hasta doscientos arcabuceros de mi regimiento, y los puse junto á la compañía de arcabuceros á caballo de Mons de Villers y la mia, algo apartado de nuestros escuadrones, junto á una casa, en frente de la cual habia hecho algunas esplanadas, para que habiendo el enemigo pasado por ellas alguna gente, acometiese con los primeros, no los pudiendo socorrer los que los seguian. Hecho esto, me fuí á los escuadrones, de donde hice comenzar la escaramuza por tres partes; y miéntras escaramuzaban, adelantaron los enemigos cinco piezas de campaña, y comenzaron á cañonearnos, sin que hiciesen más efecto que matar un atambor mio: la escaramuza fué refrescada tres veces, sobre ganar ó perder una montañica verde, que estaba entre los dos campos. Mi intencion era darles con estas escaramuzas ocasion de mover sus escuadrones, en que consistia (despues de la voluntad de Dios) la victoria, como sucedió, porque viendo el general Noris aquellas dos compañías de caballos y la infantería que habia puesto con ellos tan apartados del cuerpo de nuestros escuadrones, mandó á su nacion que cerrase con ellos, tomando su camino á salir por las esplanadas que habia hecho. Alonso Mendo, alférez de mi compañía de lanzas, y el capitan Villers, que lo era de arcabuceros á caballo, en lugar de esperar que el enemigo pasase por la última esplanada señalada con dos palos, que de mi mano habia puesto, habiendo dado órden que en comenzando á pasar algunos por allí, cerrasen con ellos, que rotos aquéllos, pondrian en detrimento los demas, ellos se adelantaron á pasar por la señal hecha, y dieron la mesma ocasion que yo les habia dicho que el enemigo les daria á ellos. Fueron acometidos y rotos, y la infantería, que cargaba á su mano derecha, pegada á ellos, rompió la nuestra. En este tiempo la caballería del cuerno derecho del enemigo cargó adelante por un camino ancho, junto al cual estaban los mosqueteros y arcabuceros que he dicho, los cuales se levantaron, y no estando más que á treinta pasos del camino, de la primera ruciada que dieron, hicieron tan buen efecto, que derribaron muchos de ellos. Viendo lo que la nacion inglesa habia hecho en nuestro cuerno derecho, mandé que cerrasen nuestros escuadrones contra los del enemigo, que ya se habian movido y venian medio desordenados. Yo cerré por el mesmo camino con dos compañías de caballos del capitan Thomas Frate, albanés, y del Baron de Bievres contra esta caballería, que venía cargando por él, la cual por las rociadas que los mosqueteros y arcabuceros la daban, hallé medio desbaratada, y con mi carga volvió las espaldas poniéndose en huida, que fué dar mucho ánimo á nuestra infantería, que cargaba á su mano derecha, y quitarle al enemigo viéndola ir rota. Los ingleses que cargaron á nuestro cuerno derecho siguieron la victoria hasta nuestro cuartel, y cuando pensaron tenerla del todo, vieron su cuerno derecho y el cuerpo de sus escuadrones roto. Y así, volviendo tambien las espaldas, hallaron el paso tomado por nuestra infantería, que los deshizo como los demas, matando gran número de ellos; yo, siguiendo su caballería que cargó por el camino primero, con intencion de en tomando el dique que iba á Niezijl, hacer cara á la caballería inglesa, que como he dicho habia llegado á nuestro cuartel; pero nuestras compañías que me seguian se quedaron matando los que la infantería habia roto, y cuando pensé estar acompañado de ellos, me hallé solo en el dique, por donde pasaron todos los principales con sus capitanes, y maltratándome estuve preso dos veces sin ser socorrido; mas al fin, con el miedo que llevaban, defendiéndome yo lo mejor que pude, me dexaron. Los de la infantería del enemigo, que venía rota por la mayor parte, echaron á nuestra mano derecha por unas praderías hácia el canal de Niezijl, y habiendo llegado alguna gente, seguí á sus banderas, las cuales se tomaron, sino una que uno de á caballo salvó. Murieron de los enemigos de dos á tres mil hombres; pocas veces es cierto el número de los muertos que en tales casos se dice, pero el comun de los que lo vieron fué éste. Y siguiendo yo, como digo, las banderas del enemigo, vi ir por el camino adelante al teniente coronel Tassis y á otros capitanes hácia el fuerte del enemigo, que fué desamparado por poco tiempo, y la guarnicion de él, temiendo ser cortados de alguna caballería nuestra, que habia pasado á nado, se volvió á meter dentro, pudiendo los nuestros haberlo ocupado ántes. Esto sucedió sábado, el último dia de Setiembre y de San Jerónimo, año de 1581. Murieron veinte y cuatro capitanes, dos tenientes coroneles y uno preso, perdiendo tambien las cinco piezas de artillería, y el general Noris fué herido en una mano, de que ha quedado manco. Éste es el general que llevaba la gente de guerra á su cargo cuando fueron á sitiar á Lisbona los años pasados. Comenzando ya á venir la noche, dí órden recogiendo la gente, que cada uno se volviese al puesto que tenía, y estando en escuadron en la plaza de Armas todos arrodillados, dimos gracias á Dios por la victoria, que habia dado á su Majestad con tan poca pérdida nuestra. Y aquella noche ordené al teniente Tassis, por hallarme con calentura, que pasando por el puente de Emeltil que está rio arriba junto á Northorno, fuese siguiendo al enemigo dentro en la Frisa, sacando al amanecer la gente para este efecto. Y estando como á dos tiros de mosquete fuera del alojamiento, se me alteraron los alemanes pidiendo el mes de batalla: bien es verdad que el tiempo se habia mudado, lloviendo tanto, que apénas y con mucho trabajo podia caminar la infantería; pero con todo esto se pudiera haber hecho gran servicio á su Majestad, mas no fué posible sacarlos de su opinion, y así no pasó el desiño adelante. É informándome de quién habia sido causa de esto, me dixo el capitan Locheman, teniente que es ahora de Mons de Billí, que el capitan Clostre que al presente es Drosart de Vollemhove habia sido el primer inventor de esta desobediencia. Por la alteracion de la gente y ser yo nuevamente venido, lo disimulé por entónces. Otro dia los burgomaistres de la villa y algunos diputados del país me vinieron á visitar, dándome un presente de vituallas. Agradecíselo diciendo que daba gracias á Dios porque lo que dos dias ántes me negaron por dinero me daban ahora sin él; y temiendo que otro dia me cerrasen las puertas como entónces, les consentí que pusiesen otro dacio nuevo sobre cada tonel de cerveza, que aunque era en perjuicio de la soldadesca, me era fuerza pasar por ello, por ser naturalmente aquella gente muy interesable, que ya comenzaba á conocer su humor.