Buch lesen: "#SaliDeCasa"
#SALÍDECASA
#SalíDeCasa es la continuación nacida, casi sin planearlo, de #QuedateEnCasa, el primer volumen de cuentos surgido de un juego-torneo literario entre amigos durante la pandemia de covid-19 que estalló en 2020. Poco imaginábamos entonces que doce meses más tarde seguiríamos abocados a los nuevos rituales impuestos por un virus no deseado pero bien instalado, que las discusiones en torno al lavado de manos se trasladarían a la ardua cuestión de las vacunas y que la sorpresa inicial iría transformándose en agotamiento y hastío. Pero una vez más, la literatura se hizo presente para ayudarnos y recordarnos que, si se escribe, no todo está perdido. Entre un volumen y otro hay un año transcurrido, costumbres ya arraigadas –como andar con un barbijo puesto y otro en el bolsillo– pero sobre todo transformaciones, visibles e invisibles, interiores y exteriores. A eso responden las tres divisiones de este libro: Puertas Adentro, Puertas Afuera, y en el medio la omnipresente Pandemia que dio vuelta nuestras vidas durante ya dos años. Parte del juego fue revivir los personajes del primer volumen, continuar algunas de las historias, proponerse poner en palabras la experiencia del encierro, jugar a lanzar consignas desconcertantes y, como siempre, hacer de la creación literaria una ventana doblemente abierta: hacia afuera, hacia el mundo, y hacia adentro, hacia nosotros mismos. Este es el testimonio de nuestro viaje.
FLORENCIA AGRASAR • RITA CORIGLIANO • GRACIELA CUTULI • PIERRE DUMAS • MABEL FUZZI • VICTORIA ROSSI • TERESA TÉRAMO
#SALÍDECASA
relatos postpandemia

Índice
Cubierta
Acerca de este libro
Portada
Segundas partes sí son buenas
Puertas adentro Vaciar la casa, por Florencia Agrasar Maneras de interpretar, por Graciela Cutuli Atracción fatal, por Rita Corigliano La separación de bienes, por Mabel Fuzzi La puerta se cierra, por Pierre Dumas Presepe vivente (25/11/2020), por Graciela Cutuli Nostalgia, por Florencia Agrasar Presencia, Teresa Téramo La mina, por Graciela Cutuli La plancha, por Mabel Fuzzi Parto, por Florencia Agrasar El mismo, por Mabel Fuzzi Mosquita muerta, por Victoria Rossi Humo, por Mabel Fuzzi Se equivocó la paloma, por Rita Corigliano La muy desgraciada, por Mabel Fuzzi Veo, veo..., por Rita Corigliano La tía Beba, por Mabel Fuzzi IB 773 Madrid-Buenos Aires, por Teresa Téramo Maniobra, por Mabel Fuzzi Corrientes, por Graciela Cutuli Romance de verano, por Mabel Fuzzi Viejito, por Victoria Rossi
Pandemia Diario de la Segunda Ola, por Florencia Agrasar La venganza de Gabriela, por Graciela Cutuli Las Normándicas, por Pierre Dumas Clarividencia, por Teresa Téramo Me gusta el arte, por Florencia Agrasar El regreso del Smilodon, por Pierre Dumas Desgracia con suerte, por Florencia Agrasar Los hijos de Pu, por Teresa Téramo El reflejo, por Victoria Rossi Sin sentido, por Florencia Agrasar Los colores de la pandemia, por Pierre Dumas Coraje, por Florencia Agrasar Dulce engaño, por Teresa Téramo Barbijos, por Victoria Rossi Batman en pandemia, por Teresa Téramo Autoayuda, por Florencia Agrasar 380 días y 48 horas, por Rita Corigliano Donde no me encuentro, por Victoria Rossi Romántica, por Teresa Téramo No hay mal que por bien no venga, por Rita Corigliano Inesperado blues, por Teresa Téramo
Puertas afuera Un instante de desconcierto, por Pierre Dumas Ocio y neg-ocios, por Teresa Téramo Detective, por Florencia Agrasar Sol de medianoche, por Rita Corigliano Miami, por Mabel Fuzzi En mis sueños, había sido maravilloso, por Graciela Cutuli Tren Once-Bragado, por Rita Corigliano This Pretty Face Don’t Work no More, por Pierre Dumas Lluvia de estrellas, por Teresa Téramo Noche de carnaval, por Rita Corigliano Todo está en un gesto, por Graciela Cutuli El científico que subió a una montaña, por Pierre Dumas Londres, 8/8/1969, 11.30, por Graciela Cutuli Zapatos, por Florencia Agrasar Blauwe-Ogen Koen, por Pierre Dumas La esfera mágica, por Graciela Cutuli Cuando Caruso calló a los pájaros, por Teresa Téramo Un rayo de sol, por Mabel Fuzzi Marcovaldo, el superhéroe, por Pierre Dumas Un ángel, por Teresa Téramo Canción para mi muerte, por Graciela Cutuli Cinco años, por Pierre Dumas Don Sergio, por Teresa Téramo El poder de un nombre, por Graciela Cutuli Más real que la realidad, por Pierre Dumas ¡Siempre listo!, por Teresa Téramo Wasichu, por Pierre Dumas Jeanne Calment recuerda a Van Gogh, por Graciela Cutuli Mrs. Holmes, por Teresa Téramo La carrera, por Pierre Dumas Boris Kauth, por Florencia Agrasar
Pandemia, no te tenemos miedo: te enfrentamos con palabras
Créditos
Cada relato puede leerse acompañado por un tema musical indicado junto al título. La playlist fue confeccionada por Pierre Dumas y se encuentra en Spotify con libre acceso a través del siguiente código QR:
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Segundas partes sí son buenas
#QuedateEnCasa era la consigna que en todos los idiomas se repetía incansablemente. Un hashtag que se hizo viral y se diseminó como el nuevo coronavirus por el mundo entero. Ese fue el nombre de nuestro primer libro de relatos en pandemia, que llegó a las librerías a fines de 2020 y, si bien empezó como un juego literario de nueve amigos encerrados en busca de alguna escapatoria –conscientes de que la escritura sana y salva–, tuvo una repercusión impensada o, digamos más modestamente, superó las fronteras de nuestros mundos cotidianos y posibles. ¡Se lee hasta en Miami y en Misiones! Hubo compras digitales desde Milán, alguna de Bolivia y se vendió en librerías de Buenos Aires, Mar del Plata, Neuquén y Bragado.
Con el impulso de la creatividad que ayuda a convertir el limón en limonada, mientras que otros nos convierten el vino en vinagre, decidimos continuar la aventura literaria aliviando con la escritura el tedio de la virtualidad, la absurda precariedad de las “burbujas” –no precisamente de champagne pétillant– y lo incómodo de un presente de bocas tapadas con barbijos y mucho alcohol… en gel. Nuestro fervor inicial de capturar vida –esa vida que veíamos tornarse vulnerable, frágil, breve– en historias continuaba intacto y seguimos escribiendo durante todo 2021. “Escribir es una maldición que salva”, ya lo decía con la autoridad que le corresponde Chaya Pinjasovna –Clarice Lispector para los amigos–. “Una maldición porque obliga y arrastra, como un vicio penoso del cual es imposible librarse. Y es una salvación porque salva el día que se vive y que nunca se entiende a menos que se escriba”.
Así entre risas, chocolates, reuniones virtuales, de las otras y ¡sgroppinos! chez Dumas, surgieron los cuentos que contiene este libro. Hay mucho de humor catártico, aunque estas páginas también harán derramar alguna lágrima y hasta provocarán una mueca de disgusto a la par que una carcajada o un suspiro de alivio. Es que el humor es un principio poético, que permite trascender con ingenio las dificultades. Sin buscarlo, está presente detrás de Desgracia con suerte y el conflicto generacional de una veterana profesora; La venganza de Gabriela y la tarea de escritura contrarreloj de una periodista; Las Normándicas y los vaivenes americanos; Más real que la realidad, donde helicópteros lanzan perfume sobre París; Los hijos de Pu –el inefable Chang Pu– y la primera legisladora porteña china del barrio de Flores; La separación de bienes, donde una pareja se disputa por las pequeñas cosas compartidas como los libros y un juego de bolitas; Veo, veo, donde el humor deja lugar al realismo mágico y Mosquita muerta, que presenta los conflictos de oficina con un diálogo cuidado y sutil donde el lector deberá hacer un esfuerzo para escuchar lo no dicho.
El virus (uno más inofensivo pero devastador: el virus del trabajo y las obligaciones contraídas) causó dos bajas entre los nueve autores que dimos vida a #QuedateEnCasa en 2020, y aunque sentimos dejar atrás el número nueve –tan místico y dantesco–, el siete con toda su magia simbólica nos mantuvo unidos en busca de dar sentido con la escritura al entorno pandémico, como las siete cuerdas de la lira de Apolo, bien tensadas para dar la nota justa. El siete, en efecto, nos acompañó en la selección de cuentos que integran la presente antología, que cerramos en setenta y cinco: el número de relatos que contienen estas páginas. Cada uno muy distinto al otro en tono y ritmo pero, como piezas de un mosaico, todos en conjunto nos muestran un maravilloso cuadro de vivencias, sentimientos, pesares y pensares de un mundo que cambia, que nos transforma.
Escribir salva, sana, libera y nos hace más humanos y cercanos. Seguimos escribiendo y este libro es el resultado de quienes amamos la palabra, su poder performativo, seductor. En la palabra encontramos esa luz que despeja tinieblas, ese fuego que purifica, ese calor que acaricia los cuerpos cansados. A través de la escritura hallamos nuestro reposo y nuestro hilo de Ariadna que nos fue acercando a la salida de un tiempo con forma de laberinto y de una pandemia que cerró algunas puertas pero abrió otras. Por encima o por debajo de las diferencias resulta ser una pandemia que fortaleció los vínculos con la vida.
Termina el año y estamos vacunados. Vacunados contra la desesperanza. Poco a poco vamos recobrando la “normalidad”, transitando los espacios habituales, pero el azote ha hecho que nada sea como antes. Muchos de los cuentos relatan situaciones hogareñas donde la palabra “casa” enmarca los hechos narrativos. Otros capturan momentos de viajes, mares, caminos… Algunos, los menos, se centran en las consecuencias y la fuerza del virus arrollador.
Agrupamos los cuentos en tres partes y así como en el libro anterior la división tuvo por criterio la temporalidad, aquí el orden lo da la dimensión espacial: Puertas cerradas, Pandemia y Puertas abiertas. Con todo el peso de la P, consonante oclusiva y sorda que nos controla aún los movimientos y nos increpa con su panza alta, recordándonos los kilos que aumentamos en este tiempo de ansiedad y desazón por el encierro. Pero el virus no fue tan malo. ¿Para qué ha servido? Para una lección humana universal: para que aprendamos a descubrir ese lazo tan fuerte del Amor que, como dice Dante en el último verso de su Comedia, “move il sole e l’altre stelle” y que, identificado en el Empíreo con el fuego, derrite el miedo.
Con la edición de este libro –que también incluye una playlist para leer con música– decimos “chau chau, adiós” a este 2021 que termina y lanzamos un nuevo grito, “¡Salí de casa!”, que esperamos se vuelva tan viral como el hashtag anterior. Tal como cantaba otro Virus: “No hace falta ser un ser superior”, basta con “poner el cuerpo y el bocho en acción”. ¡Vamos, #SalíDeCasa! §
PUERTAS ADENTRO
Vaciar la casa
Florencia Agrasar
Die Grafsteensangers / Die Trein na Pretoria
Es una tarea hercúlea, pero arremetemos. Vamos con Delia, finalmente a vaciar el departamento de la tía Titi, que quedó así desde el día en que murió, hace un año y medio. Bah, no así, porque la vecina le regó las plantas y le pagamos a una chica paraguaya que limpia la entrada del edificio y los lugares comunes para que una vez cada quince días dé una repasada. Pero así quedó, suspendido en el tiempo, con la energía de Titi atrapada adentro como un aura extraña y luminosa… porque Titi fue un caso serio.
Somos ocho los sobrinos, pero cuando finalmente se vendió el departamento y tuvimos que poner fecha para vaciarlo, todos –menos Delia y yo– se hicieron los sotas: que estoy complicado con trabajo, que justo hoy no puedo, que tengo el auto en el taller. No cuento a los dos que viven afuera, Jaime en Salta y Matías en Costa Rica. Ellos apenas participan de nuestro chat de trámites post funeral, un caos de intercambios y opiniones.
Al trasponer el umbral el olor mustio a encierro mezclado con talco y algo ácido me invade la nariz. La casa está como era entonces, abarrotada de cosas: estatuillas, cuadros, jarrones, jarroncitos, fotos de sus sobrinos, de sus viajes, más fotos, viejas, de la época de máquina de rollo, algunas enmarcadas, otras apoyadas por ahí. Mi tía fue soltera, vivió unos cincuenta años en este departamento y murió a los ochenta y cuatro. En sus viajes por el mundo coleccionó de todo, adornos truchos y berretas y algunas preciosidades conservables. Me gustan mucho unos platos de Limoges colgados de las paredes, con unas perdices pintadas, y unos Talaveras de la reina que eran de mi abuela. Todo me trae recuerdos y tengo un escalofrío que me sacude los hombros. Delia me mira, suspira –creo que nos entendemos, que las dos tenemos un memento mori–, abre las ventanas con energía, levanta las persianas y todo se inunda de la luz de la tarde. “¿Hago unos mates mientras embalamos?”, me dice enérgica, con un guiño. Un mechón rebelde se le escapa del rodete apresurado que se hizo con un lápiz. Su naturaleza es positiva, sé que me va a levantar el ánimo. Y así empezamos. Yo por la habitación, Delia por el comedor. Trajimos cajas enormes de cartón compradas para este fin, toneladas de diarios viejos y dos fibrones rotuladores. Ella embala los platos de porcelana del juego bueno, yo vacío el placard de su ropa. Después decidiremos qué hacemos con las cosas, pero sabemos que, de sus prendas, no guardaremos nada. La moda no era su fuerte, le importaba tres cominos. Titi era una correcaminos, una trotamundos. Buenos Aires era una excusa, su lugar donde armar los bolsos para catapultarse… a cualquier lado. Le habían quedado pocos puntos del país y del planeta sin conocer. Tal vez fue por eso que nunca formó pareja, nunca se casó. Estaba siempre en tránsito. Tenemos fotos de ella en Singapur, Londres, Jerusalén, Hawaii, Lima, Tierra del Fuego, Sudáfrica. Este último, su país preferido, donde vivió casi un año y al cual volvió por lo menos tres veces después. Viajar fue para ella una opción de vida.
Entre mate y mate, mientras vacío los cajones de la cómoda de los camisones, la ropa interior –todo a la bolsa de consorcio para la parroquia de la esquina–, recuerdo cuando se empezó a poner vieja y ya no pudo viajar. Cómo le costó quedarse quieta, clavada. Ahí empezó a bordar y a tejer para los sobrinos nietos y no paró más, hasta que le fallaron los dedos, la cabeza y todo. El último cajón de la cómoda está trabado, tiene cerradura. Estoy a punto de ir a preguntarle al portero por un cerrajero cuando se me ocurre palpar el mueble por dentro, el fondo, la base de los cajones. Pegadita con cinta aisladora, una llavecita en una esquina de la base del cajón de abajo. La pruebo y abre. El contenido emana algo secreto, privado. Me incomoda un poco ser testigo del descubrimiento sola. “Delia, vení a ver esto”. Delia entra con el termo debajo del brazo, la cara y las manos llenas de polvo, acalorada. “¿Qué es?”, me pregunta con el ceño fruncido. Nos arrodillamos en el suelo y empezamos cuidadosamente a revisar. Hay cartas y más cartas, fotos. Una Titi joven, espléndida con sus ojos verdes rasgados. Sonríe a la cámara con una plenitud serena y exultante a la vez. Tiene un bebé en los brazos, negro. Hermoso. En otra foto, es un niño de unos siete u ocho años, el pelo mota, la sonrisa ancha y blanquísima, con una pelota de fútbol. El fondo parece la sabana, la tierra colorada, los pastizales secos y altos. En otras fotos, más grande, un joven universitario. Tiene toga y birrete y un diploma en la mano. Atrás: “Peter, with love, from Pretoria”. Nos miramos, atónitas. Delia suspira y con un hilo de voz me dice: “Habrá que leer todo esto para entender un poco, ¿no?”. Yo asiento, muda, un poco perpleja y otro poco iluminada, maravillada por los intersticios y recovecos de la vida, por sus regalos inesperados. §
Maneras de interpretar
Graciela Cutuli
Typhoon / Rorschach
La primera vez que el psicólogo me puso delante el test de Rorschach, me acordé de ese cuadro de Kandinsky que Basilio había querido colgar en el living cuando nos mudamos al departamento de la avenida Alvear. El cuadro me parecía francamente horrible, pero no hubo modo de disuadirlo: “Vos lo querés poner sí o sí porque se llamaba Vassily”, lo provocaba yo, pero él se quedaba inmutable. Basilio era de familia griega, y aunque el nombre lo traicionaba no parecía que le corriera ni una gota de sangre mediterránea en las venas. Se quedaba mudo, desde esa altura de casi dos metros que me había impresionado cuando lo conocí, y seguía acomodando el cuadro hasta que quedara perfecto, sin desviarse ni un milímetro del rectángulo virtual que había trazado en la pared sin ayuda de ningún nivel. Como era tipo de muy pocas palabras, no me extrañaba que no se pusiera a explicarme el motivo de esa fijación. No se me ocurrió pensar que tal vez no quisiera. En todo caso, me parecía increíble que alguien tan ordenado, obsesivo hasta el infinito con que nunca nada estuviera fuera de lugar, pudiera querer colgar un cuadro tan ¿caótico? No sabría decir exactamente qué es lo que me incomodaba de esa sucesión de formas donde me parecía distinguir una montaña nevada, una bandera a cuadros como las de la Fórmula 1, un planeta, un ojo que me miraba fijo y quién sabe cuántas cosas más. Yo era la desordenada en la casa, pero el cuadro le gustaba a él, y me molestaba a mí.
Y no hubo nada que hacer. Ahí quedó, exactamente detrás de nuestras cabezas cuando nos sentábamos en el sillón del living para ver alguna película. Con el tiempo, es cierto, esos momentos fueron cada vez menos: ese sillón seguía juntándonos, porque estaba frente al único televisor, pero para el resto –desde trabajar a leer o, en el caso de Basilio, trabajar con sus algoritmos– íbamos eligiendo lugares apartados en la casa. Casi dejé de ver el cuadro, salvo que me obligara a prestarle atención para seguir tratando de entender por qué tenía que estar en ese lugar. Sin embargo, cada vez que se ladeaba un poco, Basilio volvía a tomar distancia, a medir con la mirada los milímetros de desvío sobre la pared impoluta y a reparar ese mínimo extravío con su precisión habitual. Dejé de preguntarle por qué le interesaba tanto, sencillamente dejó de interesarme a mí.
Pero cuando el doctor Katz trajo la carpeta donde guardaba las láminas de Rorschach, no pude evitar acordarme. Se lo dije, pero no le dio mucha importancia. Hasta ese momento, a decir verdad, parecía no haberle dado importancia a nada de lo que le había contado. Y me pidió, mientras tomaba nota, que le dijera qué interpretaba en cada una de las imágenes. Para mis adentros, no pude resistir la tentación de pensar que era un disparate: ¿qué podría saberse de mí por mirar esas figuritas, que se parecían a las que hacía de chica desparramando témpera en una hoja para después doblarla por el medio? Así que decidí hacer un poco de trampa, y apenas se me ocurría algo en cada imagen, le decía al doctor Katz algo completamente alejado de lo que estaba viendo.
En el primero vi una máscara de zorro para el Carnaval de Venecia. Le dije una ronda infantil en mi cumpleaños de cuatro años.
En el segundo, dos elefantes de pie, enfrentados, que se saludaban con la trompa. Le dije un cofre de joyas deslumbrantes, pero tan pequeño que cabía en la palma de la mano.
En el tercero, dos personas una frente a otra, semirreclinadas, con una canastita en la mano. Le dije un reloj de arena.
En el cuarto, la cabeza de mi perro labrador negro, vista de atrás. Le dije la hoja de arce de la bandera canadiense teñida de hollín.
En el quinto, un murciélago. Le dije una nube de tormenta.
En el sexto, un hombre delgadísimo que brota de un pozo profundo y estrecho en la tierra. Le dije un cable USB desprendido de la laptop.
En el séptimo, un agujero blanco. Le dije el estallido de un flash de poca potencia.
En el octavo, un cráneo a través de una radiografía. Le dije un hueco existencial.
En el noveno, dos seres fantásticos, entre dragones e hipocampos. Le dije dos vaquitas de San Antonio refugiadas bajo una hoja.
En el décimo, un perrito blanco que avanzaba de frente, con la Torre Eiffel detrás. Le dije un libro abierto sobre un libro cerrado.
En cuanto al doctor Katz, no dijo nada. Cuando terminé mi retahíla de interpretaciones, cerró la carpeta, miró el reloj, me dijo que se había terminado el tiempo y que me esperaba la semana siguiente a la misma hora.
Apenas volví a casa fue lo primero que vi. Basilio no estaba. Pero el cuadro de Kandinsky sí, y no estaba derecho. La inclinación era lo suficientemente notable como para que yo me diera cuenta. Me pareció extraño: para que llegara a estar así sin duda habían pasado semanas con el cuadro torciéndose de a poco. Que no lo hubiera notado yo era lo más natural, que no lo hubiera notado Basilio era curioso.
Sin embargo, las curiosidades del día recién habían empezado.
Cuando volvió, Basilio miró el cuadro –era casi imposible no verlo, campante, enorme en el medio del living– y lo ignoró. Es decir, ignoró el desvío sobre la pared. No hizo su procedimiento habitual: no tomó distancia, no lo midió con la mirada y mucho menos lo acomodó para dejarlo impecablemente recto.
Y no lo hizo durante todo el resto de la semana.
El jueves siguiente, como estaba agendado, volví a ver al doctor Katz. No sabía si comentarle esa rareza de Basilio, pero al final no dije nada. Quería saber qué me iba a decir de las figuras del test. Y lo que me dijo fue así: “Usted sabe, o seguramente no, pero son muchos los pacientes que reaccionan de la misma manera. Es decir que interpretan la situación solo en un primer nivel, no sé si me explico. Creen que, a partir de la figura que usted ve, uno va a sacar una serie de conclusiones más o menos evidentes, que basta con un poco de imaginación y un discurso bien armado para devolverle, ¿cómo le puedo decir?, obviedades. ¿Usted realmente cree que yo no sé lo que vio? Se lo voy a decir, y no hace falta que me responda. Lo que usted vio, de la primera a la décima figura, es una máscara de zorro para el Carnaval de Venecia; dos elefantes de pie, enfrentados, que se saludaban con la trompa; dos personas una frente a otra, semirreclinadas, con una canastita en la mano; la cabeza de su perro labrador negro, vista de atrás; un murciélago; un hombre delgadísimo que brota de un pozo profundo y estrecho en la tierra; un agujero blanco; un cráneo a través de una radiografía; dos seres fantásticos, entre dragones e hipocampos; un perrito blanco que avanza de frente, con la Torre Eiffel detrás. Ahora, por favor, vuelva a su casa, siéntese en el sillón del living y piense si esta trampa de la interpretación no le ocurre también en otros ámbitos, con otras personas. La semana que viene la espero, a la misma hora”.
Y volví a casa, con la mente en blanco, salvo porque se me iban apareciendo, como rápidas pero fugaces impresiones en pantalla, fragmentos del cuadro de Kandinsky. La bandera a cuadros, la montaña nevada, el ojo, el planeta... y aunque me esforzara hasta hacer estallar la cabeza, no podía reconstruir la figura completa.
El viaje en subte se me hizo eterno. Necesitaba entrar en casa, mirar el cuadro y verlo entero, armado y derecho. Cuando llegué tuve que esperar que alguien cerrara la puerta del ascensor en el noveno piso, donde vivíamos con Basilio, y aunque había tardado lo que me pareció una eternidad no le presté atención a la mujer que salió y me dejó paso al llegar a la planta baja. Subí con impaciencia, ya con la llave en la mano, pero no necesité ponerla en la puerta: estaba entreabierta.
Y adentro, en el living, estaba Basilio, con el cuadro de Kandinsky descolgado, apoyado en el suelo y convertido en un rompecabezas de fragmentos sueltos. Había recortado cuidadosamente con una trincheta cada una de las figuras y había reconstruido el mensaje del cuadro, como si yo fuera una niña a la que solo se le puede hablar con pictogramas. La última figura era la bandera a cuadros: había llegado a la meta. “Traté de explicarte muchas veces –dijo–, todas las veces que acomodé el cuadro para que estuviera recto sobre la pared. No me importaba que estuviera derecho o no, pensé que ibas a entender el significado. No el cuadro, nosotros. No la pared, el hogar. Pero ya no puedo seguir enderezando lo que no podés interpretar. Te lo dejo, por si querés reconstruirlo, aunque ya no sea para mí”.
Y levantando despacio sus valijas del suelo, dio unos pasos y cerró la puerta con cuidado detrás de sí. §