Buch lesen: "La guerra de los judíos. Libros IV-VII"

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 264


Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por FRANCISCO JAVIER GÓMEZ ESPELOSÍN .

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 1999.

www.editorialgredos.com

REF. GEBO353

ISBN 9788424932824.

LIBRO IV


NOTA TEXTUAL


EDICIÓN DE NIESE 1NUESTRO TEXTO
40 (9) δαπανᾷ δ’ ἡ τύχη τι καὶπαλίμπους δ’ ἡ τύχη L 1
58 (13) παρακλήσεωςπαρακλήσει L 1
96 (11) † γνωσθήσεσθαιγνώσεσθαι AM
146 (3) προφάσειςπρόφασιν L 1 VRC
164 (21) † εἰ δεῖ μὴεἰ δὲ δεῖ coni. Thackeray
164 (1) εἰμὶεἶμι Destinon, Thackeray
193 (20) ἐλπίσανταςἀπελπίσαντας Destinon,
213 (5) ὅπλοιςὅλοις, MLVRC, Versio Latina
367 (8) [ἡμῖν]om. Versio Latina , Thackeray
388 (23) † ἔνθαἐνθέων Holwerda
517 (22) ΝαΐνἈΐν Destinon
547 (1) ΦρηγδίακονΒηδριακὸν Hudson
551 (12) ΒήθηγάΒηθηλά VRC
552 (17) ΧαραβὶνΤαφαραβὶν Berol. 223, m. 2 Lips. gr. 37
569 (20) ὤν ἐκεῖᾤκει Destinon
598 (14) συνετηρήσαμενἀλλὰ καὶ συνεργήσειν C


SINOPSIS

DESDE EL ASEDIO DE GAMALA HASTA LA PARTIDA DE VESPASIANO A ROMA

(otoño del 67 - primavera del 70 d. C.)

1 . La conquista de Galilea. Gamala . – 11. Vespasiano en la toma de Gamala . – 54. Conquista del monte Itabirion . – 62. Final de la ciudad de Gamala . – 84. Rebelión de Giscala. Tito entra en acción . – 97. Huida de Juan de Giscala a Jerusalén . – 112. Caída de Giscala. Sumisión total de Galilea . – 121. Juan de Giscala en Jerusalén . – 128. Revueltas en Judea . – 135. Los zelotes en Jerusalén. Sus crímenes . – 158. Reacción del pueblo. Anano y su discurso . – 193. Anano se enfrenta a los zelotes . – 208. Traición de Juan de Giscala. – 224 – Los zelotes piden ayuda a los idumeos . – 233. Los idumeos en Jerusalén. El discurso del sumo sacerdote Jesús . – 270. Respuesta de Simón, jefe de los idumeos . – 283. Los idumeos acampan ante los muros de Jerusalén . – 288. Los zelotes permiten la entrada de los idumeos en la ciudad . – 305. Ataque de idumeos y zelotes contra Anano . – 314. Muerte de Anano y Jesús. Otras matanzas . – 334. Falsos tribunales. El caso de Zacarías . – 345. Retirada de los idumeos . – 353. Aumenta la crueldad de los zelotes. Muerte de Gorión y Níger . – 366. Vespasiano retrasa la toma de Jerusalén . – 377. Deserciones judías. Respuesta de los zelotes . – 389. Juan de Giscala y su tiranía . – 398. – Los sicarios ocupan Masadá. Su vandalismo en Judea . – 410. Vespasiano ocupa Gadara . – 419. Plácido en Jericó . – 437. Plácido somete toda Perea . – 440. Insurrección de la Galia. Vespasiano somete Judea e Idumea . – 451. La región de Jericó y el valle del Jordán. La fuente de Eliseo . – 476. El lago Asfaltitis. La región de Sodoma . – 486. Toma de Gerasa . – 491. Muerte de Nerón. Crisis política en Roma. Nuevo retraso del ataque a Jerusalén . – 503. Simón, hijo de Giora, en Masadá. Se enfrenta a los zelotes . – 529. Devastación de Idumea. La ciudad de Hebrón . – 538. Los zelotes capturan a la mujer de Simón . – 545. Guerra civil en Italia . – 550. Vespasiano concluye la conquista de Judea . – 556. Continúan las atrocidades de los zelotes . – 566 – Discordias entre los zelotes. Los idumeos frente a Juan de Giscala . – 577. Simón se hace dueño de la situación . – 585. Vitelio en Roma. Vespasiano es proclamado emperador . – 605. Vespasiano en Egipto. Descripción de Alejandría . – 616. La aclamación de Vespasiano recibe más apoyos . – 622. Liberación de Josefo . – 630. Muciano acude a Italia . – 633. Antonio Primo y Cecinna. Derrota de los hombres de Vitelio en Cremona . – 645. Guerra civil en Roma. Muerte de Vitelio . – 656. Vespasiano regresa a Roma desde Alejandría. Tito aume el ataque a Jerusalén .


La conquista de Galilea. Gamala

Después de la derrota de Tariquea 2 se [ 1] rindieron todos los galileos que, tras la conquista de Jotapata 3 , aún seguían enfrentados con los romanos. Estos últimos se apoderaron de todas las fortificaciones y de las ciudades, excepto Giscala 4 y las que se hallaban en el monte Itabirion 5 . A éstas se unió la ciudad de Gamala 6 , [ 2] situada frente a Tariquea al otro lado del lago 7 . Esta población estaba dentro del territorio de Agripa 8 , junto con Sogane 9 y Seleucia 10 , que pertenecían ambas a la Gaulanítide: Sogane formaba parte de la llamada Gaulanítide Superior y Gamala de la Inferior, mientras que Seleucia estaba al lado [ 3] del lago Semeconitis 11 . La anchura de este lago es de trienta estadios y su longitud de sesenta. Sus terrenos pantanosos llegan hasta Dafne 12 , un lugar encantador sobre todo por tener unas fuentes que abastecen al llamado Pequeño Jordán 13 , que discurre por debajo del Templo del Becerro de [ 4] Oro 14 hasta desembocar en el gran Jordán. Agripa se había atraído a los habitantes de Sogane y Seleucia por medio de de tratados al comienzo de la revuelta, si bien Gamala no se rendía, pues estaba confiada más que Jotapata en las dificultades [ 5] de su terreno. En efecto, desde una alta montaña se extiende un estrecho escabroso que en la mitad tiene una cresta, cuya elevación se prolonga tanto por delante como por detrás, de modo que presenta la forma de un camello. De aquí procede su nombre, pues los habitantes de esta zona no pronuncian el sonido exacto de esta palabra 15 . Por los [ 6] laterales y por delante está rodeada por barrancos intransitables; en cambio presenta menos dificultades de acceso en la parte de atrás, por donde se une a la montaña. Sus habitantes hicieron también complicado este paso mediante un foso, que excavaron allí en sentido transversal. Las casas que [ 7] había en la parte escarpada de la montaña estaban pegadas las unas a las otras de un modo asombroso. Parecía que la ciudad estaba suspendida en el aire y que desde arriba iba a desplomarse sobre sí misma. Estaba orientada hacia el sur y [ 8] el promontorio que miraba a este lado y que alcanzaba una inmensa altura constituía la ciudadela de esta población. Debajo había un precipicio sin muralla que llegaba hasta un barranco muy profundo y en el interior de la muralla había una fuente, donde acababan los límites de la ciudad.

Josefo amuralló y fortificó con galerías subterráneas y [ 9] con fosos 16 esta localidad, que ya por la naturaleza era difícil de atacar. Sus habitantes estaban más seguros que los de [ 10] Jotapata por la propia naturaleza del lugar, aunque el número de sus combatientes era inferior, pues, confiados en el terreno, no aceptaban a otras personas. A causa de la seguridad que proporcionaba la ciudad, ésta estaba llena de refugiados y por ello hizo frente durante siete meses a las tropas que Agripa había enviado para sitiarla 17 .

Vespasiano en la toma de Gamala

[ 11] Vespasiano salió de Amato (el nombre de esta ciudad podría traducirse por «baños termales», ya que en ella hay una fuente de agua caliente con propiedades curativas) 18 , donde tenía instalado su [ 12] campamento frente a Tiberiades 19 y llegó a Gamala. Dada la posición de la ciudad, no fue capaz de rodearla totalmente de guardias, por lo que colocó guarniciones donde pudo y [ 13] ocupó la montaña que dominaba la población. Una vez que las legiones establecieron su campamento, tal y como suelen hacer habitualmente 20 , Vespasiano empezó a construir terraplenes por la parte de atrás. En el este, donde estaba la torre más alta de la ciudad, se hallaba la legión décima quinta, en el centro de la ciudad actuaba la legión quinta y la décima [ 14] cubría los fosos y los barrancos. Entonces uno de los honderos dio al rey Agripa con una piedra en el codo derecho, cuando éste se acercaba a las murallas para intentar parlamentar sobre la rendición con los que estaban dentro. [ 15] Inmediatamente le rodearon sus hombres. La indignación por lo sucedido a su rey y el temor que sentían por sí mismos hizo que los romanos se dedicaran con mayor ahinco al [ 16] asedio, puesto que eran conscientes de que los que se han comportado de una forma salvaje contra una persona de su misma raza, que les daba un consejo en su propio interés, no escatimarían crueldad contra extranjeros y enemigos 21 .

Cuando se concluyeron con gran rapidez los terraplenes, [ 17] debido a la gran cantidad de manos y a la costumbre que tenían en hacerlo, los romanos acercaron las máquinas. Los [ 18] hombres de Cares y de Josefo 22 , que eran los más importantes de la ciudad, pusieron en orden de batalla a los soldados, a pesar de que éstos estaban asustados, pues pensaban que no iban a aguantar el asedio mucho tiempo al no tener suficiente agua y otras provisiones. No obstante, consiguieron [ 19] llevarlos a la muralla con muchas voces de ánimo, y durante poco tiempo hicieron frente a los enemigos que se aproximaban con las máquinas. Sin embargo, al ser alcanzados por las catapultas y las balistas 23 , se retiraron al interior de la ciudad. Los romanos se acercaron y atacaron la [ 20] muralla por tres puntos con los arietes. A través de las brechas abiertas penetraron no sin hacer mucho ruido con las trompetas y con las armas, y con gritos de guerra entraron en combate con los que defendían la ciudad. De momento [ 21] los judíos resisten la entrada de los primeros romanos, impiden que éstos avancen más dentro y les hacen frente con valor. Sin embargo, forzados por la muchedumbre que les [ 22] salía al encuentro por todos los sitios, se dirigen a las zonas altas de la ciudad y, como los enemigos les perseguían, se volvieron contra ellos, los empujaron por la pendiente y allí, acorralados por la estrechez y la dificultad del lugar, los [ 23] mataron. Y, al no poder defenderse de los que venían por arriba ni pasar a través de los suyos que los empujaban hacia adelante, se refugiaron en las casas de sus enemigos, que [ 24] tenían los techos pegados al suelo 24 . Pero, cuando se llenaron de gente y ya no podían soportar el peso, enseguida se derrumbaron. Con que se cayera una de ellas, hacía que se desplomaran otras muchas que estaba debajo, y éstas, a su [ 25] vez, hacían los mismo con otras. Esto acabó con la vida de un gran número de romanos; ante las dificultades saltaron sobre los tejados, a pesar de que veían hundirse la casas. Muchos fueron sepultados por los escombros y un gran número de ellos pudo escapar, aunque con heridas en alguna parte del cuerpo; la mayoría murió asfixiada por el polvo [ 26] que se levantaba. Los habitantes de Gamala creyeron que esto era obra de Dios y, sin tener en cuenta el daño que se hacían a sí mismos, continuaron su estrategia: empujaban a los enemigos hacia los tejados, mientras disparaban desde lo alto y mataban a los que resbalaban por las empinadas calles [ 27] y a todos los que caían. De los escombros sacaban gran cantidad de piedras, y los cadáveres enemigos les proporcionaban armas. Con las espadas de los que ya habían fallecido [ 28] remataban a los que tardaban en morir. Muchos romanos perdieron su vida al arrojarse desde las casas que se [ 29] venían abajo. No era nada fácil huir, ya que por no tener idea de las calles y al no reconocerse entre ellos mismos por la densa polvareda, volvían hacia atrás y caían los unos sobre los otros.

[ 30] Los que a duras penas encontraron la salida se alejaron [ 31] de la ciudad. Vespasiano, que siempre estaba junto a los suyos cuando se hallaban en una situación comprometida, se llenó de una gran pena al ver que la ciudad se había derrumbado sobre su ejército. Se olvidó entonces de su propia seguridad y, sin darse cuenta, poco a poco llegó a la parte más alta de la ciudad, donde se vio totalmente solo ante el peligro con un pequeño grupo de soldados. Su hijo Tito no [ 32] estaba en ese momento con él, pues lo había enviado a Siria junto a Muciano 25 . A pesar de ello, no le pareció seguro ni [ 33] conveniente volverse atrás. Al contrario, por el recuerdo de los esfuerzos que había soportado desde su juventud 26 y de su propia valentía personal, como si estuviera poseído por Dios 27 , hizo que sus hombres se protegieran sus cuerpos y sus armaduras con los escudos. Así aguantó el ataque que se [ 34] precipitaba desde lo alto sin temer la gran cantidad de soldados ni de flechas, hasta que los enemigos redujeron su embestida, al ver que el valor de su alma tenía un origen sobrenatural. Como entonces disminuyó el ataque, Vespasiano [ 35] retrocedió lentamente sin dar la espalda, hasta que se vio fuera del muro. Muchos fueron los romanos que perecieron [ 36] en este combate. Entre ellos se encontraba el decurión Ebucio, personaje que no sólo se distinguió en esta lucha, sino que también lo había hecho antes en otras partes 28 y había ocasionado innumerables males a los judíos. Un centurión llamado Galo, rodeado en medio del tumulto, [ 37] se introdujo en una de las casas con diez soldados. Como [ 38] el propio Galo y sus hombres eran sirios, entendieron lo que sus ocupantes hablaban durante la cena acerca de lo que el pueblo planeaba contra los romanos y en su propia defensa. Por la noche este centurión salió contra ellos, los mató a todos y con sus soldados se refugió sano y salvo en el campamento romano.

[ 39] Vespasiano consolaba a su ejército, que, sin conocer las desgracias, se hallaba desanimado por el hecho de que hasta entonces nunca había sufrido una derrota tan grande y, sobre todo, porque estaba avergonzado de haber abandonado a [ 40] su general solo ante los peligros. Vespasiano, sin hacer ninguna referencia a sí mismo, para que de ningún modo pareciera que les criticaba, les dijo que era preciso soportar valientemente los males que son comunes a todos, pues había que tener en cuenta la naturaleza de la guerra, ya que nunca se obtiene la victoria sin derramamiento de sangre y la Fortuna [ 41] es inconstante 29 . Sin embargo, tras haber matado a tantos miles de judíos, ellos habían pagado a la divinidad 30 [ 42] sólo un pequeño tributo. Y así como es propio de personas vulgares ensoberbecerse en exceso ante la prosperidad, así también es propio de gente débil hundirse ante las desgracias. «Pues el cambio de una situación a otra es rápido y es mejor aquel que se mantiene sobrio incluso en la buena suerte, para que pueda también enfrentarse con arrojo a la [ 43] adversidad. Sin embargo, los hechos de ahora no han ocurrido por vuestra debilidad ni por el valor de los judíos, sino que las dificultades del terreno han sido la causa de su éxito y de vuestra derrota. En relación con ello alguien os podría [ 44] echar en cara vuestro descontrolado coraje, pues, cuando los enemigos se refugiaron en la parte elevada de la ciudad, teníais que haber retrocedido y no ir detrás de los peligros que os sobrevenían desde arriba. Os debíais haber apoderado de la zona baja de la ciudad y desde un lugar seguro haber provocado poco a poco a entrar en un combate con garantías a los que habían huido arriba. Sin embargo, al perseguir la victoria sin mesura os habéis olvidado de vuestra seguridad. No es [ 45] propio de los romanos obrar irreflexivamente en la guerra y atacar a lo loco, pues nosotros hacemos todo según un orden y de acuerdo con la experiencia. En cambio, este comportamiento es algo propio de gente bárbara y en ello es en lo que precisamente más destacan los judíos 31 . Por tanto, hemos [ 46] de volver a nuestra propia virtud e indignarnos antes que desanimarnos por esta derrota inmerecida. Que cada [ 47] uno busque el mejor alivio con su propia mano, pues de esta forma vengaréis a los que han muerto y castigaréis a los que les dieron muerte. Yo por mi parte, como he hecho ahora, [ 48] intentaré en todas las batallas ir contra el enemigo delante de vosotros y ser el último en retirarme».

Con estas palabras reanimó al ejército. Los habitantes de [ 49] Gamala se llenaron de confianza durante un pequeño espacio de tiempo a causa de la inesperada e importante victoria que habían obtenido. Pero después, cuando se dieron cuenta [ 50] de que no tendrían ni siquiera la posibilidad de llegar a un acuerdo y cuando comprendieron que no podían huir, pues ya faltaban las provisiones, se llenaron de un terrible desánimo y se quedaron con el espíritu decaído. A pesar de todo [ 51] no se olvidaban, en la medida de lo posible, de su salvación, sino que los más valientes custodiaban las partes derribadas de la muralla y los demás permanecían en las zonas [ 52] que aún quedaban en pie. Cuando los romanos levantaron los terraplenes y de nuevo intentaron el ataque, la mayoría de los judíos salió corriendo de la ciudad por impracticables barrancos, donde precisamente no había guardias, y por galerías [ 53] subterráneas 32 . Todos los que se quedaron dentro de la ciudad por miedo a ser cogidos, murieron de inanición, ya que todas las provisiones habían sido requisadas para los que podían combatir.

Conquista del monte Itabirion

[ 54] Los habitantes de Gamala resistían tales calamidades, mientras 33 que Vespasiano, como un hecho más del asedio, se puso también en acción contra los que habían ocupado el monte Itabirion, que está entre la Gran [ 55] Llanura 34 y Escitópolis 35 . Este monte tiene una altura de treinta estadios y es casi inaccesible por el lado norte. En su cima hay una planicie de veintiséis estadios fortificada por todos sus lados 36 . [ 56] Josefo había levantado en cuarenta días estas murallas tan grandes 37 y les había provisto de agua y otros recursos traídos de abajo, ya que sus habitantes no disponían más que del agua de la lluvia. Como se había reunido allí mucha gente, Vespasiano envió [ 57] a Plácido con seiscientos jinetes. Al ser imposible entrar en el [ 58] lugar, exhortó a la mayoría de sus habitantes a llegar a un acuerdo de paz con la esperanza de que iban a obtener un buen trato y con el consejo de que lo aceptaran. Los de Gamala bajaron con malas [ 59] intenciones. Plácido 38 les hablaba con gran afabilidad, pues pretendía capturarlos en la llanura, mientras que los judíos, por su parte, descendían como si realmente le fueran a hacer caso, pero su intención era caer sobre él cuando estuviera desprevenido. Sin [ 60] embargo fue la artimaña de Plácido la que triunfó. Cuando los judíos iniciaron el combate, él fingió huir, arrastró a sus perseguidores un gran trecho por la llanura y volvió contra ellos su caballería. Así les obligó a huir, acabó con la vida de la mayoría de esta gente y al resto le cortó el camino y le impidió la retirada. Los que [ 61] habían abandonado el monte Itabirion se refugiaron en Jerusalén, mientras que la gente del lugar aceptó las propuestas de Plácido, pues ya les faltaba el agua, y se entregaron ellos mismos y el monte a Plácido.

Final de la ciudad de Gamala

Los habitantes de Gamala más audaces [ 62] consiguieron huir sin ser vistos, mientras que los débiles murieron de hambre. Los combatientes resistieron el asedio hasta [ 63] que el día veintidós del mes Hiperbereteo 39 tres soldados de la décimoquinta legión se arrastraron durante la guardia del amanecer 40 hasta la torre que tenían frente a ellos y la [ 64] minaron en secreto. Los centinelas que estaban sobre ella no se dieron cuenta de que estos soldados se acercaban, ya que era de noche, ni de que ya estaban allí. Los tres individuos, sin hacer ruido, echaron a rodar las cinco piedras más grandes [ 65] y se retiraron de un salto hacia atrás. La torre se vino al suelo súbitamente con gran estruendo. Los guardias se precipitaron abajo junto con ella, mientras que los demás centinelas [ 66] huyeron llenos de miedo. Los romanos aniquilaron a muchos de los que se atrevieron a abrirse paso, entre los que se encontraba Josefo 41 , al que un soldado hirió y mató [ 67] cuando se escapaba por la parte derribada de la muralla. Los que estaban dentro de la ciudad, asustados por el ruido, corrían agitados sin parar de un lado para otro, como si todos [ 68] los enemigos estuvieran ya en el interior. Entonces murió también Cares, que yacía enfermo, pues un gran temor había contribuido a que su enfermedad desembocara en la [ 69] muerte. Sin embargo, los romanos, que recordaban el desastre anterior 42 , no entraron hasta el día veintitrés de dicho [ 70] mes.

Tito, que ya estaba presente 43 , airado por la derrota que los romanos habían sufrido en su ausencia, reunió doscientos [ 71] jinetes, además de algunos soldados de infantería, y penetró en silencio en la ciudad. Los centinelas, cuando se percataron de ello, corrieron a gritos por las armas. Tan pronto como la gente de la ciudad se enteró de su llegada, unos cogieron a sus hijos y mujeres y los arrastraron para refugiarse en la ciudadela con llantos y gritos, mientras otros, que salieron al encuentro de Tito, perecían sin parar. Todos [ 72] los que no pudieron correr a la parte alta cayeron desconcertados en los puestos de guardia de los romanos. En todos los sitios se oían los innumerables gemidos de los que morían, y la sangre que fluía por las pendientes cubría toda la ciudad. Vespasiano [ 73] vino con todos sus hombres para colaborar en el ataque contra los que se habían refugiado en la ciudadela. La cima era [ 74] por todos los lados rocosa y de difícil acceso, pues tenía una inmensa altura y estaba llena de abismos que la rodeaban por todos los sitios y abierta a los precipicios 44 . Desde allí los judíos [ 75] atacaban a los enemigos que se acercaban con diversos proyectiles y con piedras, que hacían rodar desde arriba. Ellos, en cambio, al estar en una posición alta, no podían ser alcanzados por los disparos de los legionarios. Pero para su desgracia sobrevino [ 76] contra ellos una milagrosa tormenta que les atraía las flechas de los romanos, mientras que daba la vuelta a las suyas y las desviaba hacia otro lado. Los judíos en su posición escarpada, [ 77] por la fuerza del viento y la falta de suelo firme, no podían mantenerse en pie ni ver a los enemigos que se aproximaban a ellos. Los romanos subieron la cima, rodearon a los [ 78] hebreos y acabaron con la vida de los que se defendían y de los que les tendían sus manos en actitud de rendición. El recuerdo de los que habían perecido en el primer ataque 45 a Gamala encendió la ira romana contra todos. Muchos judíos, que habían perdido la esperanza de salvación, al verse rodeados por todas [ 79] partes se arrojaron ellos mismos, junto con sus hijos y mujeres, al barranco que debajo de la ciudadela se había abierto con una [ 80] gran profundidad 46 . En consecuencia, la cólera de los romanos parecía más suave que locura de los vencidos contra sí mismos. Cuatro mil judíos fueron degollados por los romanos, mientras que se vio que fueron más de cinco mil los que se precipitaron [ 81] por el barranco. No se salvó nadie, excepto dos mujeres 47 ; ambas eran hijas de la hermana de Filipo 48 . Este Filipo era hijo de un tal Jácimo, un varón ilustre que había sido comandante del [ 82] rey Agripa. Estas mujeres se salvaron porque escaparon al furor romano en la toma de la ciudad, ya que no perdonaron ni siquiera a los niños pequeños, sino que en varias ocasiones cogieron a muchos de ellos y los arrojaron desde la ciudadela. De [ 83] esta forma fue tomada Gamala el día veintitrés del mes de Hiperbereteo 49 , cuando su revuelta se había iniciado el día veinticuatro del mes de Gorpieo 50 .

Rebelión de Giscala. Tito entra en acción

[ 84] Solamente faltaba por someter Giscala 51 , una pequeña población de Galilea. Sus habitantes deseaban la paz, pues en su mayor parte eran agricultores y siempre tenían puestas sus esperanzas en las cosechas. Sin embargo, para su desgracia, se había introducido entre ellos una pandilla no pequeña de bandidos 52 , a los que se habían unido también algunos ciudadanos. A este grupo lo [ 85] dirigía e incitaba a la revuelta Juan, hijo de Leví, persona falaz, de un carácter muy astuto, dispuesto a tener grandes esperanzas y hábil para realizar sus ambiciones. Todos sabían que quería la guerra para obtener el poder 53 . Él fue el creador de [ 86] un grupo de sediciosos entre los habitantes de Giscala, que hizo que el pueblo, que tal vez habría enviado embajadores para negociar la rendición, esperara la llegada de los romanos en actitud hostil. Vespasiano envió contra ellos a Tito con mil [ 87] jinetes y se llevó la décima legión a Escitópolis. Mientras, él [ 88] mismo con dos de las legiones que le quedaban regresó a Cesarea 54 para que descansaran de sus múltiples fatigas y porque creía que de esta forma, con la abundancia de bienes de estas ciudades, revitalizaría sus cuerpos y sus ánimos para las luchas futuras. Pues veía el gran esfuerzo que aún le quedaba [ 89] por hacer en Jerusalén, una ciudad real, capital de toda la nación, donde acudían todos los que huían de la guerra. La solidez [ 90] natural de esta ciudad y la construcción de sus murallas hacía que su preocupación no fuera casual. Pensaba, además, que el valor y la audacia de sus habitantes serían difíciles de vencer, aun sin tener en cuenta las murallas. Por ello entrenaba [ 91] a sus soldados como atletas antes del combate.

A Tito, que se había aproximado a Giscala con la caballería, [ 92] le era fácil tomar por asalto la ciudad. Sin embargo, como sabía que, si se apoderaba de ella a la fuerza, toda su gente sería ejecutada por los soldados, prefería más bien ganar la ciudad mediante un acuerdo, pues él estaba ya harto de muertes y se apiadaba de la mayor parte del pueblo que era aniquilado sin distinción juntamente con los culpables 55 . [ 93] Por ello, dado que la muralla estaba repleta de hombres, que en su mayor parte pertenecían al grupo criminal, les dijo que se preguntaba con asombro en quién tendrían puestas sus esperanzas para hacer frente a las armas de los romanos ellos solos, cuando toda la ciudad había sido ya conquistada. [ 94] Pues habían visto cómo ciudades mucho más sólidas habían sucumbido con un único ataque, y cómo disfrutaban seguros de sus propios bienes todos los que habían confiado en los pactos con los romanos, precisamente los que ahora [ 95] él les ofrecía sin guardarles rencor por su insolencia. Se podía perdonar la esperanza de libertad, pero no la insistencia [ 96] en empresas imposibles. Si no confiaban en sus palabras amistosas ni en las pruebas de fidelidad que les daba, probarían la dureza de sus armas y pronto verían cómo las máquinas romanas abatirían la muralla, pues al confiar en ella demostrarían ser, ellos solos entre los galileos, unos prisioneros de guerra insolentes.

Huida de Juan de Giscala a Jerusalén

[ 97] No sólo no se permitió a nadie del pueblo responder ante estas palabras, sino ni siquiera subir al muro, ya que todo había sido ocupado antes por los bandidos. Había también centinelas en las puertas para que nadie saliera a negociar y para que no dejasen entrar [ 98] en la ciudad a ninguno de los soldados de caballería. El propio Juan dijo que le parecían bien estas propuestas y que convencería u obligaría a aceptarlo a los que se oponían a ello. Sin embargo, era preciso que Tito les respetara aquel [ 99] día, que era sábado, pues en esta jornada la ley judía prohibía hacer uso de las armas así como concertar un tratado de paz 56 . Los romanos no desconocían que, cuando llegaba el [ 100] séptimo día de la semana, los judíos no realizaban ningún trabajo, y que en este incumplimiento de la ley pecaba tanto el que obligaba a cometer tal impiedad como el que se veía forzado a ello. El retraso no produciría ningún daño a Tito, [ 101] pues por la noche qué otra cosa podrían emprender sino la huida, cuando, además, le era posible impedírselo si rodeaba la ciudad con su campamento. Para los judíos, en cambio, [ 102] tenía mucha importancia no transgredir la leyes sagradas, y convenía que la persona que les ofrecía una paz salvadora, que no se esperaban, respetara sus costumbres. Con estos [ 103] razonamientos Juan engañó a Tito, pues su mayor interés no era el respeto del sábado, sino su propia salvación. Tenía miedo de ser capturado nada más caer la ciudad y por ello ponía sus esperanzas de conservar la vida en huir por la noche. Era una obra de Dios 57 , que salvó a Juan para ruina de [ 104] Jerusalén, no sólo el hecho de que Tito se dejara persuadir con el pretexto de este retraso, sino el que acampara más lejos de la ciudad, cerca de Cidasa 58 . Era ésta una aldea fortificada, [ 105] en el interior del territorio de los tirios, que siempre había mantenido una actitud bélica y de odio contra los galileos. La base de las diferencias con la nación judía era su gran número de habitantes y su posición fortificada.

[ 106] Por la noche Juan, al ver que no había ningún guardia romano alrededor de la ciudad, aprovechó la ocasión y huyó hacia Jerusalén no sólo con soldados, sino también con numerosas [ 107] personas no armadas junto con sus familias. Pudo llevar con él a una multitud de mujeres y niños a lo largo de veinte estadios, a pesar de estar angustiado por el miedo de ser capturado y de perder la vida. Sin embargo, cuando hubo avanzado más adelante, aquella gente fue dejada atrás y eran terribles los gemidos de los que se vieron abandonados. [ 108] Pues cada uno de ellos, cuanto más se alejaba de los suyos, tanto más cerca creía estar del enemigo. Llenos de miedo pensaban que ya estaban próximos a ellos los que les iban a hacer prisioneros y se daban la vuelta al oír el ruido que ellos mismos producían en su carrera, como si ya estuvieran [ 109] encima los enemigos de los que huían. La mayoría fue a parar a lugares infranqueables y la rivalidad por adelantarse [ 110] unos a otros en el camino acabó con muchos de ellos. Era digna de lástima la muerte de mujeres y niños. Algunas mujeres tuvieron el valor de llamar a sus maridos y familiares [ 111] con súplicas para que las esperaran. Pero prevaleció la orden de Juan, que les gritaba que se salvaran a sí mismos y que huyeran allí donde pudieran vengarse de los romanos en el caso de que éstos capturaran a los judíos dejados atrás. Así pues, la multitud de los fugitivos se dispersó según la fuerza y rapidez de cada uno.