Buch lesen: "Río quieto"
Río Quieto
Federico Girón

| Girón, Federico Río quieto / Federico Girón ; ilustrado por Juan Augusto Girón. - 1a ed . - Ituzaingó : Cienflores , 2020. Libro digital, EPUB Archivo Digital: descarga y online ISBN 978-987-4039-43-9 1. Cuentos. 2. Narrativa Argentina. I. Girón, Juan Augusto, ilus. II. Título. CDD A863 |
© Federico Girón.
© Editorial Cienflores, 2015.
Lavalle 252 (B1714FXB), Ituzaingó, Provincia de Buenos Aires.
Tel: +54-011-2063-7822 / email: editorialcienflores@gmail.com
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Editor responsable: Maximiliano Thibaut
Ilustraciones de tapa e interiores: Juan Augusto Girón
Queda hecho el depósito que previene la ley 11.723
Por decisión del autor y los editores cualquier parte de esta obra puede ser utilizada y reproducida para fines de enseñanza e investigación. Cualquier otra forma de reproducción queda sujeta a la autorización de los mismos.
Índice
Polenta con nueces
Tres puñaladas
Las tardes con Barty
Amuleto
Iñaki volador
Mundo suspenso
Íbamos a ser felices
Bruno
Un fémur en el parque
En la espesura del lote
Río quieto
A Natalia, Robertina y Lola.
A Lidia, Roy y Joti.

Polenta con nueces
Hoy al anochecer fui a cenar con el Gordo, mi amigo de toda la vida. Casi al final de la comida, luego de que habláramos con naturalidad de los temas acostumbrados, me lo dijo sin preámbulos: le habían diagnosticado un cáncer terminal. Hasta un segundo antes todo había acontecido como en otras reuniones; nada en la charla, en sus gestos, me hizo sospechar algo. Bromeó como era de esperar, acorde a su humor negro; lo hice yo también, pero solo luego de unos cuantos minutos de profundo estupor. Tres meses, cuatro, seis, quizá menos, quizá más, dijo, y me sirvió vino en la copa sin dejar de mirarme y ridiculizó mi gesto. La misma cara que debo haber puesto yo cuando el hijo de puta del médico me contó la buena nueva, agregó. ¿Sabés lo que te quiero, no?, preguntó súbitamente mirándome a los ojos; tragué en seco y arrugué la nariz para distraer el llanto. Bebí un sorbo abundante de vino tinto.
Me confesó que no se lo había dicho a nadie, ni a su esposa ni a sus hijos. Veré con el tiempo, cuando ya no pueda ocultarlo. A la Negra le resultó raro lo de Europa cuando le propuse un viajecito de placer, pero sabés como son las minas con los viajes… se entusiasman y listo, el Gordo quiere gastar guita, que gaste, para qué preguntar.
Estuve pensando en todo lo que me gustaría hacer antes de quedar postrado y con morfina, me contó, es raro, pero no se me ocurrió nada extraordinario y me sorprendí al principio, porque claro, porqué no desear manejar una Ferrari, hacer un viaje galáctico, no sé, probar ácido o cogerme a Uma Thurman… Sonreí con desgano. Nada che, continuó, pero enseguida me tranquilicé y me dije que al menos era coherente, si no hice nada disparatado o fuera de lo común en cuarenta y cinco años, ¿por qué voy a hacerlo ahora?… ¿o no? Asentí incrédulo, allí, cuando la charla ya me resultaba absurda, aún sin saber lo que todavía me esperaba.
Yo dije una tontería como que no se rindiera o algo parecido, que seguro había chances de revertir… Interrumpiéndome dijo, yo sé que es así, no hay error, conozco mi cuerpo. No pude contradecirlo, me sentía abatido; se lo oía resuelto y su semblante casi estoico me perturbaba.
Por suerte en lo económico dejo todo en orden, agregó, nada de deudas y hasta unos buenos ahorros… con viajar unos días con mi familia y estar cerca de los amigos va a ser suficiente para irme en paz. Si pudiera, eso sí, dijo el Gordo sin siquiera hacer una pausa, me gustaría acostarme con un hombre. Es algo que me intriga, agregó. Sonreí con una mueca fallida que no fue imitada por mi amigo.
Cuando llegué a casa mi esposa bañaba a nuestra hija menor. ¡Hola, llegaste justo!, exclamó cuando me asomé al baño y saludé. Te toca secarla, dijo sin voltearse mientras enjuagaba su cabello. Lejos de lo que había pensado en el viaje de regreso, no dudé un segundo en no contarle a mi mujer sobre la enfermedad del Gordo y menos que me había propuesto, ¿cómo decirlo?, manifestado su curiosidad, su deseo de acostarse con un tipo y más precisamente… ¿por qué no con su mejor amigo?
Te juro que no jodo, quizá esté loco, la cosa en el fondo tampoco es importante… curiosidad, fantasía, no sé, me supera, che, había dicho el Gordo al ver mi cara ya no sonriente, surcada por la incredulidad. Te digo la verdad, me animé porque en un momento pensé, contalo, no podés ser tan boludo, si total te vas a morir…Todos nos vamos a morir, comenté y me oí tan displicente que sentí miedo. Por eso, me dio la razón. Luego quedamos en silencio durante un rato y pensé en mis hijos y en mi mujer. Ahora me avergüenzo, no tendría que habértelo dicho, se lamentó. Está bien, está perfecto, Gordo, soy tu amigo y valoro que me cuentes, fue lo primero que se me ocurrió decir.
Quedé en llamarlo luego de una despedida confusa y vacilante, porque atiné a abrazarlo y él, como nunca antes había hecho, me tomó una de las manos, atesorándola entre las suyas; dos palmas tibias y húmedas que me dieron escozor. Llamame y combinamos para vernos, no seas boludo, me dijo y sin largarme la mano continuó, sos mi hermano, entendé que esto no es importante en lo más mínimo y ni por asomo quiero que empañe nuestra amistad, al menos el tiempo que nos queda como amigos, bromeó. ¡Ah!, y acordate que en diez días me voy a Europa, agregó justo antes de darnos al fin el interrumpido abrazo. Un abrazo en el que, al menos yo, sentí que nos distendíamos lentamente y que duró unos instantes más que los de otros encuentros, segundos tan importantes como imperceptibles, insignificantes, luego pensé, para el mundo, para el mozo que nos atendía siempre y que nos observaba impávido, a la espera de acomodar la mesa y tomar la propina tras nuestra partida.
Ya en pantuflas, mientras secaba como un autómata el pelo de mi hijita frente al espejo, pensaba una y otra vez en el asunto. Me acechaba la imagen de un cuarto de hotel y la grotesca desnudez de dos hombres a punto de unirse en un abrazo. El Gordo, yo y un encuentro ¿amigable? Amoroso. Mi hija rezongó, ¡ay, quema! La besé. Ya casi está seco, y después a dormir, dije. Nos miramos fijo frente al espejo mientras yo batía su melena castaña para distribuir parejo el viento caliente del secador. De pronto, viendo la escena, recordé una propaganda de shampoo en la que aparece un estilista prestigioso, maduro y maricón, secándole el pelo a su modelo fetiche. Sonreímos los dos, por motivos distintos, cómplices de una genética emocional compartida. Un niño no prejuzga. Un niño no juzga, pensé.
Me pidió que le contara otra vez el cuento del bosque antes de dormirse. El de siempre, con muchos personajes, improvisado y sin embargo obvio, construido generalmente de vestigios de clásicos infantiles.
Me costaba concentrarme, cada tanto aletargaba el relato dispersándome con recuerdos, pensando en mi amigo, nuestras familias, hasta detenerme a veces por completo. El reclamo justo de mi hija me introducía otra vez en la historia… Eso mismo, amor, el gorrión Facundo se había golpeado en una de las alas al caer de un árbol, y claro, sí, estaba muy triste. Pobrecito. Sí, le dolía el costado… Unas vacaciones inolvidables en el norte, lágrimas etílicas una navidad, una cena con el Gordo y su mujer en un restaurant carísimo, mi esposa que se cae camino al baño, nos reímos por una hora… Sí, amor, es lo que te digo, no iba a poder volar por un tiempo y el gorrión Facundo, eh… su amiga la tortuga Wendolina, entonces, lo invitó a comer y… a cenar, eso, para levantarle el ánimo, viste… Un hotel con vista al mar el verano pasado, un ataúd grande, sus hijos jugando con los míos en un parque o en la calesita de la plaza, un ataúd pesado… ¿Y qué le preparó, papá? Ah sí, algo rico, le preparó polenta con nueces, dije sin vacilar, con la espontaneidad del que sugiere una comida tradicional y como si un instante antes no hubiera tenido en la punta de la lengua la frase “Gordo y la reputa madre que te pario”. ¿Y le gustó al gorrión Facundo la polenta con nueces? Era su comida preferida, contesté, la tortuga sabía el gusto de Facundo, por eso la preparó, era su amigo y los amigos saben todo… Hice una pausa, hubo silencio. Intuí una nueva pregunta. Mates bien amargos un domingo viendo carreras, esperando el anaranjado de las brasas para tirar la carne y las achuras, pesca en un arroyo fumando de modo compulsivo unos apestosos cigarrillos negros… ¿Y Wendolina qué comió? Lo mismo, dije resuelto. ¡Las tortugas no comen polenta con nueces!, dijo mi nena sonriendo aunque con cierta preocupación, ¡comen lechuga, papá! Bueno, pasa que… comencé una incipiente explicación, pasa que… la tortuga, eso, Wendolina era tan amiga del gorrión… viste que Facundo estaba triste por el golpe que se había dado al caer del árbol mientras volaba, entonces, aunque a la tortuga no le gustara la polenta con nueces, ella, Wendolina, lo quería tanto, tanto, pero tanto a su amigo, que lo acompañó en la cena. Ah, claro, dijo satisfecha, se la oía cansada. Con tal de verlo feliz comió con Facundo, juntos y eso los puso felices, polenta con nueces, ¿entendés?… Sentí que su abrazo perdía firmeza, la mano liviana en el pecho y su respiración tibia contra mi cuello. Ya dormía. Estuve quieto a su lado unos minutos hasta que tanteé mi teléfono móvil en el bolsillo de mi pantalón; lo extraje dubitativo. Contemplé un buen rato a mi hija dormir, la simpleza del sueño en que imaginé navegaba.

Tres puñaladas
Estoy aquí por lo de siempre, escapo, huyo del insomnio, de mis noches en blanco en que si no escribo siento culpa, y si lo hago compruebo en cada párrafo, frase o hasta palabra que mi trabajo es inmensamente mediocre. Emborracharme en un bar pude resultar un plan formidable antes que padecer sobrio la frustración y el odio.
Son más de la una de la mañana. Un tipo que no vi entrar se sienta a mi mesa sin siquiera pedir permiso. No habla. Voy por mi tercer whisky, quizá cuarto, delicioso ya para mi paladar, y no inmundo como suelen ser los primeros tragos de la bebida blanca de cuarta categoría. Apenas si me dirige una que otra mirada evasiva; trae un ramo de flores en su mano que, apoyada sobre la mesa, parece descansar abatida. Lo observo por un buen rato hasta que se toma la frente y dice algo así como no lo puedo creer. No parece borracho, aunque en mi estado no es garantía de nada, y si bien me veo tentado de preguntarle si se siente bien —su gesto está inundado de angustia— reprimo el impulso.
Eran las doce de la noche cuando decide matar a su esposa, dice como recitando, sin dirigirme la mirada. Así comenzaba el cuento que leía esta noche, agrega luego de notar mi gesto interrogante. Un cuento de un libro que compré hace unos días… en el cuento, un tipo, un tipo como usted, como yo, una noche, mientras lee un libro plácidamente en la cama, toma la decisión de matar a su mujer. Sí, así de sencillo, el tipo lo vive como un escenario incuestionable, como un deber al que no puede rehusarse, no hay vacilaciones morales, sólo sabe que necesita hacerlo, liberar el impulso, ni siquiera mientras lee y cavila entre párrafos el asesinato que va a cometer, dirige una mirada piadosa a la esposa que duerme y ronca desprevenida a su lado… Lo interrumpo levantando una mano, me suena familiar la historia, quién no lo ha deseado alguna vez no puede llamarse esposo, bromeo. Tres puñaladas, dice sin siquiera esbozar una mínima mueca por mi reciente ironía, el tipo supo, como una revelación, que iban a ser tres puntazos, certeros. No se lo cuestiona un segundo, se levanta de la cama y camina por el pasillo que comunica con el living y la cocina, siente la suavidad de la alfombra verde oliva en sus pies descalzos…, continúa relatando con tono monocorde y mirada hipnótica. En la cocina bebe con avidez un vaso lleno de agua, tiene mucha sed. Toma el cuchillo y comienza a desandar el camino recorrido. En el pasillo, se detiene frente a un espejo de gruesos marcos de madera rústica y sonríe al ver su rostro. Levanta el cuchillo hasta la altura de su cara y lo mueve hasta ver un destello en el cristal que lo refleja. Con premeditado sigilo empuja la puerta de su cuarto con el dedo gordo de su pie derecho. El tipo hace una pausa abrupta, me desconcierta, no por la historia, sino por las lágrimas que ahora caen por sus mejillas. Yo a esa altura temblaba, añade, no pude continuar la lectura… ¡era de mí del que hablaba el relato!, estaba aterrado, ¿puede creer una cosa semejante? Su mano temblorosa barre con torpeza las lágrimas de su cara. Vuelve a esconderla bajo la mesa. Tal vez animado por mi quinto whisky dejo escapar una breve risa nasal, este tipo está loco, pienso. Disculpe caballero, digo esforzándome en modular pausadamente, hace un buen rato que no hablo y siento las cuerdas vocales empastadas, no comprendo. ¿Cómo que no entiende?, dice manifestando enojo, hace aparecer sus dos manos de debajo de la mesa y empuja con desprecio el ramo de flores al piso, jamás la hará feliz, jamás, haga lo que haga, luego las apoya abiertas sobre el mantel. Fija su vista en ellas. Yo también leía en la cama, como el tipo, y mi esposa dormía a mi lado, indefensa… Parece hablarle a sus manos. Me pongo serio. Tuve mucho miedo, continúa y se aproxima hasta hacer chocar su pecho contra el borde de la mesa, percibo la tibieza de su aliento, ¿ve mis manos?, susurra ahora y espía por el rabillo del ojo a su alrededor, no me animé a mirar al costado donde ella dormía, sólo me detuve a oír el sonido del dormitorio y el silencio absoluto me horrorizó, no la oía respirar… me levanté rápido para huir, caminé descalzo por el pasillo y no sé por qué me detuve en el espejo para mirarme. Se separa de la mesa y baja la mirada al piso. No me reconocí. En la mesa de la cocina vi unos cuchillos desordenados. Hace una pausa y levanta su rostro para mirarme. Tiene otra vez los ojos llenos de lágrimas. Escapé, ¿sabe?, huí desesperado de mi propia casa, como un intruso…, dice con los puños ahora apretados. Inesperadamente levanta una pierna hasta apoyarla sobre la mesa. Está descalzo. Veo un corte, una herida sangrante en la planta de su pie. Huí, cobarde, sin saber si debía asistir a mi esposa, si la había lastimado… Le digo que se tranquilice, con un ademán le indico que baje el pie de la mesa. Tres puñaladas, repite, lo leí en el cuento… todavía siento la resistencia de la carne al hundir el filo… Se toma la cara con las dos manos, lloriquea, no reprime el sonido de un sollozo que me incomoda. No, quédese tranquilo, no pasó nada de eso, digo con torpe dicción, soy escritor y sé de lo que hablo, olvídese… sí, no me mire así, soy escritor y lo entiendo, también tenemos malos días como cualquiera, por ejemplo hoy me llamaron de la editorial para decirme que me iban a devolver los libros distribuidos hace un año… ¿lo puede creer?, casi me dijeron que me los metiera en el culo, todos y cada uno. Con exageración abro las palmas de mis manos, bueno, no todos, fíjese qué curioso, uno se había vendido, uno sólo nomás. Uno. Hago una pausa y agrego indolente: la decadencia no es tal si no cuenta con alguna ironía. Quedamos en silencio un instante. Tu libro es bueno, me dijo mi agente, pero debe estar maldito. Lo insulté, ¿qué más podía hacer?… El tipo me estudia, me mira callado, sin embargo en sus ojos perdura una preocupación que parece no abandonarlo. ¿Para qué voy a seguir escribiendo si nadie quiere leer mi trabajo?, ni mi esposa, ella detesta todo lo que hago… en fin… hoy, como otras veces, no podía concentrarme en nada y me fui a la cama temprano, pero ni una buena lectura apaciguaba mi rabia y entonces salí a despejarme… a lo que voy, amigo, es que… es que cuando uno escribe recrea la realidad y las casualidades son más comunes de lo que usted cree, vaya tranquilo, su mujer está roncando como un oso… o preocupada porque usted se fue sin avisar. La ficción es: papel, tinta y coincidencias. Y sobre todo, sépalo, usted no mató a nadie, en todo caso lo hizo el personaje del cuento que leía esta noche, o de un modo indirecto el autor de ese libro, digo y vuelvo a reírme nasalmente. Se lo aseguro, vaya tranquilo, es muy tarde y se va a enfermar así… ¿cómo se le ocurrió salir descalzo?
Siento las miradas curiosas sobre nosotros mientras caminamos hacia la salida. Mañana va a llover, afirmo ya en la calle contemplando el cielo, aproveche para invitar a su esposa al cine. No me contesta. Nos saludamos con un blando apretón de manos y cada uno parte en direcciones opuestas.
Camino a casa, con paso zigzagueante, vuelvo a sentir pena por el tipo al repasar su relato. De pronto experimento el vértigo de una revelación, el germen de algo que me entusiasma. Apuro el andar todo lo que puedo mientras empalmo ideas, no quiero perder las frases iniciales de un relato prometedor.
Tres puñaladas, digo en voz alta el título de mi cuento mientras intento embocar las llaves en la cerradura.
Tiro al piso un florero al tantear las teclas de las luces. Temo que el estallido haya despertado a mi esposa. Acomodo con cuidado el ramo de flores y lo apoyo en el modular contiguo a la salida desde donde cayó; hay muchos vidrios esparcidos. Voy a la cocina en busca de un trapo. Al regresar al living miro ensimismado los vidrios y el agua derramada; decido postergar la limpieza y comenzar a escribir el cuento que arde y que casi se arma solo en mi cabeza. Me siento frente al ordenador.
La historia fluye de manera sorprendente, como si la hubiera vivido o hasta incluso escrito antes. Los párrafos surgen como sólidos bloques, se cubre la pantalla de letras al ritmo atropellado de mis dedos sobre el teclado.
Al terminar de escribir mi cuento comienzo a levantar algunos de los trozos de vidrio más grandes; me siento eufórico y conforme con mi nuevo trabajo, pero no me dejo engañar, sé que recién mañana sabré la verdad. Extiendo el trapo sobre el charco y al fin abandono la tarea, todavía estoy un poco borracho y aunque no tengo nada de sueño estoy exhausto. Voy hasta la cocina y lleno un vaso de agua que bebo con desesperación; quizá pueda leer un poco para conciliar el sueño, pienso. Camino por el pasillo en dirección al dormitorio. Siento la tibieza de la alfombra peluda acariciando con suavidad las plantas de mis pies descalzos. Un repentino dolor en el pie me detiene y una intensa sensación de extrañeza se apodera de mí; repaso el final del cuento que acabo de escribir hasta que un destello plateado en el espejo me distrae. Me observo, sonrío con soberbia, tres puñaladas, digo susurrando, es un cuento maldito. Empujo la puerta con el dedo gordo de mi pie derecho, suavemente. Veo a mi esposa en la cama tapada hasta la cabeza.

Las tardes con Barty
Me trepo a la silla con dificultad. En este bar parecen ser más altas que en los demás; tengo siempre esta impresión cada vez que vengo. Siento las miradas curiosas, las de siempre, inoportunas y con gesto compasivo e imbécil. Cuando acabo con mi tarea, luego de empujar mi culo contra el respaldo y de barrer con una mirada asesina al conjunto de personas a las que una enana les resulta una rareza (la mayoría bajan la mirada al instante), abro la cartera y tomo mi teléfono. No tengo mensajes. Veo acercarse a un mozo; me pregunto quién llegará primero esta vez, ¿será Barty, Delicia o Nuria?
—Cuando vienen mis compañeros pedimos— le digo al mozo de blazer negro y piel mortecina. Me mira con soberbia y se retira sin decir palabra.
Siempre llego primera, evito así, al menos eso creo, hacerles pasar a mis amigos el mal momento de ser observados por todos los clientes mientras se inclinan para saludar a la enana, y presenciar luego, mi infantil trepada a la silla. A Barty no le importaría, con él hasta no hace tanto caminé la calle codo a codo, ganándonos la vida a duras penas desde que nos resignamos a que el programa de televisión ya no volvería a grabarse. Nos llevó más de un año aceptarlo; Nuria, en cambio, como ya no era una nena, no tendría chances en el caso de un regreso “seguro” como había prometido y casi jurado Estévez, el director del programa. Todo fue un truco para convencernos de firmar una renuncia y evitar indemnizarnos. Las tardes con Barty vuelve apenas se reorganizan las finanzas del canal y la grilla, había dicho. Hijo bien, bien de puta, Estévez. Nuria había arreglado una especie de acuerdo, algo así como un poco de plata y una interesante propuesta para participar en un futuro programa para adolescentes. Si el programa se hizo no lo recuerdo, pero sé que Nuria ni siquiera participó del casting. Si soy sincera, ella había perdido la simpatía y por supuesto ya no era, incluso en los últimos capítulos rodados, la tierna mocosa edulcorada que había conquistado los corazones de millones de niños. Barty, en cambio, siempre será Barty y seguirá siendo el mismo, con traje de oso o sin traje. Desde un principio en el estudio comenzaron a llamarlo Barty, hasta cuando no estaba disfrazado del oso Barty; el director, los microfonistas, maquilladoras… todos nos contagiamos y a él no le importó su nuevo apodo. A Barty parece no importarle nada. Tanto le da igual ir a una plaza disfrazado con un apócrifo, engrasado y sudoroso traje del oso Barty para vender golosinas, que rodar el programa en un cómodo estudio de televisión. Le da lo mismo ir acompañado de una súper modelo que por mí y mis ciento veinte centímetros de altura… últimamente no se afeita en semanas. ¿Qué importa?, si no se ve con el disfraz puesto, me dijo cuando se lo hice notar. Tuvimos sexo. Algunas veces. No estuvieron mal, en primer lugar porque no hubo situaciones de torpeza o incomodidad de su parte. Barty me acepta como soy, acepta el mundo tal cual le llega a sus manos. A veces me pregunto si mi amor hacia él no se debe a esa complaciente indiferencia hacia todo lo que lo rodea. Yo a veces no aguanto mi vida.
Veo entrar a Delicia. Miro el reloj. Puntual y muy pintada como siempre, con color furioso en sus labios y mejillas, un delineado negro intenso resalta sus ojos claros. Me ve. Camina con hidalguía haciendo oscilar los flecos de su tapado de piel, y a pesar de estar quebrada emocionalmente desde hace años, irradia una seguridad que envidio. Siempre pienso que si me dieran a elegir tres deseos, uno sería ser alta como ella para probarme su ropa y lucirla en la calle. Ser mirada, pero de otro modo, como ahora veo la observan algunos hombres de las otras mesas.
—Hola tesoro, que alegría verte— me dice antes de besarme. El aroma de su perfume, si bien es agradable, por un momento me asfixia.— ¿No vino nadie más?
—No todavía.
Hace un año que no la veo, desde el anterior encuentro. Hablamos por teléfono varias veces, se podría decir que estamos al día. Estoy enterada de la muerte de su caniche, del avance en el juicio torturante que lleva hace años contra los médicos, que según ella mataron a su hija de nueve años, de su encuentro hace unos meses con Nuria para regalarle ropa que ya no usaba y de la tristeza que creyó ver en sus ojos. Nuria nunca muestra su dolor, pienso, siempre lo pensé, y no porque no quiera inquietar a los demás, sino porque se cree superior, pero no se lo dije a Delicia aquella vez.
—Otro año más…— dice con resignación y aprieta los labios con fuerza. La veo arrugarse en ese gesto. Hace siete años que dejamos de grabar Las tardes con Barty, desde entonces, en cada aniversario, le escucho decir esa frase, con agotamiento, como si fuera una tortura llevar su humanidad adelante. La entiendo.
Me parece raro que hayan pasado siete años de nuestro último programa. Se lo digo a Delicia; le agrego que tal vez sintamos que jamás dejamos de hacerlo porque siguen repitiéndolo en la televisión. Me recuerda, como siempre lo hace, que ella no lo deja de ver un solo día porque es como detener el tiempo y estar con su hija. Miro, mientras me habla sin detenerse, el continuo movimiento de sus manos: de la cartera a la mesa, de tomar un espejo de mano a pellizcar una servilleta para corregir una inexistente marca de rouge, acomodar su cabello detrás de una oreja, luego en la otra, gesticular breves sonrisas, miradas nerviosas al entorno: su belleza natural corrompida por las ausencias. Se me ocurre pensarla incompleta, intentando llenarse de acciones para combatir un vacío irremediable.
Le tomo una de sus manos cuando vemos aparecer a Nuria por la puerta. El tiempo, el mismo del que hablábamos hace instantes, el que engañosamente parecía no haber pasado, se asoma con la violencia de lo que ha dejado de ser para siempre. Nada ha quedado de la Nuria de Las tardes con Barty; Nuria la mujer, joven aún, pero con suficiente adultez para sufrir su antigua niñez mimada.
—¿Cómo están? ¡Qué frío hace afuera…!— dice con la energía entusiasta con la que siempre se presenta y de la que descreo.
Se saca un gamulán envejecido y después de colgarlo en la silla, Delicia y yo observamos cómo se acomoda un sacón de lana con enormes botones, y luego con una mano bate su pelo rubio. Me llega el aroma de shampoo de manzana. Se hizo bucles. Seguro estuvo con la buclera hasta hace minutos. La imagino triste frente al espejo enrollando con parsimonia su cabello. Nuria tiene naturalmente el pelo muy rubio y lacio; cuando era niña, en las horas de descanso, me gustaba cepillárselo durante largo rato. A veces se dormía y Estévez me retaba. Tenía un pelo hermoso. Pensar que de niña me quería con locura, le gustaba verme a los ojos y jugar a las muecas. Todo cambió en los últimos tiempos del programa, sus miradas no sólo ya no eran para jugar a las muecas, diferían en la altura, me miraba engreída desde arriba y despreciaba mis señales de afecto.
—Estás hermosa— le dice Delicia.
Intuyo que el sacón de lana es una de las prendas que le obsequió.
—¿Vieron la publicidad?— pregunta apenas se sienta.
Delicia se me anticipa y con elocuencia halaga su trabajo. Mejor dicho su “participación”. Hago también un comentario benévolo sobre el aviso. La propaganda de la que habla es el único trabajo en casi un año. Es de alfajores y lo cierto es que apenas se la distingue del efímero grupo de jovencitas que aparecen bailando.
Me pregunta si tengo alguna novedad. Lo hace sin interés, sé que se refiere a si tengo trabajo en vistas, proyectos, o si me enteré algo del eternamente postergado regreso de Las tarde con Barty. Solo le importa darse pie para contar alguna de sus mentiras, lo sé. La verdad es que sí tengo una novedad, para nada buena, pero solo Barty la sabe y creo dejaré que él se ocupe de darla.
—Ya me cuesta mantenerme en pie por más de media hora— le digo—, ¿en qué cambia si me llaman o no?… Cuando me salga esa ayuda del sindicato voy a estar más tranquila… estuve por el canal para que me hicieran unos certificados…
—A mi me ofrecieron participar de una tira— me interrumpe—, parece que se va a empezar a rodar en unos meses, una producción…
No la oigo. Observo las mesas contiguas. Nadie nos mira, nadie ya reconoce en esta mujer de rulos sintéticos a quien de niña fuera la sensación de multitud de niños, y que ahora suena bien lejana en mi cabeza con su bla-bla…
—¿Y Barty?— pregunta de pronto— ¿pedimos?, tengo hambre.
—Estará retrasado— dice Delicia que no deja de mirar a Nuria desde una profunda lejanía. Siempre lo hace.
—Pidamos—propongo— si total Barty come lo que sea, ¿es un oso o no?
Nos reímos. Nuria llama al mozo y enseguida retoma su historia. Habla con verborragia del proyecto que con seguridad estará rodando en dos meses, se lo aseguró un productor. Lo de siempre. Estoy a punto de preguntarle sobre una novela en la que el año anterior aseveró iba a participar en varios capítulos. Me contengo, no quiero humillarla.
Pedimos al mozo una pizza, una cerveza y gaseosa para Nuria porque no le gusta el alcohol. Vemos entrar a Barty con su clásico sobretodo beige, sonríe al vernos y se acerca con andar alegre aunque su aspecto indique otro estado de ánimo. Lo conozco. Somos familia. Nos da un beso a las tres pero se detiene especialmente en Nuria sorprendido por su aspecto.
—¡Qué bella estás, hija, me alegro tanto de verte!… un año y me crecés un metro…
Barty no se afeitó. No me hizo caso. Cuando se acercó para saludarme sentí el olor rancio de su cuerpo. Seguro estuvo hasta tarde en la plaza vendiendo globos y golosinas con el caluroso traje puesto.
—¿Les contaste?— pregunta Barty al sentarse. Siento las miradas interrogantes de Nuria y de Delicia.
—No… sí, algo les dije de mi jubilación— contesto y lo pateo por debajo de la mesa— me está por salir por suerte, parece…
Barty se pone colorado, lo noto en sus pómulos hundidos y en su frente amplia.
—¡Qué suerte!— dice Nuria.
—¡Hay que hacer un brindis!— ordena Delicia.
Sirve en los vasos la cerveza recién abierta. Nuria levanta su copa con gaseosa. Barty un instante más tarde nos imita sin decir palabra. Chinchín, decimos todos. Cuando encuentro la oportunidad le guiño un ojo a Barty y le indico con un gesto que después lo contamos.
Con la llegada de la comida, Delicia hace de anfitriona; sirve pizza a cada uno en su plato y monopoliza la charla. Nos cuenta de los capítulos que han dado esta semana, todos favoritos de su hija. Dirigiéndose a Barty le relata el capítulo en el que preparábamos helados y tortas. Él asiente y sonríe. Nos pregunta si recordamos que luego de grabar, hasta ella había podido comer de tanta torta que había sobrado.
Nos alimentamos con voracidad, la pizza está muy rica; Ella apenas si da un bocado.
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