Buch lesen: "La Reina de los Caribes"
Emilio Salgari
La Reina de los Caribes
e-artnow, 2021
EAN 4064066444747
Índice
Capítulo 1: El Corsario Negro
Capítulo 2: Hablar o morir
Capítulo 3: La traición del intendente
Capítulo 4: Sitiados en el torreón
Capítulo 5: El asalto al Rayo
Capítulo 6: La llegada de los filibusteros
Capítulo 7: El brulote
Capítulo 8: Un combate terrible
Capítulo 9: El odio de Yara
Capítulo 10: Las costas de Yucatán
Capítulo 11: La escuadra de los filibusteros
Capítulo 12: Un terrible abordaje
Capítulo 13: La rendición de la fragata
Capítulo 14: La laguna de Tamihaua
Capítulo 15: La almadía
Capítulo 16: La caza del Lamantino
Emilio Salgari
La Reina de los Caribes
Capítulo 1: El Corsario Negro
Índice
El mar Caribe, en plena tormenta, mugía furioso lanzando verdaderas montañas de agua contra los muelles de Puerto-Limón y las playas de Nicaragua y de Costa Rica.
El astro del día, rojo como un disco de cobre, sólo proyectaba pálidos rayos.
No llovía; pero las cataratas del cielo no debían de tardar en abrirse.
Tan sólo algunos pescadores y algunos soldados de la pequeña guarnición española se habían atrevido a permanecer en la playa.
Un motivo, sin duda muy grave, los obligaba a estar en acecho. Hacía algunas horas que había sido señalada una nave en la línea del horizonte, y por la dirección de su velamen, parecía tener intención de buscar un refugio en la pequeña bahía.
Cualquier nave que viniese de alta mar producía una viva emoción en las poblaciones españolas de las colonias del golfo de México.
Bastaba que se notase algo sospechoso en las maniobras de las naves que arribaban, para que las mujeres y los niños corrieran a encerrarse en sus casas y los hombres se armaran precipitadamente.
Si la bandera era española, la saludaban con estrepitosas vivas, celebrando el raro caso de haber esquivado los cruceros de los corsarios.
Los desmanes y saqueos llevados a cabo por Pedro el Grande, Brazo de Hierro, John Davis, Montbar, el Corsario Negro y sus hermanos el Rojo y el Verde y el Olonés, habían sembrado el pánico en todas las colonias del golfo.
Viendo aparecer aquella nave, los pocos habitantes que se habían detenido en la playa a contemplar la furia del mar habían renunciado a la idea de volver a sus casas, no sabiendo aún si tenían que habérselas con algún velero español o con algún osado filibustero.
Viva inquietud se reflejaba en el rostro de todos, tanto pescadores como soldados.
-¡Nuestra Señora del Pilar nos proteja-decía un viejo marinero, moreno como un mestizo y asaz barbudo-; pero, os digo, amigos, que esa nave no es de las nuestras! ¿Quién se atrevería con semejante tormenta a empeñar tal lucha a tanta distancia del puerto, si no fuese tripulada por los hijos del Diablo, esos bandidos de las Tortugas?
-¿Estáis seguro de que se dirige hacia aquí? -preguntó un sargento que estaba en un grupo de soldados.
-Segurísimo, señor Vasco. ¡Mirad! Ha dado una bordada hacia el Cabo Blanco, y ahora se prepara a volver sobre sus pasos.
-Es un brik; ¿no es cierto, Alonso?
-Sí, señor Vasco. Un magnífico leño, a fe mía, que lucha ventajosamente contra el mar, y que antes de una hora dará frente a Puerto-Limón.
-¿Y qué os induce a creer que no sea una nave de las nuestras?
-¿El qué? Si ese leño fuese español, en vez de venir a buscar un refugio en nuestra bahía que es poco segura, hubiera ido a la Chiriqui.
-Tendréis razón; pero yo dudo mucho que ésa esté tripulada por corsarios. Puerto-Limón no puede excitar sus ambiciones.
-¿Sabéis lo que pienso, señor Vasco? -dijo un joven marinero que se había destacado del grupo.
-Decid, Diego.
-Que esa nave es El Rayo, del Corsario Negro.
Al oír tan inesperada salida un estremecimiento de terror sobrecogió a todos los presentes.
-¡El Corsario Negro aquí! -exclamó con acentuado temblor.
-¡Estás loco!
-Pues bien; voy a demostraros lo contrario -dijo el marinero-. Hace dos días, mientras yo estaba pescando cerca de las islas de Chiriqui, vi pasar una nave a menos de un tiro de arcabuz de mi velero. Aquella nave se llamaba El Rayo.
-¡Caramba! -exclamó el sargento con tono airado-. ¡Y no has dicho nada!
-No quería asustar a la población -dijo el joven.
-Si lo hubieras advertido, se habría enviado a alguien para pedir socorro a San Juan.
-¿Para qué? -preguntaron en son de burla los pescadores.
-¡Para rechazar a esos hijos de Satanás! -repuso el sargento.
-¡Hum! -dijo un pescador alto como un granadero y fuerte como un toro-. Yo he combatido contra esa gente, y sé lo que vale. Son invencibles.
-¿Creéis eso, Cárdenas?
-Ya os convenceréis pronto, señor Vasco. ¡Fijaos! Aquella nave ha puesto la proa hacia el puerto. Dentro de media hora estará aquí: intentad oponer resistencia si os atrevéis.
-¿Y dejaréis que invadan la ciudadela? -preguntó indignado el sargento.
-Cuando no se puede defender una fortaleza, se abandona -repuso el gigante.
Los pescadores que se hallaban en la playa parecían inclinados a retirarse, cuando un hombre, ya de alguna edad, que hasta entonces había permanecido silencioso, los detuvo con un gesto.
Tenía en la mano un catalejo, con el que había estado explorando el mar.
¡Deteneos! -les dijo-. El Corsario Negro es un hombre que no hace daño a quien no se le resiste.
¿Qué sabéis vos? -le preguntó el sargento.
-Yo conozco al Corsario Negro.
-¿Y creéis que esa nave sea la suya?
-Sí; esa nave es El Rayo.
Nadie se movió. Pescadores y soldados continuaron en la playa mirando con espanto el velero, que luchaba penosamente contra la tempestad.
Parecía qué el temor los había petrificado.
Entretanto, la nave seguía aproximándose, a pesar del huracón. Parecía un inmenso pájaro marino volteando sobre el mar tempestuoso. Salvaba intrépidamente la cresta de las olas, desapareciendo casi por completo, para volver a mostrarse a la incierta luz crepuscular.
Los rayos caían en torno de sus palos, y la lívida luz de los relámpagos se reflejaba en sus velas, enormemente henchidas. Las olas la asaltaban por todas partes, lamiendo sus flancos y barriendo a veces la cubierta; pero la nave no cedía. Había renunciado a las bordadas, y marchaba enfilando al puerto, como si hubiera estado cierta de encontrar un asilo seguro y amigo. ¿Quién podía ser el audaz que tan intrépidamente desafiaba el furor del mar Caribe? Sólo un marinero de las Tortugas, uno de aquellos condenados corsarios, podía atreverse a tanto.
Los pescadores y soldados se miraban unos a otros viendo a la nave llegar al antepuerto después de un último bandazo.
-¡Está llegando! -exclamó uno de ellos-. ¡A bordo preparan las anclas!
Los pescadores, sin esperar a más, partieron corriendo desaparecieron por las calles de la pequeña ciudad.
El sargento y sus soldados, después de una breve vacilación, siguieron el ejemplo de los pescadores, dirigiéndose hacia el fortín, que se encontraba en la opuesta extremidad del muelle, en la cima de una roca dominando la bahía.
Puerto-Limón contaba con una guarnición de ciento cincuenta hombres y dos piezas de artillería, siéndoles, por tanto, imposible empeñar una lucha contra aquella nave, que debía de poseer numerosa y potente artillería.
La nave, en tanto, a pesar de la furia del viento y del mar, había entrado audazmente en el puerto, y había echado anclas a cincuenta metros del muelle.
En sus costados, cinco a babor y cinco a estribor, asomaban la boca otras tantas piezas de artillería, dignas compañeras de las dos que se veían en la cubierta.
En la popa ondeaba una bandera negra con una V dorada en el centro, y encima de ella, una corona gentilicia.
En el castillo de proa, en la toldilla y en los costados se veían multitud de marineros armados, mientras a popa algunos artilleros apuntaban las dos piezas hacia el fortín, dispuestos a desencadenar contra él un huracán de hierro.
Plegadas las velas y echadas otras dos anclas, una chalupa que fue arriada por sotavento se dirigió hacia el muelle.
A pesar del incesante movimiento del mar, la chalupa, hábilmente piloteada, tocó junto a un viejo barco español que acababa de destrozarse sobre un banco de arena, y que con su mole oponía una barrera a la furia de las aguas, y, salvando algunas escolleras, arribó felizmente al muelle.
La pequeña guarnición permanecía en el fortín, juzgando inoportuno intervenir, en consideración especialmente a aquellos doce imponentes calmes, suficientes para barrer la playa en un momento.
Mientras algunos hombres, aguantando con los remos, tenían quieta la chalupa, un hombre que iba a proa, de un salto extraordinario, digno de un tigre, se lanzó al muelle.
Aquel audaz que se atrevía a desembarcar solo en una población de dos mil habitantes, tal vez resueltos a atacarle como a una bestia feroz, era un arrogante tipo de hombre de unos treinta y cinco años, más bien alto, y de porte aristocrático.
Las líneas de su rostro eran bellas y varoniles a pesar de su palidez cadavérica.
Si su rostro era triste y fúnebre, el vestido no era más alegre. Iba vestido de negro de pies a cabeza, pero con desusada elegancia entre los corsarios.
La casaca era de seda negra, adornada con encajes de igual color: los calzones, la faja que sostenía la espada, las botas, y hasta el sombrero eran negros también.
Hasta la gran pluma que le caía sobre los hombros era negra, como asimismo las armas.
Aquel extraño personaje se detuvo para mirar las casas de la ciudad, cuyas ventanas estaban todas cerradas.
Una sonrisa burlona asomó a sus labios.
Se volvió hacia los hombres que permanecían en la chalupa, y dijo:
- ¡Carmaux, Van Stiller, Moko! ¡Seguidme!
Un negro de estatura gigantesca, un verdadero Hércules, saltó a tierra, y tras él, dos hombres blancos. Éstos, que frisaban en los cuarenta años, tenían la tez bronceada y líneas duras y angulosas.
Estaban armados de mosquetes y sables.
- Henos aquí, capitán -dijo el negro.
-Seguidme.
-¿Y la chalupa?
-Que vuelva a bordo.
-Perdonad, capitán -dijo uno de los dos marineros-; no me parece prudente aventurarnos tan pocos en la ciudad.
-El Corsario Negro no ha tenido nunca miedo, Carmaux.
-¡Si alguien se atreviera a sostener lo contrario, le cortaría la lengua, capitán!
Se volvió hacia la chalupa, gritando a los que la tripulaban:
-¡Volved a bordo, y decid a Morgan que esté pronto a zarpar!
Cuando vio alejarse la chalupa se volvió hacia sus tres compañeros diciendo:
-Vamos en busca del administrador del Duque.
-No sabemos dónde vive ese excelente administrador, Capitán.
-¿Y qué importa? Le buscaremos.
-He visto por allá un fortín -repuso el Corsario Negro-. Si nadie puede decirnos por aquí dónde podemos encontrar al administrador, iremos a preguntárselo a la guarnición.
-¡Por los cuernos de Belcebú! ¿Ir a preguntárselo a la guarnición? ¡No somos más que cuatro, señor!
-¿Y los doce cañones del Rayo? ¿No los cuentas? Vamos, ante todo, a explorar esas calles.
-¡Oh, Van Stiller! ¿Acaso los hamburgueses se han vuelto cobardes de algún tiempo a esta parte? ¡Cargad los mosquetes y vamos!
-¡Adelante, hombres del mar! ¡Yo os guío!
La noche había cerrado, y el huracán, en vez de calmarse, parecía aumentar.
La ciudad continuaba pareciendo desierta. No se veía ni una luz en sus calles, y menos a través de las persianas que cubrían las ventanas.
La noticia de la llegada de los corsarios de las Tortugas debía de haber corrido entre los habitantes.
El Corsario Negro, tras una breve vacilación, se internó en una calle que parecía la más larga de la ciudad.
Habían llegado ya a la mitad de la calle cuando el Corsario Negro se detuvo bruscamente gritando:
-¿Quién vive?
Una forma humana había aparecido en el ángulo de una esquina, y, viendo a aquellos cuatro hombres, se había rápidamente ocultado tras un carro de heno abandonado en aquel lugar.
-¿Una emboscada? -preguntó
Carmaux, acercándose al Capitán.
-¡O un espía! -dijo éste. -¿Era un hombre solo?
-Sí, Carmaux.
-Ve a prender a ese hombre, y tráelo aquí.
-¡Yo me encargo de eso! -dijo el negro empuñando su pesado espadón.
-¡Eh, compadre Saco de Carbón! -exclamó Carmaux-. ¡Primero los blancos: después el negro!
-El compadre blanco puede cederme este favor.
-Saco de carbón, eres libre de ir a recibir un tiro -exclamó Carmaux.
El gigantesco negro atravesó en tres saltos la calle, y cayó sobre el hombre escondido tras el carro.
Agarrarle por el cuello y levantarle como si fuese un fantoche, fue cuestión de un momento.
El negro, sin cuidarse de sus gritos, le llevó ante el Corsario, dejándole en el suelo.
-¡Buen tipo! -exclamó Carmaux dando una carcajada-. ¡Eh, compadre! ¿Dónde has pescado ese cámbaro (cangrejo)?
El hombre que el negro había dejado ante el Corsario no tenía el aspecto de un soldado ni de un valiente.
Era un pobre burgués, algo viejo, con una nariz monumental; dos ojuelos grises y monstruosa joroba plantada entre los hombros.
-¡Un jorobado! -exclamó Van Stiller, que le vio a la luz de un relámpago-. ¡Nos traerá buena suerte!
El Corsario Negro había puesto una mano en el hombro del español, preguntándole:
-¿Adónde ibas?
-¡Soy un pobre diablo que nunca hizo mal a nadie! -gimió el jorobado.
-Te pregunto que adónde ibas -dijo el Corsario.
-¡Este cangrejo corría al fuerte para hacernos prender por la guarnición! -dijo Carmaux.
-¡No, excelencia! -gritó el jorobado-. ¡Os lo juro!
-¡Por cien mil diablos! -exclamó Carmaux.
-¡Este jorobeta me ha tomado por algún gobernador! ¡Excelencia! ¡Oh!
-¡Silencio, hablador! -gruñó el Corsario-. Vamos; ¿adónde ibas?
-¡En busca de un médico señor! -balbuceó el jorobado-. ¡Mi mujer está enferma!
-¡Mira que, si me engañas, te hago colgar del palo mayor de mi nave!
-¡Os juro!…
-¡Deja los juramentos, y responde! ¿Conoces a D. Pablo de Ribeira?
-Sí, señor.
-¿Administrador del duque Wan Guld?
-¿El ex gobernador de Maracaibo?
-Sí.
-Le conozco personalmente.
-Pues bien; llévame a su presencia.
-Pero…, señor…
-¡Llévame! -gritó amenazadoramente el Corsario-. ¿Dónde vive?
-Aquí cerca, señor… excelencia…
-¡Silencio! ¡Adelante, si estimas tu pellejo!
El negro cogió al español en brazos, a pesar de sus protestas, y le preguntó:
-¿Dónde es?
-Al final de la calle.
La pequeña caravana se puso en marcha. Procedía, sin embargo, con cierta precaución, deteniéndose, a menudo, en los ángulos de las calles transversales, por temor a caer en alguna emboscada o recibir una descarga a quemarropa.
Llegados al final de la calle, el jorobado se volvió hacia el Corsario, y, señalándole una casa de buen aspecto, edificada en piedra y coronada por un torreón, le dijo:
-Aquí es, señor.
-¡Bien está! -repuso el Corsario.
Miró atentamente la casa, y acercándose a la puerta, la golpeó con el pesado aldabón de bronce que de ella pendía.
Aún no había cesado el ruido de la llamada, cuando se oyó abrir una persiana, y una voz desde el último piso que preguntaba:
-¿Quién sois?
-¡El Corsario Negro! ¡Abrid, o prenderemos fuego a la casa! -gritó el capitán haciendo brillar su espada a la lívida luz de un relámpago.
-¿A quién buscáis?
- ¡A D. Pablo de Ribeira, administrador del duque Wan Guld!
En el interior de la casa se oyeron pasos precipitados, gritos que parecían de espanto; luego, nada.
-Carmaux -dijo el Corsario-. ¿Tienes la bomba?
- Sí, capitán.
-¡Colócala junto a la puerta! ¡Si no obedecen, le prenderemos fuego, y nos abriremos paso nosotros mismos!
Se sentó sobre un guardacantón que se encontraba a pocos pasos, y esperó, atormentando la guarda de su espada.
Capítulo 2: Hablar o morir
Índice
Aún no había transcurrido un minuto cuando las ventanas del primer piso se iluminaron, reflejándose algunos rayos de luz en las casas de enfrente.
Una o más personas estaban preparándose a bajar.
El Corsario se había puesto rápidamente en pie, con la espada en la diestra y una pistola en la siniestra.
Sus hombres se habían colocado a los dos lados de la puerta con las armas preparadas.
-¡Alguien viene! -dijo Van Stiller, que tenía un ojo pegado a la cerradura-. ¡Veo luces detrás de la puerta!
El Corsario Negro, que empezaba a impacientarse, alzó de nuevo el pesado aldabón, y lo dejó caer con estrépito.
El golpe retumbó por el corredor. Una voz temblorosa gritó: -¡Ya va, señores!
Se oyó un chirriar de cerrojos y cadenas, y la maciza puerta se abrió lentamente.
Un hombre ya de edad, seguido por dos pajes de raza india portadores de antorchas, apareció en el umbral.
Era un hermoso tipo de anciano, que ya debía de haber pasado de los sesenta; pero aún robusto y erguido como un joven.
Llevaba un traje de seda oscura adornado de encajes, y calzaba altas botas con espuelas de plata.
Una espada le colgaba al costado, y en la cintura llevaba uno de aquellos puñales españoles llamados de misericordia; arma terrible en una mano robusta.
-¿Qué queréis de mí? -preguntó el viejo con marcado temblor.
En vez de contestar, el Corsario Negro hizo seña a sus hombres de entrar y cerrar la puerta.
El jorobado, ya inútil, fue dejado en la calle.
-Espero vuestra respuesta -insistió el viejo.
-¡El caballero de Ventimiglia no está acostumbrado a hablar en los pasillos! -dijo el Corsario Negro, con voz altanera.
-¡Seguidme! -dijo el viejo tras una breve vacilación.
Precedidos por los dos pajes, subieron una amplia escalera de madera roja y entraron en una sala amueblada con elegancia y adornada con trofeos españoles.
El Corsario Negro se aseguró con una mirada de que no había más puertas, y volviéndose hacia sus hombres, les dijo: -Tú, Moko, te pondrás de guardia en la escalera, y colocarás la bomba detrás de la puerta. Vosotros, Carmaux y Van Stiller, permaneceréis en el corredor contiguo.
Y mirando al viejo, que se había tornado palidísimo, añadió: -¡Y ahora nosotros dos, señor Pablo de Ribeira, intendente del duque Wan Guld!
Cogió una silla y se sentó junto a la mesa, colocándose la espada desenvainada entre las piernas.
El viejo seguía en pie, y miraba con terror al formidable Corsario.
-Sabéis quien soy; ¿no es cierto? -preguntó el filibustero.
-El caballero Emilio de Roccabruna, señor de Valpenta y de Ventimiglia -dijo el viejo.
-Celebro que tan bien me conozcáis, señor de Ribeira -continuó el Corsario-. ¿Sabéis por qué motivo he osado, solo con mi nave, aventurarme en estas costas?
-Lo ignoro; pero supongo que debe de ser muy grave el motivo para decidiros a tamaña imprudencia. No debéis de ignorar, caballero, que por estas costas está en crucero la escuadra de Veracruz.
-Lo sé -repuso el Corsario.
-Y que aquí hay una guarnición, no muy numerosa, pero superior a vuestra tripulación.
-También lo sabía.
-¿Y habéis osado venir aquí casi solo?
Una desdeñosa sonrisa plegó los labios del Corsario.
-¡No tengo miedo! -dijo con fiereza.
-Nadie puede dudar del valor del Corsario Negro -dijo D. Pablo de Ribeira-. Os escucho.
El Corsario permaneció algunos instantes silencioso, y luego dijo con voz alterada: -Me han dicho que vos sabéis algo de Honorata Wan Guld.
En aquella voz había algo desgarrador: parecía un sollozo ahogado.
El viejo permaneció mudo y mirando con ojos asustados al Corsario.
Entre ambos hubo unos momentos de angustioso silencio. Parecía que ninguno de los dos quería romperlo.
-¡Hablad! -dijo por fin el Corsario-. ¿Es cierto que un pescador del mar Caribe os ha dicho haber visto una chalupa llevada por las aguas y tripulada por una mujer joven?
-Sí -contestó el viejo con voz que parecía un soplo.
-¿Dónde se hallaba esa chalupa? -Muy lejos de las costas de Venezuela.
¿En qué sitio?
-Al sur de la costa de Cuba, a cincuenta o sesenta millas del cabo de San Antonio, en el canal de Yucatán.
-¡A tanta distancia de Venezuela! ¿Cuándo encontraron la chalupa?
-.Dos días después de la partida de las naves filibusteras de las playas de Maracaibo.
¿Y estaba aún viva?
-Sí, caballero.
-¿Y aquel miserable no la recogió?
-La tormenta arreciaba, y su nave ya no podía resistir el embate de las aguas.
Un grito de desconsuelo salió de los labios del Corsario.
-¡Vos la habéis matado! -dijo el señor de Ribeira con voz grave-. ¡Qué tremenda venganza habéis cometido, caballero! ¡Dios os castigará!
Oyendo aquellas palabras, el Corsario Negro levantó vivamente la cabeza.
¡Dios me castigará! -exclamó con voz estridente-. Yo maté a aquella mujer a quien tanto amaba; ¿mas de quién fue la culpa? ¿Acaso ignoráis las infamias cometidas por el Duque, vuestro señor? Uno de mis hermanos duerme allá… bajo el Escalda; los otros dos reposan el báratro del mar Caribe. ¿Sabéis quién los mató? ¡El padre de la mujer a quien yo amaba!
El viejo guardaba silencio y permanecía con los ojos fijos en el Corsario.
-¡Yo había jurado odio eterno a aquel hombre, que había matado a mis hermanos en la flor de su edad, que había hecho traición a la amistad y a la bandera de su patria adoptiva, y que por oro había vendido su alma y su nobleza, mancillando infamemente su blasón, y he querido mantener mi palabra!
-¿Condenando a muerte a una joven que no podía haceros ningún mal?
-La noche en que abandoné a las aguas el cadáver del Corsario Rojo, había jurado exterminar a toda su familia, como él había destruido la mía, y no podía faltar a mi palabra. Si no lo hubiera hecho, mis hermanos habrán salido del fondo del mar para maldecirme. ¡Y el traidor vive todavía! -repuso con ira tras una pausa-. ¡El asesino no ha muerto, y mis hermanos me piden venganza! ¡La tendrán!
-¡Los muertos nada pueden pedir!
-Os engañáis. Cuando el mar riela, y yo veo al Corsario Rojo y al Verde surgir de los abismos del mar, y huir ante la proa de mi Rayo; y cuando el viento silba entre el cordaje de mi nave, oigo la voz de mi hermano muerto en tierras de Flandes. ¿Me comprendéis?
-¡Locuras!
-¡No! -gritó el Corsario-. Hasta mis hombres han visto muchas noches aparecer entre la espuma los esqueletos del Corsario Rojo y del Verde, que todavía me piden venganza. Decidme: ¿dónde está Wan Guld?
-¿Aún pensáis en él? -exclamó el Intendente-. ¿No os basta con su hija?
-¡No! Ya os he dicho que mis hermanos todavía no están satisfechos.
-El Duque está muy lejos.
-¡Hasta el Infierno iría a buscarle el Corsario Negro!
-Id, pues a buscarle.
-¿Dónde?
-No sé a punto fijo dónde está. Se dice que en México.
-¿Se dice? ¿Vos que sois su intendente, el administrador de sus bienes, lo ignoráis? ¡No seré yo quien lo crea!
-Sin embargo, no sé dónde se halla.
-¡Me lo diréis! -gritó con voz terrible el Corsario-. ¡La vida de ese hombre me es necesaria!
-¡No hablaré!
-Sin embargo, no ignoráis las infamias cometidas por vuestro señor.
-He oído narrar muchas cosas respecto del Duque; pero ¿debo creerlas?
-¡D. Pablo de Ribeira! -dijo el Corsario con tono solemne-. ¡Soy un gentilhombre!
-Hablad, pues, señor de Roccabruna.
El Corsario iba a abrir los labios, cuando se levantó, acercándose rápidamente a la ventana.
-¿Qué tenéis? -le preguntó D. Pablo con estupor.
El caballero no contestó. Inclinado hacia afuera, escuchaba atentamente.
-La tormenta estaba en todo su apogeo.
-¿Habéis oído? -preguntó el Corsario con voz alterada.
-Nada, señor -repuso inquieto el anciano.
-Diríase que el viento trae hasta aquí los gritos de mis hermanos.
-¡Siniestra locura, caballero!
- ¡No! ¡No es locura! ¡Las ondas del mar Caribe entonan a estas horas los salmos del Corsario Rojo y del Verde, víctimas de vuestro señor!
El viejo palideció y miró con espanto al Corsario.
-¿Habéis terminado, caballero? -dijo-. ¡Acabaréis por hacer que también yo vea a los muertos!
El Corsario se sentó de nuevo junto a la mesa. Parecía no haber oído las palabras del español.
-Éramos cuatro hermanos -empezó a decir con voz triste y lenta-. Pocos eran tan valientes como los señores de Roccabruna, Valpenta y Ventimiglia, y pocos tan devotos del duque de Saboya como lo éramos nosotros.
“La guerra había estallado en Flandes, Francia y Saboya combatían con extremo furor contra el duque de Alba por la libertad de los generosos flamencos. El duque Wan Guld, vuestro señor, separado del grueso del ejército francosaboyano, se había atrincherado en una roca situada en una de las bocas del Escalda. Nosotros, fieles guardianes de la gloriosa bandera del heroico duque Amadeo II, estábamos con él. Tres mil españoles con poderosa artillería habían rodeado la roca, decididos a expugnarla. Asaltos desesperados, minas, bombardas, escalos nocturnos; todo lo habían intentado, y siempre en vano: el estandarte de Saboya nunca se había arriado. Los señores de Roccabruna defendían la fortaleza, y antes se hubieran dejado hacer pedazos que entregarla. Una noche un traidor comprado por el oro español abrió la poterna al enemigo. El primogénito de Roccabruna se lanzó a detener el paso a los invasores, y cayó asesinado por un pistoletazo disparado a traición. ¿Sabéis cómo se llamaba el hombre que vilmente hizo traición a sus tropas y dio muerte a mi hermano? ¡Era el duque Wan Guld; era vuestro señor!
-¡Caballero! -exclamó el anciano.
-¡Callad y escuchadme! -prosiguió el Corsario-. Al traidor le fue dada en pago de su infamia una colonia del golfo de México, la de Venezuela; pero había olvidado que aún vivían otros tres caballeros de Roccabruna, y que éstos habían solemnemente jurado por la cruz de Dios vengar la traición hecha a su hermano. Equipados tres navíos, zarparon hacia el golfo: uno de sus capitanes se llamaba el Corsario Verde; otro, el Rojo; el tercero, el Negro.
-Conozco la historia de los tres Corsarios -dijo el señor de Ribeira-. El Rojo y el Verde cayeron en poder de mi señor, y fueron ahorcados como vulgares malhechores.
-Y recibieron por mí honrosa sepultura en los abismos del mar Caribe -dijo el Corsario Negro-. Ahora decidme: ¿qué pena merece el hombre que hace traición a su bandera y da muerte a tres hermanos? ¡Hablad!
-Vos matásteis a su hija, caballero.
-¡Callad, por Dios! -gritó el Corsario-, ¡No despertéis el dolor que roe mi corazón! ¡Basta! ¿Dónde está ese hombre?
-Está a cubierto de vuestros ataques.
-¡Lo veremos! Decidme el sitio. El Corsario había levantado la espada.
-¡En Veracruz! -le dijo el viejo, considerándose perdido.
-¡Ah!… -gritó el Corsario.
Se dirigía hacia la puerta, cuando entró Carmaux en la estancia.
El filibustero tenía sombrío el rostro, y en sus miradas se leía una viva inquietud.
-¡Partamos, Carmaux! -le dijo el Corsario-. ¡Sé cuanto quería saber!
-¡Un momento, capitán! -¿Qué quieres?
-Mucho me alegraría de volver a bordo; pero creo que por ahora no sea fácil.
-¿Por qué?
-La casa está sitiada. -¡Bromeas!
-¡Ojalá! Desgraciadamente, digo la verdad.
-¿Quién nos ha vendido? -preguntó el Corsario mirando amenazadoramente a D. Pablo.
-¿Quién? ¡Ese maldito jorobeta a quien dejamos en libertad! -dijo Carmaux-. Hemos cometido una imprudencia que acaso nos cueste cara, capitán.
-¿Estás seguro de que la calle está tomada por los españoles?
-Con mis propios ojos he visto dos hombres esconderse en el portal que hay frente a esta casa.
-¿Sólo dos? ¿Y qué pueden hacer contra nosotros?
-¡Despacio, capitán! He visto otros dos en una ventana.
-Que son cuatro. ¡Vaya un número para nosotros! -dijo despreciativamente el Corsario.
-Puede haber más ocultos en las bocacalles, capitán -dijo Carmaux.
-¡Con semejante huracán, sus mosquetes no les servirán de nada!
-Pero cien picas y otras tantas espadas…
El Corsario permaneció pensativo un momento, y volviéndose a D. Pablo le dijo: -¿Y no hay en esta casa ninguna salida secreta?
-Sí, señor caballero -dijo el viejo, mientras un relámpago cruzaba sus negros ojos.
-¿Nos facilitaréis la fuga? -Con una condición.
-¿Cuál?
-Abandonar vuestros proyectos de venganza contra mi señor.
-¡Queréis bromear, señor Ribeira! -dijo con acento burlón el Corsario.
-No, caballero.
-¡El señor de Roccabruna no aceptará jamás tal condición!
-¿Preferís que os hagan prisionero los españoles?
-¡Todavía no me han cogido, querido señor!
-Hay ciento cincuenta soldados en Puerto-Limón.
-¡No me asustan! Yo tengo a bordo ciento veinte lobos de mar capaces de hacer frente a un regimiento entero.
-Vuestro Rayo no está anclado frente a esta casa, caballero.
-Iremos nosotros a su bordo, señor mío.
-No conocéis el pasaje secreto. -Pero lo conocéis vos.
-No os lo indicaré si antes no juráis dejar en paz al duque Wan Guld.
-¡Pues bien; veamos! -dijo con voz estridente el Corsario.
Y amartillando rápidamente una pistola, gritó:
-¡O nos guiáis al pasaje secreto, o te mato! ¡Elige!