Buch lesen: "No todo es lo que parece"

Eduardo Zannoni
No todo es lo que parece

| Zannoni, EduardoNo todo es lo que parece / Eduardo Zannoni. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2020.Libro digital, EPUB - (Ficcionaria)Archivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-599-658-81. Novelas de Misterio. 2. Narrativa Argentina. I. Título.CDD A863 |
© Eduardo Zannoni
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Impreso en Argentina / Printed in Argentina
Hecho el depósito que marca la ley 11723
Índice
Prólogo | 6
1 | 7
2 | 9
3 | 15
4 | 18
5 | 21
6 | 27
7 | 33
8 | 36
9 | 38
10 | 40
11 | 47
12 | 50
13 | 54
14 | 62
15 | 67
16 | 72
17 | 79
18 | 84
19 | 86
“Hay ocasiones en las que, no obstante las evidencias,
la verdad de un hecho se vuelve inexplicablemente ambigua
por las vacilaciones que nos provocan
algunas apariencias engañosas…
¿Ha pensado en eso?”.
Marcelo Gorriti
“La vida es un juego de azar”.
Voltaire
Prólogo
Hace muchos años —casi veinte— escribí esta breve novela, nouvelle, al decir de los franceses, sobre la base de una obra de teatro, también de mi autoría, que jamás fue representada. Poco después de concluirla, al releerla, por mucho que traté de hacerlo en actitud autocomplaciente, consideré que la novela padecía de una irremediable inmadurez literaria. Aunque la trama fuese ingeniosa, confieso que no me gustó como relato y que, por eso, nunca fui proclive a volver a ella.
Sin embargo, hallándome en obligada cuarentena, aislado en mi casa durante estos meses a causa de la pandemia del coronavirus, o covid-19, retomé los originales y me persuadí de que aquella interesante trama policial merecía el intento de revisar el relato para tratar de hacerlo más digno de su lectura. Nunca más oportuno el dicho: “No hay mal que por bien no venga”.
Lo que sigue es el producto terminado. Espero que su publicación merezca el beneplácito de los lectores.
Eduardo Zannoni
1
Julia Cruz aún no tenía conciencia de que había decidido asesinar a Flavia. Había reprimido el deseo de matarla. Pero ese deseo, amordazado en el subconsciente, afloró cuando se enfrentó a ella, cuando ambas se trabaron en breve lucha y forcejearon cuerpo a cuerpo, y cuando, de pronto, como si hubiese ocurrido por accidente, Julia empuñó la pistola creyendo que lo hacía solo para amedrentar a Flavia y el arma se disparó, sin saber exactamente por qué.
En el preciso momento en que oprimía el botón del timbre de la casa de Flavia, un leve escozor recorrió todo su cuerpo. No le había resultado fácil tomar la decisión de enfrentarla, pero sabía muy íntimamente que había llegado el momento de hacerlo. Intuyó que el inminente reencuentro entre ambas cambiaría la historia de sus vidas.
Miró su reloj de pulsera: las dos y veinte de la tarde. A esa hora seguramente Flavia estaría sola en la casa y podría desahogarse sin temor, hasta gritarle si le venía en gana, para decirle en la cara, de frente, todo lo que tenía para decirle sin la presencia de testigos.
Mientras aguardaba ver aparecer a Flavia en la puerta de calle, tras las rejas del jardín del frente de la casa, Julia oprimió contra su pecho el bolso que traía consigo. Había guardado en él los papeles y también la pistola. No pensaba usarla, pero consideró que mostrar el arma con seguridad serviría para intimidar a Flavia. Supuso que sería un eficaz medio de disuasión para obligarla a decir la verdad, para que confesara. Una confesión que la humillara al poner al descubierto sus embustes y tanta hipocresía.
Aunque Julia sospechaba desde hacía largo tiempo que Flavia era la amante de su esposo, había optado por aparentar que la infidelidad de Mario le era ajena. Se trataba de una farsa que le había permitido hasta ese momento eludir una lacerante realidad; sobre todo, aceptar que su matrimonio naufragaba. Pero ahora, con la comprobación que acababa de hacer, tuvo la convicción de que continuar representando la parodia la haría sentir íntimamente una estúpida o algo peor. Había llegado, pues, el momento de poner las cosas en su lugar. Después se divorciaría de Mario. La prueba de su torpe engaño había llegado fortuitamente a sus manos. No la había buscado deliberadamente, pero el hallazgo no era baladí. Se persuadió de que al fin y al cabo las casualidades no existen; dado que tenía la prueba en su poder, no podía hacer otra cosa que usarla. Pero, antes, encararía a Flavia, como correspondía, para que tomase nota de que en lo sucesivo ya no seguiría haciéndose la distraída. Le gritaría en la cara que había deshonrado tantos años de amistad. Que era una miserable. Y que debía pagar por ello.
Al cabo de unos instantes, la puerta de calle se abrió y la silueta de Flavia se recortó en el dintel.
2
Marcelo Gorriti, abogado especialista en asuntos de familia, conoció a Lucas Murúa a principios de la década de los noventa, cuando este lo contrató para que lo patrocinara en los trámites del divorcio de Flavia. En esa época, hacía muy pocos años que el país había estrenado el divorcio vincular que estaba, quizá por eso, en auge. En ese contexto deben interpretarse los hechos acaecidos, así como comprenderse las conductas de los personajes que pueblan la historia que sigue.
Murúa llegó hasta el bufete una fría tarde de invierno enfundado en un pesado sobretodo que, entre sisas y hombreras, disimulaba su porte de alfeñique. Más que caminar, aparentaba flotar en el espacio. Era un hombre alto, algo enteco y desmadejado, que había entrado en una suerte de precoz ancianidad. El abogado a primera vista calculó que ya había comenzado a transitar la sexta década de su vida.
En la primera entrevista, Murúa se mostró inusualmente obsequioso. Para Gorriti, proclive a interpretar gestos y actitudes, era una clara señal de que el recién llegado era alguien atormentado por conflictos que trataba de disimular. Cierto es que los dramas matrimoniales, sobre todo en su etapa aguda, suelen no propiciar el espíritu comunicativo de sus agobiados protagonistas, aunque en este caso Murúa se mostró necesitado de alguien que lo escuchara, un interlocutor que de algún modo iluminara su camino. Creyó encontrarlo en el abogado.
El caso no mostró, de inicio, particularidades destacables. Murúa reveló una personalidad contradictoria. Por una parte, demostraba ser un hábil empresario, a juzgar por la considerable fortuna que había amasado. Pero por otra parte el bueno de Murúa era un ser afectivamente inmaduro, un pusilánime. No indague el lector en más detalles; la respuesta solo podría obtenerse a través de un análisis y una disección minuciosa de los pliegues de su personalidad. Cabría decir, a lo sumo, que Murúa había detenido el desarrollo de su afectividad en alguna de las fases que describió Freud, cuyas enseñanzas tantas controversias suscitan todavía hoy. Pero como esta no es una historia de diván, ni pretende formar parte de una comunicación científica ante oráculos del psicoanálisis, al narrador le resulta más prudente no aferrarse a diagnósticos que son extraños a su quehacer.
Lo cierto es que, siendo ya casi un sesentón, se había casado con Flavia, quien además de ostentar un gran atractivo físico era veinticinco o treinta años menor que él. Dos años después del matrimonio nació Rodrigo, de quien algo más diremos en el transcurso de esta historia, porque es un protagonista involuntario y quizás el único inocente en la compleja urdimbre que iba tejiendo el drama que vivían sus padres.
Constituye una simplificación decir que Murúa no alcanzó la auténtica felicidad, o que no supo hacer feliz a Flavia. La afectividad de Murúa nunca tuvo la suficiente hondura ni para ofrecer ni para dar felicidad; mucho menos para intuir que el amor suele encerrar el momento sublime de la tragedia. Ese no era su caso. Murúa, además de su espíritu medroso, no era más que un sujeto vulgar que había hallado el modo de dejar atrás su vergonzante soltería y disipar las dudas que suscita la virilidad del célibe (virtuosa para algunos, inmoral para otros), para exhibirse junto a una mujer joven y atractiva que, como después se confirmó, había simulado amarlo al punto de aceptar ser su esposa. Como el lector podrá colegir, resultaría infructuoso preguntarse, además, acerca de sus virtudes amatorias. Es posible barruntar, a título de conjetura, que Flavia considerara que la fortuna de Murúa era una buena razón para montar la farsa aun a costa de ridiculizarlo.
Como suele sucederle a todo aquel que se siente inseguro de sí mismo, a Murúa comenzaron a atormentarlo los celos muy poco después de casarse con Flavia; temía que ella, insatisfecha, lo engañase. En los primeros tiempos, le asaltaron todo tipo de fantasías, porque, aun cuando no lo admitiese conscientemente, sospechaba que ella había aceptado casarse con él solo para disfrutar de su dinero. Como decimos, siempre se negó a aceptarlo y prefirió pensar que como él era un buen hombre Flavia lo amaba.
“Perdón, ¿buen hombre o más bien un insensato?”.
No conviene confundir los tantos, pues incluso cuando, admitámoslo por hipótesis, se dijese de Murúa que era un buen hombre, forzoso es admitir que no necesariamente la bondad y el amor van de la mano. Sin embargo, Flavia, durante algunos meses, los primeros tiempos de la convivencia, logró hacerle creer la superchería entre halagos y zalamerías. Cuando quedó embarazada de Rodrigo, la alegría de Lucas fue inmensa. Consideró que el tratamiento para doblegar la presunta esterilidad que le habían diagnosticado después de casarse había dado resultados positivos y ¡por fin! le sería dado sentirse padre, que es tanto como aspirar a no morir. Flavia, a su vez, parecía feliz de poder complacer a Lucas permitiéndole, a través de su maternidad, lograr la satisfacción de su deseo de paternidad hasta ese momento frustrada.
Pero muy poco después las cosas cambiaron.
Cuando sobrevenían los momentos de crisis, desbordado por sus confusos sentimientos y sus celos, Murúa optaba por dar lástima, confesaba a Flavia sus angustias y se situaba, como buen pusilánime, en la posición del pobre infeliz.
Como si se tratase de una profecía autocumplida, antes de que Rodrigo cumpliese el primer año de vida, Murúa descubrió que Flavia le era infiel. A poco de averiguar, supo que la frecuentaba el doctor Mario Barone, un destacado juez del crimen, hombre joven aún y también casado, al que no le fueron necesarios demasiados esfuerzos ni remilgos para transformarse en su amante.
Sucumbió entonces a la melancolía. El infortunado Murúa no pudo sobreponerse a su infausto destino de cornudo. Al principio, trató de disimular ante sí mismo y adoptó la política del avestruz, pero los desplantes de Flavia, cada vez más ostensibles, inclusive a los ojos de los demás, llegaban a tal punto que solían dejarlo en ridículo.
Fue inevitable que la relación entre Flavia y Murúa se degradara con la convivencia. Día tras día, él confirmaba sus temores, humillado por la traición de ella. Intentaba disuadirla (convengamos que es disparatado, pero, por eso mismo, más frecuente de lo que podría suponerse) de seguir cultivando esa relación adúltera. Le rogó y hasta le imploró su amor. Conviene aclarar que cuando personajes como Murúa imploran amor en realidad están demandando algo de piedad. En este caso, como sucede por regla, los ruegos fueron inútiles, porque la pasión de la impiadosa Flavia había hallado cauce en su relación con Barone, el joven juez del crimen.
En la intimidad, ella se volvió cada vez más displicente hacia Murúa, lo sometió a sus desfachatados caprichos y desplantes y, cuando se hartó, optó por ignorarlo, mientras seguía haciendo su vida y daba rienda suelta a sus antojos sin demasiados prejuicios ni tapujos. A esa altura, es casi obvio aclarar que no le importaba aparentar afecto. De manera que, finalmente, Murúa no tuvo otra alternativa que irse de su casa con pena pero sin gloria.
En la época inicial de la separación, él había seguido alentando la esperanza de que Flavia pondría punto final al vínculo con su amante. La visitaba periódicamente en la casa y hasta le llevaba algún regalo. Creía que eso facilitaría una reconciliación. Los hechos le demostraron hasta qué punto esa no era más que una vana esperanza alimentada por su propia necedad.
Pasados dos o tres años desde la separación, cuando las exteriorizaciones del desprecio se hicieron evidentes, Murúa comprendió que no tenía más alternativa que encarar los trámites del divorcio. Aunque era afectivamente un ser inmaduro, hizo un cálculo de costos y beneficios y llegó al convencimiento de que debería resguardar sus negocios de los posibles apetitos económicos de Flavia.
El despacho de Gorriti era escenario habitual de conflictos familiares semejantes. En sus por entonces casi treinta años de abogado, habían desfilado, y continuaban haciéndolo, personajes que sobrellevaban dramas parecidos. El caso que traía Murúa no era, pues, insólito ni extravagante. Tampoco lo era la mayoría de los asuntos de familia que le había tocado atender. En algunas —muy pocas— ocasiones, había sido sorprendido por arranques funambulescos, histéricos, producidos por estados de desequilibrio emocional que son frecuentes en la etapa aguda del conflicto.
Murúa no provocó escenas de ese jaez. Parecía incapaz de un desborde; más bien demostró, desde la primera consulta, docilidad y resignación. En apariencia, le interesaba obtener su divorcio de Flavia cuanto antes y, por eso, acató la sugerencia de Gorriti de intentar un entendimiento con ella y evitar un pleito que, aunque posible, sería largo y emocionalmente extenuante. Murúa pareció admitir, al menos al principio, que salvo una cerril negativa de Flavia a concederle el divorcio, de muy poco le valdría embarcarse en probar el adulterio, porque de un modo u otro el resultado, al fin y al cabo, sería el mismo.
El abogado comenzó su trabajo, como suele ser de práctica, invitando a Flavia y a su abogada, la doctora Carmen Somoza, a que lo visitasen en su despacho para conversar con ambas acerca del tema por el cual Murúa le había encomendado asistencia profesional. En esa ocasión, pudo advertir que Flavia era no solo una mujer atractiva, sino también lo más parecido a una casquivana veleidosa. Aprovechando que en la entrevista no estaba presente Murúa, se despachó, irreverente:
—Dígame, doctor, seguramente mi marido le ha venido con algún cuento, ¿no?
—Me ha contado su historia. Pero… qué le diré… No creo que discutir eso sea conducente —respondió amablemente Gorriti—. Mi cliente considera que el divorcio es inevitable…
—Yo también tendría cosas para contar.
—Me lo imagino, aunque no me interesa saberlas, créame… —le interrumpió Gorriti.
—Ah, ¿no? Lucas es un infeliz… —prosiguió Flavia, pero no concluyó la idea porque su abogada la tomó del brazo y le hizo un gesto para que callase.
A partir de entonces, comenzó una trabajosa negociación con la doctora Somoza, puesto que Flavia pretendía sacar la mejor tajada económica de la situación. Gorriti ya estaba acostumbrado a eso. Quien de los cónyuges toma la iniciativa de negociar para obtener acuerdos suele colocarse, de entrada, en posición de aparente desventaja, porque se supone que la intención de negociar es señal de debilidad propia.
No fue sencillo sentar las bases para satisfacer económicamente a Flavia. Debieron exhibirse a su abogada los últimos balances de la empresa de Murúa. Como suele suceder, estos no reflejaban las utilidades reales del negocio, de modo que se suscitaron variadas objeciones que exigieron ser puntualmente atendidas. A pesar de todo, en un par de semanas se redactó un borrador que, en general, logró la aquiescencia de ambos. El proyectado acuerdo era generoso con Flavia, ya que, además de adjudicársele la casa y un nada despreciable capital en dinero, se le reconocía una interesante renta mensual para que se mantuvieran ella y Rodrigo, quien continuaría viviendo con su madre y podría ser visitado por su padre cuando él quisiese hacerlo.
Pero siguieron surgiendo desinteligencias con la doctora Somoza, quien observaba, aquí y allá, aspectos del acuerdo de divorcio; sugería, con pertinacia, cambios y alteraciones que debían ser consultados y otra vez discutidos. En los momentos en los cuales lo invadía el desaliento, Gorriti solía desahogarse con Sofía, su veterana secretaria, que lo escuchaba con paciencia infinita. “¿Por qué será que las abogadas enarbolan el estandarte de reivindicaciones irracionales contra los hombres?”, se preguntaba, turbado. Y cuando Sofía trataba de ensayar alguna explicación él le replicaba: “¡Debe ser un epifenómeno feminista, una cuestión de género o, quién sabe, un nuevo modo de encarnar la lucha de clases!”.
Hasta que, por fin, llegó el día en que tantos esfuerzos y desvelos parecieron haber dado su fruto. Ambos letrados habían consensuado los términos en que Lucas y Flavia solicitarían su divorcio. Marcelo Gorriti se sentía satisfecho, a pesar de todo, de haber logrado la que, creía, era la mejor solución para su cliente.
3
Julia había conocido a Flavia en el elegante atelier de la moda femenina que distribuía los modelos exclusivos de Du Monde, la empresa de Lucas Murúa. Madame Claudette era algo así como la cara visible del atelier, y Flavia, que entonces era muy joven y atractiva por cierto, además de ser empleada de madame solía también oficiar como modelo en las presentaciones de los nuevos diseños para su distinguida clientela de Barrio Norte y Recoleta, que se hacían al iniciarse cada temporada y a las que Julia solía concurrir.
Fue una sorpresa para todos los integrantes del sofisticado mundillo que Flavia aceptara casarse con Lucas Murúa. Es que no era fácil imaginar una relación sentimental entre el medroso y apocado solterón que era Murúa y la desenfadada Flavia. Aunque la cuestión dio motivo a habladurías y cotilleos en el ambiente, lo cierto es que la boda se llevó a cabo y desde entonces a Flavia se la vio como una reina.
Julia y su esposo, el doctor Mario Barone, integraron la selecta lista de los ricos y famosos invitados a la soberbia fiesta de casamiento, y desde entonces ambos matrimonios se trataron con asiduidad. Julia compartía con Flavia el ambiente de la moda, las presentaciones de cada temporada, participaba de las fiestas y los desfiles a los que los Murúa eran generalmente invitados, y todo esto les permitió intimar en su recíproca relación. Mario ya era por entonces juez del crimen, pero así y todo Lucas se atrevía a consultarlo acerca de cuestiones comerciales vinculadas a su empresa.
La noticia de que Flavia había quedado embarazada, si bien no tenía por qué sorprender, profundizó aspectos emotivos de la relación. Lucas se sentía conmovido de saber que sería padre, lo cual le parecía imposible a sus años. Mario y Julia, en cambio, no habían podido tener hijos. La llegada del primer hijo de los Murúa tuvo por eso una especial significación para ellos, o por lo menos la tuvo para Julia, más proclive que su esposo a exteriorizar ese tipo de sentimientos en los que se entremezclaban la amargura de saber que ya no podría ser madre y la alegría de compartir el gozo de quien pronto lo sería.
Sin embargo, a los pocos meses del nacimiento de Rodrigo, las cosas fueron cambiando paulatinamente. Al principio fue casi imperceptible. Flavia comenzó a mostrarse reacia a compartir salidas o encuentros como lo hacía antes. En general, ponía como excusa la necesidad de atender al pequeño Rodrigo. Esto que hubiera sido explicable en cualquier madre, máxime siendo ella primeriza, no lo era tanto en el caso de Flavia, puesto que Rodrigo era atendido la mayor parte del día por una nurse que habían contratado los Murúa para liberar a la madre de esos inevitables y pesados menesteres. Por una razón o por otra, los momentos compartidos se fueron haciendo menos frecuentes; Lucas y Flavia parecían distantes, encerrados en un mundo cada vez más hermético.
Julia intuyó que, por alguna razón que inicialmente le fue imposible develar, las relaciones entre ambos matrimonios no funcionaban. Pero lo más triste para Julia fue que Mario también había cambiado, ya no era el de antes. Algo extraño les sucedía a ambos. Por cierto, Julia no sospechó siquiera que Mario era amante de Flavia. En cambio Lucas sí lo sabía. Se enteró del amorío meses después del nacimiento de Rodrigo y a partir de ese momento cayó en una irremediable melancolía. Pero su espíritu medroso, timorato, le impidió encarar a Mario para al menos putearlo y advertirle con tomar represalias que de alguna manera dejaran a salvo con hidalguía su condición viril. Es decir, no admitir mansamente el rol de cabrón que la conducta vergonzante de Flavia le imponía. No debe pasarse por alto que Mario, como juez del crimen, tenía buenas razones para ocultar públicamente su amorío. Entre ellas, la posibilidad de ser sometido a un juicio por conducta indecorosa que podía costarle el cargo.
Estos hechos explicaban el distanciamiento con los Murúa y también el paulatino desafecto de Mario hacia su esposa, aunque ella fuese incapaz de comprender las causas. La separación de Lucas y Flavia sobrevino al cabo de un tiempo e interrumpió definitivamente la relación.
Fue bastante después que Julia supo la causa del desamor de Mario. Para esa época, la intimidad compartida entre ambos se había quebrado; en verdad, no existía. Mario no daba explicación alguna de su hosquedad e indiferencia. Julia, a pesar de todo, no se sentía con la fuerza necesaria para enfrentar a su infiel compañero y exigirle que se divorciaran. A causa de sus miedos, se vio poseída por la depresión sostenida por el horror ante la perspectiva de ser abandonada de la noche a la mañana y quedar sola, sin siquiera un hijo y, no hace falta decirlo, sin apoyo económico. Por eso toleró continuar viviendo una vida que se volvió rutina y hastío.
Hasta que dijo basta.
4
Ningún remordimiento sintió por el hecho de seducir a Mario, el marido de su amiga Julia. A pesar de su matrimonio, Flavia no estaba dispuesta a cambiar sus costumbres ni resignar su desprejuicio, aun a costa de deshonrar a Lucas Murúa. Ella no sentía amor por Murúa, no lo había atraído de él ninguna cualidad varonil digna de ser destacada, al menos a su juicio. El insustancial Murúa era la versión corriente del hombre a quien desvelan sus propios intereses: astuto y hasta puntilloso para los negocios, pero definitivamente incapaz de fascinar a una mujer. Él era demasiado convencional y previsible para esos menesteres. Y, ni qué hablar, una rémora a la hora de dar rienda suelta como es debido a la algarabía de la sensualidad, a las caricias, a la voluptuosidad obscena y deliciosa que suscita la desnudez de los cuerpos estremecidos por las urgencias del deseo.
En esos aspectos, Flavia traía, por cierto, una vasta experiencia. Todo en ella era atrevimiento y provocación. Desde el primer instante, Lucas se sintió deslumbrado por su belleza, y esto no pasó desapercibido para ella. Cuando le ofreció ser su secretaria en las oficinas de la empresa, Flavia supo que el pez había mordido el anzuelo. Madame Claudette, mujer madura que, a su manera, amaba a Flavia, sintió en cambio la angustia de los celos, como si su modelo favorita la abandonara por dejar el atelier y la pasarela para ir a trabajar junto a Murúa. La veterana Claudette y Flavia se conocían muy íntimamente.
El dinero era otra cosa. En ese aspecto, Murúa corría con ventaja, puesto que había permitido a su atractiva esposa cambiar de vida y darse todos los gustos. Flavia había sabido sacar provecho de la fatua vanidad que atormenta a quienes creen que el dinero lo puede todo, sabiendo fingir ser la hembra satisfecha de un macho cabrío. Por cierto, la personalidad del inefable Murúa se prestaba para la farsa. Pero el idilio entre ambos, como todo lo que es aparente, duró poco tiempo.
No habían pasado desapercibidas a la perspicacia de Flavia las miradas furtivas cargadas de obvias intenciones que con disimulo le dirigía Mario Barone. Flavia y Julia, que como ya se ha dicho se conocían del atelier que Julia frecuentaba, al poco tiempo se hicieron amigas a pesar de tener caracteres muy diferentes. Julia, que era varios años mayor que Flavia y no tenía su belleza, envidiaba el desprejuicio y la frescura de su amiga; era demasiado sensata, algo circunspecta y, por momentos, bastante taciturna. Le pesaba la esterilidad derivada de una histerectomía que le habían practicado para extirpar un temprano tumor maligno, a consecuencia de la cual la posibilidad de concretar su ansiada maternidad quedó definitivamente frustrada. Sin embargo, la amistad de Flavia, siempre exuberante y dicharachera, la compensaba de algún modo.
Mario Barone era por lo menos diez años más joven que Lucas, un moreno de porte atlético y, por eso, todavía atractivo a los ojos de cualquier mujer. Flavia no evitaba sus miradas insinuantes; más bien disfrutaba provocándolo al sostener la suya hasta obligarlo a bajar la vista.
Durante algún tiempo, todo discurrió en esos discretos límites, pero una noche, mientras los cuatro cenaban en un restaurante, Mario rozó una pierna de Flavia, que estaba sentada frente a él. Flavia hizo una ligera presión en lugar de retirarla. Ambos se miraron y confirmaron lo que ese leve pero intenso contacto les revelaba. Se deseaban. Aprovechando un momento de distracción, cuando se aprestaban a retirarse del restaurante, Mario le susurró al oído, audaz:
—Me gustaría verte a solas.
Flavia lo observó por un momento, sorprendida quizás, pero sonrió con malicia.
—Te espero mañana en el atelier. A las cinco —le respondió en voz baja. Nadie se percató de la cita que habían concertado.
Cuando al día siguiente Mario llegó al atelier, Flavia lo estaba aguardando, provocativa y sensual, en compañía de madame Claudette. Él comprendió entonces que Claudette era su cómplice. Bebieron un champaña los tres, celebrando ese primer encuentro. Después, Claudette los dejó solos. Subieron al desván que oficiaba de alcoba y allí, sin demasiados rodeos, se entregaron al placer. Mario se sintió avasallado, por primera vez en muchos años, por una mujer pasional y vehemente que lo desafiaba una y otra vez con los arrebatos de su lascivia. Flavia se reencontró con un verdadero hombre que no solo era capaz de penetrarla, sino que además no daba sosiego a su ardiente sensualidad. Ambos se sintieron afortunados cuando, finalmente, los cuerpos agotados, transpirados y jadeantes, se abandonaron al reposo. Habían hallado, cada cual, el modo de superar el tedio que les provocaba el sexo rutinario, adocenado, y por eso convencional, de sus matrimonios.
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