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Eduardo Álvarez Tuñón

El desencuentro



Alvarez Tuñón, EduardoEl desencuentro. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2014.E-Book.ISBN 978-987-599-355-61. Narrativa Argentina.CDD A863

Imagen de tapa: Eugenia Martínez Vallejo, vestida, de Juan Carreño de Miranda, 1680, Museo del Prado.

©Libros del Zorzal, 2010

Buenos Aires, Argentina

Printed in Argentina

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A mi hija Lucía, porque será

el gran amor de la vida de alguien.

Índice

I | 7

II | 17

III | 27

IV | 35

V | 52

VI | 60

VII | 72

VIII | 90

IX | 103

X | 115

XI | 128

XII | 138

XIII | 149

“...Deshojaba noches esperando en vano

que le diera un beso,

pero yo soñaba con

el beso grande de la tierra en celo.

Flor de lino,

qué raro destino,

truncaba un camino de linos en flor...”

Flor de lino, vals de Homero Expósito y C. Stamponi (en la voz de Horacio Molina).

“...Présente, je vous fuis; absente, je vous trouve...”

Racine; Phedre; II, 2, 543.

I

Aquella tarde, como tantas otras, Enrique Villanueva tuvo que optar entre la pena y la indiferencia y, una vez más, eligió la pena. No sospechó que aquel hombre bueno, dueño de una carpintería, podía ser, como en la historia de la humanidad, la causa remota de una crucifixión. Sintió una extraña tristeza cuando Américo Iglesias, en la oficina vidriada de los “Aserraderos 9 de Julio”, besó su frente y le deseó suerte, como si fuese a partir hacia una peligrosa cruzada. Ese gesto místico de ternura, inusual hacia un empleado, y las palabras con las que describió la forma en que debía acercarse a su hermana, lo conmovieron más allá de lo previsible y se dijo a sí mismo que debía celebrar la tristeza, porque era el estado de ánimo ideal para simular ante Celia Beatriz Iglesias, la emoción de aquel amor distante y antiguo, que debía mentir. Pensó que este último verbo no era el adecuado y, tal vez, hubiese sido más justo reemplazarlo por “representar” porque, en definitiva, la realidad lo había convertido en el actor de una obra piadosa e improvisada, nacida de la vida misma y que tenía por público al pueblo entero y por escenario a esas mismas calles, que ahora recorría con la emoción trágica de todos los principios.

La había visto de lejos, al volver de su trabajo, detrás de la ventana de rejas, en la oscuridad de la sala, en la quietud del atardecer y esa mujer parecía mirar, absorta, la descomposición de la luz, lo que nadie podría ver, los secretos efectos del paso del tiempo en el día que, irremediablemente, se tornaba en pasado sin que ningún ser, salvo ella, lo advirtiera. La había visto en las sombras, detrás de las cortinas de encaje, como si no necesitara de la claridad, quizás observando de qué manera las horas, en una suerte de danza, teñían de amarillo los tules. La había visto, al finalizar noviembre, con un ramo de los primeros jazmines en la mano y parecía gozar, no ya con el perfume, sino con la proximidad de lo marchito. Había intuido su presencia detrás de los postigos, al oír, en los acordes del piano, una y otra vez, el primer movimiento de la sonatina N° 1 de Clementi, que ella ejercitaba con fervor, como si se tratara de un himno alegre y necesario, que bendecía el caer de la tarde y la ayudaba a llegar al otro día. La había visto surgir, por último, de las palabras de los hermanos Iglesias, que la evocaban a diario en el aserradero, que la sabían efímera pese a su obesidad y comprometían su existencia para lograr que la dicha, aún ficticia, fuera el paisaje final del viaje hacia la nada.

Enrique Villanueva no pudo presentir que, con el correr de los días, estaría destinado a añorar esos instantes vividos y que, invadido por la desesperación y huésped del llanto, pasaría las noches tratando de reconstruir con precisión esa tarde esencial en su vida, de convocar, una a una, las imágenes de Celia que poseía en su memoria antes de que se iniciara esa representación, como si en ellas estuviera la clave, el origen de ese sentimiento de salvación y condena que, aun en la situación límite, no dudó en juzgar sagrado. Fue recién entonces cuando comprendió que lo trascendente pasa siempre desapercibido y que nada es tan invisible como las puertas del infierno y del paraíso.

Pero lo cierto es que atravesó el centro de Villa María sin dudas ni reparos, persuadido, tal vez, de que la brevedad signaría aquella obra que ahora mismo se llevaría a cabo, que sólo exigía discreción y ascetismo y le sería retribuida con la generosidad habitual con que los hermanos Iglesias trataban a su empleado de confianza, a ese ayudante de contabilidad que les permitía desentenderse de las tareas administrativas de una empresa familiar que había adquirido dimensiones, y que ya era tradicional en el pueblo.

Caminó lentamente y de pronto advirtió que sólo había recorrido calles desiertas y que, pese a ello, se había sentido observado, como si todo el pueblo supiese su destino y se hubiera ocultado para no participar de esa suerte de farsa. Al llegar a la casa, sintió que la pena puede ser, a veces, la forma sutil del miedo. Una tenue noción de pecado cayó sobre él, frente a esa puerta, ante esas ventanas que estaban cerradas y que parecían expresar, en el lenguaje de las cosas inanimadas, un mensaje a su existencia, que no estaba llamado a descifrar completamente y en el que se mezclaban la belleza y la desdicha. Se dijo a sí mismo que la suerte ya estaba echada y pensó que había creído demasiado en las metáforas. El pacto exigía profesionalismo y, para que la historia no incidiera en su vida, debía tener bien en claro lo que ponía en juego, en especial su relación con los Iglesias y el dinero que podría cobrar, no sólo por esta actividad suplementaria, sino también por el agradecimiento eterno al que sería acreedor de lograr que la hermana se sintiera amada antes de morir y se llevase de la Tierra una idea distinta de aquella que la divinidad le había deparado. Pensó, entonces, que, más allá de todo, la finalidad de aquella confabulación alejaría la posibilidad de un reproche y bañaría de bondad a todos aquellos actos que tenían, por principio, a un hombre joven frente a una casa, tratando de engañar a los dioses.

El antiguo llamador de bronce simulaba una perfecta mano de mujer. Enrique Villanueva se vio atraído por esa forma y la acarició lentamente, deteniéndose con sensualidad en esos dedos alargados que el tiempo no podía ultrajar y que, sin embargo, le parecían bellos. En aquel momento comenzó a sonar el piano y él supo que ella aguardaba, en secreto, una presencia, aunque nada sospechase, porque la sonatina de Clementi había dejado de ser ese repetido estudio, esa obsesiva melodía de las tardes y ahora fluía y se elevaba en su ingenua alegría y cada nota encerraba una efímera celebración. Sintió que golpear la puerta hubiese sido como interrumpir un rezo y el final de la música lo halló en la quietud del zaguán, acariciando esa fría mano de metal. Se dijo que, quizás, lo vivido fuera la imagen de su destino inmediato porque tal vez lo esperasen días de silencio en esa misma casa, y tuviera que refugiarse en aquellos acordes para sentirse conmovido al rozar otra mano, tan fría y lejana como aquella, pero vecina de la muerte y capaz de engendrar una melodía que ahora, y ya en el recuerdo, le parecía sublime.

Ángel Iglesias, el otro hermano, abrió la puerta con miedo y también fue enternecedor ver cómo ese hombre, partícipe de la trama, simulaba esperarlo por razones de trabajo y lo recibía mintiendo un resfrío que lo obligaba a no salir, y le agradecía el haber venido, con una mirada y un leve movimiento de cabeza, que sugería una secreta complicidad y que fue respondida por Enrique Villanueva con una leve sonrisa.

—Me va a tener que esperar un rato, porque todavía no controlé las facturas —fingió utilizando un tono de voz artificioso y dirigido a que se lo escuchara—. Pero, si no le molesta, puede pasar al living. Discúlpeme, voy a tratar de no demorarme. Américo me dijo que usted vendría después de cerrar el negocio.

—Me desocupé antes y el señor Américo me pidió que volviera con las planillas, porque tiene que preparar el balance que vamos a presentar mañana —dijo Villanueva con naturalidad.

—No hay ningún problema, pase, pase —agregó Ángel y lo invitó a entrar en una sala contigua—. ¿Conoce a mi hermana, verdad?

Enrique supo, entonces, que todo iba a ser más difícil de lo esperado y comprendió en qué medida la ventana y la reja mejoraban la imagen de aquella mujer joven, que ahora lo recibía sentada en las sombras, al lado del piano, en una suerte de escenografía hecha a su imagen y semejanza. Sabía de su obesidad, que le dificultaba la marcha, de su diabetes, de la debilidad cardíaca que la afectaba, de sus veintitrés años diferentes, en un pueblo al que casi no conocía, y de la devoción de sus hermanos, que procuraban que no saliera a la calle, persuadidos de que la fragilidad había elegido en ella la forma engañosa de la gordura. Pero no pudo imaginar la desproporción de ese cuerpo a la luz de una lámpara antigua que, a su vez, la reflejaba en la vitrina, multiplicándola entre cristales y porcelanas, que también era necesario preservar.

—Sí, aunque ella no sabe quién soy; la veo todas las tardes cuando se asoma a la ventana y también he escuchado el piano. Esa música hace que esta cuadra sea diferente —respondió Enrique con lentitud y le extendió su mano. Y no fingió la excitación cuando tocó su piel y ella sonrió, extrañada, quizás, de que alguien pudiera haber reparado en su existencia y feliz de haber sido reconocida por la armonía de los sonidos y no por esa presencia física, a un mismo tiempo vana e imponente.

—Bueno, los dejo. Celia, tratámelo bien que Enrique es un pilar de la empresa —dijo Ángel, palmeándole la espalda y salió furtivamente, como si hubiese deseado no haberlos presentado nunca y que se hubieran conocido en un baile, como aquellos del Ateneo Popular de Villa María, que él mismo añoraba y a los que había dejado de concurrir por la tristeza de saber que ese humilde paraíso también le estaría vedado a su hermana.

Tal como lo había previsto Villanueva, el silencio los inundó. Él pidió que volviese a tocar esa pieza y le contó que hacía unos segundos, mientras se acercaba a la casa, la música lo había transportado a otro hemisferio y que no había podido golpear la puerta sino después de concluida esa melodía que, realmente, parecía dictada por Dios. Presentía que la admiración inicial le iba a permitir romper el hielo y dar comienzo a un diálogo distinto del que podrían llegar a tener un empleado administrativo con la hermana de su patrón. Ella asintió y le pidió que la ayudase a levantarse. Él la tomó del brazo; atravesaron con dificultad el breve espacio que los separaba del piano y fue el primer paseo que hicieron juntos, sin que nadie los viera, como si ensayaran futuras caminatas. Ella se sentó en un taburete grande, que los hermanos habían hecho especialmente en el aserradero cuando quiso estudiar piano y ellos advirtieron que aquel asiento circular de madera de cerezo, venido de Alemania con el instrumento, no soportaría tanto peso. De pie, Enrique recorrió a esa mujer con la mirada, mientras escuchaba, una y otra vez, aquella sonata que, poco a poco, se iría convirtiendo en una costumbre de la tarde. Fue entonces cuando reparó en la belleza de sus manos pequeñas y en la blancura de su piel, que parecía humillar al marfil de las teclas y pensó que Celia era el resultado de una distracción de Dios, al que imaginó creándola desde la nada, comenzando por esa piel y esas manos, en las que quedó su sello, y olvidándola luego, atraído por el resplandor del universo, sin advertir que, inacabada, ya la había destinado a la Tierra. Una extraña angustia cayó sobre él y le pidió que no dejara de tocar y, sin pensarlo, como si se tratara de su propia casa, abrió las ventanas con premura y la luz natural irrumpió en el instante en que comenzaba el tercer movimiento, como si fuese un acorde más, pero visual en su alegría. Se avergonzó de su repentina conducta e intento justificarla aludiendo, torpemente, al encierro y a la falta de aire.

—No te preocupes. Hiciste muy bien. Siempre pensé que Clementi había compuesto esta sonatina en la oscuridad, para que fuera interpretada en la claridad del día. —Celia se había dado vuelta con lentitud y sus palabras sorprendieron a Enrique, quien sintió la familiaridad del tuteo y la extraña profundidad de un comentario que tornaba trivial su débil justificación.

—Pero te la he sentido tocar con los postigos cerrados —afirmó con una sonrisa tenue, tratando de poner en resalto una incoherencia que le permitiera recomponerse y reiniciar un diálogo que mantuviese el clima inicial y el camino de la seducción.

—Sólo cuando la estudio. Estudiar implica detenerse en cada nota, volver sobre los acordes con obsesión. Por eso se parece a crear y es como repetir el momento en que el músico participó de esa secreta alquimia que es el arte —agregó Celia con fervor.

Enrique Villanueva habló entonces de la envidia sana que le producían los artistas, de los muchos temas que tenían los dos en común, de lo difícil que era encontrar, en ese pueblo mediocre, una persona con quien compartir las inquietudes y le pidió que le permitiese visitarla, aunque fuera cada tanto, para proseguir esa conversación que lo había elevado sobre lo cotidiano y que, por diversos motivos, le parecía única y digna de perdurar, aunque sólo fuese para hacer más soportable el paso del tiempo y la constante espera de sucesos esenciales, y a la vez vagos, en que consiste la existencia.

Ella asintió y le dijo que podía volver cuando quisiera, que nunca salía, que sería grato continuar esa conversación y que un intérprete toca de manera diferente cuando sabe que no sólo Dios lo escucha, tal vez porque intuye que el arte está dirigido a los hombres, que son más difíciles de conmover y que no tienen por oficio el perdonar.

Enrique supo, entonces, que no estaba ante un ser simple, que el encierro de esa mujer no había sido vano y que, quizás, nada fuera fácil, porque así como la ventana y la reja mejoraban su imagen al ocultarla en parte, también la teñían de cierta vulgaridad y hacían que nadie percibiese que, en verdad, allí vivía alguien, no sólo diferente por su físico, sino también porque parecía observarlo todo desde el lugar exacto de lo sublime.

Ángel irrumpió en el living, como si hubiera percibido que el diálogo ya encerraba un final y una promesa de retorno. Su sonrisa, en principio artificial y atravesada por el miedo, se tornó clara cuando advirtió que estaban hablando de aquellos temas inaccesibles del arte que, en la voz de Celia, habían sido siempre, para los hermanos, un síntoma más de su enfermedad.

—Tarea cumplida. No era tan difícil como pensaba —se dirigió a Enrique entregándole un bibliorato—. Ahora hay que llevar las facturas al local para que las vea el contador. ¿No demoré mucho, verdad? ¿Me parece a mí o se entretuvieron conversando? —agregó con esperanzada curiosidad, casi imprudente.

—Fue muy grato. He escuchado música muy bien interpretada y Celia ha sido una excelente anfitriona. El tiempo me resultó muy breve. —Enrique trató de no traspasar los límites de la normalidad; temió que la sutileza de aquella mujer lo descubriera todo. Hizo una alusión trivial a lo bueno que era de por sí el salir de la oficina, para que no se vinculara tan claramente su presencia a la de aquella mujer, a quien besó, tímidamente, al despedirse.

Ángel quiso acompañarlo, pero Enrique lo disuadió con un gesto. Hubiese sido artificial que su patrón tuviera esas deferencias y ella podría haber sospechado que él no era sólo un empleado y que los hermanos le habían encomendado una misión que, con el tiempo y por muchas razones, iba a resultar esencial en su vida.

Emprendió con rapidez el camino de regreso; se sentía esperado y no se equivocaba. Américo Iglesias había hecho todo lo posible para que atendieran a los últimos clientes antes de que él llegara y lo aguardaba solo, en la quietud de aquella oficina que lo había visto partir. Enrique le contó todo, con una emoción que no parecía falsa y aquel hombre habló de la felicidad de su hermana con fervor, agradeciéndole el haber aceptado la tarea encomendada.

—No sólo la madera se paga por adelantado —dijo Américo Iglesias sonriendo. Abrió el cajón central de su escritorio y sacó un sobre cerrado, que le entregó con orgullo—. Esto va por un mes y después seguiremos hablando.

Enrique se sintió conmovido; no esperaba cobrar en ese momento y fueron sus manos las que percibieron que el sobre, al que casi no se atrevió a mirar, contenía una suma mayor a la de su sueldo, porque su peso excedía lo habitual. Permaneció en silencio unos instantes; tímidamente agradeció la confianza que implicaba el mandato y se despidió afirmando que todo saldría mejor de lo previsto.

Atravesó el taller y lo invadió una extraña e inexplicable tristeza. Américo Iglesias lo había vuelto a besar en la frente mientras él apretaba aquel sobre inicial y esa escena, unida al bíblico olor de la carpintería, fue la que trajo a su mente la imagen de los treinta dineros que se pagaron en una tarde lejana.

Enrique Villanueva sintió vértigo, miedo y soledad. Decidió caminar sin rumbo y, aunque trató de convocar al olvido, esa misma noche comenzó a intuir el elevado precio de lo sagrado.

II

Los hermanos Iglesias pertenecían a una familia antigua de Villa María, que sólo turbó la tranquilidad del pueblo aquel día lejano en que su padre, fundador del único aserradero de la zona, entró al taller y, con una mezcla de emoción y melancolía, les dijo a sus dos hijos que su madre estaba embarazada, pese a que acababa de cumplir cincuenta años, que iban a tener un hermano y que esto debería ser motivo de felicidad, porque en lo inesperado se reconocía la presencia de Dios.

Américo y Ángel se sorprendieron, tanto de la noticia como de la justificación mística de su padre, y notaron en su tono de voz, en sus palabras y en la forma misma en que los abrazó, que la vejez lo invadía tan furtivamente como aquella tardía paternidad. Se miraron y convinieron en que se imponía la alegría y, sólo después de las habituales bromas, expresaron la perplejidad y la preocupación por la salud de su madre, quien debía afrontar un parto a una edad que distaba de la ideal.

—La naturaleza sabe lo que hace. Dicen que no hay nada que temer. Pero la van a revisar y atender médicos de la Capital —afirmó el padre con más esperanza que certeza—. Les pido que se encarguen del negocio por estos días, porque mamá está nerviosa y quiero acompañarla. Vamos a verla ya mismo. Ella sentía vergüenza de que ustedes se enteraran y nos está esperando.

Los dos hermanos supieron disimular la rara sensación que les produjo lo sucedido, besaron a su madre con fervor y ya esa misma tarde advirtieron que algo cambiaría en sus vidas, porque luego de los festejos hubo llantos y el padre les rogó que nunca se separaran y les dijo que la unión debía servir para compensar la audacia que significaba tener un hijo bordeando la vejez.

Tanto Américo, con sus treinta años, como Ángel que sólo contaba con veinticinco, vivieron con extrañeza esos nueve meses en los que su madre permaneció en reposo por precaución y su padre, a quien sólo había atraído el comercio en el limitado ámbito de aquel pueblo, sufrió una suerte de transformación, como si comprendiera, recién sobre el final, la trascendencia de la procreación. Delegó en ellos todo lo concerniente al negocio y no salía de la casa aguardando que llegara la fecha probable del parto. Se sentía elegido y hablaba, en su simpleza, de la vida y del tiempo, que no sólo destruye, y aunque nunca lo pudo expresar en palabras, intuía que la paternidad en la vejez era, desde los orígenes bíblicos, fundadora de razas y de estirpes.

El embarazo atravesó complicaciones diversas y cuando nació Celia Beatriz, todos percibieron que la edad no era en vano, que había leyes naturales que no era posible transgredir con impunidad, porque se dudaba de la sobrevida de ese ser que ya pesaba seis kilos y que padecía una muy grave patología cardíaca, que incidía en su respiración, y a la que se unía un cuadro de diabetes.

Tal vez por la sutil ansiedad de su espera y por todo aquello que había rodeado el nacimiento, el padre pasó de la desesperación a una tristeza definitiva que lo alejó de todo y que no se disipó ni siquiera cuando mejoró el diagnóstico. Superado el cuadro inicial, los médicos le anunciaron que la niña viviría, pero que la fragilidad signaría su existencia. La afección se iba a desencadenar, probablemente, luego de la adolescencia. La madre, por su parte, unió la culpa y la vergüenza y decidió no salir de la casa, como quien se impone una pena de reclusión que justificaba, ante sus hijos, por los riesgos que implicaba la vida al aire libre para ese ser que no resistiría una dolencia, por mínima que fuese, y cuya gordura ya se perfilaba como una característica singular y definitoria: la imagen misma de la fatalidad y del desafío a los dioses.

Américo y Ángel comprendieron, con el tiempo, que eran ellos quienes debían asumir la crianza y que esa hermana precipitaba, por el solo hecho de existir, el final de sus padres, como si fuera ella misma una enfermedad de esa pareja que envejeció de pronto, inexplicablemente, y que fue convirtiendo el amor por su hija en una obsesión que les impedía todo hacer y que transformó su existencia en una suerte de resignada espera. Fue así como los hermanos se ocuparon de que un médico la visitara periódicamente y siguieron de cerca la evolución de su obesidad; contrataron a una maestra y estuvieron tan presentes a diario que Celia Beatriz no pareció sentir ninguna pérdida cuando sus padres murieron, al cumplir seis años, en el mismo mes de junio, con una diferencia entre uno y otro de apenas veinte días, y ella dejó de ver a esa pareja a la que no vinculaba con su origen y que se le acercaba con lágrimas en los ojos, intentando juegos que el llanto frustraba, para luego desaparecer, llevándose consigo ese aroma que sólo volvió a percibir, con el tiempo, en el fondo de los viejos roperos con espejo.

Los hermanos pusieron el mismo énfasis en la prosperidad del aserradero que en la atención de Celia Beatriz. Sus días transcurrían entre el taller y la vieja casa de sus padres y esa rutina ni siquiera se vio quebrada cuando Ángel se casó y, tácitamente, le hizo entender a su mujer que esa hermana enferma era lo único que reservaba para sí de su vida pasada y de su patrimonio y que no admitiría cuestionamiento ni injerencia alguna.

Américo, que convivía con ella, llevaba a cabo un constante ejercicio de observación y veía cómo la obesidad, que dificultaba sus movimientos y que ningún médico había logrado encauzar, marcaba la existencia de ese ser, que parecía identificar el mundo con los estrechos límites de la casa. Fue quizás por esa razón que, con los días, intuyó que la hermana debería compensar la desproporción física y sus consecuencias con un desarrollo cultural que la distinguiera del resto, que la tornara diferente no sólo ya por lo corporal, sino también por una superioridad de espíritu, inasible pero esencial. Creyó que una desmesura podía ser neutralizada por otra desmesura. Como Celia Beatriz no iría al encuentro con el universo, habría que lograr que el universo fuese al encuentro de Celia Beatriz y, en base a esta idea, convenció a Ángel de que la educación era el único camino hacia la eventual y distante felicidad de su hermana. Convocaron, entonces, a una profesora de francés y a otra de piano. Compraron una enciclopedia de “El Ateneo” y una historia ilustrada del arte, en varios tomos, que les ofreció un corredor y que fueron los primeros libros que entraron en la casa.

Américo, con el correr de los días, advirtió que no se había equivocado porque su hermana sobrellevaba la quietud y el encierro entretenida con la música y la lectura, y las profesoras coincidían en que “tenía condiciones”. Lo cierto es que Celia Beatriz parecía vivir con alegría en su aislamiento, que sólo se veía interrumpido por sus clases diarias.

El pueblo de Villa María perdió interés por su existencia mítica cuando comenzó a verla todos los diciembres atravesar las calles, ayudada por Ángel, para ir a la sede de la Alianza Francesa o al Conservatorio “La Armonía”, a rendir los exámenes anuales: la incorporó al paisaje y se acostumbró a esa presencia que, poco a poco, comenzó también a divisarse en la ventana, a la caída de la tarde.

Ella no sentía que su destino era atípico: se refugiaba en los estudios y pasaba las horas leyendo o frente al piano, como si todo fuese esperar eternamente y tuviera la certeza de que llegaría el momento en que también le sería dado vivir en ese universo visual y lejano, que hizo que Schumann y Clementi escribiesen esas melodías que trataba de interpretar con obsesión, porque le anticipaban la verdadera vida, aquella que le aguardaba en algún secreto lugar.

Américo y Ángel siguieron con orgullo la evolución de Celia Beatriz, trataron de que nada le faltase y aunque percibían que la cultura incipiente de su hermana los iría separando, se felicitaban, en silencio, por haber logrado que la difícil etapa de la pubertad y la adolescencia la hubiese sobrellevado sin demasiado pesar, en ese exilio interior al que la condenaba su salud.

Lo cierto es que aquel diagnóstico primero que limitaba la existencia de Celia, se veía corroborado por el cotidiano avance de su enfermedad. Ya al cumplir los veintidós años se agravó el cuadro de diabetes, su peso se elevó y la dificultad de su marcha hizo que su recorrido se redujese a la distancia que separaba la ventana del piano. Américo viajó a Buenos Aires para consultar a un especialista que, con frialdad, se asombró de que la afección cardíaca no hubiese desencadenado aún el proceso final, y vaticinó una sobrevida no mayor de dos años.

Durante el largo viaje de regreso a Villa María, trató de acostumbrarse a la probable muerte de su hermana menor; la recordó con intensidad, y el errado camino de la memoria, lejos de consolarlo, le produjo una profunda tristeza, porque percibió que, en realidad, era como si ella no hubiese vivido nunca: su existencia no podía ser narrada, no era partícipe de ningún suceso que no fuese su enfermedad y aquella vida se reducía a un único día de quietud, a una suerte de prolongada espera, no demasiado diferente de la nada inicial y del abismo cercano.

Al entrar en su casa, la vio de espaldas a la puerta estudiando el “Solfeo de los Solfeos” de Alberto Williams, repitiendo, una y otra vez, notas sin sentido, en una suerte de rezo absurdo, que parecía dirigir hacia esa luz extraña que atravesaba la ventana. Permaneció mirándola en silencio, sintió la pena que produce la cercanía de lo efímero y fue entonces cuando percibió que tanto él como Ángel se habían equivocado, que el haber optado por el camino de los estudios, de la lectura y de la música, lejos de producir la felicidad a su hermana, había significado pactar con las condiciones impuestas por la fatalidad, transar con la desdicha para que todo terminase así, en esa escena incomprensible, en la cual ella, sin saber su proximidad con la muerte, desperdiciaba sus días en ejercicios vanos, en viejas partituras que sólo podría identificar con la belleza una persona encerrada en una casa y que desconocía todo aquello que merecía ser vivido.

Se preguntó si su misión no debió consistir en lograr, aunque fuese a cualquier costo, que el universo verdadero fuera al encuentro de Celia y no ese mundo limitado del estudio, que les era, como familia, esencialmente ajeno y que ella parecía amar sólo porque era lo único que le había sido dado conocer. Si bien sentía cierto orgullo barrial por sus progresos en el Conservatorio, por los diplomas de la Alianza Francesa, hubiera preferido anotarla en el curso de corte y confección de Delego y Lagarrigue y que su pasión fuera ver las vidrieras de las tiendas de Villa María en julio, rodeada de amigas al atardecer. Se preguntó, también, si aún no estaba a tiempo, si no existía alguna posibilidad, aunque fuese remota, de que su hermana viviese una historia distinta, que la hiciera emerger de todo aquello que, en verdad, no era sino la expresión espiritual de su enfermedad.

Américo besó la frente de Celia Beatriz, le dijo que el viaje había sido muy cansador, que se recostaría un rato y luego iría al aserradero para ver a Ángel y contarle el resultado de las operaciones comerciales que había concertado en Buenos Aires, mera excusa para alejarse de ella y poder pensar. Pero el dormitorio le restaba lucidez en su opresión; no podía olvidar las palabras del médico y sentía que esos acordes que ella había comenzado a ejecutar, eran como un himno al fracaso de los hermanos. Se juzgó responsable de ese fatal presente y esa misma música fue un alcohol que lo adormeció en la desdicha.

Lo despertaron las campanas de la iglesia, que llamaban a la misa de siete. Américo sintió que había perdido tiempo, que había cedido ante sus debilidades y que necesitaba ver a su hermano para elaborar un plan inmediato, aunque fuese improvisado y riesgoso. No existía otro pecado que el de no hacer; no había mayor riesgo que el de dudar.

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Altersbeschränkung:
0+
Veröffentlichungsdatum auf Litres:
24 März 2025
Umfang:
161 S. 3 Illustrationen
ISBN:
9789875993556
Rechteinhaber:
Bookwire
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