Buch lesen: "El fascismo de los italianos"

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EL FASCISMO

DE LOS ITALIANOS

UNA HISTORIA SOCIAL

HISTÒRIA / 178

DIRECTORES

Mónica Bolufer Peruga (Universitat de València)

Francisco Gimeno Blay (Universitat de València)

Pedro Ruiz Torres (Universitat de València)

CONSEJO EDITORIAL

Pedro Barceló (Universität Postdam)

Peter Burke (University of Cambridge)

Guglielmo Cavallo (Università della Sapienza, Roma)

Roger Chartier (EHESS)

Rosa Congost (Universitat de Girona)

Mercedes García Arenal (CSIC)

Sabina Loriga (EHESS)

Antonella Romano (CNRS)

Adeline Rucquoi (EHESS)

Jean-Claude Schmitt (EHESS)

Françoise Thébaud (Université d’Avignon)

EL FASCISMO

DE LOS ITALIANOS

UNA HISTORIA SOCIAL

Patrizia Dogliani

Traducción de Patricia Gómez Soler

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA

Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso previo de la editorial.

Título original: Il fascismo degli italiani UTET S.p.A., Torino, 2008

© Patrizia Dogliani, 2007

© De esta edición: Universitat de València, 2017

© De la traducción: Patricia Gómez Soler, 2017

Publicacions de la Universitat de València

http://puv.uv.es publicacions@uv.es

Diseño del interior y maquetación: Inmaculada Mesa

Fotografía de la cubierta: Concentración en la plaza Venecia, Roma

Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

ISBN: 978-84-9134-117-8

SUMARIO

INTRODUCCIÓN

I. SALIR DE LA GUERRA, ENTRAR EN EL FASCISMO

Salir de la guerra

La toma del poder

Hacia un Estado totalitario

Los nuevos aliados: la Iglesia y el ejército

La represión

II. LOS ITALIANOS Y EL PARTIDO FASCISTA

El Partido Nacional Fascista

La clase dirigente fascista

Un partido solo de hombres

El mussolinismo

III. HOMBRES Y MUJERES EN EL FASCISMO

¿Hombres o soldados?

La familia fascista

El cuerpo de los italianos

La mujer fascista

IV. LA ITALIA FASCISTA

¿Un país moderno?

Un país en movimiento

La nueva frontera

Un territorio transformado

El Bel Paese

Tierras de confinamiento

V. CRECER BAJO EL FASCISMO

Fascistizar a la juventud

Asistir, vigilar y castigar

La educación

La educación superior y la universidad

VI. EL TIEMPO LIBRE Y LA CULTURA DE MASAS DE LOS ITALIANOS BAJO EL FASCISMO

Deporte y nación

Cultura popular

Información y espectáculo

Un arte al servicio de las masas

¿Una cultura al servicio del régimen?

VII. LA GRAN NACIÓN FASCISTA

La idea fascista de patria y nación

Una nación = una lengua

Fascistizar las comunidades italianas en el extranjero

VIII. ITALIANOS Y NO ITALIANOS

Italianos a la fuerza

Colonialismo y racismo

Racismo y sexismo en la madre patria

Antisemitismo y judíos italianos

IX. DE LA GRAN AVENTURA A LA GRAN CATÁSTROFE

Una política exterior al servicio de la interior

La guerra en España

Los italianos de nuevo en guerra

BIBLIOGRAFÍA

INTRODUCCIÓN

Han pasado exactamente ocho años desde que entregué la primera edición de esta historia social del fascismo a la editorial Utet y diecisiete de mi anterior libro, L’Italia fascista, publicado por Sansoni. Si bien durante este tiempo han aparecido muchos trabajos sobre el tema, creo que las preguntas y el propósito de estos volúmenes siguen siendo válidos. La pregunta que me hacía en 1999 era si seguía siendo necesario escribir otra síntesis sobre la historia del fascismo, y me respondí afirmativamente tanto entonces como en 2008, al publicar una segunda reconstrucción de aquel intenso y complejo periodo de la historia italiana y europea. Cabe señalar que en estos algo más que tres lustros no ha aparecido ninguna historia general del fascismo, excepto un trabajo de reflexión histórico-política de Salvatore Lupo, una reedición general sobre los orígenes del régimen de Roberto Vivarelli y algunas obras colectivas tanto bajo forma de diccionario como de volúmenes de ensayo en torno a temas relacionados con el ventenio fascista. Tampoco se ha publicado ninguna historia propiamente social de aquel periodo histórico y, por otra parte, las historias sociales de la Italia contemporánea todavía son pocas. Así pues, sigue siendo válido lo que afirmaba en la introducción de la edición de 2008: se trata de una historia social del fascismo, una entre las muchas y las diferentes que podrían escribirse y todavía esperamos. En cambio, la historiografía alemana y anglo-americana que se ha ocupado del nazismo ha trabajado durante mucho tiempo sobre la sociedad alemana. La realización de un trabajo sobre el caso italiano me la sugirieron la síntesis de Richard Grunberger de 1971, el trabajo pionero de William Sheridan Allen de 1965 sobre Alltag, que trata sobre la vida cotidiana de un tranquilo pueblo alemán que se desliza rápidamente hacia el nazismo, y sobre todo la obra de Detlev Peukert de 1982, Volksgenossen und Gemeinschaftsfremde (literalmente «Compatriotas y extraños a la comunidad», publicada en italiano con el título Storia sociale del Terzo Reich), la cual, según su autor, analizaba el conformismo, la eliminación y la rebelión (así decía el subtítulo) de las clases, los estamentos, los grupos sociales, los cuerpos profesionales y las generaciones de la nueva nación forjada por el nazismo. Era lo que después retomaron más explícitamente dos autores, el inglés Michael Burleigh y el alemán Wolfgang Wippermann, en otro significativo análisis sobre la obra de redefinición y reconstrucción de la sociedad alemana por parte del Estado racial germánico. En la introducción de 1992 estos últimos historiadores se hacían la misma pregunta que yo me haría algunos años después: ¿por qué escribir otro libro sobre el Tercer Reich, cuando la bibliografía sobre el tema ya era inmensa? Por mi parte, en 1999 respondí reivindicando la necesidad que sienten todas las generaciones de historiadores de formular su propia lectura de ese pasado.

Al final de los años noventa todavía tenía la intención de hacer frente al menos a dos generaciones precedentes a la mía que habían sido testigos (al menos la primera, directamente implicada) y habían escrito sobre el fascismo como deber moral y civil y que asimismo habían puesto en marcha el vivo debate entre las escuelas interpretativas; de ellas, afirmaba, me alejaba la edad, pero aun así me habían influido a través de la formación, la tradición y la cultura.

Diez años después ya me sentía libre de ellas. El panorama político había cambiado. Dos cuestiones estaban en el centro de la nueva síntesis de historia social que quería hacer. La primera, de manera similar a la formulada por Burleigh y Wippermann, concernía a la relación entre modernidad y antimodernidad que caracterizaba la ideología y la práctica de los regímenes fascistas. El nacimiento del fascismo también parece dictado por una modernidad política que pretendía conseguir profundas transformaciones, pero que estaba en contradicción con una retórica reaccionaria que se fue consolidando con el tiempo a causa de los compromisos y del enfriamiento del radicalismo inicial del primer movimiento fascista laico y subversivo. El resultado fue el intento frustrado del régimen de detener las tendencias ya presentes en el país: industrialización, urbanización, migraciones internas, malthusianismo, emancipación femenina y redención de las clases subalternas, concretamente las campesinas. El proyecto fascista terminó colocándose a contracorriente con respecto a lo que ocurría en la mentalidad, los hábitos y la cotidianidad de los italianos, surgiendo una resistencia pasiva y a menudo inconsciente ante los dictámenes y el sistema impuestos por el régimen. El fascismo ejercitó un esfuerzo inútil por cambiar estas transformaciones de largo plazo, cayendo en contradicción y obteniendo, a pesar de ello, resultados parciales que influyeron a medio plazo, mucho más allá de su conclusión, en la historia del país: entre la historia de Italia y la historia del fascismo hay conexiones profundas que deben estar constantemente bajo observación. El libro tiene una tesis de fondo que se desarrolla en los capítulos centrales, precedidos y concluidos por dos capítulos que orientan al lector menos maduro en la contextualización del periodo histórico. La tesis es que el fascismo, a pesar de todos los esfuerzos coercitivos y propagandísticos, ni modificó radicalmente ni interrumpió las tendencias que ya se estaban desarrollando en la sociedad italiana. Sí que impuso políticas, sobre todo en los años que precedieron a la Gran Depresión, orientadas a reformar procesos y remediar carencias. Fue el principio del Estado social, pero no de una ciudadanía social, porque excluyó a quienes no respondían o no se adecuaban a su visión de la sociedad. Creó un Estado paternalista y clientelar que encontró en el Partido Fascista su mejor agente. Nacionalizó a los italianos más y mejor de cuanto lo había hecho anteriormente el Estado liberal, pero les impuso una idea unívoca de comunidad nacional que los llevó a aceptar y a participar incluso activamente en políticas, acciones y agresiones nacionalistas, racistas y xenófobas. El régimen no siempre tuvo éxito en sus políticas sociales: por ejemplo, aun practicando políticas de incremento demográfico y de ruralización, no logró impedir que los núcleos familiares se modificasen según las nuevas necesidades y las nuevas economías, ni que la población italiana disminuyese y abandonase la montaña y el campo para desplazarse a la llanura y la ciudad. Así pues, hemos considerado los largos procesos de transformación de la sociedad italiana prestando atención a los agentes, como las legislaciones; las ideas, como la de nacionalidad; las relaciones, entre generaciones y géneros; la economía en la gestión de los recursos humanos y la demografía y el territorio geográfico.

El fascismo fue la única experiencia contemporánea que tuvo un proyecto unitario y autoritario de transformación de la sociedad, de la mentalidad, de los roles de género y de las tareas destinadas a las generaciones y al individuo incluso en su esfera privada. De todo esto se ocupa el libro: de ilustrar las políticas creadas para remodelar la sociedad y crear italianos «nuevos» y del consenso real que obtuvieron tales proyectos. Giulia Albanese y Roberta Pergher, coordinadoras de la obra colectiva publicada en 2012 In the Society of Fascists, me han señalado que en mi libro el estudio del consenso se concentra más en las políticas para obtenerlo que en la efectiva correspondencia en la sociedad. En esta nueva edición no habría podido obtener un resultado diferente de no haber modificado totalmente la estructura y la dirección de la investigación y de no haber construido el libro a partir de los casos de estudio aplicando el enfoque bottom up. Otra historia social sobre los sentimientos de la población podría llevarse a cabo investigando las huellas y las señales que aparecen en los diarios y en los epistolarios particulares: es lo que hizo Peter Fritsche con una reconstrucción de las condiciones de «vida y muerte» de los alemanes en la Alemania nazi en un libro publicado contemporáneamente a mi primera edición, y Christopher Duggan en el innovador libro sobre las «voces» de los diarios y los epistolarios de los italianos publicado en 2012.

En cualquier caso, este libro no se ha pensado como un texto de alta divulgación, como algunos críticos lo han definido, sino como un trabajo historiográfico, dirigido principalmente a estudiosos y estudiantes universitarios, cuyo propósito es proporcionar a distintos niveles un cuadro completo de los resultados de las investigaciones realizadas y en curso y sugerir pistas y lagunas sobre las que dirigir la atención para investigaciones futuras. Algunas cuestiones señaladas como irresueltas en la primera edición se han ido investigado durante este tiempo. Entre las más interesantes y completas se encuentran la aplicación de las leyes raciales antijudías y sus consecuencias sociales y económicas, la construcción del fascismo en las zonas provinciales y la compleja relación entre el poder central y el poder local y la reconstrucción de la vida colonial bajo el fascismo. Estos nuevos estudios se han tenido en cuenta en la reescritura de algunas partes del libro y sobre todo en la actualización de la bibliografía final. La primera edición también contó con una categoría más amplia de lectores, que espero que asimismo estén interesados en esta reedición. Es sobre todo por ellos por lo que he agilizado la lectura gracias a un texto que conscientemente ha evitado las notas; pero todo cuanto aquí está escrito es el resultado de un intenso estudio de la bibliografía historiográfica sobre el tema y de las fuentes impresas y archivísticas.

Y esto nos lleva a la segunda razón de este libro. Una historia social es una narración que se basa en las fuentes y en los resultados de una investigación. No tiene nada que ver con la literatura evocativa del «cómo éramos», fundamentalmente dominio de publicistas banales, pobres de lecturas y de preparación adecuada, que en los últimos años han pretendido narrar la sociedad italiana bajo el fascismo. Recordaba en la primera edición las corresponsabilidades que, años antes, el historiador Massimo Legnani también había atribuido a la historiografía italiana: la de haber sido insensible y evasiva a la hora de afrontar temas como la experiencia de la gente común y el espíritu público. Pienso que estas responsabilidades por fin han sido asumidas por una nueva generación de historiadores italianos, al igual que está ocurriendo con la superación del periodo de fácil «negación» de las responsabilidades del fascismo italiano. Desde hace al menos dos décadas los trabajos más innovadores hablan de colonialismo, racismo, antisemitismo, antieslavismo, sexismo, homofobia y todas las fobias hacia los diferentes y hacia los «otros», no solo proscritos por el fascismo sino también olvidados durante mucho tiempo por los historiadores, atentos exclusivamente al enfrentamiento político e ideológico entre fascistas y antifascistas militantes. El fascismo, lo recuerdo de nuevo, fomentó prejuicios y odios que produjeron dramas personales y colectivos; además, empujó a la mayoría de italianos, que se consideraban y que han seguido considerándose «buenas personas» no solo a sufrir una política agresiva, sino también a apoyar su exportación más allá de las fronteras nacionales, convirtiéndose ellos mismos a su vez en víctimas y verdugos.

Vuelvo a dedicar esta edición a Adriana Vaccaro y a Francesco Dogliani, que transcurrieron su infancia y su primera juventud bajo el fascismo y supieron redimirse conscientemente, aprendiendo de lo que habían vivido; la primera a través de la emancipación y el anticonformismo, el segundo a través de la difícil pero necesaria entrada en la resistencia armada a finales de 1943, siendo aún estudiante liceal. Lamento no haber hablado más con ellos; ha sido por pudor filial, pero también por esa dificultad de comunicación entre generaciones que, en cuanto italianos, nos ha impedido durante mucho tiempo llegar al fondo de ese periodo y adquirir plena conciencia de nuestro pasado todavía reciente.

Un agradecimiento especial va a los amigos y colegas que han apoyado esta edición, Ángel Duarte i Montserrat, Maximiliano Fuentes Codera y la querida amiga Anna Maria Garcia Rovira de la Universitat de Girona e Ismael Saz Campos de la Universidad de Valencia. También un agradecimiento a Vicent Olmos, editor, porque ha creído en este proyecto, y a Patricia Gómez Soler, por la traducción y la paciencia: nuestra constante colaboración se ha convertido en amistad. Grazie a tutti.

Bolonia, diciembre de 2016

I. SALIR DE LA GUERRA, ENTRAR EN EL FASCISMO

SALIR DE LA GUERRA

El fascismo conquistó el poder rápidamente: transcurrieron cuatro años desde el final de la Gran Guerra hasta la prueba de fuerza, celebrada más tarde como la Marcha sobre Roma, que el 28 de octubre de 1922 llevó al nombramiento del líder del movimiento, Benito Mussolini, como jefe del Gobierno. Concluía una época caracterizada por intentos revolucionarios y contrarrevolucionarios, violencia civil y política y complejas reconstrucciones territoriales, económicas y morales de las que pocos países europeos habían quedado inmunes. Italia, pues, no vivió una experiencia aislada, ni mucho menos anómala, con respecto a otras naciones; pero en aquellos años dio origen a un nuevo experimento de gobierno a través de una fuerza política que representaba, en el laboratorio italiano, la expresión de las nuevas derechas europeas. En el continente, la represión de las corrientes revolucionarias que se inspiraban en la experiencia del Consejo Ruso había tenido lugar de manera tradicional a través de una intervención militar o mediante «cuerpos francos» relacionados con las unidades regulares del ejército. Una vez derrotadas las izquierdas revolucionarias, el poder político volvió a las oligarquías tradicionales, como en Hungría y Polonia, o a una clase dirigente que, como en el caso de la Alemania weimariana, procuró restablecer en la arena política modalidades parlamentarias y democráticas. En cambio, la experiencia italiana fue original y duradera: el movimiento contrarrevolucionario se instaló en el poder, poniendo a su favor la vasta alianza entre fuerzas conservadoras y de la derecha tradicional, y convirtió progresivamente el sistema liberal parlamentario en una dictadura personal y de partido. Además, modificó el orden económico, asegurándose el apoyo de los centros financieros y empresariales gracias a la creación de fuertes monopolios que garantizaban el capital privado en un mercado privilegiado y protegido, en el interior y hacia el exterior, y sin conflictividad sindical. Estos factores hicieron de la experiencia fascista una novedad en la historia italiana con respecto a las decisiones autoritarias adoptadas por parte de las clases dirigentes después de la Unificación, así como un modelo para exportar al ámbito europeo.

Las específicas condiciones italianas de partida favorecieron su rápida aparición: durante la Gran Guerra, en Italia más que en ningún otro lugar, se había experimentado un sistema autoritario que también había sometido a la sociedad civil a la disciplina militar y había desvitalizado las instituciones parlamentarias. Además, la primera posguerra reveló las debilidades y las dificultades del sistema productivo para readaptarse en tiempos de paz y del mercado laboral para absorber el regreso de la mano de obra desmilitarizada, a la que le habían hecho promesas sobre todo durante los últimos meses del conflicto. De hecho, las expectativas del proletariado agrícola e industrial habían aumentado con respecto a la asignación de tierras en barbecho y de cuotas de mano de obra y las de los jóvenes burgueses que habían ocupado cargos intermedios en el ejército con respecto a los cargos de responsabilidad. Únicamente analizando este contexto histórico podemos entender por qué Italia, que se colocaba entre las naciones ganadoras, registró un comportamiento, una inquietud y una pérdida de la identidad colectiva, una necesidad de orden y una esperanza de cambios radicales semejantes a los de las naciones vencidas, desorientadas por la pérdida de la soberanía imperial. Solo partiendo de los últimos dos años del conflicto podemos entender la facilidad con la cual el fascismo asumió el poder en Italia. A pesar de que algunos observadores de la época, concretamente quienes hicieron un balance de la guerra (Luigi Einaudi, Giorgio Mortara, Riccardo Bachi, Arrigo Serpieri), consideraron zanjada la desmovilización militar y económica en 1920, hoy deberíamos tomar en consideración al menos un quinquenio, marcado por dos extremos cronológicos significativos: desde la derrota militar en Caporetto en octubre de 1917 hasta la Marcha sobre Roma en octubre de 1922. A finales de 1917, el vínculo entre la coerción militar y la renovada movilización moral de la población se hizo más estrecho, y la brutalidad de los actos se manifestó de manera todavía más acentuada. Esta relación no acabó con el final del conflicto, sino todo lo contrario: la guerra se mostró como una prueba general del debut fascista.

Entre el 24 y el 25 de octubre de 1917, en la localidad de Caporetto (hoy Kobarid, en Eslovenia), uno de los puntos estratégicos de la línea del frente meridional, fuertemente contendido pero mantenido por las tropas italianas desde la entrada de Italia en el conflicto europeo en mayo de 1915, tuvo lugar una rápida ofensiva que comportó la invasión y la ocupación por parte de las tropas austro-húngaras, apoyadas por la llegada de refuerzos alemanes, de un vasto territorio que se extendía hasta las orillas del río Piave. La derrota de Caporetto abrió un último capítulo decisivo de la Gran Guerra. Por una parte, hizo que Italia probase la experiencia que otros países ya estaban viviendo: la política de ocupación militar de territorios fértiles, los trabajos forzados impuestos a la población civil, el internamiento de miles de prisioneros militares; por otra, preanunció todas la políticas de movilización del país en tono casi «milenarista», de cruzada en defensa de la patria invadida, y sobre todo con un lenguaje comunicativo nuevo. Si hasta el año 1917 el compromiso oficial había sido el de crear la más amplia cohesión posible, concretamente en un país como Italia, que había entrado en guerra con una opinión pública dividida y realmente minoritaria con respecto al apoyo a la intervención militar, después de Caporetto se trataba no solo de infundir valor en la población, sino también de hacer promesas concretas para su futuro.

En los veintinueve meses que precedieron a la ofensiva de Caporetto, el conflicto había sido fundamentalmente de posición: un amplio frente desde el Trentino hasta la costa que no cambió sensiblemente hasta el 23 de octubre de 1917, a pesar de las doce batallas libradas, de los sacrificios y las muertes por congelación, del esfuerzo y las avalanchas en alta cuota y de la terrible vida de trinchera. Solo en el año 1916, los italianos contaron 118.000 muertos y 285.000 heridos. La ofensiva a cargo del general en jefe del ejército italiano, Luigi Cadorna, llevó a la conquista, el 9 de agosto de 1916, de la ciudad de Gorizia; un éxito militar que habían ambicionado durante mucho tiempo para consolidar de nuevo el consenso patriótico en el país, éxito que, sin embargo, también provocó la pérdida de 140.000 soldados italianos entre muertos, heridos y prisioneros, y no modificó sustancialmente la línea a lo largo del río Isonzo. Fue así como en 1917 el general Cadorna intentó resolver la guerra a favor de Italia con otras ofensivas: con la batalla del monte Ortigara, de mayo a junio (12.000 muertos), y sobre todo con la batalla de la Baisizza, de agosto a septiembre. La situación interna requería urgentemente una victoria y la conclusión de la guerra: en el país se difundía, también entre las clases sociales en un primer momento intervencionistas, la desconfianza hacia los gobernantes civiles y los militares, mientras que del extranjero llegaban noticias de huelgas y de revueltas militares y obreras. La propia ciudad de Turín, a la cabeza en la industria de guerra, había visto en agosto manifestaciones de protesta popular encabezadas por mujeres y por gente muy joven. Fue así como la ofensiva enemiga, bajo el mando de la 14.ª armada alemana, iniciada durante la noche del 24 al 25 de octubre de 1917, cogió por sorpresa al ejército italiano, resultando catastrófica. La retirada se transformó en una derrota, en una fuga desordenada sin órdenes ni indicaciones por parte de hombres y unidades que solo se detuvo al llegar a orillas del río Piave. Durante todo el invierno de 1917-1918, Italia alimentó pocas esperanzas de victoria, manteniéndose en la nueva línea defensiva del Piave y resistiendo la última ofensiva enemiga del verano de 1918. Por fin, la crisis militar, pero sobre todo interior, de los imperios centrales dio al ejército italiano la posibilidad de realizar una acción ofensiva en octubre y de ganar en la localidad Vittorio Veneto una última batalla –que le permitió firmar como ganadora el armisticio–, en la cual el enemigo se rindió el 3 de noviembre de 1918.

Caporetto fue mucho más que una batalla perdida: como ha escrito en diversas ocasiones uno de los más influyentes historiadores de la Gran Guerra, Giorgio Rochat, fue el nudo crucial del conflicto bélico, donde se pusieron de manifiesto todas sus contradicciones y se anticiparon decisiones de largo plazo. Fue el acontecimiento revelador de la esencia misma de la guerra en Italia, sufrida por las clases populares, sin objetivos concretos, ni patriotismo, ni una idea clara del enemigo, dirigida por los altos cargos y por los oficiales de carrera, desdeñosos y negligentes ante el sacrificio de sangre al que estaban sometiendo desde hacía más de dos años a sus soldados. Fue también la experiencia de psicología de masas y manipulación de la información más importante anterior al fascismo, cuya lección aprendió este. Falsas noticias se acumulaban sin que ninguna fuente oficial las desmintiese: fragmentarias y confusas, impedían que se comprendiese el fenómeno y que se averiguase quiénes eran los responsables. Pánico, frustración y un sentimiento de vergüenza nacional se difundieron sobre todo entre las clases medias, que hasta aquel momento eran las que más habían estado a favor de la guerra. Para los soldados de la tropa, abandonados sin órdenes, testigos de la ausencia o incluso de la fuga de sus comandantes –incluido el general Pietro Badoglio, que el 8 de septiembre de 1943 cometería una acción todavía más grave al dejar a los soldados italianos víctimas de feroces represalias alemanas–, la única solución fue el intento de salvación personal frente al enemigo. Para todos Caporetto fue la prueba de la falta de resistencia de la nación en guerra, de la propia ausencia de una comunidad nacional.

El balance demográfico de la guerra también fue particularmente alto e influyó en las políticas emprendidas después por el régimen fascista. En 1911 la población italiana censada era de unos 36 millones de personas, de las que al menos un millón y medio residían en el extranjero. Durante la guerra fueron reclutados seis millones de hombres, de los cuales alrededor de 4.250.000 fueron empleados en operaciones de guerra. Se ha calculado, sobre la base del número de núcleos familiares registrados en 1911, que las cuatro quintas partes de las familias tenían al menos a uno de sus miembros en el ejército. Los dos censos nacionales de 1901 y de 1911 –se realizaban cada diez años– muestran un aumento medio anual de la población residente de 210.000 unidades; el realizado después de la guerra, en 1921, era de 230.000. Por lo tanto, en términos generales, la población continuó creciendo. Sin embargo, es necesario descomponer estos datos: entre 1913 y 1918 los nacimientos se redujeron a la mitad, mientras que se duplicó el número de muertos y disminuyó, hasta casi desaparecer, la emigración. En 1913, la emigración italiana, con 873.000 unidades, llegó al punto más alto de un flujo que desde comienzos de siglo tenía una media anual de 350.000 salidas. Así pues, el saldo positivo en el decenio 1911-1921 fue debido a los nacimientos (excluyendo los años más intensos de la guerra), al cese de la emigración durante 1915-1918 y a la inclusión de los habitantes de las tierras obtenidas en virtud de los tratados de paz. En este cuadro resulta que únicamente en los años 1917 y 1918 se registraron saldos demográficos negativos: si bien en 1915, frente a aproximadamente 1.109.000 nacimientos, hubo 811.000 fallecimientos entre la población italiana, en 1917 los 691.000 nacimientos fueron superados por las 929.000 defunciones y en 1918 los 640.000 nacimientos por 1.276.000 fallecidos (un saldo negativo de -636000). Es difícil un cálculo fiable de las víctimas militares y civiles. En 1924 el demógrafo Giorgio Mortara observó que los datos oficiales difundidos una vez terminado el conflicto no eran seguros. Las cifras de los fallecidos cambiaron de los 564.000 declarados por los oficiales militares en 1920 a los 677.000 tenidos en cuenta para las pensiones de guerra en 1926 a través de la reordenación de las matrículas en los centros de reclutamiento, del cálculo de los cuerpos en los cementerios militares y de la búsqueda de prisioneros y dispersos más allá de la frontera nacional.

La emergencia sanitaria, desencadenada a raíz de la retirada de Caporetto, se prolongó en Italia mucho más allá del periodo de la guerra y de la desmovilización, al menos hasta 1920. Los observadores de la época identificaron en el «precipitado abandono de un amplio territorio por parte de nuestras tropas» el comienzo de una nueva época, en la cual el sistema higiénico sanitario puesto en marcha con la guerra también colapsó. En un primer momento, lo que hizo que el sistema entrase en crisis fue la disgregación del ejército, la pérdida de alimentos, la ocupación militar de territorios, el tránsito de prófugos y el aumento de prisioneros de ambas partes, comprendida la captura de soldados austrohúngaros también exhaustos, «sucios, malnutridos, infectados de gérmenes de enfermedades epidémicas» (Mortara: 25). En el invierno de 1918-1919 se sumaron otros factores: el regreso a casa de los soldados y de los prisioneros italianos extenuados provocó otras 87.000 muertes entre noviembre de 1918 y abril de 1920. Los cuerpos, ya extremadamente cansados, se expusieron a enfermedades epidémicas como la malaria, la tuberculosis, el tifus, la enteritis y la pulmonía; además, la difusión de la terrible epidemia de la gripe «española» también hizo estragos en Italia. Se cobró alrededor de 600.000 víctimas en el país: la población, vulnerable a causa de años de penurias, fue literalmente diezmada por la gripe europea. El sentimiento común de desventura e injusticia del destino se evidenció cuando la población vio, antes incluso de que lo vieran las estadísticas –por las que después se confirmó que los más afectados apenas tenían veinte años–, que los más jóvenes, muchos excluidos del frente por ser menores de edad, habían sido las principales víctimas. Entre 1915 y 1920, la mortalidad de varones y mujeres en la edad más activa, entre 15 y 45 años, se triplicó respecto al periodo precedente de paz (llegando a ser para los varones en edad de permanencia en filas dieciséis veces mayor que antes de la guerra), mientras que no se modificó excesivamente entre los 45 y los 65 años y aumentó poco para los mayores de 65 años. Los demógrafos de la época calcularon que cada cien muertos en la guerra dejaban una media de treinta y dos viudas y sesenta y nueve huérfanos y juzgaron positivamente la decisión tomada por el Gobierno de no enviar al frente en los últimos años del conflicto a las personas de más edad, ya que había más probabilidades de que tuviesen familias a su cargo. Solamente a partir de 1921 hubo una mejora en las condiciones de la población y una vuelta general a los hábitos cotidianos, lo que comportó un aumento de los nacimientos y una expectativa de vida semejante a la de antes de la guerra. Este balance demográfico no estuvo exento de consecuencias en las políticas posteriores del fascismo. Mussolini y los dirigentes fascistas se alimentaron de las corrientes antimalthusianas que circulaban por Europa después del conflicto, pero sobre todo expresaron los temores incluso irracionales de la Italia rural más profunda y tradicional, donde los brazos que podían trabajar se empleaban solo para la supervivencia del núcleo familiar y de la comunidad. A diferencia de los datos reales, el país de la primera posguerra estaba poblado de personas mayores, mujeres y mutilados, sin hombres jóvenes y con las cunas vacías.

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0+
Umfang:
690 S. 1 Illustration
ISBN:
9788491341178
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