Buch lesen: "El hotel blanco"
Título original: The White Hotel
© D. M. Thomas, 1981.
© de la traducción: Jaime Zulaika, 2012.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2015.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
CÓDIGO SAP: OEBO769
ISBN: 9788490563618
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
Cita
Nota del autor
Prólogo
1. Don Giovanni
2. El diario de Gastein
3. Frau Anna G.
4. El balneario
5. El coche cama
6. El campamento
D. M. Thomas
Notas
Hemos nutrido el corazón de fantasías,
y un sustento así le ha deparado un brutal crecimiento,
nuestras enemistades le procuran
más sustancia que nuestros amores...
W. B. YEATS,
Meditaciones en tiempo de guerra civil
La cita de las líneas de W. B. Yeats en la portadilla anterior ha sido autorizada por M. B. Yeats, Macmillan Londres, y Macmillan Inc., Nueva York. Asimismo expreso mi gratitud por el uso en el capítulo V de datos tomados de la obra de Anatoli Kuznetsov Babi Yar (Nueva York, Farrar, Straus & Giroux; Londres, Jonathan Cape, 1970), en especial el testimonio de Dina Pronicheva.
El capítulo 1, Don Giovanni, se publicó como un poema independiente en la revista New Worlds (1979).
D. M. T.
NOTA DEL AUTOR
No se puede viajar muy lejos por el paisaje de la histeria —«terreno» de esta novela— sin tropezar con la majestuosa figura de Sigmund Freud. De hecho, Freud se convierte en una de las dramatis personae, como descubridor del magno y hermoso mito moderno del psicoanálisis. Por mito entiendo la poética y dramática expresión de una verdad oculta; y al hacer hincapié en este punto, no pretendo poner en tela de juicio la validez científica del psicoanálisis.
El papel que desempeña Freud en este relato pertenece por completo a la ficción. El Freud que he imaginado, sin embargo, se adapta a los hechos generalmente conocidos de la vida del Freud real, y en ocasiones he incluido, passim, citas de sus obras y cartas. Las cartas del prólogo y todos los pasajes relacionados con el psicoanálisis (incluso el capítulo 3, que adopta la forma literaria de un historial clínico freudiano) no se basan en hechos reales. Los lectores no familiarizados con los auténticos historiales clínicos —que son obras maestras literarias, aparte de todo lo demás— pueden consultar los volúmenes 3, 8 y 9 de la Pelican Freud Library (Penguin Books, 1974 - 1979).
D. M. THOMAS
PRÓLOGO
Standish Hotel,
Worcester, Massachusetts, EE.UU.
8 de septiembre de 1909
Queridísima Gisela:
¡Te envío un cariñoso abrazo de oso desde el nuevo mundo! Con el viaje, la hospitalidad, las conferencias, los honores (sobre todo a Freud, naturalmente, y, en menor grado, a Jung), apenas he tenido tiempo de sonarme la nariz, y mi cabeza es un torbellino. Pero ya está más que claro que América está ansiosa de recibir nuestro movimiento. Brill y Hall son tipos estupendos, y todo el mundo en la Clar University nos ha abrumado con su amabilidad y atenciones. Freud me maravilló hasta a mí con su genial destreza, pronunciando cinco conferencias sin ninguna nota; había compuesto sus disertaciones de antemano, durante un paseo de media hora conmigo. Apenas necesito agregar que causó una profunda impresión. Jung dio también dos excelentes conferencias sobre su trabajo, ¡sin mencionar ni una sola vez el nombre de Freud! Aunque en conjunto los tres nos hemos llevado espléndidamente, en circunstancias más bien penosas (¡incluidos, puedo decir, ataques de diarrea en Nueva York...!), ha habido una pequeña tensión entre Jung y Freud. Te cuento algo más al respecto dentro de un momento.
Pero querrás saber cómo fue el viaje. Fue agradable, ¡pero no vimos casi nada! Una densa neblina de mediados de verano descendió casi en el acto. En realidad no dejaba de ser impresionante. Jung, en especial, se sintió atenazado por la concepción de este «monstruo prehistórico» que avanza hacia su objetivo revolcándose en la oscuridad de la luz diurna, y pensó que nos estábamos deslizando hacia el pasado primitivo. Freud le pinchó por ser cristiano y, en consecuencia, místico (¡destino del que cree que los judíos han escapado!), pero confesó sentir cierta simpatía por la idea mientras miraba por la falsa ventana del camarote y escuchaba lo que denominó «el grito de apareamiento de las sirenas de niebla». Emergiendo de aquella oscuridad, Nueva York era aún más imponente e increíble. Brill nos recibió y nos enseñó muchas cosas bonitas, pero ninguna más agradable que las imágenes en movimiento, ¡una «película»! A pesar de mi estómago revuelto me pareció enormemente divertido; sobre todo se veían policías cómicos persiguiendo por las calles a maleantes más chistosos todavía. No había mucha trama, pero la gente se movía realmente de un modo convincente y muy natural. ¡Creo que a Freud no le impresionó gran cosa!
Sí, tengo que contarte el suceso bastante extraordinario que nos aconteció en Bremen la víspera de nuestra partida. Estábamos francamente agradecidos por habernos encontrado felizmente en el lugar de la cita, y naturalmente excitados por la aventura que nos aguardaba. Freud fue invitado a un lunch en un hotel muy lujoso, y persuadimos a Jung de que abandonase su habitual abstención y tomase con nosotros un poco de vino. Al no estar, probablemente, acostumbrado a beber, se puso extraordinariamente parlanchín y alegre. Desvió la conversación hacia unos «cadáveres de turbera» que al parecer habían sido descubiertos en el norte de Alemania. Se presume que son cuerpos de hombres prehistóricos, momificados por efecto del ácido húmico en el agua de ciénaga. Parece ser que los hombres se habían ahogado en los pantanos o habían sido enterrados allí. Y bien, era medianamente interesante; o lo habría sido si Jung no hubiera hablado y hablado sobre ello. Finalmente Freud saltó varias veces: «¿Por qué te preocupan tanto esos cadáveres?». Jung siguió exaltándose por la fascinación que le causaba la historia, y Freud cayó de su silla, presa de un desmayo.
El pobre Jung se quedó muy trastornado por este giro de los acontecimientos —lo mismo que yo—, y no lograba entender qué había hecho de malo. Cuando volvió en sí, Freud le acusó de querer desplazarle. Jung, por supuesto, lo negó con la mayor vehemencia. Y, a decir verdad, es un compañero amable y animado, mucho más agradable de lo que sugieren sus gafas con montura de oro y su pelo cortado al cepillo.
En el barco hubo otro breve altercado. Para entretenemos (¡en la niebla!) empezamos a interpretar los sueños de los otros dos. A Jung le interesó enormemente uno de Freud, en el que su cuñada (Minna) tenía que cargar fardos de maíz en tiempo de cosecha, como una campesina, mientras su hermana (la esposa de Freud) la contemplaba ociosa. Con muy poco tacto, Jung insistió en presionarle para que proporcionara más información. Hizo constar claramente que, en su opinión, el sueño tenía algo que ver con el afecto que Freud siente por la hermana pequeña de su mujer. Me asombró que conociera tan bien la vida privada de Freud. Naturalmente, este se sentía muy molesto y se negó a «arriesgar su autoridad», como expresó él mismo, revelando algo más personal. Jung me dijo más tarde que en aquel momento Freud había perdido su autoridad, por lo menos ante él. Sin embargo, creo que conseguí suavizar las cosas y ahora mantienen de nuevo buenas relaciones. ¡Pero por un rato me sentí como un árbitro en un combate de lucha! Todo muy difícil. No cuentes nada de esto.
Mi propio sueño (el único que pude recordar) era sobre una trivial decepción de la infancia. Freud, por supuesto, no tuvo el menor problema para averiguar que se refería a ti, querida. Vio exactamente la cosa: que yo temo que tu decisión de no divorciarte de tu marido hasta que tus hijas estén casadas sea un engaño a ti misma, y que no quieres consumar nuestra larga relación mediante un lazo tan profundo como el matrimonio. Bueno, ya conoces mis preocupaciones, y has hecho todo lo posible por ahuyentarlas; pero no pude evitar soñar con ellas, ya ves, ahora que estamos separados (y probablemente afectado por la deprimente niebla marina). Freud fue una gran ayuda, como siempre. Dile a Elma que le conmovieron sus buenos deseos, y dice que le emocionó profundamente que a ella le pareciese tan provechoso el análisis que le hizo. También te envía a ti recuerdos, y dijo con buen humor que si la madre iguala a la hija en encanto e inteligencia (¡yo le aseguré que sí!), soy un hombre envidiable... ¡Ya lo sé! Abraza y besa afectuosamente a Elma de mi parte, saluda también a tu marido.
La semana que viene vamos a visitar las cataratas del Niágara, acontecimiento que Freud considera el más importante de todo el viaje; y zarparemos a bordo del Kaiser Wil helm dentro de menos de dos semanas a partir de ahora. Así que llegaré a mi casa de Budapest casi antes de que recibas esta carta; y no acierto a expresarte cómo anhelo tu abrazo de bienvenida. Mientras tanto te beso (¡cielos!, ¡mucho peor!, ¡mucho mejor!) en mis sueños.
Siempre tuyo,
SANDOR FERENCZI
19 Berggase,
Viena
9 de febrero de 1920
Querido Ferenczi:
Gracias por tu carta de condolencia. No sé qué más puedo decir. Durante años he estado preparado para la pérdida de mis hijos; ahora sobreviene la de mi hija. Puesto que soy profundamente irreligioso no hay nadie a quien pueda acusar, y sé que no puedo dirigir mi queja a ningún sitio. «El invariable círculo de los deberes de un soldado» y «el dulce hábito de existir» harán que las cosas sigan como antes. Ciega necesidad, muda resignación. Muy profundamente puedo detectar el sentimiento de una honda herida narcisista que no va a cicatrizar. Mi mujer y Annerl están terriblemente afectadas, pero de un modo más humano.
No te preocupes por mí. Soy exactamente el mismo aunque un poco más cansado. La séance continue. Hoy he pasado más tiempo del que puedo permitirme en el Hospital General de Viena, formando parte de la comisión que investiga las alegaciones de malos tratos a los neuróticos de guerra. Me asombra más que nunca que alguien pueda pensar que la administración de corriente eléctrica a enfermos supuestamente fingidos los convertirá en héroes. Inevitablemente, al volver al campo de batalla, perdieron el temor a la corriente al encarar una amenaza inmediata: por tanto, fueron sometidos a shocks eléctricos aún más rigurosos; y así sucesivamente, sin ningún sentido. Estoy dispuesto a conceder el beneficio de la duda a Wagner-Jauregg, pero no me gustaría responder por otros miembros de su equipo. Nunca se ha desmentido que en los hospitales alemanes hubo casos de muertes durante el tratamiento y de suicidios como consecuencia del mismo. Es demasiado pronto para decir si las clínicas vienesas secundaron la inclinación típicamente alemana de conseguir sus objetivos despiadadamente. Tendré que presentar un memorándum a finales de este mes.
Me he visto asimismo impulsado a reanudar mi ensayo Más allá del principio de placer, que había dejado en suspenso, con la fortalecida convicción de que estoy en lo correcto al postular que el instinto de muerte es tan poderoso a su manera (aunque más oculto) como la libido. Una de mis pacientes, una mujer joven que padece una grave histeria, acaba de «dar a luz» unos escritos que parecen sustentar mi teoría: un grado extremo de fantasía libidinosa combinado con un grado extremo de morbosidad. Es como si Venus se mirase en el espejo y viese la cara de 1 Puede ser que hayamos estudiado los impulsos sexuales de una manera demasiado exclusiva y que nos hallemos en la situación del marino que al contemplar con tanta fijeza la luz del faro se estrella contra las rocas en la densa oscuridad.
Tal vez en septiembre presente en el congreso un artículo sobre ciertos aspectos de este tema. Estoy seguro de que la reunión nos animará a todos, después de estos años terribles y desalentadores. He oído que Abraham se propone leer un artículo sobre el complejo de castración femenino. Tus sugerencias sobre el desarrollo de una terapia activa en el psicoanálisis me parecen admirables como tema de discusión. Aún es preciso convencerme de que «se puede obtener mucho más de los pacientes si se les proporciona parte del amor que han anhelado de niños», pero escucharé tus argumentos con gran interés.
Mi mujer y yo te agradecemos tus amables atenciones.
Cordialmente,
FREUD
19 Berggasse,
Viena
4 de marzo de 1920
Querido Sachs:
Aunque sus colegas le echarán mucho de menos en Suiza, creo que tiene toda la razón en ir a Berlín. Berlín se convertirá en el centro de nuestro movimiento dentro de unos años, no me cabe duda. Su inteligencia, firme optimismo, afabilidad y amplia cultura hacen de usted la persona ideal para emprender la tarea de instruir a los futuros analistas, a pesar de que le preocupe su falta de experiencia clínica. Tengo la mayor confianza en usted.
Me tomo la libertad de enviarle, como «regalo de despedida» —si bien confío en que su ausencia no será larga— un «diario» en cierto modo extraordinario que una de mis pacientes, una mujer joven, de carácter sumamente respetable, ha «dado a luz» tras la cura de aguas en Gastein. Salió de Viena delgada y volvió rellenita; e inmediatamente me entregó sus escritos. ¡Una auténtica seudociesis!1 Pasaba las vacaciones en compañía de su tía; apenas necesito declarar que jamás ha conocido a ninguno de mis hijos, aunque es posible que yo le haya comentado que Martin fue prisionero de guerra. No le aburriré con los detalles del caso; pero si algo llama la atención del artista que hay en usted, le agradeceré sus observaciones. La joven ha visto interrumpida una prometedora carrera musical y de hecho escribió los «versos» que figuran entre los pentagramas de una partitura de Don Giovanni... Se trata, por supuesto, de una copia del manuscrito entero (el resto se hallaba originalmente en un cuaderno de ejercicios infantil), que ella ha hecho para mí con toda complacencia. La copia es, podríamos decir, la placenta, y no es preciso que me la devuelva.
Si es capaz de pasar por alto las expresiones groseras que la enfermedad ha arrancado de esta muchacha normalmente tímida y pudorosa, es posible que encuentre gozosos pasajes. Hablo como persona que conoce su temperamento rabelesiano. No se inquiete, amigo mío; ¡eso no me escandaliza! Echaré de menos sus chistes de judíos; ya sabe usted que aquí en Viena son todos terriblemente serios.
Confío en verle en La Haya en septiembre, si no antes. Abraham ha prometido un artículo sobre el complejo de castración femenino. Sin duda esgrimirá un cuchillo muy poco afilado. Es, no obstante, un hombre muy reflexivo y decente. Ferenczi tratará de justificar su reciente entusiasmo por besar a sus pacientes.
Nuestra casa sigue pareciendo vacía sin la presencia de nuestra «niña dominical», aun cuando la hemos visto poco desde que contrajo matrimonio. Pero ya basta.
Un cordial saludo. Atentamente,
FREUD
Desde el Policlínico de Berlín
14 de marzo de 1920
Querido y estimado profesor:
Perdone la postal: la juzgué apropiada a la luz del «hotel blanco» de su joven paciente, ¡por cuyo obsequio le ruego acepte mi agradecimiento! Hizo que el viaje en tren (¡de nuevo lo más idóneo!) me resultase rápido e interesante. Mis ideas sobre el diario son, me temo, elementales; las fantasías de esa mujer me impresionan como el Paraíso antes de la Caída; no se trata de que el amor y la muerte no cupiesen allí, sino de que no existía tiempo para que pudiesen tener un sentido. La nueva clínica es espléndida; no rezuma (qué lástima) leche y miel como el «hotel blanco», pero es notablemente más duradera, ¡espero! Le enviaré una carta cuando haya ordenado mis cosas.
Cordialmente suyo,
SACHS
19 Berggasse,
Viena
18 de mayo de 1931
Al secretario
del Comité del centenario de Goethe
Ayuntamiento de Fráncfort
Querido señor Kuhn:
Lamento haber tardado tanto en responder a su amable carta. No obstante, no he permanecido inactivo en ese plazo, cuando mi estado de salud lo ha permitido, y el artículo está terminado. Mi antigua paciente no tiene inconveniente en que usted publique sus escritos junto con mi texto, de modo que los mando adjuntos. Espero que no le alarmen las expresiones obscenas diseminadas entre sus pobres versos, ni el en cierto modo menos ofensivo, pero asimismo pornográfico, material que ha empleado en la exposición de su fantasía. Debe tenerse en cuenta que (a) su autora padecía una grave histeria sexual, y (b) que su poema pertenece al dominio de la ciencia, donde el principio de nihil humanum es universalmente aceptado y aplicado; y no en menor grado por el poeta que advierte a sus lectores de que no teman ni rehúyan «lo que, desconocido o desdeñado por los hombres, camina en la noche por el laberinto del corazón».
Muy sinceramente suyo,
SIGMUND FREUD
1
DON GIOVANNI
1
Soñé con árboles caídos en una furiosa tormenta,
yo estaba entre ellos cuando una playa desierta
vino a mi encuentro y corrí, muerta de miedo,
había una trampilla pero no pude alzarla,
yo había iniciado con su hijo un idilio
en un tren que cruzaba en algún sitio
un túnel oscuro, bajo mi vestido su mano
tanteaba entre mis muslos y perdí el aliento,
me llevó a un hotel blanco junto al lago,
un paraje elevado, el lago era esmeralda,
no pude frenarme, abrasada en llamas
tras el primer ensanchamiento de mis muslos,
no hubo pudor capaz de ordenarme que bajara
el vestido y apartara su mano, los dos, luego
tres dedos que me clavó dentro pese al revisor
que frotó el cristal, paró un momento, miró atento
y se fue a recorrer el largo tren, sus dedos en mi piano
teclearon y en mis ojos creció un voraz deseo,
hasta que subimos las anchas escaleras,
casi en vilo yo, llegamos al vestíbulo
donde dormía el portero, y entonces cogió
las llaves y subió arriba, arriba, mi vestido
encima de mis caderas sin parar a desvestirme,
jugos bañaban mis muslos, azul era el cielo
pero al atardecer un viento blanco desde la montaña
coronada de nieve sopló sobre los árboles,
nos quedamos allí, no sé, una semana al menos
sin abandonar nunca la cama, yo rasgada, abierta
por su hijo, profesor, quizá más rota, ¿puede
hacer algo por mí, puede entenderlo?
Fue la segunda noche, creo, el viento
rebasó impetuoso los alerces, duro como sílex,
cayó de la glorieta el techo de pagoda,
se encresparon las olas y personas se ahogaron,
oímos que corrían camareros y huéspedes
mas su hijo no quitaba la mano de mi pecho
y después hundió sobre él la boca, el pezón se hinchó,
gritos y estrépitos recorrieron el hotel
parecía que surcábamos la mar en trasatlántico,
un buque blanco, siguió chupando, chupándome,
yo quería gritar, sus labios tiraban tanto
de mis pezones suaves, que lamía y lamía
uno después de otro, los dos se erizaron,
creo que estallaron dos cristales de ventana,
entonces él entró de nuevo con su ariete,
no puede imaginar qué puras las estrellas,
grandes cual las hojas de los arces
arriba en la montaña, caían y caían en el lago,
oímos a una gente que llamaba, creemos que de Leo
procedían las estrellas caídas, y con un dedo
hurgó un momento en mí junto a su polla,
me sobraba sitio, vibró transversalmente,
sacaron en penumbras cuerpos a la orilla,
sonó rumor de llanto, su dedo me hizo daño
metiéndolo derecho hasta arriba en mi culo,
con la uña mimosa rasqué su grueso pene
donde ya no era suyo, pues lo tiene
mi coño muy escondido, un rayo cayó,
un zigzag blanco de tan rápido trazo
que no aguardó a que el trueno restallase
encima del hotel, y ya reinó de nuevo la negrura,
con unas pocas luces sobre el lago,
el salón de billar quedó inundado,
qué pena que él no pudiese desatar su chorro,
fue tan hermoso, ahora, profesor, yo me sonrojo
cuando se lo cuento, aunque entonces grité
sin ninguna vergüenza, y una hora después
se corrió dentro, oímos portazos, estaban trayendo
cadáveres del lago, el viento era aún impetuoso,
dormimos con las manos en las manos del otro.
Una noche salvaron a un gato, casi había perdido
su pelaje negro en las ramas verde oscuro del abeto,
estábamos desnudos junto a la ventana y una mano
rascaba, revolvía el follaje, llevaba allí dos días
desde la inundación, esa noche me enseñó fotografías,
y entonces noté un hilillo de sangre,
y dije ¿te importa que los árboles se estén volviendo
rojos? No digo que jamás dejásemos el lecho,
salvado ya el gatito nos vestimos,
bajamos a cenar, había sitio para el baile
entre las mesas, yo apenas conservaba el equilibrio,
llevaba la ropa que vestí al levantarme,
sentía el aire en la piel, el vestido era corto,
quise débilmente retirar su mano,
dijo que no puedo, lo he intentado en vano,
deja, por favor, déjame tocarte, las parejas
nos sonreían indulgentes, al sentarnos se lamió sus dedos
relucientes, vi su mano roja cortando la grasa,
corriendo bajamos hasta los alerces y una brisa
fría sentí que me besaba la piel y era hermoso,
no oíamos la orquesta del hotel,
crecía en ocasiones una música zíngara,
esa noche casi me reventó el coño cada vez
más cerca de mi flujo de sangre, las estrellas inmensas
contemplaban el lago, no salió la luna
pero las estrellas invadieron el cuarto,
alumbraron el techo derrumbado con forma de pagoda,
en la glorieta, y a veces un rayo
iluminaba la blanca cofia de la montaña.
2
Las sirvientas pasaron todo un día haciéndonos la cama.
Despertamos al alba, salimos del hotel blanco
para cruzar en yate el extenso lago.
Desde el amanecer hasta que el día se apagaba
navegamos en el barco de vela blanca y tres palos.
Su hijo hundía en mí hasta la muñeca
la mano derecha, piel entrelazada y
encubierta por la manta de viaje.
El cielo estaba azul, sin asomo de nubes.
El hotel blanco se fundía con árboles.
Estos se fundían con el verde horizonte marino.
Dije: Por favor, fóllame, fóllame. ¿Demasiado franca?
Sin vergüenza lo digo. Fue el sol asesino.
Pero no había sitio donde tumbarse a bordo,
por doquier había gente que bebía vino
y roía pechugas de pollo. Nos miraron fijo
dos inválidos que nunca abandonaban la manta.
Tanto me aturdía la incansable caricia de su hijo,
profesor, como un émbolo que entra y sale
hora tras hora, que una especie de fiebre me invadió.
Cuando la puesta de sol desviaron la mirada
no hacia el ocaso purpúreo, sino a la llamarada
que circundaba el hotel, nuevamente visible
entre los altos pinos. El resplandor eclipsó
la luz del cielo; un ala estaba ardiendo,
y la gente espantada corrió a proa y miró el fuego.
Entonces me puso sobre él sin previo aviso,
su hijo me empaló, fue tan dulce que chillé
pero nadie me oyó entre gritos ajenos
cuando cuerpo tras cuerpo caía o saltaba
de los pisos más altos del hotel blanco.
Yo brinqué y empujé hasta que su polla
derramó su suave y rico licor. De los árboles pendían
cuerpos abrasados, volvió a ponerse erecto,
de nuevo arremetí, oh, no puedo explicarle
qué arrebato el nuestro, el fuego asoló el ala,
se veían las camas, ignoramos la causa,
alguien dijo que acaso el sol insólito
colándose a través de las cortinas, prendiendo
nuestras sábanas aún tibias, o quizá las criadas
(se prohibía fumar) encendieron las luces, fatigadas,
y se adormilaron, o sino el fuerte espejo,
o la montaña que se estaba fundiendo.
Esa noche no dormía, tan dolorida, pienso
que se me había desgarrado algo interior
su hijo estuvo en mí toda la noche,
inmóvil y tierno. Las mujeres cantaron
su fúnebre canto sobre la terraza,
donde los cuerpos yacen, no sé si conoce
el dolor escarlata femenino; los escalofríos
duraron muchas horas mientras el lago en calma
enviaba oscuras ondas a la orilla. Al alba,
seguíamos unidos pero insomnes. Soñé, por fin
dormida, que era Magdalen, un mascarón de proa
zambulléndose en profundos mares. Fui empalada
por un pez espada y bebí la tempestad
—con mi piel de madera tallada por el tiempo—,
el viento de icebergs allí donde nacen las luces norteñas.
Al principio era blando el hielo, una ballena
que cantaba llorosa una nana a mi corsé
(de finas ballenas), no distinguí entre el viento
y el lamento ballenáceo, la joroba de blancos
bloques sin fin. Luego, poco a poco, el hielo
me hendía, éramos una nave rompehielos,
me cortaron un pecho, me sentí abandonada,
di a luz un feto de madera, sus labios lamían
abiertos la nieve que la tormenta arremolinaba,
y girando como un aspa me rajó la ventisca,
vi la matriz girando en la blancura,
¿ha visto alguna vez un útero volante?
No puede imaginar qué alivio despertar
y ver que el sol ya caliente acariciaba
los muebles con su luz serena, y su hijo
me miraba tiernamente. Tan dichosa
vi mis dos senos en su sitio
que salté al balcón. Un aroma de hojas
y de pinos perfumaba el aire, me asomé
a la baranda y él vino por detrás
y me embistió hasta dentro, tan dentro
que mi corazón aún medio invernal
súbitamente se transformó en flor,
no sabría decir qué orificio era, sentí
que el hotel blanco y también las montañas
temblaban gradualmente, serpenteos negros
surgieron donde antes era todo níveo.
3
Amigos queridos que hicimos allí,
murieron esos días. Uno era mujer, la corsetera,
tan rolliza y jovial como su oficio,
pero las hondas noches eran nuestras a solas.
Llovían estrellas lentas y continuas como inmensas rosas,
y un naranjal fragante pasó una vez flotando
ante nuestra ventana, estábamos tumbados,
temerosos, con corazón mudo viendo que caían
apagadas, siseantes, en el negro lago,
un millar de linternas ocultas bajo paños.
No imagine que nunca pudimos escuchar
suavemente el tremendo silencio nocturno,
lado a lado, sin tocarnos o tan solo con su mano
rozando blandamente ese montículo que —dijo—
le recordaba a los helechos con los que jugaba
y donde se escondía de muchacho. Sus susurros
entonces me enseñaron muchas cosas de usted,
usted y su esposa de pie junto a la cama.
Crepúsculos: las flores de nube rosadas,
deslizantes, despeinando los picos nevados,
el hotel blanco giraba, giraban mis pechos hacia la oscuridad,
su lengua removía cada puesta de sol
en mi rugiente coño y mi garganta bebía su zumo,
transformado en leche o acaso la leche nació para sus labios,
la segunda noche mis pechos estallaban,
el amor en la tarde despertó nuestra sed,
bebió un vaso de vino y se tendió a lo largo,
abrí mi vestido y el dolor saltó como una chispa
antes de que su boca apresara mi pezón
y consentí que el viejo, amable cura
que cenó con nosotros me mamara el otro,
los huéspedes nos miraban con un cierto asombro,
y también risueños, como si dijeran: bien hecho,
que en el hotel blanco solo al amor tenemos derecho
sin pagar un precio demasiado alto,
y el chef, radiante, apareció en la puerta abierta.
La leche era excesiva para dos, el cocinero vino,
colocó un vaso debajo de mi seno,
bebió de un trago y dijo que era bueno,
le felicitamos, su comida era
tan delicada como siempre había sido,
más huéspedes con vasos exigieron nata,
y la caliente, la sedienta orquesta, la luz menguante
extendió de pronto mantequilla por los árboles
del otro lado de las puertaventanas, mantequilla
sobre el lago, el viejo cura seguía mamándome,
imploraba a su madre moribunda en un tugurio,
mi otro pecho alimentó otros labios, los de su hijo,
sentí que sus dedos debajo de la mesa mimaban
mis muslos, mis muslos trémulos, abiertos.
Tuvimos que subir corriendo arriba. Su polla estaba
ya erecta en mi caverna, mi coño desbordaba
incluso antes de alcanzar el clímax, el cura
había ido a guiar el duelo por entre la arboleda
hasta la fría ladera de montaña, oímos cánticos
descendiendo hacia la orilla, tomó mi mano
y hundió mis dedos en mí, junto a lo suyo,
y nuestra amiga, la rolliza corsetera,
metió también los suyos, era increíble tanto
en mi cavidad y sin embargo yo no estaba llena,
trajeron en carretas los cadáveres de la inundación
y el fuego, las oímos traqueteando por los pinos
hasta hacerse el silencio, alcé sus faldas
porque el cinturón la sofocaba y le dolía,
y dejé que él terminase dentro de ella,
no pareció distinto, pues el amor corría como un hilo
del lago al cielo a la montaña a nuestro cuarto,
en la penumbra vimos la fila de dolientes
a la sombra del pico, de pie junto a la zanja,
una brisa transportó el recuerdo del aroma
a naranjal y rosas desplomándose
sobre aquel universo de secretos, las madres
se desmayaban, derrumbándose sobre tierra fangosa,
tañió una campana de la iglesia tras el hotel blanco