Buch lesen: "Historias curiosas"

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 348


Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por JORGE CANO CUENCA .

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 2006.

www.editorialgredos.com

REF. GEBO426

ISBN 9788424937225.

INTRODUCCIÓN

El estado actual de esta obra de Eliano 1 , tradicionalmente conocida por su título latino, Varia Historia , presenta algunas extrañezas que dificultan una recta valoración. La primera de ellas es el propio título. La tradición manuscrita coincide con Suda en llamarla Poikílē Historía. Estobeo y Esteban de Bizancio, en cambio, nunca utilizan este nombre para citar la obra de Eliano. El primero se refería a ella como Symmiktós Historía , «Miscelánea Histórica», y el segundo utilizaba la denominación de Historikḕ Diálexis , algo así como «Diálogo de Historia».

La Poikilía era una propiedad definida, literalmente, por la variedad de colores. Se aplicaba, metafóricamente, a la variedad, diversidad, complejidad, sutileza de las cosas y personas. Era una cualidad en auge en la época de los sofistas, manifestación positiva del reto al que la amplitud de intereses intelectuales y la erudición los avocaba. Clemente de Alejandría escribía así de sus Tapices , una obra del mismo género que la Varia Historia de Eliano: «Las flores de los más variados colores esparcidas por la pradera y los árboles frutales plantados en el jardín no se han distribuido según sus diversas especies. De la misma manera, algunos eruditos compusieron compendios, dotados de variados colores, a los que llamaron Praderas, Helicones, Mieles y Peplos. Nuestros Tapices se han compuesto con inmensa variedad, como una pradera, con los recuerdos que libremente venían a la memoria, sin preocuparnos por su orden o ubicación en el discurso, esparcidos en voluntario caos» 2 .

En un intento de enlazar con la tradición renacentista, la obra sería merecedora de la consideración de Silva. Para el DRAE , «silva», en su primera acepción, significa «colección de varias materias o especies, escritas sin método ni orden» 3 . Bien se adecua la obra de Eliano a esta categoría literaria. El desorden llega a tal extremo que en la obra faltan el prólogo y el epílogo. Esta circunstancia añadida a las frecuentes repeticiones de capítulos, especialmente abundantes en los últimos libros, a la extrema brevedad de algunas anécdotas, que llega a dificultar su comprensión, y a los quince primeros capítulos del Libro I , consagrados a la zoología y que más parecen restos de la Historia de los animales que partes integrantes de esta otra obra, han permitido concebir la sospecha de que nos encontramos ante un original inacabado. Quizás la muerte sorprendió al autor antes de que pudiera concluir su trabajo. Si fue así, se impone admitir que Eliano escribió otras obras históricas que se perdieron en el transcurso de las edades, pues sus Historias curiosas no bastarían para justificar la afirmación de Filóstrato sobre la fama que el autor consiguió gracias a su labor de historiador 4 .

Pero los males del texto no terminan aquí. Indicios hay para concluir que las Historias curiosas sufrieron un proceso de abreviación en época bizantina. Algunos pasajes comienzan por la partícula hóti , típica del epítome 5 . Y lo que es más significativo: Estobeo en su Florilegio recoge algunas anécdotas de Eliano en una versión más extensa y elaborada que la transmitida por los manuscritos 6 . Es probable que en este caso deba darse prioridad a la tradición indirecta que reflejaría el texto original, tal y como podía leerse a fines de la Antigüedad.

Carentes de una declaración expresa de intenciones por parte del autor, que habría debido de figurar en los inexistentes prólogo y epílogo, se debe recurrir a su otra gran obra, la Historia de los animales , para conocer las pretensiones de Eliano. Dos son las ideas que vertebraron su miscelánea zoológica y que podrían aplicarse también a la composición de las Historias. La primera de ellas es su decisión de apartarse de la vida y actividad sofística. Eliano proclamó su voluntad de renunciar a la búsqueda de honores, poder y fama, bienes que se conseguían a través de la actividad pública y política. A cambio, decidió dedicar sus esfuerzos al saber y a la composición de obras que, en palabras de Filóstrato, merecen el apelativo de históricas. Precisamente el biógrafo de los sofistas parecía conocer las razones expuestas en la Historia de los animales cuando escribía su breve noticia sobre Eliano. Pero también sabía de otra razón que Eliano silenció: el de Preneste estaba tan mal dotado para la declamación que abandonó la práctica de la oratoria 7 .

La segunda declaración que aquí interesa gira en tomo a las pretensiones literarias del autor. Sus palabras no merecen ser glosadas, sino transcritas: «Desde luego bien sé que otros se han interesado ya por estos temas. Pero yo he reunido todo el material que he podido, le he puesto el vestido de un lenguaje sin pretensiones y estoy convencido de que mi trabajo es un tesoro nada desdeñable» 8 . Los méritos de Eliano en el cultivo de lenguaje deben ser reconocidos, especialmente en quien tenía como lengua materna el latín. Tanto empeño puso en sus años de formación, esfuerzo mantenido siempre, que la lengua griega de Eliano puede ponerse como ejemplo perfecto del éxito del aticismo 9 —se permite la utilización del dual, número gramatical ya obsoleto entre los autores del s. v a. C.—. A pesar de los intentos de algunos eruditos modernos, es casi imposible detectar en la lengua de Eliano la influencia del latín, una influencia poderosísima, no obstante, incluso entre las variedades cultas del griego hablado 10 . El mismo reconocimiento debe dirigirse a la buscada simplicidad, tan bien conseguida que llega, en ocasiones, a aburrir. Quizás, en esta voluntad de no explorar todas las posibilidades del lenguaje deba encontrarse una pista para el modo en que estas obras se leían: abriéndolas al azar, sin exigir continuidad ni en el tiempo ni en el relato, aumentando así el efecto de la variedad, evitando también la monotonía de la sencillez.

Misceláneas: erudición y retórica

La edad imperial fue la edad de plata de la oratoria griega 11 . La elaborada preparación de aquellas piezas retóricas, y de toda la restante producción literaria profundamente influida por la disciplina, sólo era posible gracias a un proceso educativo largo y complejo que finalizaba en la madurez del autor. La dificultad no sólo estribaba en el dominio de las técnicas de la retórica y de la oratoria, con la suprema culminación del discurso improvisado, sino que este dominio debía aplicarse a un mundo distinto del presente, a un pasado documentado y recreado como experiencia literaria. La recreación de ese pasado tenía un aspecto lingüístico —la recuperación del dialecto ático del s. v a. C.—, pero iba acompañado de la contextualización histórica que exigía el control de los más mínimos detalles de un mundo que ya no existía 12 . El mayor pecado en que un sofista podía incurrir era el anacronismo, ya fuera lingüístico, utilizando expresiones no documentadas en los autores clásicos, ya fuera simplemente histórico.

La sobrevaloración de la exactitud y del rigor, de la akríbeia para usar el término preciso, era consecuencia directa de un programa educativo 13 que obligaba a los niños a iniciarse en la lectura con Homero, es decir, con unas obras con diez siglos de antigüedad y que ya habían sido compuestas forzando la artificialidad de la lengua. La atención a estos pormenores no hacía sino agudizarse con la labor del gramático, nivel intermedio de la educación obsesionado por la correcta comprensión de aquellas lecturas antiguas y, por lo tanto, por la acumulación de erudición. Cuando el joven accedía a la escuela del sofista se encontraba en condiciones para poner en práctica y darle valor a todo lo aprendido, que le debía servir de contexto y de reserva intelectual para la composición de sus discursos.

Es lógico, por tanto, que en este sofisticado ambiente cultural surgieran multitud de obras destinadas a facilitar la tarea de aprendizaje e investigación anticuaria. La mayoría de ellas fueron obras de gramáticos que así proporcionaron los instrumentos básicos para la actividad sofística. Léxicos, diccionarios y colecciones de expresiones áticas favorecieron la correcta recreación de una lengua artificial 14 . Pero a la vez, se convirtieron en obras de referencia para una erudición que necesitaba del estudio constante. No sólo el estudiante, sino también el orador profesional, e incluso el público de aquellas producciones, necesitaba mantener fresco el recuerdo de aquel lejano mundo. Pero esta pretensión les habría obligado a la lectura permanente de todo el legado literario. Ante la imposibilidad real de afrontar aquella ingente tarea es comprensible que las obras dedicadas a la erudición, si conseguían salvar la dificultad del estilo, encontraran no poco eco entre el público menos exigente 15 . Pero de este público nunca llegaron a formar parte los estratos sociales inferiores, pues la artificiosidad de la lengua literaria era una barrera insalvable, sino entre la base social de los pepaideuménoi , de los «hombres instruidos» 16 .

Es interesante reconocer que dos de los más importantes autores de misceláneas fueron sofistas de origen latino, Favorino 17 y el propio Eliano, y que el género cuenta con una excelente muestra en la lengua del Lacio, las Noches áticas de Aulo Gelio 18 . Quizás su público, tradicionalmente ajeno a las profundidades eruditas del legado literario griego, diera una calurosa bienvenida a estas muletas intelectuales, convertidas ellas mismas en obras menores de la literatura.

En la formación del pepaideuménos convergían diversas disciplinas que se abordaban desde la primacía de la retórica: la filosofía, la gramática, la medicina, la historia, el arte, la mitología e incluso la religión eran áreas de obligado estudio para el aprendiz de sofista 19 . De todas ellas necesitaba conocer múltiples detalles; de todas ellas era posible extraer multitud de anécdotas con las que poblar las misceláneas. La alteración retórica de las disciplinas afectaba, en los siglos del Imperio, especialmente a la filosofía. Los sofistas se creían rivales, y vencedores, de los filósofos, sobre todo de Platón, cuyas doctrinas vulgarizaban hasta la extenuación 20 . En realidad, Platón era, junto con Homero, el autor más leído y citado. Pero esto no se hacía por simpatía por sus ideas sino, fundamentalmente, porque sabían reconocer el valor literario del filósofo 21 . Es manifiesto en el caso de Eliano. Sócrates y Platón, pero también Pitágoras o los Cínicos pueblan su obra, pero nada, o casi nada, se encuentra en ella de sus enseñanzas, sino, en la mayoría de los casos, anécdotas de su vida impúdicamente inventadas por él mismo o, lo que es más probable, por sus fuentes.

Otros campos del saber tampoco escaparon a esta suerte de depredación intelectual. Eliano, como tantos otros en su género, prestó atención a las curiosidades anticuarias del lenguaje, discutiendo el uso particular que del verbo «inspirar» se hacía en Esparta 22 . La medicina, por su conexión con la filosofía, también provocó su interés 23 ; la historia del arte, con noticias sobre la incapacidad de algunos para disfrutar de la belleza o el recuerdo de obras sorprendentes pero inútiles 24 . Las prácticas y creencias religiosas de la Antigüedad eran campo abonado para la acción del compilador.

Precisamente tres capítulos dedicados a la crítica del ateísmo —II 23 y 31 y IV 28— permiten comprender la perspectiva retórica de toda la obra. Ésta no estaba compuesta por su interés en la remota antigüedad griega, sino por el uso que de aquel pasado podía hacerse en el presente. Los tiempos de Eliano eran de confusión religiosa. Fueron definidos, hace ya muchos años, como una «época de angustia» 25 . El rechazo de aquellos griegos que negaron la existencia de los dioses y el elogio de la religiosidad bárbara que mantenía viva su fe en la providencia divina y en sus señales, estaban de plena actualidad en un mundo que vivía el auge de los cultos orientales en detrimento de la religiosidad cívica tradicional 26 . Esa mirada al presente podría señalarse para muchas otras anécdotas. Baste con algunas: muerte de Hefestión y muerte de Antínoo; conspiración contra Darío y contra Adriano; Gelón devolviendo el poder al pueblo y Augusto 27 , etc. El pasado servía como código para enunciar y comprender el presente.

La potencialidad y el último destino retórico de la erudición que Eliano exhibe es evidente en el mismo texto de sus Historias. Muchos sucesos están narrados como enunciados de los progymnásmata retóricos, de los ejercicios preparatorios que eran el escalón que conducía directamente a la composición del discurso 28 . En IV 8, por ejemplo, se tratan repentinos cambios de fortuna, ejemplificados con el éxito tebano frente a Esparta, con la milagrosa recuperación de Dionisio I frente a Cartago y la no menos sorprendente de Amintas, la venganza terrible de Ocos, al que los egipcios creían indolente, la vuelta de Dion exiliado y la inaudita victoria naval de los siracusanos en inferioridad de condiciones. Con todos y cada uno de estos episodios se hubiera podido construir una melétē , ejercicio complejo en el que el orador asumía la personalidad de algún protagonista del pasado 29 . El destino inesperado de algunas decisiones, la consolación, el elogio, la descripción de lugares y tantos otros temas pueblan la obra. Cada capítulo podría generar un discurso o incorporarse en alguno de ellos 30 .

En ocasiones el propio Eliano no puede resistirse y compone, él mismo, el ejercicio, dando lugar a algunos de los capítulos más extensos de la obra. Es el caso del valle del Tempe, ejemplo de ékphrasis , descripción, cuyo preámbulo no puede ser más instructivo sobre sus intenciones (III 1): «Vamos a describir y modelar con palabras aquella región tesalia llamada Tempe, pues debe admitirse que el verbo, si está dotado de fuerza descriptiva, consigue representar con una eficacia no menor a la de los mejores artistas manuales aquello que se propone». Incluso este tipo de ejercicios se incluye en la narración mitológica, cuyo desarrollo detiene para ofrecer un ejemplo de virtuosismo 31 .

El lector de las Historias encontrará, no obstante, que algunos capítulos están dedicados a asuntos de nula importancia o, sencillamente, absurdos, que podría considerar desperdidos del ingenio. Sería el caso de aquellas anécdotas dedicadas a prostitutas 32 , hombres de extremada delgadez, el lujo desmedido de los generales de Alejandro, la colección de amores ridículos, o calvicies vergonzantes 33 . La clave para entender la importancia que los sofistas concedían a aquellos asuntos que no la tenían o que parecían paradójicos —ádoxa, parádoxa eran las expresiones precisas 34 — se encuentra, de nuevo, en Filóstrato cuando decía: «El elogio del loro y cuanto elaboró Dion con esmero sobre asuntos intrascendentes no hay que estimarlos nadería sino obra sofística, pues es propio de un sofista tratar con seriedad tales cosas» 35 .

Pasado e identidad griega

La composición de misceláneas no atendía, no podía atender, sólo a necesidades literarias y educativas. El Renacimiento Griego no era, en esencia, un movimiento intelectual, sino una reacción política ante Roma a la búsqueda de una nueva identidad griega para los nuevos tiempos del Imperio 36 . De ahí la importancia de la selección de las anécdotas que contribuían a trazar, si se quiere, una suerte de retrato impresionista —de nuevo con la primacía del color y su variedad— de la esencia griega.

Esto era así, sin duda, en el caso de las Historias curiosas de Eliano. En el abigarrado conjunto, pletórico de aparente caos, se pueden descubrir algunas líneas principales que vertebran la personalidad colectiva griega. Podría, a lo largo de la obra, trazarse un catálogo de actitudes, ideas y principios propios de los griegos por oposición a desviaciones, normalmente por influencia extranjera o por debilidades morales, y a comportamientos bárbaros que ofrecen el antimodelo. Así, los griegos desprecian la riqueza, tienen vocación de servicio público, aman la belleza, son personas piadosas, saben morir con dignidad y sus mujeres saben regirse con modestia. Frente a eso, el amor a la riqueza, el enriquecimiento de los políticos, el abuso tras la victoria, el gusto por la molicie, la desmedida afición por el vino e incluso el analfabetismo serían algunas de las conductas desviadas y bárbaras. Ejemplos de los primeros fueron Efialtes, Epaminondas, Sócrates, Platón, Aristóteles y tantos otros personajes que encarnan la dignidad del helenismo. Contramodelos serían los diversos reyes persas, con Jerjes a la cabeza, pero también muchos de los reyes helenísticos y de los tiranos sicilianos que pululan en la obra, así como también los bizantinos y los sibaritas, ejemplo máximo de la tryphé , la molicie. Mención aparte merecen Alcibíades y Alejandro. El primero se presenta como ejemplo desgraciado del fracaso de la paideía , de la educación griega, de cómo un discípulo del mejor griego, Sócrates, pudo dar muestras de un comportamiento tan degenerado. Alejandro, por su parte, no se libra del juicio ambivalente que compartían la mayoría de los contemporáneos de Eliano 37 . La admiración por su gran obra militar está presente en todos los capítubs en los que se le recuerda. Pero su fama no le libra de ser censurado por sus abusos y torpezas: la pretensión de ser divinizado, su afición al vino, la envidia de sus generales, su insensibilidad artística, lo desmedido de su cólera que lo llevó a obrar, en definitiva, «a la manera bárbara».

Una de las cuestiones que más ha preocupado a la crítica moderna cuando estudia la Segunda Sofística es el silencio de Roma. La ausencia de la dueña del mundo en las obras de los intelectuales griegos se ha querido ver como una muestra de oposición política 38 o, al menos, como la prueba de un cierto descontento griego ante un presente que sólo era sombra de su grandeza pasada. Y así, desde esta perspectiva, el recuerdo permanente del pasado clásico sería una vía de escape frente a las miserias y frustración que la dominación extranjera generaba 39 . Es difícil creer que esto fuera así cuando, si se mira la peripecia vital de los más claros representantes del movimiento, no se vislumbra en ellos ninguna muestra de oposición; más bien, al contrario, satisfacción por la colaboración con el poder imperial. Este sería el caso de Dion, Aristides, Filóstrato y, aunque no se le pueda considerar propiamente un sofista, Plutarco. Por eso también resulta difícil admitir la última propuesta de explicación de este curioso fenómeno, que pretende la existencia de una doble personalidad, política y romana, cultural y griega 40 . Pero nadie —patologías aparte— puede vivir escindido de esta manera.

El caso de Eliano y de su Historias puede arrojar alguna luz en el debate. Eliano, un romano que nunca ha salido de Italia, que participa plenamente del movimiento sofístico, de manera atípica incluye a Roma en su obra. Para Eliano, Roma comparte valores con Grecia: las mujeres son modestas y castas, los hombres se comportan con moderación, valentía, aman la belleza y conocen, como los griegos, las virtudes de la pobreza. Roma tiene también un pasado mítico —Rómulo y Remo, ausonios—; Italia es uno de los mejores lugares del mundo donde vivir conforme a los preceptos del elogio 41 . Eliano se proclama romano y se enorgullece. Y no obstante, debe excusarse por hablar de Roma; debe abreviar sus noticias sobre Roma. Quizás el asunto no sea más que literario: Roma no debería figurar en los discursos de los sofistas puesto que Roma no formaba parte de aquel pasado idílico en el que vivían aquellas obras. Este era el principio que Eliano intentaba romper tímidamente. Pero esta norma, puramente escolástica, no se aplicaría cuando los sofistas escribían obras que no estaban destinadas a la escuela. No hay mejor ejemplo que uno nacido de la pluma de uno de los más grandes sofistas: Elio Aristides y su discurso A Roma.

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