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David Copperfield

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Capítulo 13 Otra mirada retrospectiva

Aún me detendré otra vez a mirarte, ¡oh, mi «mujer-niña»! Veo delante de mí, entre el tropel de gentes que se agitan en mi memoria, una figura tranquila y quieta que me dice, con su amor inocente y con su infantil belleza: «Detente a pensar en mí; vuélvete a mirar al "Capullito" que va a marchitarse».

Me vuelvo, y todo lo demás se borra y desaparece. Estoy otra vez con Dora, en nuestra casa. No sé cuánto tiempo lleva enferma. Me he acostumbrado de tal modo a compadecerla, que no puedo calcular el tiempo. No es que hayan pasado muchos meses ni muchas semanas; pero para mí ha sido una época muy triste y muy larga.

Ya no me dicen: «Espera todavía unos cuantos días más». He empezado a temer que puede no llegar a brillar el día en que vuelva a ver a mi mujercita corriendo al sol, con su viejo amigo Jip.

Se ha vuelto muy viejo de repente el pobre Jip. Puede que la eche de menos; tenía algo de su ama, que le animaba, rejuveneciéndole; ya no ve apenas, y se arrastra débilmente.

A mi tía le entristece que no le gruña ya cuando se acerca a la cama de Dora, donde él está tumbado; ahora se acerca, y suavemente le lame las manos.

Dora, acostada, nos sonríe con su encantadora carita, y no deja escapar ni una palabra de queja ni de desagrado. Dice que somos muy buenos con ella; que su querido niño y enfermero se agota por mimarla; que lo sabe muy bien; que mi tía no duerme, y que, sin embargo, siempre está dispuesta, activa y servicial. Algunas veces sus dos tías vienen a verla, y entonces charlamos del día de nuestra body y de todo aquel tiempo feliz.

¡Qué extraño reposo en mi existencia de entonces, tanto interior como exteriormente, mientras estoy sentado en la habitación, ordenada y tranquila, con los ojos azules de mi «mujer-niña» vueltos hacia mí, y sus deditos jugando alrededor de mi mano! Muchas y muchas horas he pasado así; pero de todo aquel tiempo hay tres episodios que todavía tengo presentes en la imaginación.

Es por la mañana, y Dora, a quien las manos de mi tía acaban de arreglar, me enseña cómo sus preciosos cabellos se rizan todavía sobre la almohada, y lo largos y brillantes que son, y cómo le gusta tenerlos flojos en su redecilla.

—No es que esté orgullosa de ellos ahora, burlón -me dice al verme sonreír-, sino que me acuerdo de que a ti te parecían preciosos, y cuando empecé a pensar en ti me miraba al espejo y me figuraba que te gustaría mucho que te diera un rizo. ¡Oh cuántas tonterías hiciste, Doady, cuando te lo di!

-Fue el día que estabas pintando las flores que te había dado yo, Dora, y cuando te dije todo lo enamorado que estaba.

-¡Ah! Pero yo no guise decírtelo entonces, Doady. ¡Cómo llore, creyendo que de veras me querías! Cuando pueda correr como antes, Doady, iremos a ver los sitios donde hacíamos una pareja tan tonta, ¿verdad? Y pasearemos por los paseos viejos. Y no nos olvidaremos del pobre papá.

-Sí; pasaremos unos días muy felices. Pero date prisa para ponerte buena, querida.

-Sí; muy pronto me curaré, ¿lo sabes? Estoy ya mucho mejor.

Es por la tarde; estoy sentado en la misma silla, junto a la misma cama, con la misma carita vuelta hacia mí. Hemos estado callados, y una sonrisa vaga por sus labios. Ya he dejado de subir y bajar de un piso a otro mi ligera carga. Está acostada arriba todo el día.

-¡Doady!

-¡Dora querida!

-¿Te parecerá muy disparatado que después de haberme contado hace tan poco que mister Wickfield no está bueno, quiera yo que venga Agnes? Porque, si supieras, ¡tengo tantas, tantas, ganas de verla!

-Le escribiré, querida mía.

-¿De verdad?

-enseguida.

-¡Qué bueno eres, Doady; abrázame! No es un capricho. No es un deseo tonto. Es que necesito verla.

-Estoy seguro de ello, y con sólo decírselo vendrá seguramente.

-¿Estás muy solo ahora cuando bajas al despacho? -murmura Dora, echándome los brazos al cuello.

-¿Cómo podría ser de otro modo, cariño mío, cuando veo tu silla vacía?

-¡Mi silla vacía! -dice, estrechándose contra mí todavía más-. ¿De verdad me echas de menos, Doady? -repite, mirándome y sonriéndome con alegría, ¡A mí, a una personita tonta y estúpida!

-¿Quién hay en el mundo a quien pudiera echar de menos como a ti?

-¡Oh, Doady! ¡Estoy tan contenta y tan… tan triste! -dice, abrazándome más fuerte y envolviéndome con sus dos brazos.

Se ríe, llora, se tranquiliza y por fin se pone del todo contenta.

-Del todo -dice-; sólo que tienes que mandarle mi cariño a Agnes y decirle que quiero verla; y que ya no desearé nada más.

-Excepto curarte, Dora.

-¡Ah Doady! Algunas veces pienso (ya sabes que siempre he sido una cosa tan tonta) que eso no sucederá jamás.

-¡No digas eso, Dora! ¡No lo pienses, querida mía!

-Si puedo, no lo pensaré, Doady. Pero soy muy feliz, a pesar de que mi querido Doady está tan solo frente a la silla vacía de su «mujer-niña».

Es de noche y sigo con ella; Agnes ha llegado, y ha estado con nosotros toda la mañana y la tarde. Ella, mi tía y yo hemos estado con Dora desde por la mañana. No hemos charlado mucho; pero Dora ha estado muy contenta y alegre. Ahora estamos solos.

Sé que mi mujercita-niña me abandonará muy pronto. Me lo han dicho; no me han contado nada nuevo; lo sabía; pero estoy muy lejos de haber convencido a mi corazón de esta triste verdad. No lo puedo dominar. Me he escondido hoy varias veces para llorar a solas. Me he acordado del que lloraba antes de la separación entre la vida y la muerte. He pensado en toda esta historia de compasión y de gracia. He intentado resignarme y consolarme; pero lo que no puedo creer es que el fin tiene que llegar pronto. Tengo su mano en la mía; tengo su corazón en el mío; veo su cariño hacia mí, vivo, con toda su fuerza. No puedo borrar una débil, pálida, desvanecida esperanza de que viva.

-Voy a hablarte, Doady. Te voy a decir una cosa que estaba pensando decirte desde hace mucho tiempo. No te importa, ¿verdad? -me dice con mirada cariñosa.

-¿Importarme, querida mía?

-Porque yo no sé lo que puedes pensar o lo que habrás pensado algunas veces. Quizá hayas pensado muchas veces lo mismo. Doady querido, temo haber sido demasiado chiquilla.

Apoyo mi cabeza junto a la suya, en su almohada. Ella me mira dentro de los ojos y me habla muy suavemente. Poco a poco, mientras sigue hablando, me voy dando cuenta, con el corazón dolorido, de que habla en pasado.

-Temo, querido, haber sido demasiado chiquilla; no quiero decir sólo por los años, sino en experiencia, ideas, en todo. Era una criaturita tan tonta, que quizá habría sido mejor que sólo nos hubiéramos querido como niño y niña que se quieren y se olvidan. He empezado a pensar que no era digna de ser una mujer casada.

Intenté aguantar mis lágrimas para contestarle.

-¡Oh Dora querida mía! ¡Tan digna como yo de ser marido!

-No sé -dice, sacudiendo sus tirabuzones como antiguamente-. Puede ser. Pero si yo hubiera sido mejor, puede que lo hubiese hecho serio a ti también. Además, tú eres muy inteligente, y yo nunca lo he sido.

-Hemos sido muy felices, mi dulce Dora.

-He sido muy feliz; pero cuando hubieran pasado unos años, mi pobre Doady se hubiese aburrido de su «mujer-niña». Cada vez habría sido ella menos su compañera, y él se hubiese dado más cuenta de lo que faltaba en su hogar. Ella no habría adelantado nada. Es mejor que sea lo que es.

-¡Oh Dora querida, querida Dora; no me hables así! ¡Cada palabra tuya me parece un reproche!

-No, ni una sílaba -me contesta besándome-. ¡Oh, querido mío!, nunca los has merecido, y te quiero demasiado para dirigirte una sola palabra de reproche, de veras. Era el único mérito que tenía, excepto el ser bonita, o que tú me creyeras bonita. ¿Estás muy solo abajo, Doady?

-¡Mucho, mucho!

-No llores. ¿Está mi silla allí?

-En su sitio de siempre.

-¡Oh cómo llora mi pobre Doady! ¡Huch! ¡Huch! Ahora prométeme una cosa. Quiero hablar con Agnes. Cuando bajes, díselo y mándamela; y mientras le hablo no dejes entrar a nadie, ni tan siquiera a la tía; quiero hablar con Agnes a solas.

Le prometo que enseguida subirá Agnes; pero no puedo dejarla, de pena que tengo.

-He dicho que es mejor que sea lo que ha de ser -murmura mientras me estrecha en sus brazos- ¡Oh Doady!, después de unos años no hubieses podido creer más que ahora a tu pobre «mujer-niña», y después de unos años te habría impacientado tanto y desilusionado tanto, que no hubieses podido quererla ni la mitad. Sé que era demasiado chiquilla y tonta. ¡Es mejor que sea lo que ha de ser!

Agnes está abajo cuando entro en la sala y le doy el recado. Desaparece, dejándome solo con Jip.

Su caseta está junto al fuego, y él está tumbado dentro, en su cama de franela, intentando dormir. La luna, brillante, está muy clara y muy alta. Mientras miro la noche, mis lágrimas corren y mi indisciplinado corazón sufre.

Estoy junto al fuego, pensando con remordimiento en todos los secretos sentimientos que he alimentado desde mi boda. Pienso en todas las cosas pequeñas que ha habido entre Dora y yo, y veo que tienen razón los que dicen que las cosas pequeñas hacen la suma de la vida. Para siempre, levantándose del mar de mis recuerdos, está la imagen de mi querida niña como la conocí al principio, agraciada por mi amor joven y por el suyo y rica de todos los encantos que llenaban aquel amor. « ¿Habría sido mejor que nos hubiéramos querido como un niño y una niña que se quieren y se olvidan?»

 

¡Corazón indisciplinado, contesta!

No sé cómo pasa el tiempo, hasta que me hace volver a la realidad el viejo compañero de mi «mujercita-niña». Está muy intranquilo, se arrastra fuera de su caseta, me mira y va hacia la puerta, y llora para que le deje subir.

-No, Jip. ¡Esta noche no!

Vuelve hacia mí muy despacito, me lame las manos, levanta sus húmedos ojos hacia mi cara.

-¡Oh Jip; puede que ya nunca más!

Se echa a mis pies, se estira como para dormirse y con un gemido se queda muerto.

-¡Oh Agnes! ¡Mira! ¡Mira! ¡Ven!

¡Pero esa cara tan llena de compasión, de dolor; esa lluvia de lágrimas, ese horrible llamamiento, esa mano solemnemente levantada hacia el cielo!

-¿Agnes?

Se acabó. La oscuridad llega a mis ojos, y durante algún tiempo todo se borra de mi memoria.

Capítulo 14 Las operaciones de Mr. Micawber

No voy ahora a describir mi estado de ánimo bajo el peso de aquella desgracia. Pensaba que el porvenir no existía para mí; que la energía y la acción se me habían terminado, y que no podría encontrar mejor refugio que la tumba. Digo que llegué a pensar en todo esto; pero no fue en el primer momento de mi pena. Aquellas ideas fueron germinando poco a poco en mí. Si los acontecimientos que voy a narrar ahora no me hubieran envuelto desde el primer instante, distrayendo mi aflicción, y más tarde aumentándola, es posible (aunque no lo creo probable) que hubiese caído enseguida en aquel estado. Pero hubo un intervalo antes de que me diera cuenta bien de toda mi desgracia; un intervalo durante el cual hasta supuse que sus más agudos sufrimientos habían pasado ya y en el que pude consolar mi memoria, descansándola en todo lo más hermoso a inocente de la tierna historia que se me había cerrado para siempre.

Todavía hoy no sé cuándo se habló por primera vez de que yo debía ir al continente, ni cómo llegamos a estar todos de acuerdo en que debía buscar el restablecimiento de mi calma en el cambio y los viajes. El espíritu de Agnes dominaba de tal modo todo lo que pensamos, dijimos a hicimos en aquella época de tristeza, que puedo achacar el proyecto a su influencia. Pero aquella influencia era tan serena, que ya no sé más.

Y ahora pienso que mi modo de asociarla en la infancia con la vidriera de la iglesia era como una visión profética de lo que iba a ser para mí en la desgracia que debía agobiarme un día. En efecto; desde el momento inolvidable en que se presentó ante mí, con la mano levantada, su presencia fue como la de una santa en mi solitaria morada: y cuando el ángel de la muerte entró en ella, mi «mujer-niña» se durmió con una sonrisa sobre su pecho. Me lo contaron cuando ya pude soportar el oírlo.

De mi inconsciencia desperté para ver sus lágrimas de compasión, para oír sus palabras de esperanza y de paz, para ver su dulce rostro inclinado, como desde una región más pura y más cercana al cielo, sobre mi indisciplinado corazón, dulcificando sus dolores.

Pero voy a proseguir mi relato.

Iba a marcharme para el continente. Esto parecía cosa decidida desde el primer momento. La tierra cubría ya los restos mortales de mi mujercita, y sólo esperaba por lo que míster Micawber llamaba la «pulverización final de Heep» y «la marcha de los emigrantes».

Volvimos a Canterbury, llamados por Traddles (el más cariñoso y mejor de los amigos en mi desgracia), mi tía, Agnes y yo, y nos citamos todos en casa de míster Micawber; allí y en casa de míster Wickfield había estado trabajando sin cesar mi amigo desde nuestra reunión « explosiva» . Cuando la pobre mistress Micawber me vio entrar de luto, lo sintió muy sinceramente. Había mucha bondad en el corazón de mistress Micawber que no le había sido arrancada en el transcurso de los años.

-Muy bien, míster y mistress Micawber -saludó mi tía en cuanto nos sentamos-. ¿Hacen ustedes el favor de decirme si han pensado bien en mi proposición de emigrar'?

-Querida señora -contestó míster Micawber-, quizá no pueda expresar mejor la conclusión a la que mistress Micawber, su humilde servidora, y puedo añadir nuestros hijos, hemos junta y separadamente llegado, sino, adoptando el lenguaje de un ilustre poeta, contestando que nuestro bote está en la playa y nuestra barca está en el mar.

-Eso está muy bien -dijo mi tía-. Auguro toda clase de cosas buenas por esta decisión tan sensata.

-Señora, nos honra usted mucho -afirmó. Y enseguida, consultando el memorándum, dijo: -Respecto a la ayuda pecuniaria que nos permita lanzar nuestra frágil canoa sobre el océano de las empresas, he vuelto a considerar detenidamente este punto importante del negocio, y me atrevo a proponer mis notas de mano, hechas (no necesito decirlo) en papel timbrado, como lo requieren varios actos del Parlamento relativos a estas garantías. Ofrezco el reembolso a dieciocho, veinticuatro y treinta meses. La proposición que primeramente expuse era doce, dieciocho y veinticuatro meses; pero temí no tener tiempo suficiente para reunir la cantidad necesaria. Podría suceder -dijo míster Micawber, mirando alrededor de la habitación, como si representara varios cientos de áreas de tierra cultivada- que al primer vencimiento no hubiéramos tenido éxito en nuestra cosecha, o no la hubiéramos recogido aún. Creo que la labor es difícil en esa parte de nuestras posesiones coloniales, donde nos será forzoso luchar contra la tierra inculta.

-Arréglelo usted como quiera -dijo mi tía.

-Señora -contestó él-, mistress Micawber y yo estamos profundamente agradecidos por la consideración y bondad de nuestros amigos y patronos. Lo que deseo es poder ser exactamente puntual y un perfecto negociante. Volviendo, como estamos a punto de volver, una hoja completamente nueva, y retrocediendo, como estamos ahora en el acto de retroceder, hacia una primavera de tranquilidad no común, es importante para mi sentido de la dignidad, además de ser un ejemplo para mi hijo, que estos arreglos se hagan entre nosotros como de hombre a hombre.

No sé qué sentido prestaría míster Micawber a esta última frase; no creo que ninguno de los que la emplearon se lo haya dado nunca; pero a él le gustó mucho y la repitió, con una tos expresiva: «como de hombre a hombre» .

-Propongo -continuó míster Micawber- pagarés; están muy en uso en el mundo comercial, y creo que debemos su origen a los judíos, que me parece han tenido mucho que ver con ello desde entonces, y los propongo porque son negociables. Pero si una letra o cualquier otra garantía es preferida, me sentiré dichoso conformándome a lo que ustedes decidan sobre ello, « como de hombre a hombre».

Mi tía observó que en el caso en que estaban las dos partes, de convenir en cualquiera cosa que fuera, estaba segura de que no habría dificultades para resolver aquel punto. Míster Micawber fue de su misma opinión.

-En cuanto a nuestras preparaciones domésticas, señora -dijo míster Micawber con alguna vanidad-, para hacer frente al destino a que debemos consagramos, pido permiso para referirlas. Mi hija mayor va todas las mañanas, a las cinco, a un establecimiento cercano para adquirir el talento (si se puede llamar así) de ordeñar vacas. Mis hijos más pequeños tienen instrucciones para que observen, tan de cerca como las circunstancias se lo permitan, las costumbres de los cerdos y aves de corral que hay en los barrios más pobres de esta ciudad; persiguiendo este objetivo, los han traído a casa en dos ocasiones a punto de ser atropellados. Yo mismo he prestado alguna atención, durante la semana pasada, al arte de fabricar pan; y mi hijo Wilkins se ha dedicado a conducir, con un cayado, el ganado, cuando se lo permiten los zafios que lo cuidan. Los ayudaba voluntariamente; pero siento decir que no era muy a menudo, porque generalmente le insultaban con palabrotas, para que desistiera.

-Muy bien, muy bien -dijo mi tía para animar-. No dudo que mistress Micawber también habrá tenido algo que hacer…

-Querida señora -contestó mistress Micawber con su expresión atareada-, le confieso que no me he dedicado activamente a nada que se relacione directamente con el cultivo y el almacenaje, a pesar de estar enterada de que ello ha de reclamar mi atención en playas extrañas. Todas las oportunidades que he podido restar a mis quehaceres domésticos las he consagrado a una correspondencia algo extensa con mi familia; porque me parece a mí, mi querido míster Copperfield -dijo mistress Micawber, que siempre se volvía hacia mí (supongo que por su antigua costumbre de pronunciar mi nombre al empezar sus discursos)-, que ha llegado el momento de enterrar el pasado en el olvido, y que mi familia debe dar a míster Micawber la mano, y míster Micawber dársela a mi familia. Ya es hora de que el león se acueste con el cordero y de que mi familia se reconcilie con míster Micawber.

Dije que pensaba lo mismo.

-Ese es, por lo menos, el modo como yo considero el asunto. Mi querido míster Copperfield -continuo mistress Micawber-, cuando vivía en mi casa con mi papá y mi mamá, mi papá tenía la costumbre de consultarme cuando se discutía cualquier punto en nuestro estrecho círculo: «¿Desde qué aspecto ves tú el asunto, Emma mía?». Ya sé que papá era demasiado parcial-, sin embargo, respecto a la frialdad que ha existido siempre entre míster Micawber y mi familia, me he formado necesariamente una opinión, por falsa que sea.

-Sin duda. Claro que la tiene usted que habérsela formado, señora -dijo mi tía.

-Precisamente -asintió mistress Micawber-. Sin embargo, puedo estar equivocada en mis conclusiones; es muy probable que lo esté; pero mi impresión individual es que el abismo que hay entre mi familia y míster Micawber puede haberse abierto por el temor, por parte de mi familia, de que míster Micawber necesitara algún auxilio pecuniario. No puedo por menos de pensar -dijo mistress Micawber con expresión de profunda sagacidad- que hay miembros de mi familia que han temido que míster Micawber les pidiera el nombre para algo. Y no me refiero para el caso de bautizar a nuestros hijos, sino para inscribirlo en letras de cambio y negociarlo en la Banca.

La mirada penetrante con que mistress Micawber enunció aquel descubrimiento, como si nadie hubiera pensado en ello, pareció extrañar mucho a mi tía, quien contestó de repente:

-Bien, señora; en el fondo, no me chocaría que tuviera usted razón.

-Como míster Micawber está en vísperas de soltar las cadenas que le han atado durante tanto tiempo -continuo mistress Micawber- y de empezar una nueva carrera, en una tierra donde hay campo abierto para sus habilidades (lo que, en mi opinión, es muy importante, porque las habilidades de míster Micawber requieren mucho espacio), me parece a mí que mi familia debía señalar esta ocasión adelantándose la primera. Lo que yo desearía es ver reunidos a míster Micawber y a mi familia en una fiesta dada y costeada por mi familia; donde, al proponer algún miembro importante de mi familia un brindis a la salud de míster Micawber, míster Micawber pudiera tener ocasión de desarrollar sus puntos de vista.

-Querida mía -dijo míster Micawber con cierta pasión-, quizá sea mejor que yo declare ahorra mismo aquí que si desarrollara mis puntos de vista ante esta reunión, probablemente los encontrarían ofensivos, porque mi impresión es que todos los miembros de tu familia son, en general, unos impertinentes snobs, y en detalle, unos bribones sin paliativo.

-Micawber -dijo mistress Micawber, sacudiendo la cabeza-, nunca les has comprendido, y ellos nunca lo han comprendido a ti.

Míster Micawber tosió.

-Nunca lo han comprendido -dijo su mujer-. Puede que sean incapaces de ello. Si es así, esa es su desgracia, y soy muy dueña de compadecerlos.

-Siento mucho, mi querida Emma -dijo, con mayor lentitud míster Micawber-, el haberme traicionado en expresiones que puedan, aunque sea remotamente, tener la apariencia de ofensivas. Todo lo que digo es que puedo irme al continente sin que tu familia se adelante a favorecerme; en resumen, con una última sacudida de sus hombros; y que prefiero dejar Inglaterra con el ímpetu que poseo, que deberles la menor ayuda. Eso no quita, querida mía, que si llegaran a contestar a tus comunicaciones (lo que nuestra experiencia hace muy improbable), lejos de mí está el ser una barrera para tus deseos.

Habiendo arreglado este asunto amigablemente, míster Micawber dio su brazo a mistress Micawber, y mirando al montón de libros y papeles que había encima de la mesa, ante Traddles, dijo que nos dejaban solos, lo que ceremoniosamente llevaron a cabo.

 

-Mi querido Copperfield —dijo Traddles, apoyándose en su silla, cuando se fueron, y mirándome con tanto cariño que se le enrojecieron los ojos y el pelo se le puso de mil formas raras-, no me disculpo por molestarte con negocios, porque sé que lo interesan profundamente y que hasta podrán distraerte. Y espero, amigo mío, que no estés cansado.

-Estoy completamente repuesto -le dije después de una pausa-. Tenemos que pensar en mi tía antes que en nadie. ¡Ya sabes todo lo que ha hecho!

-¡Claro, claro! -contestó Traddles-. ¿Quién puede olvidarlo?

-Pero no es eso todo -dije-. Durante estos últimos días le atormentaban preocupaciones nuevas, y ha ido y vuelto a Londres todos los días. Varias veces ha salido temprano y no ha vuelto hasta el anochecer. Anoche, Traddles, sabiendo que tenía que hacer este viaje y todo, era casi media noche cuando volvió a casa. Ya sabes hasta qué punto es considerada con los demás, y por eso no quiere decirme lo que ha ocurrido ni lo que le hace sufrir.

Mi tía, muy pálida y con arrugas profundas en su frente, permanecía inmóvil escuchándome; algunas lágrimas extraviadas corrían por sus mejillas, y puso su mano en la mía.

-No es nada, Trot; no es nada. Ya ha terminado todo, y lo sabrás un día de estos. Ahora, Agnes, querida mía, vamos a dedicamos a estos asuntos.

-Tengo que hacer justicia a míster Micawber -empezó Traddles- diciendo que, aunque parece que para sí mismo no ha conseguido trabajar con éxito, es el hombre más incansable cuando trabaja para los demás. Nunca he visto cosa semejante. Si siempre ha hecho lo mismo, a mi juicio, es como si tuviera ya doscientos años. El calor con que lo ha hecho todo y el modo impetuoso con que ha estado excavando noche y día entre papeles y libros, sin contar el inmenso número de cartas suyas que han venido a esta casa desde la de míster Wickfield; y a veces hasta de un lado a otro de la mesa en que estábamos sentados, cuando le hubiera sido más cómodo hablar, es extraordinario.

-¿Cartas? —exclamó mi tía-. ¡Yo creo que sueña con cartas!

-También míster Dick —dijo Traddles- ha hecho maravillas. Tan pronto como le descargamos de observar a Uriah Heep, cosa que hizo con un celo que nunca vi excedido, empezó a dedicarse a míster Wickfield; y realmente, su ansia de ser útil en nuestras investigaciones, y su verdadera utilidad en extraer y copiar, y traer y llevar, han sido un estímulo para nosotros.

-Dick es un hombre muy notable -exclamó mi tía-; yo siempre lo he dicho. Trot, tú lo sabes.

-Me alegra mucho decirle, miss Wickfield -continuó Traddles, con una delicadeza y seriedad conmovedoras-, que, en su ausencia, míster Wickfield ha mejorado considerablemente. Libertado del peso que le agobiaba desde hacía tanto tiempo, y de los horribles temores bajo los que ha vivido, ahora no es el mismo de antes. A veces hasta recobraba su fuerza mental para concentrar su memoria y atención en algunos puntos del asunto; y ha podido ayudamos a esclarecer algunas cosas que sin su ayuda habrían sido muy difíciles, si no imposibles, de desenredar. Pero quiero llegar cuanto antes al resultado, en lugar de charlar de todas las circunstancias que he observado, pues si no, no acabaría nunca.

Su sencillez dejaba traslucir que decía todo aquello para ponernos contentos y preparar a Agnes a oír nombrar a su padre en cosas más confidenciales; pero no por eso era menos agradable su naturalidad.

-Ahora vamos a ver -continuó Traddles mirando entre los papeles de la mesa-. Después de saber con lo que contamos, y de haber contado en primer lugar con una cantidad grande de confusión involuntaria, y en segundo con una confusión y falsificación voluntarias, queda demostrado que míster Wickfield puede cerrar ahora su negocio y su notaría sin ningún déficit ni desfalco.

-¡Oh, gracias, Dios mío! —exclamó Agnes con fervor.

-Pero -dijo Traddles- lo que quedaría entonces para subvenir a sus necesidades (y al decir esto supongo la casa ya vendida) sería tan exiguo, que probablemente no excedería a unos cientos de libras. Por lo tanto, miss Wickfield, convendría reflexionar si no se podría conservar la notaría abierta. Sus amigos podrían aconsejarle, ya sabe usted, ahora que está libre. Usted misma, miss Wickfield, Copperfield, yo.

-Ya lo he pensado, Trotwood -dijo Agnes mirándome-, y siento que no debe ser, y que no será, aunque me lo aconseje un amigo a quien agradezco y debo tanto.

-No diré que te he aconsejado -observó Traddles-. Me parecía bien sugerirlo nada más.

-Me alegra el oírselo decir —contestó Agnes con tranquilidad-; esto me hace esperar, casi me da la seguridad de que opinamos del mismo modo. Querido míster Traddles y querido Trotwood, papá libre y con honra, ¡qué más puedo desear! Siempre he aspirado, de poder ser, a disminuir los embrollos en que se había metido, a devolverle un poco de los cuidados y cariños que le debo, y dedicarle mi vida. Esta ha sido durante muchos años mi mejor esperanza. Tener la responsabilidad de nuestro porvenir sobre mí será mi segunda gran alegría después de librarle de toda preocupación y responsabilidad.

-¿Has pensado cómo, Agnes?

-Muchas veces. No tengo miedo, querido Trotwood. Estoy segura del éxito. Tanta gente me conoce aquí y me aprecia, que estoy segura. No dudes de mí. Nuestras necesidades no son muchas. Si alquilo nuestra querida y vieja casa, y pongo una escuela, seré útil y feliz.

El fervor tranquilo de su alegre voz me trajo a la memoria tan vivamente la querida casa vieja primero, y luego mi hogar solitario, que mi corazón estaba demasiado lleno para poder hablar. Traddles hizo como que estaba muy ocupado, buscando entre los papeles durante un rato.

-Ahora, miss Trotwood -dijo Traddles-, esa propiedad es suya.

-¡Bueno! Lo que tengo que decir es que si desapareció puedo sobrellevarlo, y que si aun existe, me alegraré mucho de recobrarla.

-En su origen creo que eran ocho mil libras -dijo Traddles.

-Eso era —contestó mi tía.

-No he conseguido encontrar más de cinco -dijo Traddles, perplejo.

-¿Miles quiere usted decir -inquirió mi tía con compostura nada vulgar-, libras?

-Cinco mil libras -dijo Traddles.

-Eso es lo que quedaba —contestó mi tía-. Yo misma vendí tres mil; pagué mil por tus cosas, Trot querido, y llevo conmigo las otras dos mil. Cuando perdí lo demás me pareció prudente no hablar de esta cantidad y guardarla en secreto para algún día de apuro. Quería ver cómo saldrías de la prueba, Trot; saliste de ella noblemente, con perseverancia, abnegación, confiando en ti mismo. ¡Lo mismo se ha portado Dick! ¡No me hablen, porque tengo los nervios alterados!

Nadie lo hubiera creído viéndola tan tiesa, sentada, con los brazos cruzados; pero es que se dominaba maravillosamente.

-Pues no saben lo que me alegro decirles -exclamó Traddles radiante de alegría- que hemos recobrado todo el dinero.

-Que nadie me dé la enhorabuena —exclamó mi tía—. ¿Y cómo es eso, caballero?

-¿Usted creía que míster Wickfield lo había malversado? —dijo Traddles.

-Claro que lo creía -dijo mi tía-, y por eso me lo callaba. Agnes, ni una palabra.

-Y se vendió —dijo Traddles-, ¡vaya si se vendió!, en virtud de un poder suyo que él tenía; pero no necesito decir por quién fue vendido o bajo qué firma. Luego el vendedor lo fingió a míster Wickfield (y probó con números el muy canalla) que él mismo se había apoderado del dinero (dándole instrucciones generales, decía) para ocultar otros déficit y deudas. Míster Wickfield, desamparado, fue tan débil en sus manos, que llegó a pagarle a usted varias cantidades de intereses de un capital que sabía que no existía, haciéndose así, desgraciadamente, cómplice del fraude.

-Y por fin cargó con toda la culpa -añadió mi tía—, y me escribió una carta loca, culpándose de robo y maldades que nadie puede imaginar. Entonces fui a visitarle una mañana temprano, pedí una vela, quemé la carta y le dije que si alguna vez podía justificarse ante mí y ante sí mismo, que lo hiciera, y que si no podía, se callara por amor a su hija. Si alguien me habla, me marcho ahora mismo.