Buch lesen: "Discernir lo que agrada al Señor"

Yaquino, Carlos
Discernir lo que agrada al Señor / Carlos Yaquino. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : De la Palabra de Dios, 2020.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-987-47310-4-3
1. Espiritualidad. 2. Espiritualidad Cristiana. 3. Experiencias Cristianas. I. Título.
CDD 248.4
Diseño: Cristian Chaives
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reservados. Impreso en Argentina. Printed in Argentina.
¿Quién puede decir lo que Dios haría de nosotros
si nos atreviéramos, sobre su Palabra,
a seguirle hasta el final de sus inspiraciones
y a abandonarnos a su Providencia?
(Teilhard de Chardin)
Presentación
Este libro nació hace unos treinta años como un resumen sencillo y práctico de criterios y reglas de discernimiento, elaborado por el autor a partir de distintas fuentes clásicas. La idea surgió en las reuniones donde cada año el P. Ricardo Mártensen, fundador de El Movimiento de la Palabra de Dios, enseñaba a los coordinadores de los entonces “grupos juveniles de oración” cómo aplicar las reglas de discernimiento de espíritus de san Ignacio de Loyola.
Esta última edición ha sido corregida y revisada por el autor, a la luz de la experiencia madurada en 35 años de camino en la comunidad pastoral y discipular de la Obra.
El texto tiene una finalidad eminentemente pastoral: facilitar el proceso de “Discernir lo que agrada al Señor” (cf. Ef 5,10), para así responder –y ayudar a otros a responder– fielmente a la voz de Dios, sin caer en los engaños del sistema de este mundo, del espíritu del mal o de nuestras tendencias naturales desordenadas. Trata acerca del discernimiento de espíritus, de las distintas fuentes interiores de inspiración, de los estados de consolación y desolación, y de la vigilancia contra la tentación. Como Apéndice se incluye una versión adaptada de las reglas de discernimiento de espíritus de san Ignacio de Loyola.
Carlos E. Yaquino comenzó a participar de los grupos de El Movimiento de la Palabra de Dios a fines de 1974, a los 18 años. En setiembre de 1975 participó del lanzamiento de la revista Cristo Vive, ¡Aleluia!. Se casó en 1983 y tiene cuatro hijos. Desde 1987 trabaja como ingeniero electrónico en la provincia de Corrientes. Con Patricia, su esposa, llevan adelante la zona de misión Ituzaingó.
En una cultura donde se mezclan el secularismo laicista, la increencia, y una creciente religiosidad neo-pagana que excluye al Dios vivo y verdadero, los cristianos necesitamos aprender a reconocer y seguir decididamente las inspiraciones y acciones de Dios en favor de sus hijos. Es nuestro deseo que estas páginas puedan ayudar a quienes se acerquen a ellas.
Editorial de la Palabra de Dios
Introducción
“Ningún hombre puede eludir las preguntas fundamentales: ¿qué debo hacer?, ¿cómo puedo discernir el bien del mal? La respuesta es posible sólo gracias al esplendor de la Verdad que brilla en lo más íntimo del espíritu humano”1.
Todos atravesamos durante nuestra vida –y en especial si dejamos atrás una fe convencional y emprendimos un camino interior de oración y seguimiento de Jesús– por estados de ánimo propensos al optimismo o al desánimo, tiempos interiores de paz o de inquietud, experiencias espirituales fuera de lo común, etcétera., más o menos intensos y/o duraderos. Para evitar los riesgos que a veces traen asociados, nos conviene aprender a atravesarlos contando con el necesario discernimiento espiritual.
Antes de ver cómo capitalizar estas experiencias interiores, tengamos en claro el punto de partida: todo lo que nos sucede es querido o permitido por la amorosa providencia de Dios para nuestro bien. Él no es ajeno. Dios quiere lo bueno que nos sucede, y se conduele por adelantado cuando permite que lo malo nos pruebe.
Creo que es inevitable y hasta necesario psicológicamente que atravesemos por momentos de crisis, por consuelos y desconsuelos, por tiempos felices o de aridez, provenientes del propio temperamento y de otras causas. Dios permite la consolación y la desolación2 para ayudarnos a llegar a la madurez de los hijos de Dios, mediante el ejercicio de la fe y la esperanza, y sobre todo del amor. Para que busquemos lo realmente importante y duradero, pues como enseña san Pablo: “ahora existen tres cosas: la fe, la esperanza y el amor, pero la más grande de todas es el amor” (1 Cor 13,13). Si somos fieles, viviremos junto a Dios en el amor por toda la eternidad. Y sabemos que “el amor no consiste en sentir grandes cosas, sino en tener gran desnudez y padecer por el Amado”3.
En el ambiente del mundo en que vivimos, en proceso de descristianización y vuelta al paganismo, donde abunda el secularismo y la indiferencia religiosa, lamentablemente son pocos los que se interesan en discernir el origen divino, humano o diabólico de las motivaciones o impulsos. Pero a quien busca crecer como persona –y al cristiano que está entregado a Jesús como Señor de toda su vida– le importa mucho protegerse del engaño y percibir con gozo cuándo “es el Señor” (cf. Jn 21,7). Así el discípulo puede escuchar sus llamadas y navegar mar adentro para arrojar las redes de la Nueva Evangelización.
¿Cómo podemos discernir la voz de Dios entre las mil voces que escuchamos cada día en nuestro mundo? Benedicto XVI responde: “Yo diría que Dios habla con nosotros de muchísimas maneras. Habla por medio de otras personas, por medio de los amigos, de los padres, del párroco, de los sacerdotes. Habla por medio de los acontecimientos de nuestra vida, en los que podemos descubrir un gesto de Dios. Habla también a través de la naturaleza, de la creación; y, naturalmente, habla sobre todo en su Palabra, en la sagrada Escritura, leída en la comunión de la Iglesia y leída personalmente en conversación con Dios”4.
Te propongo, amigo lector, comenzar este itinerario bajo la luz del Espíritu Santo, para que su sabiduría te ilumine y fortalezca desde el testimonio de la Palabra de Dios y la enseñanza de la Iglesia.
1. Cf. Juan Pablo II, Veritatis Splendor, 2; sobre algunas cuestiones de la enseñanza moral de la Iglesia (1993).
2. Más adelante hablaremos del significado que da san Ignacio de Loyola a la "consolación" y "desolación".
3. San Juan de la Cruz, carmelita y místico español (1542-1591), Avisos espirituales, Puntos de amor, 35.
4. Benedicto XVI, respuesta a la pregunta de Gregorpaolo Stano del Seminario Romano Mayor durante la visita del 17-Feb-2007.

Capítulo 1
El
Discernimiento
De espíritus
“Examínenlo todo y quédense con lo bueno.
Cuídense del mal en todas sus formas”
(1 Tes 5,21-22).
Las palabras inspiraciones y espíritus, en sentido amplio, se aplican a ciertas complejas influencias capaces de impulsar la voluntad hacia el bien o hacia el mal. Tradicionalmente se llamaban ilustraciones y mociones. En un sentido más estricto, llamaremos espíritus a los distintos seres inmateriales y dotados de inteligencia que, por sus sugerencias y acciones, pueden influenciar el valor moral de nuestros actos.
En este capítulo veremos en qué consiste el discernimiento de espíritus, tanto el que es dado como carisma del Espíritu Santo, como el que brota del aprendizaje desde el amor. Asimismo, veremos qué actitudes interiores hacen posible un discernimiento evangélico y cuáles son algunos criterios objetivos básicos para orientarnos. Finalmente mostraremos el papel que juega nuestra comunidad eclesial.
1.1 ¿De qué se trata?
Discernir viene del latín y significa identificar y distinguir algo de otra cosa, señalando la diferencia que hay entre ellos. El discernimiento, entonces, es la capacidad de penetrar a través de las apariencias para descubrir si el origen de una inspiración es Dios, los impulsos naturales, o el mal.
Se relaciona con la prudencia, una de las cuatro virtudes cardinales, la cual consiste precisamente en discernir y distinguir lo que es bueno para seguirlo, o lo malo para huir de ello. Hacemos pues un discernimiento cuando juzgamos con prudencia los pensamientos y los movimientos interiores que experimentamos, a fin de distinguir cuáles debemos alentar y cuáles resistir1. Como vemos, discernir tiene consecuencias prácticas en la conducción de nuestra vida, no se queda simplemente en un análisis teórico.
Hablamos de discernir con prudencia, es decir, con cautela y sensatez. No nos interesa tanto analizar el posible origen de una inspiración, algo de por sí bastante incierto, como evaluar la conveniencia o no de una determinada actitud o respuesta nuestra. Nos aclara el Card. Suenens2: “la prudencia aspira a ir hasta el fondo de las cosas, sopesando bien el valor de los signos y de los testigos. La prudencia humana fácilmente juega a ‘lo más seguro’, y debe ceder paso a la prudencia sobrenatural, la que no teme reconocer una acción de Dios en y para su Iglesia”.
Discernir bien no es fácil, supone una preparación espiritual y una vida en armonía con el Dios vivo. No es un método mágico para descubrir la Voluntad de Dios, más bien es un modo de madurar nuestra vida de fe y de vivir según el Espíritu.
Podemos aplicar el discernimiento a nuestra conducta, actitudes espirituales, opciones concretas. Asimismo se emplea con las experiencias carismáticas (visiones, profecías, etcétera) y místicas, con las “luces” y movimientos interiores que nos orientan, con las tentaciones, y en los estados de consolación y desolación (de mayor duración).
La importancia de saber discernir se desprende no sólo de la enseñanza apostólica (ver Mt 7,15; 1 Tes 5,21; 1 Cor 14,20; 1 Jn 4,1-3), sino también de la experiencia de los maestros de espiritualidad, que han comprobado la trascendencia que tiene en el camino interior el dejarnos guiar dócilmente por Dios a la santidad del amor.
También aplicamos el discernimiento a la comunidad cristiana, a las corrientes de espiritualidad, a las tendencias de renovación eclesial, a las culturas humanas, a las diversas ideologías, etcétera En este sentido podemos identificar distintos tipos de discernimiento según su objeto: espiritual, comunitario, social, carismático, de la situación de vida, vocacional, etcétera.
En los campos del apostolado y la pastoral, y en la construcción de una Civilización del Amor, ¿cómo podríamos extender la obra de Dios sin conocer sus intenciones? El salmista nos advierte que “si el Señor no construye el edificio, en vano se fatigan los obreros” (Sal 127,1). Hoy más que nunca es necesario que escuchemos al Espíritu de Dios y colaboremos con la obra que está realizando, insertos en el mundo sin perder ni afectar nuestra vida nueva, sabiendo “discernir lo que agrada al Señor” (Ef 5,10).
Es el Espíritu del Señor quien “impulsa al Pueblo de Dios en la historia a discernir los signos de los tiempos y a descubrir en los más profundos anhelos y problemas de los seres humanos el Plan de Dios sobre la vocación del hombre en la construcción de la sociedad, para hacerla más humana, justa y fraterna”3. Al mismo tiempo el Espíritu nos mantiene “atentos a descubrir las ‘semillas del Verbo’, con un verdadero discernimiento cristiano, ofreciéndole el anuncio integral del Evangelio”4.
Todos estamos llamados a desarrollar una actitud profética de discernimiento social, a discernir las propuestas de la cultura, a distinguir lo que es del pecado y lo que no, a hacer “un discernimiento espiritual respecto a las corrientes culturales que condicionan a los hombres y mujeres de hoy (…) Este discernimiento es urgente para poder comprender mejor las actuales mentalidades, y descubrir la sed de verdad y de amor que tan sólo Jesucristo puede saciar plenamente, y encontrar los caminos para una nueva evangelización mediante una auténtica pastoral de la cultura (…) Mediante este trabajo de discernimiento evangélico, la Iglesia no tiene otro objetivo que anunciar mejor a toda cultura la Buena Nueva de la salvación en Jesucristo”5.
La Iglesia no hace su discernimiento evangélico de las propuestas de la cultura “únicamente por medio de los Pastores, quienes enseñan en nombre y con el poder de Cristo, sino también por medio de los laicos: Cristo ‘los constituye sus testigos y les dota del sentido de la fe y de la gracia de la palabra (cf. Hech 2,17-18; Apoc 19,10) para que la virtud del Evangelio brille en la vida diaria familiar y social’ (LG 35). Más aún, los laicos por razón de su vocación particular tienen el cometido específico de interpretar a la luz de Cristo la historia de este mundo, en cuanto que están llamados a iluminar y ordenar todas las realidades temporales según el designio de Dios Creador y Redentor”6.
En el orden establecido para el sacramento de la Reconciliación hallamos esta definición7: “El discernimiento de espíritus es el conocimiento íntimo del obrar divino en el corazón del hombre; es don del Espíritu Santo y un fruto de la caridad (cf. Flp 1,9-11)”. Entonces, el discernimiento puede ser tanto un don carismático del Espíritu como una habilidad desarrollada desde el amor. A continuación veremos en qué se diferencian y complementan ambos.
1.2 El carisma de discernimiento
El carisma de discernimiento es un don infuso gratuito del Espíritu Santo. San Pablo lo menciona en 1 Cor 12,10: “el don de juzgar sobre el valor de los dones del Espíritu”. Otras traducciones dicen: “discernimiento de espíritus”, “reconocer lo que viene del buen o del mal espíritu”, “distinguir inspiraciones”. Como todo carisma, es dado gratuitamente por Dios a algunas personas cuando lo juzga oportuno y para bien de la comunidad. Santo Tomás de Aquino lo define como el “conocimiento claro de los secretos del corazón de los demás”8. Con el P. Aldunate podríamos definirlo de este modo:
“El carisma de discernimiento de espíritus es una iluminación divina o manifestación del Espíritu Santo por la que conocemos cuáles espíritus están motivando o impulsando determinada actuación, y se nos concede para proteger del engaño a la comunidad.
“Es como un mensaje que viene de afuera, que no surge de la persona misma. Se forma súbitamente en la mente, espontáneamente y completo. No depende del esfuerzo, la iniciativa o los conocimientos. Lleva consigo su propia convicción. No se trata de perspicacia, instinto psicológico o espíritu crítico”9.
Este don del Espíritu permite percibir con una certeza subjetiva si un impulso o actuación proviene o no del Espíritu de Dios; es dado principalmente a la comunidad en oración a fin de discernir en el momento las manifestaciones que ocurran. “Es un medio por el que Dios da a conocer el origen de lo que está sucediendo en un grupo, reunión, persona, o en el ejercicio de algún carisma; y esta iluminación se da para provecho del Cuerpo de Cristo. Puede darse en forma colectiva; es la más corriente: el grupo en oración, unido en el Espíritu, siente ‘instintivamente’ lo que es o no es de Dios”10.
El obispo colombiano Mons. Alfonso Uribe Jaramillo lo describía como “un cierto instinto sobrenatural que permite sentir la dulce presencia del Santo Espíritu cuando es Él quien actúa, o que experimenta el malestar e inquietud que produce la presencia del espíritu del mal”11. De aquí su especial utilidad durante la liberación de malos espíritus, como ilustra el siguiente ejemplo:
Cierta vez el abad san Antonio (S. IV) había bajado del monte Colzim (en el desierto egipcio), para visitar a otros monjes. “Cuando fue invitado a subir a un barco a orar con los monjes, sólo él percibió un olor horrible y sumamente penetrante. La tripulación dijo que había pescado y alimento salado a bordo, y que el olor venía de allí. Pero él insistió en que el olor era diferente. Mientras estaba hablando, un joven que tenía un demonio y que había subido a bordo de colado poco antes, de repente soltó un chillido. Reprendido en el Nombre de nuestro Señor Jesucristo, el demonio se fue y el hombre volvió a la normalidad. Todos se dieron cuenta entonces de que el hedor venía del demonio”12.
El papa Pablo VI se preguntaba, no sin causar sorpresa en ciertos ambientes: “¿Cuáles son hoy las mayores necesidades de la Iglesia? No les asombre como simplista, o más aún, como supersticiosa e irreal, nuestra respuesta: una de las mayores necesidades es la defensa de aquel mal que llamamos el demonio o diablo”13.
Los discípulos de Jesús “no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para que reconozcamos los carismas que Dios nos ha dado” (1 Cor 2,12). Cabría decir que el Espíritu Santo, presente en cada uno, se reconoce en el hermano y hace alianza, o por el contrario denuncia al Adversario. No se trata de un razonamiento en base a nuestra experiencia previa, sino que más bien es una certeza interior semejante a la inspiración profética: se siente en el Espíritu que algo es o no es de Dios.
Esta certeza puede llegar a nuestra conciencia por medio de imágenes, palabras, sentimientos agradables o desagradables, sensaciones físicas diversas (frío, viento, olores), etcétera., todos ellos maneras de facilitarnos la percepción del “mensaje” del Espíritu y que no debemos confundir con el carisma en sí.
1.3 El discernimiento como fruto del amor
La carta a los Hebreos afirma que los cristianos adultos son “aquellos que por la práctica tienen la sensibilidad adiestrada para discernir entre el bien y el mal” (Heb 5,14), entrenada en distinguir lo bueno de lo malo. Si permanecemos en el amor de Jesús crecerá nuestro “discernimiento habitual”:
El discernimiento como ciencia adquirida es el juicio prudente que nos formamos acerca del posible estado interior propio o ajeno, basados en la Palabra de Dios, la enseñanza de la Iglesia y nuestra propia experiencia.
Como fruto del amor, el discernimiento supone un verdadero aprendizaje, una formación, y en este sentido lo llamamos un arte o una ciencia. Consiste en aprender a identificar o reconocer qué espíritu está actuando en una persona, qué origen tiene una inspiración, a dónde conduce, a partir de ciertas señales externas e internas –es decir, objetivas y subjetivas– que veremos enseguida, siendo la principal, que tenga concordancia con la Revelación, contenida en la Escritura y la Tradición, y enseñada por el Magisterio eclesial.
Es que la Palabra de Dios “es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de doble filo: ella penetra hasta la raíz del alma y del espíritu (...) y discierne (examina) los pensamientos y las intenciones del corazón” (Heb 4,12). Conocer vivencialmente la Palabra en comunión con la Iglesia es indispensable para reconocer la mano de Dios en los acontecimientos, y para no dejarse imponer las falsas “salvaciones” que propone Satanás. Frente a la entrega de la Cruz se realiza el mejor discernimiento evangélico; allí quedan descubiertos los secretos del corazón y cada uno manifiesta cuál es la orientación que tiene14.
Por medio del discernimiento intentamos reconocer la acción del Espíritu Santo en nuestra vida y la de nuestros hermanos de todo el Pueblo de Dios y tratamos de cooperar con nuestra respuesta. La cooperación con el Espíritu supone que por la contemplación frecuente de la Palabra viva hemos adquirido ya la mentalidad humana de Cristo, que nos familiariza con la manera de ver y obrar de Dios.
Por supuesto que el discernimiento nunca es obra exclusiva del hombre: discernimos ayudados por la gracia de Dios. La suave acción del Espíritu se manifiesta en la capacidad de tomar en toda situación dada, la decisión moral conforme al Evangelio y a la historia de la Salvación. El Amor de Dios en nosotros nos ilumina y capacita para optar por el Reino.
En síntesis, podemos decir que el camino ordinario para discernir desde el amor consistirá en aplicar, con la mayor prudencia posible, las reglas formuladas por la enseñanza tradicional de los maestros de la vida espiritual.
1.4 Las actitudes necesarias: libertad y docilidad
Para poder discernir bien hace falta libertad y docilidad. Tenemos que renunciar a toda mediocridad y esforzarnos por seguir a Cristo, cada vez menos según nuestros criterios personales o según la escala de valores de la cultura, sino cada vez más según la luz que viene del Espíritu Santo. Todos, pastores y miembros del Pueblo de Dios, debemos crecer en obediencia al Espíritu de Jesucristo y discernir el Plan de Dios para la creación, para la historia personal y social, y para la vida de nuestras comunidades eclesiales, y así llevarlo a la práctica. Debemos madurar para tener una fe que nos permita confrontarnos de manera crítica con la cultura actual, adquiriendo un sano discernimiento sobre las cuestiones que animan los debates de la sociedad. Como expresa el card. Carles Gordó, “en esta hora de la historia, el cristianismo está llamado a demostrar una nueva fecundidad cultural. Se impone un discernimiento iluminado por la gracia, para analizar aquellos puntos de anclaje del cristianismo en la cultura y en las culturas de hoy”15.
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