Buch lesen: "Las cosas suceden"
Las cosas suceden
Las cosas suceden
Carlos Roberto Morán
Índice de contenido
Portadilla
Legales
El perfil de Morena
Golpes en la puerta
La película del Yuaseneger
La materia hierve su cólera cerrada
Algo así como un gen
La forma de la felicidad
La mirada de Juan Prado
Las cosas suceden
Tríptico de Verónica
Sentís que te vas a morir
La muerte del abogado
En un mundo opaco
| Morán, Carlos RobertoLas cosas suceden / Carlos Roberto Morán ; coordinación general de Viviana Rosenzwit ; editor literario Patricia Severin. - 1a ed . - Santa Fe : Palabrava, 2020.Archivo Digital: descarga ISBN 978-987-4156-19-81. Antología de Cuentos. 2. Narrativa Argentina. I. Rosenzwit, Viviana, coord. II. Severin, Patricia, ed. Lit. III. Título.CDD A863 |
Las cosas suceden
Carlos Roberto Morán
Editorial Palabrava
Diagonal Maturo 786
Santa Fe
editorialpalabrava@yahoo.com.ar
www.editorialpalabrava.blogspot.com
Colección Rosa de los vientos
Directora de colección: Patricia Severín
Coeditora: Viviana Rosenzwit
Diagramación: Álvaro Dorigo y Noelia Mellit
Diseño de Colección y Tapa: Álvaro Dorigo y Noelia Mellit
Santa Fe – www.sugoilab.com
Digitalización: Proyecto451
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático.
Inscripción ley 11.723 en trámite
ISBN edición digital (ePub): 978-987-4156-19-8

Ciego a las culpas, el destino puede ser despiadado
con las mínimas distracciones.
Jorge Luis Borges, El Sur
El perfil de Morena
I
Alcancé a ver el perfil de Morena en el diario de la mañana. La cuarta foto, abajo, la de los festejos por la inauguración del hotel. La toma, aunque un tanto difusa, me permitió encontrar de nuevo a Morena, con esa actitud arrogante que por lo visto no la había abandonado veinte años más tarde.
Cuando se visita un lugar por primera vez, con cierta expectativa y ansiedad, quedan marcas que la costumbre, la rutina, no terminan de diluir. Y así, cuando mucho después se vuelve a ese sitio se recuerdan con precisión sus particularidades, digamos la grieta, el camino irregular o un árbol añoso. Lo mismo con las ciudades, lo mismo con las personas.
Porque había visitado con expectativa y ansiedad ese lugar que para mí fue Morena (poco tiempo, gran entusiasmo), la recordaba con bastante precisión a pesar de los años pasados. Y más aún porque ella, de un día para el otro desapareció. Ocurren estas cosas. Alguien, sin avisar, decide clausurar una entrada particular y ese sitio especial en concreto de pronto deja de existir.
Morena no murió, pero para mí fue prácticamente igual porque de súbito se esfumó sin dejar rastros, como suele decirse. Veinte años más tarde recuperaba su perfil en una fotografía publicada en el diario, una recepción en el hotel cinco estrellas que terminaban de inaugurar. No estuve allí, no conozco a esa gente, pero no me extrañaba que en cambio Morena hubiera participado del festejo porque era lo propio de ella. Al fin, es imposible cambiar las señas de identidad más profundas.
Podía estar equivocado porque a la memoria le gusta confundir. Quizás se tratase de otra persona. Además, la fotografía, a pesar del color no entregaba con claridad la imagen de la mujer retratada (ella aparecía en un costado, casi saliéndose de la misma imagen). Pese a todo supe que era Morena y nadie más que ella, un poco más engrosado el cuerpo, el mismo porte, un similar corte de su pelo oscuro (que, pensándolo bien, ahora debía estar teñido).
Hasta ese momento me había resignado a lo que me tocó en suerte. Hablo, es evidente, de la lotería de la vida, premios menores y más castigos que cualquier otra cosa, pero era lo que me había correspondido y lo aceptaba. Ninguna electricidad, ninguna conmoción. Me dejaba estar y no había más para decir. Hasta el momento mismo en que, al abrir el diario, volví a ver a Morena.
Lo nuestro fue breve, clandestino y, para mí, tan especial como irrepetible. Después Morena se casó con el que tenía que ser y de ella dejé de tener noticias. Alguien me habló de la designación del marido como embajador (o algo así) y otro, tiempo después, me contó que creía que Morena se había divorciado. Sus parientes, los que quedaron acá, eran escasos y ajenos a mi vida. Por ser tan extraños su ámbito y el mío, ella aceptó la relación a cambio del silencio y de la anulación de cualquier futuro compartido. De entrada puso las condiciones, es decir que Morena fue quien estableció las reglas y yo acepté porque el deseo se imponía sobre todo lo demás.
Ocurrió lo que buscaba, pero tuvo mínima duración. Ése era el acuerdo, me lo recordó Morena, sin sentimentalismos, en la despedida. No me opuse, tratando de mostrarme con una pose mundana y autosuficiente, mentirosa también porque por dentro sentía amargura y desprecio por mí mismo. Y amor.
Y de Morena no supe más.
Por haberla visto en la fotografía volvieron los recuerdos y sentí el impulso de buscarla, pero de inmediato me refrené porque, por supuesto, era una actitud irreflexiva, negada por la realidad. Porque aún en el supuesto de que fuese Morena la del diario, me resultaría una mujer totalmente desconocida, veinte años no es un día. Casi como si viviéramos en dimensiones diferentes. Me había pasado con varias personas a las que, al reencontrarlas, no reconocí.
Persistía en mí un centro duro y angustiante que reiteradamente : me hacía pensar que, si yo era así hoy, quizás se debiera a aquello que pasó. O a lo que, más bien, no pasó con Morena y me decía que, si nos viéramos, podríamos lograr algo en común, que me sacara de la nada que era mi vida.
Porque se llega tarde a todas las cosas —me decía con grandes cuotas de autoengaño y exceso de palabras— al menos que una sola cobrara consistencia. Está bien, me concedí, hay que buscar a Morena, pero ¿cómo encontrarla? La trivialidad de las fotos de sociales hace que sean efímeras. La recepción había tenido lugar varios días atrás. Internet me permitió encontrar el archivo del diario y precisar la fecha: dos semanas exactas habían pasado desde el momento en que alguien había logrado corporizar de nuevo a Morena.
¿Alguien? Lógico: el fotógrafo del diario. Había descartado la alternativa de ir al hotel para preguntar por ella. A la inauguración concurrió mucha gente y si hubiera sido un personaje central habría aparecido varias veces. Supuse entonces que estuvo ahí casi de casualidad.
Si Morena no se encontraba sola mis intentos carecerían de sentido. Aunque en realidad eran mis propósitos los que carecían de sentido, pero no lo quise admitir, de manera que persistí en ellos. Al fotógrafo, especulé, podían haberle pedido copias. Suele ocurrir, un trabajito extra que nunca viene mal.
Decidí ser parco, porque no podía decirle a ese hombre desconocido para qué exactamente quería la foto. Él por su parte no hizo preguntas, salvo que intentó venderme la serie entera de las tomadas en el hotel. Opté por comprarle varias después de una aparente selección que de nada me sirvió porque en ninguna otra vi a Morena. A quien para mí continuaba siendo Morena.
Esa noche, con la copia en mi mano, me costó dormir. ¿Era o no Morena la mujer que aparecía de manera fugaz en una sola de las tomas? El mismo corte de pelo, un vestido claro, el perfil de una cartera. El perfil de ella misma, negándose a develar su verdad.
Recordé conversaciones con Morena, nuestro primer encuentro nervioso y apurado, el segundo, más calmo, con mayor comprensión de nuestros cuerpos, y algunos más. Igual, continuaba en el mismo lugar donde había empezado y eso significaba retroceder. Me sentía peor que antes de abrir el diario y haber visto el agasajo y la foto.
Haber visto de nuevo a Morena...
Quiero decir que antes estaba resignado a mi suerte y que había desistido de cualquier acción inaudita. Pero, de súbito, todo había cambiado para mí.
Me sentía un tanto perdido, sin saber qué hacer nel mezzo del cammin. Hasta que recordé al desagradable de Alfredo, el primo de Morena que continuaba viviendo en la ciudad. Para mí Alfredo era un incordio, abogado con estudio ubicado en el casco histórico, al sur, con secretarias de vidriera, auto flamante, viajes por el mundo, una vida de esas que brillan y que por brillar cuestan mucho porque hay que bruñirlas todo el tiempo. En el pasado cuando nos encontrábamos poco y nada nos decíamos porque, pensaba yo, él desconocía mi relación con Morena. Después dejamos de vernos.
Fue un viernes a la tarde, el otoño daba marco, un decrecimiento de las pasiones como suelen traer los atardeceres. Una ligera congoja, también. Toqué el portero eléctrico, antes de hacerme pasar debí identificarme, pedí por el doctor Martínez Prieto y tuve que esperar largo rato en un no demasiado mullido sillón. Silencio de sala de velatorios.
Llevaba la foto en un bolsillo. Quedé sorprendido al saber que el abogado me recordaba más de lo que hubiera imaginado. Me sentía imprecisamente mal, como si estuviera incubando una enfermedad. El despacho de Alfredo era pulcro y amplio, pero desde que ingresé en él sentí la opresión, como si el aire del lugar no fuera suficiente. No sabía de qué manera plantearle las cosas.
Sin embargo, él mismo abrió el fuego, volviéndome a sorprender: Supongo que viene por Morena.
¿Cómo lo supo? No le había mostrado ni hablado de la foto. Mi mirada debe haber dicho lo que no pude responder en palabras. Hizo un gesto con la mano, como si con ella quisiera barrer el presente.
Primos y confidentes, me aclaró. Ahora podía decírmelo: me había odiado. Sí, era un sentimiento excesivo y al mismo tiempo exacto. No sabe cuánto debí insistir, meterme, obligarla, para que se olvidara de usted, confesó. De ese modo vine a saber, tantos años después, cuando todo es imposible, que hubo mucho más que atracción física, que la irracional Morena (así la llamó) había llegado a amarme.
Quiero verla, dije, con una voz perentoria que no me reconocía.
Alfredo me miró con visible desconcierto, como si solo en ese momento yo terminara de llegar.
II
Desde aquí, desde este mismo lugar y a pocos pasos de donde me encuentro. Café y nada más porque acá no hay piedad para los pobres.
Allí, en ese mismo sofá, quince días atrás, carterita en la mano, pelo recién salido de la peluquería, una ropa que, debí haberme dado cuenta, ya no se usa: Morena.
Llamé varias veces a Alfredo por teléfono, pero en los últimos días no concurrió a su estudio. Al parecer no se encontraba bien.
Hay un silencio casi untuoso en este lugar excedido en sus luces y maderas relucientes, en la discreción de los mozos que apenas si se hacen sentir. A tres o cuatro metros de donde estoy sentado apareció en la foto apenas de refilón, un rostro que no dice nada, que no expresa nada.
Esa mujer persiste en la fotografía, pero sin nitidez, como ave de paso. No parece mirar a nada ni a nadie. ¿Se dirigía a mí, a Alfredo, a quién?
Blanca y aún sin manchas, resplandeciente a la luz del sol.
El mozo me observa a la distancia, atento por si lo llamo, pero evito hacerlo porque este es el mundo de los ricos, extraño para mí.
Quince días atrás el hotel fue inaugurado y aún persisten los detalles del festejo, una especie de olor a nuevo en todo, tan reluciente.
Un festejo. Tuvimos muchos invitados, me ha dicho el conserje quien no reconoce en la foto a la señora que apenas se ve. No la recuerdo, lo siento. Su discreción no le permite preguntar dónde obtuve la fotografía, tampoco por qué estoy allí, pero sus ojitos no me han perdido de vista desde que me instalé en el bar desde el que observo el lugar específico, a no más de tres metros, donde Morena estuvo. O pudo haber estado.
¿Qué quiere decir?, preguntó Alfredo con extrañeza y agregó un gesto que interpreté (mal) como de fastidio, aunque se trataba de otra cosa.
No le había mostrado la foto. Se la alcancé. Pálido, la miró largo rato.
¿Cuándo la sacaron?, preguntó, con voz cambiada.
Le conté lo de la fiesta, la inauguración del hotel, la publicación en el diario.
No, dijo por fin. Lamentablemente no es, no pudo haber sido Morena. No pudo haber sido…
Me dio explicaciones que me perturbaron y que, de verdad, no quise seguir escuchando. Me mostró algunos recortes. Necrológicas.
Cuando salí a la tarde otoñal estaba apenado y confundido, llevaba conmigo la foto del diario. La inútil foto. También me acompañaba la impresión de haber conocido a otro hombre, a un Alfredo cargado de dolor y de extrema sensibilidad.
Tomo el café. Blanca y aún sin manchas. No conoceré nunca esa lápida del cementerio de Mendoza, pero la imagino con nitidez, con esa nitidez nacida de las palabras dolidas de Alfredo.
Porque Morena murió, lejana, ajena, envejecida, en Mendoza, sola, el mismo día en que inauguraron el hotel. La misma noche en la que una mujer tan parecida a ella decidió inmortalizarse en una foto del común.
Alfredo me aseguró que no era Morena, pero su voz develaba inseguridad. No obstante, me devolvió la foto y me invitó a olvidar.
No sé para qué me encuentro acá, para qué este acto inútil. Morena, ella, tan vivaz, tan cargada de humor y simpatía, irónica, mordaz. La siento en este lugar, entre las paredes y la boisserie, las luces, los ascensores vidriados.
Alfredo ingresa al hotel, desconcertado como yo. Queda en un rincón observando lo mismo que yo, eso que busco y que me devolvería mi entidad.
Esa figura que veo o creo o quiero ver: el perfil de Morena.
Golpes en la puerta
A Mario Cuello, i.m.
Ya es abril, las hojas del otoño cubren el bosque como una densa alfombra mientras que, en la Rambla (el recuerdo nítido de la locura de Piria), los obreros, muy arriba, dan las puntadas finales al gran edificio de departamentos, presencia de lo nuevo y gigantesco que le sigue cambiando la cara, irremediablemente, a esta ciudad en la que me limito a permanecer.
He debido quedarme más allá de la temporada, de lo previsto en mi plan inicial de sol, playa, baile, fichas perdidas en el casino, alguna mujer relativamente fácil, y fácilmente olvidable. No ha sido una actitud premeditada sino, y al principio, la consecuencia de una inesperada racha favorable en el casino y, agrego y acepto, por Luisa, que me invitó a su casa para festejar el fin de año y que hasta me hizo brindar en su zapato a la hora de los fuegos artificiales.
Aunque la verdad es que no me he quedado por el casino ni por la mujer. Llamé a mi ciudad a comienzos de febrero y Jorge —que es de fiar— me habló de los cheques. No volvás por un tiempo —aconsejó—, ya te avisaré cuando despeje. Prometió girarme plata, lo que por suerte hizo y entonces pude dejar el hotelito e instalarme en la casita del bosque, a siete cuadras de la playa y frente a la provisión de la mujer que me inquieta porque me recibe con un caluroso adiós cada vez que entro a comprarle.
De pronto con Luisa no ocurrió nada más pese a que la busqué. Me pasó con ella lo mismo que con el casino y con mi demorada vuelta a casa: perdí la mano, resultó el final de la racha favorable. En realidad, el final del brillante espectáculo.
Cuando se fue el tropel de turistas y no quedaron ni las migas de los pobres (acá no tan pobres) jubilados, me mudé al bosque y en tanto Jorge, con una constancia que me llegó a sorprender, que —admito— yo no hubiera tenido con él, giró dinero al banco Pan de Azúcar, deuda que se acumula y que trataré de cancelar cuando la situación se arregle.
Si es que se arregla.
Por el momento estoy decidido a quedarme aquí y dejar que el tiempo pase sin ningún tipo de compromiso ni arriesgarme en nada. La casa es estrecha, de tanto en tanto la limpio sacando por arriba la acumulación de arena, tierra y hojitas y los papeles y los plásticos que voy tirando casi sin darme cuenta. Por lo demás, mate, cigarrillos, bife o asado, o queso y fiambre, diarios comprados en la Rambla que leo sin demasiado interés, todo muy previsible. Y ninguna mujer. Por el momento no me interesa, aunque es cierto que a veces la soledad se hace sentir como una tijera que corta el aire alrededor de uno.
Voy poco por la Rambla y, como debo economizar, me he prohibido la vuelta al casino, aunque muchas veces debo pelearle a la tentación.
La soledad parece aumentar en la noche, demora el sueño cuando escucho ruidos diversos que hacen sentir más delgadas a las paredes y eso permite que las voces ajenas lleguen hasta mí, como si me buscaran, como si me provocaran, aunque en sustancia nada me terminan diciendo.
He tenido un sueño pesado. En él aparecieron parientes muertos y yo me sentía muy intranquilo, en falta. En el sueño tenía mi actual edad. En cambio, y ante los ojos ajenos, era un chico que creaba problemas. Desperté cuando discutía con el tío, bajito e irritable, que a gritos me llamaba por un nombre distinto al mío.
Esta noche ha golpeado la puerta de calle un tipo confundido. ¡Gutiérrez!, me dijo enojado cuando abrí, como si estuviera representando una obrita barata. Perdone, se ha equivocado. ¿Con qué me viene, Gutiérrez? Este es un loco, pensé. Aquí alquilo señor, no sé quién es Gutiérrez. Le cerré la puerta en la cara.
Pero antes de irse alcanzó a decirme, muy enojado: Usted no puede actuar así, mire que Natalia..., y la voz se le cortó, como si no hubiera podido seguir hablando. Lo vi marcharse espiándolo por la ventana, flaco, ligeramente rengo, muy abrigado. Subió a un escarabajo Volkswagen que le dio trabajo al arrancar. Felizmente se perdió camino a la Rambla.
Hago asado con leña porque aquí, me dijo la mujer de la provisión, es muy malo el carbón. Tan cercano y tan lejos de todo lo conocido, en las pequeñas cosas se ven las diferencias. De a poco, leyendo los diarios, escuchando la radio, voy entendiendo lo que pasa en el paisito y en cambio las noticias de enfrente van desdibujándose. A mi modo estoy repitiendo la vida de los exiliados quienes, sin dejar de sentirse condicionados por lo que han vivido, deben por fuerza cobrar una nueva identidad e incorporar usos y costumbres ajenos.
El tipo no ha vuelto. No conozco a ningún Gutiérrez y mi apellido no es español sino italiano, entiendo que viene de Irlanda. ¿Qué me estoy diciendo? Parezco buscar argumentos para convencer a ese loco.
Nada de lo que ocurre aquí tiene que ver conmigo. Vivo mi soledad, aprendo a comer pescado de mar y mantengo mis rarezas particulares porque es difícil cambiar a mi edad. ¿Gutiérrez? El flaquito, con sus canas y sus bigotes, me obliga a pensar en él y no me permite dormir tranquilo.
Como lo sospechaba, el tipo volvió: Gutiérrez, usted debe escucharme. Esta vez le cerré la puerta con cierta violencia y pese a que la golpeó en forma insistente y a que permaneció largo tiempo parado frente a la casita (lo espié por la ventana), llamando la atención de la dueña de la provisión, no lo atendí. Por fin abandonó el intento y subió al escarabajo sin dejar de mirar a la casa, como si aguardara algún cambio en mí. Algo que, por supuesto, no ocurrió.
¿Por qué me asedia, a qué se debe su error, qué busca de ese Gutiérrez con quien, evidentemente, me confunde? No tengo respuesta. Pongo a todo volumen la radio del Sodre, después me corro a la Clarín donde —infaltable— me espera Gardel. El botija me trae El País. Leo a medias el suplemento cultural, me trae noticias de un antiguo fervor que, como tantas otras cosas, hace tiempo perdí.
He ido aprendiendo nuevas maneras de nombrar a las cosas. Digo grifo por canilla, caldera por pava, churrasco por bife, palillos por broches. La yerba llega de Brasil refinada y sin palos como a mí no me gusta. Los libros y los diarios son más caros que en la otra orilla. Pocos parecen saber quiénes fueron Quiroga o Felisberto, lo único que se lee por aquí es a Benedetti y su poesía de póster.
Hay un cine, voy de tanto en tanto y ninguna película nueva me llega a interesar. Leo y en general me aburro. Nada importante pasa y esta espera me empieza a cansar.
Otra vez llueve, el mar debe estar enfurecido.
Serían las cinco, o un poco menos de las seis, todavía estaba oscuro, cuando me despabiló el motor de un auto que se detuvo frente a la casita. Demasiado temprano para ser un proveedor o un vecino. Por acá ya casi no quedan turistas y los montevideanos vienen sólo los fines de semana. Con tanta bambolla que hizo no sería un ladrón. Igual, lamenté no tener conmigo un arma. Espié por la ventana: clavado, el viejo.
Quedó parado ante la puerta sin decidirse a llamar, como si temiera encontrarse conmigo o verme enojado. Como si no supiera qué decirme. Nadie golpea en casas ajenas en plena madrugada si no es por razones urgentes, salvo que se trate de un asunto siniestro. De cualquier manera, no me preocupé porque el tipo con su físico no asustaba a nadie. Daba lástima, parecía enfermo.
Hasta que en un momento dado se decidió. Sacó papel y lápiz y escribió iluminándose con el farol de la esquina. Deslizó el papel bajo la puerta y casi corriendo volvió al coche. Otra vez el autito le dio trabajo, pero finalmente se marchó por la calle que lleva a la Rambla.
Esperé un rato por si regresaba. Como eso no ocurrió, prendí las luces y levanté el papelito. Gutiérrez —decía— llámela a Natalia. Añadía un número de Montevideo y remataba la misiva con un urgente escrito con mayúsculas y subrayado.
Era probable que esa Natalia (¿Natalia había dicho la primera vez?) y él mismo vivieran en Montevideo. Eso me explicaba por qué el tipo se aparecía sólo de tanto en tanto o por qué, siendo pocos los que estamos aquí, no lo vi en la Rambla o comprando en algún supermercado. Lo concreto era que el viejo hacía el viaje desde Montevideo para buscar a Gutiérrez. Supuse que ese Gutiérrez habría vivido en la casita.
Cuando abrió la provisión crucé para consultar a la dueña sobre el probable Gutiérrez. La mujer no pareció entender bien el sentido de mi pregunta, vienen tantos turistas, contestó ambiguamente mirándome con fijeza. Y esa fue toda su respuesta.
Busqué al taxista dueño de la casa alquilada para preguntarle en igual sentido (yo pagaba el alquiler a una inmobiliaria), pero no lo encontré en la parada. Se fue a trabajar a Punta porque aquí no pasa nada, me dijo uno de sus colegas que tomaba una Pilsen.
El viejo, el mensaje… nada de eso me concernía. Me cuidé bien de llamar al teléfono montevideano.
Suena el timbre de la casa. Sin ánimo, consciente de que del otro lado está el viejo, me resisto a atender. ¿Qué puedo decirle para convencerlo de su equivocación? Pese a todo, abro la puerta. Ahí está: cabello canoso, bigotes, manchas en los pequeños dientes.
Gutiérrez —me dice— no vengo por mí, usted lo sabe bien, Natalia lo necesita, están las cuentas, está Tapia. Casi solloza al hablar. No sé qué responderle.
Ahora, mientras me acompaño con el mate, repaso lo ocurrido por la tarde. No soy Gutiérrez, convénzase, intenté explicarle al viejo, no soy el Gutiérrez que busca. Le hablaba como si fuera una criatura a la que se le deben repetir las cosas. Sin darme cuenta elevé la voz. No tiene necesidad de gritarme, Gutiérrez. Lo importante es que vaya a la pensión de la 18 de Julio, aclare las cosas con Tapia y pague esas deudas que la tienen enferma.
Sin duda era un loco, únicamente atento a sus obsesiones. El tipo temblaba. Ahora saca un fierro y me deja frito. Debí haberlo denunciado a la policía. No lo hice, no me llevo bien con los tiras, desconfío de ellos y ellos suelen desconfiar de mí. Por eso y en cambio, me obligué a soportar su parloteo.
Me llamaba Gutiérrez todo el tiempo, siempre por el apellido. Hablaba de esa Natalia, de las cuentas, de la niña, de Tapia, otra vez de la pensión de la 18 de Julio, como si se hubiera subido a una calesita y no pudiera bajarse. Al parecer Gutiérrez abandonó a la mujer, a la hija, al empleo en teléfonos (en la Antel).
Se fue de repente —me dijo el viejo con tono de reproche— tirándolo todo. Eso no es de hombre. El cuerpo le tembló todavía más. Tosió. Unas lágrimas le surcaron la cara.
Gutiérrez, estoy viejo para estas cosas, no me obligue a volver. Pensé en hablarle con todo cuidado, aclarándole, si podía, su confusión. Pensé también en volverme a mi país para alejarme del tipo y sus historias, pero fue un pensamiento que no duró porque sabía que era imposible hacerlo: la cuestión de los cheques continuaba, me seguían buscando, como me contó Jorge al llamarlo esa tarde. El futuro para mí era una incógnita, no soy hombre de grandes planes, simplemente voy tomando lo que se me da.
No —me escuché decir—, no tendrá que volver. Solucionaré todo. La llamaré a Nativida... Natalia esta misma noche.
Gutiérrez, no me falle, dijo el viejo emocionado y sin agregar palabra subió a su Volkswagen.
Miré por largo rato el número escrito en el papel. Fui a la oficina de Antel, a una cuadra de la Rambla. Sin turistas la oficina era un verdadero bostezo, la cara misma del desierto. Pensaba en llamar a la tal Natalia y explicarme, hablarle del viejo, pedirle que le obligara a no volver más. Me veía diciéndole deberá cuidar a su padre, como entendí que lo era, anda muy confundido. Yo, que no sé qué hacer ni con mis cosas ni conmigo, intentaría aconsejarla.
El teléfono de Montevideo sonó largo rato, pero nadie atendió. A mí me tocan todas, me dije al salir de la cabina.
Hasta hoy el viejo no ha vuelto. Debe ser porque se cansó o porque confía en que cumpla con mi palabra, haciendo la llamada telefónica o volviendo a Montevideo. O podría deberse a la persistente lluvia que ha empezado a caer, con viento, con frío, que pone, si cabe, más triste y abandonada a esta ciudad que sólo brilla en el verano (y no todos los días). El hotel que da sobre la Rambla me resulta un castillo en el que pueden vivir los muertos. Y peor me impresiona la construcción aún no terminada que enfrenta al mar (al gran río, que por costumbre todos aquí llaman, llamamos, mar).
Esta vez se ha presentado la misma Natalia.
Golpeó con insistencia la puerta de calle (no hay timbre). Gutiérrez —dijo en voz alta— abrime, soy Natalia. La espié por la ventana del dormitorio: alta, pelo largo, morocha, ropa de abrigo casi masculina. La lluvia la mojaba y la hacía parecer enojada.
Natalia al fin y después de todo. Bien, era la concreta posibilidad de aclarar las cosas y que desaparecieran los malentendidos.
Le abrí.
Gutiérrez —me dijo después de darme con familiaridad un rápido beso cerca de la boca, olía bien— como sabés no lo estoy haciendo tanto por mí, está la niña, están las cuentas, está Tapia. Se sacó el tapado (tiene buen cuerpo, me sentí atraído por esa mujer), pasó a la cocina, con naturalidad, como si conociera la casa, buscó los fósforos, prendió un cigarrillo y después una hornalla. Me voy a hacer un té, dijo. Me lo comentó, no estaba pidiéndome permiso.
El equívoco duraba mucho y toda la historia terminaba siendo excesiva. Si se trataba de una trampa no lo estaban haciendo bien, pero, en todo caso, ¿qué podían sacarme? Recordé una película en la que a un tipo le pasan muchas cosas extrañas, llegaba a volverse casi loco, hasta pensar en el suicidio. Un segundo antes de hacerlo le aclaraban el misterio: había sido elegido protagonista de un programa de televisión, cámara sorpresa. En una de esas me habían preparado algo semejante.
Quizás el viejo estuviera perdido, pero yo a Natalia, a la que se hacía llamar Natalia, observándola (esperaba sus reacciones, antes que nada), la veía actuar de manera normal, cómoda en la casa, una mujer del común haciendo sus cosas sin complicaciones ni incoherencias.
Por supuesto que le desconfiaba y aguardaba a que hiciera su movimiento en falso porque en algún lugar empezaría a equivocarse, a revelar su juego y a mí, pensaba, me bastaría el menor detalle para darme cuenta.
La mujer, ahora, me llama Jaime (yo, Gutiérrez, me llamo Jaime, me dije, y eso me produjo una cierta tranquilidad, como si todo se hubiera colocado en su lugar). Jaime, la niña está mal de nuevo, debí vender la pulsera, Tapia me ofreció más, no le llevé el apunte. No te enojes ¿tá? Asiento como quien concede. Me he colocado cerca de ella, deliberadamente. Si saca un arma (pienso que esta mujer puede llegar a hacer cualquier cosa, da la sensación de ser impredecible), acaso pueda impedir que dispare. A mi lado puse una silla para defenderme.
Nada ocurre.
Ella ha continuado hablando de Yolanda, la niña. Que la escuela, que la enfermedad, que los remedios. Y sigue llamándome Jaime. Se muestra cómoda, confiada. Se ha servido el té (buscó el pocillo en el aparador, encontró la cucharita en el cajón, el té y el azúcar en la alacena, nada me ha pedido). La observo y en verdad la admiro y la deseo, confieso que la casa tiene un cambio, un aire distinto que Natalia le ha dado. La casa parece acomodarse a su cuerpo.
Tapia sigue molestando, tú sabés como es. Me lo cuenta sin énfasis, como quien se limita a informar. De pronto me siento fastidiado. Interrumpo sus palabras: No sé qué quieren, qué buscan. No soy de acá. Le muestro mis documentos que ella mira por arriba, sin alterarse.
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