Buch lesen: "Conocerán la verdad"
Sinopsis y recomendaciones
“Conocerán la verdad”
dijo Jesús
“y la verdad los hará libres”
Muchos cristianos ya han comenzado a conocer a Dios y su verdad. Este manual nos ayudará a crecer en ese conocimiento liberador, ya que presenta los grandes temas de la Palabra de Dios y nos muestra cómo estos se complementan entre sí.
Cada capítulo examina un aspecto de la verdad bíblica, ofrece una lista de textos bíblicos pertinentes, propone preguntas para la reflexión y libros para la lectura adicional. Sugiere igualmente formas prácticas de aplicación que nos invitan a adorar al Dios vivo.
Además de actualizar la bibliografía, esta edición revisada, responde al desarrollo reciente del pensamiento secular cristiano. Esto garantiza que Conocerán la verdad seguirá siendo una excelente introducción a la doctrina cristiana.
“Es un privilegio recomendar un compendio tan inteligente, claro y provechoso de la fe cristiana básica”.
J. I. Packer
“Es una excelente guía para la comprensión de la doctrina cristiana… Milne no nos guía por un museo de verdades disecadas, sino mas bien por un jardín”.
Samuel Escobar

Conocerán la verdad
Un manual para la fe cristiana
Bruce Milne
Título original en inglés: Know the Truth
© 2005 Inter Varsity Press
38 De Montfort Street, Leicester LE1 7GP, England
© 2008 Centro de Investigaciones y Publicaciones (cenip) – Ediciones Puma
Primera edición digital, enero 2021
Categoría: Teología - Doctrina
ISBN N° 978-612-4252-88-4 | Edición digital
ISBN N° 978-9972-701-47-4 | Edición impresa
Editado por:
© 2021 Centro de Investigaciones y Publicaciones (cenip) – Ediciones Puma
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Ediciones Puma es un programa del Centro de Investigaciones y Publicaciones (cenip)
Traductor: Elma Flores
Diseño de carátula: Adilson Proc
Diagramación y ePub: Hansel J. Huaynate Ventocilla
Reservados todos los derechos
All rights reserved
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Las citas bíblicas corresponden a la Nueva Versión Internacional (nvi)
ISBN N° 978-612-4252-88-4
Prólogo
Poseídos de un sentido de misión y de urgencia, los evangelizadores avanzan por los caminos de nuestra América. No hay tiempo para teorizar ni para lo académico, “pronto la noche viene”. ¿No será acaso pérdida de tiempo ponerse a estudiar sistemáticamente la doctrina cristiana? Al fin y al cabo poca cosa hace falta saber para llevar seres humanos a los pies de Jesucristo. ¿No es acaso Juan 3.16 una síntesis completa del Evangelio? Entiendo perfectamente la fuerza de este tipo de argumento, pero no lo comparto. También Jesús y Pablo estaban poseídos de un santo sentido de urgencia y, sin embargo, emplearon buena parte de su ministerio en la enseñanza sistemática de la verdad. Si nos fijamos bien, las Epístolas son exposiciones cuidadosas y ordenadas de la doctrina cristiana, que proveen fundamento al discipulado. Y los Evangelios nos brindan en forma narrativa la base de lo que las Epístolas explican: el hecho fundamental de Jesucristo. No se avanza muy lejos en el camino del Señor si no se comprende la riqueza de la doctrina cristiana.
Cuando empecé mi tarea de evangelista y maestro, allá por los años sesenta, me encontré muchas veces con amigos ecuménicos que me decían: “La acción une, pero la doctrina separa”. Le restaban importancia a la comprensión de la verdad cristiana en nombre de un activismo, para el cual hoy se usa la palabra praxis. Pronto descubrí que estos amigos tenían siempre un programa de acción que imponían a sus colaboradores, el cual era expresión de una manera particular de entender la verdad cristiana. Fue la comprensión de la verdad lo que me ayudó a forjar una práctica evangélica que no fuese la de ser “tonto útil”. En la década siguiente hizo explosión la ola del espiritualismo y se escuchó la frase: “La experiencia espiritual une, la doctrina separa”. Percibí luego que aquí también había una falacia, porque tarde o temprano hace falta discernimiento para distinguir los espíritus, y eso sólo puede venir de la verdad revelada, comprendida y aplicada. Lo dijo Pablo con claridad cristalina: [...] sigue el ejemplo de la sana doctrina que de mí aprendiste. Con el poder del Espíritu Santo que vive en nosotros, cuida la preciosa enseñanza que se te ha confiado (2Ti 1.13–14).
El libro de Milne que aquí presentamos es una excelente guía para la comprensión de la doctrina cristiana. No sólo se trata de una sistematización de las grandes verdades bíblicas, sino que nos ofrece un resumen histórico de cómo esas verdades han sido comprendidas y expresadas por los grandes teólogos del pasado, y llega a la manera en que esas mismas verdades responden a las grandes preguntas del presente. Pero Milne no nos guía por un museo de verdades disecadas, sino más bien por un jardín. Nos provee una lista de pasajes bíblicos apropiados y preguntas clave que nos ayudan en nuestro propio diálogo actual con la palabra del texto bíblico que el Espíritu vivifica. El estudiante acostumbrado a una metodología de estudio personal y discusión en grupo, encontrará que la metodología de Milne le permite apropiarse de la herencia del pasado, y también realizar su propia tarea de contextualización, respondiendo a las preguntas y demandas de su situación particular.
Me hubiese gustado disponer de este libro cuando me iniciaba en mi propio ministerio, aunque otras herramientas parecidas me ayudaron en la tarea. Quiera el Señor que los miles de estudiosos que han de recorrer sus páginas se sientan desafiados a profundizar más en el estudio sistemático de la verdad y algunos produzcan un día un manual similar, forjado en la fragua de la vida latinoamericana.
Samuel Escobar
Profesor del Seminario Teológico de la
Unión Evangélica Bautista de Madrid, España
Valencia, Enero de 2008
Prólogo
El capellán solía invitar a sus paseos pastorales a los estudiantes que asistían a la capilla; así fue cómo me encontré caminando a su lado aquella cruda tarde de mi primer año. Me instaba a que cursara teología, la asignatura que él mismo dictaba, como complemento de la licenciatura en estudios clásicos en la que me había embarcado. Le expliqué que prefería no hacerlo, pues la teología era peligrosa para el alma. “¡Tonterías! —exclamó, con lo que debe haber sido el bufido más fuerte de la historia—. ¡La teología es la reina de las ciencias!”. Luego se quedó callado, y yo hice otro tanto. Con esto terminamos nuestro paseo. Lo creía poco ilustrado. No hay apuntes de lo que él pensó de mí; pero tenía todas las razones para sentirse disgustado. Él estaba en lo cierto, y conocía lo suficiente como para saber que se hallaba en lo cierto, y yo estaba todo lo equivocado que puede estar un ignorante porfiado de 18 años. A lo largo de mi vida he cometido muchas “metidas de pata”, pero ninguna tan torpe y descortés como la de aquella tarde.
¿Por qué dije semejante tontería? La espantosa verdad es que, como cristiano de apenas seis semanas solamente, me encontraba repitiendo mecánicamente lo que había oído en el Grupo Estudiantil Cristiano que me nutría. Sin duda había alguna justificación para esas oscuras sospechas. Durante los años de la guerra, la teología de las afamadas universidades de Oxford y Cambridge no se hallaba en sus mejores tiempos, y lamentablemente la experiencia muestra que la mala teología infecta el corazón con ideas falsas e incredulidad, los equivalentes espirituales de la esclerosis múltiple. Muchos que iban bien han ido quedando progresivamente paralíticos por ingerir mala teología, y ese peligro todavía existe. Además, la pericia teológica puede alimentar el orgullo intelectual, convirtiéndolo a uno en una persona que se interesa más en conocer nociones verdaderas en lugar de al Dios verdadero, y eso también es desastroso. Pero esto únicamente muestra cómo se puede arruinar una cosa buena. La corrupción de lo mejor es la peor corrupción; sin embargo, el mal uso no impide el buen uso. Hago constar con gratitud que por la gracia de Dios, a su debido tiempo comprobé que había estado hablando tonterías, y tras los estudios clásicos acabé cursando teología; una decisión de la cual nunca me he arrepentido, y que no dudaría en recomendar a cualquiera.
Se ha dicho que el hábito del estudio personal de la Biblia hace innecesaria la teología. Pero, al no estudiar ésta, en realidad uno se perjudica como estudiante de la Biblia, ya que la teología (es decir, una comprensión completa de la enseñanza bíblica), enriquece enormemente el estudio bíblico. ¿Cómo? Permitiéndonos ver más de lo que aparece en cada pasaje. Así como el efecto de saber botánica es que uno percibe más flora y fauna en una caminata campestre, y el efecto de saber electrónica es que se vea más de lo que se tiene a la vista cuando se desarma el televisor, así el efecto de saber teología es que, en iguales circunstancias, uno ve más adentro en el significado y la trascendencia de los pasajes bíblicos de lo que podría ver sin ese conocimiento. El contexto definitivo de cada frase escritural es toda la Biblia, con lo que me refiero no sólo a los sesenta y seis libros, sino también a la enseñanza bíblica; y cuanto mejor conocemos las Escrituras en ese doble sentido, más a fondo vemos lo que implican los textos particulares.
Es una verdad reconocida que la buena teología nace como consecuencia del estudio bíblico, y siempre se debe enseñar con referencia a su base bíblica. Menos conocido, pero no menos verdadero, es lo opuesto: que el estudio bíblico recibe información de la teología. Este es el caso también del testimonio cristiano, que en la Biblia significa no solamente relatar una experiencia, aunque la práctica es excelente, sino principalmente proclamar al Creador como Redentor, y a Jesucristo como Salvador resucitado. Lo que debemos decir acerca de Dios y su Hijo proviene de la Biblia, pero el estudio teológico nos permitirá verlo y, por tanto, expresarlo con más claridad de lo que sería posible de otra manera.
Aquí también tiene importancia la teología histórica, ya que aprender de los santos del pasado (y con ellos también) es una dimensión de la comunión en el cuerpo de Cristo, y los grandes estudiosos bíblicos de ayer (Agustín, Lutero, Calvino, Juan Owen, Jonatan Edwards y otros) a menudo tienen una visión más rica de los temas clave que sus equivalentes actuales. Y, como acertadamente se ha afirmado, ya que se halla más allá de la capacidad del hombre inventar una nueva herejía, es de gran ayuda conocer las antiguas, para poder detectarlas cuando reaparecen con un maquillaje moderno.
¿Qué libros de teología nos serán más útiles en estos asuntos? Durante años he obtenido ayuda de la Institución de la religión cristiana, de Calvino (1559), el cual desde su segunda edición en adelante estuvo adaptado explícitamente para ayudar a los estudiantes y profesores de la Biblia a vivir y testificar para Dios. Esta aún sigue siendo una obra en forma maravillosa para aquellos que pueden sacarle provecho, pero no se puede negar que no todos los cerebros cristianos pueden asimilar tantísima materia. En cambio, el libro del doctor Milne, en menor escala, difícilmente podría ser mejorado para cumplir ese propósito.
Le deseo larga vida y mucha salida; merece ambas cosas. En relación con Conocerán la verdad, las palabras toma y lee que Agustín oyó por sobre la tapia del jardín y que lo condujeron a un encuentro salvador con la Biblia, son mis palabras para los estudiantes serios. Pruébenlo; les gustará, será de gran provecho. Es un privilegio recomendar un compendio tan inteligente, claro y provechoso de la fe cristiana básica.
J. I. Packer
profesor de teología en el regent college
en vancouver, canadá
Prefacio a la primera edición en inglés
Sería imposible enumerar a todos los que han tenido alguna participación en la preparación de este libro: mis padres, quienes por enseñanza y ejemplo fueron los primeros en señalarme la verdad de Dios; los miembros de mi anterior congregación en Escocia y las iglesias donde he tenido oportunidad de ministrar en este país y en el exterior; los muchos estudiantes a quienes he tenido el privilegio de enseñar en este seminario durante años, así como también los miembros de mis clases en el Departamento de Extensión de la Universidad de Londres; mis amigos y colegas del cuerpo docente del Spurgeon College, y en particular todos aquellos que leyeron el manuscrito en alguna etapa de su producción y ofrecieron comentarios y críticas valiosas. Ninguno de ellos, desde luego, es responsable de las ideas expresadas en este texto, que en definitiva son mías, aunque espero que no sólo mías. También debo mi agradecimiento a Kingsway Publications por el permiso para incluir en la Parte 7 material que aparece en forma más completa en What the Bible Says About the End of the World (Lo que dice la Biblia sobre el fin del mundo), mi contribución a su programa de enseñanza bíblica. Finalmente, quiero rendir homenaje especial a mi esposa, quien además de estimularme a través de las diversas etapas de la obra, mecanografió dos borradores completos del manuscrito, uno de los cuales fue considerablemente más largo que su forma final.
Es mi fervorosa oración que el Dios Omnipotente se complazca en usar estas páginas para revelar más de la grandeza y el poder de su verdad como se ha dado a conocer en las Sagradas Escrituras, y en consecuencia que Él, nuestro bendito y glorioso Señor, sea ensalzado. A Él sea la gloria por siempre.
Bruce Milne
Spurgeon College
Londres, Inglaterra
Prefacio a la nueva edición
Es un placer escribir unas líneas al salir a circulación esta edición revisada de Conocerán la Verdad. Durante los años transcurridos desde su primera aparición en 1982, en la medida en que he viajado a muchas partes del mundo, ha sido enormemente gratificante encontrar que líderes cristianos y estudiantes se me han acercado y manifestado que han encontrado ayuda a través de sus páginas.
Estos años han visto cambios significativos en la comunidad cristiana, y han traído al mundo en general al borde de un nuevo milenio. Esta revisión es un intento de reflexionar acerca de una pequeña parte de ese cambio de contexto.
Para mí, el lapso que va desde su primera publicación hasta ahora, lo he pasado mayormente ejerciendo liderazgo y exponiendo las Escrituras a una comunidad tremendamente cariñosa y enormemente diversa en el corazón de una bella, pero profundamente secularizada, sociedad norteamericana. Las experiencias de estos años han servido precisamente para aumentar mis convicciones en cuanto a la verdad y relevancia de las cosas que Conocerán la verdad busca expresar. Que el Espíritu Santo se complazca en utilizar esta nueva edición aún más para la gloria de Dios.
Bruce Milne
Introducción
“Claro que no soy teólogo”. Cuántas veces he oído ese comentario a través de los años, con frecuencia en boca de aquellos que deberían saber que no se debe decir nada semejante. Generalmente, se supone que pensar seriamente acerca de la fe cristiana y tratar de expresar esa fe en forma organizada es totalmente diferente del cristianismo real, el cual se relaciona con lo práctico: nuestro andar con el Señor, predicar el evangelio y todo lo demás. Aunque los teólogos pueden tener su lugar, el estudio serio de la doctrina es considerado como algo por el cual los cristianos comunes no deben preocuparse, y se piensa que en realidad podría estorbar su vida cristiana si lo toman demasiado en serio.
Este espíritu antidoctrinal del presente está muy lejos del instinto cristiano de los primeros tiempos y se halla profundamente arraigado en la cultura occidental contemporánea. Frente a los tremendos retos y oportunidades a que se enfrenta la iglesia en los albores del siglo xxi, este abandono de la doctrina es, a mi juicio, nada menos que una receta para el desastre.
¿Por qué, pues, es tan vital el estudio de la doctrina?
Primero, la realidad es que todo cristiano es un teólogo. Teología significa literalmente ciencia que trata de Dios, o en forma más completa, toda palabra y toda ciencia que resultan del conocimiento de Dios (cf. 1Co 1.5). En virtud de haber nacido de nuevo, hemos comenzado a conocer a Dios y, en consecuencia, tenemos cierta comprensión de su naturaleza y sus acciones. Es decir, todos somos teólogos en cierta manera aunque no nos hayamos sentado a pensarlo. De manera que, bien entendida, la teología no es para unos pocos intelectuales religiosos con aptitud para el debate abstracto: es asunto de todo el mundo. Una vez que captamos esto, nuestra tarea es llegar a ser los mejores teólogos que podamos para la gloria de Dios, ya que nuestra comprensión de Él y de sus caminos se clarifica y profundiza al estudiar el libro que nos ha dado precisamente para ese propósito: la Biblia (2Ti 3.16). Este manual se ha escrito con el sencillo propósito de ayudarlo en ese empeño.
En segundo lugar, lograr entender bien la doctrina es la clave para comprender bien todo lo demás. Si queremos saber quién es Dios, quiénes somos nosotros, y qué espera Él de nosotros, debemos estudiar las Escrituras, es decir, su enseñanza como un todo, y ello implica la doctrina. Esto tiene vigencia para cada esfera de la vida cristiana: la adoración (Jn 4.23), el testimonio (Hch 17.11), el discipulado (Jn 8.31s), las relaciones cristianas (1Co 12.12), el trabajo diario (Ef 6.5–9); en cualquier esfera, el vivir correctamente comienza con el pensar correctamente. Los autores del Nuevo Testamento ejemplifican este principio. Al enfrentar problemas prácticos en la iglesia, siempre buscaban clarificar primero los temas teológicos que estaban en la base del problema, para luego aplicar el remedio práctico. En este profundo sentido, la doctrina es la clave de la vida; el Espíritu Santo usa la verdad de Dios en su obra y por medio de nosotros.
Desde luego, la doctrina correcta en sí misma no es suficiente; es trágicamente posible no llegar a convertir la verdad de Dios en obediencia práctica. Esa es una de las razones por las que a menudo la doctrina no tiene buena fama. Si la doctrina correcta no conduce a vidas maduras, amantes y santas, algo ha ido terriblemente mal. Pero esa no es razón para descuidarla o rechazarla. En un esfuerzo por recalcar este punto, he terminado cada parte de este manual con una sección de aplicación. Estas no son de ninguna manera detalladas; su significado reside en lo que procuran demostrar: que la doctrina correcta es la base para la vida correcta.
En tercer lugar, el estudio de la doctrina es una expresión de amar a Dios con nuestra mente (Mt 22.37). La verdadera meditación y comprensión son tan válidas como expresión de nuestra respuesta a Dios, y tan significativas en traer gloria al Dios de la verdad, como las acciones verdaderas y las palabras verdaderas. En una época en que para muchos la práctica es la prueba de la verdad, hace falta demostrar que la búsqueda de la verdad en sí misma también honra a Dios.
En cuarto lugar, la doctrina es fundamental porque es imposible separar a Cristo de las verdades que las Escrituras revelan acerca de Él. No hay otro Cristo que el Cristo que se conoce a través de las verdades y doctrinas de toda la Biblia. Cristo viene a nosotros, como decía Calvino, “vestido de su evangelio”. En consecuencia, la lealtad a su persona inevitablemente implica un compromiso con las verdades acerca de Él. Y, a la inversa, el descuido o la indiferencia de las doctrinas bíblicas es una forma de deslealtad a su nombre y desinterés por su honra.
Estos cuatro argumentos no son alternativos, sino complementarios. Su mensaje combinado es simple e incuestionable: “la doctrina importa”. Esfuérzate por presentarte a Dios aprobado, como obrero [...] que interpreta rectamente la palabra de verdad (2Ti 2.15).
Este manual trata de las grandes áreas de la doctrina cristiana tal como han sido formuladas a través de los siglos. Está principalmente destinado a los cristianos que piensan, que desean saber más de lo que la Biblia enseña, y un poco de cómo las doctrinas en cuestión han sido expresadas a través de los siglos, y también algo sobre las corrientes actuales.
El interés dominante ha sido exponer la enseñanza bíblica. Los pasajes principales de las Escrituras que tratan cada tema están enumerados al final de cada unidad de enseñanza; algunos lectores preferirán comenzar con dichos pasajes y de allí volver al estudio de la doctrina. Asimismo, al final de cada sección se plantean preguntas para estimular la reflexión y el repaso.