Buch lesen: "La locura rev/belada"
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La locura rev/belada
La locura rev/belada
Bases para un acompañamiento socioeducativo en salud mental
Miguel Salas Soneira - Asun Pié Balaguer
M. Carmen Morán de Castro

Colección “Proyectos de investigación”
Índice de contenidos
1 Portada
2 Prólogo
3 Introducción
4 Capítulo 1
5 La experiencia como material cultural problematizable
6 El modelo dialógico. Entre la antropología médica y la educación
7 Capítulo 2
8 Saberes hechos de experiencia
9 Hay que ir tejiendo redes. Iria
10 Tiene que salir de mí hacer las cosas. Lois
11 Estamos hablando ya, de orgullo loco. Roi
12 Saliendo del armario validas con tus actuaciones y palabras, tu vida. Uxía
13 Como mujer podía hacerlo todo. Sabela
14 Una vez entras en el manicomio ya eres un esquizofrénico, no eres. Xián.
15 Capítulo 3
16 Hacia una pedagogía del acontecimiento
17 Síntomas: otras miradas, otras gestiones posibles desde la educación social
18 Epílogo
19 A propósito Marian
20 Bibliografía
| Salas Soneira, MiguelLa locura rev/belada : bases para un acompañamiento socioeducativo en salud mental / Miguel Salas Soneira ; Asun Pié Balaguer ; M. Carmen Morán de Castro ; ilustrado por Marta Portela Barreiro. - 1a ed - Paraná : Editorial Fundación La Hendija, 2021.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-8472-12-61. Salud Mental. 2. Psicología. 3. Psiquiatría. I. Pié Balaguer, Asun. II. Morán de Castro, M. Carmen. III. Portela Barreiro, Marta, ilus. IV. Título.CDD 362.204 |
Primera edición en formato digital:
Invierno de 2021
I.S.B.N.: 978-987-8472-12-6
© por Fundación La Hendija
Gualeguaychú 171 (C.P.3100)
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Diagramación: Laura Martincich
Digitalización: Proyecto451
I.S.B.N.: 978-987-8472-12-6
Queda hecho el depósito que previene la ley 11.723
Prólogo
“La locura es relativa. Depende de quién tenga a quién encerrado en qué jaula.”
Madeleine Roux
Ha pasado algo más de un lustro del emocionante encuentro que me permitió conocer en Madrid, en el año 2013, a Miguel Salas Soneira, sobre quien recae parte de la autoría de esta obra de título preciso, precioso y lleno de sugerencias: una lectura acompañada de ilustraciones y en la que me atrevo a desear y recomendar que te sumerjas a partir de cualquiera de los motivos que te hayan suscitado abrir sus tapas. Incluso si lo has hecho sin motivo concreto alguno. Y si has empezado por aquí.
Quizá este punto de partida tan radical pueda resultarte algo tendencioso o nada sutil para encabezar lo que debe ser un prólogo, pero prefiero arriesgarme a no disimular mi entusiasmo y dejarte clara mi intención de estimularte a avanzar en estas páginas y a que, en cualquier caso, concluyas cualquier consideración sobre esto una vez hayas atravesado este texto. O mejor, me gustaría decir, una vez que este texto te haya atravesado a ti.
Decía que “La locura rev/belada” es además de una bella composición de significado polisémico, una promesa cumplida en relación a los contenidos que se presentan a continuación, a los que se ajusta perfectamente en su cometido como título.
En aquel encuentro del que hablaba, tuvimos la oportunidad de convivir durante unos días un grupo de personas “psiquiatrizadas” llegadas de diversas partes de la geografía, que de forma más o menos aislada veníamos participando en un incipiente “activismo loco”. Poco a poco comenzábamos a vincularnos más estrechamente en torno a esta participación y también a la esperanzadora idea de tejer una red de apoyos en la que sostenernos, acompañarnos y resistir; compartir saberes y estrategias de afrontamiento del sufrimiento psíquico, llevar a cabo de forma conjunta acciones reivindicativas, y promover discursos, modelos y alternativas a aquellas que nos habían conducido a experimentar similares procesos de “psiquia-trización”, de los que más adelante encontrarás un abanico de correlatos en las historias en primera persona de Iria, Lois, Roi, Uxía, Sabela, Xian y Marian.
Unas pocas voces “locas” surgiendo y sumándose desde un colectivo históricamente discriminado, ignorado y silenciado, que desde unos años antes y tras la resaca de la reforma psiquiátrica de los años ochenta en el estado español, empezaban tímidamente a “rebelarse”, alzándose inesperadamente en medio de un escenario que no les tiene previsto lugar alguno. Unas perspectivas, reivindicaciones y aportes que apenas hallan canales ni parecen tener incidencia alguna en ningún ámbito, ni siquiera en el profesional o en el de los servicios de salud mental, pero que empiezan a obtener difusión. Unas personas que no encuentran representación siquiera en las asociaciones destinadas a reclamar y defender sus derechos, en permanente vulneración, y constituidas y gestionadas a tal efecto por familiares y personas allegadas… así que empiezan a hacerlo por sí mismas.
Aquellos momentos resultaron muy ilusionantes. Gracias a internet nos llegaban noticias de que iniciativas de índole similar estaban teniendo lugar desde hacía tiempo en muchos otros países, con cuyos activismos pudimos ir tejiendo redes en las que hacer fluir las ideas y la información y mediante las que combatir el aislamiento y la soledad. Parecía que el propio colectivo de personas psiquiatrizadas comenzaba a tomar conciencia de sí mismo y su potencial y se estaba organizando, algo históricamente insólito en nuestro territorio. También desde el lado profesional aparecían cada vez más voces críticas con el modelo médico y el sistema de salud, la psiquiatría biologicista hegemónica y sus prácticas y tratamientos, y las violencias, maltrato social e institucional al que se ven abocadas las personas con diagnóstico psiquiátrico. Este empuje conjunto hizo caldear un ambiente que dio lugar a la apertura de un debate social amplio en el que nuestra experiencia y nuestro saber, encuentran espacio y despiertan interés, a la vez que estimulan cambios.
“Estás mal si estás reivindicativa” y “no te puedes rebelar”, son dos sentencias comunes que extraigo del relato con el que “Iria” da inicio al mosaico de los que te aguardan más adelante, de riqueza y pluralidad extraordinaria para cualquiera que quiera aproximarse a un saber y un conocimiento imprescindibles, que sufren un constante borrado y del que nos ofrecen una panorámica desde la experiencia. Abarcan desde la normalización de la violencia contra las personas “locas” y los procesos de institucionalización y psiquiatrización, la gestión de las voces y experiencias inusuales, los cuidados y la gestión colectiva del sufrimiento; las relaciones familiares o con el personal profesional, las raíces sociales del malestar, la medicalización y sus efectos secundarios, el activismo como herramienta significativa para la propia recuperación, así como enfoques más esperanzadores para la locura que pide ser validada como experiencia en un modelo de diversidad humana. Las dos reglas a las que hacía referencia Iria, son subvertidas en parte mediante estos relatos “revelados” en la materialización de la publicación que tienes entre tus manos. Desde ella la locura se rebela, se “revela” y nos es revelada, poniendo en cuestión dogmas y mandatos, reivindicándose y ocupando un lugar en la producción de conocimiento colectivo.
Desde aquellos días que compartí junto a Miguel en Madrid hace unos años, el impulso del “activismo loco”, sus discursos, ideas, prácticas y herramientas no han hecho más que cobrar fuerza y consistencia, obteniendo reflejo en multitud de iniciativas en el contexto y encontrando repercusión en diversos ámbitos. Existe un mayor interés en nuestros saberes, que se construyen y comparten a través del globo gracias a las redes. Se percibe una mayor sensibilización en cuanto al respeto a los derechos humanos y la erradicación de la coerción de los sistemas de salud. Una más amplia apertura a otros modelos y formas alternativas de gestión del sufrimiento psíquico y un abundante reclamo a la cooperación desde la experiencia en primera persona.
Sin duda ha sido un camino en el que hemos vivido también un goteo constante de pérdidas dolorosas como la de Marian, a cuya memoria que se quiso silenciar se dedica este trabajo. Muchas de estas pérdidas bajo circunstancias dramáticas que nos las arrancan de forma trágica y nos remiten a nuestro violento pasado colectivo y al olvido en que solemos permanecer, al tiempo que ponen tregua a nuestras azarosas vidas recordándonos que podemos ser las siguientes. Para darse cuenta de las circunstancias en que existimos basta con que avances algo más en esta lectura. Que nuestra voz colectiva sobreviva en tu mirada, transformándola. A eso me refiero con desear que el texto te atraviese. Y que en palabras de Uxía, la experiencia aquí contenida sea de utilidad a tantas personas como sea posible. Espero que tú encuentres en éste libro el potencial liberador y renovador que yo misma encuentro.
Sirvan esta y otras aportaciones, además, para reclamar reparación, respeto a la memoria y dignidad para la existencia de Marian y de todas las Marian, pasadas, presentes y futuras.
Patricia Rey Artime
Introducción
Dice Larrosa (2010) que la educación nace de una herida, ante el espectáculo cotidiano de la injusticia de vidas malogradas. Cuando aparece un dolor, cuando se cancelan las posibilidades de la vida, es preciso reaccionar, hacer algo. Ahí reside el motivo de la educación. Frente a la vida biológica, entendida como mera supervivencia, la vida como existencia tiene que ver con el sentido o el sinsentido de biografías que son únicas, singulares y jamás intercambiables. Cuando alguien muere, algo insustituible desaparece.
La educación tiene aquí varias responsabilidades. Prepara para sobrevivir en las mejores condiciones, a través de competencias y herramientas con que sostener la vida; y se dirige al mundo común, nutriéndose de palabras y relaciones con que elaborarlo y dotarlo de sentido. Garantizar la novedad que cada cual trae consigo, aquello que nunca más vendrá, se vincula al compromiso de hacer de la educación un espacio para la experiencia, para la vida y para la palabra.
En lo que a la locura respecta, rescatar la palabra de un territorio que sólo en los últimos siglos ha sido considerado como absolutamente médico (Lewontin, Rose y Kamin, 2003), implica necesariamente acudir y elaborar epistemologías que lo permitan. Porque en el siglo XXI, también conocido como el siglo del cerebro (Yuste y Church, 2014), nuestro sistema de salud mental continúa dominado por un modelo de atención e investigación de signo mayoritariamente biomédico. Y a pesar de que el malestar psíquico representa un fenómeno multifactorial y complejo (Cooke et al., 2015), las teorías genéticas y biológicas hegemónicas han relegado a un segundo plano, cuando no ignorado, otros abordajes y otras interpretaciones posibles sobre lo que está sucediendo en el mundo de las personas afectadas, sus familias y sus entornos (Read, Mosher, Bentall, 2006b). En este contexto, la voz narrativa de los sujetos de la aflicción se ha visto sistemáticamente expulsada de la comprensión de la vida, así como desterrados los sentidos implícitos en su locura (Martínez, 2010).
Estas son algunas de las razones por las que, el trabajo que aquí presentamos, gira fundamentalmente alrededor de los relatos biográficos de siete personas que han vivido, o viven, el sufrimiento psíquico en carne propia. Sus voces situarán algunas claves para pensar un tipo de actuación socioeducativa que se articule desde sus saberes hechos de experiencia, al tiempo que ponga en valor su palabra.
El libro que el lector/a tiene entre sus manos se encuentra estructurado en tres capítulos, un prólogo y un epílogo.
El primer capítulo aborda el interés que para la pedagogía social tiene el recurso a la etnografía como método de investigación cualitativa. Esta opción permite, justamente, rescatar la experiencia en primera persona e inscribirla de modo tal, que los contenidos culturales que contiene puedan ser puestos en juego por medio de la actuación educativa. Para ello, los principios propuestos por el método dialógico son incorporados a fin de crear las condiciones de posibilidad para la emergencia de las seis historias de vida que se presentan, seguidamente, en el capítulo segundo.
El tercer capítulo aborda la tarea educativa en salud mental, desde un punto de vista de la experiencia y el acontecimiento, teniendo en cuenta algunas de las estrategias pedagógicas que se desprenden de los relatos comunicativos.
El capítulo que en forma de epílogo cierra este trabajo, está dedicado a una última voz: la de Marian. Su historia silenciada se rev/bela en este texto frente a cualquier intento de silenciar su memoria.
Capítulo 1
La experiencia como material cultural problematizable
Berger y Luckmann, en su ya clásica obra La construcción social de la realidad (1994), indican cómo la experiencia se inscribe en un ordenamiento general de significaciones desde el que las personas interpretan y construyen su realidad. Es precisamente «esa urdimbre de significaciones atendiendo a las cuales los seres humanos interpretan su experiencia y orientan su acción», lo que Geertz (2006:133) denomina cultura, mientras que la forma que toma dicha acción en el contexto de las relaciones humanas es lo que el autor entiende por estructura social. Cultura y estructura social son, desde este punto de vista, dos abstracciones de los mismos fenómenos: «La una considera la acción social con referencia a la significación que tiene para quienes son sus ejecutores; la otra la considera con respecto a la contribución que hace al funcionamiento de algún sistema social» (2006:133). Teniendo esto en cuenta, el autor destaca la importancia de:
Entender la conducta y hacerlo con cierto rigor porque es en el fluir de la conducta -o, más precisamente, de la acción social- donde las formas culturales encuentran articulación. La encuentran también, por supuesto, en diversas clases de artefactos y en diversos estados de conciencia; pero estos cobran su significación del papel que desempeñan (Wittgenstein diría de su «uso») en una estructura operante de vida, y no de las relaciones intrínsecas que puedan guardar entre sí (2006:30).
De acuerdo con estos planteamientos, en el presente trabajo hemos recurrido al método etnográfico (Geertz, 2006; Martínez, 2011; Correa, 2010; Veiga, 2011), el cual se considera apropiado en la búsqueda interpretativa y comprehensiva de la multiplicidad de condicionantes -sociales, culturales, psicobiológicos-, a partir de los que las personas se construyen y construyen sus complejas realidades de salud/enfermedad/aflicción. Nuestro punto de partida es que dichas formas culturales son susceptibles de ser puestas en juego en la actuación educativa orientada a transformar el espacio social que ocupa el malestar.
Conviene recordar, además, que los procesos de morbilidad «no pueden comprehenderse en toda su extensión sin tener en cuenta el papel de la cultura y las relaciones sociales» (Martínez, 2011:67) en que se inscriben, aún a pesar de las dificultades que para este tipo de análisis, plantean las tan arraigadas convicciones acerca del conocimiento biomédico y sus verdades científicas. Si recurrimos a Good (2003:24):
En particular, es difícil evitar la firme convicción de que nuestro propio sistema de conocimiento refleja el orden natural, que se trata de un sistema progresivo, que ha emergido a través de los resultados acumulativos de los esfuerzos experimentales y que nuestras propias categorías biológicas son naturales y «descriptivas» más que esencialmente culturales y «clasificatorias».
Con todo, a través del método etnográfico hemos querido conectar las experiencias e interpretaciones que de la realidad tienen y realizan las personas, las cuales acontecen en ese en medio de, en ese entre propio del espacio público del que habla Arendt (2005) en donde se sitúan las propiedades de las cosas de un mundo que es nuestra propia creación simbólico-vivencial (Najmanovich, s.f.). No obviando las dimensiones biológicas de los fenómenos de enfermedad (Good, 2003), sí sostenemos que lejos de entender que el sufrimiento psíquico tiene su origen exclusivo en algún funcionamiento anormal del cerebro, éste y sus problemáticas, en cualquier caso, «no pueden entenderse de forma aislada, sin tener en cuenta el universo social» (Bentall, 2011:324) en que se insertan. Incluso podría decirse que, siguiendo de nuevo a Geertz (2006:82):
El sistema nervioso humano depende inevitablemente del acceso a estructuras simbólicas públicas para elaborar sus propios esquemas autónomos de actividad. Esto a su vez implica que el pensar humano es propiamente un acto público desarrollado con referencia a los materiales objetivos de la cultura común y que sólo secundariamente es una cuestión íntima, privada.
Por estas razones, es al vasto negocio del mundo -del que las actuaciones socioeducativas forman sin duda parte-, a lo que desde la óptica antropológica se presta una atención prioritaria. Con el propósito de realizar una lectura de las lecturas que las personas hacen sobre hechos particulares -en un determinado momento y lugar-, sobre lo que a éstas se les hace, sobre cómo experimentan aquello que les sucede, etc., coincidimos en que no puede divorciarse la interpretación de dichos acontecimientos –por inusuales que sean-, ni de su contexto ni de sus aplicaciones. De lo contrario, no se estaría sino vaciando la interpretación de todo sentido y significado (Geertz, 2006).
Por esto Geertz insiste en la idea de que las formulaciones teóricas enunciadas independientemente de sus aplicaciones prácticas y contextuales, carecen de sentido y resultan vacuas. Así, para el tipo de trabajo etnográfico que defiende el antropólogo estadounidense, «la tarea esencial de la elaboración de una teoría es, no codificar regularidades abstractas, sino hacer posible la descripción densa, no generalizar a través de casos particulares sino generalizar dentro de éstos» (2006:36).
Por tanto y siguiendo con este razonamiento, cabe preguntarse de qué manera resulta posible no caer en una desconexión entre teoría y práctica -evitando lo que Apel ha acuñado como «falacia abstractiva» (citado en Gómez, 2007:11)-, si se tiene en cuenta que el objeto de atención que en un momento dado se plantea, puede ser visto como aquello a lo que Hanna Arendt (2005) se refiere en términos de «trama de relaciones humanas», cuya característica principal es precisamente la intangibilidad. Si de lo que se trata es de captar un tipo de procesos -por ejemplo, el actuar y el hablar en relación a la locura- que pueden efectivamente no dejar tras de sí resultados o productos finales y si, aún a pesar de ello, dichos procesos no son menos reales que el mundo de cosas físico que las personas tienen en común... ¿cómo capturarlos para el estudio y luego derivar sus elementos propiamente socioeducativos?
Frente a esta necesidad de captar las distintas manifestaciones sociales por medio de las que las formas culturales de la «enfer-medad mental» se articulan y adquieren significado, para describirlas, interpretarlas y generalizar dentro de ellas, se requiere de lo que se ha llamado «inscripción». Es decir, se exige poner por escrito los discursos sociales efímeros -palabras y actos-, de modo que la etnografía pueda ser apartada «del hecho pasajero que existe sólo en el momento en que se da» y pase a tener una relación con los hechos que existen en sus inscripciones, pudiendo ser consultada y movilizada a efectos de ampliar el universo de las experiencias, significaciones y discursos humanos circunstanciados (Geertz, 2006:31). La situación sin embargo, es aún más complicada pues:
Lo que inscribimos (o tratamos de inscribir) no es discurso social en bruto, al cual, porque no somos actores (o lo somos muy marginalmente o muy especialmente) no tenemos acceso directo, sino que sólo la pequeña parte que nuestros informantes nos refieren. Esto no es tan terrible como parece, pues en realidad no todos los cretenses son mentirosos y porque no es necesario saberlo todo para comprender algo (2006:32).
Lo importante es, en cualquier caso, conseguir mostrar que una pieza de interpretación antropológica es dibujar la curva de un discurso social y fijarlo en una forma susceptible de ser re-conocida en su complejidad, con base en un tipo de descripción densa, cualitativa y microscópica.
Nos recuerda Martínez (2011:186), que «la aplicación de la mirada etnográfica devuelve a los procesos de salud, enfermedad y atención su condición de hechos sociales y a la vez desvela críticamente las estrategias de encubrimiento que permiten la naturalización de estos fenómenos». Para el autor, el método etnográfico se ha revelado en los últimos años como un potente instrumento para la promoción de la salud y para el enfrentamiento de sus retos locales, en un mundo cada vez más globalizado e interdependiente. Asimismo, ha demostrado ser una herramienta adecuada para la actuación socioeducativa (Celigueta y Solé, 2013), toda vez que permite rescatar y poner en juego los contenidos culturales que emergen de dichos procesos.
A continuación, explicitamos una serie de elementos que constituyen el modelo de referencia que hemos seguido para obtener los relatos comunicativos que presentamos en este trabajo: el modelo dialógico.
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