Buch lesen: "Aguas fuertes"

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Armando Palacio Valdés

Aguas fuertes


Publicado por Good Press, 2022

goodpress@okpublishing.info

EAN 4057664148124

Índice

EL RETIRO DE MADRID

I

II

III

IV

EL PÁJARO EN LA NIEVE

LA ACADEMIA

II

EL HOMBRE

LA CONFESIÓN DE UN CRIMEN

LA BIBLIOTECA NACIONAL

EL DRAMA DE LAS BAMBALINAS

II

III

IV

LLOVIENDO

EL PASEO DE RECOLETOS

LA CASTELLANA

LOS MOSQUITOS LÍRICOS

I

II

III

EL ÚLTIMO BOHEMIO

LOS AMORES DE CLOTILDE

EL PROFESOR LEÓN

EL SUEÑO DE UN REO DE MUERTE

LA ABEJA

LOS PURITANOS

EL RETIRO DE MADRID

Índice

I

Índice

MAÑANAS DE JUNIO Y JULIO

Entre las muchas cosas oportunas que puede ejecutar un vecino de Madrid durante el mes de Junio, pocas lo serán tanto como el levantarse de madrugada y dar un paseo por el Retiro. No ofrece duda que el madrugar es una de aquellas acciones que imprimen carácter y comunican superioridad. El lector que haya tenido arrestos para realizar este acto humanitario, habrá observado en sí mismo cierta complacencia no exenta de orgullo, una sensación deliciosa semejante a la que habrá experimentado Aquíles después de arrastrar el cadáver de Héctor en torno de las murallas de Ilión. El heroísmo presenta diversas formas según las edades y los países, mas en el fondo siempre es idéntico.

Cuando madrugamos para ir a tomar chocolate malo al restaurant del Retiro, una voz secreta que habla en nuestro espíritu, nos regala con plácemes y enhorabuenas. Nuestra personalidad adquiere mayor brío, nos sentimos fuertes, nobles, serenos, admirables. Los barrenderos detienen la escoba para mirarnos, y en sus ojos leemos estas o semejantes palabras: «¡Así se hace! ¡Mueran los tumbones! ¡Usted es un hombre, señorito!» Y en testimonio de admiración nos echan media arroba de polvo en los pantalones.

El día que madrugamos no admitimos más jerarquías sociales que las determinadas por el levantarse temprano o tarde. Todas las demás se borran ante esta división trazada por la misma naturaleza. Los que tropezamos paseando en el Retiro adquieren derecho a nuestra simpatía y respeto; son colegas estimables que forman con nosotros una familia aristocrática y privilegiada. A la vuelta, cuando encontramos a algún amigo que sale de su casa frotándose los ojos, no podemos menos de hablarle con un tonillo impertinente, que acusa nuestra incontestable superioridad.

Pero no todo es tomar chocolate malo en el Retiro durante las mañanas de Junio. Lo primero que hay que ver es al sol levantándose majestuoso por encima del parque, al principio esparciendo una luz triste y blanca que viene a besar fríamente el Rege Carolo III de la puerta de Alcalá, después otra rojiza y más alegre que tiñe los muros de las primeras casas con que tropieza, finalmente la vívida, risueña y esplendorosa que le caracteriza. El cortejo de nubecillas que le acompaña en su ascensión, es de lo más gracioso y elegante que pueda verse. Todas ellas van vestidas de un modo caprichoso y pintoresco, y ejecutan pasos de gran dificultad y efecto en torno de su director. Los madrileños, sin embargo, no son aficionados a esta clase de espectáculos. Prefieren ver alzarse a la luna, disfrazada de queso, en el escenario del Teatro Real, oportunamente evocada por los trinos solemnes de una mezzo-soprano. Hay razón plausible para esto. El sol tiene el deber de salir todos los días, haga frío o calor, al paso que la luna únicamente cuando el Sr. Rovira lo considera oportuno. Si el sol no se prodigase tanto y se hiciese pagar algo más, yo creo que tendría mucha mayor reputación. Por ejemplo, haciendo tres o cuatro salidas cada año, y anunciando los periódicos que «el más eminente de nuestros astros hará su debut el martes a primera hora y que todas las localidades están vendidas con anticipación», se me ocurre que los revendedores de sillas en el Retiro harían negocio redondo.

Después del sol, lo más notable que yo encuentro en el Retiro son las modistas. Este respetabilísimo gremio, aún más bello que respetable, se pone en contacto con la naturaleza al llegar el mes de Junio. Impidiéndoles sus numerosos quehaceres ir a pasar una temporada a San Sebastián o a Biarritz, y necesitando por fuerza dar alguna expansión a los sentimientos poéticos de su alma, eligen nuestras hermosas costureras el Retiro como campo de sus excursiones matinales. Los árboles, los pájaros, las flores, cuando no son de papel, ofrecen sin duda mayores atractivos. Nada hay que apetezca tanto una modista de corazón como el estado primitivo conforme con la naturaleza. Durante el invierno, su espíritu yace dormido mientras las manos trabajan afanosas debajo de la lámpara de petróleo; mas al llegar el mes de Mayo, cuando el cuerpo empieza a sentir calor, el alma también lo siente, despiertan la égloga y el idilio, se sueña con verdes praderas esmaltadas de flores, con arroyos bullidores y cristalinos, con grutas frescas y sombrías y con hermosos zagales que aguardan en ellas la dulce recompensa de sus rendidas instancias. Entonces la modista, como primera manifestación de la influencia que ejercen sobre ella tales puras ideas y tales visiones risueñas, se despoja del corsé; y si es de temperamento verdaderamente apasionado y guarda en su corazón el mundo de tiernos e inefables sentimientos que es de esperar, se queda con poca, con poquísima ropa. Se levanta muy tempranito, y sin aguardar el landau, toma el camino del Retiro en compañía de sus amigas predilectas y de algunos menestrales distinguidos. ¡Qué fresca y qué risueña! ¡Cómo brillan sus grandes y hermosos ojos negros! ¡Cómo palpita de alegría su seno delicado! El grupo va dispuesto a olvidar por algunos instantes las ridículas ceremonias sociales, los refinamientos empalagosos de la vida madrileña, y volver en lo que cabe al estado natural. Al efecto marchan todos bien provistos de los enseres y artefactos propios de una civilización primitiva y que se supone han usado más comúnmente nuestros primeros padres: aros, cuerdas, trompos, volantes, etc., etc. Nuestra modista, según va llegando a la Arcadia municipal, adquiere mayor desenvoltura, y en sus movimientos y ademanes adviértese la influencia que ejercen sobre ella las ideas campestres. Charla, corre, ríe, salta, grita, y se autoriza con sus compañeras las inocentes libertades que acostumbran en los bosques las pastoras con los zagales; les tapa los ojos con las manos, les da pellizcos, les quita el sombrero y les tira por las narices de un modo sencillo, encantador, conforme en un todo con las leyes de la naturaleza.

Así que entran en el parque y eligen un sitio a propósito, silencioso, umbrío, embalsamado por las acacias, empiezan los juegos. La costurera es un portento de gracia y habilidad en saltar la cuerda, tirar el volante y chillar como una golondrina. ¡Qué linda está brincando y haciendo carocas a los señoritos que acuden al reclamo de los chillidos! El juego la vuelve a los días de su infancia, y en consecuencia se sienta sobre las rodillas de sus compañeros y les ordena que le aten las trenzas del cabello, sin pasársele por la mente que estas escenas despiertan en los señoritos que las presencian ideas vituperables de adquisición. Nadie diría al ver aquella gracia inocente y modesta, que nuestra heroína ha corrido algunas borrascas en las berlinas de punto y conoce los misterios de la calle de Panaderos tan bien como D. Antonio San Martín. En ciertas ocasiones, rendida, jadeante, las mejillas inflamadas, los ojos brillantes y el cabello desgreñado, la he visto separarse del juego y tomar el brazo de algún zagal sietemesino con guantes amarillos. La he visto seguir lentamente una calle solitaria de árboles y perderse con él entre el follaje. ¿Iban tal vez en busca de alguna gruta fresca y solitaria como aquella en que la esposa de Salomón dejó olvidado su cuidado? No lo sé. En la vida del campo hay misterios inefables que sería más grato que prudente el escrutar.

II

Índice

EL ESTANQUE GRANDE

Apenas se deja atrás la famosa puerta de Alcalá y se dan algunos pasos por la calle de árboles que nos lleva a lo interior del Retiro, empieza a refrescar el rostro un vientecillo ligero y húmedo, y con ínfulas de marino. El corazón y los pulmones se dilatan, se cierran involuntariamente los ojos para recibir el beso blando de aquella brisa, y acuden vagamente a la memoria playas, olas, peñascos, barcos, gaviotas y sobre todo los horizontes dilatados del oceano que convidan a soñar. Continuad, continuad con los ojos cerrados; no temáis tropezar con nada; la calle es ancha y los coches no ruedan por aquel sitio. Durante algunos momentos podéis meceros sin riesgo en esa grata ilusión marítima por la cual habéis pagado ya vuestra contribución.

Yo no diré que cuando abráis los ojos os encontréis frente al mar; semejante exageración serviría tan sólo para desacreditar los nobilísimos propósitos del poder ejecutivo, dado que éste nunca pensó, a mi entender, en fundar un oceano en Madrid, y sí únicamente un epítome o compendio de él. Pero si no frente al mar, os halláis por lo menos frente a una cantidad de agua que divertirá y lisonjeará vuestras aficiones marinas, aunque no las satisfaga por entero. Las audacias de tal masa de agua están refrenadas por unos sencillos muros de ladrillo, sobre los cuales hay una verja de hierro no muy alta.

Cuando os inclinéis sobre esta verja para examinar de cerca el oceano del Ayuntamiento, tal vez convengáis con la mayoría de los vecinos de Madrid en que sus aguas no son lo bastante limpias y claras, y que la Corporación municipal haría muy bien en renovarlas con frecuencia si se propone, como es lo más seguro, halagar con ellas los sentimientos naturalistas y poéticos del vecindario. No obstante, en ocasiones, esas aguas verdes y cenagosas se rizan blandamente al soplo de la brisa, lo mismo que el lago más hermoso, y a veces también, en la hora del medio día, estando el cielo límpido, despiden vivos y gratos reflejos azules. Le pasa al estanque lo que a las mujeres feas; todas ellas tienen instantes, posturas o movimientos agradables.

He indicado como lo más seguro que la fundación de dicho estanque débese a la conveniencia de infundir en el espíritu del pueblo madrileño ciertas tendencias poéticas y naturalistas. En efecto, comprendiendo el Ayuntamiento (como no podía menos de comprender) que en las grandes capitales como ésta, el amor de la naturaleza anda muy descuidado, y por consecuencia de ello, la sensibilidad del vecindario no recibe el cultivo indispensable para preservarlo de las garras del grosero positivismo, hizo y hace laudables esfuerzos por mantener vivo en todas las clases sociales un romanticismo urbano y municipal en armonía con las necesidades del corazón y con la partida que en el presupuesto se le destina. Ningún orden de la naturaleza se ha escapado a su beneficiosa gestión. Las selvas umbrosas e impenetrables, llenas de colores y armonías que se admiran en las soledades de América, están representadas por las espesuras del Retiro y por los bosques de la plazuela de Oriente, de la plazuela de Santo Domingo y otras plazuelas menos conocidas. El prurito de contemplar y recrearse con las altas montañas sobre cuya cima el pensamiento del hombre, como las nubes del espacio, reposa de sus fatigas, encuentra dulce satisfacción en la montaña rusa. Y por último, la aspiración enérgica del espíritu a meditar tristemente ante la inmensidad del oceano que nos revela los arcanos de lo infinito, obtiene respuesta adecuada, sino cumplida, en las riberas del estanque grande. Aquí, sin embargo, se ofreció una pequeña dificultad. Es verdad que la contemplación del mar enaltece mucho el espíritu y lo purifica, pero no es menos cierto que también lo turba y oscurece con sus ásperas impresiones. A fin de hacer frente a este peligro psicológico, el Ayuntamiento quiso acudir a un expediente seguro; acudió a la cooperación de los cisnes y los patos. En efecto, estos animales acuáticos, por su mansedumbre y afabilidad, son muy aptos para infundir en el corazón del hombre risueñas ideas y sentimientos de paz, y a propósito, por tanto, para contrarestar la impresión fuerte y abrumadora que no puede menos de dejar en el ánimo un estanque de la magnitud de el del Retiro. Se introdujeron, pues, en dicho estanque como obra de una docena de tales animales entre cisnes y patos, encargados de secundar los generosos planes del Municipio, recibiendo por ello el necesario alimento. Y debemos manifestar en conciencia que las inocentes aves desempeñan su papel con maestría y ganan sus cortezas de pan honradamente. Véase si no cuán gallardamente cruzan el estanque en todas direcciones, cual si resbalaran por el agua a impulso del viento y no por virtud del movimiento de sus palmas. Observemos sus posturas caprichosas y fantásticas; de qué modo tan pintoresco extienden las alas sobre el agua, levantando nubecillas de espuma, o sumergen la cabeza para atrapar un insecto, o la ocultan bajo el ala, o levantan el vuelo inesperadamente para dejarse caer a los pocos pasos llenos de pereza y molicie sobre su elástico lecho, como un sátrapa sobre su diván de pluma. Nadie dudará que todo esto ofrece un tinte tan bucólico y pastoril, que no puede menos de producir el efecto apetecido. Por muy exaltado que el ánimo se encuentre, es imposible que no ceda a los esfuerzos combinados de aquella docena de patos.

Navegan también en el estanque muchedumbre de botes, lanchas, canoas y otras embarcaciones de diversas formas y tamaños. Los días de fiesta suele cruzar por el horizonte un vapor que no se cansa jamás de silbar. Parece un espectador de los dramas de Catalina. He querido averiguar cuál era el precio del pasaje, y me han dicho que por recorrer todas las costas del estanque, deteniéndose en los puntos más notables y dignos de verse, se pagaba, en cámara de primera, diez céntimos. Pero es fácil de comprender que estos viajes de itinerario forzoso no convienen más que a las personas de poca imaginación y de sentimientos vulgares y limitados. Los espíritus fantásticos y aventureros gustan más de viajar sin itinerario. Hay, pues, mucha gente que prefiere tripular los botes y canoas navegando sin rumbo prefijado y deteniéndose donde bien les place el tiempo que tienen por conveniente. El amor a la naturaleza y el deseo de conocer las rudas faenas de la mar les arrastra a despojarse de la levita y a empuñar los remos con las manos cubiertas de sortijas. Desde este momento su fisonomía se contrae duramente y toma la expresión siniestra y terrible de los piratas: sus movimientos son torpes y pesados como los de un lobo de mar. Cuando pasan cerca de la costa y ven una niñera más o menos gentil que les contempla absorta y admirada, se suelen guiñar el ojo con cierta malicia ruda, exclamando con voz ronca: «¡Ohé, muchachos, una fragata a barlovento!»

A otros les da por lo sentimental, y el espectáculo de las aguas dormidas del lago les recuerda las novelas venecianas o las baladas de la Suiza: se dejan balancear dulcemente, inmóviles y apoyados sobre el remo, fijan la vista en un punto del espacio con expresión amarga, propia de corazones lacerados, y prorrumpen a veces en tiernas barcarolas que han aprendido en el teatro Real.

Lo mismo las aventuras maravillosas de los unos que las barcarolas de los otros cesan repentinamente así que se escucha una voz poderosa, inmensa como la de Neptuno, que llega en alas del viento a todas las riberas del estanque:—«Esquife número siete (pausa solemne)... la hora.» Inmediatamente la embarcación, después de ejecutar las maniobras indispensables, dirige su rumbo hacia el puerto. Si llega con felicidad a él, como ordinariamente acontece, la tripulación, rendida y jadeante, no tarda en saltar sobre el muelle, limpiándose los pantalones con el pañuelo para después restituirse alegremente al seno de sus familias.

III

Índice

LA CASA DE FIERAS

No sé de cuándo data la institución de que quiero dar cuenta: es posible que haya nacido bajo el gobierno paternal del señor Moyano, aunque no lo afirmo. Antes de ponerme a escribir acerca de ella, quizá debiera examinar algunos documentos referentes a su erección y desenvolvimiento, a fin de que las futuras generaciones, cuando lean el presente estudio, sepan a quién deben las fieras el piadoso hospital que hoy disfrutan. Prefiero, no obstante, improvisar algunas cuartillas, que caerán fuera de los dominios de la ciencia histórica, hacia la cual me siento antes de almorzar poco inclinado.

A unas cien varas del estanque grande se alza el famoso hospicio donde un gobierno atento a las necesidades morales de sus contribuyentes ha colocado media docena de bestias feroces y veinte o treinta micos, con el objeto de recrear y al propio tiempo vigorizar a la guarnición de Madrid. Así como los cisnes del estanque reciben sus emolumentos para despertar en los indígenas ideas bucólicas y sentimientos pastoriles, las alimañas de la Casa de fieras han venido adrede de los desiertos de África para infundir en la clase de tropa la ferocidad que suele perder en el trato íntimo de criadas y costureras. Y es de admirar realmente el acierto que ha presidido a la elección de estos terribles animales y con qué esmero se han procurado utilizar sus diversas aptitudes. Por ejemplo, a nadie puede caber duda de que el león ha sido traído para despertar en el corazón de los espectadores la nobleza y la bravura, como el leopardo la fiereza, el lobo la rapidez, la hiena la crueldad, el mono la astucia y el oso la calma. La española infantería, al recorrer por las tardes en la grata compañía de sus patronas las jaulas del establecimiento, se siente regenerada y dispuesta a habérselas con todo linaje de republicanos feroces y dañinos, mansos o amansados.

Las fieras, como es lógico, conocen de vista a todos los reclutas de la guarnición, y no sólo a los reclutas, sino a sus parientes y amigos. El mejor obsequio que se puede hacer a un forastero después de beber unas copas de ron y marrasquino, es llevarle a la Casa de fieras y pasearle un buen rato en torno de la jaula de los micos. «Anda, anda, que Grabiel bien se divierte por allá por Madrid... no se esté con cudiao por él, tía Rosa... toa la tarde se la pasa mira que te mira a los micos en un sitio que llaman la Casa de fieras, que le digo, así Dios me salve, que no hay otra cosa que ver en Madrid.»

El soldado español es, además de bizarro, sufrido, frugal, pundonoroso, etc., etc., chispeante en el pensamiento y ático en la frase. Nadie lo ha puesto en duda. Pues bien; esta sal y este aticismo con que la naturaleza dotó a nuestro ejército, y muy singularmente al arma de infantería, se aumenta en un cincuenta por ciento lo menos cuando pasea por los jardines de la Casa de fieras. En aquellos amenos parajes, delante de la jaula del león africano, o del tigre de Bengala, o del tití de las Indias, es donde el regocijado ingenio de nuestros quintos derrama los tesoros de su gracia; allí donde se escuchan las frases espirituales, los dichos agudos; allí donde revientan los epigramas acerados, los discretos razonamientos. Parado frente a la jaula del leopardo, que duerme tranquilo en un rincón, el quinto suele decirle en tono de zumba:—«¡Anda tú, dormidor! ¿No te cansas de dormir, tuno? ¿Estás a gusto, eh gran ladrón?»—Pasa inmediatamente a la del león y vierte sobre él otra granizada de chistes.—«¡Miale, miale, qué boca abre el cochino! ¿Nos almorzarías de buena gana, verdad? Pues amigo, pacencia y llamar a Cachano, que toos semos hijos de Dios. Manolo, arrepara qué melenas; ¡paecen los pelos del tío Farruco!»

El recluta se hincha en tales ocasiones porque tiene público: en pos de él hay siempre media docena de robustas criadas de la Alcarria que le escuchan embelesadas y le siguen con afán. ¡Cómo se desternillan de risa! ¡Cómo paladean los chistes del donoso soldado! Nadie penetra como ellas el sentido íntimo de sus frases, ni puede apreciar tan bien la delicadeza nerviosa de su humorismo. Entre el recluta y las criadas se engendra inmediatamente una misteriosa corriente de simpatía, mediante la que el fondo poético de sus corazones y todos los dulces pensamientos y vagas aspiraciones de su espíritu se confunden. El recluta siente en el occipucio los ojos de las alcarreñas que le excitan a mostrarse cada vez más agudo y espiritual, y éstas advierten con inocente alegría que aquel derroche de gracia y de ingenio no es otra cosa que un fervoroso homenaje de adoración que el gentil recluta les dedica. Allá, a la hora del crepúsculo, cuando las nieblas descienden al fondo de los valles y el céfiro pliega sus alas sobre las flores, Manolo suele pegar un tremendo empujón a su amigo Grabiel que le hace caer sobre el grupo de criadas, las cuales reciben el golpe como una manifestación de respeto y galantería. A partir del empujón, entre reclutas y criadas se establece una amistad inalterable. Y la ferocidad que el ejército ha ganado por un lado la pierde inmediatamente por otro, viniendo abajo de esta suerte la obra paternal de la Administración.

Antes de dar por terminado este artículo, necesito delatar a la Corporación municipal un abuso que redunda en menoscabo del país y descrédito de la importante institución en que me estoy ocupando. Por muy sensible que me sea el decirlo, es lo cierto que las fieras del Municipio no cumplen debidamente con su cometido. ¿Para qué han sido traídos estos animales de los desiertos de África y Asia a costa de mil sacrificios pecuniarios? Ya hemos dicho que para infundir energía y vigorizar al pueblo y al ejército. Pues bien; yo no sé cómo han llenado su deber en los primeros tiempos: mas actualmente puedo decir que están muy lejos de desempeñarlo con la exactitud y el celo apetecidos. En vez de mostrar una actitud imponente que sobrecoja y atemorice el ánimo, en vez de rugir y echar centellas por los ojos, y sacudir las rejas de la jaula con el aparato del que quiere saltar fuera y devorar en un credo a todos los espectadores, se pasan la mayor parte del día en letargo vergonzoso, tirados en un rincón como objetos inanimados, sin que las excitaciones del respetable público logren hacerles menear siquiera la cola. Cuando por casualidad se les encuentra de pie, no hacen otra cosa que pasear tranquilamente por la celda sin desplegar ninguna especie de ferocidad, como un poeta lírico que estuviese meditando algún soneto enrevesado para la Ilustración Española y Americana: cuando abren la boca y estiran las garras, nunca es en son de amenaza, sino para desperezarse groseramente; y si tal vez que otra les da la humorada de rugir, lo hacen con tanta delicadeza, que más que de devorarlos, parece que tratan de enterarse de la salud de los espectadores.

Es necesario cortar este abuso. ¿Cómo? Buscando el origen y destruyendo la causa. El origen de tal apatía y negligencia por parte de estos animales no puede ser otro que el no dárseles el sustento necesario. Las bestias de la Casa de fieras pertenecen a la clase docente, y como el profesorado en general, están muy mal retribuidas: tienen los huesos salientes, el pellejo arrugado, el aspecto miserable y triste. Un profesor amigo mío (que también tiene los huesos salientes y el pellejo arrugado), me decía no ha mucho tiempo que él no enseñaba más ciencia que la equivalente a los catorce mil reales que le daban. Las fieras deben de seguir el mismo sistema. Auménteseles, pues, el sueldo, déseles las piltrafas suficientes, y el Ayuntamiento verá sus cátedras de energía y ferocidad perfectamente desempeñadas.

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Veröffentlichungsdatum auf Litres:
17 Januar 2025
Umfang:
190 S. 1 Illustration
ISBN:
4057664148124
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