Buch lesen: "La mujer del jardinero"


La mujer del jardinero Autor: Antonio Rojas Gómez Editorial Forja General Bari N° 234, Providencia, Santiago-Chile. Fonos: 56-224153230, 56-224153208. www.editorialforja.cl info@editorialforja.cl Diseño y diagramación: Sergio Cruz Primera edición: diciembre, 2021. Prohibida su reproducción total o parcial. Derechos reservados.
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Registro de Propiedad Intelectual: N° 2021-A-10076
ISBN: Nº 9789563385496
eISBN: Nº 9789563385502
PALABRAS PRELIMINARES
Esta es la primera novela que escribí, alrededor de cincuenta y cinco años atrás. Está inspirada en un hecho real, acaecido en 1962 o 1963. En aquel tiempo yo era un joven periodista que cubría las informaciones policiales en la Radio Portales. El suceso me impresionó por su profunda humanidad y aún hoy recuerdo sus detalles. Algunos años más tarde decidí que había llegado el momento de intentar una novela, después de venir escribiendo cuentos desde que tenía cinco años. La trama no podía ser otra. Culminada la obra, la envié en 1971 al concurso Pedro de Oña de la Municipalidad de Ñuñoa y obtuvo el premio. Sin embargo, no se publicó entonces. Y el original se habría perdido, si hubiese dependido de mi cuidado, pero entonces mi madre se ocupaba de guardar cuanto papel yo garabateaba, desde aquellos cuentos iniciales de los cinco años. Mi esposa prosiguió más tarde la tarea. Al crecer mi hija menor, leyó el manuscrito y le gustó. Me dijo que debía publicarlo. Ahora, usted se dispone a leerlo. Debo advertirle que no he realizado otras correcciones que las ortográficas, la Academia se ha modernizado en todo este tiempo. La vida, también. Entonces recién se iniciaba la televisión y era patrimonio de pocos hogares acomodados, no existía la computación, los teléfonos celulares ni las redes sociales; el Metro puede que haya sido un sueño de unos pocos visionarios y la vestimenta era de acartonada formalidad. Pero los hombres y las mujeres amaban, sufrían y gozaban, tal como los de hoy. A despecho de los cambios tecnológicos, el ser humano continúa siendo el mismo.
UNO
El espejo le devolvía una figura ajada y excesiva, en la que le costaba reconocerse. Los pechos, grandes, caían sobre el estómago abultado. La cintura desaparecía bajo pliegues de grasa. Los muslos, gruesos, tenían la carne flácida. El rostro se veía cansado, la boca derrotada, los ojos circundados de arrugas. El pelo, negro y abundante, cortado en melena, no tenía brillo.
“Estoy vieja”, pensó. Había cumplido recién cuarenta y dos años. “Estoy vieja y fea”.
Se contemplaba desnuda en el espejo adosado a la puerta del ropero. El barniz del mueble estaba deteriorado, como su cuerpo. A través del espejo alcanzaba a ver una parte de la cama, con las cubiertas en desorden.
De pronto la cama empezó a esfumarse, la superficie del espejo se dilató, desapareció el barniz añejo y el antiguo papel del muro y solo quedó ante ella el cristal brillante, liso, sin profundidad. Le parecía flotar. La cabeza le daba vueltas.
Al final del vértigo, su figura reapareció tierna, esbelta, renovada. Una música cadenciosa resonaba en sus oídos y una voz empezó a cantar:
“De vereda a vereda,
de balcón a balcón,
de sonrisa a sonrisa
floreció nuestro amor”.
Se veía ahora con el pelo largo, caído sobre los hombros, reluciente; los ojos brillantes, la sonrisa fácil y alegre, suave la curva de los hombros, los pechos firmes y duros, el vientre liso, la cintura angosta, ampulosas las caderas, tersa la piel de los muslos apretados. Se tomó uno de los pechos y le dio gusto sentirlo suave y firme, tibio. Con la mano derecha se palpó la cintura, la dejó escurrirse por la amplitud de la cadera hasta los muslos. Cerró los ojos. Apretó la izquierda sobre el pecho. Temblaba y una sensación dulce se le ubicó en el estómago. La música seguía llegando desde lejos:
“Si hace poco nos vimos
y ya nos queremos,
qué será cuando hablemos
corazón a corazón”.
“José”, murmuró… “José”.
Recordaba la sonrisa despreocupada y los ojos intensos del muchacho.
–¡María! –la voz grave de su padre la sobresaltó.
Abrió los ojos, asustada, y trató de cubrir su desnudez con las manos.
–¡Ya voy, papá!
El padre apareció, severo, al fondo del espejo. Se acercó a pasos lentos.
El padre la miró fijamente hasta que bajó la cabeza. Ahora ella tenía un vestido celeste.
–María, no quiero que veas más a ese muchacho.
–¿A quién?
–¿A quién…? A ese José, ya lo sabes.
–¿Por qué, papá? Es bueno.
–Hummm… ¡Bueno… bueno! No me gusta que andes por ahí con él. Si fuera bueno y te quisiera vendría a verte a la casa y hablaría conmigo.
–No hacemos nada malo.
–Nada bueno puede querer él.
Se mordió los labios.
–Él me respeta –dijo en voz baja, sin mucha convicción.
–¡Ah! ¿Sí? Entonces que venga a hablar conmigo, como Dios manda. Ya tienes veintidós años y estás en edad de casarte, no de andar por ahí con cualquiera.
–No ando con cualquiera…
–¡No me discutas! No sales más con él, y se acabó.
–Pero papá…
El padre se dio media vuelta y salió, sin escucharla.
El espejo perdió profundidad. Empezó a empañarse a medida que los ojos de María se nublaban. Se secó los ojos con el dorso de la mano y el espejo se hizo otra vez estrecho y de nuevo le devolvió una figura excesiva y ajada. Atrás se veía una parte de la cama, deshecha.
“Estoy vieja”, volvió a murmurar, “vieja y fea”.
Abrió el ropero, eligió una falda azul y se volvió para vestirse.
***
Se había servido una taza de café y embadurnaba un pan con mantequilla cuando lo sintió entrar. Dejó el cuchillo sobre el platillo con mantequilla y se volvió, con el pan en la mano.
José cerró de un golpe y la miró.
–Hola –dijo.
–Tan temprano… –dijo ella.
–¿Y qué? ¿No puedo llegar a la hora que se me ocurra?
–Sí, pero como nunca llegas tan temprano…
José se encogió de hombros.
–Dame una taza de café.
Y fue a lavarse las manos.
María se levantó y se dirigió a la cocina. Al volver con el café humeante, José estaba sentado con las manos cruzadas apoyadas en el borde de la mesa y la vista fija en la cubierta desnuda, sin mantel. Dejó la taza a un lado y le acercó un paño blanco, manchado en el centro. Él no se movió.
–Quita las manos –dijo ella. Pero tuvo que remecerlo para que obedeciera.
Acomodó el paño, puso la taza ante él y fue a sentarse en su lugar.
–¿Quieres pan?
José había vuelto a poner las manos sobre la mesa y miraba el humo que se desprendía de la taza.
–Ya se enfrió mi café –dijo María. Y dio un mordisco al pan.
Masticó lentamente y bebió un sorbo de café.
–¡Está helado! –exclamó de mala gana.
Él no respondió.
–¡Bueno! ¿Qué es lo que te pasa?
José levantó la vista.
–Dame pan.
Le acercó el pan y el plato con mantequilla.
–Ponle mantequilla.
–Ponle tú. Mi café ya se enfrió.
–Ponle mantequilla, por favor –repitió José. Le sonrió.
María apartó su taza y abrió el pan con el cuchillo. Empezó a cubrirlo con mantequilla.
–¿Qué pasa, José? Hace mucho tiempo que no llegabas tan temprano.
–Tenía ganas de estar en casa.
Ella le tendió el pan. Lo recibió y siguió mirándola detenidamente.
–Te ves cansada.
–Sí. Estoy vieja. Esta mañana me estuve mirando al espejo. Ya no soy la misma María que te gustaba tanto, ¿verdad?
–Sí, eres la misma. Has engordado un poco, pero yo también estoy más viejo.
–No, tú estás bien; con los años te has puesto buenmozo.
José rio.
María apoyó los codos en la mesa y se apretó las mejillas.
–¿No comes?
–¿Y tú?
–Mi café se enfrió.
–Caliéntalo.
–No tengo ganas. Prefiero mirarte comer. Es tan poco lo que puedo verte ahora.
José dejó el pan sobre la mesa.
–Yo tampoco tengo ganas.
Se levantó y empezó a pasear por la habitación.
María recogió las tazas y las llevó a la cocina. Cuando volvió, José seguía paseándose, mirándolo todo como si fuera la primera vez que lo veía.
Había una mesita de centro, con un paño rojo y un florero de loza blanca decorado con pájaros azules. En el florero había un puñado de ramas verdes, de hojas pequeñas, sin flores.
María fue a sentarse en una silla.
–Todo está muy limpio –dijo él.
–Siempre lo ha estado. Somos pobres, pero limpios.
José no contestó. Se sentó. Miró las ramas que verdeaban en el florero.
–Se ven bonitas –dijo.
–Sí; a falta de flores, no están mal.
–¿Te acuerdas de los gladiolos de plástico que compraste una vez?
–¡Cómo no me voy a acordar! Bien caros me costaron, tú llegaste curado esa noche y los rompiste.
José lanzó una carcajada.
–Las flores no son de plástico. ¿Dónde se ha visto flores de plástico?
–Era una sorpresa que te tenía. Estaban muy bien hechas y parecían naturales.
–Parecían, pero no lo eran.
–No basta serlo, hay que parecerlo, decía mi padre.
–¡Tu padre!
–No hablemos de él –dijo María, y se puso de pie.
José también se levantó y dio otra vuelta por la habitación. Se detuvo frente a una puerta cerrada. María, a su espalda, se quedó inmóvil, con la boca abierta y los ojos fijos en su nuca.
Se volvió hacia ella con lentitud. Se miraron. José tragó saliva antes de hablar.
–¿Sabes? Hay niños en la casa nueva, donde estoy haciendo el jardín.
–¡Ah! –exclamó María. Y luego dijo:
–Yo creí que aún no estaba habitada.
–No lo está. Los niños viven al frente. Son de este porte. Les di una piedra del jardín que estoy haciendo. Era una piedra cualquiera, pero como salieron chispas cuando la golpeé con la picota, me la pidieron.
–¿Son bonitos?
–Todos los niños son bonitos.
–Sí, todos los niños son bonitos.
Hablaban con lentitud, en tono bajo. Dejaban silencios entre una y otra frase.
–¿Cuántos son?
–Dos.
–¿Morenos?
–No, rubiecitos.
–¡Ah!
–¿Sabes lo que dijeron? Que en todas las casas hay niños. Estaban entusiasmados porque les dije que iba a hacer un cerrito en el jardín. Deben haber creído que va a ser un cerro enorme y que van a poder ir a jugar en él.
–¡Ah!
No se habían movido. José tendió una mano. María se la cogió y dieron unos pasos hasta la puerta cerrada. José tomó la perilla, volvió a mirar a María, y abrió.
La ventana de la pieza estaba cerrada y los contornos de los objetos que había en ella se veían difusos. Los contemplaron así un rato y enseguida María fue a abrir la ventana.
–Ábrela bien, para que entre aire.
Era una habitación pequeña. Una cuna de madera de pino con cobertores blancos estaba a un costado. Una cómoda, también de pino, se apoyaba en un muro. Sobre ella, puesto en un marco de cuero, un niño regordete de abundante pelo negro y ondulado sonreía desde una fotografía defendida por un vidrio. Junto a la fotografía había un florero con ramas verdes, de las mismas de la sala.
–No tiene flores –dijo José–, ramitas nomás.
–Se nos acabaron las flores.
–Se pueden comprar.
–No tenía plata.
–Pudiste pedirme.
–En el estado en que llegaste anoche…
–Siempre debe tener flores.
José la miró, le pasó la mano por el pelo y le dijo:
–Vamos a ver si podemos conseguir algunas
***
Al despertar, le pareció que alguien silbaba:
“De vereda a vereda,
de balcón a balcón…”
–¿José? –llamó.
Nadie respondió.
Estiró un brazo para palpar la cama a su lado y la encontró vacía. Se enderezó.
–José –dijo en voz alta.
No hubo respuesta.
–¡José! –gritó.
La casa estaba silenciosa.
Miró el reloj sobre el velador: eran las nueve y media.
Suspiró y volvió a tenderse y a taparse con las sábanas. Cerró los ojos y la invadió el sopor. Tenía el cuerpo duro, tieso y pesado. La cara le ardía. Empezó a perder conciencia de sí misma, de la cama, del dormitorio. Iba cayendo en un abismo. De muy lejos volvió a llegar el silbido, armonioso:
“De vereda a vereda
de balcón a balcón,
de sonrisa a sonrisa,
floreció nuestro amor”.
El corazón le latía locamente. Era joven, delgada y hermosa. Nunca había sido tan hermosa como en ese instante. Tenía un vestido celeste, ajustado en la cintura y de falda amplia. Calzaba chalas blancas. El nerviosismo la dominaba. El silbido se escuchaba cada vez más intenso.
Corrió hasta la cocina, donde estaba su hermana.
–Rosa –le dijo en voz baja–, Rosa…
–¿Qué pasa? ¿Te sientes mal?
–¡Shiiit… Es José, está ahí, ¿no lo sientes?
Rosa puso atención.
–Parece que sí. ¿No es tu canción?
Afirmó con la cabeza y habló atropellándose, cuidando de no alzar la voz.
–Sal, por favor, y dile que se calle, antes de que lo escuche mi papá.
–¿Por qué?
–Está enojado con José. Esta mañana me dijo que no quería que saliera más con él.
–¿Y qué vas a hacer?
–No sé, pero sal y dile que se calle. Dile que voy en un ratito, que yo hablaré con él, pero que no siga silbando.
Rosa rio.
–Está bien, está bien; pero no tienes para qué ponerte así. No es nada tan grave.
–Anda rápido, rápido.
María empujaba a su hermana.
–Deja por lo menos que me seque las manos.
Finalmente salió. Regresó al poco rato. María la aguardaba en la cocina.
–¿Qué dijo?
–Nada, ¿qué iba a decir? Te espera en la esquina. Yo le dije que ibas a salir. Ahora, no sé si mi papá te dará permiso.
–No. Si le digo que voy a ver a José no me va a dar. Pero tengo que salir. Mira, vamos a decirle que voy a comprar cualquier cosa… ¿arroz?
–Está bien, está bien. Anda nomás.
María fue al baño, se miró al espejo, se acomodó el pelo que llevaba suelto sobre los hombros, y se dirigió a la puerta.
–Papá –llamó.
–¡Papá! –gritó más fuerte.
–¿Qué pasa?
–Voy a comprar arroz, vuelvo en un minuto.
–No te demores –gritó el padre, sin salir de su habitación.
Sonrió y cerró de golpe. Caminó de prisa hacia la esquina.
***
–Así fue como pasó, amigo: ella salió con el pretexto de que iba a comprar y se quedó esa noche conmigo. Desde entonces es mi mujer.
José se acomodó sobre el mostrador y clavó la mirada en la espuma que sobrenadaba en su vaso de cerveza.
El otro hombre se irguió en el taburete y trató de llevar una mano al bolsillo. Le costó encontrarlo. Hizo un nuevo intento, pero su cuerpo fue sacudido por un eructo.
–Perdón.
José movió un poco la cabeza, sin despegar los ojos de la cerveza.
El otro sacó una cajetilla y se entretuvo tratando de que asomara el tabaco.
–¿Fumas?
–Gracias.
José tomó el cigarrillo, se lo llevó a los labios y se concentró otra vez en el vaso de cerveza.
El otro sacó fósforos. Luchó un rato con la caja que se negaba a abrirse, y con torpes movimientos raspó uno que se encendió en una débil llama amarilla. Lo acercó al cigarrillo de José y enseguida prendió el suyo. Sacudió el fósforo y lo lanzó al suelo.
Frente a ellos, en el mostrador se apilaba una docena de botellas de cerveza, vacías.
–Así que se casó –dijo el otro. Sus palabras salieron en una nube de humo.
–Bueno, de casarme, lo que se llama casarse, no me casé.
–¡Ah!
Bebieron.
–¿Para qué me iba a casar?, digo yo.
–Claro, ¿a quién le importa eso?
–Al padre de ella, pues. A su padre era lo único que le importaba, que nos casáramos. Y yo no le iba a dar en el gusto, ¿no le parece?
–Claro… claro.
Golpeó las manos y levantó dos dedos para indicarle al mozo:
–Dos más.
Mientras el mozo destapaba las cervezas, José dio un suspiro y sacudió la ceniza.
–El viejo es un fregado. Quería que hombre que se acercara a sus hijas fuera inmediatamente a hablar con él de matrimonio. Por eso Rosa se quedó solterona.
–¿Solterona? ¿Rosa?
–La hermana de mi mujer.
–¿Y qué tal es? ¿Muy vieja?
–No, pero mayor que María. Debe tener unos cuarenta y ocho, digo yo.
–¿Cuarenta y ocho? No está mal. ¿Y de cuerpo?
–Más o menos.
–Entonces yo podría, si usted me la presenta…
–Déjese de leseras, amigo. ¿No le digo que yo no la veo?
–¡Ah! Yo decía nomás.
–María a veces se encuentra con Rosa, pero con el viejo jamás. Él quería que nos casáramos; lo único que le importaba era que nos casáramos, como Dios manda, decía. ¿Qué tiene que ver Dios en la cama de uno, digo yo?
–¡Dios en la cama! ¡Por la pucha!
–¡Salud!
José se limpió la boca con el dorso de la mano. En una mesa, al fondo del bar, dos hombres gritaban. Se volvieron a mirarlos. Estaban en un grupo jugando dominó, y discutían. Uno de ellos se levantó y cogió una botella por el gollete para golpear al otro, pero los demás jugadores lo detuvieron y lo único que consiguió fue chorrearse la manga de la camisa con vino tinto. Entonces se sentó, no gritó más y todo el grupo siguió jugando dominó como si nada.
–¿Usted le habría pegado el botellazo?
José se encogió de hombros.
–¡Qué sé yo! Yo nunca peleo.
–Claro, es lo mejor.
–¿Qué le estaba contando?
–Que Dios se metía en su cama, o algo así.
–¿En mi cama? ¡En mi cama mando yo! Pero el viejo era más complicado… Lo único que quería era que nos casáramos. Yo le decía a mi mujer que lo que importaba era que nosotros fuéramos felices, con libreta o sin libreta, con papeles o sin papeles, ¿no le parece?
–Claro, ¿qué importan los papeles?
–Y María dale con que su papá quería matrimonio y que no íbamos a poder vernos más. Así que esa noche le dije que se decidiera de una vez por todas: o se iba conmigo esa misma noche o no nos veíamos más.
–¿Y?
–¡Se fue conmigo, pues!
–¡Eso es de hombre! Sacó trago, amigo.
Bebieron.
–Yo le decía: ¿para qué nos íbamos a casar? Si vivir juntos y dormir en la misma cama es tan simple, ¿para qué complicarlo con papeleos y ceremonias? Si lo mismo da Juana que Chana.
–Claro, pues, lo mismo.
José se quedó pensativo. La barbilla apoyada en el pecho, los ojos fijos en la espuma de su vaso de cerveza. El otro empezó a agitar su vaso para deshacer la espuma y derramó un poco sobre el mesón.
–¡Sabe? –dijo José levantando la cabeza.
El otro, con una servilleta de papel, enjugaba la cerveza del mostrador. Dejó la servilleta y miró a José.
–¿Sabe? Hace veinte años que vivo con María.
–¿Veinte años? Es un buen poco. ¿Y es buena para la cama?
José sacudió la cabeza, apretó las mandíbulas, dio un puñetazo en el mesón y exclamó:
–¡Es mi mujer, mierda!
–Bueno… bueno… Yo no quise ofenderlo; si yo decía nomás, amigo, no es para que se ponga así. Tomémonos un trago.
José mojó apenas los labios. El otro bebió largamente.
–Perdone, en serio que no quise ofenderlo, amigo. ¿Cómo dijo que se llamaba?
–José Fuentes.
–José Fuentes, de veras… Yo soy Ramiro Sepúlveda, para servirlo, tanto gusto.
Se estrecharon las manos.
–Y usted, ¿cuántos años que está casado?
–Dos años y dos meses.
–¡Por eso…! A los dos años uno todavía se preocupa de la cama, pero a los veinte… Yo, la verdad… Mi mujer ha engordado, ¿sabe? Todo el mundo engorda. Yo, la verdad, ahora me busco otras mujeres. Me gustan jovencitas.
–¿Y a quién no le gustan?
–Yo me las arreglo con una vecina –dijo José–, pero es muy complicado.
–Las putas convienen más –dijo el otro–. Hay que tener una picada y hacerse conocido.
Quedaron un momento en silencio.
–¿Otro cigarrillo?
–Yo fumo poco –dijo José.
–Fume nomás, un cigarrillo no le hace mal a nadie.
Encendieron los cigarrillos.
–¿Qué hora es?
–Van a ser las once.
–¿Se toma otra, o nos vamos ya?
–¿Y a dónde vamos?
–Vamos a putas, yo conozco una casa bien buena.
José se encogió de hombros.
–Bueno –dijo–, ¿para qué me voy a hacer de rogar?
***
Tenía un presentimiento: “En cuanto me siente a tomar café va a llegar José y voy a tener que pararme a servirle. Se me va a enfriar igual que ayer”.
Así que se entretenía acomodando las flores, persiguiendo a una mosca con una revista de tejidos, o contemplándose las manos encallecidas y descuidadas. Le hacía falta pintarse las uñas; es increíble lo que se gana con las uñas pintadas…
“¿Lo esperaré otro rato…? Aunque lo espere, sé que no va a llegar hasta que yo me siente a tomar café. Es un presentimiento. Puedo pasarme una hora aquí y si me sirvo el café, justo aparecerá él. ¿Para qué seguir esperando?”
Fue a la cocina. Antes de entrar se volvió y estuvo un par de minutos contemplando la puerta de calle, anhelante. Hasta que bajó la cabeza y fue a buscar una taza. Abrió el tarro de café instantáneo haciendo palanca con el mango de una cuchara en la tapa de lata, la llenó hasta los bordes con el polvo oscuro y lo vació en la taza.
–Café de mentira –murmuró.
Al principio José no quería tomarlo. “Esto no es café”, decía. Café sintético, como las flores de plástico. Las cosas deben ser auténticas. Recordaba esos gladiolos que él rompió una noche, borracho. Bueno y sano no lo habría hecho. Le habría dicho que no le gustaban, que los botara o que viera lo que hacía con ellos, pero no los habría roto.
Ella siempre se acordaba de esos gladiolos. Estaban muy bien hechos. Parecían naturales. Algunas cosas se rompen, desaparecen; pasa el tiempo y uno sigue recordándolas tan bien como si las viera; y están mucho más presentes que si realmente existieran todavía. ¿Por qué será? Por ejemplo, esos gladiolos de plástico que no alcanzaron a estar un día en el florero eran mucho más reales, para ella, que los dos cuadros que José había colgado en el muro. Ni siquiera sabía qué representaban. En uno había una carreta, le parecía, y en el otro, una casa y un árbol; y también una tinaja. Sabía que había una tinaja, pero no recordaba en cuál de los cuadros estaba pintada. Los había visto esa mañana, al sacudir, y no se acordaba. En cambio, los gladiolos…
Bueno, después de todo, José ahora tomaba café instantáneo.
Llevó la taza hasta la mesa del comedor y se sentó. No iba a comer pan porque solo tenía ganas de tomar algo caliente; además el pan engorda y ella ya lo estaba bastante. Le hacía falta adelgazar un poco. No le molestaba ser así, pero se daba cuenta de que ya no atraía a José. Habían pasado tantos años también… En todo caso le gustaría ser más atractiva para él, tenerlo más cerca, como antes.
¿Por qué no llegaba todavía?
Bebía a sorbos lentos, dándole tiempo al tiempo para que llegara José y se cumpliera su corazonada. Muchas veces las había tenido y casi siempre fallaban, pero ahora deseaba con toda el alma que José llegara, que se acercara nuevamente a ella.
“Así como ayer”.
Ayer había llegado más o menos a esa hora, cuando empezaba a tomar su café. Ahora estaba terminándolo y todavía no aparecía. ¿Qué podría haberle pasado?
Bebió el último sorbo y dejó la taza sobre el platillo, con cuidado, para que no hiciera ruido. Movió la cabeza y sonrió. Los ojos se le humedecieron. Apretó las mejillas entre las manos y afirmó los codos en la mesa. Una lágrima se le escapó, fue a caer dentro de la taza y sonó de modo absurdo. Rio.
¿Qué puede haberle pasado?
Volvió a reír y los ojos volvieron a hacérsele líquidos. Sin quitar las manos de la cara se limpió el borde de los ojos con los dedos meñiques para impedir que las lágrimas rodaran.
¿Qué iba a pasarle? ¡Nada, pues! Habría ido a beber con los amigos. Habría vuelto a lo de todos los días después del paréntesis de ayer. Ayer regresó a ella, al hogar, porque encontró a dos niños en el jardín nuevo y lo habían hecho recordar. Pero ya habría olvidado y estaría sumergido en vino. Y ella estaba, otra vez, sola con sus fantasmas.
No quería volver a vivir aquello. Cualquier cosa era preferible. Que José llegara borracho, que no llegara en dos o tres días, que no tuviera dinero para comer, que el almacenero no quisiera fiarle un paquete de fideos o un poco de arroz, que en el barrio la señalaran con el dedo, que murmuraran, que una vecina le contara que Alba Cruz y José… ¿Sería verdad? ¿Tendría José algo con Alba Cruz? Alba Cruz era joven, tenía buena figura, y José… ¡Bueno, que se enredara con Alba Cruz! Todo, hasta eso, era preferible a vivir de nuevo aquello.
¿Por qué últimamente estaba viviendo de nuevo las cosas que le habían ocurrido hacía tantos años? ¿Qué significaría eso? ¿Estaría enferma? ¿O era que estaba muy sola, que ya nada le sucedía y recordaba entonces el pasado, como si fuera una viejita? Aunque no era recordar precisamente. Ahora, por ejemplo, podía acordarse… ¿de qué?... ¿A ver?... Bueno, no se le ocurría nada; pero recordar era una cosa y vivir de nuevo, otra muy distinta. Cuando le sucedía, perdía conciencia de quien era, de donde estaba, de su edad, de su físico, de sus sentimientos actuales y volvía a ser la de antes, a sentir lo mismo, a hablar lo que dijera tanto tiempo atrás, a ver personas desaparecidas, a escuchar música que ya nadie tocaba. Y no quería vivir otra vez lo de Manuel…
Lo había nombrado. Lo había pensado. No podía escapar. No deseaba escapar tampoco. Lo único era no vivir de nuevo el dolor, ni la felicidad; porque después de esa inmensa felicidad eran más insoportables la soledad y la pena.
José ayer había vuelto por Manuel. No volvió por ella. Había sido por Manuel. Ella no importaba; ella ya no tenía nada que ofrecerle, ni siquiera otro Manuel. Tenía la entraña seca y solo un milagro podría convertirla en madre. Un milagro que esperaron durante cuatro, cinco, seis años. Ya no esperaban nada.
Manuel ya no existía y solo podían recordarlo, mantener su habitación como un pequeño santuario, tal como cuando él estaba. Con los dos monitos de goma, el chanchito Práctico y el Pato Donald; el cascabel que fabricara José con bolitas de cristal; las figuras que José recortara de una revista y pegara en madera terciada para decorar la pieza, la cuna que hiciera José, el lavatorio en que ella lo lavaba para cambiarle pañales. Todo, menos Manuel. Apenas una fotografía que siempre debía tener flores.
“Aunque falte para la comida, siempre tiene que haber unos pesos para las flores del niño”.
Pero el niño no estaba. Apenas su recuerdo doloroso. Y no había forma de reemplazarlo. La única forma era que ella lo trajera otra vez a la vida; y su entraña estaba seca.
***
Lo sintió antes de que abriera la puerta. Encendió la luz del velador y miró el reloj. Eran las dos y cuarto. No se había dormido, esperando que él llegara. Dejó la luz encendida para que pudiera dirigirse hasta la pieza sin dificultad.
José cerró con un golpe demasiado violento y a pesar de la luz caminó a tropezones hasta la habitación.
María se irguió en la cama para contemplarlo. Estaba borracho y tenía la boca abierta. Afirmado en el marco de la puerta, la miraba inexpresivo.
–¿Por qué, José?
El rostro de él se animó. Cerró la boca y frunció el ceño.
–¿Por qué qué, ah? ¿Por qué qué?
María lo miraba entristecida. No dijo nada y se deslizó bajo las sábanas.
Él se acercó al lecho.
–Así que ahora uno no puede salir con un amigo, ¿ah? Así que me va a prohibir que salga con un amigo.
Estaba de espaldas a María; tenía las manos apoyadas en las caderas y la vista perdida. A medida que hablaba movía la cabeza de arriba hacia abajo.
María volvió a enderezarse. Le quitó el vestón trabajosamente. Él no cesaba de mover la cabeza y de repetir:
–¡Qué bonito…! ¡Qué bonito!
De pronto José gritó:
–¡Cállate!
María se quitó las manos de la cara y volvió hacia él su rostro congestionado.
–¿Hasta cuándo vas a llorar, por la cresta? ¿Hasta cuándo te voy a soportar? ¿Crees que me gusta venir a acostarme contigo? No tienes forma de mujer, ni nada…
Se puso de pie. Estaba irritado, perdía el control. De un manotazo soltó el único botón de la camisa que tenía abrochado. Se afirmó con las dos manos en la cama y acercó su cara a la de María, que lo contemplaba silenciosa; le echó su aliento vinoso y le dijo en voz baja:
–Ni siquiera eres capaz de darme un hijo…
María se cubrió la cara con las manos, se tendió en la cama y le volvió la espalda. Las lágrimas brotaban a raudales, pero no emitía ningún sonido y su cuerpo estaba quieto, inmóvil, como si fuera una piedra; sus ojos eran un manantial en una montaña.
José no terminó de desnudarse. Se tendió sobre la cama sin quitarse los zapatos y repitió:
–Ni siquiera eres capaz de darme un hijo…
Hipó y se pasó las manos por el cabello.
***
No durmió ni una pestañada. Lo sabía de antes, desde hace mucho, pero no pensó que llegaría un momento en que él lo diría, y no podía haber imaginado lo cruel que iba a resultar.
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