Buch lesen: "Manual del entrenador de fútbol moderno"

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COLECCIÓN FÚTBOL

MANUALDEL ENTRENADORDE FÚTBOL MODERNO

Por

Antonio Gomá Oliva

Licenciado en E.F.

Entrenador de Fútbol

Colaboradores:

Javier Olivera Betrán

Claudio Barrabés Naval

4a Edición


Colaboradores: Javier Olivera Betrán

Claudio Barrabés Naval

Dibujos: Francesc Farré

© 2018, Antonio Gomá Oliva

Editorial Paidotribo

E-mail: paidotribo@paidotribo.com

http://www.paidotribo.com

4a reimpresión de la 4a edición

ISBN: 978-84-8019-138-8

ISBN EPUB: 978-84-9910-847-6

BIC: WSJA

Fotocomposición: Editor Service, S.L.

Diagonal, 299 - 08013 Barcelona

ÍNDICE

Prólogo

El fútbol en clave antropológica,

•De la primigenia caza al fútbol moderno

•La expansión del fútbol y sus peculiaridades regionales

•Dimensiones antropológicas del fútbol actual

•Hacia un análisis funcional del fútbol como deporte de equipo

PRIMERA PARTE: TEORÍA

Introducción

Capítulo 1: Teoría General del Fútbol

La preparación física

Cualidades físicas

La preparación táctica

SEGUNDA PARTE: GUÍA PRÁCTICA

Capítulo 2: El equipo

El Cuadro Técnico

Capítulo 3: La planificación del entrenamiento

Introducción a la planificación

La sesión de entrenamiento

Capítulo 4: El match

La competición

El partido

•Observaciones prepartido. (Equipo contrario, nuestro equipo, aspectos tácticos.)

•Observaciones del partido.

•Análisis postpartido. (Resumen estadístico, observaciones en general e individualizadas, variaciones tácticas.)

Capítulo 5: El test

Valoración del estado de forma del jugador

Anexos

El calentamiento

Ejercicios de flexibilidad

Bibliografía

PRÓLOGO

Es para mí una satisfacción poder abrir esta obra, primero, por haber tenido el privilegio de leerla antes que el gran público, y segundo, porque me entusiasma la idea de poder contribuir al ánimo de toda idea de divulgación del fútbol.

Una vez leída con detenimiento, puedo decir sin temor a equivocarme que ayudará, sin duda, a cualquier técnico o aficionado a descubrir nuevas formas de análisis y observación de un partido de fútbol, así como todo el entramado casuístico y estadístico que lleva consigo una buena programación y control en su práctica.

Si esto por si solo ya es de gran interés, su lectura también hará que el paseo histórico desde los primeros orígenes del fútbol a nuestros días, con una exhaustiva documentación, nos ilustre de una forma rica en detalles de la evolución de nuestro deporte.

También servirá como elemento de consulta para la organización del trabajo de la preparación física, para su entendimiento y desarrollo, gracias a la claridad de ¡deas en torno a este campo.

El gran esfuerzo puesto a disposición del lector, referido al trabajo de planillas de control facilitará a cualquier técnico planificar el entrenamiento, y nos ayudará a comprender mejor, dado su pormenorizado trabajo de análisis, este precioso juego del fútbol.

No me cabe la menor duda, que este libro tiene todos los ingredientes para recomendar su lectura y el gran trabajo de Antonio Gomá Oliva, que con su esfuerzo y generosidad de poner públicamente a nuestra disposición sus grandes conocimientos sobre esta materia, nos ilustra y nos anima a seguir profundizando en esta vocación futbolística.

Asimismo, espero que esta obra tenga el reconocimiento que a mi modo de ver se merece.

Un saludo y una exclamación de ánimo: ¡SUERTE!, aunque este trabajo no lo necesita.

José Manuel Esnal Pardo “Mané”

Entrenador U.E. Lleida

EL FÚTBOL EN CLAVE ANTROPOLÓGICA

’Cada partido del fútbol representa un rico encuentro con sus numerosos aspectos tribales en conjunto. Allí se ven, inevitablemente, a los agobiados entrenadores que vociferan sus consejos tácticos en su desesperada búsqueda de goles: ahí, en el campo, los jugadores victoriosos se abalanzan para abrazar y estrechar a sus compañeros después de un feliz ataque sobre el enemigo; allí los directivos, hombres de edad, se angustian consultando las tablas de clasificación de la Liga y sueñan con el estímulo de promoción social que supone el ascenso a la División de Honor; allí se oye el cántico a coro de los hinchas apiñados apenas aparecen sus ídolos sobre el césped sagrado; allí están los refunfuñantes expertos que han visto todo esto antes y saben con profundo pesimismo que los buenos días de la auténtica deportividad se han ido para siempre; y allí, por último, se arraciman en los helados graderíos, en una alarde de hombría, los jóvenes seguidores apenas abrigados, dispuestos a enronquecer adamando a los ídolos que ellos nunca podrán ser; la Tribu de Fútbol en toda su gloria curiosamente aislada y sin embargo intensamente pública. ”

(Morris, D„ 1982)

El fútbol es un juego colectivo de pelota ejecutado casi exclusivamente con el pie, cuyo reglamento ha sufrido muy pocas modificaciones a lo largo de sus 130 años de existencia, y enfrenta a dos equipos que están en conflicto por ganar. ¿Pero cuál es la razón que esta actividad realizada en escenarios que recuerdan su origen agropecuario despierte tamañas pasiones y un nivel dé expectación de índole planetario no superado aún por ningún otro deporte?

Una de las explicaciones más lúcidas que he podido encontrar a semejante reto intelectual, es el ofrecido por el antropólogo Des- mond Morris1. Según él, el fútbol congrega a millones de aficionados y su campeonato del mundo es el mayor espectáculo monodeporti- vo del mundo, sólo superado por ese conjunto de 28 campeonatos del mundo de otros tantos deportes reunidos en diecisiete días, los JJ.OO., porque es la actividad que mejor ha sabido llenar el vacío creado por la decadencia de actividades ancestrales en el hombre que de una manera u otra forman parte de él.

El fútbol a través de los equipos, los clubes, la federación, los estadios, los jugadores, los héroes, el entrenador, los dirigentes, los árbitros, los hinchas, la prensa y en suma el campo de batalla y la competición, representa para la enorme masa de seguidores y aficionados la personificación de los anhelos, frustraciones, inhibiciones, sensaciones, emociones, pasiones que el hombre necesita manifestar y que la actual civilización le impide hacerlo adecuadamente. El fútbol es el símbolo moderno óptimo para la canalización de ese enorme caudal de sensaciones que conlleva la existencia cotidiana en nuestra civilización y que ha supuesto que el fútbol se convierta en la gran terapia mundial para millones y millones de seguidores de los cinco continentes, con toda la rica variedad de razas, lenguas, costumbres, creencias y culturas que ello supone. Sin embargo, para todos ellos, el fútbol supone, sin duda, un importante proceso de realización personal y grupal y un factor de equilibrio e identificación en una época de crisis de valores.

De la primigenia caza al fútbol moderno

La caza, según el mencionado autor inglés, ha sido una actividad ancestral que suponía para el individuo prehistórico una necesidad de vida y una excelente fórmula de liberación de los instintos básicos propios de su especie que poco a poco, gracias a la inteligencia y en suma al desarrollo cultural colectivo, irá perfeccionando, aumentando de esta manera las posibilidades de supervivencia del género humano. Así, el hombre primitivo, aparte de recolectar frutos silvestres para su subsistencia, necesitó asociarse y generar técnicas y estrategias de comunicación y cooperación, para desarrollar prácticas de gran complejidad y dar un salto cualitativo en la dura lucha por la supervivencia. El hombre prehistórico se convierte en un cazador de supervivencia, desarrollándose la primera gran división del trabajo de la historia de la humanidad: las fuertes exigencias maternales recaían sobre las hembras de la tribu y los jóvenes adultos machos desempeñaban el papel más importante en la caza.

Con la llegada de la revolución neolítica, el hombre pasa de nómada a sedentario y se convierte en agricultor y ganadero, y aunque la cqza de supervivencia deja de tener la importancia vital de antaño para sobrevivir, ésta no se abandona pues ya existía la necesidad placentera de la persecución, de la cooperación, del riesgo, de la excitación en la preparación del evento con sus estrategias, de los peligros, del clímax en la ejecución. De esta manera, el hombre se convierte en un cazador por placer, en un cazador lúdico, ahora diríamos cazador deportivo.

A la revolución neolítica le sucedió la revolución urbana y tecnológica, surgiendo grandes urbes con enormes concentraciones de población, apareciendo los primeros imperios y también las primeras superorganizaciones de corte estatal capaces de controlar y administrar grandes extensiones de territorio y población. Debido a las nuevas estructuras poblacionales, las posibilidades de la caza se habían esfumado y el individuo seguía necesitando sentir ese conjunto de emociones que le eran consustanciales con su inalienable sentimiento de ser hombre. En la civilización romana, los romanos aportan una solución al problema de insatisfacción colectiva, por medio de uno de sus lemas más famosos, el “pan y circo”, se construyen grandes instalaciones como el Coliseo de Roma, que albergan a miles de espectadores, los cuales contemplan un espectáculo de caza pero sentados cómodamente en sus asientos. D. Morris los denomina deportistas de escenario sangriento, la caza es trasladada del campo a la ciudad y aparecen los deportistas pasivos, es decir, los espectadores, los cuales participan de la emoción e incertidumbre del espectáculo, liberando toda clase de pasiones sobre las gradas. Las reminiscencias de este tipo de espectáculos en la actualidad son los encierros y las corridas de toros que mayormente han arraigado en nuestra cultura.

Desde mediados del siglo XVIII empiezan a configurarse una serie de cambios en la sociedad de la época con la revolución industrial y el desplazamiento de grandes masas de población de los ámbitos rurales a la ciudad, con objeto de ocuparse laboralmente en las nuevas cadenas de producción industrial, surgiendo de esta manera un nuevo colectivo urbano de asalariados que en clave marxista se le conocerá como el proletariado. Por otra parte, la sociedad se iba haciendo cada vez más refinada y civilizada, repudiando todo tipo de comportamientos violentos2, entre ellos los referentes al trato de los animales con fines de espectáculo y otros abusos (en 1820 se fundó la Sociedad Protectora de Animales) y también los relacionados con los juegos populares de pelota procedentes de los brutales juegos medievales, como la “soule”, el “gioco della pugna”. El resultado de todo ello es la sustitución de los espectáculos de escenario sangriento que se daban en la antigua Roma y la Edad Media principalmente por una nueva actividad de pseudo-caza, en torno a un conflicto no cruento y sin animales, el juego de pelota. El objetivo no era el adversario, sino el balón, aquél es un obstáculo que hay que superar para lograr el verdadero objetivo, la meta contraria a la que había que perforar para obtener la ansiada victoria. Se trataba de ganar y el balón es la pieza codiciada por todos.

El nuevo conflicto estaba servido, pronto las masas de asalariados ociosos y con tiempo libre podrán participar y gozar de un espectáculo que representa las primigenias actitudes del hombre y desarrolla toda una lección de historia práctica de cómo el hombre se comunica, coopera, se opone, lucha, sufre, vive y muere en torno a una tribu de fútbol. De igual manera, hace miles de años, en la prehistoria, el hombre efectuaba tareas similares en el seno de la tribu, organización básica de asociación humana, para sobrevivir.

Sin embargo, los juegos de pelota a lo largo de la historia no han tenido una gran aceptación, pues a pesar de que se conocían por las distintas civilizaciones que han transcurrido en el proceso histórico, éstos no paraban de practicarse minoritariamente, ya sea como parte de una programa de actividades lúdicas de carácter recreativo e incluso higiénico o como prácticas lúdicas destinadas a las mujeres. Los egipcios, los griegos, los romanos practicaron sin demasiado entusiasmo estos juegos, también las grandes civilizaciones asiáticas, china e hindú los conocían, y solamente en el continente americano, se practicaban muchas modalidades, todas ellas desarrolladas con auténtica pasión y absoluto reconocimiento social. En las civilizaciones mesoamericanas se construyeron canchas específicas y se les otorgó, a algunos de ellos, una importancia ritual de primera clase, prerrogando al resultado con la incertidumbre clásica de aquellos encuentros rituales, predicciones de carácter divino con respuestas concretas para su subsistencia: sequía, lluvia, sol, viento y otros fenómenos atmosféricos, propios de pueblos cuya supervivencia dependía de la agricultura (civilizaciones del Centro de América: olmecas, mayas, aztecas, etc.).

Probablemente la razón de la diferente consideración de los juegos de pelota radica en la pelota o el balón de juego. En las civilizaciones del Antiguo Mundo, el balón no estaba bien resuelto técnicamente, pues no poseía el dinamismo y la consistencia necesaria para resistir los avatares de un juego de pelota demasiado fuerte. Hechos de hilo y rellenos de juncos cortados o paja, como los encontrados en el Museo Británico y pertenecientes a la antigua civilización egipcia, eran demasiado delicados para realizar juegos bruscos. Otras civilizaciones desarrollaron pelotas confeccionadas con pieles curvas cosidas y rellenas de semillas, fibras vegetales, plumas, etc. Las vejigas de animales infladas, proporcionaron un balón de mayor movilidad, pero estallaban con facilidad. En el medioevo se utilizaban también y con mayor éxito los balones macizos, generalmente cubiertos de cuero y rellenos de virutas de corcho u otro material ligero. Sin embargo, ninguno de estos objetos esféricos que protagonizaban el juego, consiguieron imprimir al mismo la versatilidad y viveza necesarias para su consolidación.

En las civilizaciones mesoamericanas, sus habitantes tenían a su alcance la planta de “hule”, de la que extraían el látex del que debidamente tratado se obtenían unas pelotas de caucho con el peso y las dimensiones que deseaban. Éstas eran extraordinariamente elásticas y por sí solas eran capaces de insuflar al juego una gran vistosidad y espectacularidad. En el norte del continente americano, las tribus autóctonas del medio oeste utilizaban un arbusto del desierto denominado “guayule” con el que elaboraban pelotas con rebota de comportamiento vivo y versátil para poder jugar en sus variados y multitudinarios juegos de pelota.

Quizá fuera ésta la clave para explicar la distinta significación y popularidad que se dieron a estos juegos en el Viejo y en el Nuevo Mundo, aislados entre ellos hasta fines del siglo XV. Los tradicionales problemas de la confección de pelotas y balones no se resolverían de inmediato, a raíz del conocimiento por los españoles de estas plantas y los respectivos balones hechos con caucho. No fue hasta el siglo XIX cuando se descubrió en Europa un solvente adecuado para el caucho sin refinar, lo que permitió fabricar vejigas de caucho infiables muy resistentes que podían soportar una gran presión y por tanto, excelentes cámaras interiores para los balones de cuero, por lo que se pudo fabricar la primera bola susceptible de golpear con el pie, con posibilidad de rebote y movilidad imparcial que depende exclusivamente del modo como se la impulsa. La respuesta múltiple e imparcial del balón permite su control preciso y la posibilidad de predecir sus trayectorias, de ahí que sin la posibilidad de contar con un balón de cuero y caucho hinchado, gracias a la tecnología de utilización del caucho, habría sido prácticamente imposible el desarrollo tan extraordinario que sufrió el fútbol como deporte moderno con vocación universal.

No obstante, en Occidente, aquellos juegos toscos y violentos, mínimamente reglamentados con sus rudimentarios balones y participación multitudinaria, fueron los protagonistas festivos de toda una época marcada por el ruralismo de sus gentes y el sentimiento de colectividad y cooperación, reflejado en grandiosas construcciones anónimas y colectivas como las catedrales medievales, y que representan el punto de engarce entre una época eminentemente rural y señorial y otra industrial y burguesa, cuyas prácticas y espectáculos necesitaban de una nueva actividad al gusto de las nuevas mentalidades, actitudes y necesidades. Aquellos juegos pierden su protagonismo al paso de los tiempos, pero no desaparecen quedando localizados en lugares muy concretos, con el definitivo decaimiento de los juegos y competiciones de corte sangriento por mor del proceso de civilización que sigue la sociedad europea a lo largo de la era moderna. Estos juegos colectivos de pelota se convierten en los deportes de equipo del siglo XIX, después de sufrir un fuerte proceso de transformación, como veremos a continuación.

El fútbol americano proviene, en su origen inmediato, de una serie de juegos populares medievales que en Gran Bretaña recibirán multitud de nombres diferentes como football, campball, hurling, knappan, socker, soccer. Las variantes continentales incluían la “soule” en Francia y demás países de su órbita cultural y el “calcio florentino” en la actual Italia. Estos juegos-luchas que integraban elementos del fútbol, el rugby actual y otros juegos deportivos afines, eran actividades brutales y salvajes que a menudo fueron condenados y prohibidos por las autoridades locales y estatales. En Gran Bretaña entre los años 1313 y 1667 se prohibió sin éxito, en más de treinta ocasiones3, en Francia y otros países del continente europeo sucedió otro tanto.

El desarrollo inicial del fútbol en Inglaterra se inició a principios del siglo pasado, potenciado por grupos de ascendencia burguesa, los cuales se unieron a las clases terratenientes para poder gobernar. En este siglo, a diferencia el siglo XVIII, surgieron formas más reguladas y civilizadas de juegos de pelota que luego se convertirían en el fútbol, el rugby y otros deportes de equipo. Al principio estos juegos entran en la escuela, concretamente en las elitistas “Public Schools”, y sufren un proceso continuo de reglamentación y codificación de la propia competición, excesivamente violenta, variable y libre, transformándose en los actuales deportes. Los protagonistas de este suceso son los propios y entusiastas alumnos de estas escuelas, que en algunos casos contaron con el beneplácito e incluso la colaboración mediante pacto de los rectores de los centros. Los estudiantes crearon además un concepto ideológico, de carácter defensivo y evidentemente civilizatorio, que denominaron “fair play” que podríamos traducir como “juego limpio”, y más tarde pasó a denominarse “juego deportivo”, y que resulta ser un factor determinante para la participación de las élites más refinadas y civilizadas en la dinámica de estos peligrosos juegos dominados hasta entonces, por la brutalidad de las clases bajas.

En Harrow, Eton y en otros colegios se jugaba a una especie de balompié que posteriormente habría de convertirse en el moderno Fútbol Asociación (1863), en Rugby y en otros lugares se jugaba de forma diferente. En estos últimos prevalecía el juego de la pelota con las manos en relación al juego de la misma con los pies. Esta modalidad acabó siendo la moderna unión futbolística de Rugby (1871). A lo largo de todo el siglo pasado se fueron produciendo tentativas de unificación y refinamiento de las todavía excesivamente agresivas características de este protofútbol, de la mano de los estudiantes de los colegios más notables de la Inglaterra Victoriana, En 1845 se produce el acuerdo sobre la unificación de reglas de Cambridge, el “simplest-play”, convirtiéndose en un juego de pases con los pies. Sin embargo, aún existían muchos problemas por resolver como el jugar al balón con las manos, herencia de los mencionados juegos medievales y que era preciso resolver, pues con ello se solucionaba en gran medida el problema de la violencia y el arremolinamiento de jugadores en torno al balón. En 1863, la incipiente English Football Association (Fútbol Asociación) se dividió cuando la mayoría de los socios propuso eliminar completamente el juego de “las patadas en las canillas”, mientras una minoría de miembros fundadores se_ apegaba a la opinión de que abolirlos restaría virilidad al juego y se opuso a ello, siendo ésta una de las razones fundamentales de las diferencias entre los partidarios de suavizar el juego y los que abogaban por mantener las formas tradicionales. Fruto de ese desacuerdo se dieron dos clases de fútból en Inglaterra, la Association Football o “soccer” por un lado y el Rugby Football (Unión de Rugby) o “rugger” por el otro4

La diferencia de criterios a la hora de definir las reglas había llevado, en suma, a la separación de ambos deportes. El rugby fue practicado por una juventud más acomodada mientras que el fútbol se popularizó de forma sorprendente. Un rector de Cambridge afirmaba que el fútbol asociación era un juego de “gentlemen” practicado por villanos, mientras que el rugby era un juego de villanos practicado por “gentlemen”.

Sin embargo, existían asimismo otras modalidades de juegos análogos que por esa época se iban imponiendo en ciertos territorios del ámbito cultural anglosajón y que actualmente se han constituido como modalidades específicas de escasa divulgación, pero que proceden de un tronco común pero adaptado a las particularidades locales. El fútbol gaélico es una mezcla de fútbol y rugby que se hizo muy popular en Irlanda y se constituyó como juego deportivo en 1884. En los campos de criquet de Australia se jugaba una combinación de rugby y fútbol gaélico que se convirtió rápidamente en el juego moderno del fútbol australiano denominado abreviadamente con el apelativo de “Footy”. En la década de 1860 se extendió por los Estados Unidos de América una especie de fútbol, pero bajo la influencia de los jugadores de rugby de Montreal, los estadounidenses abandonaron el balompié por otro juego colectivo de tocar la pelota con la mano y correr con ella, naciendo de esta manera en 1874, el rugby americano. Con el paso del tiempo se diferenció ligeramente del canadiense, de modo que hoy son dos juegos distintos, aun cuando ambos derivan claramente del rugby inglés. En Inglaterra la Unión de rugby sufrió en 1895 una escisión, creándose por un numeroso grupo disidente la Liga de Rugby. Ésta nació con reglas ligeramente distintas y jugadores profesionales, a diferencia de los jugadores aficionados a la Unión de Rugby.

En el curso de poco tiempo, durante la segunda mitad del pasado siglo, se asentaron de esta manera siete juegos modernos de fútbol. Todos establecieron reglas fijas, codificando la competición y se institucionalizaron, creando sus propios organismos rectores y de control de zonas de influencia cultural. Cinco de los juegos deportivos: la Unión de Rugby, la Liga de Rugby, el fútbol norteamericano, el fútbol canadiense y el fútbol australiano; utilizaban la pelota oval cuya forma reflejaba el antiguo uso de las vejigas infladas, mientras que los otros dos: el Fútbol Asociación y el Fútbol Gaélico, se servían de la pelota esférica. Seis de la siete variantes respetaron el estilo original de Rugby al permitir que el balón se tocase con la mano. Únicamente una de ellas no aceptó esta norma: el Fútbol Asociación, y es precisamente esta modalidad la que ha llegado a ser la primera del mundo a una distancia enorme de las otras.

¿Cuál es la razón del gran movimiento de expansión del fútbol dejando totalmente atrás las otras modalidades, y que por alguna razón no poseen el atractivo universal del primero? ¿Quizá fue por desmarcarse del exceso de violencia y ofrecer un espectáculo más contextual izado con los tiempos de su desenvolvimiento, la razón de su posterior éxito en comparación con la expansión de sus homólogos? No lo sabemos a ciencia cierta, pero sin embargo es notorio que las características del fútbol, en su nueva versión, más civilizado y vistoso conserva parte de su origen rural, agropecuario y representa un conflicto entre dos equipos, en donde la agresividad se presenta a niveles razonables para la sociedad de su tiempo y la espectacularidad, incertidumbre y emoción del juego está asegurada.

La expansión del fútbol y sus peculiaridades regionales

Volviendo al fútbol y a Inglaterra, observamos que en el último tercio de siglo XIX, la rivalidad entre los distintos colegios de elite ingleses dará paso a la rivalidad entre los clubs creados por los antiguos alumnos de esos colegios -Copa de Inglaterra entre los distintos clubs asociados en 1871- y, posteriormente, esta tensión traspasará el ámbito local y nacional para convertirse en un conflicto intercomunidades Inglaterra-Escocia, primer encuentro entre selecciones nacionales. Pronto, en el último cuarto de siglo, los equipos de los trabajadores ganarán a los flamantes equipos de los clubes burgueses, se empezaron a construir o habilitar estadios, al principio en territorio inglés y después en las restantes comunidades británicas. La población acudirá en masa a estos espectáculos y enseguida será necesaria la presencia de unos cronistas que narren para la historia las vicisitudes, proezas y héroes de los encuentros disputados, naciendo de esta manera la prensa especializada. Anteriormente ya se había fundado la International Football Association Board en 1876, prueba de las miras de internacionalización del fútbol por parte de sus promotores; aunque el nivel de desarrollo en el vecino continente europeo era mínimo, el primer club francés se crea en 1872 (El Havre), el primero danés en 1881 (Copenhague) etc. Uno de los primeros países del continente americano en que se introdujo el fútbol fue Brasil a través de la ciudad portuaria de Río de Janeiro, algunos marineros británicos arribados a esa ciudad lo desarrollaron por vez primera en 1864. En Buenos Aires aconteció el mismo proceso, incluso en fechas anteriores, siendo en 1867 cuando se celebró el primer partido formal.

Una vez creada la Assoclation of Football y con la consolidación de la actividad en el país, surge la expansión del fútbol por los diversos territorios allende de sus fronteras, fundamentalmente europeos, a cargo de los entusiastas practicantes británicos que de forma espontánea lo van divulgando allá donde van como ingenieros, marinos, estudiantes, profesores militares, etc., en una época de fuerte expansionismo inglés en todo el mundo. Los primeros clubs creados son entidades situadas en ciudades costeras principalmente en donde existían colonias de ingleses.

En España, Huelva (1878), Barcelona (1889), Bilbao (1890), enseguida prende el entusiasmo en todas partes y se van fundando clubs organizando de inmediato las primeras competiciones que es preciso regular desde un ente superior, las federaciones regionales, las cuales se supeditan a la federación nacional. En 1904, año de la creación de la Federación Española de Fútbol, se funda por una serie de países, entre ellos España, la F.I.F.A. encargada de organizar los encuentros de carácter internacional, de promover la práctica del fútbol en todo el mundo y velar por la observación estricta de las reglas del fútbol allí donde se realice.

El fútbol había sentado las bases de su futuro desarrollo y en poco tiempo se había convertido en una actividad aceptada entre la población europea que veía en él la representación lúdico-competi- tiva más genuina de los valores del hombre, y su equipo se constituía en el símbolo de su ciudad, barrio o pueblo, a la cual debía representar en lucha contra otros núcleos poblacionales rivales. La creación de las selecciones nacionales supuso el siguiente escalón y la pertinente renovación de las rivalidades, a través de conflictos simbólicos e incruentos en una época de gran tensión política. El propio Estado burgués tomó interés por este nuevo fenómeno sociai, lo protegió y potenció, con el fin de que esta actividad fuese capaz de canalizar la agresividad de las masas trabajadoras, en un momento histórico particularmente difícil para el capitalismo industrial, debido a las luchas sistemáticas del proletariado, amparado en las Ideologías de corte proletario y en los sindicatos obreros, contra el sistema sociopolítico imperante.

El Fútbol está organizado en base a los clubs, los cuales son unas organizaciones de origen inglés ya existentes en el siglo XVIII, y que constituían la expresión práctica de la probabilidad de asociación libre que existía en Inglaterra como derecho inalienable de la población de aquél país, a diferencia de otros países del continente europeo en dónde estas asociaciones libres estaban prohibidas. El deporte en general, y el fútbol en particular, toma estas estructuras ya creadas por ciudadanos ingleses en torno a múltiples actividades, credos o aficiones y empiezan a crear los clubs deportivos, amparándose en estas costumbres y recabando para sí, las experiencias y posibilidades de dichas estructuras muy frecuentes en el ámbito británico.

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