Buch lesen: "Cuando la luna era nuestra"

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Cuando la luna era nuestra


Anna-Marie McLemore

Cuando la luna era nuestra

Traducido por

Aitana Vega Casiano


WHEN THE MOON WAS OURS copyright © 2016 by Anna-Marie

McLemore

Translation rights arranged by Taryn Fagerness Agency, Full Circle

Literary LLC, and Sandra Bruna Agencia Literaria, SL

All rights reserved

© de la traducción: Aitana Vega Casiano, 2022

© de esta edición: Duermevela Ediciones, 2022

Calle Alarcón, 52, 33204, Gijón

www.duermevelaediciones.es

Primera edición: marzo de 2022

Ilustración de la cubierta: © Maria Matos

Diseño e ilustraciones interiores: Almudena Martínez

ISBN: 978-84-124375-7-7

Producción del ePub: booqlab

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo las excepciones previstas por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Para los chicos a los que llaman chicas,

para las chicas a las que llaman chicos

y para quienes viven fuera de estas palabras.

Para quienes reciben insultos

y quienes buscan un nombre propio.

Para quienes viven en los márgenes

y en los espacios intermedios.

Os deseo toda la luz del cielo.

A lo mejor te necesito como la luna

necesita al mar abierto.

A lo mejor no sabía ni que existía

Hasta que te vi.1

Andrea Gibson

1 Traducción del poema Mayby I Need You proporcionada por la traductora de este libro.

Índice


Mar de las Nubes

Lago del Otoño

Mar Nuevo

Bahía de la Armonía

Lago del Odio

Mar de las Islas

Bahía del Medio

Mar de los Vapores

Bahía de la Verdad

Lago de la Muerte

Mar Austral

Lago del Miedo

Lago de la Soledad

Mar de la Serenidad

Lago del Olvido

Pantano del Sueño

Mar de la Serpiente

Mar de las Olas

Bahía de la Aspereza

Lago del Invierno

Bahía del Honor

Océano de las Tormentas

Bahía de las Nubes

Lago del Dolor

Mar Marginal

Mar de la Tranquilidad

Lago del Verano

Mar Desconocido

Lago de la Blandura

Lago de los Sueños

Lago de la Felicidad

Mar Pequeño

Lago de la Bondad

Mar que se ha vuelto conocido

Bahía del Rocío

Pantano de las Nieblas

Lago de la Primavera

Mar de la Lluvia

Lago del Tiempo

Mar del Frío

Lago de la Perseverancia

Mar Oriental

Bahía del Arcoíris

Bahía del Amor

Mar del Néctar

Lago de la Esperanza

Nota de le autore

Agradecimientos

Posfacio por Almudena Martínez

Mar de las Nubes


Por lo que sabía, Miel había venido del agua. Aunque ni siquiera de eso estaba seguro.

No importaba cuántas noches se hubieran encontrado en el terreno sin cultivar entre sus casas, la granja de al lado no rotaba los cultivos y dejaba que la tierra se vaciase hasta que no crecían más que hierbajos silvestres. No importaba cuántas historias se hubieran contado cuando el sueño se les escapaba, cuando Sam le transmitía las fábulas de su madre sobre osos lunares que ayudaban a los viajeros perdidos y Miel se inventaba cuentos sobre lámparas de luna que se enamoraban de las estrellas. Él no sabía más que el resto sobre de dónde había venido antes de encontrarla entre la maleza. Al principio, parecía hecha de agua y, al instante siguiente, se convirtió en una niña.

Algún día, no serían más que un cuento de hadas. Cuando desaparecieran del pueblo, nadie recordaría el tono de marrón exacto de los ojos de Miel, ni la forma en que condimentaba el recado rojo con clavo, ni siquiera que Sam y su madre eran pakistaníes. En el mejor de los casos, recordarían a una chica de ojos oscuros y a un chico cuya familia había venido de lejos. Solo recordarían que los llamaban Miel y Luna, una chica y un chico entretejidos en el folclore del lugar.

Esta es la historia que las madres contarían a sus hijos.

Había una vez una torre de agua muy antigua. El óxido había cubierto el metal de un color naranja tan intenso que todo el depósito parecía una calabaza, una copia enorme de la fruta que crecía en los campos sobre los que proyectaba su sombra. Nadie cuidaba ya de la torre, no desde que unos cuantos rayos, en un verano en el que hubo muchas tormentas eléctricas, la dejaron inclinada hacia un lado como si estuviera cansada y encorvada. Hacía años, la habían llenado desde el río, pero ya el óxido y los minerales ahogaban las tuberías. Cuando abrieron la válvula en la base de la torre, solo salieron unas pocas gotas. El débil aspecto de los pernos y las planchas daba la impresión de que un vendaval otoñal haría que todo se viniera abajo.

Así que el pueblo decidió construir una nueva torre de agua y derrumbar la vieja. Sin embargo, la única forma de vaciarla era volcarla como una taza. Tendrían que prepararse para que toda la torre se estrellara contra el suelo, para todo el metal oxidado y los miles de litros de agua sucia que se derramarían en la tierra.

Eligieron para la caída el lado de la torre que daba a un campo de maleza tan seco que una sola chispa haría que todo ardiera en llamas. Pensaron que, a lo mejor, el agua conseguiría traer un poco de verde. En ese campo, desenterraron flores silvestres, achicoria y consuelda, y las replantaron junto a la carretera, para que no se ahogaran ni se aplastaran. Temían que, si no trataban bien a las cosas hermosas que crecían de forma salvaje, sus propias granjas se marchitarían y morirían.

Los niños corrieron entre los matorrales para ahuyentar a las ardillas y a los cervatillos y así evitar que, cuando se derrumbara la torre de agua, quedaran aplastados. Entre ellos había un chico al que llamaban Luna porque siempre pintaba mares y sombras lunares en cristales, papeles y en cualquier superficie que pudiera hacer brillar. Luna sabía que debía caminar y hablar con delicadeza para no asustar a los conejos, sino alentarlos a volver a sus madrigueras.

Cuando los animales y las aves silvestres desaparecieron del campo, los hombres del pueblo golpearon con hachas, martillos y mazos la base de la torre de agua hasta que cayó como un árbol. Se arqueó hacia el suelo en una caída lenta, como si se inclinara para tocar su propia sombra. Cuando chocó con la tierra, la parte superior oxidada se rompió y toda el agua se precipitó al exterior.

Durante un minuto, el agua, marrón como una taza de té olvidada, ocultó la maleza que recordaba a un pálido rastrojo de trigo. No obstante, cuando se deslizó y se extendió por el campo, aplastando a su paso los frágiles tallos y empapando la tierra seca, todos los que observaban distinguieron la forma de un cuerpo pequeño.

Había una niña acurrucada en la maleza húmeda, con el pelo pegado a la cara y los ojos abiertos y redondos como canicas de color ámbar. Llevaba un camisón fino, que debió de ser blanco en algún momento, pero el agua lo había teñido de crema. Se cubría con los brazos, encogida como si estuviera desnuda, y miraba a todo el mundo como si le enseñaran los dientes.

Al principio, algunas de las madres gritaron mientras se preguntaban de quién era la niña que había quedado en el camino de la torre de agua. Después se dieron cuenta de que no la conocían. No era su hija, ni de ninguna de las madres del pueblo.

Nadie se le acercó. El círculo de los que habían venido a ver cómo se derribaba la torre se fue ensanchando un poco más a medida que la observaban. Cada minuto, se alejaban un nuevo paso, más temerosos de una niñita que del agua derramada y el metal oxidado. Mientras tanto, ella los miraba con mucha atención y daba la sensación de devolver todas las miradas a la vez, con unos ojillos al mismo tiempo agresivos y asustados.

El niño llamado Luna se acercó y se arrodilló frente a ella. Se quitó la chaqueta y se la puso a la niña. Le habló en voz bastante baja para que nadie más lo oyera.

Todo el mundo retrocedió, a la espera de que lo mordiera o le clavara las uñas en la cara, pero ella lo miró y lo escuchó, y sus palabras hicieron desaparecer aquella mirada feroz.

Después de ese día, todos los que no habían estado en la torre de agua pensaban que era igual que cualquier otra niña, apenas diferente del chico con el que siempre estaba. Sin embargo, si se fijaran bien, verían que siempre tenía el dobladillo de la falda un poco húmedo, que nunca se secaba del todo por mucho que el sol lo calentara.

Esa sería la historia, una simplificación ordenada de lo que había sucedido. Se eliminarían todos los detalles que no encajasen. No se mencionaría cómo Miel, empapada y oliendo a óxido, había gritado con la cara enterrada en las manos mientras todo el mundo la miraba. Porque todo el mundo la miraba y ella solo quería desparramarse en el suelo como el agua derramada y desaparecer. Cómo Sam se agachó a decirle que todo iría bien, con palabras lentas y medidas para que entendiera lo que quería decir. «Puedes dejar de gritar. Te escucho. Te entiendo». Cómo ella le creyó, creyó que la escuchaba y la entendía, así que dejó de gritar.

Omitirían la parte de las hermanas Bonner. Desde Chloe, de ocho años, hasta Peyton, de tres, las cuatro habían estado presentes para ver cómo se derrumbaba la torre de agua, alineadas de modo que su pelo parecía componer un bosque de árboles otoñales. Peyton sostenía una calabacita gris que, bajo aquella luz, se veía casi azul. La llevaba acunada en un brazo y con la otra mano la acariciaba como si fuera un pájaro. Cuando dio un paso hacia Miel, aferrada a la calabaza, los gritos de la niña se volvieron salvajes y quebradizos, por lo que Peyton se sobresaltó y volvió con sus hermanas.

Cuando Sam descubrió el miedo de Miel a las calabazas, lo comprendió; cuando vio a Peyton tratar la fruta como si estuviera viva, Miel le tuvo miedo no solo a ella, sino a todos. Esa parte nunca llegaría a la historia.

Esa versión también eliminaría la parte en la que Sam intentó llevarse a Miel a casa como si fuera un gato perdido. La serena convicción de su madre, mientras cortaba patatas, de que encontrarían un lugar para la niña. Tenía razón, por supuesto. En menos tiempo del que tardó en cocinarse el saag aloo, Aracely, la mujer que Sam consideraba tanto una tía como una vecina, apareció en su puerta y les dijo que tal vez tuviera sitio en su casa alquilada para la niña hecha de agua.

No se mencionaría que el pelo de Miel apenas se había secado cuando la primera hoja verde de un tallo de rosa atravesó la piel de su delicada muñeca. Esa era una historia diferente, extraña y sangrienta, que brillaba como la plata de las hojas de unas tijeras. Una historia para niños mayores, que no temieran sus propias pesadillas.

Esa versión de la historia revolvería el orden de los acontecimientos. Nadie más que Sam había oído lo que Miel se gritaba entre las manos. «He perdido la luna», había dicho mientras sollozaba sobre los dedos. «He perdido la luna».

Nunca le preguntó a qué se refería. Incluso entonces, sabía que no debía. La sensación de la niña de que la luna se le había escapado parecía encerrada en un rincón tan profundo dentro de ella que para encontrarlo había que abrirla en canal. Sin embargo, esa era la razón por la que Sam pintaba sombras y mares lunares en papel, metal y cristal, la razón por la que copiaba las sombras del Mare Imbrium y el Oceanus Orocellarum, para devolverle la luna. Había pintado cielos oscuros y lunas brillantes en papel desde que tenía edad suficiente para sostener un pincel y para ojear los atlas de astronomía de la biblioteca, pero no sería hasta que la niña saliera de la torre de agua, llorando por su luna perdida, cuando Sam empezó a pintar infinidad de copias de la luz más brillante del cielo nocturno.

No dejaría que volviera a sentir que la había perdido.

Por ella, en el pueblo habían empezado a llamarlo con el nombre de Luna. Por ella, el pueblo lo había bautizado. Sin ella, no tenía nombre. No era Samir ni Sam. No era nadie. No sabían su nombre, del mismo modo que no sabían quién había sido esa niña antes de ser agua.

Lago del Otoño


Se habían tocado todos los días desde que eran pequeños. Miel le ponía la mano en la frente cuando creía que tenía fiebre. Sam le colocaba pegatinas de estrellas doradas en los días de verano y se las quitaba por las noches para que dejasen pálidas constelaciones en su piel oscurecida por el sol.

Miel había visto el marrón de las manos de ambos cuando eran niños y coger la del otro solo significaba que le gustaba la calidez de su palma en el aire nocturno o que Sam quería arrastrarla a ver algo que se había perdido. Una lluvia de meteoritos o una enredadera de campanillas dobles, tan azules que parecían teñidas.

Todas esas cosas le recordaban las lunas de él, y las lunas le recordaban a todas esas cosas. Sam había colgado una cadena de ellas entre sus casas, algunas tan pequeñas como las palmas de las manos y otras tan grandes como para llenarle los brazos. Iluminaban la tierra y la hierba silvestre. Estaban arropadas por los árboles y cada una emitía un anillo de luz lo bastante amplio como para tocarse con el de la siguiente, para que nunca caminara en la oscuridad. Una dejaba un rastro del mismo color dorado que las pegatinas de estrellas. Otra era del azul de las campanillas que Sam encontraba incluso en la oscuridad. Otra era del blanco puro y suave de las flores de escarcha que le mostraba en las mañanas de invierno, rizos de hielo que parecían tulipanes y peonías.

Por la que pasaba en ese momento era del color de una rosa que había crecido en la muñeca de Miel cuando estaban en noveno curso. Lo recordaba porque, en el pasillo del colegio, la manga se le había deslizado hacia atrás y la rosa había rozado por accidente el codo de una chica que se había apartado con un grito:

—¡Mira por dónde vas!

Esa misma tarde, cuando el novio de la chica rompió con ella, le echó la culpa a Miel y al roce de los pétalos. La acorraló en el baño y parecía a punto de darle una bofetada cuando Sam se le acercó por detrás y le dijo:

—Yo en tu lugar no lo haría.

Lo había dicho con la voz calmada; casi había sonado más como un consejo que como una amenaza, por lo que la chica se había dado la vuelta.

—¿Sabes que la última persona que hizo eso se convirtió en una planta de interior? —dijo, con un tono de advertencia y seguridad tal que la chica lo creyó. La asaltaron todos los rumores sobre Miel y Aracely y se echó atrás.

Si Miel no había sabido que Sam era su amigo antes, lo supo entonces. Aquella fue la primera y última vez que entró en el baño de las chicas por decisión propia.

Podía trazar su historia en las lunas que iluminaban el camino entre la casa violeta donde vivía con Aracely y el techo de tejas brillantes de casa de Sam.

Cuanto más cerca estaba de él, más lo sentía en las rosas, igual que la luna tira del mar. Desde que era pequeña, las rosas le habían crecido en la piel, abriéndose paso en la herida de su muñeca que nunca cicatrizaba. Crecía una, ella la destruía y crecía otra, que de nuevo arrancaba.

Sin embargo, ahora dudaba antes de cortarlas o de sumergirlas en el agua para que la corriente del río se las llevara. Porque, durante los últimos meses, respondían a Sam. Cuanto más tiempo pasaba cerca de él, más le pesaba y le dolía la muñeca. Un día la sorprendió sujetándose el antebrazo en clase y robó unas bolsas de hielo crujiente del laboratorio de química para que se las pusiera en la manga.

Si pensaba demasiado en él, las rosas crecían de colores más intensos y vivos; la que tenía en la muñeca entonces era del mismo rosa oscuro que su barra de labios favorita.

Esa noche, Sam la esperaba detrás de su casa, con las manos en los bolsillos. La postura no mostraba ni impaciencia ni aburrimiento. Siempre se preguntaba si la veía desde la ventana o si simplemente salía temprano y no le importaba esperar.

—Hoy he robado una cosa del trabajo —dijo. Las lunas proyectaban luz suficiente para ver cómo presionaba la lengua en el paladar, orgulloso de su propia culpa.

—¿Que has hecho qué? —preguntó Miel.

—No te preocupes. Lo devolveré. Solo quería que lo vieras. Vamos.

Dentro, le enseñó el cepillo que utilizaba para polinizar a mano las flores de calabaza.

«Solo florecen durante un día», le había dicho cuando empezó a trabajar en la granja de los Bonner. Una explicación para el lento y delicado trabajo de extraer el polen de cada antera y rociarlo en el estigma de cada flor. Ese pequeño acto hacía que una flor se convirtiera en una calabaza. Los Bonner le habían encargado la tarea porque pensaron que su habilidad con los pinceles empapados de pintura se trasladaría a los pinceles empapados de polen.

Miel nunca había visto uno de esos cepillos. Sam le pasó las cerdas de color avena primero por el antebrazo y luego por la rosa. Durante unos segundos, las diminutas marcas de nacimiento de su brazo se convirtieron en granos de polen y la rosa en la corola de una flor de calabaza.

Las cerdas la hicieron estremecerse, como si los pétalos que le crecían en la muñeca tuvieran la misma sensibilidad que sus dedos. No la tenían. Sí, tirar del tallo la lastimaría y si la cabeza de la flor chocaba con la mesa de la cocina le dolía en la herida de la que brotaban las rosas, pero los pétalos eran como pelo; formaban parte de ella, pero no estaban vivos como la piel.

Sin embargo, en ese momento, al ver las cerdas rozar la rosa de color carmín, tuvo la sensación de que los pétalos sentían igual que sus labios o sus dedos.

Lo miró a los ojos.

Estaban un poco más abiertos de lo normal y eran de un marrón más claro.

El cepillo y los dedos se detuvieron en su piel.

No era lo que pretendía. Miel lo sabía. Lo entendió por su mirada de sorpresa.

No era lo mismo que cuando le recorría la piel y los hombros con los dedos para buscar estrellas. No era lo mismo que cuando ella le tocaba la frente en busca de fiebre para llevárselo a casa en plena jornada escolar. Fue algo que acercó sus labios. Fue el cepillo de polinización, que Sam se olvidó de apartar y todavía sostenía al abrazarla; las cerdas le rozaban el cuello. Fue la ruptura del extraño nerviosismo que había crecido entre ellos en los últimos meses, una vacilación antes de tocarse que desaparecía un día y reaparecía al siguiente.

Miel sintió la forma de las flores de calabaza que le aparecían en la piel, a la espera de los dedos de Sam.

Comprendió que era él y no el cepillo con el mango de madera quien poseía la magia de convertir un campo de vides en mil calabazas.

El cuerpo de Miel se había convertido en suaves pétalos de papel. Le devolvió el beso y lo empujó hacia las escaleras; Sam las subió a trompicones sin darse la vuelta. Incluso con los ojos cerrados, mientras subía los peldaños de memoria, tuvo cuidado de no aplastar la rosa. Miel llevó la mano al cinturón y al botón de sus vaqueros y él la dejó. Sam deslizó la mano por debajo de su camisa y ella lo dejó.

Se dejaron hacer hasta que estuvieron en su cama. El olor a pintura volvía el aire de la habitación amargo y ácido. Una lona cubría el suelo. Pinceles, pinturas y restos de lunas a medio terminar estaban esparcidos de una forma que a ella le parecía desordenada, pero que para él tenía sentido.

La luz de las lunas derramaba una capa violeta pálido sobre el suelo. El azul verdoso de las paredes de la habitación los envolvió, junto con el olor a especias de la cocina de la madre de Sam, que se le pegaba al pelo e impregnaba las sábanas. Flor de naranja. Cardamomo verde. Melaza de granada. El olor era tan agudo y vívido en él que la empujó a morderle la nuca. Él se sobresaltó, luego se acomodó a la suave presión de sus dientes y la apretó con más fuerza.

No se quitó la camisa y ella no intentó quitársela. Nunca se quitaba la camisa por la misma razón por la que trabajaba en la granja de los Bonner. El instituto le permitía convalidar el trabajo de desbrozar los campos y podar las vides por la asignatura de educación física que había pospuesto desde noveno curso. Le era imposible hacerlo de otra manera, no si tenía que cambiarse para clase o para un entrenamiento en un vestuario.

La piel de Sam olía a agua tibia, sin estar impregnada del aroma del jabón. Miel acarició las débiles cicatrices que le ensombrecían la línea de la mandíbula, producto del acné que le había salido y dejado de salir a temprana edad.

Le rozó el cuello con los pétalos de la rosa, a propósito, y luego el interior del muslo, sin querer. Él se estremeció, pero no se apartó. Incluso cuando el contacto provocó que los pétalos le tocaran el cuerpo, procuró que la muñeca guardara una pequeña distancia para que las espinas no lo arañaran.

Cuando le recorrió la piel, Miel recordó todo lo que le había contado sobre la luna, sobre los mares y las bahías lunares. Mare Nubium y Mare Undarum, el Mar de las Nubes y el Mar de las Olas. Lacus Autumni y Sinus Iridum, el Lago del Otoño y el Pantano del Arcoíris. Los rasgos que pintaba con pinceles y con los dedos desnudos.

Movía las manos con seguridad y la presión de sus dedos era gradual y firme; Miel no pudo evitar pensar en su familia, años atrás. En sus campos de azafranes. En el rápido y delicado trabajo de recoger los hilos de azafrán del corazón de las flores púrpuras. Se preguntó si sería algo que llevaban en la sangre y en los dedos. Un arte que comenzó como un hallazgo de briznas rojas entre pétalos violetas y que, a lo largo de los años y las generaciones, se convirtió en la habilidad de encontrar, con facilidad y sin vacilación, todo lo que buscaba.

Lo único que lo estropeó todo, lo que hizo que no fuera perfecto, fueron las hermanas Bonner. Las gringas bonitas1. Chicas pálidas, guapas y perfectas. En un solo pensamiento, los hilos de azafrán se convirtieron en el rojo de sus trenzas y rizos. Un único e indeseado pensamiento y el degradado de sus cabellos se arremolinó alrededor de Miel como las hojas del otoño.

Las Bonner no habían desaparecido desde la primera vez que las vio en la torre de agua. Dejó que Sam creyera que el miedo solo se lo había provocado ver a Peyton sostener aquella calabaza como una mascota. Pero había más. El agua apenas se le había despejado de los ojos cuando vio cómo la luna, entre cuarto creciente y llena, desaparecía detrás de sus cabezas. Incluso en la todavía tenue luz del cielo, les iluminó los cabellos en rojo, dorado y naranja. Desde donde estaba, con los ojos nuevos y todo borroso a su alrededor, Miel sintió que la luna se desvanecía en ellas, como si la hubieran absorbido. Se habían llevado su luz. Así que gritó y quiso advertir al chico que tenía delante de que la luna se podía perder.

Ahora las hermanas Bonner habían crecido y eran preciosas, con miradas fieras e intrépidas. Juntas, resultaban imponentes como un bosque sin cartografiar. Había quien las llamaba brujas, por la cantidad de corazones que habían roto. Había quien decía que tenían un ataúd de cristal escondido en el bosque que les servía de crisálida y al dormir en él las volvía tan hermosas como todas las Bonner anteriores. Sin embargo, desde que Chloe se había ido del pueblo, ya no eran las hermanas Bonner. Solo eran Lian, Ivy y Peyton, que vagaban a la deriva por los campos de su padre. A veces, Miel veía a Lian en la tienda, comprando manzanas amarillas, o a Peyton montar en bici a las afueras del pueblo.

Nunca había entendido por qué Sam iba a elegirla a ella, cuando tenía a las cuatro cerca. Miel era un puñado de estrellas de papel de aluminio, ellas eran el fuego que daba vida a las constelaciones. Su pelo era la tierra oscura y húmeda bajo la granja de los Bonner, mientras que el de las hermanas eran enredaderas rizadas y calabazas.

A pesar de todo, no eran ellas las que se habían encontrado con Sam mil veces en el descampado entre sus casas. No le habían enseñado las tenues diferencias en los azules y marrones de los huevos de las gallinas Araucana y Wyandotte. Tal vez esas cosas habían hecho que la viera diferente. Quizás la vez que la ayudó a cortar unos vaqueros con las rodillas desgastadas para convertirlos en pantalones cortos le había hecho pasar por alto el hecho de que los vaqueros no le quedaban en los muslos igual que a las Bonner. O tal vez los colores profundos y brillantes de las rosas de Miel lo distraían de que casi nunca llevaba las uñas pintadas.

Quizás el día que lo había ayudado a pintar su habitación del color del océano, junto al que había nacido el padre de Sam, aquella tarde en la que se había manchado toda la parte delantera de azul verdoso, había hecho que Sam se olvidara de que no estiraba la camiseta como las hermanas Bonner. Salvo Peyton, la más joven, las hermanas llenaban los sujetadores como la masa vertida en un molde pastelero.

Si esas cosas habían hecho que Sam la viera diferente, si por eso ahora estaba debajo de ella, no le importaba. Porque ella también lo veía diferente a los demás. Lo había visto desnudo. Casi desnudo. Y había comprendido que sin ropa era igual que con ella puesta.

1 Las palabras en cursiva aparecen en español en el original (N. del T.)

Altersbeschränkung:
0+
Veröffentlichungsdatum auf Litres:
23 Oktober 2025
Umfang:
290 S. 17 Illustrationen
ISBN:
9788412437577
Übersetzer:
Rechteinhaber:
Bookwire
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