Buch lesen: "Lucero"
Akal / Literaria / 83
Aníbal Malvar
Lucero

Las vidas de los poetas malditos están sometidas al capricho de quien quiera interpretarlas. Lucero es y no es una novela sobre la vida y el tiempo de Federico García Lorca. Quizá sí el relato de cómo un país se confabula para conceder a un poeta el derecho a morir asesinado.
Es 1916 en la Vega de Granada, la tierra más rica de Andalucía y escenario de incendiarios conflictos sociales y políticos, donde los alpargateros pasan hambre y los terratenientes –como el padre del Lucero– se hacen ricos con el contrabando de alimentos básicos hacia los frentes de la Gran Guerra. Es tiempo de jinetes y pistolas, revientahuelgas sanguinarios, bolchevistas iracundos y guardiaciviles borrachos.
En ese paisaje se forjará la primera agitación poética del Lucero antes de sumergirse en el vanguardismo irreverente de la madrileña Residencia de Estudiantes, con Dalí y Buñuel y las «sinsombrero». Vivirá estrepitosos fracasos teatrales y hasta el mordisco censor de la dictadura de Primo de Rivera. La persecución al maricón de la tenebrosa España. La singladura de La Barraca, su compañía teatral, bajo la constante amenaza de los falangistas...
Con mezcla de realidad, jaleo, ficción, noticias de prensa, cartas, entrevistas y publicidades, Lucero se convierte en un puzle cubista donde cabe todo. Quizá, también, el correcto manual de instrucciones para asesinar a un poeta.
Aníbal Malvar nació una noche de martes 13 y nordés en A Coruña. Con 26 años publicó su primer libro y empezó a trabajar en los periódicos, especializándose en asuntos de narcotráfico, ETA y otras mafias. Aquí yace un hombre (Ronsel, 1994) fue su primera novela, una ficción negra sobre la búsqueda de un escritor desaparecido durante la dictadura y cuyo fantasma enturbia el presente de los protagonistas. En 2008, Inéditor publica, traducida del gallego, su novela Una noche con Carla, radiografía de la corrupción política en la Galicia de los 90, por la que recibió el premio Xerais 1995. Y en 2012 ve la luz en Akal La balada de los miserables, cuya traducción al francés recibió el premio Violeta Negra 2015. En esta misma editorial ha publicado también Ala de mosca, ficción negra sobre los servicios secretos españoles, el 23–F, el narco... Ha trabajado en El Correo Gallego, Antena3 Radio, Radiovoz y El Mundo. En la actualidad es columnista en Público y colaborador de otros medios.
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RAG
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© Aníbal Malvar, 2019
© Ediciones Akal, S. A., 2019
para lengua española
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
www.akal.com
ISBN: 978-84-460-4773-5
El historiador colecta datos para retratar la realidad.
El poeta y las sinsombrero los deforman para entenderla.
Las vidas de los poetas malditos están sometidas al capricho de quien quiera interpretarlas. Lucero no es una biografía de FGL. Ni falta que le hace.
ACM
Lo que no sabía lo inventaba y coincidía con la verdad
(Dámaso Alonso sobre FGL)
La palabra maricón, en español, tiene una fuerza terrible.
El odio hacia los homosexuales en España es terrible.
Si eres rojo y al mismo tiempo maricón de
mierda –que es como habla esta gente, y
sigue hablando–, esto ya es tremendo.
(Ian Gibson)
ATRIO
Asquerosa, 1906
El Lucero cojea por la calle de la Iglesia, en Asquerosa, Granada, caminito de casa de tía Aurelia. El Lucero es algo cojo. Los luceros tienen defectos, como todas las cosas que dan luz. Se le quedó, de nacimiento, una pierna más corta que otra, y por eso alabea los brazos como un funambulista para no perder el equilibrio.
Al llegar ante la puerta de tía Aurelia, casa baja enjalbegada y con exceso de macetas balconeras, el Lucero se queda quieto. Firme como un soldado de plomo. Casi ridículo con el pantalón corto de paño negro, la blusa de lino blanco y la pajarita gris de niño rico. El polvo que levanta el viento de la Vega granadina enturbia los aires de Asquerosa, de Pinos Puente, de Pulianas y de Viznar, y se pelea con los ojos oscuros del niño.
La tía Aurelia canta como habla, envuelta en notas bemoles, como si de pequeña se hubiera tragado un pájaro de risa.
—¿Pero qué haces, Lucerito? No te quedes quieto ahí. Que el viento se te va a llevar por el aire arriba.
—El peligro –dice el niño.
—¿No ves que no pasa nada? –responde tía Aurelia saltando el peligro de atrás adelante con el halda arremangada.
—Ya. Y, entonces, ¿por qué lo llaman el peligro?
Se cuenta que el Lucero siempre le tuvo pavor al peligro. Así se llamaba al escalón que protege del polvo los umbrales de las puertas de las casas de pueblo: el peligro. El Lucero necesitó siempre, o eso se cuenta, una mano adulta para superar el peligro. Lo relatan incluso los historiadores, que casi nunca se fijan en estas naderías. Y, si lo relatan algunos historiadores, es porque el peligro debe de tener algo de importancia en esta historia.
***
Fue por el año 1906. Mi tierra, tierra de agricultores, había sido arada por los viejos arados de madera, que apenas arañaban la superficie. Y, en aquel año, algunos labradores adquirieron los nuevos arados Brabant –el nombre me ha quedado para siempre en el recuerdo–, que habían sido premiados por su eficacia en la Exposición de París del año 1900. Yo, niño curioso, seguía por todo el campo al vigoroso arado de mi casa. Me gustaba ver cómo la enorme púa de acero abría un tajo en la tierra, tajo del que brotaban raíces en lugar de sangre. Una vez el arado se detuvo. Había tropezado con algo consistente. Un segundo más tarde, la hoja brillante de acero sacaba de la tierra un mosaico romano. Tenía una inscripción que ahora no recuerdo, aunque no sé por qué acude a mi memoria el nombre de los pastores Dafnis y Cloe. Ese mi primer asombro artístico está unido a la tierra. Los nombres de Dafnis y Cloe tienen también sabor a tierra y a amor.
FGL
ACTO I
NO-DO
«Yo puedo ser un rey que se llene de gloria regenerando a la patria, cuyo nombre pase a la Historia como recuerdo imperecedero de su reinado, pero también puedo ser un rey que no gobierne, que sea gobernado por sus ministros y por fin puesto en la frontera.» Esto lo escribió Alfonso XIII el día de su decimosexto cumpleaños, en 1902. Catorce años más tarde, en 1916, era gobernado por sus ministros y ya iba camino de ganarse el pasaporte a la frontera. En su favor decir que, de adolescente, el Borbón no había sido tonto del todo, pues al menos acertó a profetizar su destino.
Desde el mes de abril de aquel 1916 presidía el Gobierno el conde de Romanones, liberal, que intentaba desarrollar un plan de obras públicas y otro de educación para sacar a España de su sucia pereza eclesial y terrateniente. Romanones lo intentaba sin mucha convicción ni demasiado éxito. Los condes liberales, aunque al principio parezcan un ímpetu subido a un alazán, son gentes que se cansan enseguida.
Tampoco es que la Historia se lo pusiera fácil al tal Romanones en su tibio afán por modernizar España. La Restauración de la monarquía española en el ya lejano 1874 sólo fue posible gracias al apoyo de la Iglesia a los Borbones. A cambio, los obispos exigieron a Cánovas que volviera a suprimir la libertad de cátedra. Así la Iglesia se aseguraba el control del sistema educativo para que la incultura se expandiera como Dios manda. En 1875, los mejores cerebros del país fueron expulsados de las universidades. Algunos se rebelaron. Como Francisco Giner de los Ríos, que fundó la Institución Libre de Enseñanza, abriendo un pequeño resquicio de racionalidad entre tanto acientífico fervor sotanero. Cuarenta años después, Romanones se daba cuenta de que España no se desbravaría si no se ponía algo de coto a la educación superchera y sin método que administraban curitas poco preparados o muy pudorosos con su saber.
En la confusión de la Gran Guerra, los empresarios, industriales y terratenientes de nuestro neutral país se dedicaron a vender y traficar materias primas y alimentos hacia los frentes, hacia cualquier frente, dependiendo de quien mejor pagara. A pesar de la bonanza económica, la escasez de productos básicos en España provocó un enorme repunte en los precios: el pan subió un 40 por ciento, mientras los sueldos se estancaban. En consecuencia, obreros y campesinos pasaban hambre y protestaban iracundos, ignorantes de que sus estómagos vacíos estaban alimentando los vientres de la Historia. Quizás el hecho de que el 60 por ciento de la población fuera analfabeta explique un poco esta desatención popular hacia las necesidades siempre urgentes del progreso. Los que se obcecan en comer algo son inevitablemente destruidos por aquellos que se limitan a vestir mejor.
***
Asquerosa, 3 de septiembre de 1916
Depende del río Genil. Si el río Genil viene con prisas de invierno desde Sierra Nevada, la fiesta del Corpus Chico se jode. Todo se llena de niebla algodonosa y de hielos flotantes, y la fiesta dura lo que mandan las mujeres frioleras. Otros años, por el contrario, el Genil trae nostalgia de llanura y pide más verano, y entonces el Corpus Chico de Asquerosa es la fiesta menos refajona de la Vega granadina. Se ven escotes, los hombres bailan con los párpados caídos y las mujeres le enseñan los dientes a la Luna haciéndose las tontas.
Las que tienen dientes.
Las mujeres que tienen dientes se ríen en la mitad derecha de la plaza, donde están los ricos. Las que no tienen dientes, se ríen en la mitad izquierda. Las separa un cordón protegido por guardiaciviles borrachos. Es ley, en muchos pueblos de España, que un cordón separe en las fiestas a unos españoles de otros. En la mitad izquierda de la plaza, los gitanos y los alpargateros han plantado tres hogueras. En la mitad derecha, como la gente va mejor abrigada, no hace falta lumbre.
Un Ford T negro entra a la plaza desde la calle de la Iglesia esputando humos. La orquestina desafina, ensordecida por los pistones violentos del motor del coche. Frasquito se acerca a don Federico García, 56 años, alto y fuerte, elegante y patricio.
—Papá, ¿por qué no te compras un coche como ése?
—Porque nosotros no vamos por la vida haciendo ruido.
Cuando el coche apaga el motor, la orquestina recupera la afinación del tango. Las estrellas son tan grandes que, si se caen, nos van a deslomar. Y la Luna es redonda como un vientre indescifrable. El pueblo huele a pueblo y a viento mal domado que trae desde lejos sahumerio de establos y granjas, de cerdos y gallinas, de arrayán y aligustre. Pero a Lucero ya nada le huele a nada.
—¡Es Horacio!
—Mira quién es –Vicenta Lorca aprieta el brazo musculado de don Federico–. Qué guapo ha salido este niño –dice coqueta–. Parece mentira que sea hijo de Alejandro.
—Calla, loca –Federico García tuerce la cara para que el insulto sólo llegue al oído de su mujer; ayudan el estrépito desafinado de la charanga, las voces de los borrachos, los gritos de los niños. La noche se va abovedando, aunque nadie se dé cuenta.
Horacio Roldán sale del Ford T torpemente, a pesar de ser el dueño. O el hijo del dueño, mejor dicho. Del otro lado intenta bajar, sin despeinarse el traje, el diputado provincial conservador Juan Luis Trescastro, un tipo fornido y muy perfumado que siempre apesta a sí mismo. El Marranero, uno de los criados de los Roldán, se queda sentado ante el volante del Ford T, mascando una paja con la ventanilla abierta. Trescastro y Horacio sonríen al descubrir entre el gentío a la familia García. El Lucero también sonríe. Don Federico se limita a esbozar con sus arrugas un mapa de ironía liberal. Y doña Vicenta, que ya sabe que su hijo le ha salido maricón, intenta no mirar a Horacio bajando la sonrisa.
—¿Qué tal está tu padre? –don Federico es uno de esos hombres que no pierden el tiempo en saludar.
—Enfadado con usted, como siempre.
—¿Y esta vez por qué? –se ríe don Federico.
Horacio levanta un hombro cómico sin contestar.
El diputado Juan Luis Trescastro se acerca a Vicenta y le besa la mano, y después abre su sonrisa llena de dientes hacia don Federico.
—Tenemos que hablar, don Federico.
—Pues aquí me tienes, diputado.
Horacio Roldán y el Lucero se sonríen y se dan palmadas casi violentas en el hombro, como queriendo ser adultos.
—Hola, primo.
—Hola, Horacio.
—¿Por qué nunca me llamas primo?
—Porque tengo doscientos primos. O trescientos. Si te llamara primo, no sabría qué Horacio eres.
El Marranero escupe la pajita por la ventanilla del Ford T al ver abrazados a los chicos. Al Marranero lo llaman así porque, a pesar de sus quince años, no hay en la Vega mejor criador de marranos. Sus cerdos ganan todos los concursos comarcales y municipales de Granada. Todos. Se rumorea que el Marranero conoce el lenguaje de los guarros. Que les susurra a las cerdas palabras seductoras antes de lanzarlas al semental. Es como el Cyrano de la piara, endulzando a la dama con sus versos para humedecer la embestida del bello Christian. Los cerdos del Marranero tienen nombre y apellidos: así, el Marranero controla la pureza genealógica de las camadas y evita los riesgos dinásticos de la consanguinidad. Conoce de memoria los nombres y apellidos de decenas de animales. No puede apuntarlos porque no sabe escribir. Fuera de la piara, le basta entender sucintamente las órdenes que le dicta siempre a voces el diputado Trescastro. Y, si él mismo ha de aparearse, busca soluciones fáciles y que no requieran mucho verbo, aunque a veces cuesten unos reales.
Al Marranero no le gusta que el señorito Horacio pase la mano sobre el hombro del Lucero mientras se ríen las gracias. Don Federico García es liberal, y ya se conoce la propensión de los liberales a engendrar niños maricones. El Lucero tiene las caderas anchas y nunca se le vio abatir un conejo o una perdiz, ni montar uno de los caballos de don Federico.
—Palo que nace doblao, jamás su tronco endereza –mista el Marranero desde dentro del Ford T, sacando otra pajita del bolsillo y colocándosela entre la paleta y el colmillo derechos.
Don Federico García también echa un reojo al abrazo de su hijo con Horacio, pero le distrae la insistencia del diputado Trescastro, que lo empuja hacia un aparte intentando esquivar parejas de baile, perros y niños. Los guardiaciviles que protegen el cordón que divide la plaza empiezan a bostezar, pero también bosteza la lucha de clases, según han dicho algunos intelectuales estos días en los periódicos.
—¿Cuándo? –Trescastro quiere ser tan confidencial que se entera todo el mundo.
—Me han dicho que el Tío Paje está al llegar –susurra don Federico.
—¿Su Majestad vuelve a la Vega? –a Trescastro se le han agrandado los ojos como dos coronas.
—A Láchar. A la finca del conde de Benalúa. A cazar.
—Eso puede traernos complicaciones –medita Trescastro.
—Al contrario, diputado. Los caminos van a estar limpios. Hay miedo en la corte. Quieren cerca del Tío Paje a todos los guardiaciviles de la comarca, por si pasa cualquier cosa.
—Dios no permita daño al Rey –apostilla el diputado conservador alzando su voz mitinera y viril.
—No hables como los alcaldes de Calderón, Juan Luis. Sólo eres diputado provincial –don Federico le guiña un ojo.
—¿Cuándo y dónde?
—Almacenamos en el camino de Casa Real, llegando al río, donde la alquería del Fanega, que está vacía. Ya está avisado y pagado. El tren sólo espera quince minutos, así que hay que andar ligeros.
—Es poco tiempo.
—El que hay. ¿Qué tal están los caminos?
—Si no llueve, están bien.
—Mañana me ando a Granada a pagar a los ferroviarios. Trescientas pesetas. Díselo a tu patrón y que mande recado a los Alba.
—¿Mil doscientos reales? ¿Pero qué se han creído?
Al otro lado de la plaza, más cerca de la charanga, a Horacio y al Lucero se les ha unido Frasquito. El Lucero y Frasquito no parecen hermanos. Frasquito, a sus catorce años, se atreve a pedir baile a chicas hasta de dieciocho. Frasquito es recio y nervudo, y el Lucero es blando. El Lucero es cabezón y Frasquito de cráneo breve. Frasquito es el único de la familia que no ha aprendido a tocar guitarra ni piano, y por eso la madre Vicenta teme que acabe degenerando en conservador.
Lucero se ha sonrojado en cuanto Frasquito les ha presentado a tres chicas que ha colectado en el baile. La de nariz aguileña se llama María, la de los pechos más grandes se llama Matilde, y a la mujer perfecta le han puesto Adelaida, nombre que le queda muy largo y muy bien. Frasquito saca a bailar a María y Horacio a Matilde.
—¿No bailas? –le pregunta Adelaida a Lucero.
—No.
—¿No te gusta la música?
—No. Es un torpe disimulo del silencio.
—Qué tontería más cursi acabas de decir. Eres un poco guapo, pero también un poco raro.
—Tú también eres un poco guapa.
—Gracias –se ríe Adelaida–. ¿Sólo un poco?
Matilde y Horacio, bailando como trompos tropezones, se han acercado mucho.
—¿Qué te ha dicho? –pregunta, a voces, Matilde.
—Que no soy más que un poco guapa –pucherea Adelaida.
—¡Yo no he dicho eso!
—Y que la música es el disimulo del silencio o algo así.
—¿Mi hermano ha dicho eso? –irrumpe Frasquito dejando de bailar.
—Lo ha dicho –apuntilla solemnemente Horacio.
Frasquito se queda inmóvil entre las parejas que orbitan pasodobles alrededor, levantando el polvo de la plaza. Mira a los ojos de su hermano.
—No –suplica Lucero.
—Sí –dice Horacio.
—Vamos –ratifica Frasquito.
—¿Adónde os vais? ¿Y nosotras? –grita María con su nariz anzuelo.
—Ataos bien las enaguas, no se os vayan a caer. Volvemos enseguida –le susurra Horacio.
—¡Maleducado! –protesta María.
Pero se queda. Con su nariz anzuelo de pescar marido observando al Lucero, el único de los tres hombres que permanece a mano. Frasquito y Horacio se han internado en el baile y proponen a otros muchachos, al oído, alguna gamberrada.
—Tú eres al que llaman Lucero. El hijo de don Federico.
—Sí –el Lucero ha puesto cara de tomate blando.
—¿Bailas conmigo?
—No sé bailar.
—Qué rico, ay. Y qué soso.
—Adelaida dice que es guapo –dice Marta.
—Eso no es verdad –protesta Adelaida–. Sólo dije que es un poco guapo.
—¿Soy un poco guapo? –pregunta Lucero desde el centro de sus hombros encogidos.
—Sí –se ríe Marta.
—Sí –se ríe María.
—No –contesta muy seria Adelaida.
Y después se ríe también.
Frasquito y Horacio han reunido a otros seis o siete chavales de la edad.
—Vosotras nos esperáis aquí –dice Frasquito.
—No –suplica el Lucero, pero los chavales ya lo han levantado y lo conducen camino de la calle de la Iglesia. En volandas.
Don Federico se cansa ya de la verborrea del diputado Trescastro.
—Tiene usted mucha confianza en Pétain –alardea Trescastro–.
—La guerra durará más, a pesar de Pétain y a pesar de Verdun.
—Bendita guerra.
—Diputado Trescastro, es usted un botarate.
Como cada vez que es insultado por alguien más poderoso que él, el diputado Trescastro simula no haber entendido o haber entendido otra cosa, suelta una carcajada y desvía la conversación.
—No sé qué tiene contra esta guerra. ¿Cuánto ha ganado usted desde que asesinaron al pobrecito archiduque Francisco, que Dios tenga en la gloria? Menosprecia usted al Reich, como todos los liberales.
—La diferencia entre liberales y conservadores es que nosotros menospreciamos y vosotros despreciáis.
—No sé qué será mejor –tercia el diputado con cara de no comprender.
—Lo vuestro es mejor. Os evita cargos de conciencia.
—La conciencia es para débiles –replica Trescastro.
—¿Y la falta de conciencia?
—Eso sólo se lo pueden permitir los ricos. Como usted.
—¿Y tú qué te puedes permitir, amigo Trescastro?
—La voluntad. ¿Suena peligroso?
Don Federico prefiere ignorar la expresión irónica e inteligente del diputado y volver la cara. Su mujer, Vicenta, le devuelve la mirada entre el gentío bailongo. La niña Conchita, a su lado, lleva toda la noche con los brazos cruzados, porque le han salido de repente dos tetas inesperadas. Algunas noches, doña Vicenta despierta a su marido y caminan furtivos por el pasillo hasta la puerta de su hija para oírla llorar.
—¿Por qué llora siempre Conchita?
—¿Qué harías tú, Federico, si de repente te dijeran que tienes que convertirte en mujer? Llorar, llorar y llorar. Y más en Granada. Y aún mucho más en Asquerosa.
—¿Por qué más en Asquerosa, mujer?
—Ay, marido. ¿Cómo llaman a las mozas de Asquerosa?
Don Federico responde con un gruñido derrotado. Antes de casarse con el viudo, Vicenta era maestra y había aprendido a tener siempre razón. Ahora da clases a los hijos de los alpargateros para desanalfabetizarlos un poco antes de que los manden al surco. A las mozas de Asquerosa las llaman asquerosas, claro, y eso les da mucha vergüenza. Pero Vicenta sabe que el pueblo de Asquerosa se llamaba, originariamente, Aquae Rosae, agua de rosas. Acquerosa. Asquerosa. Las etimologías son como espejos valleinclanescos: lo malforman todo.
—¿Bailas? –es uno de los chavales de los Alba, bastante feo.
—No, gracias –Conchita aprieta más los brazos sobre sus pechos.
—Yo sí bailo –irrumpe Isabelita, la pequeña de los García Lorca.
Isabelita tiene siete años, pelo castaño a lo paje, un vestido blanco con ribetes de organdí y una caradura enorme. Un año atrás, cuando quisieron escolarizarla en el mismo centro al que acudía Conchita, montó tal bronca que don Federico, quizá inspirado también en su rampante anticlericalismo, gritó para disgusto de la muy católica doña Vicenta: «Se acabaron las monjas. Ninguna de las dos vuelve a semejante colegio, donde son capaces de torturar». Y puso a las niñas una maestra particular. Desde entonces, Isabelita se cree que la libertad es algo relativamente fácil de conseguir. Que basta con llorar, gritar o patalear para alcanzarla.
—¡Yo sí bailo!
—Tú eres muy chica, Isabelita. Déjame a mí –irrumpe doña Vicenta y arroja al joven Alba al centro de la pista al compás del novísimo pasodoble El gato montés, del maestro Penella.
Échale más valor,
búscale sin temor.
Anda, recréate en la suerte
y olvida que la muerte
acecha a perderte.
Piénsalo y párate.
Mátalo a volapié.
Anda, no ves que ya se humilla,
busca que ruede sin puntilla.
Suena un ¡olé! y la plaza entera
es un clamor toda puesta en pie.
El flácido adolescente no sabe qué hacer, pero se deja arrastrar a la pista con la cara encarnada y los labios apretados. Vicenta tiene 46 años y es la esposa del hombre más poderoso de la Vega. Los que la conocen poco, dicen que está medio loca desde hace quince años, cuando me perdió por una mala fiebre. Otros, que conocen su historia aún menos, rumorean que Federico envenenó en 1894 a su primera esposa, Matilde, rica e infértil, para quedarse con su dinero y contraer con la atractiva maestra, que había llegado a Fuente Vaqueros un año antes. Matilde nunca había estado enferma. Se la llevó de repente, y con sólo 33 años, una obstrucción intestinal que fácilmente pudo haber sido provocada por la ingesta de ruibarbo o abrótano, plantas que proliferan en los campos de la Vega granadina. Con esos antecedentes, es comprensible que el chaval baile el pasodoble con la espalda más estirada que un mármol, con miedo a que don Federico le reviente el corazón de una puñalada por bailar un agarrao con su mujer desvariada.
—¿Tú sabes quién soy yo? –le pregunta Vicenta.
—Claro, señora.
—¿Y tú sabes que yo también sé quién eres tú?
—No, señora.
—«Piénsalo y párate. Mátalo a volapié. Anda, no ves que ya se humilla» –canta la señora acompañando a la orquesta.
Al adolescente bailaor Alejandro Alba le empiezan a dar temblores. La mujer de Federico García, es verdad, está rematadamente loca. Quizás el hijo perdido, quizás el asesinato de su antecesora en el lecho conyugal.
—Tienes... diecisiete años. ¿Verdad, Alejandro?
—Sí...
—¿Qué tal la tía Frasquita?
—Bien...
—¿Te gusta mi hija Concha?
El chaval no sabe qué decir. Esas preguntas no se hacen.
Negro carbón del toril,
igual que un ciclón,
el torito aquel pisa el redondel
y es un león.
La canción se acaba, pero Vicenta Lorca sigue bailando. Mamá es ciclotímica. O algo peor. A veces se empoza en una tristeza de niebla densa. Otras parece un jilguero escapado de la jaula. El Lucero dice que madre es como Granada: tenebrosa o flameante, sin términos medios. Hoy Vicenta se ha levantado con el ánimo jilguero, y al chaval Alejandro Alba, de los Alba de Romilla, le toca pagar el pato en la pista de baile.
Sale a correr con alegría,
sueña la plaza es mía,
y el matador, que desconfía,
dice al pasar con valentía:
«Sin compasión te he de matar».
—Uy, Conchita. Conchita no necesita un pretendiente. Necesita un domador de circo sin látigo. ¿Entiendes?
—No, doña Vicenta. A decir verdad, no entiendo nada.
El diputado Trescastro es de los que alimentan especies acerca de los García Lorca, aunque ahora se ha acercado al bar para traerle a don Federico una copa de chinchón. Según el testaferro de Alejandro Roldán, aficionado a la Cábala, las fechas delatan la conspiración asesina. El padre de Matilde, el acaudalado Manuel Palacios, muere en 1891. Sólo un año más tarde, Vicenta gana plaza de maestra en Fuente Vaqueros, un traslado fácil de conseguir cuando se tiene la influencia política de la que goza el liberal don Federico. Apenas dos años después, Matilde fallece repentinamente con 33 años y una salud portentosa, sólo tiznada por su esterilidad. Había redactado su testamento la víspera misma de su muerte, dejándolo todo a su marido. Don Federico se convierte, por herencia de su esposa, en un viudo rico y le bastan 30 meses de luto para volver a pasar por vicaría de la mano de Vicenta, maestra pobretona pero dotada de excelentes virtudes conejiles para la conservación de la especie. A medida que el tiempo pasa, el bulo se va llenando de invenciones y detalles, y en algunas esquinas he oído versiones que alcanzan el rango de verdadera poesía popular.
Don Federico conoce los chismes, pero le importan un carajo. A Federico García Rodríguez le importan otras cosas.
—Algún día habrá que cambiarle el nombre a este pueblo –dice mirando la parte pobre de la plaza, donde bailan y hacen hogueras los gitanos y los alpargateros.
—¿Cambiarle el nombre a Asquerosa? ¿Qué dice usted?
–pregunta Trescastro con la copa de coñac recalentándose en su mano y una mueca incrédula bajo el bigote.
—Mi hija Conchita me lo ha pedido. Dice que en Granada la llaman asquerosa.
—Los de Asquerosa son asquerosos. Es el gentilicio. ¿Ha bebido usted, patrón?
—Yo no bebo –responde Federico echando un trago al chinchón–. Una adolescente no debe tener casa en un pueblo que se llame Asquerosa. Y yo no pienso vender la huerta ni la casa. Así que el pueblo de mi hija se va a dejar de llamar Asquerosa.
—¿Y cómo va a llamarse?
—Villarrubio. Voy a plantar tanto tabaco rubio en Asquerosa que no va a quedar otro remedio que llamarlo Villarrubio. Villarrubio es bonito y original y... –se atusa el gran bigote–. Lo llevo pensando un tiempo. No está bien que nuestras muchachas se críen en un pueblo que se llama Asquerosa, coño.
Desde el lado pobre de la plaza, el campesino José Daza intenta llamar la atención de don Federico, pero éste anda demasiado abstraído en su rebeldía toponímica como para ver otra cosa que no sean las hogueras. Acompañado de un campesino joven, alto y fuerte, con un niño colgado de la pernera del pantalón, Daza se acerca al cordal clasista que divide la plaza.
—Eh, vosotros. A no molestar –les relincha uno de los guardiaciviles que protegen la frontera.
Olmo le devuelve al tricorneado una mirada fusilera desde sus ojos grandes y de hondura líquida y agitanada. Al sentir el revuelo, don Federico repara en ellos.
—Disculpa, diputado. Voy a saludar a un amigo.
—No se mezcle usted con los alpargateros, don Federico. No le conviene.
—¿Me estás dando un consejo, diputado provincial?
—Siento haberle ofendido –responde Trescastro sin dejar de sonreír.
—No me ofendes nunca –posa la mano García en el hombro de Trescastro–. Respecto a lo que viniste a averiguar, dile a Roldán que sí, que me presento en noviembre a concejal por Granada. Con los liberales, por supuesto.
—Por supuesto. Don Alejandro se llevará una gran alegría –ironiza Trescastro.
Don Alejandro Roldán, el patrón de Trescastro, es un conservador recalcitrante y va a estallar en ira en cuanto se le comunique la decisión de Federico García. Se puede decir que, tras don Federico, Roldán es el segundo cacique más poderoso de la Vega. Los García y los Roldán son primos lejanos. Pero los años han ido resquebrajando la armonía familiar a fuerza de disputas sobre lindes, negocios y, sobre todo, política. Un escalafón patrimonial más abajo están los Alba, terratenientes vegueros cercanos a las inclinaciones conservadoras de Roldán. Don Alejandro jamás se acercaría, como está haciendo ahora don Federico, a saludar a un par de alpargateros como Daza y Olmo.