Buch lesen: "Muerte al Rey"
Muerte
Al Rey
Serie Diamante Rojo Vol.3
~Angy Skay~

Los personajes, eventos y sucesos que aparecen en esta obra son ficticios, cualquier semejanza con personas vivas o desaparecidas es pura coincidencia.
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© de la fotografía de la autora: Archivo de la autora
© Angy Skay 2019
© Editorial LxL 2019
www.editoriallxl.com
04240, Almería (España)
Primera edición: diciembre 2019
Composición: Editorial LxL
ISBN: 978-84-17516-91-8
Bryan,
Eidan,
Freya,
William.
Sois mi vida.
Un tiempo después se encontraron.
Ella le dijo a él: «Todavía te brillan los ojos».
Y él le contestó: «Todavía te siguen temblando las piernas».
Índice
1
Dolor
Jack Williams
2
Un trato
3
Siete meses
Micaela Bravo
4
Tú
5
Mi infierno
Jack Williams
6
Descubierta
Micaela Bravo
7
Perdiendo los papeles
8
Malas decisiones
Jack Williams
9
No te necesito para respirar
Micaela Bravo
10
Te odio
11
Títeres
12
Duele
Jack Williams
13
Peligro
Micaela Bravo
14
La trampa
15
Una nueva vida
16
Dame una oportunidad
Jack Williams
17
No lo soporto más
Micaela Bravo
18
Peones
19
¿Un cambio de bando?
20
Un juramento
21
Navidad
Jack Williams
22
Una extraña llamada
Micaela Bravo
23
Una posibilidad entre un millón
24
Una fabulosa cuenta atrás
Jack Williams
25
Un adiós muy doloroso
Micaela Bravo
26
Mi adorada Rusia
27
El juego del despiste
28
El plan
29
Verdades sobre la mesa
30
Huida
Adara Megalos
31
Te he encontrado
Micaela Bravo
32
La montaña
Tiziano Sabello
33
El gran dolor de la mentira
Micaela Bravo
34
Un salto mortal
Adara Megalos
35
Forjando un equipo
Micaela Bravo
36
En mi postura
37
Un favor por otro
Jack Williams
38
Mi pequeña
Micaela Bravo
39
En familia
Jack Williams
40
El bufón de la corte
Tiziano Sabello
41
¡Fuera!
Adara Megalos
42
El fin
Micaela Bravo
43
El futuro
Continuará…
Agradecimientos
Información
@angyskay
Tu opinión me importa
1
Dolor
Jack Williams
Roma, Italia
—¡¡Tiziano!!
—¡Me cago en la puta! —escuché a lo lejos.
—¡¡Tiziano, venga!! —grité, apremiándolo.
Miré hacia la derecha, intentando encontrarlo en algún punto de la cafetería, pero me fue imposible cuando las botellas que tenía delante estallaron por los aires gracias a la ráfaga de balas que empezó de punta a punta de la gran barra del bar. Me encogí y me cubrí el rostro con las manos en cuanto los cristales comenzaron a esparcirse por todo mi cuerpo. A lo lejos, escuché un gruñido enfadado procedente del italiano, que trataba de llegar hasta mí arrastrándose por el interior de la barra.
Observé cómo apretaba sus fuertes brazos contra el mármol del suelo en un obstinado intento por acercarse, pero se detenía cuando las botellas caían sobre él. Soltó un grito de frustración que retumbó en todo el local. Elevó sus ojos en mi dirección, los cuales echaban chispas debido al cabreo que llevaba a cuestas.
—No puedes llamarme para emborracharnos, por ejemplo —puso los ojos en blanco—, ¡nooo! —exageró, tratando de hacer un gesto con la mano—. Tienes que hacerlo para meterme en más problemas de los que ya tengo. ¡Cómo te odio! —dramatizó.
—¡Oh, cállate y pásame la puta bolsa! —le espeté con urgencia.
Dio un breve tirón del asa y la lanzó con toda la fuerza que pudo hasta que cayó a mis pies. Segundos después, llegó a mi lado y se sentó como yo, pegando su espalda a la zona baja de la barra. Las balas comenzaron a traspasar parte de la madera desde la otra esquina y abrí la cremallera con rapidez.
—¡Vamos, vamos, vamos! —me urgió.
—¡Si no hubieras tardado tanto en llegar! —Lo miré con mala cara.
—¿Y yo qué merda1 hago? ¡No haberme llamado a última hora!
—Lo sabías desde hacía dos horas —le recriminé.
—¡¿Dos horas son mucho para ti, don Urgencias de última hora?! —me discutió, acentuando su tono y su gesto de enfado.
Tras elevar mis ojos al cielo mientras escuchaba sin cesar los reproches de Tiziano, saqué dos explosivos y los tiré por encima de la barra hacia el lugar desde el que nos disparaban, donde había tres hombres a punta de rifle acribillándonos sin piedad. El artefacto tardó nanosegundos en explotar, y ambos nos agachamos como pudimos para que no reventáramos de la misma manera. Pegué mi espalda a la madera cuando no escuché nada más al otro lado. Tiziano me imitó y soltó un gran suspiro de alivio.
—Me alegro de verte. —Reí.
Asintió con lentitud y sus labios comenzaron a curvarse.
—Y yo. —Me acompañó en la risa.
Estreché mi mano con la suya y me pasé la otra por el rostro antes de levantarnos. Inspeccioné la zona, dando por concluida la fiesta y siendo consciente del gran desastre que habíamos montado en unos minutos en el local más famoso de toda Roma.
—¿Por qué aceptas estos trabajos? —renegó, dando un salto sobre la barra para llegar al otro lado.
—Porque me pagan.
Hice lo mismo que él y dirigí mis pasos hacia una de las vitrinas que se encontraban al final del local, a oscuras, porque a simple vista parecía parte de la decoración. Le propiné un golpe con mi codo y el cristal se hizo añicos. Extraje la diminuta caja de cristal que había en su interior y la cogí entre mis manos, llenas de heridas y sangre.
—¿Qué coño es eso?
La miré con detenimiento.
—No lo sé. Y tampoco me importa.
Un silencio se creó entre nosotros. Llevaba sin verlo un par de meses, ya que había tenido algunos trabajos en los que no había requerido su ayuda. Habían pasado ya siete meses, durante los cuales mi vida había sido un infierno. Y seguiría siéndolo hasta que no diese con el paradero de Micaela, quien había desaparecido de la faz de la Tierra.
Poco tiempo después de marcharme de Nueva York, acabé con la persona que se había dedicado hasta el momento a darme caza, la misma que había reventado su propio club por los aires y a la que solo tardé un mes en capturar. Durante las semanas siguientes, no hubo ningún altercado más por parte de quienes, de una manera u otra, habían asesinado bajo mis órdenes, y me di cuenta de que sin Micaela no podía seguir respirando. Así que, sin peligro, volví como un puto loco a por ella, dándome de bruces con la realidad cuando llegué al piso que teníamos en Nueva York.
Ya no estaba.
Ni ella ni sus cosas ni su simple perfume.
Nada.
Imaginaba a cada segundo el ansiado momento en el que me encontraría con ella de nuevo tras la puerta de nuestra casa, y sentía los nervios en estado puro al pensar en su reacción y en la mía. Pero el gran dolor que experimenté al ver que había desaparecido no tenía nada que ver con lo que apuñalaba mi pecho cada segundo del día.
—¿Sabes algo de ella? —le pregunté sin más.
Tiziano me miró con recelo y negó con la cabeza. Sabía que estaba mintiéndome. Micaela y él se llevaban muy bien como para no saber dónde se encontraba. Y lo que más me cabreaba era pensar en los contactos que habría podido usar para que ni Riley fuera capaz de localizarla. La primera vez que vi a Tiziano, poco después de irme, le pregunté por ella, sin embargo, se negó en rotundo a soltar una simple palabra acerca de su paradero. Pensé en torturarlo hasta que hablase, pero Riley aplacó mis instintos más feroces cuando entendí que, aunque lo fustigase durante toda una vida, su lealtad era tan acérrima a Micaela que ni muerto hablaría.
—Y si lo supiera, ten por seguro que no te lo diría.
«Las mismas palabras de siempre», pensé. Era lo único que me decía cada vez que intentaba de una forma u otra que me diese una mínima pista.
—Tiziano... —Mi tono salió desesperado, pero no me importó.
Juro que estaba en un punto en el que si tenía que ponerme de rodillas, lo haría ante cualquiera con tal de volver a verla.
—Tú decidiste dejarla, Jack. Ahora no vuelvas a joderle la vida.
—Solo quiero que me escuche.
—Y si después de eso no quiere volver a saber nada de ti, ¿te irás?, ¿la dejarás en paz? —ironizó—. Si ella ha rehecho su vida, si tiene otra vida, otra en la que tú no estás —me señaló con el dedo—, ¿te irás, Jack?
—No —sentencié.
Rio al escuchar mi tono firme, y supe que estaba perdiendo el tiempo, pues no me diría ni una palabra. Lo llamé, a sabiendas de que dispondría de todo el material que necesitaba para este trabajo en Roma, y también supe que vendría al momento, al igual que, por muy mal que me sentara, tenía claro que no le diría nada a Micaela sobre mi visita ni sobre las veces que nos habíamos visto.
Dolor.
Eso era lo único que sentía a todas horas. Sí, es penoso alejarte de la persona que más amas, aun sabiendo que lo hiciste por su propio bien, por proteger su vida. Pero eso no quita que te sientas el hombre más miserable del planeta, teniendo en cuenta que, seguramente, la persona por la que respiras día tras día quizá haya sufrido igual o más que tú. Y esa era la gran losa que llevaba a cuestas todos los días, ese era mi infierno particular, del que no podía escapar y del que no conseguía salir por más que lo intentase.
—Venga, te invito a una buena copa. Eso sí —me apuntó con el dedo de nuevo—, no quiero hablar de mujeres.
Asentí con una sonrisa en los labios. Había echado de menos su humor. Se dirigió hacia la barra, donde se sirvió como si estuviese en su casa, mirando con el entrecejo fruncido las botellas que seguían vivas. Paseó su mano en el aire de una punta a otra hasta que dio con una, y entonces sonrió como un jodido demente. Así era Tiziano, y eso no lo cambiaría nadie.
—¿Te da igual que sea ron? —me preguntó sin apartar la vista de las demás.
»Ron…»».
Todo, todo, absolutamente todo, me recordaba a ella: el ron, que era su bebida favorita; los putos cuadros pintados a mano, que parecía que me perseguían allá donde iba; las mujeres que se cruzaban en mi camino, que me hacían acordarme sin poder evitarlo, hasta que descubría al girarlas en mitad de la calle que no eran ella. Ninguna era ella. Por las noches, me colocaba en el lado en el que acostumbraba a dormir e imaginaba que estaba junto a mí como cada mañana, pero el frío invadía cada uno de mis sentidos y me veía de madrugada palpando una cama vacía, desértica y sin un halo de calor que me indicara que estaba allí. A veces deseaba dejar de respirar, no volver a levantarme ni una mañana más, para que, de esa manera, los sueños que tenía cuando conseguía dormir algunas horas seguidas se hicieran realidad.
—Sí —le respondí escueto.
Pasé mi mano por el taburete, quitando los pequeños cristales que había, y Tiziano hizo lo mismo en la barra antes de servir las copas. Le dio un sorbo a la suya y me observó desde su posición. El tiempo, aunque corto, no lo había cambiado en nada. Seguía con su habitual gesto de chulería, con su camisa bien puesta, remangada ahora hasta los codos, y varios botones abiertos en la parte superior, dejando lucir parte de las horas invertidas en el gimnasio.
—¿Sabes algo de tu hermana?
Lo miré a través de mis pestañas cuando me preguntó por Adara. Todavía no estaba acostumbrado a llamarla «hermana», y me reprendí a mí mismo cuando me di cuenta de que llevaba el mismo tiempo sin saber nada de ellas. Ni siquiera había sido capaz de llamarlas, y eso que en algunas ocasiones lo pensé. Había encontrado a mi familia, a la de sangre, pero en mi interior tenía claro que el dolor de Micaela habría sido más grande si lo hubiese hecho. Mientras buscaba como un loco a la mujer de mi vida, Riley se presentó por su cuenta en la casa de Agneta, mi madre, y verificó que Micaela no se encontraba con ellas y que tampoco sabían nada sobre su paradero; algo sumamente extraño que nos encargamos de confirmar. Y, en efecto, no nos mentían. Pero eso no quitaba que siguiese sin tener sentido.
—No la he visto desde que vine de Atenas. ¿No habíamos dicho que no hablaríamos de mujeres? —Arrugué el entrecejo.
Tiziano sonrió y alzó su vaso al techo, para después juntarlo con el mío en un brindis, ignorando así mi pregunta. No tenía ni idea de qué habría podido pasar entre Tiziano y Adara, pero estaba claro que algo se le escapaba de las manos al italiano. Y era un sentimiento muy parecido al que yo tuve cuando conocí a Micaela, aunque él nunca lo reconocería.
—Bueno, y, cuéntame, ¿qué ha sido de tu vida en este tiempo que no nos hemos visto?
—Trabajos y casa —le respondí, contemplándolo.
—Un resumen muy breve. —Asintió.
—¿Y tú?
Agarré mi vaso con ambas manos y le di otro sorbo al ron. Ese detalle lo pasé por alto, el de beber, beber hasta que caía casi en coma. Y no podía echarle la culpa a nada ni a nadie, puesto que si lo hacía era porque quería, a sabiendas de que la bebida no me traería nada bueno. Era la única manera de sentirla un poco más cerca y quizá de mitigar el punzante dolor que no cesaba.
—He tenido unos cuantos problemas con otros narcos, pero, a fin de cuentas, los he solucionado, ya me conoces. —Rio—. He pensado en dejar el negocio y dedicarme a otra cosa.
Su último comentario me paralizó. Lo contemplé fijamente mientras movía su vaso entre las manos y hacía una mueca con los labios.
—¿Tú a otra cosa? —ironicé.
—Sí, no me mires así. No sé, tomarme un tiempo sabático. Estoy cansado de los niñatos que se piensan que pueden controlar el mundo, y a mí ya me coge mayor.
Reí por su comentario sin poder evitarlo.
—Tiziano, tienes poder para aplastarlos como a hormigas. No me vengas con cuentos.
—¿A ti no te aburre matar? —Me observó extrañado.
—No —le contesté con sinceridad.
—Eres un puto loco.
—Es mi trabajo, y me gusta. ¿Sería mejor persona si fuese un policía corrupto?
Hizo una mueca de asco.
—No me nombres a la poli... Y no, no te haría mejor persona, aunque también dependería de si quisieras serlo.
—No me interesa, gracias —añadí con sarcasmo.
Apoyó sus brazos en la barra y sacó su habitual navaja de uno de los bolsillos de su pantalón. La movió con agilidad sobre sus dedos y lo contemplé durante un rato. Realmente, era un caso perdido, y él sí que estaba loco.
—¿Sabes? Creo que si te permites un tiempo sabático, podrías venir conmigo.
—Quieres utilizarme como baza —murmuró, alzando la vista. Negué con la cabeza, indicándole que ese no era mi pensamiento principal—. ¿A quién quieres engañar, Jack? —volvió al ataque con su pregunta.
—Esta vez te equivocas. Pero debo decirte que, de momento, el suicidio no entra dentro de mis planes, así que, a no ser que me maten antes, pienso recuperar lo que es mío.
Me observó con fijación mientras asentía con lentitud. Selló sus labios en una fina línea y movió su rostro, hasta que suspiró y levantó su copa.
—En ese caso, espero que tengas suerte, amigo. Vas a necesitarla.
Durante un rato, estuvimos hablando de temas banales sin que ciertas «mujeres» intervinieran en ellos, y tampoco hizo amago de volver a preguntarme acerca de Adara. Sabía que sospechaba algo, pero no tenía claro el qué.
Antes de subir a mi coche, me detuvo sosteniéndome del codo.
—No tardes demasiado en dejarte ver.
Asentí sin quitarle los ojos de encima.
—Espero que la próxima vez me digas algo más que esto —añadí.
—Y yo espero que hayas conseguido valerte por ti mismo. Sabes que no puedo ayudarte. —Le fastidió decir esto último—. Por mucho que quiera hacerlo.
Le di un golpe en la espalda en señal de agradecimiento. La lealtad era una de las cosas más difíciles de tener en esta vida, y él estaba demostrándomela con creces, aunque eso conllevara el sufrimiento de dos personas. Y sabía que en el fondo solo estaba protegiéndola, por lo que no podía echarle nada en cara.
—Nos vemos, Tiziano.
Abrí la puerta del coche. Antes de entrar, lo escuché decir:
—Cuídate, Jack.
Lo observé durante unos minutos, parado en mitad de la carretera y sin quitarme los ojos de encima, y supe que estaba barajando la posibilidad de hablar o no conmigo, pero su gesto se torció en una mueca de disgusto y se giró para encaminarse hacia su vehículo. Sabía que estaba pasándolo mal por mi culpa, y me arrepentía por ello, pero era la única persona que tenía al alcance que no quería matarme, y la única también que entendió mis motivos sin recriminarme nada; aunque bien era cierto que esa oportunidad no se la había dado a Arcadiy. Y era consciente de que los puñetazos volarían por doquier el día que nos cruzásemos.
Un rato después llegué al hotel, en pleno corazón de Roma. Al entrar, la recepcionista me observó lasciva, igual que lo había hecho el día anterior. Bien era cierto que no había buscado la manera de olvidarme de Micaela, de la forma que fuese, porque sabía que, por mucho que me esforzase, no tendría el éxito deseado. Estaba claro que mi corazón solo pensaba en una persona, y mi cuerpo también la reclamaba.
Cuando entré en el pasillo de la segunda planta, vi que había algo extraño en la puerta. Se encontraba entornada y no cerrada, como la había dejado; de eso estaba más que seguro. Sujeté mi pistola en la mano derecha. Al abrir con cautela, tal y como había supuesto, alguien había estado dentro. Avancé con cuidado, cerciorándome de que no había nadie en el interior, y atisbé un papel sobre la cama que llamó mi atención. Lo cogí después de cerrar la puerta y leí:
A las doce de la mañana te espero en el 68 de la Vía Nicola Salvi, frente al Coliseo.
Te reconoceré. Y tú a mí.
Deposité la nota sobre la cama y contemplé la blanquecina pared que tenía delante. Estaba escrita a mano, pero no conocía la letra. ¿Quién quería verme? Y, sobre todo, ¿quién cojones sabía que me encontraba en Roma? Me giré como un vendaval, encendí mi portátil tan rápido como me daban los dedos para pulsar la contraseña e inicié una videollamada. Pocos segundos después, un Riley medio dormido apareció tras la pantalla.
—¿El mundo está acabándose? —renegó.
—Alguien ha estado en mi habitación.
—¿Ya estás buscándote diversión para la noche? —Sonrió con chulería.
—¡¡Riley!! —lo amonesté enfadado al mismo tiempo que levantaba la nota para enseñársela por la cámara.
—¿Eso es una amenaza? —Alzó una ceja.
—No tiene pinta. —Puse los ojos en blanco—. Está citándome para mañana. ¡Por Dios, lee!
Se restregó los ojos durante lo que me pareció una eternidad, y solo ese gesto me desesperó. Últimamente, todo lo hacía.
—¿Tienes idea de quién puede ser? —Negué con la cabeza, confuso—. ¿Vas a ir? —volvió a preguntar.
—Sí.
—¿Y si es una encerrona?
No podía ser nadie del círculo en el que me movía. Mi paradero seguía siendo la cárcel de Brasil ante los ojos de todos mis antiguos enemigos. Pero alguien sabía que no era así, y estaba dispuesto a averiguarlo.
—Te mantendré informado. Si en una hora después de la cita no he dado señales de vida, recoge tus cosas y cambia de destino.
—Jack...
Lo corté con un gesto de mi mano. No iba a dejar que me convenciera de no hacerlo. Mi cabezonería ya no me lo permitiría.
—¿Has averiguado algo?
Negó con la cabeza al saber que me refería a Micaela.
—Eiren ha estado investigando por sus propios medios y con sus contactos. Ya sabes que conoce a mucha gente que podría encontrarla, pero no ha habido suerte.
—¿Le has comentado algo? —le pregunté tras soltar un suspiro.
—No. Como siempre, no sabe para qué es.
—Bien. Hablamos mañana.
Corté la conexión sin darle tiempo a continuar cuando iba a pronunciar algo. Cerré la pantalla, coloqué ambos codos en la madera del escritorio y sujeté mi cabeza entre mis manos. Me froté las sienes repetidas veces y volví a exhalar un fuerte suspiro que me desesperó.
—¿Dónde estás, Micaela?... —murmuré.
Mis ojos se desviaron hacia la esquina de la mesa y agarré la botella de whisky sin pensármelo dos veces.
Esa noche caería entera.