Buch lesen: "Mi perversión"
Mi perversión
Los personajes, eventos y sucesos que aparecen en esta obra son ficticios, cualquier semejanza con personas vivas o desaparecidas es pura coincidencia.
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© de la fotografía de la autora: Archivo de la autora
© Angy Skay 2021
© Editorial LxL 2021
www.editoriallxl.com
04240, Almería (España)
Primera edición: febrero 2021
Composición: Editorial LxL
ISBN: 978-84-18390-22-7
Mi
perversión
parte ii
Angy Skay
Las personas llegan a tu vida.
Otras veces, te sacan de ella.
Angy Skay
A mi niña, Ellery.
Índice
1
Edgar
2
ENMA
3
EDGAR
4
ENMA
5
6
7
EDGAR
8
ENMA
9
10
11
12
EDGAR
13
ENMA
14
15
16
17
18
EDGAR
19
ENMA
20
21
EDGAR
22
ENMA
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EDGAR
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ENMA
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27
28
EDGAR
29
ENMA
30
31
Continuará…
Agradecimientos
Biografía de la autora
1
Edgar
La villa que habían escogido para esa ocasión me pareció más que ostentosa. No recordaba haber estado tan poco receptivo en ninguna de las fiestas que Waris Luke había organizado en el pasado. Ni siquiera había mostrado el nulo interés que tenía por que aquella celebración se llevase a cabo.
La gente vestía tan elegante que pensé que iban a una boda en vez de a un acto que informaba sobre los nuevos avances en los negocios. «Como siempre en este tipo de fiestas», me recordó mi mente. Quizá había hecho una desconexión total de mi anterior vida y ya ni siquiera guardaba los recuerdos que no me interesaban.
Observé a Mark al otro lado del jardín, que elevaba una copa en mi dirección y me miraba con una gran sonrisa. Aquel cabrón sí que había tenido suerte al seguir trabajando para mí. Con la evolución de la cadena, había triplicado el sueldo y subido unos cuantos peldaños.
A mi izquierda, pude ver a Lincón con un par de mujeres y con aquella cara de viejo verde que lo perseguía allá donde fuese. Di gracias a mi nuevo abogado, ya que consiguió sacarlo de cualquier negocio a medias que tuvimos en el pasado. Aun así, él aseguró que seguiríamos igual, sin rencores, pero yo no me creí sus palabras ni una mierda. No hay que ser muy listo para darse cuenta del sentimiento maligno que provoca que te aparten de cualquier tipo de negocio, y más aún cuando sabes que está dándote unos frutos que pueden hacerte muy rico. A mi anterior abogado, Paul, no volví a verlo, detalle que agradecí. La lealtad era una de las virtudes que sumaban puntos en mi lista, y él la había destrozado, aunque ahora la relación con Morgana fuese tan distinta y extraña como nunca imaginé.
Dos palmadas en mi espalda provocaron que girara el rostro lo justo para ver a Luke, que aceleraba el paso por el jardín perfectamente decorado hacia el escenario que había en medio de la mansión. Un breve vistazo fue suficiente para fijarme en los detalles de la piscina, iluminada hasta decir basta; en el escenario de delante, hacia donde Luke se encaminaba; en el gigantesco espesor verde que rodeaba toda la casa, colmada de luces llamativas, y en los altavoces último modelo que amenizaban el ambiente con música clásica.
Qué asco daba.
Qué asco dábamos la gente que teníamos dinero.
Sin embargo, en mis tiempos de miseria, había aprendido —o, más bien, una persona me había enseñado— lo que significaba la palabra humildad. Empatía. Y lo había aprendido a base de bien. Ahora, contemplando todo lo que tenía a mi alrededor después del levantamiento de Waris Luk y los éxitos que se sucedieron tras la detención de Oliver, veía que lo tenía todo. Incluso mucho más que antes. Pero había algo crucial que me faltaba en la vida, y se llamaba Enma Wilson.
Cinco meses.
Cinco meses sin saber nada de ella desde la última visita a la comisaría, sin poder localizarla, sin conseguir que cualquier amigo suyo me diese una pista; ni siquiera Luke, que se había cerrado en banda y no tocaba siquiera el tema. Lo único que me decía era «Estará bien», y a mí me entraban unos instintos asesinos tan grandes que un día, si no lo maté, fue porque mi madre estaba conmigo.
«Juré que no hablaría de ella, y esta vez cumpliré mi promesa». Promesa, había dicho el gran mamón, y esa vez sí que se fue con un ojo morado. Sabía que Luke no era el culpable, sino yo, que la había apartado de mi lado yo solito. Sin embargo, los días se sucedían como si de una rueda se tratase y mi vida se encontraba vacía. Por no hablar de mi hija.
Había visto una ecografía; y de puro milagro, porque le cogí el teléfono móvil a mi madre, a escondidas y como si tuviese trece años, y abrí una conversación muy asidua con Enma ese mismo día. No sabría calcular la de semanas que estuve tan cabreado que ni siquiera fui capaz de mirarla. Juliette argumentó que pensaba contármelo, que se la había enviado esa misma mañana. Y era verdad, pero la rabia me cegó tanto que no supe controlarla. La relación que ambas tenían se terminó tan pronto como añadí su número y comencé a llamarla como un desesperado, bajo la amenaza constante de mi madre para que no lo hiciese. Eso fue muy pocos días después de enterarme de que ya se había marchado a saber dónde. Desde ahí, la única posibilidad que tenía de saber de ella también se fue al traste.
Dakota.
La pequeña se llamaría Dakota, tal y como le dijo Lion. Y hasta ahí podía leer, porque no sabía una mierda más. ¡Si hasta mis hijos habían hablado con ella! Me preguntaban a todas horas cuándo vendrían, si tendrían una prima nueva o una amiga. ¡Una prima o una amiga! ¿Y cómo les explicaba que su padre se había portado como un cabrón con Enma y que Dakota no sería su prima, sino su hermana? Pues a esas alturas no lo sabía, porque tampoco tenía claro que pudiera conocer a mi hija.
—No tienes mucha prisa por llegar.
La dulce voz de Morgana me sacó de mis pensamientos a medida que llegaba a la primera barra. Alcé el mentón y me la encontré tan despampanante como siempre. Su figura estaba cubierta por un vestido de noche de color blanco hasta los pies, con una gran abertura en la pierna derecha. El contraste con aquel cabello rojo como el fuego era espectacular, y de no saber cómo era ella —o, según decía, había sido—, habría caído en sus redes por segunda vez sin pensarlo.
Me acerqué con pasos largos y deposité un beso en su mejilla.
—No. La verdad es que ninguna —le contesté. Ella sonrió y posó su mano con cariño en mi hombro. Obvié la caricia oculta en ese gesto—. ¿Cómo te encuentras hoy?
—Mucho mejor. Parece que las heridas de guerra van curándose poco a poco.
Había tardado unos meses en poder recuperarse de la herida de bala, gracias a su padre. Durante un tiempo, estuvo en estado crítico. Luego, la valentía que Morgana siempre tuvo salió a relucir y sobrevivió, incluso cuando su madre y yo pensábamos que moriría en el hospital tras un gran bajón.
—Entonces, disfruta esta noche. Emborráchate y permítete una buena juerga.
—De eso, tú sabes mucho últimamente. —Se acercó a mí.
Esa vez no retrocedí. La miré con atención y enarqué una ceja.
—¿Quién dice eso?
Sonrió, y noté un leve rubor en sus mejillas al sentirse inspeccionada por mí.
—Ya sabes, la gente habla. ¿Cómo estás? —me preguntó, cambiando el tono. Aunque nunca había hablado sobre Enma, sabía que se refería a ella.
—Bien —me limité a responderle de manera tajante.
Llevaba meses intentando que la dejase aparecer por casa; la casa de mi madre, la cual seguíamos manteniendo y que arreglamos por completo después del incendio. Todavía no concebía la idea de dejarla a solas con Jimmy y Lion. Ni siquiera me veía capacitado para contarles quién era ella, aunque tampoco lo requería. Y así me lo hizo saber Morgana en los cientos de veces que mantuvimos la misma conversación. Los mismos cientos que le había dicho que no. Podría estar equivocándome, como tantas veces lo hacía, pero si durante todos esos años no se había preocupado por los que un día fueron sus hijos, ahora tampoco tenía tanta importancia, y no pensaba permitir que les pusiese la vida patas arriba. Una cosa era comenzar a fiarme de ella y otra ser gilipollas. Retomó su trabajo en Waris Luk y se encargaba de llevar el cierre de acuerdos con algunas cadenas e incluso viajes concretos. Sabía de sobra que le encantaba aquel cargo, y en cierto modo estaba en deuda con ella por haber salvado a Enma de aquel disparo que podría haber sido mortal para ella o para el bebé.
Carraspeó y cambió de tema, tratando otra vez de sonar distendida:
—Estarías mejor en tu casa, arreglando esa tartana de coche lleno de grasa hasta las cejas. Me parece increíble que te hayas vuelto así. —Rio con fuerza.
Pedí un whisky, le di un sorbo y volví mi atención a ella, que me contemplaba expectante.
—Es un Mustang del 64, no una tartana. Y no me he vuelto así; siempre lo fui.
Puso los ojos en blanco y se llevó su copa de champán a los labios con mucha delicadeza, más de la habitual, y supe que mi comentario le había dado de lleno. Porque eso solo quería decir que, durante todo el tiempo que habíamos compartido, no se había molestado en conocerme ni en prestarme la suficiente atención para averiguar esos detalles. No hurgó en el asunto, siendo consciente de dónde acabaría la conversación. Otra cosa no, pero Morgana era experta en desviar temas que no le interesaban o que no era capaz de afrontar porque no podía rebatirlos.
—Con todo el dinero que tienes, podrías comprarte el coche que quisieras sin tener que mancharte las manos de grasa. Y, por supuesto, de una época moderna.
Negué con la cabeza y me marché de allí en dirección a Luke, dejándola con una sonrisa en la boca y, seguramente, con un suspiro de tranquilidad. Intentaba alejarme lo suficiente de Morgana. No quería que malinterpretásemos nuestra situación. No quería que se confundiese. Y sus ojos, desde hacía unos meses, me decían todo lo que pensaba.
A medida que avanzaba, fui saludando a la mayoría de los invitados. Habíamos cerrado un acuerdo con la cadena de Luke y la fiesta se había organizado por todo lo alto. Luke había conseguido subir a la cima y mantenerse allí y me alegraba, aunque no me apeteciese permanecer en aquella fiesta. Solo esperaba que, con el tiempo, no se diese un golpetazo.
Al verme, Luke le sonrió a la mujer con la que hablaba y se despidió de ella con un breve apretón en su brazo. Encaminó sus pasos hacia mí y yo le di otro trago a mi bebida.
—Creo que alguien está haciéndote ojitos —le dije con picardía y una sonrisa.
—¿Te refieres a los mismos ojitos que lleva haciéndote meses tu exmujer? —malmetió.
—Eso es trampa. —Lo señalé—. Eres un rastrero.
—Un rastrero al que le gustan los hombres y que, por supuesto, tiene razón. ¿Has pensado que casarte conmigo sería una buena opción?
Lo miré muy mal y me bebí el whisky de un trago. Solté el vaso en la bandeja de uno de los camareros que avanzaba por mi derecha y me reajusté la chaqueta de mi traje negro.
—Que te jodan, Luke.
Levantó las manos en son de paz y rio con mucha fuerza.
—Es verdad —comenzó con voz de orangután—, soy muy macho para tan poco hombre. —Cambió el tono a uno más afeminado, nada que ver con el suyo habitual, y lo acompañó de un aleteo de pestañas—: Cari, ¿subes conmigo al escenario?
Me reí y le propiné un golpe con el puño en el hombro.
—Eres un gilipollas.
—Un gilipollas que te encanta. Venga, no me jodas, seríamos la pareja perfecta. Es que no lo entiendo. Solo pones impedimentos para que nuestra relación funcione. Si luego quieres acostarte con mujeres, lo entenderé, y me dará igual quién sea. No seré un celoso de mierda. Te lo juro.
Lo examiné durante unos segundos, y supe que arrugaría el rostro en cuanto escuchara mis siguientes palabras:
—Dime dónde está Enma y me caso contigo.
Una sonrisa afloró en mis labios al ver su mueca de desagrado. En el fondo, no pretendía estar repitiéndoselo constantemente, pues era consciente de que él sufría en muchas ocasiones.
—Sabes que no lo sé —añadió, sin despegar sus ojos de mí; esa vez, con mucha seriedad.
Lo ignoré y caminé con decisión hasta el dichoso escenario, al que no me apetecía subir para nada. Dejé que Luke tomara la palabra e inspeccioné a las personas que nos contemplaban mientras escuchaban la verborrea que mi amigo soltaba. Sin embargo, pocos minutos después, apreté los dientes al fijarme en una figura situada bajo uno de los árboles que había al final del jardín. Supe que mi rostro se había transformado, pues no estaba escuchando a Luke, que me observaba con la mano extendida; seguramente, para darme paso en la conversación que debíamos llevar los dos entre risas y estupideces. Pero mis ojos no se apartaban de aquella figura.
—¿Edgar? —me llamó Luke, y fui consciente de que todo el mundo me miraba.
Giré sobre mis talones y anduve en dirección al árbol, no sin antes pedir unas simples disculpas ante la cara de asombro de Luke. La gente me escudriñaba, aunque a mí no me importaba. Seguí caminando; cada vez más rápido, cada vez más frenético. Hasta que mi cuerpo se perdió en la oscuridad de la noche al acecho de unos ojos verdes que destellaban en exceso sin dejar de observar mis pasos.
—Warren.
—Campbell.
Nos desafiamos con la mirada durante muchos minutos. No supe cuántos, pero los ojos me escocían y los dientes rechinaban dentro de mi boca. Tenía mis motivos para hacerlo. Las amenazas volaban de un lado a otro.
Al ver que no pronunciaba ni una sola palabra, decidí intervenir:
—Márchate de aquí. No eres bienvenido.
Abrió los labios, como si tuviese la intención de pronunciar algo, y después los cerró. A continuación, se juntó mucho a mi rostro y me dijo:
—Lark está vivo.
Arrugué el entrecejo, sin querer entender lo que acababa de decirme. Di un paso adelante, acercándome más a él.
—¿Qué has dicho?
—Que Lark está vivo. Hasta el momento, creo que hablo a la perfección. Pensaba que eras un tipo listo, pero ya veo que me equivocaba.
—Déjate de soplapolleces —gruñí.
Lo vi dudar, sin embargo, terminó diciendo:
—Eso quiere decir que, si no damos con él, Oliver saldrá de la cárcel y tendremos que poner a Enma en…
—A Enma no tienes que ponerle nada —escupí con malas formas, sin dejarlo acabar.
—¿Acaso sabes algo de ella después de cinco meses? —me preguntó con inquina. En sus ojos pude ver el reflejo de la victoria, lo que me dio a entender que él sí sabía dónde estaba.
—Si lo sé, no pienso decírtelo.
Sonrió con superioridad y me dieron ganas de borrarle la sonrisa a puñetazos.
Tenía que encontrarla.
Y debía hacerlo antes que él.
2
ENMA
Me tumbé en la orilla de la playa y elevé mi rostro para que los rayos del sol incidieran directamente en mi piel. Toqué mi abultado vientre y permití que el vestido, el cabello y todas las partes de mi cuerpo se impregnaran de arena. Cerré los ojos y suspiré.
Habían pasado cinco meses desde el incidente de la cabaña y lo recordaba todo a la perfección. Oliver fue detenido por asesinato, falsificación de datos, blanqueo de capitales y un sinfín de delitos más que no quise ni escuchar. Antes de que se lo llevaran, contempló el cuerpo casi sin vida de Morgana y algo en él cambió. Algo tan grande como las ansias de venganza. Mirándome a los ojos, me juró y perjuró que me arrepentiría de lo ocurrido, como si el simple hecho de volverse loco disparando a todos hubiese sido mi culpa. Como si que su hija estuviese herida hubiese sido mi culpa. En un primer momento, entré en shock al ver que Edgar se escurría a la vez que Oliver, sin embargo, el que recibió los dos impactos de bala en la pierna fue Oliver, por parte de Klaus, el inspector de policía que llevaba el caso.
A Edgar también lo detuvieron por secuestro premeditado, pero ya no sabía si todo había sido una patraña más entre la Policía y él o no. Mientras lo tenían apoyado sobre un escritorio colocándole las esposas, me contempló con una clara súplica en su mirada; una súplica que pedía perdón pero que también decía verdades. No obstante, mi mente había llegado a un punto de desconexión, y lo único que deseaba era estar sana y salva, lejos de engaños, falsas promesas, mentiras y asuntos turbios, como el motivo por el que me encontraba allí.
Terminé enterándome de todos los planes que unos y otros habían urdido en conjunto con el fin de cazar a Oliver y de que la Policía lo detuviese. Edgar le hizo creer que estaba de su lado; aunque en el fondo siempre lo estuvo, pues me había engañado desde el minuto uno. Y por mucho que se hubiese enamorado de mí, no tenía perdón ni excusa para no habérmelo contado.
Morgana trató de confundirlo de la misma manera, y a eso se le sumó la supuesta noticia falsa de que ellos dos se reconciliaron, dándole como recompensa lo que Oliver siempre había querido: que Waris Luk fuese de Morgana para después poder quitársela a su hija. También era otra mentira como una catedral de grande, pues, a efectos legales, nada de eso había ocurrido. Luke, simplemente, los ayudó a cada paso, lo que dio como resultado que yo estuviera en aquella cabaña como cebo. Edgar tuvo el plan urdido al milímetro, e hizo pensar a Oliver que me había engañado con sus artimañas con el fin de que firmara aquellos documentos que declinaban la herencia para después, tal y como dijo, deshacerse de mí. Morgana había avisado a la Policía semanas atrás, y junto con Luke llevaron a cabo una investigación para que pudieran juzgarlo por más de un cargo. De esa manera, Oliver se pasaría una buena temporada en la cárcel.
A fin de cuentas, me sentía la persona más utilizada por todo el mundo. Y cuando Oliver apareció en mi agencia, supe que su única intención no era otra sino asustarme y hacerme saber con quién estaba tratando, para que, llegado el día, si me enteraba de la ostentosa cantidad de dinero que me había dejado su hermano, tuviera claro a quién pertenecía. Al final, Oliver creyó que todos estaban de su lado, cuando lo que en realidad sucedió fue que confabularon en su contra. Incluida su mujer, al enterarse del asesinato de Lark; cuerpo que supuestamente también tenían localizado. Todo era un sinfín de suposiciones que no acababan nunca.
No acudí al hospital para ver a Morgana. Milagrosamente, la bala no la había matado y se recuperó con lentitud. No me parecía lo correcto visitarla, y pese a que ella había recibido esa bala por salvarme, pensé que no era apropiado aparecer allí como si nada cuando, con seguridad, su madre sabría muy bien quién era yo. No quería darle el día a nadie, y mucho menos estando tan crítica. Supe por Luke que Edgar sí había ido a visitarla constantemente, y también pude ser testigo de que, gracias a un periodista que se encontraba en el momento ideal en el hospital, no solamente se decían dos palabras, no. También había abrazos en sus visitas, caricias y tenues sonrisas arrebatadas que durante unos días me llenaron de celos pero que, tan pronto como pude, sustituí por odio.
En esa semana, mis amigos no se separaron ni un instante de mí, incluido Luke, quien, enfadado por no haberle contado lo de mi embarazo, no había día que no me lo recriminase. Me mudé a la casa de Susan de manera provisional, pues, aunque Katrina y Luke insistieron, no quise prolongar más de unos días el viaje a Galicia. Por supuesto, la casa de Luke no era una opción. Por nada del mundo pensaba encontrarme con Edgar cara a cara. De hecho, no quería volver a encontrármelo nunca.
La última mañana que estuve en Mánchester, Susan y Dexter me acompañaron a la comisaría. No tenía muy claro para qué debíamos volver, porque no me habían dado muchas explicaciones por teléfono. Edgar había estado llamándome desde el día en que lo detuvieron en la cabaña. Primero, con su número de móvil, por lo que el segundo día, cuando vi que no cesaba, lo bloqueé de todos los sitios posibles para que no continuara insistiendo. Pero, obviamente, no fue así. Después, un día tras otro, los números desconocidos fueron apareciendo en mi pantalla, así que al final opté por cambiar el mío. Hasta la fecha, no había tenido noticias de él.
Necesitaba olvidarme definitivamente de Edgar Warren.
Antes de acudir a la cita, le pregunté a Klaus unas diez veces si solo me habían citado a mí, y me confirmó que sí. Con esa tranquilidad, entré en la comisaría acompañada de mis amigos. Miré a mi alrededor y lo vi a lo lejos, saliendo de una de las salas con cara de mal humor. Alzó el mentón y sonrió, lo que me puso nerviosa. Era como si el mal carácter se le hubiese esfumado de un plumazo.
—Uh, el poli está haciéndote ojitos —añadió Dexter, dándome un codazo.
—¡Cállate! —lo regañé—. ¿Tú has visto la barriga que tengo? Si se fija en mí el ginecólogo, es porque no le queda más remedio.
Toqué con delicadeza mi prominente vientre, pequeño pero llamativo por aquel entonces.
—Ahí viene. Derecho —murmuró Susan, dándome esa vez un suave codazo en el costado.
Carraspeé al verlo avanzar con grandes pasos. El uniforme le quedaba como anillo al dedo. Llevaba el cabello rubio un poquito largo y peinado de forma desenfadada. Sus ojos verdes brillaban en exceso según se acercaba, y el aspecto de chico malo, desde luego, no le pegaba para nada con el trabajo que tenía.
—Buenos días, Enma. ¿Cómo va esa herida?
Sonrió, y esa sonrisa se me antojó deslumbrante. Desde el primer momento en el que me tomó una breve declaración en la cabaña, había estado preocupándose con asiduidad por mi estado de salud. De hecho, había acudido tres o cuatro veces a la casa de Susan. En este caso, se refería al rasguño de la bala que llevaba en el brazo gracias a Oliver.
—Buenos días… Bien —musité sin escucharme.
Su sonrisa se hizo más grande. Miré de reojo a Susan, que casi babeaba. Dexter estaba al asalto y se juntaba en exceso a mi costado.
—No te robaré mucho tiempo. ¿Me dijiste que te marchabas mañana?
—Sí. No quiero demorarlo más.
—¿Adónde me dijiste que te ibas? —me preguntó con picardía y una sonrisa ladina.
—No te lo dije.
Volvió a sonreír y escuché el carraspeo, esa vez, por parte de Susan. Klaus ensanchó más sus labios y, cabeceando, añadió:
—Eres dura. Pero me lo dirás. —Me señaló con el dedo.
—No lo creo.
—Ya tengo tu teléfono —me vaciló.
—No me quedó otro remedio —me justifiqué.
—No tendrías que haberle dado el nuevo, ejem..., ejem…—La voz de Dexter nos sacó de aquella batalla de puntadillas. Lo miré con mala cara por soltar ese comentario.
Klaus soltó una pequeña carcajada y alzó sus cejas con gracia. De reojo, pude ver cómo le guiñaba un ojo a mi amigo.
—Ahora os la devuelvo.
—Si quieres, puedes entretenerte un rato. No tenemos prisa —puntualizó Dexter.
Miré hacia atrás y le hice un gesto con mi dedo como que iba a cortarle el cuello cuando saliésemos. Él me lanzó un beso y Klaus se rio un poquito más a nuestra costa. Por lo menos, con nosotros se lo pasaba bien. A la vista estaba.
Me ofreció su mano para que lo acompañase y adelanté el paso, agachando la mirada un pelín. Pasé parte de mis cabellos rubios por detrás de mi oreja, y cuando elevé mis ojos, seguía mirándome. Enarqué una ceja, con una interrogación patente en mi gesto, y volvió a mostrarme su perfecta dentadura blanca, para después pasarse una mano con cierto erotismo por el fuerte mentón, enmarcado por una barba incipiente, rubia también.
—Ah, Enma, se me olvidaba. No me habían comentado nada, pero han citado también… —Abrió la puerta. En vez de entrar, me quedé paralizada y dejé de escucharlo. Klaus colocó una mano en mi espalda con tacto y, al ver mi cara, me sugirió—: Si quieres, podemos hacerlo en otra sala. Solos.
El hombre que se encontraba sentado en una de las sillas alrededor de la mesa se levantó con gesto intimidante. Me miró con mala cara, con los labios sellados y aparentemente tenso. Llevaba el brazo escayolado y un aspecto impecable. Como de costumbre.
—¿Por qué iba a tener que irse a otra sala? No muerdo.
Esto último lo dijo con un tono para nada amigable. Me fulminó de un simple vistazo al ver que la mano de Klaus seguía en mi espalda. Sus ojos se iban de esa mano y después a mi rostro. No le quité la mirada. Ya no lo haría, aunque intentara evaluarme y ponerme nerviosa. Ya no quería nada que tuviera que ver con Edgar Warren.
Lo medité durante toda la última semana que estuve en Mánchester, aun sabiendo que trataba de ponerse en contacto conmigo. Las mismas preguntas que se repetían en mi mente una y otra vez surgieron con más fuerza: ¿Qué me esperaría con él?, ¿con una persona que había estado engañándome desde el principio? Igualmente, aunque de verdad me hubiese querido, ¿por qué no me lo contó nunca? No habría tenido que montar aquella película absurda que casi nos costó la vida. No habría tenido que engañar a nadie, porque habría firmado aquellos papeles sin mirar atrás. Sin pensarlo. Porque habría seguido haciendo todas y cada una de las cosas que hice por él. Siempre.
—No te preocupes. Estoy bien.
Mis ojos buscaron los de Klaus. Sin embargo, aunque lo dije con autoridad, su rostro fue como un libro abierto y supe que el inspector no lo tenía tan claro. De hecho, tanto duró la conexión que tuvimos al mirarnos que escuché cómo el titán se preparaba para sacar su mal genio:
—¿Vamos a estar toda la mañana con la batallita de miradas? Porque tengo un negocio que levantar, por si a alguien se le ha olvidado.
Klaus desvió sus ojos hacia él. La mirada, que en un principio había sido risueña, llena de alegría, y esa boca que constantemente sonreía se convirtieron en sendas líneas infranqueables; la primera, con abrasadores destellos parecidos al fuego que sus prados verdes despedían.
—Señor Warren, si tiene prisa… —lo atravesó con los ojos—, se espera.
Edgar alzó una ceja, se reajustó la corbata con la mano que tenía sin escayola y elevó el mentón de manera desafiante.
—Señor Campbell, si no tiene prisa… —usó su mismo tono y le lanzó la misma mirada—, aligere.
La tensión podía cortarse con un cuchillo, así que decidí que ya era hora de romperla. Arrastré una de las sillas para llamar la atención de los dos presentes y me senté. Coloqué mis manos entrelazadas sobre la mesa y Klaus me miró.
—Enma, ¿te suenan estas imágenes? Son un poco crudas, pero necesito que me digas si esto es lo que te enseñó Oliver Jones cuando estuvo en tu agencia.
—Veo que los formalismos se han terminado —intervino Edgar, tamborileando sus dedos sobre la mesa.
No nos quitaba los ojos de encima, y lo peor era que cuanto más lo contemplaba de reojo, más rabioso lo veía. Lo conocía; poco, por lo que había comprobado después de todo lo sucedido. Pero su carácter sí lo tenía muy presente, y estaba a punto de perder los estribos.
Klaus lo ignoró y me mostró las fotos.
—Son las mismas que me enseñó, sí —le aseguré.
Se encontraba con una mano en la mesa, repartiéndolas, y la otra, apoyada en el respaldo de la silla. Estaba muy cerca de mi cuerpo. De hecho, notaba su respiración en mi cuello.
Los dedos de Edgar me distraían. No dejaban de dar golpecitos en la mesa, cada vez con más fuerza. En varias ocasiones, mientras escuchaba a Klaus hablar sobre el caso, desvié mi mirada hacia los golpes.
—¿Podemos dejar la orquesta, por favor? —dijo Klaus con malas pulgas, enfrentándolo.
Edgar mantuvo con los dedos en alto, tan chulo y vacilón como siempre. Temí por la respuesta, pero nada de eso ocurrió, sino algo peor.
Se levantó, ocasionando un ruido terrible con las patas de la silla, y avanzó con pasos largos y firmes hasta mi posición. Lo tenía justo al lado, pero no se dirigió a mí, sino a Klaus:
—Claro. No has estado tan cerca de mí mientras me interrogabas.
Ni corto ni perezoso, quitó la mano del inspector del respaldo de mi silla, provocando que esta cayese bruscamente. Contuve el aire al ser consciente de que ambos se analizaban con muy mala cara.
—El cuerpo que encontró Morgana allí no era el de Lark, sino el de otro hombre desaparecido hace dos años. Hemos estado investigando la relación que tenía con Oliver, pero no hemos encontrado nada. —No le quitó los ojos de encima a Edgar en ningún momento—. ¿Llegó a decirte quién había sido su informante?