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Alicia María Zorrilla

Sueltos de lengua



Zorrilla, Alicia MaríaSueltos de lengua / Alicia María Zorrilla. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2020.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-599-661-81. Lingüística. 2. Lenguaje Escrito. I. Título.CDD 411

© de imagen de tapa, André Martins de Barros, Le Philosophe, derechos reservados

Diseño de tapa: Osvaldo Gallese

© 2020. Libros del Zorzal

Buenos Aires, Argentina

<www.delzorzal.com>

Comentarios y sugerencias: info@delzorzal.com.ar

Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio o procedimiento, sin la autorización previa de la editorial o de los titulares de los derechos.

Impreso en Argentina / Printed in Argentina

Hecho el depósito que marca la ley 11723

Table of Contents

Prólogo

Un «sí» fuera de sí

Tropiezos médicos

¡Riesgo de vida!

Los cadáveres, ¿no son muertos?

Anglicismos depredadores

Eclipses de sintaxis

El saber popular

Vicio de la profesión

Escritura inmobiliaria

Un error sin honor

¿Me explico?

La lengua entre abrojos68

Y primero fue el hipocorístico…

¡No abusen de los verbos!

Todos los excesos son malos

Avisos antipublicitarios

Un diálogo de antología

Cosmos y caos en la sintaxis mediática

Las obsesivas erratas

Bibliografía

Prólogo

Roberto Gárriz

Si un día de invierno, durante el desayuno, se le derramó el café al escuchar que el periodista radial lanzó un gerundio en mal estado. Si cuando subió al colectivo y leyó el cartel que imponía «indique su destino» sonrió pensando que esa frase, acaso, estuviera yendo más allá de la última parada del recorrido. Si el eslogan que se utilizó para la campaña política «el voto ganado» le pareció equívoco. Si se considera buen detector de erratas en los libros o periódicos. Si le late un párpado, aunque sea en forma leve, al oír un «haiga». Bienvenido. Póngase cómodo.

El error aparece como moneda corriente. Se impone. Lo malo cunde. Los correctores automáticos establecen sinrazones, tanto en las redacciones de los periódicos como en los dispositivos personales. Los hablantes empujan con sus caprichos. En los medios de difusión, los comunicadores expanden las falencias de su discurso. El lenguaje está en peligro.

Alicia María Zorrilla detecta cada una de esas amenazas y las enfrenta desde el aula, desde sus libros y en cada una de sus intervenciones públicas. Lo hace con sabiduría, elegancia y un humor exquisito.

Aquí mismo, en la próxima hoja, acomete contra esas erratas que planean un «texticidio con implacable entusiasmo», delata los abusos contra los verbos, impugna las irregularidades de los avisos clasificados del rubro inmobiliario, nos previene de las ambigüedades que proponen los zócalos televisivos. Además, da cuenta de cadáveres que podrían no estar muertos; de avisos que, en vez de incentivar la venta de un producto, conspiran para desalentarla; relata diálogos desopilantes que pueden ocurrir en un consultorio médico, en una entidad bancaria o en un remís.

Cada capítulo es una muestra de inteligencia y de encantadora —en todos los sentidos— transmisión de conocimiento.

La lengua es un código delicado, de equilibrios, resultante de una decantación que ha durado siglos. Ese código debe ser cuidado.

Alicia María Zorrilla ha dedicado su vida a combatir «la autoridad suprema e indiscutible del error». Aquí no solo nos invita a acompañarla en defensa de la lengua que nos pertenece, sino que también nos contagia del mismo apasionamiento del que hizo gala don Miguel de Unamuno, quien dijo: «Declaro que siento cada vez mayor fanatismo por la lengua que hablo, escribo, pienso y siento».

Vamos. No se lo pierda. Adelante.

El idioma —el castellano, el español— llega a ser para nosotros como un licor que paladeamos, y del cual no podemos ya prescindir. […]. Ya somos, con tanto beber de este licor, beodos del idioma.

Azorín

Un «sí» fuera de sí

Hay gente que subraya tanto lo que dice, que podría decirse de ella que habla siempre en bastardilla.

Miguel de Unamuno

Si todas las afirmaciones tuvieran la osadía de ciertas seudoafirmaciones, ¡qué seguro andaría el mundo! Una nueva moda —«la monotonía en el cambio», según don Miguel de Unamuno— saca a nuestra paciencia de su silencioso retiro y la pone a prueba en diálogos que deberían grabarse y analizarse como ejemplos vivos del uso precario de nuestra lengua. Hablaremos de uno de ellos:

Una señora va al Banco. Se acerca al mostrador de informaciones y pregunta cómo debe hacer una operación determinada. La joven que la atiende, con cierto aire de suficiencia, la saluda y dice:

—Sí, ¿qué desea saber?

Esa vana afirmación inicial, que no responde a ninguna pregunta, salvo que la experimentada señorita haya podido leer el pensamiento de la clienta, parece significar, con cierto desdén, ‘vamos, hable, la estoy viendo, la estoy escuchando’.

La señora, con ese respeto del que ya no se tiene ni nostalgia, le contesta:

—Señorita, quiero cambiar pesos en dólares. ¿Podría usted indicarme, por favor, a quién tengo que dirigirme?

La empleada, que, sin duda, esperaba otro mensaje más excitante, le dice con desgana:

—Siga derecho hasta el fondo de este corredor, ¿sí? Luego, doble a la izquierda y busque la caja 3, ¿sí? Allí le indicarán cómo hacer la operación, ¿sí? Si no encuentra al cajero, pregunte por Silvia, ¿sí? Una chica alta, rubia, con anteojos, ¿sí? Ella atiende en el mostrador que está junto a la caja, ¿sí?

Este nuevo «sí» —ahora interrogativo— responde a otro significado: ‘¿me entiende?’, ‘¿soy clara o hablo el guirigay1?’; el sustantivo es nuestro, pues estamos seguros de que la joven lo desconocía.

La buena señora, acostumbrada a hablar como Dios manda y debidamente entrenada, por su profesión, para enfrentar estos desbarajustes lingüísticos, siente que la empleada menosprecia su capacidad de comprensión y, como no termina de definir el protagonismo de ese «sí» monótono y exasperante, trata de educar a esta criatura del siglo xxi:

—Discúlpeme por lo que voy a decirle, pero ¿sabe cuántas veces repitió «¿sí?» ¡Seis! Explíqueme, por favor, por qué lo dice.

La «positiva» joven, que no se ruboriza, porque eso ya no se usa, le responde airada, sin culpa y con extremada seguridad, esa que, a veces, da la profunda y desgastada ignorancia:

—¿Sí? No sé, no me doy cuenta. Es mi forma de hablar y considero que está bien, ¿sí?

Este octavo «¿sí?», desparpajado, dicho, por supuesto, con una furiosa entonación interrogativa, contiene un nuevo significado: ‘basta, aquí termina nuestra conversación’.

La señora, que desea gritar “¡no!”, como antídoto, después de haber sido invadida por esos síes superfluos y polisémicos —tan poco elegantes y tan bien incorporados por el poder irresistible de la incultura—, que le han provocado un espasmo estomacal, decide abandonar en silencio2 el mostrador de combate y cumplir, estoicamente, las indicaciones que, sí, ha entendido, para concretar, por fin, el tedioso trámite que la ha obligado a ir al Banco. Pero mientras camina, recuerda aquellas sabias palabras de Lope de Vega: «Si rey fuera, instituyera / cátedras para enseñar / a callar».

Este «¿sí?», que comenzó a usarse tímidamente, se ha transformado en molesta muletilla3 que huele a anglicismo y que no solo economiza palabras —si ese es el objetivo del que lo usa—, sino también empobrece, día tras día, el ya macilento vocabulario que usamos, carcomido por los errores de última generación. Lo grave es que hablar significa, también, pensar.

Reconocemos como legítimos el sí, forma reflexiva del pronombre personal de tercera persona (ante sí, de sí, de por sí, para sí, por sí, sobre sí), y el sí, adverbio de afirmación (Ese sí que es buen profesor; Iremos, sí, aunque llueva; Esperaba el sí de mi padre [sustantivado]; No respondió un sí ni un no [sustantivado]; Se enoja porque sí).

Tenemos la esperanza de que el espurio «¿sí?», producto de una moda como tantas, perezca por inanidad. Mientras, lo siseamos4 con fervor y coincidimos con George Bernard Shaw en que «en este mundo, cuando alguien tiene algo que decir, la dificultad no está en conseguir que lo diga, sino en impedir que lo repita a menudo».

Tropiezos médicos

«¡Estudia! —decía Séneca—, no para saber una cosa más, sino para saberla mejor». Lamentablemente, pocos dedican hoy su valioso tiempo al estudio, pues se sacian de aburrimiento antes de degustarlo.

Advertimos esa despreocupación cuando, en un importante diario de nuestra capital, leímos la siguiente noticia cuyo título alentador era «Siamesas. Jodie: su estado de salud sigue mejorando». El texto es el siguiente:

LONDRES (ANSA). Continúan mejorando los signos vitales de salud de Jodie, la única sobreviviente de las siamesas separadas el lunes último en el Hospital St. Mary de Manchester, Inglaterra, tras una compleja operación que duró 20 horas. El viernes por la mañana un vocero del hospital explicó que la beba de tres meses continúa nutriéndose regularmente y que “está bien”. Aun así, la delicada situación de Jodie sigue siendo monitoreada minuto tras minuto en la sala de terapia intensiva en la que se encuentra internada desde la operación, en la que falleció al ser separada de su hermana Mary5.

Desde el punto de vista semántico, esta noticia es, realmente, absurda y morbosa. ¿Quién está en terapia intensiva?

¿La niña viva o la niña muerta? ¿Continúan los médicos brindándole cuidados a un cadáver? ¿Qué interés malsano los mueve? A veces, los periodistas, sin quererlo o porque lo quiere su falta de formación lingüística, nos ofrecen un material riquísimo para escribir un cuento, aunque tengamos una pobre imaginación.

Con las palabras, también pueden cometerse sangrientos crímenes. Por eso, para impedirlos, es bueno repetir con Platón: «Lo que no sé tampoco creo saberlo».

La noticia comienza repitiendo, con cierto empaque barroco, el contenido del título: «Continúan mejorando los signos vitales de salud», sintagma que luego el periodista contradice con el verbo «falleció». Prosigue hablándonos de «la única sobreviviente de las siamesas separadas». El adjetivo «única» es, desde nuestro punto de vista, demasiado ambicioso, porque las siamesas son dos ‘hermanas gemelas que han nacido unidas por alguna parte del cuerpo’, y, cuando se utiliza ese adjetivo, generalmente, nos referimos a más de dos personas. Por lo tanto, podríamos decir: Continúa mejorando Jodie, la sobreviviente de las siamesas separadas el lunes último…

Avancemos en la lectura: «El viernes por la mañana un vocero del hospital explicó que la beba de tres meses continúa nutriéndose regularmente, y que “está bien”». Es claro el desajuste entre los tiempos verbales («explicó» que «continúa» y que «está»), la ausencia de una recta correlación (explicó que continuaba y que estaba). Además, el sintagma «“está bien”» aparece entre comillas, irónicas y sospechosas comillas que trascienden la mera transcripción textual y no desentonan con el fallecimiento posterior.

El texto dice que se monitorea «la delicada situación de Jodie», pero, en realidad, se monitorea a Jodie ante su delicada situación. De acuerdo con el desenlace de este relato macabro, adjetivo que, en árabe, denota ‘tumbas, cementerio’, los médicos «monitorean» el cadáver de Jodie en la sala de terapia intensiva donde está internada desde su fallecimiento para saber cómo se siente en la otra vida.

El laberíntico mensaje periodístico nos dice, pues, que hay, también, una sala de terapia intensiva para muertos, donde algunos —como Mary, hermana de Jodie— se salvan o, como bien diría un español, donde «apelan los enfermos» para revocar su sentencia de muerte.

¡Riesgo de vida!

Cuando leemos en alguna noticia que «el paciente, que está en terapia intensiva, corre riesgo de vida», nos llama la atención que lo destaquen tanto, pues, si tiene riesgo de seguir viviendo —¡qué alegría!—, se salvará. Realmente, la que necesita terapia intensiva es la redacción del periodista, quien desconoce que debe decirse «correr riesgo de perder la vida», «es un riesgo para la vida» o «correr riesgo de muerte». A veces, la escritura se enardece, y los ojos tropiezan con un enfático «riesgo de vida de muerte». No sabemos, entonces, si es un error, una broma o un riesgo de vida con el agregado de la locución adjetiva coloquial «de muerte», es decir, ‘que está muy bien, que agrada enormemente’ o que es ‘muy fuerte, intenso’, como cuando decimos Este vino tinto está de muerte. De cualquier modo y volviendo al ejemplo inicial, no hay peligro de que el paciente muera.

Si pensamos un poco más —ejercicio bastante olvidado en estos tiempos—, el supuesto cadáver de una persona ebria puede «correr riesgo de vida», pues la víctima, que parece muerta por exceso de bebida alcohólica —un coma etílico—, en realidad, no lo está e, inesperadamente, despierta de su sueño báquico con asombroso donaire. ¡Vaya riesgo de vida!

Los cadáveres, ¿no son muertos?

Las noticias nos desconciertan. Nuestra continua lectura de los diarios en la Internet nos permite hallar sorprendentes curiosidades: niños que saltan la cuerda con el cadáver de una serpiente; Luci, la chimpancé estéril, que prodiga cuidados al cadáver de un mono bebé; una funeraria convierte cadáveres en personas para hacer más agradable su velatorio; los ex son cadáveres emocionales, y hasta se habla de una «sociedad cadavérica» y de «incapacidad por muerte». Aquí no termina todo, pues los restos de alguien «se exhuman de su tumba». ¿De qué otro lugar podría ser?

Desde el punto de vista lingüístico, lo lamentable es que algunos periodistas no saben con precisión que un cadáver es ‘un cuerpo muerto’:

Cada vez me pasa más, como juez de guardia, encontrarme con cadáveres de ancianos que llevan muchos días muertos6.

Muchos de los ejemplos hallados demuestran que los cadáveres «mueren»: desde «el cadáver (que) llevaba muerto al menos un año» hasta «el cadáver del fallecido» y el cadáver que ingresa en un hospital «con síntomas de ahogo», pasando por «el cadáver (que) habría muerto de un disparo». ¡Pobre, murió dos veces! ! El ejemplo expuesto alcanzó la cumbre del delirio, pues se refiere a «cadáveres de cadáveres», no a «cadáveres de ancianos».

Esta desavenencia entre «el cadáver» y «el muerto» revela falta de consulta del Diccionario académico:

¿Cómo saber si un cadáver encontrado en el agua de verdad murió ahogado?7

Lo peor es que se refiere al «agua de verdad». ¿Había otra? La ubicación de la locución adverbial «de verdad» crea cierta anfibología8. Por lo tanto, debió escribir lo siguiente:

¿Cómo saber de verdad si una persona encontrada en el agua murió ahogada?

La noticia sigue; el que la escribió insiste en la muerte del cadáver, es decir, suponemos que un cadáver tenía calor y se arrojó a la pileta, pero, como no sabía nadar, se ahogó. Este hecho lo convirtió en muerto, en cadáver muerto.

Aunque parezca una perogrullada, el hecho de encontrarse un cadáver en el agua no tiene por qué implicar necesariamente que haya muerto ahogado. Esto es muy obvio cuando encuentras al cadáver con alguna herida de arma de fuego, arma blanca o cualquier otra lesión «contundente» que ya te dice a gritos que la causa de la muerte es por un traumatismo y que el papel del agua puede ser desde meramente «ambiental» (la persona se golpeó accidentalmente y cayó posteriormente al agua) o como forma de ocultar el cadáver porque ha sido un asesinato. ¿Pero si la causa de la muerte no es tan obvia como un traumatismo, cómo podemos saber si el agua estuvo o no implicada? […]. Cuando ves un cadáver con espuma alrededor de la boca ya tienes casi asegurado el diagnóstico de muerte por ahogamiento. […]. En un cadáver que hubiera sido lanzado al agua después de muerto, sí podrían entrar diatomeas9 en los pulmones, al pasar el agua pasivamente a ellos.

El fragmento transcripto guarda una sospecha insólita: «¿… cómo podemos saber si el agua estuvo o no implicada?».

En el siguiente ejemplo, la carencia de comas genera ambigüedad, pues la lectura nos obliga a interpretar que «los dos hombres muertos pudieron matarse entre sí»:

Los dos hombres muertos en Córdoba pudieron matarse entre sí en una pelea10.

La corrección es esta: «Los dos hombres, muertos en Córdoba, pudieron matarse entre sí en una pelea».

Otras páginas de la Internet contienen reflexiones que requieren análisis:

Me parece que muerto es más coloquial, difunto es otra opción para muerto (también coloquial). Mientras que occiso me suena más formal. También he escuchado la palabra finado, pero me parece que está cayendo en desuso.

Con dudas, esta persona considera que muerto, difunto, occiso y finado11 son sinónimos, y no es tan así. Las palabras muerto, difunto y finado son sinónimas; no occiso, que es la persona que muere violentamente. Además, ninguna está en desuso.

Occiso se usa para designar a difuntos que han muerto violentamente o que se han suicidado.

La confusión se torna extrema: ¡difuntos que han muerto! Es lo mismo que decir «muertos que han muerto». Otros piensan que difunto y fallecido son voces más delicadas, propias de un diálogo de cierto nivel, casi eufemísticas.

A causa de estas confusiones, en El chapulín colorado, la serie mexicana de 1977, surgió irónicamente la oración «El cadáver muerto que murió de un difunto que falleció al morir».

Otros ejemplos de extraordinaria irreflexión:

Fallecen tres al ser asesinados12.

Mató a una niña de 13 y la enterró viva13.

Son dos albañiles y dos hombres que habrían sido vistos en la playa14.

Estos ejemplos corroboran que no se piensa la lengua. Si los asesinaron15, murieron; en el segundo caso, mató y enterró a la niña de trece años, o la mató enterrándola viva; la tercera oración no considera «hombres» a los albañiles, como si estos pertenecieran a otra especie.

Finalmente, son destacables los eufemismos16 que se usan para evitar la dureza de la palabra «murió»17: «nos ha dejado»; «se fue»; «se fue al otro mundo»; «está en el cielo»; «entregó su alma al Señor»; «ya está con Dios»; «pasó a mejor vida»; «emprendió el viaje final»; «ya no está entre nosotros»; «descansa en paz»; «llegó sin vida»; «partió»; «sus ojos se cerraron»18; «estiró la pata»; «palmó»; «sonó», «espichó»; «ya es fiambre», pero, si la persona es un prócer, «pasó a la inmortalidad».

Este último fragmento que exponemos parece resumir los errores que se cometen en torno al tema:

Un cadáver es el cuerpo muerto de un ser que ha estado vivo. El ser humano, desde la antigüedad tomó medidas para eliminar los cadáveres, normalmente, mediante sepulturas o fosas excavadas en el suelo…19.

¿Es necesario aclarar «de un ser que ha estado vivo» o «sepulturas o fosas excavadas en el suelo»? Si no ha estado vivo, no hay cadáver; si no hay tierra, no hay sepulturas ni fosas.

Lamentablemente, tampoco algunas lápidas20 se salvan de los errores:

MURIÓ POR LA GRACIA DE DIÓS21 Y AYUDADO POR UN MAL CIRUJANO

UN AMIGO Y YO

APOSTEMOS22 QUIEN23 AGUANTABA MAS24 DEBAJO DEL AGUA25 GANE26

AQUI27 YACE MI MUJER28 FRIA29 COMO SIEMPRE

Anglicismos depredadores

Sabemos que, en español, se usan cotidianamente palabras inglesas. No es «pecado»; a veces, es pobreza de vocabulario. Esto se refleja en todos los ámbitos, pero, particularmente, en las descripciones de los ejercicios físicos que aparecen en la Internet, referidos a cada una de las partes del cuerpo, y en el contenido de algunas noticias periodísticas sobre accidentes. No cabe duda de que brazos, piernas, manos, cuello, columna vertebral, cadera o costillas quedan en evidencia y cobran relieve como nunca; no se salva ni el manguito rotador. Parece que el que escribe teme que los lectores no nos demos cuenta de que alude a las partes del cuerpo de una persona y no de otra. Entonces, emplea hasta el hartazgo el pronombre posesivo pleonástico «tu», «su» y sus plurales «tus», «sus» con función adjetiva. De esta manera —lo suponemos—, enfatiza la innecesaria idea de posesión; la sintaxis se densifica, se torna compacta y hasta cacofónica30 (tus, tus, tus, tu, tu, tus; sus, sus, sus, sus, sus, su, su, su, sus, su):

Tu manguito rotador está compuesto de un grupo de cuatro músculos…31.

Coloque sus manos y rodillas sobre el piso. Mantenga sus muñecas directamente debajo de sus hombros y sus rodillas directamente debajo de sus caderas. Contraiga su ombligo hacia adentro en dirección a su columna. No estire ni arquee su espalda. Contraiga sus músculos abdominales por debajo de su ombligo32.

Este pronombre posesivo pleonástico proviene del inglés (his, her, their). «Traduzcamos» el texto al español:

Coloque las manos y las rodillas sobre el piso. Mantenga las muñecas directamente debajo de los hombros y las rodillas directamente debajo de las caderas. Contraiga el ombligo hacia adentro, en dirección a la columna. No estire ni arquee la espalda. Contraiga los músculos abdominales por debajo del ombligo.

El mismo error se comete en los diarios:

Un motociclista de 42 años sufrió la fractura de su pierna derecha al protagonizar un siniestro vial en el oeste del macrocentro de la ciudad33.

Un siniestro vial se contabilizó en nuestra Provincia, y un automovilista experimentó una fractura en uno de sus brazos34.

A veces, para que sea más clara aún la pertenencia, los periodistas, sin escatimar esfuerzos, le agregan el adjetivo «propio»:

El jugador Lee Seung-mo, del Gwangju FC de Korea, cayó sobre su propia nuca y sufrió fractura de 3 vértebras, un dedo y pérdida de memoria35.

Davis finalmente se levantó con la ayuda de sus compañeros de equipo, y caminó al vestuario de los Lakers lentamente, pero con sus propios pies36.

Este último ejemplo enciende al rojo vivo un interrogante: si el periodista dice que «caminó», ¿con qué otra parte del cuerpo podría haberlo hecho? La conjunción adversativa «pero», que se usa —según el Diccionario académico— para ‘contraponer a un concepto otro diverso o ampliativo del anterior’, sobra tanto como «sus propios pies».

Los anglicismos37 se cuelan constantemente en nuestras conversaciones diarias. En las clases, el okey, O. K. u OK38 ya está marcado con hierro candente en la boca de los alumnos, sobre todo, cuando son traductores. No basta que el profesor aclare que la expresión no es española. La regla enardece su uso, lo aumenta, y hasta muchos lo sienten como una respuesta distinguida. Cuando preguntan algo, y se les contesta, no dicen «está bien» o «gracias; lo entendí», sino okey, o lo repiten: okey, okey —como para crispar más al profesor y golpearle el cerebro hasta el cansancio—, y, con esta palabra, resumen otras en breve tiempo, argumento que también esgrimen. Un día, se repitió la escena con este diálogo:

—Profesora, la palabra paz, ¿debe escribirse con mayúscula en algún contexto?

—Sí, por ejemplo cuando nos referimos al Tratado de Utrecht o Paz de Utrecht, que puso fin a la Guerra de Sucesión por el trono de España.

—Okey —contestó la alumna y escribió en su carpeta el ejemplo.

Un compañero la codeó y, en voz baja, la corrigió con un «está bien» que, realmente, oímos todos. Entonces, sumamente avergonzada, dijo:

—Perdón, ¡gracias; lo entendí!

La profesora se dirigió al alumno que sí había aprendido la lección y le dijo:

—No te preocupes, ya estoy inmunizada.

Otra vez, durante el recreo, se acercó una alumna a la profesora y, en su discurso, mezcló palabras españolas con inglesas con total naturalidad y en abundancia. Después de escucharla y apuntar mentalmente tal desperdicio, la profesora le preguntó:

—¿Por qué me hablás mezclando palabras inglesas con españolas? Las que decís en inglés existen en español.

La joven se sonrió, recurso muy usado cuando a los alumnos se los sorprende en una falta, y contestó despreocupada:

—¡Porque es más cool! Es una manera de ser actual.

Sin duda, seguirán mezclando libremente voces de ambas lenguas, pero deberán reconocer que no hablan en español.

Eclipses de sintaxis

Escribió Borges que «los frutos y los pájaros pertenecen al mundo natural, pero la escritura es un arte. Pasar de hojas a pájaros es más fácil que de rosas a letras»39. Después de esta reflexión, nos preguntamos si hoy alguien habla bien su idioma o lo escribe con arte, ya que el español ha dejado de serlo para muchos. Parece que cada uno quiere tener el propio y lo trata sin vergüenza cada vez peor. Hay demasiado apuro para decir y poco tiempo para meditar qué se dice y cómo se dice. En realidad, nadie desea meditar nada. Lo importante es usar la palabra para lo que sea, en una especie de revisionismo lingüístico. Con gran humor y destacando «la inutilidad acostumbrada» de sus observaciones, Fernando Lázaro Carreter, exdirector de la Real Academia Española, tacha estos casos «de un simple cruce de cables en cerebros atropelladamente instalados»40.

El idioma goza de buena salud; nosotros somos los enfermos, que como sanguijuelas le vamos sacando poco a poco una preposición, una forma verbal, una concordancia; alteramos hoy una palabra, mañana otra. Por ejemplo, en la Argentina, siguen vigentes y vigorosos, y sin propósito de enmienda: carrera a cursar, declaro de que, se dio cuenta que, me acuerdo que, la currícula, en base a, en relación a, recuerdo de que; a nivel de empresa o de empresarios automotrices; nada, pero nada pasa atrás mío, delante suyo o detrás nuestro; se alude a la cotidianeidad de la tarea de todos los días, a que no se sabe cómo culmina algo en su etapa final, y a que hay personas que tienen una falta total de ubicuidad para relatar sendos accidentes hace dos meses atrás. El enfermo llega óbito al hospital después de suicidarse a sí mismo. Una verja electrocutada puede ser un grave peligro para el vecindario, y una terna de siete candidatos raya en la desmesura41. El nene descolla en la escuela; se asesina a un jubilado asesinado, y los presos cavan túneles subterráneos. Mientras, hace llueve y hace frío; que no haiga calor. Nunca fueron tan maltratados los minutos como lo son en estos tiempos: el locutor, respetuoso del espacio publicitario, se dirige a los oyentes con una sonrisa discreta y dice: «En un minuto, comunicaremos el resultado de la encuesta». Muy rápido ha de hablar si lo hace solo en un minuto, pues solo tardará eso, pero sabemos que no ha querido decir eso, sino «dentro de un minuto». Todas las mujeres posmodernas tratan de aparecer «muy producidas», lástima que algunas no «se produzcan» mejor, es decir, que no sepan ‘darse a entender mediante la palabra’. La mezcla del vosotros con el ustedes brilla en no pocas conversaciones o en mensajes electrónicos. Muchos escuchan, pero ya no oyen. Otros hablantes quieren demostrar su cultura cuando se refieren a adjetivos o a otras clases de palabras como si existieran en el mundo arquetípico de Platón y no en este mundo: ya nada es bonito, sino como muy bonito; ya nadie entiende, sino es como que no entiende. No hablemos de las concordancias entre sustantivos y adjetivos, porque los hados no son propicios para esto. Menos aún, de la correlación entre los tiempos verbales porque, sin perturbaciones ni nostalgia, apenas se conocen los nombres de los tiempos. Recordamos ahora al extraterrestre Alf (Alien life form)42 cuando trataba de animar a la familia que lo había acogido con un simpático e irónico «Hagamos algo divertido. ¡Ya sé! Vamos a conjugar verbos»43. Hoy, sin duda, no se divertiría nadie; lamentablemente, para muchos, el alivio es no pensar en que existen las conjugaciones.

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Altersbeschränkung:
0+
Veröffentlichungsdatum auf Litres:
31 März 2025
Umfang:
101 S. 3 Illustrationen
ISBN:
9789875996618
Rechteinhaber:
Bookwire
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