Buch lesen: "Relatos del difunto Iván Petróvich Belkin"

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Pushkin, Aleksandr

Relatos del difunto Iván Petróvich Belkin / Aleksandr Pushkin. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Bärenhaus, 2021.

(Biblioteca elegida)

Libro digital, EPUB

Traducción de: Alejandro Ariel González.

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-8449-22-7

1. Literatura Rusa. 2. Narrativa Rusa. 3. Cuentos. I. González, Alejandro Ariel, trad. II. Título.

CDD 891.73

© 1831, Relatos del difunto Iván Petróvich Belkin, Aleksandr Pushkin

Título original: Повести покойного Ивана Петровича Белкина

Traducción de Alejandro Ariel González


Publicado con el apoyo del “Instituto de la Traducción”, Rusia.

Diseño de cubierta e interior: Departamento de arte de Editorial Bärenhaus S.R.L.

Todos los derechos reservados


© 2021, Editorial Bärenhaus S.R.L.

Publicado bajo el sello El guardián literario

Quevedo 4014 (C1419BZL) C.A.B.A.

www.editorialbarenhaus.com

ISBN 978-987-8449-22-7

1º edición: diciembre de 2021

1º edición digital: noviembre de 2021

Conversión a formato digital: Libresque

No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446 de la República Argentina.

Sobre este libro

La característica principal de la prosa de Pushkin, en general —y de esta obra en particular—, es la brevedad y simplicidad de la presentación, de la cual no se puede borrar una sola palabra, porque cada una de ellas es necesaria. Cada pequeño detalle conduce a algo relacionado con todo lo demás.

Escritos en el otoño de 1830 en la hacienda familiar de Bolshóie Bóldino —uno de los períodos más creativos en la vida del escritor—, los relatos del ficticio Iván Petróvich Belkin constituyen un hito en la consolidación de la prosa literaria rusa. Cada uno de ellos está impregnado de una atmósfera especial y pone en tensión distintas tradiciones estéticas: el romanticismo, el sentimentalismo, el fantástico, el realismo.

Su estilo conciso y ágil, así como su composición y amplitud temática, harían de ellos una referencia inevitable para los escritores del llamado Siglo de Oro de las letras rusas.

Sobre Aleksandr Pushkin

Aleksandr Pushkin (Moscú, 1799 - San Petersburgo, 1837), es uno de los más grandes escritores rusos. La mayor parte de su poesía lírica fue escrita entre 1820 y 1830, pero algunas de sus obras maestras poéticas fueron compuestas en los últimos siete años de su vida, cuando estaba dirigiendo su atención a la prosa. Su vida personal se vio dificultada por sus conflictos con las autoridades que desaprobaban sus puntos de vista liberales.

Al igual que en la poesía en prosa, Pushkin fue un innovador. De él proviene todo el desarrollo ulterior de la prosa rusa, alcanzando en el siglo XIX un florecimiento ideológico y artístico sin precedentes.

Índice

  Cubierta

  Portada

  Créditos

  Sobre este libro

  Sobre Aleksandr Pushkin

  Epígrafe

  Nota del editor

  El disparo

  La nevasca

  El fabricante de ataúdes

  El maestro de postas

  La señorita campesina

SEÑORA SIMPLÓNINA

Así es, padrecito, desde chico que

es aficionado a las historias.

BESTIÚNEV

Mitrofán me cae bien.

El menor. 1

1 Comedia de Denís Fonvizin (1783). [N. del T.]

Nota del editor

Al comenzar las gestiones para la edición de los relatos de I. P. Belkin, que ahora ofrecemos al público, quisimos acompañarlos siquiera con una breve biografía del difunto autor y satisfacer así, en parte, la justa curiosidad de los amantes de la literatura patria. Para ello recurrimos a Maria Alekséievna Trafílina, pariente cercana y heredera de Iván Petróvich Belkin; pero, por desgracia, no pudo proporcionarnos ninguna información sobre él, ya que no conocía en absoluto al difunto. Ella nos aconsejó que nos dirigiéramos a un honrado señor que había sido amigo de Iván Petróvich. Seguimos su consejo y, en contestación a nuestra carta, recibimos la deseada respuesta, que reproducimos a continuación. La publicamos sin cambio ni observación de ninguna índole, como valioso monumento de la nobleza de pensamiento y de entrañable amistad, a la vez que como referencia biográfica bastante completa.

Muy señor mío,

El día 23 del corriente mes tuve el honor de recibir su venerabilísima carta enviada el día 15, en la que me expresa su deseo de contar con información más detallada sobre las fechas de nacimiento y muerte, el trabajo, las circunstancias familiares, las ocupaciones y el carácter del difunto Iván Petróvich Belkin, que fue sincero amigo y vecino mío. Con sumo agrado cumplo su deseo y en la presente le refiero, muy señor mío, todo lo que recuerdo de mis conversaciones con él y de mis propias observaciones.

Iván Petróvich Belkin nació de padres honrados y nobles en 1798, en la aldea de Goriújino. Su difunto padre, el comandante segundo Piotr Ivánovich Belkin, se casó con la joven Pelaguéia Gavrílovna, de la casa de los Trafilin. No era un hombre rico, pero sí moderado y muy diestro en la administración de sus bienes. Su hijo recibió su primera educación del diácono de la aldea. Ese honorable hombre le inculcó también, por lo visto, el placer por la lectura y por la literatura rusa. En 1815 ingresó en un regimiento de infantería de cazadores (no recuerdo cuál), en el que sirvió hasta 1823. La muerte de sus padres, casi simultánea, lo obligó a pedir el retiro y a regresar a su hacienda de la aldea de Goriújino.

Cuando quedó a cargo de la administración, Iván Petróvich, a causa de su inexperiencia y apacibilidad, no tardó en descuidar la hacienda y en relajar el severo orden que había instaurado su padre. Sustituyó al alcalde pedáneo, cumplidor y diligente, con quien los campesinos (fieles a su costumbre) estaban descontentos, y encargó la administración de los asuntos a su vieja ama de llaves, que se había ganado su confianza gracias a su maestría para contar historias. Esa vieja estúpida nunca pudo distinguir un billete de veinticinco rublos de uno de cincuenta; los campesinos, de todos los cuales era comadre, no le tenían ningún temor; el alcalde que eligieron era tan indulgente con ellos, a la vez que tramposo, que Iván Petróvich se vio obligado a abolir la prestación personal y a establecer un tributo en especie muy moderado; pero ahí también los campesinos, valiéndose de su debilidad, obtuvieron a fuerza de ruegos una exención para el primer año, y en los siguientes pagaron más de dos tercios del tributo en nueces, arándanos y productos semejantes; y aun así había atrasos.

Como había sido amigo del difunto padre de Iván Petróvich, consideré mi deber brindarle al hijo mis consejos y en más de una ocasión me ofrecí a restaurar el antiguo orden que él había desatendido. Para ello, una vez fui a verlo, le pedí los libros contables, mandé llamar al tramposo del alcalde y, en presencia de Iván Petróvich, me puse a revisarlos. El joven señor primero me miró con gran celo y atención; pero, cuando al sacar cuentas resultó que en los últimos dos años la cantidad de campesinos se había multiplicado mientras que la cantidad de aves de corral y de ganado había bajado deliberadamente, Iván Petróvich se contentó con ese primer dato y ya no me siguió escuchando; y en el mismo momento en que yo, mediante mis indagatorias y mis severos interrogatorios, desconcertaba por completo al alcalde y lo obligaba a guardar un completo silencio, para gran disgusto mío oí que Iván Petróvich roncaba pesadamente en su silla. Desde entonces no me metí más en sus disposiciones administrativas y dejé sus asuntos (como él mismo había hecho) en manos del Altísimo.

Por lo demás, eso no afectó en lo más mínimo nuestra relación de amistad, puesto que yo, compadecido de su debilidad y fatal negligencia, común a nuestros jóvenes nobles, quería sinceramente a Iván Petróvich; y era imposible no querer a un joven tan dulce y honrado. Por su parte, Iván Petróvich respetaba mis años y me tenía un cordial cariño. Hasta su misma muerte nos vimos casi a diario; valoraba mi sencilla conversación, si bien, en general, no nos parecíamos ni en nuestras costumbres, ni en nuestro modo de pensar ni en nuestro carácter.

Iván Petróvich llevaba una vida moderada, evitaba toda clase de excesos; nunca tuve oportunidad de verlo alegre por la bebida (lo que en nuestros pagos puede considerarse un milagro sin precedentes); sentía una gran atracción por el sexo femenino, pero su pudor era verdaderamente virginal.2

Además de los relatos que usted se sirve mencionar en su carta, Iván Petróvich dejó un sinnúmero de manuscritos que en parte yo conservo en mi casa y en parte la ama de llaves utilizó para distintos menesteres domésticos. Así, el invierno pasado cubrió todas las ventanas de su ala con la primera parte de una novela que Iván Petróvich no llegó a terminar. Los relatos arriba mencionados fueron, al parecer, su primera experiencia literaria. Según decía Iván Petróvich, en su mayoría eran verídicos y los había escuchado de boca de distintos individuos.3 Sin embargo, casi todos los nombres son ficticios, excepto los de los pueblos y aldeas, que los tomó de nuestro distrito, de ahí que mi aldea también aparezca por ahí mencionada. Eso no es producto de una mala intención, sino únicamente de su falta de imaginación.

En el otoño de 1828, Iván Petróvich contrajo un resfriado con calentura que derivó en fiebre alta y murió a pesar de los denodados esfuerzos de nuestro médico local, hombre muy hábil, sobre todo en curar enfermedades crónicas como los callos y otras por el estilo. Falleció en mis brazos a los treinta años de edad y fue enterrado en el cementerio de la iglesia de Goriújino, cerca de sus difuntos padres.

Iván Petróvich era de estatura mediana; tenía los ojos grises, el cabello rubio, la nariz recta; su rostro era blanco y enjuto.

He aquí, muy señor mío, todo lo que recuerdo sobre el modo de vida, las ocupaciones, el carácter y el aspecto de mi difunto vecino y amigo. En el caso de que considere oportuno hacer uso de mi carta, le ruego muy humildemente que no mencione de ninguna manera mi nombre, puesto que, si bien respeto y quiero mucho a los escritores, adjudicarme ese oficio lo considero superfluo y, a mi edad, indecoroso.

Sin más, con el mayor de mis respetos, etc., etc.

Aldea de Nienarádovo

26 de noviembre de 1830

Consideramos nuestro deber respetar la voluntad del venerable amigo de nuestro autor, a quien le quedamos profundamente agradecidos por los datos suministrados, al tiempo que esperamos que el público aprecie su sinceridad y bondad.

A. P.

2 Aquí sigue una anécdota que no incluimos porque nos parece superflua; por lo demás, le aseguramos al lector que no contiene nada que mancille el recuerdo de Iván Petróvich Belkin. [Nota de A. S. Pushkin]

3 En efecto, en el manuscrito del señor Belkin, arriba de cada relato, el autor escribió: «Referido por fulano de tal» (rango o título e iniciales). Lo transcribimos aquí para los investigadores curiosos: «El maestro de postas» se lo contó el consejero titular A. G. N.; «El disparo», el teniente coronel I. L. P.; «El fabricante de ataúdes», el empleado B. V.; «La nevasca» y «La señorita campesina», la doncella K. I. T. [Nota de A. S. Pushkin]

El disparo

Nos batimos a duelo

Baratinski4

Me juré matarlo por derecho de duelo (me debía mi disparo)

«Noche en el vivac»5

I

Nos estacionamos en la aldea ***. Ya se sabe cómo es la vida de un oficial del ejército. A la mañana, ejercicios y picadero; almuerzo en casa del comandante del ejército o en la taberna de un judío; al atardecer, ponche y cartas. En *** no había ninguna casa que ofreciera reuniones, ninguna novia; nos reuníamos los unos en casa de los otros, donde no veíamos sino nuestros propios uniformes.

Entre nosotros solo había un hombre que no era militar. Tenía unos treinta y cinco años, y por eso lo considerábamos viejo. Su experiencia le daba muchas ventajas sobre nosotros; además, su habitual taciturnidad, su carácter brusco y su mala lengua ejercía una fuerte influencia sobre nuestras jóvenes mentes. Su destino estaba envuelto en cierta aureola de misterio; parecía ruso, pero llevaba un nombre extranjero. En otro tiempo había servido entre los húsares, e incluso con éxito; nadie conocía el motivo que lo había llevado a pedir el retiro e instalarse en esa pobre aldea, donde vivía con pobreza y prodigalidad a la vez: a todas partes iba a pie, con una raída levita negra, pero su mesa siempre estaba servida para todos los oficiales de nuestro regimiento. Es verdad que su almuerzo constaba de dos o tres platos preparados por un soldado retirado, pero la champaña corría a raudales. Nadie conocía su fortuna ni sus ingresos, y nadie se atrevía a preguntárselo. Tenía libros, en su mayoría militares, pero también novelas. Los prestaba con gusto y nunca pedía que se los devolvieran; por su parte, él nunca devolvía los que le prestaban. Su principal ejercicio era disparar al blanco. Las paredes de su habitación estaban carcomidas por las balas, todas llenas de orificios, como un panal. Una gran colección de pistolas era el único lujo de la pobre barraca en la que vivía. La maestría que había alcanzado era increíble, al punto de que si hubiera propuesto acertar a una pera colocada sobre la gorra de alguno de nosotros, nadie en nuestro regimiento habría dudado en ofrecer su cabeza. Nuestras conversaciones giraban a menudo en torno a los duelos; Silvio (así lo llamaré) jamás intervenía en ellas. Cuando le preguntábamos si alguna vez se había batido, respondía con sequedad que sí, pero no daba detalles; se notaba que esas preguntas lo incomodaban. Suponíamos que sobre su conciencia pesaba alguna desgraciada víctima de su terrible maestría. Por lo demás, a nadie se le ocurría sospechar en él nada semejante a la timidez. Hay personas cuya apariencia disipa tales sospechas. Un suceso inesperado vino a dejarnos a todos asombrados.

En cierta ocasión, unos diez oficiales comíamos en casa de Silvio. Bebíamos como de costumbre, es decir, en grandes cantidades; después de comer tratamos de convencer al anfitrión para que hiciera de banca. Se negó durante largo rato, porque casi nunca jugaba; por fin, ordenó que le trajeran las cartas, colocó sobre la mesa cincuenta monedas de oro y dispuso la partida. Lo rodeamos y empezamos a jugar. Silvio tenía la costumbre de guardar un completo silencio durante el juego; nunca discutía ni daba explicaciones. Si un jugador se equivocaba en la cuenta, él enseguida pagaba lo que faltaba o anotaba lo que sobraba. Nosotros conocíamos su costumbre y lo dejábamos hacer; pero ese día se hallaba entre nosotros un oficial que había sido trasladado hacía poco a nuestro regimiento. Este joven, que jugaba con nosotros, dobló por distracción una punta de más. Silvio tomó la tiza y emparejó la cuenta, según tenía por costumbre. El oficial, creyendo que Silvio se había equivocado, comenzó a dar explicaciones. Silvio, en silencio, siguió con lo suyo. El oficial perdió la paciencia, tomó el cepillo y borró lo que le parecía un error. Silvio tomó la tiza y volvió a anotar el punto. El oficial, acalorado por el vino, el juego y las risas de sus compañeros, se consideró duramente ofendido y, en un rapto de furia, agarró de la mesa un candelabro de bronce y se lo arrojó a Silvio, que apenas logró evitar el golpe. Todos quedamos desconcertados. Silvio se levantó, pálido de la ira, y, con ojos chispeantes, dijo: «Muy señor mío, tenga a bien retirarse y agradézcale a Dios que esto haya sucedido en mi casa».

No dudábamos de las consecuencias de aquel lance y ya dábamos por muerto a nuestro nuevo compañero. El oficial salió no sin antes decir que estaba dispuesto a responder por la ofensa como tuviera a bien el señor de la banca. El juego duró unos minutos más, pero, percibiendo que el anfitrión no estaba para juegos, fuimos saliendo uno a uno y nos marchamos a nuestras casas, hablando de la próxima vacante.

Al otro día, en el picadero, ya andábamos preguntando si el pobre teniente aún seguía vivo cuando este apareció entre nosotros; le hicimos la misma pregunta. Respondió que todavía no tenía noticia alguna de Silvio. Eso nos sorprendió. Fuimos a la casa de Silvio y lo encontramos en el patio, clavando una bala tras otra en un as pegado a las puertas. Nos recibió como de costumbre, sin decir una palabra sobre lo ocurrido en la víspera. Pasaron tres días y el teniente aún seguía vivo. Asombrados, nos preguntábamos: ¿acaso Silvio no se batirá? Silvio no se batió. Se contentó con una explicación muy superficial e hizo las paces.

Eso perjudicó notablemente su reputación a los ojos de la juventud. La falta de valor es lo que menos perdona la gente joven, que suele ver en la valentía la cima de las virtudes humanas y la justificación de cualquier defecto. Sin embargo, poco a poco el incidente fue quedando en el olvido y Silvio volvió a gozar de su influencia anterior.

Yo era el único que ya no podía acercarme a él. Dueño por naturaleza de una imaginación novelesca, yo era quien más apego había tenido por ese hombre cuya vida era un enigma y que se me antojaba el héroe de un relato misterioso. Él me quería; por lo menos, solo conmigo dejaba de lado su habitual maledicencia y hablaba de distintos temas con sencillez e inusual afabilidad. Pero después de aquella desgraciada noche, la idea de que su honor había quedado mancillado y qué el mismo era el culpable de no haberlo lavado no me abandonaba y me impedía tratarlo como antes; me daba vergüenza mirarlo. Silvio era demasiado inteligente y experimentado para no notar eso y no adivinar el motivo. Al parecer, eso lo afligía; por lo menos, un par de veces noté su deseo de darme una explicación; pero yo evitaba tales ocasiones y Silvio se alejó de mí. Desde entonces solo nos veíamos en presencia de mis compañeros, y nuestras francas conversaciones de antes se interrumpieron.

Los distraídos habitantes de la capital no tienen idea de muchas impresiones tan familiares a los habitantes de las aldeas o de los pueblos; por ejemplo, la espera del día del correo: los martes y los viernes, la oficina de nuestro regimiento se abarrotaba de oficiales; unos esperaban dinero; otros, cartas; otros, periódicos. Los sobres solían abrirse allí mismo, se compartían las novedades y la oficina ofrecía un cuadro de lo más animado. Silvio recibía las cartas dirigidas a nuestro regimiento y a menudo acudía allí. Una vez le dieron un sobre cuyo sello arrancó con gesto de gran impaciencia. Al recorrer la carta, sus ojos centelleaban. Los oficiales, ocupados cada uno en su carta, no notaron nada. «Señores —les dijo Silvio—, las circunstancias exigen que me ausente de inmediato; me voy hoy a la noche; espero que no se nieguen a comer en mi casa por última vez. También lo espero a usted —añadió dirigiéndose a mí—, lo espero sin falta». Dijo así y salió a toda prisa. Nosotros quedamos en vernos en su casa y cada uno se fue por su lado.

Llegué a casa de Silvio a la hora convenida y encontré allí a casi todo el regimiento. Todos sus enseres ya estaban empacados; solo quedaban las paredes desnudas y baleadas. Nos sentamos a la mesa; el anfitrión tenía una extraordinaria presencia de ánimo, y pronto su alegría se volvió general; los corchos sonaban a cada minuto, los vasos se llenaban sin cesar de espuma efervescente y todos le deseábamos a Silvio de corazón buen viaje y toda clase de parabienes. Nos levantamos de la mesa ya bien entrada la noche. Mientras cada uno buscaba su gorra, Silvio, despidiéndose de todos, me tomó de la mano y me detuvo justo en el momento en que me disponía a salir. «Tengo que hablar con usted», me dijo en voz baja. Me quedé.

Los invitados se fueron; nos quedamos a solas, nos sentamos uno frente al otro y encendimos en silencio nuestras pipas. Silvio parecía preocupado; ya no quedaban rastros de su febril alegría. Su sombría palidez, sus ojos centelleantes y el espeso humo que salía de su boca le conferían el aspecto de un verdadero demonio. Pasaron unos momentos y Silvio rompió el silencio.

—Puede que no volvamos a vernos —me dijo—; quería darle una explicación antes de separarnos. Habrá usted notado que hago poco caso a la opinión de los demás; pero a usted lo aprecio y me apenaría dejar en su memoria una impresión injusta.

Se detuvo y empezó a cargar la pipa, ya vacía; yo callaba, con la vista baja.

—A usted le pareció extraño —continuó— que yo no pidiera una satisfacción a ese borracho y atolondrado de R***. Convendrá que, teniendo yo derecho a elegir el arma, su vida estaba en mis manos, mientras que la mía estaba prácticamente fuera de peligro; podría atribuir mi moderación a mi sola magnanimidad, pero no quiero mentirle. Si hubiera podido castigar a R*** sin arriesgar en absoluto mi vida, no lo habría perdonado por nada del mundo.

Miré a Silvio estupefacto. Esa confesión me dejó completamente desconcertado. Silvio continuó.

—Así es: no tengo derecho a arriesgar mi vida. Hace seis años recibí una bofetada y mi enemigo aún sigue vivo.

Mi curiosidad estaba sumamente excitada.

—¿No se batió con él? —le pregunté—. Seguramente las circunstancias los separaron, ¿cierto?

—Me batí —respondió Silvio—, y he aquí el recuerdo de nuestro duelo.

Silvio se levantó, sacó de una caja un gorro rojo con una borla dorada y un galón (lo que los franceses llaman bonnet de police) y se lo puso; el gorro tenía un orificio de bala a cuatro centímetros de la frente.

—Usted sabe —continuó— que serví en el regimiento de húsares de ***. Ya conoce mi carácter: estoy acostumbrado a ser el primero, pero de joven eso era una pasión. En nuestros tiempos los escándalos estaban de moda: yo era el primer camorrero del ejército. Nos jactábamos de nuestras borracheras: logré beber más que el bueno de Burtsov, cantado por Denís Davídov.6 En nuestro regimiento los duelos se producían a cada momento: yo participaba en todos, como testigo o como protagonista. Mis compañeros me adoraban, mientras que los comandantes, que rotaban sin cesar, me tomaban por un mal necesario.

»Yo gozaba tranquilamente (o no tanto) de mi fama cuando llegó a nuestro regimiento un joven de una familia rica e ilustre (que no quiero nombrar). ¡Jamás había visto a un hombre tan afortunado y tan brillante! Figúrese: juventud, inteligencia, belleza, la alegría más desenfrenada, la valentía más despreocupada, un nombre famoso, dinero del que no sabía la cuenta y que jamás se le acababa; imagínese el efecto que causó entre nosotros. Mi supremacía se veía amenazada. Seducido por mi fama, empezó a buscar mi amistad, pero yo lo recibí con frialdad y él se alejó de mí sin pena alguna. Lo odié. Sus éxitos en el regimiento y con las mujeres me sumían en una completa desesperación. Empecé a buscarle camorra; a mis epigramas respondía con otros que siempre me parecían más inesperados e ingeniosos que los míos y que, por supuesto, eran incomparablemente más alegres: él bromeaba y yo acumulaba rencor. Por fin, una vez, en un baile en casa de un terrateniente polaco, viendo que él era objeto de la atención de todas las damas, y en especial de la propia anfitriona, con la que yo tenía relaciones, le dije al oído una vulgar grosería. Se inflamó y me dio una bofetada. Nos lanzamos a nuestros sables; las damas se desmayaban; nos separaron, y esa misma noche fuimos a batirnos.

»Fue al amanecer. Yo estaba en el lugar convenido con mis tres padrinos. Esperaba a mi adversario con inefable impaciencia. El sol de primavera había salido y ya empezaba a sentirse calor. Lo vi de lejos. Venía a pie, con la guerrera colgada del sable, acompañado por un solo padrino. Fuimos a su encuentro. Se acercó; en las manos sostenía la gorra llena de cerezas. Los padrinos nos contaron los doce pasos. Yo debía disparar primero, pero la agitación que me provocaba la rabia era tan intensa que no confiaba en mi mano y, para darme tiempo a serenarme, le cedí el primer disparo; mi adversario no aceptó. Decidimos echar suertes: el primer número le tocó a él, eterno mimado de la fortuna. Me apuntó y me perforó la gorra. Ahora me tocaba a mí. Su vida por fin estaba en mis manos; lo miré con avidez, tratando de captar siquiera una sombra de inquietud… Mientras yo le apuntaba, él escogía en la gorra las cerezas más maduras y escupía los carozos, que llegaban hasta mí. Su indiferencia me enfureció. “¿Qué gano con quitarle la vida cuando él no la valora en absoluto?”, pensé. Un pensamiento malvado surcó mi mente. Bajé la pistola.

»—Parece que no está usted para morir —le dije—. Sírvase desayunar; no quiero molestarlo…

»—No me molesta en absoluto —repuso él—. Sírvase disparar; por lo demás, haga lo que quiera; quien debe disparar es usted; siempre estaré a su disposición.

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Altersbeschränkung:
0+
Veröffentlichungsdatum auf Litres:
12 Juni 2025
Umfang:
92 S. 5 Illustrationen
ISBN:
9789878449227
Verleger:
Rechteinhaber:
Bookwire
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