Buch lesen: "No quiero morir en Nueva York"

Alberto Herrera
No quiero morir
en Nueva York

| Herrera, AlbertoNo quiero morir en Nueva York / Alberto Herrera. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2019.Libro digital, EPUB - (Ficcionaria)Archivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-599-590-11. Narrativa Argentina Contemporánea. 2. Novela. I. Título.CDD A863 |
©Libros del Zorzal, 2019
Buenos Aires, Argentina
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Índice
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4 | 20
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¡Vos sí que tenés suerte!, dentro de una semana te vas a Nueva York. La cara familiar, agria y familiar, del jefe de noticias incrustada entre mis ojos y la computadora, con voz alegre y fraterna descarga, a volumen moderado: ¡Vos sí que tenés suerte!, dentro de una semana te vas a Nueva York.
Borronear “érase una vez” es un necio comienzo en esta noche de diciembre, en la que asoman los primeros insomnios por el calor. Necio comienzo estimulado por la fatalidad de contar, porque para contar siempre hay una vez y un lugar. Y acaso arropar silencios.
Fue aquel tiempo. Tres días después del ocaso del verano aparecieron los cuervos, el cielo se enlutó y las estelas esporádicas por las que el sol asomaba no consentían a los habitantes fundar la memoria. Como si la historia fueran sucesos de otros, tiempo y espacio ajenos. El cielo no se desfondó, no hubo lluvia vendaval ni lluvia furia machacando sobre la gente. Fue sólo ennegrecer desde ese marzo de 1976.
Suspendidos los derechos de los trabajadores y la actividad política, intervenidos los sindicatos, la cgt y la Confederación General Económica, disuelto el Congreso, destituida la Corte Suprema de Justicia, censurados los medios de comunicación, clausurados los locales nocturnos y hasta reglamentado el corte de pelo para los hombres, sólo quedaba la ocultación.
La desmesura no podía ser explorada. Película parecida a otras, pero con enorme producción para lo siniestro. Lo esencial era invariable; apenas una semana y el ministro de Economía nos hacía saber la necesidad de contener la inflación, liquidar la especulación y estimular las inversiones extranjeras.
Sí, contar para justificar silencios tras un miedo ambiguo. Porque escribir cuando otros mejor lo hacen, desilusionar con lo que otros seducen, es vana tarea, sólo explicable para soportar la noche de los cuervos.
Confusos se deslizaron unos meses, hasta el reencuentro con el coterráneo que se adjudicó ser mi protector. Según él, mis preocupaciones políticas estimulaban el riesgo de desvanecerme, ni siquiera de morir. Cuando se produjo el golpe, tomé conciencia del pasaporte vencido. No podía salir más allá de los países limítrofes, la misma ratonera. Miedo ambiguo, porque no participé de la guerrilla, pero toda opinión disidente, sobre todo desde el marxismo, era letal.
El antiguo compañero del internado, convencido de que no había estado en la pesada, se compadeció de aquel adolescente perdido por el socialismo, palabra que por suerte cabe en muchos sayos. Y vaya si me ayudó.
Para salvar zonas de mi conciencia y evitar ataques de culpa, junto con compañeros del sindicato formamos una agrupación para estudios históricos y sociales bajo el nombre de un prócer cuyo perfil más duro la historia oficial desconocía. Reuniones una vez por semana en casas particulares, ajustando llegar de a uno o por parejas, evitando toda ostentación. Por supuesto, mi altillo de San Cristóbal era imposible. En grupos pequeños, una militancia partidaria era suicida; se hacía lo que se podía, que era poco.
La tarea del momento era sobrevivir. El gris es pátina de la vida cotidiana. Yo, que me sospechaba destinado a una soltería orgiástica, empecé a delirar con una pareja estable. Pero ese fin necesitaba de un trabajo. No sabía qué hacer, cómo hacer. Esa realidad generaba furias por impotencia. El país consistía en pocos afortunados y la muerte, la real y la simbólica.
El camino revelado por mi valedor fue transformarme en filmador de noticias. Camarógrafo de uno de los canales privados. Mi consuelo me puso en mejores condiciones para observar una realidad disimulada.
Superados los días, relegada la preocupación política a las discusiones en el centro histórico, trabajo y duendes nocturnos son el primer plano. Me gusta el nuevo oficio y sujeté la escritura a los fantasmas noctámbulos con la ilusión de concretar un metalenguaje. Una escritura continuación de otras preocupaciones en diferentes tonalidades. Variaciones, vidrio oscuro distorsionando, temores ancestrales y quimeras permanentes. En definitiva, vanidades, dignidad de lo trivial o nadería de la excelencia.
El límite cero, el papel en blanco y un reflejo en la ventana que devuelve la imagen triste mientras intento conjurar espectros. Buscar una clave, tal vez en desuso, como la antigua de fa en tercera. Escribir. Escribir sin indagar si existe el genio o el ingenio. Como taxidermista disecando el flujo de la memoria.
Para contar, confiemos. Por eso comienzo en esta noche de diciembre, en la que asoman junto a las sombras los primeros insomnios por el calor.
1
El título se coloca al final. Preceptiva antigua, simple, perpetua, rebrota desde lo contado. Como antaño con el recién nacido, cuando el sexo era una incógnita hasta el llanto inaugural; primero tenerlo, después adjudicar el nombre. Ahora cambió, hasta se puede tener una fotografía del nonato. Comparables novedades me suceden. Hace días me persigue el título de un cuento. Insólito. El título de un cuento. Del cuento increado, del cuento que vendrá. Estoy ansioso, nunca me ocurrió, ni conozco a quien le haya pasado, pero para alejar el pecado de soberbia, no lo afirmo, sólo aseguro mi ignorancia.
Abandono el mecanografiado, pero no puedo descansar. Pretendo concentrarme en este clásico que es Dios se lo pague, Zully Moreno y Arturo de Córdova, pero es imposible. El título acosa, se cuela, ¡la puta madre!, “No quiero morir en Nueva York”. ¿Cómo pudo aparecer? ¿Por qué? “No quiero morir en Nueva York”. Soporto una rara sensación; nada me vincula a esa ciudad, nada en mi pasado asila simpatías por ella. Estéril desatender el título, “No quiero morir en Nueva York” reaparece. ¿Qué tan profundo se encajó el misterio para no reconocer qué me está pasando? Esa ciudad es apenas retazos de viejas películas, muelles con barcos entre brumas, rascacielos ocultados por nubes, gente atropellándose en sus calles, subterráneos como socavones mágicos por donde aparece y desaparece una tropa silenciosa y tensa, el patinaje en el Rockefeller Center, el Central Park. Chispas de celuloide sin más interés que Roma, Madrid o Milán. Veinte días para estar perseguido por un título es demasiado y no me atrevo a divulgarlo, me tomarían por loco. No, no me animo, ni siquiera a José, amigo y todo un psiquiatra, porque me da vergüenza. Él me estima, y con qué cara le digo: ¿sabés?, veinte días que no puedo dormir ni exaltarme por una mujer porque el título de un cuento me persigue. ¿Estaré envejeciendo y es el primer síntoma que registro? Sigue dando vueltas el título. Nueva York es un símbolo. Ahí está, es alusión y no soporto la idea de la muerte. Pero hay una alternativa en el título. ¿O es un espejismo para reanimarme? “No quiero morir en Nueva York”. Símbolo o realidad no importa, me aferro a la ilusión, la opción permite la salida de elegir mi muerte y por lo tanto demorarla. Yo afirmo que no quiero morir en Nueva York, nada más. Si no voy, no muero. Zully Moreno deja sus joyas en el sombrero arrimado por la mano extendida de Arturo de Córdova; él enfoca su mirada en ella; Zully lo toma de un brazo llevándolo hacia ella y entran a la iglesia. Estoy alarmado, pero veo el final de la película. “No quiero morir en Nueva York”, y si fuera a Nueva York, ¿cuáles serían las condiciones para la salvación? O en un código inexplorado Nueva York es otra cosa, y quiera o no moriré sin saber dónde ni cuándo, pero pronto. Me aferro a razones que tranquilizan; con no ir jamás a Nueva York, resuelto, y si Nueva York significa lo definitivo, no estaré peor que en estos cuarenta y tantos años vividos. Los quitapesares como aparecen se disipan. ¿Cómo hago para que no vuelva el título a enloquecerme? ¿Cómo? ¡Por favor, cómo!
El título avanza, teje una madeja que asfixia; hilos invisibles rozan mi cara lívida y se desplazan sobre el cuerpo que afloja pusilánime. El título es un monstruo que exhibe la cabeza y disimula el resto. El título se transfigura, se infarta dentro de mí, porque desde hoy sé que no podré soportar demasiado tiempo. Desde hoy a la mañana, sé que no podré, y lo único que se me ocurre es dejar constancia por escrito. Desde hoy, preciso, a las 11 de la mañana de este caluroso diciembre, sentado ante mi isla de edición, sé que he sido arrojado al territorio del misterio y todo será distinto. Desde el momento de mierda en que la alegre y fraterna voz del jefe de noticias me anticipa: ¡Vos sí que tenés suerte!, dentro de una semana te vas a Nueva York.
2
Desoír es condenarse. Las oportunidades no se desperdician. Esto me sucede de puro idiota, después de tanta preocupación por no saber qué hacer con el título que me perseguía. Primera mañana en la gran ciudad y me despabilo con una alegría desmedida. Desperté en medio de un sueño que era el cuento que buscaba, pleno, sin ripios: una joya. Desde mero fogonazo de la realidad, el título se fue mudando a sustancia, quedó desarrollado el tema principal como una melodía seductora y, tras una ingeniosa vuelta de tuerca, el final fue un acorde intenso y perfecto. No supe dónde transcribir el recuerdo y confié, cándido, en que si estaba en lo esotérico de la existencia nada impediría su escritura. Omití mi distintiva imposibilidad de recordar sueños y el advenido síntoma senil de disminución de la memoria. Total, si está en el misterio de la realidad, ¡nada impedirá su escritura!
Pero soy impío y tampoco la realidad me ayuda a cambiar. El sueño quedó borrado. O enterrado en algún lugar del inconsciente, que para el caso es lo mismo. A continuación de un vuelo perturbador, tratando de disimular miedos y agotado por la presión de reconocer cada uno de los ruidos que poblaban el avión; tras horas con esa difusa molestia en la boca del estómago; después de preguntas sin respuestas y con la vaga intuición de que eran una sola, estoy caminando en cenicienta y helada mañana con una acidez estimulada por la frustración que no puedo endosarle a nadie. ¡Qué pelotudo! ¿Por qué no escribí en el dorso del sobre que cubría el pasaje? La bronca sube y se enrosca contra el cuello; algo dentro de mí echa guiños a la autodestrucción. El frío y el dolor incierto me hacen caminar encorvado. Ni siquiera sé si es el clima crudo o que no estoy bien abrigado. Varios edificios me hacen conocer la hora y la temperatura, pero ¡qué significan 44 grados para quien sólo conoce otra escala!
Estoy en Nueva York. Necesité trajinar cuadras para darme cuenta. El asombro, en lucha con el desconcierto, se reveló en esta esquina, en la que el quiebre de mi cabeza no alcanza el final de un edificio gigante. La mirada desanda el camino, se proyecta hasta el desenlace de la avenida, y los carteles luminosos destacan en el gris de la mañana como un jubiloso anticipo de la noche. Por Broadway, desviada espina dorsal atravesando la isla, la gente va y viene, me rodea; llevan grandes paquetes, algunos negros piden limosna. Me doy cuenta de que es 24 de diciembre y que estoy solo. Un impulso inexplicable me lleva a conocer el subte. ¿Por qué abandonar el apenas desflorado mundo de la calle para bajar a las entrañas? Recuerdo mi ciudad, lo contado sobre otras grandes y violentas, y organizo tácticas para no tener problemas. Ir y volver sobre la misma línea, evitar combinaciones; no acercarse a las vías hasta que el tren esté detenido; aproximarse a los lugares donde se concentra más gente. ¿Y con el inglés? No es decisivo, se trata sólo de volver al sitio de partida.
Desciendo y no puedo sacar los ojos del suelo. En las escaleras, deposiciones de palomas, hielo de aguas sucias y cuentas dispersas de un collar de oscuras motas. En el primer rellano están boleterías y molinetes. Me fijo cómo hacen los demás. Pongo 2 dólares y espero el vuelto de 1,25. Recibo la contraseña y sigo bajando. La estación es la 42. El frío acosa incluso en las catacumbas. En el andén, negros tirados en los asientos, algunos durmiendo, otros al parecer borrachos. La gente indiferente encara hacia invisibles puntos y en un arbitrario instante se detiene a esperar el tren. Me sorprende la buena suerte; un vagón despejado en el frente se detiene delante de mí. Varios se abalanzan conmigo estimulados por el hallazgo. Entro. Un olor nauseabundo produce asco. Todos corren hacia el fondo del coche. Desecho hacer lo mismo sin saber de qué se trata. En el primer asiento, viaja un negro gigantesco que mira al techo. A unos metros está sentado, junto a la puerta, un blanco de unos 60 años con un gorrito judío en la cabeza; gesticula y come mecánicamente unas pastillas o semillas, no me doy cuenta. Llego a la 34 y sé qué pasa: el hombre se va cagando. Lento, intranquilo, me desplazo hacia el fondo, pero el tufo no desiste. Dos chicas se ríen a carcajadas; otros se miran cómplices. Las puertas se abren con sordo gemido; el negro enorme se para y grita con fastidio en dirección al blanco con gorrito. Cuando está por cerrar la puerta, desciende.
En la estación siguiente me bajo. Necesito el frío de la calle para despojarme del mal olor. Sigo caminando sobre Broadway. Vi en un mapa que esta línea corre debajo de la avenida. Llego a una gran plaza, me siento en un banco, arriesgo quedarme congelado, pero estoy cansado. Desde el sitial, diviso el acceso a la estación del subte, neto deletreo N-R City Hall. Miro para atrás y hacia el cielo trepa un puente atravesado por miríadas de coches. ¿Quién diría? Siento que Nueva York comienza a estar en mí, del peor modo. Salvo que suprima lo feo, como las trampas que aceptan y continúan los turistas.
El frío es insoportable. La niebla avanzó sin que me diera cuenta y las cúpulas de los grandes edificios desaparecen; se transforma en una ciudad de llanura. Sin sacar las manos de los bolsillos, apunto hacia la entrada del subte para pegar la vuelta. Como una pequeña construcción metafísica, porque no regreso a ningún lado, es un modo de escapar hacia delante buscando un final. ¿Buscando un final? Reaparece la frustración por el cuento perdido. ¿Se está convirtiendo en una alegoría de mi vida? Me hostiga la sensación de no saber para qué ni a dónde voy. ¿Qué caminos consentirán volver a soñar mi cuento? Entonces todo fue impecable, el encadenamiento de escenas y la resolución que exigía el título. La felicidad plena. Hasta que la desconfianza sobre mi capacidad de evocación fue eclipsada por la pereza. ¿Por qué no buscar el sobre que contenía el pasaje? ¡El único papel donde apuntar el recuerdo!
Siempre recelé de mi imaginación. Desde la adolescencia, la realidad era una tela pegajosa que me hacía codiciar de otros la habilidad para fabular. Pobre imaginación y diligente desmemoria hacen clara mi rabia por la pérdida del sueño. Como resumen de vida, es signo trágico: haber tenido materia tan preciada y extraviarla en una distracción. Me importuna la palabra desconsuelo, y está bien. Las oportunidades no deben ser regaladas. Desoír es condenarse. Y esto me ha sucedido a mí.
3
Desconfío de mi imaginación; la realidad es tela pegada sobre mi cuerpo. Por eso la filmación resultó mi oficio; mero seguidor de un guion impuesto por la materialidad hasta transfigurarme en ojo colosal. De ahí la bronca por no anotar un sueño redondo y feliz pese al título melancólico.
Sutil sarcasmo malversa la realidad. El ojo colosal, y negligente escriba, es convertido en espía esclavo de la escritura. La orden me paralizó. Desde esa mañana de diciembre, luché varios días con el jefe de noticias. El proyecto era desatinado; mis argumentos salían a chorros. Que no sé inglés. Que no sé cómo enviar las noticias. Que solo no puedo. Que salvo películas de la adolescencia, no conocí nada igual. Y nunca acababa. Pero el jefe siguió imperturbable. Aquí son contados los confiables. Tenés que ser vos, te observo desde el primer día y reaparece el mismo de aquella asamblea en el sindicato que el canal filmó con mi complicidad. Porque sos inteligente. Porque no perdiste la esperanza en un mundo mejor. No va a ser complicado. Es una apuesta a futuro, todo indica que a largo plazo. Sergio, con años de experiencia y bastante moderado, admitió que los primeros años del peronismo en materia de censura fueron el paraíso. No podemos usar despachos de agencias extranjeras, tampoco los de las privadas argentinas, ni hacer cobertura propia de noticias. Lo único que se puede dar es lo que envía la agencia oficial Télam. Estaba presente Rodolfo, periodista comprometido con el radicalismo, y sentenció que los diarios argentinos transmiten en cadena, ninguno tiene libertad de expresión. Por eso, para los grandes medios, la realidad es de increíble normalidad; desaparecieron los porqués y los cómo. Pero todo acaba, y para el momento en que comience el deshielo, tenemos que estar preparados con material serio, incuestionable. Tu gran tarea es apenas un cuaderno donde anotás lo que ocurra durante tus jornadas. Un guion con tus vivencias de lo que irás filmando para pasar en programas dedicados al turismo. Es una fachada perfecta, porque el blanco principal de la censura en televisión son los informativos y las telenovelas; las parejas desavenidas, escenas de dudosa moralidad, títulos sin mensajes positivos. Me parecía divertido, porque pocos conocen esos cánones. Tenemos que evitar conflictos y situaciones que revelen diferencias sociales. ¿Qué queda? Deportes y turismo. Así que dejás una o dos hojas del cuaderno en blanco entre día y día como estructura formal del guion televisivo, para glosas al regreso. No puedo mandar a Europa a un corresponsal porque despertaría sospechas: es el centro de la diáspora de los exiliados, guerrilleros o no, donde hay mejor información sobre lo que está pasando entre nosotros. Pero en la capital del imperialismo reciben los diarios de todo el mundo; vos leés los españoles y los franceses, y con los italianos hacés lo que puedas. Claro que lo ideal es saber inglés, pero nadie produce tu confianza. Al final de cada día, si aparece una noticia que nos interesa, en las hojas en blanco pasás la información. Y las hojas en blanco, la perdición de los literatos, en tus manos, pueden ser dinamita. Existen trucos viejos pero eficientes para escritura invisible, y a tu vuelta la hacemos visible. Lo único que necesitás es una caja de cotonetes para limpieza de oídos y un recipiente chico con tapa a rosca. Sea en la cena o en el frigobar de la habitación, llenás el pote con diferentes líquidos alternativos: vinagre claro, leche, vino blanco, jugos de limón o de manzana y hasta de naranja. Mojás la punta del cotonete y escribís lo necesario. Dejás secar y el mensaje se volverá intangible. Ojo, si usás demasiado jugo remoja la hoja y se pierde el mensaje. Desde este momento, con Rodolfo, son los únicos que saben que tengo vínculos con un periodismo que no pretende ser socio de este desastre. No es necesario ser guerrillero, alcanza con ser un liberal político consecuente, como el dire del Buenos Aires Herald. Intenté un gesto, pero sólo sirvió para concluir su faena persuasoria; fue una materia específica en el entrenamiento de Tania la Guerrillera, cuando era Haydée Tamara Bunke Bider, antes de ser Laura Gutiérrez Bauer. Dentro de mí, acosaba en eco con sordina: ¡Vos sí que tenés suerte!, dentro de una semana te vas a Nueva York.
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