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La reina sobrecogida


La reina sobrecogida

Manet pintando la Olympia

Alberto Garrandés



@edicionesisladelibros

La reina sobrecogida

Primera edición electrónica en Isla de Libros

© Alberto Garrandés, 2013

© Ediciones Isla de Libros, 2020

Carrera 5, 34-13, AP 101, Bogotá, Colombia

info@isladelibros.com

www.isladelibros.com

Dirección editorial: Álvaro Castillo Granada

Edición y producción: Ginett Alarcón

Fotografía del autor y corrección: Elsa Obregón

Logo Isla de Libros: Zilah Rojas

Diseño de cubierta: Nicolás Consuegra

Diagramación: Leonardo Orozco

Conversión a libro electrónico| eBook conversion: Apex

ISBN 978-958-52645-5-7

A mi esposa, que desde siempre es mi luz.

A mi hijo. Porque algún día

me ayudará a convertir

este texto en música e imágenes.

The nakedness of woman is the work of God.

William Blake, Proverbs of Hell

ÍNDICE

La reina sobrecogida

La reina sobrecogida

La flor, en rosado salmón, ¿sería por fin una orquídea o una camelia? No estaba seguro, aunque tampoco quería estarlo. Juntaba los colores con la brocha, hacía que los pelos dejaran una huella hipnótica en los grumos terrosos y bermejos, y probaba el tono con un pincel fino, antes de cerrar los ojos y percibir el matiz. Amarillo y carmín, magenta enrojecido, o un bermellón que olía a naranjas muy maduras. En realidad daba lo mismo, con tal de que no fuera un rojo fuego ni un rojo de China ni el rojo escarlata de la sangre.

Acabaría imaginando esa flor, acabaría soñándola. Nada mal para un adorno de pétalos híbridos. En realidad poco importaba —una orquídea, una camelia— porque en definitiva allí encontraría las lealtades del deseo, que siempre traen buenas cosas, a pesar de algunos símbolos rengos. Las formas parecían ideales e impersonales. Y había manchas puras. Y ciertos contornos. ¿Era artificiosa esa flor? ¡Tenía que inventarla! E inventar también los pétalos carnales, los estambres voluptuosos, los pistilos invisibles, y darle vivas al artificio.

Ahora que digo eso, me acuerdo del pobre Couture. Ni orquídea ni camelia. Después de meter la nariz en la flor abierta y húmeda, después de olerla sin éxito y rascarse, Couture, incómodo, habría dicho: «Usted ha pintado un atavío amorfo, no una flor». La voz, timbrada y baja, estaría invadida por el terror de lo precario. Él era un anatomista de lujo, todo hay que decirlo. No así un botánico. Y, sin embargo, no había manera de negar que se trataba de una orquídea o una camelia, de un rojo menos vivo —rojo doliente— que el rojo cobrizo del cabello de mademoiselle.

Couture habla, me insulta: El único bebedor de ajenjo que puedo ver es el pintor que ha pintado esta cosa inclasificable. No digas nada más, Maestro. No sigas. Sal de mi mente. O cállate.

Y la voz timbrada y baja se va lejos, aunque permanece audible aún, como en lontananza.

¿Por qué esa obsesión de Couture por el orden dórico y la gestualidad grecolatina? Había estatuas. Muchas estatuas. Y yesos rotos. Pero nada de la vida real (excepto el mal griego). La vida real no estaba allí, ¡por Dios! Ni por asomo. ¿No es verdad? Usted lo conoció. A ver, dígame algo. Hablemos un poco, querida. ¿Por fin seguiste aquellas lecciones de dibujo? Magnífico. Ah, qué obediente, te quedas muy quieta y eso me complace. Aún no termino. Éste es nuestro último encuentro y todavía me faltan... hmm... ¡me faltan dos o tres cosas! Pero igual son pocas. Puedes abrir la boca, mover los labios, agitar la lengua y contarme lo que sea. No tenemos por qué estar callados aquí. Si Oller te viera así, quedaría encantado. Él viene del trópico y... ¿no son como de fuego sus cabellos, mademoiselle? Porque usted es una auténtica curiosidad, ¿sabe?

Pelirroja entera... de arriba abajo.

Un raro ejemplar.

Oller me asegura que las pelirrojas completas huelen dulcemente.

No conoces a Oller, ya lo sé. ¡Pero vamos! ¡Toda la ciudad sabe dónde hallar a mademoiselle en este minuto! (Allá abajo, en la calle, frente a esta casa, hay un ejército de lanceros furiosos). Y ahora que estamos a salvo de semejante turba, y acabando el trabajo, puedo mirarte bien. Tal pare-ce como si tuvieras la costumbre de bañarte en leche... Hmm, pues sí, de una isla, no recuerdo el nombre ahora… Oller nació en una isla. El trópico, como te decía. Ha de quedar muy cerca de Cuba, donde hay cocos, negritas y andaluzas de mirada triste o ardorosa. Si él te viera... es más exigente que yo. Cuestión de pieles. Un día le recomendé irse a pintar los muertos del depósito, por aquello de la inmovilidad total, y poco faltó para que rodáramos por el suelo a puñetazos. Qué iracundo.

No... Nada de verdes.

Rosado salmón sobre una base de naranja crudo.

El verde, casi un verde jade —o acaso un verde crepúsculo-de-los-fiordos-noruegos—, podría retreparse con inteligencia sobre la esponjosidad delicada de las telas. ¿No sería acaso un verde malsano, brillante como una laca acabada de aplicar? O un verde sucio, como el ajenjo en la copa de mi bebedor... En conclusión: dejemos eso. Nada de verdes.

Oller exigía la inmovilidad absoluta, pero cuando se excitaba con alguna muchacha había que ponerle freno, porque si no, ya sabe usted: la hecatombe. Como no tenía mucho dinero, se colocó de sacristán, y después de barítono en una compañía italiana. Tipo muy común. Muy activo. Y de buen corazón. Las negras lo hechizaban... peau d’aubergine... en fin, ese escabroso asunto no es de tu incumbencia. Lo he visto bastante en el Guerbois, casi siempre ebrio, y en la brasserie Andler, donde conoció, creo, a Degas, Pissarro y Zola. ¡Qué pesado, Dios mío! Oller podía ser muy pesado. Y ahí tienes, ¡otro como Couture! Pero con la diferencia de que Couture es un hombre timorato que le habría hecho el amor a la Venus de Milo si hubiera encontrado en el mármol un agujero donde meter su pene. ¿Necrofílico? ¡Ja, tal vez necrofílico! Ésa es una buena hipó-tesis.

Espera, no te toques así. No. No…

No, así no... Un día le digo a usted mademoiselle, y otro, se me sale el tuteo, como ahora. A ver, ponga los dedos de esta manera, míreme... ¿ve? ¿No? Hmm... ¿ve ahora? ¿Tampoco? Permítame. Per-mí-te-me. No me juzgue mal, pero necesito que comprendas cuál debe ser la posición y la forma exactas de tu mano izquierda. La derecha no tienes ni que enseñármela, a esa la tengo conseguida. Me la sé de memoria. Observa: voy a poner mi mano ahí como si fuera la tuya. ¿Me dejas ponerla? ¿Me dejas? ¿Ahí mismo? Ahí... así... Sujete el espejo, muévalo hasta que vea mi mano. Necesito que usted se dé cuenta de lo que quiero. Oller no sería capaz de ser tan profesional, ya andaría propasándose. Y acaso te habría exigido demasiado. Déjame ponerte la mano ahí. Devoto como es Oller del tenebrismo, no dudo que te hubiera sugerido recubrirte de aceite mineral para apreciar con mayor facilidad las luces y las sombras. ¿Ves lo que te digo? Muy raro ese Oller. Retorcido. Y con el resuello típico de los fornicadores impenitentes. Por ahí hablan de su... bueno, no vale la pena. Y después seguramente iba a pedirte que le permitieras remediar lo del aceite. ¡Ayudarte en el baño! Creo que todavía mantiene una cuba al fondo de su estudio. Lo que digo: un fornicador. Les daba a las jovencitas un frasco de aceite y les decía que se lo untaran en todo el cuerpo para captar mejor los brillos y las oscuridades de la carne, y al terminar les mostraba los bocetos y las conducía a la cuba, que ya para entonces estaba llena hasta los bordes de agua tibia y perfumada. ¡Ah, Oller es un pícaro! Y ellas entraban llenas de risa en la cuba —una hoy, otra al siguiente día—, y él, esponja en mano, y un jabón de esos que aquellas niñas jamás podrían darse el lujo de usar, empezaba a limpiarles el cuerpo con mucho cuidado... No abandone esa postura, mademoiselle. La mano izquierda es muy importante, créame. ¿Que no sabe todavía? Hmm... a ver, a ver... yo voy a inmortalizar esa mano suya. Nadie ha pintado una mano así.

Ya verás, déjame ponerte la mano ahí y te enseñaré.

Pero una mano... ¡graciosa no podría ser! Subrepticia, furtiva, ¡con realismo y vigor! Como si en la forma de colocar los dedos hubiera una intención adicional, ¿comprendes? Otra intención, más demorada quizás. Aplazándose siempre, perdidiza. Falsamente irresoluta. ¡Menuda almohadilla, mi querida! Perdone. Soy inocuo. Soy efusivo (pero a escondidas). Y el color… ¿sabías que es como el del cobre pulido? Como el cobre de los pararrayos de Notre Dame. Entre oscuro y brillante. Cobre batido en la fragua. Cobre bien trenzado al principio y después hecho una breña. Existe una especie de agresividad allí, mademoiselle. Pero en fin... no hay que concederle mucho crédito al bebedor de ajenjo, como dice mi admirado Couture, ese amante de romanas tan embriagadas y hermosas como inasibles. ¿Para qué pintar romanas y romanos de la decadencia?

Ese tipo no mama, y quien no mama es peligroso.

(Palabras de Baudelaire, que es un sabio).

Sólo si se es un masturbador muy pompier, querida mía, excusando la frase. ¡Y al mariconazo le dieron la Medalla de Oro en 1847! Fui lo suficientemente estúpido como para hacerle algunas concesiones a Couture, y seguí como un tonto la fórmula de los objetos vistos en perspectiva… Te decía, mademoiselle, que cuando cubres tu almohadilla... ¿lo ves...? algo queda fuera, la mano no te basta. Usted se prodiga y es justo que así sea su naturaleza. Con esos dieciocho años no vas a renegar de tu garbo. ¿O son ya diecinueve? Manos diminutas... Sin embargo, no es de buen tono pintar lo que sobra. La pelambre se te escapa entre los dedos. No quiero que me califiquen de obsceno. Técnica y honor. Llegar a la Academia es como entrar en el Taj Majal. Ya me aseguraron que es la tumba más bella y grandiosa del mundo. Su mano, mademoiselle, parecerá una araña crispada, a punto de saltar. Pero no será obscena. Más bien una araña de alabastro que se asemeja a una mano. Ese es el efecto que quiero causar: el instante anterior al salto. No se me hastíe ahora, querida. Esta es la última sesión... debo reagruparlo todo, busco un equilibrio nuevo y lo voy a lograr como sea. Para eso se encuentra usted aquí esta tarde, y en verdad te digo que nos detendremos sólo a la caída del sol, cuando tenga que prepararme para ir a cenar con Marcy y ya no pueda valerme de la luz del día... ¿te apetece ahora un descanso? Recuéstese al fondo unos quince minutos, por suerte este no es el estudio de la rue Lavoisier. ¿Todavía no?

Recuéstate y ábrete toda.

Quiero verte bien abierta.

¿No descansarás? Perfecto. ¡Chica fuerte! Théophile dice que tu cuerpo expresa muy bien el estilo de una donna romana en el ápice de las tragedias. Qué lóbrego Théophile. Y altisonante. Y me temo, por otra parte, que el vejete Duchâtelet ha creído siempre lo contrario desde que le mostré mis apuntes. He visto su libro y más bien parece un catálogo de putas y no una investigación seria. Pero no hay que tomar en consideración semejante criterio. ¿Quién toma hoy en serio a Duchâtelet, ese envidioso? Solamente un loco. O un pervertido. Los poetas tienen la razón. Mire usted a Baudelaire. Lo he invitado a venir, a sentarse aquí mientras trabajo, y se ha negado. ¿Sabe qué me ha dicho? Que no le interesa porque está seguro de que haré algo terrible y entonces bromea con eso de que, por el momento, me hallo fuera de sus planes de corrupción. ¡Jejeje! Y tú, ¿ya no visitas Popincourt? Hay artesanías de las más finas, todavía se encuentran maravillas por allí. Este sillón, por ejemplo. ¡Y unos bronces! ¿Tu padre sigue aceptando encargos? ¿Ya no? Me lo imaginaba. Necesitará dinero, supongo. ¿Y continúa allí, en Maître Albert? Hmm, ya veo. El quartier es un agujero plagado de matones. Hay que salir de esa cueva. Usted está en el deber de sacarlo de semejante lugar, espero poder auxiliarte en eso, si me lo permites.

Se te ve muy jugosa...

Ahora vamos a rectificar un poco esta ampliación. Vea. ¿Qué le parece? No tiene que decirme, es cosa mía. Quisiera probar otra vez, pero con los dedos menos crispados. Contando a partir del pulgar, los cuatro primeros dedos descansan sobre tu muslo derecho. ¿Ves? Pero es importante que el pulgar toque la flexión del muslo con tu cadera. Imagínate que ahí, en la flexión, hay una tierra de nadie. ¿Cómo llamarías a esa zona? Un interludio. Precisamente. El índice casi desaparece en la parte interior del muslo, pero es visible aún. Y la palma de la mano oculta tu sexo. Distiende un poco los dedos, no los encojas. Trata de hundir la palma. Como si cubrirte con la palma fuera un acto necesario que realizas con total eficacia... o con disimulada desesperación.

Hunde esos dedos,

anda, húndelos

con di-si-mu-la-da de-ses-pe-ra-ción,

acaríciate, vamos, hazlo...

Muy bien, mademoiselle. Eso es. Hmm... ¿qué perfume se puso usted hoy? Ah. No lo conozco. Huele estupendamente.

Cuando se te abre hueles a

Se parece mucho al perfume que usa Berthe. Tendrá una pizca de madera, creo. ¡Uf, qué tonto! Madera visceral, debí suponerlo. Bueno, en realidad no tenía por qué. Pero Berthe y tú... son mujeres, ¿no? Motivo suficiente para sustentar la teoría de la universalidad del alma. ¿Ha visto cómo progresa Berthe? Deberías. Coqueta y frívola en apariencia, sólo en apariencia. Y las ideas claras. ¡Tiene una obsesión con los niños! Frecuenta demasiado el Guerbois y bebe discretamente con Degas y Monet. Pero ellos la cuidan. Con tal de no recibir una mala opinión de mi parte... Se trata de ese empeño, ¡que yo los apadrine! ¡Ah! ¡Inexplicable! Total, todo consiste en hacer con autenticidad lo que corresponde, y dejar que la gente hable. Y, por suerte, ellos van por ese camino, de acuerdo con lo que he visto. Bien poco por lo demás. Pues le diré que Berthe es hábil en el color. Tengo la sospecha de que pronto se convertirá en mi cuñada. A causa de eso le ha dado ahora por ser arisca. Lo contrario de su abuelo, el gran Fragonard. No le tengo aprecio a Fragonard, ¿sabe? ¡Pero hacía las cosas tan bien! Muy galantes, pero bien. Aunque algo oscuras, si es que vamos a decirlo todo. ¡Qué vicio ese, el de oscurecer los cuadros! ¡Hasta Delacroix oscurece! Pero Notre Dame es oscura, qué remedio, ¿no? Como si tras la sombra hubiera una realidad impresumible, cuando no hay más que vacío. ¿Has visto El pestillo de Fragonard? También se llama La resistencia inútil. Un hombre lucha con una mujer, enardecido, y la vence. Cierra la puerta con pestillo y van a lo suyo. La mujer desfallece. Es triste verla así, subyugada y rindiéndose como una flor acabada de cortar. Mas uno sabe que ella está completamente erotizada. Es una simuladora de lo peor... ¡pura hechicería!

Antes de que se me olvide: el mejor cuadro de Berthe es La cuna. No lo ha hecho aún, pero he revisado sus bocetos y creo que van a convertirse en una obra extraordinaria, llena de grises cromáticos.

¿Recuerdas cuando nos encontramos en el Palacio de Justicia por primera vez? Me costó trabajo vencer mi dificultad para dialogar con jóvenes elocuentes, como era el caso. Una dificultad pública. Usted saludaba a Antonin, sostenía con vehemencia una opinión, y él supo enseguida que yo me sentía atraído —me conoce bien: es mi amigo— y entonces hizo un gesto y me acerqué. Hasta ese momento un cuerpo de mujer era el cuerpo de Marie la Rousse. Le ruego que comprenda mis palabras en relación con el arte que suelo forjar. Ella es tan pelirroja como tú. ¡El compendio de mis debilidades y mis predilecciones! Pero si me preguntaran los motivos, tendría que guardar silencio, pues no sabría explicarme. Colores cálidos y olores dulces. Una congruencia inestable y arbitraria, llena de intensidad. Por eso tu mano deberá ocultar ese colchón, cuyos restos visibles no pintaré. Tengo pudor.

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€3,99
Altersbeschränkung:
0+
Veröffentlichungsdatum auf Litres:
15 November 2024
Umfang:
63 S. 6 Illustrationen
ISBN:
9789585264557
Verleger:
Rechteinhaber:
Bookwire
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