Buch lesen: "Volt"
Alan Heathcock se crió en un suburbio de clase obrera del sur de Chicago, estudió periodismo en Iowa y actualmente reside e imparte clases de escritura creativa en la Universidad de Boise, Idaho. A los tres años un gato callejero estuvo a punto de dejarle sin ojo. La secuela de aquel incidente, un ligero estrabismo que durante años le proporcionó un espeluznante parecido con Popeye, le hizo quedar finalista para el papel de Danny, el chico «Redrum», de la película El Resplandor. Escribe en la VOLT-mobile, una caravana Roadrunner de 1967 que durante mucho tiempo perteneció al departamento de policía de Idaho. Hoy está llena de libros, premios y cachivaches. Dentro huele a bosque y llega el wifi de casa. Ha empapelado la encimera y una de las paredes con páginas de sus autores favoritos (siente especial debilidad por la carta que le escribió Joy Williams después de leer VOLT). Robert Mitchum, en el papel del reverendo Harry Powell, con AMOR y ODIO tatuado en los nudillos, le vigila desde un póster en la pared: «Mirad estos dedos, queridos hermanos, tienen venas que corren hasta el alma del hombre y están siempre luchando los unos con los otros». Al final de la jornada, Alan hace lo posible por desconectar de los traumas de sus personajes antes de que su mujer y los niños lleguen a casa del colegio. Por lo general, funciona salir a correr escuchando lo último de Wilco, hacer una paradita en el Gyros Shack y darse una buena ducha. Le aburre pescar, es aficionado a la frenología y Ashley Roshitsh, la encargada y jefa de camareros del Saint Lawrence Gridiron de Boise, ha creado un cocktail con su nombre. The Heathcock.
VOLT
VOLT
Alan Heathcock
Traducción Javier Lucini

Título original:
Volt
Graywolf Press
Minnesota 2011
Primera edición:
Abril 2016
© Alan Heathcock, 2011
© 2016 de la traducción: Javier Lucini
© 2016 de esta edición: Dirty Works S.L.
Asturias, 33 - 08012 Barcelona
www.dirtyworkseditorial.com
Diseño y maquetación: Rosa van Wyk y Nacho Reig
Ilustración: Iban Sainz Jaio
Corrección de estilo: Marta Velasco Merino
El traductor desea expresar su agradecimiento a Tomás González Cobos por su atenta lectura y sus siempre certeros consejos.
ISBN: 978-84-19288-02-8
Producción del ePub: booqlab
Para Rochelle
Índice
El mercancías detenido
Humo
La pacificadora
De permiso
Fort Apache
La hija
Lázaro
Los renacidos
Voltio
Agradecimientos


1
El crepúsculo incendiaba los cerros y el polvo que se arremolinaba desde los discos del arado formaba un manto de niebla sobre el campo. Parpadeaba, no podía evitarlo. No tenía nada limpio con lo que enjugarse los ojos. Mañana tocaba sembrar el trigo de invierno y aún quedaba mucho por hacer. Treinta y ocho años, muy respetado, en su granero nunca faltaba grano seco, podías fiarte. Ese era Winslow Nettles.
Winslow no vio a su chico cruzar el campo a la carrera. No vio a Rodney encaramarse a la parte trasera del tractor con el pastel de carne y el maíz tierno envueltos en papel de aluminio. No vio la bota de Rodney resbalar en el enganche.
Winslow se restregó los ojos con un pañuelo mugriento. Los discos del arado dieron una sacudida. Se giró para ver qué había provocado aquel zarandeo y ahí atrás, como algo caído del cielo, un niño tendido sobre la tierra.
Winslow saltó del tractor y corrió hacia su hijo. Le apretó con el cinturón el tajo de la pierna. Le presionó el cuello con la palma de la mano. La sangre fluyó entre sus dedos. Winslow acunó a su hijo en su regazo y observó cómo el tractor seguía su marcha dejando un arco de polvo descendente hacia las vías del tren que marcaban el límite septentrional de todo lo que poseía.
2
Las luces parpadearon y la campana repicó. Winslow detuvo la camioneta en el cruce. Del bosque emergió un mercancías, la locomotora se estremeció al tomar la curva. Winslow miró primero las ruedas de hierro del tren, luego la ladera que se alzaba al otro lado de las vías, su vieja casa de tablones, el granero de techado curvo, los silos alzándose por encima de los campos de cebada. El tren resopló, cada vez más cerca. Tardaría en pasar unos veinte minutos. A Winslow le faltaban treinta y siete acres por segar, había perdido demasiado tiempo con la muerte de su hijo, con el funeral y los parientes, con las largas horas consolando a su mujer, Sadie, cuántas lágrimas había vertido, cuánta agua en una sola mujer.
El cruce se puso a temblar. La sirena del mercancías bramó, su quejido cada vez más alto, más próximo. Winslow pisó el acelerador. La camioneta entró dando tumbos en las vías, el morro de la locomotora inundó la ventanilla. Dio un volantazo y la camioneta giró bruscamente, se tambaleó pero no se salió de la carretera. Siguió acelerando colina arriba, los furgones centellearon en el espejo retrovisor, los frenos del tren chirriaron y los enganches aullaron hasta detenerse del todo.
Desde su posición elevada en la cosechadora, Winslow contemplaba el tren detenido, la locomotora distante al oeste, los vagones de carbón perdiéndose en las profundidades del bosque oriental. Había pasado una hora y allí seguía. Winslow tenía lo nervios a flor de piel. Desvió la mirada hacia los rodillos que iban cortando la cebada. Una bandada de mirlos levantó el vuelo. Por el rabillo del ojo percibió un destello blanco entre el sembrado, acto seguido surgió un hombre agachado que se lanzó delante de la grada.
Winslow pisó el freno y se golpeó la cabeza contra la ventana trasera. El pulso le latía con fuerza en el cuello cuando desactivó la cosechadora. Entonces alguien se puso a dar golpes en la cabina, un hombre sin aliento, camisa blanca bajo un mono gris lleno de manchas. Winslow abrió la puerta y saltó al terreno.
–¡Oiga! ¿Qué diablos hace? –exclamó Winslow.
El hombre se encaró a Winslow. Tenía los ojos enrojecidos, como si hubiese estado llorando, el pelo blanco como la luna y una cicatriz que le partía el labio y se le enroscaba en la mejilla como el rabo de un cerdo.
–Podría haberle matado –balbuceó.
Winslow echó una mirada a la cosechadora.
–Soy yo el que podría haberle matado.
–Hijo de puta –ladró el hombre–. Le estoy haciendo probar su propia medicina.
–Mida sus palabras, señor –dijo Winslow–. No me conoce de nada.
El hombre agarró a Winslow de los tirantes del mono y lo arrojó al suelo. Se inclinó sobre él, el sudor de su cicatriz brillaba a la luz del mediodía.
–Lo dejo –dijo el hombre del tren apuntando a Winslow a la cara con un dedo–. Así que por mí puede irse al infierno.
El viento le revolvía el cabello transformándolo en llamas blancas. Winslow apretó las mandíbulas, pensó que iba a golpearle. En lugar de eso, el conductor del mercancías se irguió, se subió la cremallera del mono y se largó corriendo.
Winslow lo vio ascender la pendiente, lejos de las vías, lejos de su tren. Corrió alzando las rodillas a través del campo de cebada hasta dejar atrás la casa de Winslow, el granero y los silos, sin detenerse ni mirar atrás. Pronto no fue más que una mota casi irreconocible en el horizonte; al coronar la cumbre, como deslizándose por un diminuto agujero en el cielo, desapareció.
3
Winslow se quedó un buen rato sentado entre la cebada, decidido a concluir su faena. Pero le sobrevino un temblor en las manos y una pulsación en los ojos, y se vio superado por la fiebre. Solo tuvo fuerzas para volver a la casa.
Intentó recomponerse en el recibidor. Se desplomó contra la pared y escuchó el crujido de una silla. En el salón, una estancia con revestimiento de madera y oscura a pesar de los ventanales, Sadie bordaba una manta de lana para el sofá; retales violetas, rojos y dorados cubrían su mecedora.
–Me voy a tomar un descanso –anunció Winslow antes de apresurarse a la cocina en la parte posterior de la casa. Le ardían los ojos. Las sienes le palpitaban. Al abrir la puerta del congelador se le cayó una bolsa de guisantes. Winslow se dejó resbalar hasta las baldosas. Se llevó los guisantes congelados a la cara.
–¿Hambre, Win? –preguntó Sadie desde el pasillo, sus pasos se acercaron y al rato apareció en la cocina–. ¿Win?
Winslow cerró los ojos, la sintió a su lado, su mano caliente en la nuca, la otra en la frente.
–Oh, Win –dijo ella–. Estás ardiendo.
Sadie era como una estufa que le acababa de estallar encima. Sus dedos le quemaban las mejillas, la garganta. Le rogó: «Déjame en paz», y luego, «Por favor, cariño», pero ella no se movió y el calor se intensificó, los hombros y los brazos comenzaron a temblarle.
Winslow la apartó con brusquedad. Ella se tambaleó, fue a dar contra la mesa de la cocina y se cayó. Se quedó tendida en el suelo, agarrándose el cráneo.
Winslow corrió a su lado.
–Cariño –dijo con miedo a tocarla–. De verdad que lo siento, cariño.
Sadie apoyó una mejilla contra una baldosa y retiró la mano de su pelo. Tenía la palma teñida de sangre.
Winslow yacía despierto con plena consciencia de sus músculos, de su respiración, de los gemidos del somier. El médico le había recetado unos analgésicos a Sadie y ahora ella dormía profundamente a su lado. Le habían afeitado una franja del cráneo y los puntos se le habían teñido de naranja a causa del yodo.
Ahora y siempre seré el hombre que mató a su hijo. El hombre que empujó a su mujer. Winslow quiso despertar a Sadie y disculparse una y otra vez. Estaba muy alterado. Se bajó de la cama procurando no despertarla y avanzó a tientas por la oscuridad con su mono y sus botas.
Recorrió el pasillo a trompicones hasta una puerta que ahora mantenían cerrada. Como el borracho que evita una taberna, él siempre eludía aquella habitación. Apoyó la frente en la puerta y trató de recordar el rostro de Rodney. Pero solo le vino a la mente el hombre del mercancías, sus cabellos blancos, corriendo por el campo de cebada, perdiéndose en la lejanía.
Tenía la frente empapada en sudor. Se precipitó al baño y se roció la cara con agua fresca. Volvió a recordar al hombre del mercancías empequeñeciéndose en la colina, desapareciendo.
Winslow se dirigió a la puerta. Desde el recibidor la luz de la luna trepaba las escaleras. Recorrió el pasillo, se asomó al resplandor. Sadie había retirado de la escalera todas las fotografías de Rodney y, al bajar, Winslow, fue deslizando la punta de los dedos por los clavos donde habían estado colgadas.
El salón estaba bañado por la luz de la luna. Winslow se aproximó al mirador. En el exterior la tierra brillaba. Dejó vagar los ojos mucho más allá del promontorio donde crecía la cebada. Al fondo del campo se agazapaba la muralla que formaba el tren, una silueta negro hollín, un mercancías sin maquinista.
¿Por qué no habían venido a por él? ¿No iba siendo ya hora de que alguien lo echase de menos en alguna parte? La sangre le bullía en el cráneo. No se podía quitar de la cabeza la mejilla cicatrizada del conductor del tren. Aquel hombre se había puesto a correr sin más. Se largó.
Winslow entró con decisión en la cocina y se puso a revolver en los cajones hasta dar con un cuaderno y un bolígrafo. Dudó. No supo qué poner. Garabateó: Salí a pasear. Volveré pronto.
Winslow lo leyó una vez, consideró el sentido de sus palabras. No tenía ningún plan. Solo caminar. Calmarse un poco. Dobló el papel. Se lo llevó a los labios y lo dejó sobre la mesa de la cocina.
4
Winslow atravesó los campos de cebada a puntapiés. Promontorio tras promontorio, caminaba con los ojos siempre puestos en la siguiente cumbre. Al alcanzar el límite de su propiedad se permitió mirar por encima del hombro. Había ido dejando una senda de sombra aplastada en la cosecha. Por encima de la cresta solo se adivinaba la bóveda plateada de su silo.
Saltó una zanja y siguió adelante entre hileras de maíz que le llegaban al pecho. Desde una cima desnuda, Winslow se fijó en la luz más brillante del horizonte y pensó que procedía de una torreta de radio, pero en realidad era Venus, visible a baja altura durante la noche, y decidió que solo descansaría cuando refulgiese directamente sobre su cabeza.
Cruzó un pestilente campo de menta, una zona de pastos, sudó tinta a través de un cenagoso campo de guisantes. Horas de viaje sin pausa dejando atrás casas de gente que jamás había conocido.
Siguió sin detenerse hasta que, al avanzar entre las ramas fibrosas de un bosquecillo de sauces, los reflejos de la penumbra del amanecer le calentaron el rostro. Winslow se frotó los muslos y se planteó dar media vuelta. Pero me hundiré, pensó. Volveré a hacer daño a Sadie. Tan solo me tomaré un día para serenarme. Sadie lo entenderá. Es por ella. Por nosotros.
Winslow necesitaba desierto, necesitaba soledad. Pero no importaba donde mirase, siempre se topaba con un camino de tierra, con el zumbido de una depuradora de aguas residuales o con el tejado de una tienda de cebos parpadeando al sol. Al mediodía llegó a un promontorio desde el que se podía ver el ancho río que marcaba la frontera del estado. Lo fue bordeando durante una hora hasta que dio con un puente de estructura oxidada que cruzaba a la otra orilla. Winslow fue atisbando entre las junturas podridas mientras pasaba por encima de las revueltas aguas marrones, aferrándose a las vigas hasta que se vio de nuevo a salvo en tierra firme.
Tenía los tobillos hinchados, los talones ampollados. Hizo un alto debajo del puente, se rellenó las botas de hierba y se apretó los cordones. Cojeó por el terraplén hasta donde las asiminas asfixiaban la orilla y las colinas parecían intactas. Winslow se abrió paso entre la maleza, las ramas le arañaron las mejillas, las bardanas le mordieron los calcetines y las zarzas le rasparon el cuello y los antebrazos.
Bien inmerso en la espesura, descansó en la cima de una colina arbolada con vistas a un pequeño riachuelo. La luz del sol corcoveaba en el agua. Aunque su cuerpo estaba inmóvil, su mente, a fogonazos, no dejaba de dar vueltas: la bota de un niño erguida en un surco; una enfermera cortándole a Sadie el pelo ensangrentado; el dedo deforme de un hombre delante de su cara.
Comenzó a anochecer y la luna se abrió paso entre los árboles. Winslow se agazapó entre la hierba mora empuñando su navaja. Se figuró que Sadie ya habría llamado a los vecinos para que saliesen en su busca, posiblemente también a la policía, y se la imaginó bordando en el salón, pendiente del sonido de pasos en el porche. Lloró y escuchó el despertar del bosque. No durmió.
El amanecer afloró verde grisáceo con unos nubarrones que envolvieron las colinas. Era el momento de regresar a casa, pero Winslow tenía los pies doloridos y la caminata de vuelta le resultó impensable.
¿Qué le diría a Sadie?, se preguntó. ¿No confiaba en que comprendieses mis lágrimas? ¿Pensé que me verías como un débil el resto de nuestra maldita vida si me ponía a llorar aunque solo fuese un momento? Su cansancio era como un lastre que llevaba amarrado al cuello y Winslow introdujo los brazos en el peto, cerró los ojos y se quedó inmóvil en lo alto de la colina boscosa.
Comenzó a chispear sobre sus párpados. La lluvia se convirtió en un aguacero y Winslow buscó rápidamente el cobijo de una cornisa de arenisca. La lluvia arreciaba de lado y aplastaba la hierba de la ladera. El riachuelo fue creciendo poco a poco, levantando olas. El barro trepó la pendiente. Cuando por fin el sol ardió entre las nubes, Winslow estaba muerto de hambre. Buscó por el bosque y dio con unos arbustos repletos de bayas opalinas. Las ingirió con voracidad, casi sin darle tiempo a tragarlas.
Su estómago no tardó en reaccionar. Vomitó. De nuevo le entró el temblor de la fiebre. Tenía la piel como un hervidero. Se desnudó y, agarrado a la raíz descubierta de un árbol, dejó que su cuerpo se deslizase en el gélido riachuelo. La sombra ocultaba el desfiladero y aferrado a la raíz, con las aguas turbias arremetiendo contra su barbilla, distinguió una figura en lo alto de la colina, el hombre del tren iluminado desde atrás por el crepúsculo.
El hombre se mantuvo apartado del árbol, levantó una mano y le hizo una seña. Winslow tuvo la sensación de que por fin le había alcanzado aquello que le perseguía. Cerró los ojos y aguardó a que una mano le sacase del agua y le arrastrase de vuelta a casa. Winslow se negó a abrir los ojos. Continuó esperando, pero el tirón nunca llegó a producirse.
Winslow se despertó cubierto de barro. Era un nuevo día, el sol abrasaba, el arroyo volvía a sus márgenes. Winslow subió la colina, no encontró huellas, ni una sola prueba de la visita del hombre del tren. Pero seguía teniendo la sensación de que le perseguían. Se vistió a toda prisa y huyó hacia el sur. Al pie de cada cerro pensaba en Sadie y sentía que debía dar marcha atrás, que debía iniciar el largo camino de vuelta a casa. Pero entonces alzaba sus fatigadas rodillas y se encaramaba a la siguiente roca, y luego a la siguiente.
Bien entrada la noche, después de caminar todo el día sin nada que llevarse a la boca, se topó con una tienda de campaña amarilla junto a una camioneta blanca. Winslow ahuyentó a los mapaches que se disputaban los restos que habían dejado sobre una mesa de picnic, devoró unos bollos rancios de perritos calientes. Alguien se movió en el interior de la tienda, Winslow se llenó los bolsillos de pretzels y se esfumó no sin antes apoderarse de una caja roja de Graham Crackers.
Corrió sin dirección por el bosque, luego los árboles se abrieron y cruzó una carretera envuelto en la luz de los faros y los destellos de las luces de freno, hasta que el suelo volvió a cambiar y se precipitó por un oscuro cañón desarbolado.
Vagó durante semanas, despierto día y noche, comiendo bayas y berros, escarabajos y gusanos, algún pez ocasional, una marmota capturada con sus propias manos. Aunque la mente de Winslow no había terminado de reconciliarse, su cuerpo había evolucionado. Al principio estaba siempre cansado, pero ahora caminaba todo el día con determinación y sin dolor. Las extremidades se le habían endurecido, la tripa fibrosa parecía de granito, la barba y los cabellos encrespados y blanqueados por el sol, la piel horneada hasta convertirse en un pellejo rojizo.
Las primeras hojas comenzaron a mutar de color y Winslow se preguntó si su aflicción se desvanecería también con el cambio de estación. Las quemaduras del sol ya no le molestaban y cuando el aire otoñal se enfrió y él ni se inmutó creyó que había activado una vena apagada en el hombre hacía mucho tiempo bajo capas de mantas y edredones.
No pasó un solo día en el que no se plantease volver a casa. Algunas veces retrocedía una milla, a veces más, antes de que un estremecimiento de angustia le hiciese volver sobre sus pasos.
Un día de cielo plomizo, la lluvia sobre la malvarrosa conjuró el aroma del perfume de Sadie. Winslow corrió sollozando en la dirección que pensaba que le llevaría de vuelta a casa, corrió toda la tarde hasta bien entrada la noche y solo se detuvo cuando se topó con una pared montañosa. No había manera de evitarla; al venir había tardado dos días en subirla y bajarla.
Winslow se dejó caer de rodillas. Por el rabillo del ojo vislumbró una presencia y creyó que el hombre del tren había vuelto a encontrarle. Pero cuando se volvió a mirar solo era un pino desaliñado que se elevaba entre las rocas.
Winslow comenzó a lanzarle piedras. Le retorció el tronco como si fuese un pescuezo. Lo sacudió y lo estranguló contra el suelo. Se abrazó a sus ramas y trató de llorar, pero ya se le habían agotado las lágrimas. Bajo una luna pálida, Winslow supo que había dejado de pertenecer al mundo de los hombres y que ya solo le quedaba seguir vagando eternamente por los bosques como un hijo perdido de la civilización.