Buch lesen: "Las metáforas del periodismo"

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Las metáforas del periodismo Mutaciones y desafíos

Comunicación & Lenguajes

Colección dirigida por Silvia Ramírez Gelbes

Las metáforas del periodismo Mutaciones y desafíos

Adriana Amado

Índice de contenido

Portadilla

Legales

Agradecimientos

Prólogo

Prefacio. La otra voz

1. Introducción

El periodismo estudiado

Periodismo mutante

Las ilusiones del periodismo

2. Metáfora del Lazarillo

Del periodismo multimedia al transmedia

Visibilidad o credibilidad

La demagogia del clic y la aristocracia de la primera plana

Metáfora de la primicia

3. Metáfora del productor

Periodismo líquido, pero no liquidado

Uberización del periodismo

Metáfora del gatekeeper (ahora llamado DJ)

4. Metáfora del cuarto poder

El periodismo objetivo existe, objetivamente

Periodismos a-fines

Metáfora del periodismo de investigación

Relaciones y delaciones

Periodismo ¿de datos o de ideas?

5. Metáfora del servicio público

Periodismo importante o interesante

Quién paga el periodismo

Periodismo moderno no es contemporáneo

Metáfora de servicio al público

La red es el mensaje

Periodismo participativo o participante

A quién sirve el periodismo

El auténtico periodismo digital

Periodismo interesante

6. Metáfora de la verdad

La desinformación en la información

Fake wars, fake news

De audiencias a gamers

La metáfora de la verificación

Confiabilidad por objetividad

Lo opuesto a la mentira no es la verdad

7. Metáfora de contar una historia

Vivir para contarlo, contar para existir

Periodismo de sensaciones

Metáfora de la no ficción

Producir no es fabricar

La objetividad y la parábola

Periodismo, militancia y propaganda

8. Metáfora de la libertad de prensa

Libertad de red

Información en defensa propia

Metáfora de la ética

Ética de la conversación

Éticas urgentes

Ética de cloudsroom

Ética líquida

9. Metáfora del mejor oficio del mundo

Otros periodismos

Aquellos viejos buenos tiempos

Metáfora de Clark Kent

Periodismo de película

Periodistas con a de género femenino

Periodismo hereje (o de entretenimiento)

De la celebrity al gamer

De los virus a las semillas

10. Metáforas del periodismo mutante

El periodismo digital son los padres

Periodismo de soluciones participantes

Del mito al hito

Sociedades mutantes

Actualizar las aplicaciones

Bibliografía y fuentes


Amado, AdrianaLas metáforas del periodismo / Adriana Amado; prefacio de Chani Guyot; prólogo de Silvio Waisbord. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Ampersand, 2021.Libro digital, EPUB - (Comunicación & Lenguajes ; 4)Archivo Digital: descargaISBN 978-987-4161-67-31. Periodismo. 2. Escritura. 3. Medios de Comunicación Social. I. Guyot, Chani, pref. II. Waisbord, Silvio, prolog. III. Título.CDD 302.23


Ediciones Ampersand

Cavia 2985 (C1425CFF)

Ciudad Autónoma de Buenos Aires

www.edicionesampersand.com

Colección Comunicación & Lenguajes

Primera edición, Ampersand, 2021.

Derechos exclusivos de la edición en español reservados para todo el mundo.

© 2021 Adriana Amado

© 2021 de la presente edición en español, Esperluette SRL,

para su sello editorial Ampersand

Edición al cuidado de Diego Erlan

Corrección: Carolina Magalnik

Diseño de colección y maquetación: Colombo+Heinberg

Retoque de imagen de cubierta: Pablo Engel

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante el alquiler o el préstamo públicos.

Versión: 1.0

Digitalización: Proyecto451

A ustedes, periodistas mutantes, que resisten los anticuerpos del status quo periodístico, dedico estos argumentos. Mi admiración por la persistencia.

AGRADECIMIENTOS

Este libro empezó a madurarse hace unos diez años. Justo cuando empezaron a popularizarse las redes y las mensajerías, me sumé al equipo internacional de Worlds of Journalism. Esa investigación me acercó a periodistas de toda la región, que me permitieron conversar a diario de la profesión, de los medios, de las redes y comprender muy de cerca las mutaciones de las que reflexiono en este texto. A esa gran red de investigadores y periodistas va el primer agradecimiento.

Periodistas amigos merecen una mención especial. A Osvaldo Bazán, por enseñarme a diario la libertad del periodismo de redes sociales. A Carolina Amoroso, por compartir el amor de nuestros apellidos, que es el que le tenemos a la información global. A Chani Guyot, que me permitió discutir muchas de estas ideas y verlas en movimiento en Red/Acción. A Silvio Waisbord, porque cada charla, cada escritura, es un curso intensivo de periodismo contemporáneo y de amistad auténtica. A Chani y a Silvio, gracias extras por leer los originales y aportar textos generosos para enriquecerlos. A José Crettaz por el puente hacia la Universidad Argentina de la Empresa, que aloja el capítulo argentino de Worlds of Journalism. Al equipo de Todo Noticias que me permite aprender lo que significa cubrir la realidad en directo y a la gente del diario La Nación y la Revista Sophia por reflexionar sobre eso mismo, con otra cadencia.

Como siempre, el agradecimiento al equipo de Infociudadana, especialmente a Eugenia Etkin, Nicolás Rotelli, Maxi Bongiovanni y Guadalupe Barrera (en su nombre, a la Fundación Konrad Adenauer), que apoyan esta aventura de investigar y enseñar otros periodismos en Latinoamérica.

A mi padre Manuel y a mi abuela Estrella in memoriam que, sin haber ido a la escuela, me enseñaron desde muy chica a leer las noticias.

PRÓLOGO
SILVIO WAISBORD DIRECTOR Y PROFESOR, SCHOOL OF MEDIA AND PUBLIC AFFAIRS, GEORGE WASHINGTON UNIVERSITY

Este es el libro necesario que alguien debía escribir, un libro que desentrañe las metáforas sobre el periodismo, y nos haga reflexionar sobre el uso y abuso de las alegorías sobre qué es y qué debería ser el periodismo. Me alegro enormemente que este texto lo haya escrito Adriana Amado, con su característica habilidad para analizar de manera punzante los medios y remarcar las realidades y las ilusiones colectivas sobre su papel en la sociedad. Amado descorre el cortinado de la retórica común sobre una institución fundamental de la vida moderna y la democracia. Ofrece un recorrido analítico maravilloso, con una prosa admirable, plena de datos contundentes, estrías de humor, referencias teóricas relevantes, ritmo ágil y observaciones profundas.

El libro revisa una formidable colección de frases célebres, ideales prometidos, sueños y compromisos, etiquetas vaciadas de sentido, y lugares comunes que construyen formas de dar sentido al periodismo. Estas no son meras utopías, mitos o ideología que ocultan la realidad o disfrazan las motivaciones reales de la prensa. Son recursos para entender la práctica periodística –aspiraciones, limitaciones, contradicciones, ilusiones, brújula ética. Este vocabulario nos permite entender y malentender. Parafraseando a Wittgenstein, los límites del lenguaje son los límites para la comprensión del mundo periodístico.

Amado desbroza el matorral de ideas para ayudarnos a comprender su utilidad y sus limitaciones. Descubre y examina el vasto yacimiento de titulares, nombres de periódicos, frases hechas y deshechas, pronunciamientos editoriales, y cultura popular para entender nuestro bagaje conceptual y normativo sobre el periodismo. Nos recuerda que es una institución sobrecargada de responsabilidades y expectativas, que dominó la sociedad moderna respaldada en economías saludables y expansivas, mientras que hoy intenta sobrevivir en el brutal mercado capitalista en transformación y ecologías comunicacionales superpobladas de opciones.

El texto disecciona con cuidadoso bisturí las narrativas sobre el periodismo, aquí y allá, con un conocimiento enciclopédico que enhebra temas y experiencias en una formidable vuelta al mundo. El análisis pone de manifiesto que las aspiraciones son más que simples deseos o petulancias: son prismas analíticos para imaginar las noticias y la ética periodística, y espejos de parques de diversiones que distorsionan las formas habituales de hacer periodismo.

Es difícil pensar en instituciones similares: híbridos comerciales con ambiciones de servicio público. No hay similares supermercados de la realidad noticiosa que informan y entretienen, nos den conciencia pasajera sobre “lo que ocurre” y conocimiento sobre sistemas complejos, ayuden a caminar la vida cotidiana y ampliar el sentido de mundo, documentan vicios de la política y vicisitudes del diario trajín, infundan esperanza y miedo, alimentan ciudadanía y consumo.

Ni el periodismo ni el público fueron modestos a la hora de arrogarse atributos y expectativas sobre su papel: primer borrador de la historia, agente cívico, detective del poder, megáfono vecinal, luz informativa en el camino oscuro, cruzado partidario, combatiente de la resistencia, proveedor de contenidos serios y diversiones varias, plataforma publicitaria, testimonial de la vida social, usina de ideas dominantes. Con tales expectativas, no hay reputación que aguante. Nadie puede cumplir tantos requisitos aun en las mejores condiciones de solvencia económica. ¿Qué institución pública o privada puede ser todo esto y más? ¿Cómo justificar ser una cosa y no la otra? ¿Quién paga por todos estos beneficios públicos y servicios privados?

Esta malla ideológica de altas virtudes no solo tamiza cualquier entendimiento del periodismo. Justifica ambiciones profesionales de una ocupación demasiado dinámica, cruzada por intereses y motivaciones, para encajar perfectamente en el molde de las profesiones clásicas. Cualquier profesión esgrime un ideario como su mejor cara, ya sea brindar salud o impartir justicia, por más que la realidad sea mucho más compleja y con áreas más grises y menos gloriosas. El periodismo no es la excepción. La diferencia es que carece de unión y consenso mínimo para hacer realidad cualquiera de sus más preciados ideales. Esto se debe en parte al caos mismo de la ocupación, con sus múltiples escenarios, tareas, y contextos de trabajo que hacen imposible cualquier uniformidad de prácticas.

Tampoco ayuda el hecho de que las palabras consagradas del léxico periodístico sean ambiguas, controversiales, disonantes y poderosas. Libertad, verdad, hechos, equilibrio, pasión, noticia, independencia, realidad no son precisamente términos claros y concisos. Por eso siempre queda abierto qué es el periodismo –profesión, arte, ciencia, ocupación, comunicación, propaganda. No hay canon, ni reglas idénticas, ni protocolos seguidos al dedillo, ni ética ocupacional común. Son preguntas que nunca se resuelven y que cada generación se ocupa de revisar según realidades cambiantes, prioridades y desafíos.

Esto conduce a otro tema diseccionado magistralmente por Amado: ¿Cómo se reposiciona el periodismo, con sus bártulos ideológicos y eternas esperanzas de ser hijo pródigo de la democracia, en el escenario actual de abundancia informativa? Hasta hace poco tiempo, el periodismo podía atribuirse el papel de dar certificado de realidad, la presunción implícita que una edición de papel o un noticiero de una hora constituían un documento veraz y medianamente completo de lo acontecido, lo importante, lo necesario, lo curioso. O en el peor de los casos, un documento imperfecto, una aproximación sensible, un resumen comprensivo.

Sabíamos que tales presunciones eran exageradas –no hay realidad que quepa cómodamente en 12 o 64 páginas, actualizaciones informativas, boletines noticiosos, 30 o 60 minutos de televisión o radio, o sitio en Internet. Hoy en día, cuando la información desborda por plataformas digitales y por fuera de las redacciones, es claro que nadie puede siquiera aspirar a contar todo lo que ocurre y es relevante. En el mejor de los casos, hay selección, recorte parcial, ráfaga de realidad que forma parte del vendaval de información con que nos enfrentamos cada vez que entramos en conexión digital. El periodismo flota junto al incalculable resto en los enormes y constantes cauces de comunicación pública.

El periodismo contribuye, con noticias, opinión, titulares, datos, historias, crónicas, testimonios, y el resto de su rico arsenal. Trata de ordenar el desorden y dar sentido al vértigo. En sus mejores días, sobresale en la maraña con sus verdades enteras y a medias, a pesar de mentiras abiertas y disimuladas propias y ajenas. Usualmente, sus esfuerzos, valiosos y humildes, quedan sepultados en la avalancha de expresiones públicas –videos, memes, posteos en medios sociales, mensajes, invitaciones a clics. La ironía es obvia: las mayores posibilidades de expresión que tantas veces el periodismo justificadamente defendió en nombre de derechos democráticos, diluyen su presencia. ¿Cómo legitimar la histórica especialidad del periodismo cuando pareciera que todos informamos y comunicamos?

La saturación de información hace replantear el papel y el impacto del periodismo. Por más que uno esté convencido que el periodismo es importante y único, en tanto no hay otra institución encargada de hacer lo que mejor hace (o debiera hacer), no es obvio cómo sobresale en el ambiente saturado de (des)información, rumores, versiones, opiniones y el resto. De ahí que el problema no sea principalmente debatir los nobles ideales en el pedestal del buen periodismo, sino su posibilidad y viabilidad en una realidad comunicacional diferente a la sociedad moderna donde surgiera.

Reflexionar sobre qué esperamos del periodismo, como hace este libro, es necesario para entender no solo qué esperamos, sino también cómo afecta la vida cotidiana y la salud democrática. Adriana Amado nos invita a esta reflexión sin dogmas y levantando con cuidado y suspicacia las piedras sagradas del periodismo y de esta manera cumple lo que el trabajo académico riguroso y crítico debe hacer.

PREFACIO LA OTRA VOZ
CHANI GUYOT DIRECTOR DE RED/ACCIÓN

Entre las cientos de transformaciones que el ecosistema digital trajo al periodismo y a los medios, ¿qué significó para la voz de los lectores? Si la tecnología transformó el modo en el que los periodistas hacen su trabajo, y el modo en el que las audiencias se informan y entretienen, ¿qué transformación introdujo al modo en que se expresan?

Por supuesto, allí están las redes sociales con su expresión coral y su espacio de experimentación caótica y fecunda. Con su capacidad para parir y matar formatos nuevos y diversos que expresan el potencial creativo de una audiencia activa. Hilos de Twitter como potentes microrelatos, stories de Instagram como crónicas de transparente cercanía, grupos de Facebook como, ahora sí, una nueva versión del ágora de Atenas.

Las redes sociales como el espacio de la expresión y el intercambio, la ocurrencia y la tontería. Un espacio tutelado por las plataformas, y las reglas, y a veces, la responsabilidad colectiva. Pero también un espacio que puede convertirse en injusto y peligroso. El espacio en donde, a veces, la gente dialoga.

El lugar reservado para esas cartas nació con los periódicos modernos, a mediados del siglo XVIII, cuando se confundían con las columnas de opinión, y habitualmente eran anónimas o firmadas con seudónimo. Siempre me gustó pensar la sección “Cartas de Lectores” como el espacio en donde la audiencia puede hackear a su medio. Es uno de los espacios privilegiados en donde un medio puede demostrar su tolerancia a la crítica, su honestidad intelectual, o su coraje. Tal fue el caso de John Peter Zenger, impresor y periodista alemán, fundador de The New York Weekly Journal. El 25 de febrero de 1733 publicó una carta de lectores contra los abusos de poder del gobernador real de la ciudad, William Cosby. La carta fue publicada bajo el seudónimo de Cato, y por esa y otras publicaciones el editor fue acusado de difamación. Luego de un largo juicio el jurado finalmente absolvió a Zenger, por el hecho de que lo que había publicado era cierto, y así el editor se convirtió en un símbolo de la libertad de prensa. Cato (seudónimo utilizado por los escritores británicos John Trenchard y Thomas Gordon) continuó publicando cartas que luego fueron reunidas en el libro Cartas de Cato, considerado “la principal luminaria de la teoría de la prensa libertaria del siglo XVIII”.

Recién hacia 1920 las cartas de lectores se agrupan e identifican en los principales periódicos, y a comienzos de los 70 encuentran su actual ubicación: justo entre las editoriales y las columnas de opinión. El modelo, creado en The New York Times por el editor James Reston y el director de arte Louis Silverstein, luego fue adaptado por los principales diarios del mundo. “La idea fue destacarlas, darles más visibilidad y publicar un mayor número”, me contó el propio Silverstein cuando compartimos un proyecto en La Nación, a fines de los 90.

Si históricamente un medio fue al mismo tiempo el insumo y el escenario de la conversación social, ¿qué le queda ahora? ¿Le quedan acaso los comentarios a las notas? Si bien cada tanto se encuentran excepciones, la regla hoy marca que la mayor parte de los comentarios son un monólogo de gente más o menos enojada, bastante convencida de lo que piensa, con mucha energía y tiempo para expresar su opinión, y poca paciencia y disposición para involucrarse en una conversación.

Mi tesis es que los medios, en cualquiera de los formatos, seguimos básicamente atados al modelo broadcast, unilateral, de una sola vía, que en el peor de los casos emula la vieja fórmula: “emisor-mensaje-receptor”. Los medios nos seguimos pensando como una fábrica de contenidos, una usina que genera y distribuye, una organización que produce y entrega. El problema es que desde este paradigma, los medios ignoramos de hecho la principal revolución del siglo XXI, la revolución de la participación. Parece que ahora el receptor tiene algo para decir. Y para hacer.

Su opinión, su experiencia, su conocimiento, su tiempo. Tras estos cuatro ejes de valor, algunos medios en el mundo comienzan a experimentar y a ensayar preguntas a las respuestas del millón: ¿qué significa para el periodismo el fenómeno de la participación? ¿Qué puede aportarle al periodismo la voz de las audiencias?

Si un medio históricamente se definió por su carácter editorial, sus temas, sus firmas y su tono, en el futuro también lo hará por su capacidad y estilo de escucha. Y por el modo en que sepa integrar esa participación de su audiencia para mejorar el impacto de su periodismo en la conversación social.

En 1990, año en que recibió el Premio Nobel de literatura, el mexicano Octavio Paz publicó La Otra voz, un ensayo en el que recupera a la poesía como el vehículo y experiencia de la otredad, como el lugar de encuentro entre el autor y el lector mediante el lenguaje.

Tal vez sea la voz de la audiencia esa otra voz que hoy necesita el periodismo para repensarse y encontrar su lugar en la conversación del siglo XXI. Tal vez sea la voz de la audiencia la que, una vez más, pueda hackear a los medios, para que entonces desplieguen su tolerancia a la crítica, su honestidad intelectual o su coraje.

€8,99
Altersbeschränkung:
0+
Umfang:
371 S. 3 Illustrationen
ISBN:
9789874161673
Verleger:
Rechteinhaber:
Bookwire
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