Buch lesen: "El vestigio de casa matrona Olivares"
El vestigio de
Casa Matrona Olivares
[Ada de Goln]
Primera edición: mayo de 2020
© Copyright de la obra: Ada de Goln
© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions
ISBN: 978-84-121867-0-3
ISBN digital 978-84-121867-1-0
Depósito Legal: B 9743-2020
Corrección: Teresa Ponce
Diseño de portada: Celia Valero
Ilustración de portada: Adrián Garre García Maquetación: Celia Valero
Edición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez ©Angels Fortune Editions www.angelsfortuneditions.com Derechos reservados para todos los países
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Dedicatoria
A mi madre preciosa, quien adoró esta historia mientras se estuvo gestando y ahora se muestra tan orgullosa de mí.
A ella porque es la persona que más ha creído en mí desde que era niña, la que me ha alentado siempre a seguir escribiendo.
Te quiero, mami
Es indiscutible pensar que en el momento de llegar a la casona yo tenía toda la vida por delante, que dirigí mis pasos a aquella mansión victoriana de principios del siglo xviii cuando menos necesitaba complicarme la vida. Pero los derroteros de mi destino quisieron que mis pies aterrizaran allí un día de otoño, soleado y bochornoso, para empezar una aventura que bien iba a cambiar mi esencia y mi alma. Si cierro los ojos, puedo ver el largo camino bordeado de altos cipreses y frondosos pinos, incluso puedo oír el murmullo del viento acariciando mis ropas, de demasiado abrigo para la sofocante mañana de octubre. Y si afino el oído, muy claramente, vuelvo a escuchar risas infantiles envolviendo el paisaje como espíritus juguetones, las risas de dos niños que se columpiaban en un balancín situado en lo alto de un montículo de tierra, separado de los olivos. Y junto a ellos, arreglando las flores que lo rodeaban en círculo, un hombre mayor podaba las malas hierbas y me miraba con asombro y descaro. Los niños, no obstante, ni se dieron cuenta de mi llegada.
La primera vez que vi al señor Ledesma sentado en una silla de jardín junto a la entrada supe que indudablemente era el patrono de la casa. De porte elegante y cautivador, muy delgado para tan desmesurada estatura, esperaba mientras leía el diario con el encanto de un príncipe. Me vio aparecer en la lejanía de la senda de los árboles y se levantó enérgico, con el diario en la mano, para avanzar unos pasos y acercarse deprisa hacia donde yo venía. En cambio, los niños sé yo que desde sus puestos en el columpio me miraron desafiantes, y el jardinero también.
—Buenos días. ¿Es usted la señorita Trujillo? ―me preguntó.
—Sí, señor ―contesté yo.
―¿Qué tal el viaje?
—El viaje en tren ha sido muy interesante, muchas gracias.
—Me alegro. Me alegro mucho.
El hombre iba ataviado con un traje negro y llevaba el pelo muy engominado hacia un lado. Su sonrisa era perfecta, y su porte distinguido y señorial como el de los galanes de las novelas románticas de la época. Me hizo acompañarle hacia la entrada de la casa y se prestó a llevarme la maleta, pero para aquel entonces el jardinero indiscreto ya había parado sus pies junto al porche y le arrebató mi equipaje al señor.
—Arturo, esta es la señorita Trujillo. Puedes llevar su maleta a su habitación.
—Sí, señor ―dijo el jardinero.
Era un hombre de unos setenta años, encorvado y con una barba blanca semejante a las de los antiguos reyes. Pero ni siquiera me miró, solo cargó la bolsa y entró al fresco vestíbulo.
Entonces el señor Ledesma, parando sus pasos en el porche de la casa, me miró extrañado para preguntarme:
—¿Por qué ha venido a Casa Matrona, señorita Trujillo? Una persona con su clase, y desde Barcelona… ¿Tiene al menos algún familiar en Jaén?
—Vi la oferta en el diario de Barcelona y no me lo pensé dos veces. Necesito este puesto de trabajo. Acabo de terminar la carrera y me creo muy capaz de enseñar a sus hijos a saber estar. No tengo ningún familiar por estas tierras, señor Ledesma, pero creo que me adaptaré pronto al clima de Jaén y a sus costumbres.
Entonces el hombre ensombreció su rostro, se apoyó en una de las columnas del porche y me dijo triste:
—Es conveniente que sepa, señorita Trujillo, que mi mujer falleció hace un mes y que la tristeza más profunda anida en nuestras almas. No será fácil lidiar con mis hijos, se lo aseguro, sobre todo con Sara. Está en una edad muy difícil y es la que peor lo lleva. Este no es un puesto de trabajo fácil, otras institutrices llegaron para quedarse, pero no duraron ni dos días en mi casa.
—Comprendo. Lo siento mucho, señor Ledesma. Yo… le aseguro que haré todo lo posible por llevarme bien con los dos.
Un viento placentero e inesperado llegó de repente al porche, y yo agradecí ese aire fresco que llenó mi persona de un profundo bienestar. El señor Ledesma entonces sonrió levemente, me miró con ternura y corrió unos pasitos para llamar a sus hijos, que con no muy buena gana se bajaron del columpio para venir a recibirme. Ambos se personaron junto a nosotros con cara de fastidio, sobre todo Sara, una niña de doce años, de cabellos cobrizos y cara pecosa que me miró con cara de pocos amigos nada más verme. Jacobo, en cambio, me saludó abiertamente y me regaló una sonrisa amplia al poco de acercarse. Tenía diez años y una palidez en el rostro evidente, pero algo me dijo desde un principio que me iba a llevar mucho mejor con él que con su hermana.
—Hijos, os presento a la señorita Trujillo.
—Hola ―me dijeron a la par, y Sara, dándose media vuelta se marchó corriendo de nuevo hacia el columpio.
La vi correr con su melena al viento, decidida, molesta, como siempre era ella en aquellos tiempos. En cambio, Jacobo se quedó a mi lado, mirándome fijamente.
—¿Sabe que nuestra madre ha muerto? ―me preguntó.
Yo lo miré con piedad y mucho cariño, asintiendo con la cabeza y tragando saliva por no llorar.
—Las otras se fueron muy pronto ―me dijo cabizbajo y triste―. ¿Usted es como las otras?
—Espero que no ―contesté yo.
Y salió corriendo en dirección de nuevo al columpio, junto a su hermana. Los vi cuchichear mientras me miraban, y los dos se montaron en el balancín mientras observaban la escena que se estaba llevando a cabo junto al porche.
—Los tres echamos mucho de menos a su madre ―dijo el señor Ledesma desde su lugar junto a la casa―. Desde que ella se fue, un velo de tristeza anida en esta casa. Mis hijos no quieren seguir con sus clases, apenas ríen… Necesito de su ayuda para devolverlos a su estado de ánimo normal. Son buenos críos, señorita Trujillo, solo les falta un poco de apoyo y normalidad en sus vidas…
—Lo intentaré —dije.
En aquel preciso momento una mujer de mediana edad apareció en el quicio de la puerta con una escoba entre las manos. Iba vestida de negro y llevaba el cabello recogido en un moño bajo. Una sonrisa radiante se dibujó en su rostro cuando me vio, dejó la escoba apoyada en la puerta y vino en seguida a saludarme, cogiéndome las manos.
—Buenos días ―dijo―. Mi nombre es Prudencia y soy la criada. Yo seré la encargada de ayudarle a serenar a esos críos y a llevarlos por el buen camino. Veo que ya los ha conocido. ¿Ha tenido usted buen viaje?
Y fue en aquel preciso momento cuando vi aparecer en las miradas del señor y la criada una prodigiosa luz de esperanza y sosiego. Conmigo un aura fresca bañó la estancia de Casa Matrona, y hasta yo me di cuenta de ello. A mí se me quitaron los nervios de la primera impresión, y tal recibimiento me resultó tan acertado que sonreí ampliamente cuando Prudencia me cogió del brazo para arrastrarme hacia la casa.
—Acompáñeme arriba ―me dijo, dejando al señor Ledesma solo en el porche.
Subiendo la escalinata de mármol hacia la planta de las habitaciones, pude evocar las románticas historias que leía a menudo en mis escasos ratos de ocio. Los cuadros, bellísimas obras de arte al óleo, amenizaban el blanco inmaculado de las paredes, y las fotografías familiares, colgadas también, recordaban a la madre muerta como a las hadas de los cuentos, preciosa y sublime. En cada uno de los retratos Sara y Jacobo posaban alegres y felices; sin embargo, ahora una sombra incuestionable hacía mella en sus jóvenes corazones.
—Son solo niños ―dijo Prudencia cuando estuvo todo colocado en los armarios de mi habitación―. Están confundidos y tristes por lo de su madre. No les tenga en cuenta su carácter agrio. Aprenderán a quererla muy pronto, se lo garantizo.
—No se preocupe. Adoro a los niños. Seré una buena amiga para ellos ―dije.
Entonces su sonrisa fue tan franca que me impresionó su gesto. Luego, me cogió de las manos y me dijo:
—Usted es diferente, señorita Trujillo. Bienvenida a Casa Matrona.
Y cerrando la puerta dejó que me quedara sola en la habitación, pulcra y perfumada, con una de las mejores iluminaciones de la casa.
Mientras tanto, en el balancín, columpiándose uno al otro, Sara y Jacobo mantenían una conversación. Un viento débil y suave acarició los rostros de los muchachos al mismo tiempo que se balanceaban serenos, y los rayos del sol de octubre bañaron sus cabellos.
—¿Crees que es como las otras? —preguntó Sara, sentada en el columpio.
—No lo sé ―contestó Jacobo, empujando a su hermana.
—¿Tendrá miedo a los fantasmas?
—¡Para ya con esas cosas, Sara! ¡Conseguirás que esta también se vaya! ¿Por qué las asustas?
Sara sonrió maléficamente. Bajó del columpio y, dirigiéndose a su hermano, le gritó:
—¡Aquí el único que se asusta siempre eres tú!
—¡Calla ya o se lo diré a papá!
—¡Siempre amenazas con lo mismo!
Jacobo entonces se echó a llorar.
—Echo de menos a mamá.
—Y yo.
—Si estuviera ella, no necesitaríamos a ninguna institutriz, y tú no contarías historias de miedo.
Sara volvió a sonreír.
—No son historias de miedo, los fantasmas existen.
—¡No existen!
—¡Sí existen!
Y así pasaban los días en Casa Matrona Olivares entre los dos hermanos. Me di cuenta aquel preciso primer día y lo corroboré en las sucesivas jornadas que conviví con ellos, porque no fue un día, ni dos, sino muchos más los que permanecí en la mansión de los Ledesma. Sara y Jacobo acudían a mis clases puntuales. Repasábamos las materias y estudiábamos especialmente religión, pues Jacobo hacía la primera comunión aquel año y debía tener muy fresca la historia de Cristo. El niño se mostraba cariñoso conmigo, me daba un beso de buenas noches todos los días al irse a la cama, pero, en cambio, jamás vi sonreír a Sara, quien siempre se dirigía a mí con desprecio.
—¿Por qué tengo que estudiar religión si hice la comunión hace dos años?
—Tu padre quiere que refresques la memoria.
—Yo ya me sé todo lo que me está enseñando. Además, la religión no sirve de nada si se ha hecho ya la comunión.
—Sí sirve ―dije yo.
—No, no sirve ―me contestó descarada, y entonces se levantó de su silla y fue a coger una fotografía de lo alto de una cómoda. Se acercó con ella y me la enseñó—. Esta soy yo el día de mi primera comunión.
Pude ver a una Sara sonriente y radiante vestida de blanco, con su rosario entre los dedos de sus manos y una carita angelical que mucho distaba de la que poseía ahora.
—Qué guapa estás —dije yo—. Deberías sonreír más.
—Sara no cree en Dios, señorita Trujillo —añadió entonces Jacobo.
La niña, con un gesto desafiante hacia su hermano, se dio media vuelta, colocó de nuevo la fotografía en la cómoda y salió de la habitación.
—¿Por qué dices eso? Se ha incomodado…
—Desde que murió mamá, Sara no cree en Dios. Por eso no quiere estudiar religión. Se pasa el día hablando de fantasmas porque dice que mamá es un espíritu protector que nos cuida de la gente mala. Ella piensa que las institutrices son malas personas, que quieren casarse con nuestro padre por su dinero y apartarle de nosotros.
—¿Eso piensa? Jacobo, yo he venido a ayudaros. Quédate estudiando, voy a hablar con tu hermana.
—¡No me deje solo, señorita Trujillo! ¡Quédese conmigo!
—Vengo enseguida, Jacobo.
—Pero… no quiero quedarme solo.
—¿Ah no? ¿Y por qué?
—Por los fantasmas…
—No debes tener miedo, Jacobo. Los fantasmas no existen.
—Yo creo que sí…
—Quédate estudiando.
—Pero…
Abrí las cortinas para que así entrase más luz a la habitación y salí en busca de Sara. La encontré llorando en un peldaño de la escalinata de mármol; sin embargo, en cuanto me vio, se restregó los ojos e hizo como si nada.
—Sara, ¿qué te pasa?
—Nada.
—Estás llorando. ¿Por qué has abandonado la clase?
—Ya le he dicho que no quiero estudiar religión.
—Jacobo dice que no crees en Dios. ¿Es eso cierto?
—Él no tiene ni idea de nada. Es pequeño y está cargado de miedos.
—Tiene ilusión porque va a hacer su primera comunión. Igual que la tenías tú cuando te tocó hacerla a ti. ¿Por qué tratas siempre de asustarlo?
—Solo quiero que sea un niño fuerte.
—Pero si le hablas de fantasmas, le estás metiendo muchos miedos, y él solo tiene diez años. Tú eres mucho más mayor.
—Señorita Trujillo, ¿usted cree en los fantasmas?
—Por supuesto que no.
—Pues debería… Mire detrás de usted.
Un escalofrío enorme recorrió por completo mi espalda, porque realmente sentí que alguien además de nosotras vigilaba mis movimientos. Me asusté, pero no quise que Sara se saliera con la suya bajo ningún concepto.
—¡Cállate, Sara, y vuelve a tu clase!
—Está detrás…
—¡Sara!
Sara se reía sarcásticamente cuando vi llegar al señor Ledesma por las escaleras, pues, como era de suponer, escuchó mi grito. Apareció sin aliento, enfadado y con susto en el cuerpo.
—¿Qué está pasando aquí?
—Yo… Se ha portado mal con su hermano y la he mandado al escalón —mentí.
—¿Qué has hecho ya, Sara?
—No he hecho nada —titubeó la niña, y la mirada que me profirió me heló la sangre.
—Señorita Trujillo, ya conoce a Jacobo, se asusta con facilidad. Vuelvan con él y no lo dejen solo mucho tiempo. En cuanto a ti, señorita, ya hablaremos más tarde.
Pero de pronto oímos a Jacobo gritar desde dentro de la habitación, y nos faltó tiempo a los tres para correr despavoridos a su encuentro. En el momento de entrar, vimos que el niño estaba tumbado en el suelo, inconsciente.
—¡Oh, Dios mío! —dijo el señor Ledesma.
Lo cogió entre sus brazos presa de un nerviosismo apabullante y lo llevó a su alcoba. Yo iba detrás, alterada, y Sara iba tras de mí. Cuando lo dejamos en su cama, el niño reaccionó, y lo primero que hizo fue proferirme golpes con sus puños, culpándome por haberle dejado solo en la habitación.
—Cálmate, Jacobo —dijo el padre—. ¿Qué es lo que ha ocurrido?
—¡Me dejó solo en la habitación!
—Jacobo —le dije yo—, tenía que hablar con tu hermana.
—¡Siempre es ella! ¡Ella es la culpable de todo! —añadió dirigiendo su mirada despiadada a la hermana que tras de mí se escondía maliciosa―. ¡Ella la llama y aparece!
—¿Quién aparece, cielo? ―pregunté curiosa.
—¡El fantasma!
El señor Ledesma miró hacia su hija con no menos que rabia, pero contuvo su enojo.
—¿Qué le has contado a tu hermano, Sara? —le gritó el señor Ledesma a la niña, que poco a poco iba alejándose de la cama—. ¿Qué le has contado? ¡Maldita sea!
—¡La verdad! ¡Le he dicho que esta casa está llena de fantasmas!
En aquel momento también entró Prudencia, calmando a todos con su presencia y su templanza.
—¿Ya estamos otra vez? ―dijo la criada.
Pero el señor Ledesma tenía bastante con interactuar con su hija, quien fue retrocediendo sus pasos hacia la entrada con actitud de marcharse.
La bofetada resonó en la habitación como con eco, y Sara, tras el golpe, salió corriendo con lágrimas en los ojos. Allí quedamos el señor Ledesma, Prudencia, Jacobo y yo, sumidos en un caos tremendo, preguntándonos por qué Sara se comportaba de aquella manera.
—Esto no puede seguir así —añadió el señor Ledesma, y se levantó enérgicamente para salir con prisas de la habitación.
Prudencia arropó a Jacobo y yo me senté junto a la cama, víctima de un choque emocional que me hizo sentir cada vez más culpable.
—Son espíritus del pasado de esta casa, señorita Trujillo —dijo Jacobo acomodándose en la cama—. Sara dice que son malos, y yo no quiero que estén aquí.
—No te atormentes más con ese tema, Jacobo. Me quedaré contigo hasta que te duermas.
—Anda, duérmete y descansa ―le dijo Prudencia.
La mujer descorrió las cortinas para que entrara la tenue luz del atardecer por los ventanales. El niño me dio un beso, cerró los ojos y se durmió. Prudencia, en cambio, me dio las buenas noches y desapareció por donde mismo vino.
El día segundo del quinto mes de mi estancia en Casa Matrona Olivares, Jacobo hizo su primera comunión. Llevó con ilusión su traje de marinero y se fotografió vestido así antes de irnos a la iglesia, adonde nos aventuramos a ir los cuatro en el auto de Luis Gregorio Ledesma. Allí, Jacobo comulgó junto a otros niños más, impecables todos en sus trajes de marinero. Después llevamos a Sara y a Jacobo a comer un helado y, antes de que anocheciera, volvimos a la mansión.
—Hoy ha sido un gran día para todos —dije yo mientras los acompañaba a sus respectivas habitaciones—, así que, después de una estupenda jornada, toca descansar.
—Mañana será lunes, ¿podremos salir de pícnic y almorzar al aire libre, junto a los olivos? —preguntó Jacobo—. Cuando Sara hizo la primera comunión, mamá nos preparó un pícnic y salimos los cuatro a disfrutar del día. Diga, ¿podremos?
—Si hace buen día y vuestro padre lo permite, no tengo inconveniente.
—Siempre antepone a nuestro padre para todo —añadió Sara—. Es usted sumamente aburrida.
Acostumbrada a sus desplantes, no hice caso de su comentario, así que acompañamos a Sara a su cama, le arreglé bien las ropas de dormir y le di un beso de buenas noches. Pero su malicia no se iba a quedar callada ni siquiera esa noche tan especial, pues, antes de salir Jacobo y yo por la puerta, la niña dijo:
—Ten cuidado esta noche, Jacobo —dijo Sara, amenazante—. Hoy has hecho la comunión y puede que mamá venga a verte.
El niño se puso pálido. Titubeó mientras giró la cabeza hacia su hermana, pensando en qué decir, pero en su lugar reinó el silencio. Le cogí de la mano y salimos ambos del cuarto, rápidos y silenciosos, y cerramos la puerta a nuestro paso. Cuando llegamos a la habitación de Jacobo, le acompañé a la cama, le arropé como a su hermana y le dije:
—Me quedaré contigo hasta que te duermas.
El niño, pálido como un difunto, me preguntó entonces:
—Eso que ha dicho Sara… ¿es cierto?
—No debes hacerle caso a tu hermana, ya te lo tengo dicho…
—Pero ¿y si existe esa posibilidad, señorita Trujillo, qué debo hacer?
—Pues… le dirás que la quieres mucho y se irá para siempre.
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