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Pierre Bourdieu

Pensamiento y acción



Bourdieu, PierrePensamiento y acción / Pierre Bourdieu. - 2a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2017.Libro digital, EPUB - (Mirada atenta)Archivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-599-493-51. Ensayo Filosófico. I. Título.CDD 190

Título original

Interventions 1961-2001. Sciences sociales et action politique. Textes choisis et présentés par Franck Poupeau et Thierry Discepolo.

© Éditions Agone, Marseille, France, 2002

Esta obra, publicada en el marco del Programa de Ayuda a la Publicación Victoria Ocampo, ha recibido el apoyo del Ministère des Affaires Etrangères y del Servicio Cultural de la Embajada de Francia en la Argentina.

Cet ouvrage, publié dans le cadre du Programme d’Aide à la Publication Victoria Ocampo, bénéficie du soutien du Ministère des Affaires Etrangères et du Service Culturel de l’Ambassade de France en Argentine.

Traducción Octavio Kulesz

Diseño de tapa: Juan Pablo Cambariere

© Libros del Zorzal, 2017

Buenos Aires, Argentina

Libros del Zorzal

Printed in Argentina

Hecho el depósito que previene la ley 11.723

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de este libro, escríbanos a: info@delzorzal.com.ar.

www.delzorzal.com

Índice

Prólogo | 5

I. Apoyo a las luchas sociales |@ 7

1. Vuelta a las huelgas de diciembre de 1995 | 8

2. Llamado por los estados generales del movimiento social | 16

3. Combatir la xenofobia de Estado | 18

4. Hartos del racismo de Estado | 20

5. El neoliberalismo como revolución conservadora* | 22

6. Las acciones de los desocupados arden | 30

7. Por una izquierda de izquierda* | 33

8. Vivimos una era de restauración | 38

9. Actualidad de Karl Kraus | 40

II. Los medios al servicio de la revolución conservadora |@ 48

1. Cuestión de palabras | 49

2. La miseria de los medios* | 54

3. Interrogantes acerca de un quiproquo | 63

4. ¿Puede la televisión criticarse a sí misma? | 65

5. Preguntas a los verdaderos amosdel mundo | 76

III. Resistiendo a la contrarrevolución liberal |@ 85

1. Carta abierta a los miembros de la misión de la ONU en Argelia | 86

2. Llamado europeo a una paz justa y duradera en los Balcanes | 91

3. Por una Austria en la vanguardia de Europa | 95

4. Manifiesto por los estados generales del movimiento social | 99

5. La nueva vulgata planetaria | 102

6. Carta abierta al director general de la UNESCO a propósito de la amenaza del AGCS | 111

7. La Europa social trastabilla | 116

8. Por una verdadera movilización de las fuerzas organizadas | 118

9. Por una organización permanente de resistencia al nuevo orden mundial | 122

10. Los investigadores y el movimiento social | 126

Prólogo

Las intervenciones públicas de Pierre Bourdieu desde las huelgas de diciembre de 1995 en Francia fueron objeto de condenas virulentas, en especial por parte de aquellos periodistas e intelectuales mediáticos cuyo poder había sido analizado por el sociólogo. Se lo acusó de descubrir tardíamente la acción política, de abusar de su notoriedad científica e incluso de regresar a formas intelectuales anticuadas. Lo que resultaba chocante era, ante todo, el hecho de que un experto interviniera, llevando su crítica implacable al dominio político. ¿Por qué este “mandarín” descendía a las calles?

Las apariciones del sociólogo en el espacio público se remontan, no obstante, a los tiempos de su ingreso en la vida intelectual, a comienzos de los sesenta, a propósito de la guerra de Argelia. A partir de ese momento, una reflexión constante sobre las “condiciones sociales de posibilidad” del compromiso político lo lleva a distanciarse tanto respecto del cientificismo aleccionador como del “espontaneísmo”, tan frecuente en aquella época de los “intelectuales libres”.

La presente compilación tiene por objetivo no sólo acercar diversos textos “políticos” o “críticos” a menudo poco accesibles o inéditos en español, sino también invitar a leer una obra muchas veces neutralizada y bloqueada por sus condiciones académicas de recepción. Esta colección de diálogos, análisis, textos de circunstancia y escritos que reaparecen en los libros bajo una forma más sofisticada intenta rescatar la última etapa del itinerario de un estudioso que consiguió articular como pocos la investigación científica y la participación política: nos referimos a ese trabajo de conversión de las pulsiones colectivas en impulsos críticos que otorga a la sociología ese alcance o esa utilidad sin la cual, como decía Durkheim, “no valdría ni una hora de esfuerzo”, pero también a esa vigilancia que permite a la ciencia social ayudar a romper con los problemas políticos y sociales banalizados por la “actualidad”, arrojándoles nueva luz.

La primera de las secciones que componen este libro contiene las principales intervenciones de Pierre Bourdieu en favor de luchas sociales puntuales, desde el ya mencionado apoyo a las huelgas de 1995 hasta la reivindicación de los movimientos de desocupados y otras víctimas de las políticas neoliberales implementadas incluso por gobiernos socialistas. En la segunda parte encontramos encendidos análisis del poder –y abuso de poder– de los medios, con permanentes alusiones a la concentración creciente de una “industria cultural” que ha engendrado nuevos y temibles “amos del mundo”. En la última de las secciones, Bourdieu, poniendo en juego todo su prestigio, llama a luchar y resistir contra el poder conservador que invade la escena internacional.

Podemos decir con dolor que la presión de los grupos financieros y corporativos consiguió –por lo menos hasta hoy– torcer el brazo de nuestros países latinoamericanos, y que las herramientas necesarias para revertir tal resultado no son fáciles de hallar. La misma pelea se traslada a ritmo acelerado al campo europeo e incluso estadounidense, y posiblemente asistamos a conflictos cada vez más duros en esas regiones. Pierre Bourdieu, quien lamentablemente ya no está entre noso­tros, abordó el tema sin ambages: el avance destructor de estos grupos arrasará con la política, las naciones, la cultura y el medio ambiente, a menos que las fuerzas progresistas de todo el mundo actúen sin demoras y conformen un movimiento de resistencia a escala planetaria.

Thierry Discepolo

Franck Poupeau

Octavio Kulesz

I

Apoyo a las luchas sociales

De diciembre de 1995

a Raisons d’agir

1

Vuelta a las huelgas

de diciembre de 19951

En Francia, al igual que en Alemania, numerosos intelectuales y políticos opinaron que las huelgas de diciembre de 19952 eran retrógradas y corporativistas. ¿No podrían considerarse, por el contrario, como movimientos de reacción frente a las políticas neoliberales de retirada del Estado, en conformidad con los criterios de Maastricht3?

Nunca la subordinación de ciertos intelectuales respecto de las fuerzas políticas y económicas había sido tan visible como cuando se produjo ese movimiento, absolutamente sorprendente por su amplitud y su duración. No conformes con describirlo como una especie de movimiento reaccionario, retrógrado, arcaico, nacionalista y aun racista (como hizo Michel Wieviorka4 en un artículo de Le Monde), algunos –sobre todo periodistas, con los privilegios que poseen, pero también “filósofos del periodismo”– denunciaron los privilegios de los huelguistas, en especial los de la SNCF5, “aferrados” a la defensa de sus conquistas. Y todo esto sin tener en cuenta los signos que dicen lo opuesto. Por ejemplo, cuando se produjo la manifestación de la estación de Lyon y yo expresé la solidaridad de los intelectuales –o, para ser exactos, de una fracción de ellos–, los huelguistas recibieron encendidos aplausos de la masa de asistentes. Además de los portavoces de diversos sindicatos estaban los movimientos en apoyo a los sin techo, indocumentados e inmigrantes en general. Esta solidaridad de los trabajadores con los desocupados y los inmigrantes no dejó de afianzarse desde entonces, por ejemplo con el movimiento de “desobediencia civil” contra la consolidación de las “leyes raciales”, denominadas leyes Pasqua. Los periodistas e intelectuales que hablaron de “populismo” para referirse a este movimiento, a fin de establecer el paralelo con el Front National6 y Le Pen, son estúpidos o deshonestos, o ambas cosas a la vez; pienso por ejemplo en Jacques Julliard, más conocido como editorialista del Nouvel Obser­vateur que como historiador, quien en una obra dedicada al año 1995 pretendía colocarme en la misma bolsa que a Pasqua. Esta amalgama también se halla en la base de la crítica conservadora a todos los cuestionamientos a la Europa de Maastricht y a la política neoliberal que se practica en su nombre. En todos los casos, se trata de excluir la posibilidad de una crítica de izquierda a una política económica y social reaccionaria que se oculta con un lenguaje liberal y hasta libertario –”flexibilidad”, “desregulación”, etc.– y que nos presenta esta libertad forzada como un destino inevitable, con el mito de la “globalización”.

Las huelgas de 1995 en Francia parecen haber jugado un rol precursor en Europa. A partir de allí surgieron movimientos de protesta en otros países, sobre todo en Alemania, con los mineros, los trabajadores del sector siderúrgico o las movilizaciones contra el desmantelamiento del Estado Social. ¿Esto no invalidaría el tema del “fin de la historia” –como lucha de clases– desarrollado por los conservadores luego de la caída de los regímenes llamados “comunistas”?

Efectivamente, el movimiento francés, que tuvo repercusiones inmensas en toda Europa –un poco como en 1848–, contribuyó sin duda a acelerar la toma de conciencia y en especial a demostrar que, a pesar del desempleo masivo y la precarización del conjunto de los trabajadores manuales e intelectuales, un movimiento era posible.

Nada me causó más satisfacción –y no sólo a mí– que los innumerables testimonios de solidaridad dirigidos al movimiento de diciembre de 1995 y también la referencia explícita que hicieron los huelguistas alemanes al movimiento francés. Pero lo más importante es que en todas partes se comprendió lo que se escondía detrás de la invocación a la necesidad económica: el regreso a una forma modernizada de capitalismo salvaje y la demolición del Estado Social. Creo en efecto que el desplome de los regímenes “comunistas” o “socialistas” –si bien no tuvo nada que ver con el fin de la historia– dio a los dominantes una ventaja provisoria en la lucha por la imposición de las condiciones más favorables a sus intereses. Y así vimos reaparecer formas de explotación propias del siglo xix o aun peores, en cierto sentido, en la medida

en que introdujeron las estrategias más modernas del management al servicio de la maximización del beneficio.

¿Qué fue lo que lo incitó a solidarizarse con los huelguistas, en oposición a numerosos intelectuales franceses que se mantuvieron al margen o llegaron a mostrarse hostiles frente al movimiento? ¿Qué lo llevó a dar ese discurso en presencia de los ferroviarios de la estación de Lyon y a aparecer –por ejemplo en Alemania– como la única referencia crítica de la Europa liberal de Maastricht?

Indudablemente ya estaba preparado por mis investigaciones –pienso en particular en La misère du monde7– para comprender la significación de un movimiento contra el retiro del Estado. Mientras que la mayoría de los intelectuales entonaban loas a la salud del liberalismo, yo pude evaluar los efectos catastróficos que habían producido las primeras medidas liberales, por ejemplo en el terreno de la vivienda. También veía las consecuencias de la “precarización” de los empleos tanto en la función pública como en el sector privado: pienso en los efectos de censura y “conformismo” derivados de la inseguridad laboral, en especial en la producción y transmisión cultural, entre la gente de radio, de televisión, entre los periodistas y también cada vez más entre los profesores. A diferencia de la mayoría de los “intelectuales” que toman la palabra en los medios, yo estaba, gracias a mi trabajo, al tanto de la realidad del mundo social, sin ser víctima de las deformaciones que se originan en la fe en las construcciones formales, problema típico de muchos economistas. Considero que la autoridad de la economía y de los economistas fue sin duda uno de los factores de la complicidad que numerosos intelectuales otorgaron al discurso dominante o, por lo menos, de la reserva en que se mantuvieron, convencidos de que no poseían la competencia necesaria para evaluar adecuadamente los discursos sobre la “globalización” o sobre las restricciones económicas asociadas al tratado de Maastricht. El efecto de teoría se ejerció principalmente sobre los intelectuales pero también, con más sutileza, sobre los líderes de los movimientos sociales y los trabajadores, a través de la doxa económica que la radio y la televisión no dejaron de emitir y que recibió la aprobación de pequeños intelectuales vagamente impregnados de cultura económica, como el caso de los ensayistas de la fundación Saint-Simon8. Esto es lo que hoy hace particularmente necesaria la intervención de investigadores informados y preparados para combatir en igualdad de condiciones contra los habladores a menudo ignorantes que, decididos a imponer una visión puramente económica del mundo político, se apoyan en la autoridad de una ciencia que no manejan. De hecho, este discurso dominante es extremadamente frágil y alcanzaba con trabajar un poco para darse cuenta de ello. Pero en estas cuestiones los intelectuales prefieren recurrir a las impresiones de la opinión o a los veredictos de los periodistas. Recuerdo por ejemplo haber expresado ciertas dudas sobre el credo de la “globalización” –y la “relocalización”, su variante seudomarxista–, observando que la parte de las importaciones europeas de bienes provenientes de países no europeos, si bien aumentó ligeramente a lo largo de los últimos treinta años –cerca del 1%–, proporcionalmente es muy baja –menos del 10% del producto bruto interno (PBI)–. Los intercambios de Europa con los nuevos países industrializados, como los del sudeste asiático, representan un poco menos del 1% del mismo PBI europeo. Es, como vemos, el mito de Hong Kong y Singapur, nueva variante del famoso “peligro amarillo” que se nos arrojó –igual que el mito japonés para los estadounidenses– para justificar como necesarias, inevitables y fatales las políticas de demolición de las conquistas sociales de los trabajadores. Un hecho semejante, que cualquiera con un pequeño esfuerzo podía constatar y que, una vez quebrada la evidencia de la doxa –ruptura para-dójica9 que incumbe al verdadero investigador–, circula hoy cada vez más –¡sin alcanzar todavía a los periodistas!­–, es suficiente para arruinar todos los discursos fatalistas e impedir que la “globalización” cargue con todas las desgracias de la época, empezando por el desempleo. Tal vez lleguemos incluso a descubrir que una política europea común destinada a prohibir el dumping social, que tiende a agravar las cosas en términos de conquistas sociales, podría neutralizar los efectos funestos de la competencia; y, más precisamente, a notar que una política de reducción del tiempo de trabajo sin reducción de salario en el conjunto de los países europeos aportaría una solución al desempleo sin acarrear ninguna de las consecuencias catastróficas que se invocan para oponerse a esa medida.

Puede verse por lo tanto que yo no fui tan irresponsable ni irrealista cuando sostuve, en diciembre de 1995, que la huelga tenía como objetivo defender las conquistas sociales de una fracción de los trabajadores y, a través de ellos, de toda una civilización, encarnada y garantizada por el Estado Social, capaz de defender el derecho al trabajo, la vivienda, la educación, etc. Y dentro de la misma lógica podía contraponer, frente a lo que llamé “el pensamiento Tietmeyer”10 –pariente por su fatalismo económico de lo que en otros tiempos se llamaba “el pensamiento Mao”–, la necesidad de crear instituciones políticas, un Estado Social europeo capaz de administrar racionalmente –con una racionalidad que el racionalismo de cortas miras de los economistas de turno ignora– el espacio económico y social de Europa; capaz sobre todo de apartar a los diferentes Estados de la competencia delirante por la competitividad mediante el refuerzo del “rigor salarial” y la “flexibilidad”. Y todo esto para invitarlos a una cooperación razonada en las políticas de reducción del tiempo de trabajo asociadas a medidas imposibles o ruinosas, como lo repiten los falsos expertos mientras aquellas son implementadas en un país. (No hace falta decir que una política semejante, por su mismo éxito, volvería concebible y realizable una acción destinada a transformar las relaciones de fuerza en el campo económico mundial y a contrariar, al menos parcialmente, los efectos del imperialismo.)

El grupo de trabajo Raisons d’agir11 surgió de esta experiencia de solidaridad con los huelguistas. ¿Cuáles son sus objetivos y sus modos de acción? ¿Cuáles han sido sus efectos?

El grupo de trabajo Raisons d’agir, que conformamos justo después de las huelgas de diciembre para tratar de realizar en la práctica esa suerte de “intelectual colectivo” por el que hace años vengo clamando, nació del intento de producir los instrumentos de una solidaridad práctica entre los intelectuales y los huelguistas. Nos hemos reunido regularmente y contamos con publicar pequeños libros muy baratos en los cuales se presenten los resultados de las investigaciones más rigurosas sobre una cuestión política, social o cultural importante, con propuestas de acción concretas. El primero de la serie fue mi Sur la televisión12, que tuvo un éxito extraordinario –ya vamos por los 100.000 ejemplares–, lo cual nos permitirá financiar sin problemas los libros siguientes. Me olvidé de decirlo, pero hemos fundado una editorial.

Para que este trabajo sea realmente serio y eficaz debe reposar sobre una base internacional: hemos construido –con su ayuda en el caso de Alemania– una red de investigadores y de grupos de investigación que esperamos poder movilizar para tal o cual tema –por ejemplo, enviamos un cuestionario a todos los miembros de la red a propósito de la política en materia de inmigración– y nos gustaría que los trabajos pudieran elaborarse en francés. Una de las funciones de la red es difundir estudios ya publicados que valdría la pena editar en francés en la colección Raisons d’agir o producir textos originales que puedan publicarse en varias lenguas; varios editores –alemanes, griegos, italianos, estadounidenses, etc.– se comprometieron a publicar casi toda la serie en sus respectivos idiomas. De este modo se constituirá una especie de enciclopedia popular internacional en la que los militantes de todos los países podrán encontrar armas intelectuales para sus luchas. La tarea es difícil: las ciencias sociales realizaron enormes progresos y sólo a través de un particular esfuerzo podrá hallarse en cada caso el modo de expresión simple y eficaz que consiga transmitir sin pérdidas ni deformaciones los resultados de la investigación.

2

Llamado por los estados generales del movimiento social13

¿En qué sociedad deseamos vivir y en qué sociedad queremos que vivan nuestros niños? Esa es la pregunta que planteó el movimiento social de noviembre y diciembre de 1995, y esa es la razón por la cual la gran mayoría de la población la reconoció como legítima. En efecto, los grandes problemas que señalaron los huelguistas y los manifestantes son problemas de todos.

¿Qué lucha contra el desempleo y la exclusión, por una sociedad de pleno empleo, en particular por la reducción del tiempo de trabajo?

¿Qué servicios públicos, garantes de la igualdad y la solidaridad, aliados de los ciudadanos y creadores de empleo?

¿Qué otra Europa para el mañana, que le dé la espalda al liberalismo, una Europa democrática, ecológica y social?

El movimiento social planteó con una fuerza enorme la cuestión de la igualdad efectiva de los derechos para todos, hombres y mujeres, nacionales e inmigrantes, habitantes de las ciudades y del campo. ¿Cómo luchar por los derechos de las mujeres, cómo conquistar una igualdad política y social real? ¿Cómo defender el acceso al saber y al empleo para todos los jóvenes, cómo garantizar una escuela pública abierta a todos? ¿Cómo combatir la exclusión, cómo imponer el derecho a la vivienda y los nuevos derechos para los desempleados, los excluidos y los pobres?

Los desafíos suscitados por la globalización, en todos y cada uno de los países, exigen una respuesta global que no podría consistir en la sumisión a las leyes del mercado. A su manera, el movimiento social ya aportó elementos de solución. Sin embargo, nadie puede pretender que las respuestas presentadas sean definitivas. Estas se elaboran únicamente a través del debate, la confrontación, dándole la palabra a todo el mundo, y no por el veredicto de seudoexpertos.

En diciembre, intelectuales, sindicalistas, líderes de movimientos feministas, asociaciones de desocupados y sin techo hicieron causa común. Proponemos que hoy se reencuentren, se abran a todos aquellos que se preocupan, en cada ciudad francesa, por elaborar, a partir de las inquietudes cotidianas, sus propias respuestas. Sugerimos que tengan lugar, desde ahora y a lo largo de todo el año, vastos estados generales, pluralistas y descentralizados, en los cuales se reúnan las quejas y se elaboren proyectos. Propo­nemos que circulen textos y documentos de unos a otros y que todas estas iniciativas descentralizadas sean objeto de una discusión general el 24 de octubre, aniversario del comienzo de la huelga de los ferroviarios. Y esto también queremos hacerlo juntos.

Invitamos a todos aquellos y aquellas que se reconocen en este llamado a tomar iniciativas de debate y de colaboración y a difundirlas.

3

Combatir la xenofobia de Estado14

Habría mucho para decir y repetir acerca de la política estival del Gobierno, y no sólo en materia de recepción de extranjeros. Pero la última medida de M. Debré15 es ejemplar por su carácter absurdo, que revela la incoherencia de una política completamente demagógica.

En lugar de regularizar a los trescientos indocumentados de Saint-Bernard en París, que luchan desde marzo por obtener permisos de residencia, el ministro de Interior ha hecho hospitalizar a la fuerza, el 12 de agosto, a los diez extranjeros que, en nombre de todos los demás, llevan a cabo una huelga de hambre hace cuarenta días. Según la opinión de los médicos, su estado de salud aún no inspiraba ninguna inquietud. Se trató entonces de una simple demostración de fuerza destinada a probar la determinación represiva del Gobierno.

Esta intervención es absurda. Ignora la amplitud de la desesperanza de miles de extranjeros que carecen de documentación. Ayer eran solicitantes de asilo nacidos en países sumidos en la violencia, cónyuges e hijos de extranjeros regulares privados del derecho a vivir en familia; hoy están legítimamente en Francia luego de muchos años y han multiplicado en vano los intentos de obtener un permiso de residencia y de trabajo. Desde la primavera, una veintena de ocupaciones de locales y de huelgas de hambre a lo largo del territorio nacional elevaron a la escena pública la miseria de tantos hombres y mujeres que, antes de llegar a estos actos extremos, ya habían agotado todos los recursos.

Hoy no hay otra salida que la regularización de la situación de estos extranjeros que en los últimos veinte años han caído en las garras de las leyes, cada vez más duras, fundadas en el mito irrealista y liberticida de la clausura de las fronteras. ¿Cómo obligar al Gobierno a romper con esta política criminal que nos compromete a todos por sus motivaciones y su estupidez? ¿Cómo combatir la xenofobia de Estado que corre el riesgo de imponerse poco a poco como un dogma? ¿Cómo impedir que se instale en el poder la más vergonzante de las demagogias?

El llamado a los ayunos solidarios, que recorrió toda Francia para promover la regularización de la situación de los indocumentados de Saint-Bernard y de los extranjeros que pasan por trances similares, da la impresión de ofrecer una respuesta a estas preguntas. La solidaridad con los extranjeros amenazados en sus derechos, su dignidad, su existencia misma, puede ser el principio de una nueva solidaridad de todos aquellos que buscan resistir a la política de la bajeza.

4

Hartos del racismo de Estado16

Estamos hartos de las tergiversaciones de todos estos “responsables” elegidos por nosotros que nos declaran “irresponsables” cuando les recordamos las promesas que nos hicieron. Ya estamos hartos del racismo de Estado que ellos autorizan. Hoy mismo uno de mis amigos, de origen argelino, me contaba la historia de su hija, que había venido para reinscribirse a la universidad: una empleada le pedía, con total naturalidad, sus papeles, su pasaporte, sólo porque su apellido sonaba árabe.

Para terminar de una vez por todas con estas humillaciones y bromas de mal gusto, impensables hace algunos años, hay que marcar una ruptura clara con una legislación hipócrita que no es más que una concesión inmensa a la xenofobia del Front National. Anular las leyes Pasqua y Debré17, pero sobre todo terminar con los propósitos hipócritas de todos los políticos que, en una época en que se reconsideran los compromisos de la burocracia francesa en el exterminio de los judíos, prácticamente dan el visto bueno a quienes expresan las pulsiones más bestiales y xenófobas, como la empleada de la universidad que he mencionado.

No sirve de nada embarcarse en grandes discusiones jurídicas sobre los méritos relativos de tal o cual ley. Hay que abolir pura y simplemente una ley que, por su misma existencia, legitima las prácticas discriminatorias de los funcionarios, pequeños o grandes, y contribuye a arrojar una sospecha general sobre los extranjeros, sin importar sobre quién. ¿Qué es eso de que un ciudadano deba probar a cada instante su ciudadanía? (Muchos padres de origen argelino se preguntan qué nombres dar a sus hijos para evitar molestias futuras; y la funcionaria que hostigaba a la hija de mi amigo se sorprendía de que se llamara Mélanie...)

Digo que una ley es racista si autoriza a un funcionario cualquiera a cuestionar la ciudadanía de alguien por la simple inspección de su cara o de su apellido. Y esto sucede hoy mil veces por día. Es lamentable que no haya en el Gobierno –tan civilizado– de Jospin18 un solo portador de uno u otro de estos estigmas, una cara negra o un nombre de resonancias árabes, para recordar al señor Chevènement19 la distinción entre el derecho y las costumbres, y que hay disposiciones del derecho que autorizan las peores de las costumbres.

Libro todo esto a la reflexión de aquellos que, silenciosos o indiferentes hoy, vendrán, en treinta años, a expresar su “arrepentimiento” en un tiempo en que los jóvenes franceses de origen argelino se llamen Kelkal20.

5

El neoliberalismo

como revolución conservadora21*

Agradezco al Instituto Ernst Bloch, a su director, Klaus Kufeld, a la ciudad de Ludwigshafen, a su intendente, Wolfgang Schulte, y a Ulrich Beck por su laudatio generosa que me lleva a creer que podremos, algún día no muy lejano, ver realizada la utopía del intelectual colectivo europeo por la que hace tanto tiempo lucho.

Soy consciente de que el honor de ser puesto bajo la égida de un gran defensor de la utopía, ahora desacreditada, maltratada y ridiculizada en nombre del realismo económico, me incita y me autoriza a intentar definir lo que puede y debe ser hoy el rol del intelectual, en su relación con la utopía y en particular con la utopía europea.

Vivimos una era de restauración neoconservadora. Pero esta revolución conservadora reviste una forma inédita: no se trata, como en otros tiempos, de invocar un pasado idealizado, a través de la exaltación de la tierra y la sangre, temas agrarios, arcaicos. Esta revolución conservadora es algo nuevo, apela al progreso, la razón, la ciencia –por ejemplo, la economía– para justificar la restauración e intenta así desplazar al pensamiento y la acción progresista hacia el arcaísmo. Convierte en normas de todas las prácticas, y por lo tanto en reglas ideales, las regularidades reales del mundo económico abandonado a su propia lógica, la llamada ley del mercado, es decir, la ley del más fuerte. Aprueba y glorifica el reino de los mercados financieros, o sea el retorno a una suerte de capitalismo radical, sin más ley que la del beneficio máximo, capitalismo sin freno ni disimulos pero racionalizado, llevado al límite de su eficacia económica gracias a las formas modernas de dominación –como el management– y a las técnicas de manipulación –como las encuestas, el marketing y la publicidad–.

Si esta revolución conservadora confunde es porque ya no tiene nada de aquellos movimientos conservadores de 1930; adopta todas las poses de la modernidad. ¿Acaso no proviene de Chicago? Galileo decía que el mundo natural está escrito en lenguaje matemático. Hoy nos quieren hacer creer que es el mundo económico y social el que puede resolverse con ecuaciones. Gracias a las matemáticas –y al poder mediático–, el neoliberalismo se ha convertido en la forma suprema de la sociodicea conservadora que se anunciaba desde fines de los sesenta bajo el rótulo de “fin de las ideologías” o, más recientemente, de “fin de la historia”.

Aquello que nos proponen como horizonte insuperable del pensamiento –es decir, el fin de las utopías críticas– no es otra cosa que un fatalismo económico. Y recordemos la crítica que Ernst Bloch formulaba contra lo que había de economicismo y fatalismo en el marxismo: “El mismo hombre –es decir, Marx– que despejó de la producción todo carácter fetichista creyó analizar y exorcizar todas las irracionalidades de la historia como si fueran simples oscuridades surgidas por la situación de clase, por el proceso de producción, oscuridades que no habían sido vistas ni comprendidas. El mismo hombre que expulsó de la historia todos los sueños y utopías, todo telos22 proveniente del ámbito religioso, con las ‘fuerzas productivas’ y el cálculo del ‘proceso de producción’ se comporta del mismo modo constitutivo, panteísta y místico; recupera en última instancia la misma potencia determinante que Hegel había reivindicado para la ‘Idea’ o Schopenhauer para su ‘Voluntad’ alógica”23.

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Altersbeschränkung:
0+
Veröffentlichungsdatum auf Litres:
26 März 2025
Umfang:
142 S. 4 Illustrationen
ISBN:
9789875994935
Rechteinhaber:
Bookwire
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