Buch lesen: "Mamá, no estoy muerta"


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M334 Mariela SR-Coline Fanon, 1986
Mamá, no estoy muerta
Guatemala: Piedrasanta, 2022
244 p. : 21 cm

Cuidado de la edición
Francisco Morales Santos
Luisa Fernanda Bran Alegría
Versión al castellano
Carol Zardetto
Diseño de interiores
José Javier Pinto Gaitán
Coordinación gráfica
Michelle Orozco
Gerente de producción editorial
Daniel Caciá
Directora
Irene Piedrasanta
ISBN impreso: 978-9929-562-65-3
ISBN digital: 978-9929-562-67-7
Primera edición: 2022
© 2022 Mariela SR - Coline Fanon
© 2022 Kennes Editions
© 2022 Traducción y versión al castellano Editorial Piedrasanta
© 2022 para la presente edición
Editorial Piedrasanta.
5. calle 7-55 zona 1
Guatemala Ciudad.
PBX: (502) 2422-7676
5966-2271
www.piedrasanta.com
EditorialPiedraSanta
@editorialpiedrasanta
Prohibida la reproducción parcial o total de este libro por cualquier método, digital, fotográfico y fotomecánico sin la autorización de Editorial Piedrasanta.
Mariela SR - Coline Fanon

no estoy
muerta

La increíble
historia de Mariela,
secuestrada al nacer
“La lealtad hace familia, la sangre hace parientes”
Prólogo
Tengo 34 años, dos hijos —una niña traviesa y un niño muy vivaz—, un esposo estupendo y un buen trabajo. Vengo de una familia muy cariñosa y atenta. Me encanta tocar el piano y me apasiona la fotografía. Soy “casi” una mujer común y corriente. Digo “casi”, pues soy adoptada. Por fin me atrevo a decirlo. De niña, mis rasgos faciales y mi vida en Bélgica no delataban que hubiera nacido en otro lugar. A pesar de ello, a medida que crecía, deseaba saber de dónde venía.
Me contaron la historia de que mi madre biológica era demasiado pobre y que por eso me abandonó. Una historia clásica de adopción y, sin duda, la razón más moral y honorable para separarse de una hija. Intento imaginar la tristeza y la angustia, mezcladas con el coraje, de una decisión así. La adopción significa, con frecuencia, no tener otra opción más que entregar a un niño a lo desconocido después de haberlo llevado en el vientre y darle vida, para ofrecerle una oportunidad de sobrevivencia. En cierto modo, es renunciar a la propia sangre para desafiar un destino adverso. En mi caso, fue diferente.
Un ser humano, vivo o muerto, no tiene precio. Pero la demanda crea la oferta. Surgen oportunidades, nacen intereses y comienza el tráfico. De ser invaluable, un niño pasa a ser una mercancía que se cotiza en dinero.
No estoy en contra de la adopción. De eso, ni duda cabe. Más bien, lo que deseo es sensibilizar a las personas para que se les permita a los niños adoptados disfrutar de su derecho fundamental a reunirse con su familia biológica si así lo desean; realizar activismo en favor de que se revisen y modifiquen en profundidad las leyes, acuerdos y convenios internacionales que rigen las adopciones. Como el país “de origen” a menudo no puede garantizar la autenticidad de los certificados de nacimiento, el país adoptante debiera poder realizar todas las comprobaciones necesarias. No tendría que haber lagunas ni presunciones en los procesos de adopción. Utilicemos la genética y los perfiles de ADN para probar la paternidad, en el caso de la adopción voluntaria. La humanidad es preciosa, invaluable. Adoptarla es respetarla. Mercadearla es burlar ese respeto.
Gracias a la meticulosa costumbre de mi madre adoptiva de hacerme un hermoso álbum de recuerdos, hoy tengo la oportunidad de disponer de un expediente completo, escrupulosamente conservado y acompañado de mil y una fotos, numerosas cartas y otras notas. Estos preciosos elementos me han permitido desandar el hilo de mi vida hasta encontrar mis raíces. Deseaba compartir en un libro esta increíble búsqueda de la verdad.
Este libro es mi historia, un legado para mis hijos, la verdad sobre nuestra familia. Es una forma de hacer justicia a mis padres de sangre, de honrar el extraordinario valor de mi madre y el lugar que mi padre me ha hecho en su corazón y en su vida desde nuestro reencuentro. Es también un homenaje a mis padres de corazón, de toda la vida, a quienes amo profunda e incondicionalmente. Por último, es un deber de memoria que llevo a cabo con la Fundación Racines Perdues-Raíces Perdidas (RP-RP), que representa a varios centenares de personas que se enfrentaron al horror de la trata de seres humanos cuando fueron adoptadas y que siguen buscando a sus familias por todo el mundo. Evitemos que mi historia, nuestras historias, se repitan.
¡Nunca más! ¡Plus jamais ça!
PARTE I
Los inicios de una conmoción
1.
Una familia que no es como cualquier otra
Mis padres nunca me ocultaron las circunstancias de mi llegada a Bélgica y siempre me contaron, a grandes rasgos, la historia de mi primera infancia. Esto es, que mi madre biológica se llamaba Lorena y que fueron a buscarme a Guatemala cuando yo tenía once meses, tras una larga batalla administrativa mitigada por la alegría que les produjo mi presencia.
Al igual que muchos de nosotros, tengo vagos recuerdos de mi tierna infancia. Recuerdo nuestra gran casa de las Ardenas, así como los olores de la deliciosa cocina de mi madre Colette y las notas de jazz, blues o rock que mi padre Yves solía escuchar en el salón. También recuerdo haber sido madrugadora; siempre me levantaba al amanecer, para disgusto de mis padres.
Cuando llegué a Bélgica, los médicos descubrieron que tenía un ureterocele, lo que explicaba mi fiebre alta y estado apático. No descartaron que esta malformación, caracterizada por una dilatación del extremo inferior del uréter, pudiera ser consecuencia de la introducción tardía de elementos sólidos en mi dieta; ni la posibilidad de que, durante toda mi vida, tendría que estar controlada para evitar una intervención quirúrgica, en caso de que se produjera una disfunción renal. Naturalmente, mi madre decidió dejar de trabajar. Con paciencia, se dedicó a diversificar mi dieta y a enseñarme francés. Subrayo lo de “con paciencia” porque, aún hoy, sigo prefiriendo los alimentos blandos y líquidos, algo que la hace sonreír.
En 1989 mis padres fueron a Surinam por Sara, su segunda hija y mi pequeña hermana. Durante este tiempo me quedé con mi abuela materna, con la que establecí un vínculo especial; ella sería mi confidente a lo largo de toda su vida. Sara y yo crecimos en un entorno saludable en el que la cultura era muy importante. Íbamos al cine y a los museos tan a menudo como era posible y visitábamos exposiciones regularmente. Nuestras fiestas de cumpleaños fueron mágicas y nuestras vacaciones siempre soleadas. Aprendí a tocar el piano. Ahora me apasiona el patinaje artístico y la gimnasia. Canto en un coro con mis primos y mi abuela paterna. Bailo hip-hop, bachata, merengue... bailar me libera. En la escuela nos llamaban “la tribu de Fanon”, yo formo parte de ella y eso me enorgullece.
El único punto negro de esta bonita foto son las noches. La misma pesadilla me persigue sin descanso: estoy sentada en una barca, en una enorme extensión de agua, una gran sombra negra aparece de repente, derriba la barca lanzándome al aire y, luego, caigo en el vacío. Me despierto sobresaltada, jadeando, asustada, con el corazón a punto de estallar. Durante mucho tiempo, me fue imposible dormir sin la presencia de mis padres o de mi hermana Sara.
A los 9 años, mi piel empezó a oscurecerse y mi pelo a rizarse, así que lo alisé y amarré para ocultar esa melena poco dócil. También adquirí la costumbre de morderme los labios, que se habían vuelto demasiado carnosos para mi gusto, y rezaba cada noche para no diferenciarme demasiado de las demás chicas de mi clase. Cuando tenía diez años, al principio del año escolar, yo tenía un intenso bronceado, producto de mis vacaciones en Creta, que provocó que una niña me llamara “caca”. Mi madre me consolaba y me explicaba que un día esa chica pagaría mucho dinero para tener el color de mi piel. En ese momento, ella no sabía que sus palabras se convertirían en una predicción: a los 17 años, me topé con mi antigua compañera de colegio justo cuando salía de un salón de bronceado con la cara toda roja.
Cuando dejamos la infancia, el divorcio de nuestros padres nos dolió bastante a mi hermana y a mí, pero también nos unió. Estuvimos más cerca que nunca para poder superar esa ruptura, ayudadas por el amor indefectible de nuestros padres.
A pesar de que me eduqué con tolerancia y serenidad, lo que hace que hoy evite cualquier conflicto, mi adolescencia fue bastante tumultuosa. Mi búsqueda de la libertad y la justicia me empujaron a desafiar lo prohibido, a ponerme en peligro varias veces. Llena de vida e invencible a mis ojos, he llevado siempre en el corazón el afán de defender a todas las víctimas de los abusos y la maldad y a luchar contra las desigualdades. Mis profesores me llamaban “la abogada”.
Viví algunos romances y un auténtico flechazo, a los 19 años, personificado en un guapo español de apellido Aguado. Me hizo reencontrarme con mi lengua materna, me presentó a su familia y al instante me sentí como en casa.
Después de mis estudios de Humanidades me sumergí apasionadamente en el Código de Instrucción Penal y en el Código Penal. En mi tesis mencioné mi intención de trabajar en el ámbito de la lucha contra la trata de seres humanos. Es probable que la premonición sea un rasgo de familia.
Fue en 2006 que decidí abandonar el nido. Vivir sola me sentaba perfectamente, pero las noches seguían siendo difíciles. Me seguían despertando las pesadillas y acababa levantándome para trabajar en mis archivos. Adquirí la costumbre de disimular mi cansancio por la mañana con una bonita sonrisa. Cuatro años más tarde, en 2010, me entregué a la lectura profunda de mi expediente de adopción, guardado celosamente por mis padres y, esporádicamente, me lancé a realizar algunas búsquedas —principalmente en internet— para encontrar a mi madre biológica… pero sin éxito.
Sin embargo, mi mente se pasea por mis recuerdos y empiezo a notar coincidencias, señales. Uno de los ejemplos más sorprendentes me remite a mis años de exploradora scout. En ese momento, mi prima Marine y yo formábamos parte de la misma manada. A los 12 años, en una conmovedora ceremonia, recibí mi tótem: el “Quetzal”. Se trata de un pájaro colorido con una larga cola de plumas verdes, pero también es la unidad monetaria de Guatemala y figura en su bandera como símbolo de la libertad. Un año más tarde, en la más pura tradición scout, fui calificada como “Todoterreno” debido a mi gran capacidad de adaptación a cualquier situación y a mi infinita sed de libertad.
2.
Mi turno de ser mamá
Para mí la maternidad siempre ha sido un concepto bastante enigmático. Por eso, cuando experimento las primeras náuseas, durante el embarazo, no lo veo como el fabuloso milagro de la vida que expresa el cliché. En cambio, la primera vez que siento a mi hija moverse en el vientre, me resulta algo abrumador. Me parece evidente que, en ese momento, despierta el “trauma de la primera infancia” vinculado a mi adopción, aun cuando este había sido ya mitigado por la protección dulce y amorosa que mis padres adoptivos me ofrecieron desde que nos conocimos. Les agradezco la infancia luminosa que tuve, pues me ha brindado una extraordinaria resiliencia que ha sanado este trauma, a pesar de las pesadillas que aún permanecen.
A lo largo de los años, mis inquisiciones acerca de los trastornos del apego y mis lecturas de la literatura relacionada con este tema me han aclarado varios puntos. Aprendí que después de siete meses de vida, se califica una adopción como “tardía”. No todos los niños adoptados después de esta edad tienen la oportunidad de realizar lo que se llama “disociación psicológica”. La mayoría conserva un trastorno mental relacionado con la ruptura del vínculo materno-filial y padecen síntomas como retrasos graves en el lenguaje, ataques agudos de ansiedad, ira excesiva o comportamientos violentos y regresivos. A medida que el niño crece, estos síntomas pueden derivar en trastornos de atención, bipolaridad, retraimiento, extrema falta de confianza en los demás, autolesiones e intentos de suicidio.
El trauma de la primera infancia se origina en una ruptura temprana entre madre e hijo. El niño recién nacido, que se considera uno con su madre, experimenta esta separación como la amputación de una parte de sí mismo. Otros factores que también pueden estar en el origen del trastorno: contextos de violencia conyugal, guerras o desastres naturales como tifones, terremotos, etc. Estas diferentes causas traumáticas pueden tener un impacto en la primera infancia, incluso cuando el feto aún se encuentra formándose en el útero.
En el caluroso verano de 2012, dejo de lado instintiva e inconscientemente todas mis ansiedades para dar a luz a Eva. Desde el principio me encantan sus grandes ojos azules. Tiene una apariencia muy zen y, como un Buda imperturbable, duerme las noches enteras, sin despertar para comer, en la sala de maternidad. Las comadronas son prudentes y me aconsejan que la despierte regularmente para alimentarla.
No puedo evitar pensar que el hecho de haber dado a luz a las 42 semanas —tras una inducción seguida de una cesárea ocasionada por una pelvis que no es lo suficientemente grande— refleja físicamente que la entrada a la maternidad es un tema difícil para mí. Ser madre es una revolución. Empiezo a dudar de mis percepciones, proyecciones e incluso de mis convicciones, pero, a través del contacto con mi hija, aprendo a relativizar mis preocupaciones y con ello, me llega una forma de sabiduría.
Inevitablemente, su primer año de vida me regresa a lo que debió ser el mío, lo cual es difícil, a veces hasta doloroso. Mi asombro diario ante su florecimiento y aprendizaje va acompañado de una lenta e inquietante constatación del vacío que representan los primeros once meses de mi existencia. Poco a poco me doy cuenta de que no sabía nada de esa etapa. En mi caso no existían los recuerdos que todo el mundo construye a partir de un álbum de fotos o de las historias familiares. El abismo es profundo, los sentimientos se agolpan y el malestar crece en total contradicción con la felicidad familiar que se supone debe invadirme con la llegada de un primer hijo.
En la primavera de 2017, tres semanas antes del tiempo debido y de nuevo por cesárea, doy a luz a Hugo. Vivaz y curioso, este pequeño tiene energía de sobra y, a diferencia de su hermana, dormir nunca ha sido su fuerte. Como en el caso de Eva, la felicidad de su primer año se ve matizada dentro de mí por más momentos de prueba en los que su historia emergente colisiona con la mía.
La oportunidad que tengo de estar cerca de mis hijos y ellos de estar conmigo, yo no la tuve con mi madre biológica; por eso los fotografío y hago álbumes con la idea de trasmitirles lo mucho que me enseñó mi familia adoptiva a partir de mis once meses de vida. No quiero que el vacío o la nada roben ni un solo momento de sus vidas. Me gustaría que cada una de sus preguntas tuviera una respuesta, una imagen, una conexión.
Alimentada y tranquila por el infinito amor que siento por mis hijos, pongo mi expediente de adopción en una carpeta plastificada y lo guardo en una caja. Luego atravieso el jardín hasta el cobertizo de piedra y coloco en un estante lo que parece un pequeño sarcófago. Me quedo quieta un largo rato ante el entierro ritual de una parte de mí misma y de la posibilidad de encontrar a la persona con la que estoy unida desde mi nacimiento. Luego vuelvo a la casa para ocultar la foto que he guardado en secreto.
3.
Una indígena guatemalteca
Desde que soy madre nunca he trabajado los miércoles. Los aprovecho para recoger del colegio a Eva a última hora de la mañana y así pasar el resto del día juntos los tres, con Hugo. El miércoles 22 de noviembre de 2017, mientras cuido a su hermano de siete meses, Eva, de cinco años y medio, salta frenética en el sofá, que ella imagina es un trampolín, y grita: “¡Soy una indígena guatemalteca, soy una indígena guatemalteca!”. Desde la cocina la oigo cuando me pregunta, todavía saltando: “Mamá, si tú eres de Guatemala, ¿soy yo por lo menos una medio indígena? Mi maestra lleva pendientes con plumas, ¡pero yo soy una indígena real! ¿Verdad, mamá?” Luego de respirar profundamente, buscando torpemente mis palabras, respondo: “Sabes, querida, no soy realmente una indígena y en Gua...”, pero Eva me interrumpe y continúa: “Oh sí, es cierto, solo conoces el vientre de tu mamá, no sabes quién es ella. ¡Pero un día quiero ir a Guatemala contigo!”.
Esta frase, inofensiva para mi hija, pero dolorosamente cierta, me atraviesa el corazón. Temblorosa y conmocionada, le digo: “Si alguna vez vuelvo allá, cariño, será para encontrar a mi madre”. Con una mirada de satisfacción, Eva salta de nuevo en el sofá y pide a todo pulmón un caballo para galopar de vuelta a Guatemala con su hermano. En ese momento no pienso en mi padre biológico ni en el expediente “enterrado” en el jardín, sino solamente en mi madre biológica. Ahora todo está muy claro: quiero encontrarla.
Entre 2010, año en el que inicié mi primera búsqueda, y 2017, año en el que dejé de hacerlo, había estado en contacto con la asociación francesa La Voz de los Adoptados. Ese miércoles por la tarde, unos minutos después de la conversación con mi hija, vuelvo a comunicarme con ellos. Todavía no me doy cuenta, pero esa llamada sería la primera de una larga serie de contactos y el inicio de un interminable recorrido de escollos y descubrimiento. Aún no dimensiono la importancia que esto tendrá para mí, así como para los miles de niños guatemaltecos adoptados en todo el mundo.
La primera información que recibo es que una cantante francesa, de nombre Carmen María Vega, fue adoptada a través de Hacer Puente, la misma agencia que tuvo que ver con mi adopción. Inmediatamente me pongo en contacto con ella, por medio del Messenger. Pronto nos llamamos y hablamos de las similitudes de nuestra adopción. Cuando le pregunto si sabe quién es Ofelia Rosal López de Gamas —un nombre que aparece muchas veces en mi expediente de adopción— me responde sin vacilar: “¡Ah, sí, la conozco muy bien, es una traficante de niños!”. Esta noticia me deja sin palabras. Mis ojos se nublan rápidamente y corro al fregadero de la cocina para vomitar. No sé cuántos minutos tardo en entrar en razón y darme cuenta de que le he colgado el teléfono a Carmen María. La llamo inmediatamente después de refrescarme y me cuenta toda su historia. Mientras escucho atentamente sus confesiones, no puedo sentir las lágrimas que ruedan por mis mejillas. ¿Hay alguna esperanza de que mi adopción no sea irregular? La historia de Carmen parece indicar todo lo contrario. Me asusto, pero sigo cuidando a Eva y a Hugo... con un presentimiento.
A la mañana siguiente, mientras me preparo el café, veo dos entradas para un concierto imantadas al refrigerador. Al rato, recuerdo que Pascal, mi marido, me las había regalado por mi cumpleaños. Esa tarde, en la cola de la taquilla, observo a la gente que nos rodea y no puedo evitar imaginar sus secretos, sus vidas. Estos pensamientos me hacen entrar en pánico, la mano de Pascal agarra la mía un poco más fuerte, respiro lentamente y trato de calmarme. Durante el concierto, mi cerebro estalla, mil suposiciones lidian entre sí, la angustia me asfixia y mis párpados arden con lágrimas. Pascal me susurra tiernamente “todo va a salir bien”. Yo aprieto un poco más su mano, cierro los ojos e intento responder a esta incógnita: ¿qué voy a hacer para que todo salga bien? En ese momento, la música de Julien Doré llena la sala. Transportada, disfruto mi regalo.
Esa noche apenas duermo. Al día siguiente, después de dejar a Eva en el colegio y a Hugo en la guardería, aún tensa, me siento frente a la computadora. Con unos pocos clics descubro que Ofelia de Gamas era nada menos que la cuñada del general Óscar Humberto Mejía Víctores.
Este general del ejército, ministro de la Defensa bajo la presidencia del autócrata genocida Efraín Ríos Montt, se autoproclamó presidente en agosto de 1983, mediante un golpe de Estado que depuso a su antecesor. Reforzó el cruel totalitarismo de quien lo había precedido y llevó al clímax la guerra que ensangrentaba el país desde 1960, más conocida como “Conflicto Armado Interno”.
La guerra en Guatemala duró 36 años, una de las más cruentas en la historia de América Latina. Me resulta difícil comprender sus causas, pero entre las más evidentes se señalan la exclusión y la desigualdad social y económica que impide que amplios sectores de la población, sobre todo pueblos indígenas, puedan satisfacer sus necesidades más básicas.
UNICEF estima que el Conflicto Armado dejó entre 100,000 y 150,000 huérfanos de uno o ambos padres. Alteró profundamente las vidas de cientos de miles de niños y niñas quienes tuvieron que asumir responsabilidades de adultos y se agudizaron los problemas educativos. En las zonas de mayor conflicto muchos de ellos fueron reclutados forzadamente como combatientes en las filas de uno de los bandos contendientes.
Se estima que el Conflicto Armado Interno dejó aproximadamente 200,000 muertos, personas desaparecidas y desarraigadas, alrededor de 45,000 refugiados en México y 626 masacres en las que se exterminaron comunidades mayas. Todo ello ha dejado huellas imborrables en los guatemaltecos. El Conflicto Armado fue un período devastador que está cercano en el tiempo. Fue vivido por personas que hoy son adultos y adultos mayores (entre 50 y 90 años) e incluso por sus hijos.
Óscar Mejía Víctores falleció el 1 de febrero de 2016, a los 85 años, sin haber sido juzgado.
Al continuar mi investigación sobre Ofelia de Gamas, solo encuentro un artículo de prensa. Apareció en Plaza Pública1 el 30 de enero de 2015, está firmado por Sebastián Escalón y se titula “La increíble historia de Edmond Mulet y los niños que [exportaba]”2. Al traducirlo, entiendo que Ofelia de Gamas, a quien su cuñado había nombrado directora del orfanato público Rafael Ayau, estaba asociada al escándalo de Los Niños del Sol con su colega, Edmond Mulet, entonces director del orfanato público Hogar Elisa Martínez.
Este escándalo estalló en 1981, cuando ambos fueron detenidos. El nombre que la prensa escogió para hablar del tema hace referencia a la asociación canadiense Les Enfants du Soleil, un centro de información sobre adopciones internacionales que resultó ser el eslabón de una red de adopciones ilegales entre Guatemala y Canadá. El artículo detalla que la detención tuvo lugar en una habitación del hotel Camino Real de la ciudad de Guatemala, en presencia de varias madres adoptivas canadienses y cinco recién nacidos guatemaltecos que estaban recogiendo.
Al teclear su nombre en varios buscadores de internet, me entero de que Edmond Mulet se ha convertido desde entonces en un diplomático reconocido y respetado. Antiguo secretario de Ban Ki Moon, en Naciones Unidas, fue nombrado en 2017 para dirigir una comisión de investigación dirigida conjuntamente por la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ) y la ONU. Sin embargo, no pude encontrar ninguna información sobre Ofelia de Gamas.
Mientras tanto, gracias a un dispositivo de traducción, escribo un mensaje en español a Sebastián Escalón. Sabiendo que es franco-hondureño, le especifico que soy francófona y se lo envío por Messenger. Con una amabilidad increíble, me responde en francés y se ofrece a ponerme en contacto con Marco Antonio Garavito, presidente de La Liga Guatemalteca de Higiene Mental, asociación que ha puesto en marcha un programa de búsqueda de personas desaparecidas en Guatemala. Doce horas más tarde, Garavito acepta ayudarme y a la vez me aconseja que sea prudente en mi acercamiento.
Temblorosa e intrigada por este diluvio de información, salgo al jardín a “desenterrar” mi expediente, lo reviso y me encuentro con una hoja de papel de la agencia Hacer Puente que dice “Si desea ponerse en comunicación con nosotros”, y se enumeran cuatro personas con sus datos de contacto. Decido empezar por el final de la lista y marcar el número de teléfono de Isabelle Sintobin, pero el mismo ya no está en servicio. Entonces, llamo a Christiane Oudar y rezo para que su número siga en servicio. Después de timbrar tres veces me responde una voz masculina, el marido de la señora Oudar me dice que ella ha muerto y que, mucho antes, se había distanciado de Hacer Puente; entonces, le doy el pésame y cuelgo. Impulsada por mi necesidad de respuestas, llamo a Jaqueline Doyen. Ella misma me responde y cuando le pregunto si trabajó para Hacer Puente, me dice que no recuerda mucho, que la agencia no tenía archivos y que solo se ocupó del “tránsito” de niños. Me choca mucho el uso de la palabra “tránsito” para referirse a seres humanos. Antes de colgar, Jaqueline me aconseja que hable con Michèle Boucq, la presidenta de Hacer Puente. Aunque me turban sus respuestas y su actitud, decido seguir su consejo y llamo inmediatamente a Michèle Boucq, que resulta ser la última persona que figuraba en la hoja.
Una vez más, me preocupa que el número pueda estar inhabilitado, pero me tranquilizo cuando se escucha el primer tono que anuncia la llamada. Michèle Boucq levanta el teléfono y me confirma secamente que, en efecto, era la presidenta de Hacer Puente. A continuación, y de manera rotunda, me dice que, aunque se ocuparon de mi adopción, no habían guardado ningún registro de sus expedientes. Su tono me irrita, pero aún así le pregunto: “Señora, entre los niños que ofreció en adopción había niños robados. ¿Lo sabía?” Incluso hoy, cuando pienso en ello, su respuesta me hiela la sangre: “Las madres dicen eso porque se arrepienten o no asumen la responsabilidad de sus actos. Unas cuantas cartas de abogados y en el acto se retractan de sus palabras.” Muy enfadada por mi pregunta y lo que estoy insinuando, Michèle Boucq cuelga. El tono que utiliza y el hecho de que corte la conversación me producen una extraña sensación... la de estar a las puertas de una verdad.
Así que, noche y día, arrullada por Experience, canción de Ludovico Einaudi, escribo frenéticamente en mi computadora, abro mil ventanas de conversación, recorro la ruta geográfica desde mi nacimiento —gracias a Mappy o Google Earth— y envío decenas de mensajes a mujeres que se llaman igual que mi madre biológica. Algunas responden que no pueden ayudarme, pero rezan para que haya quienes lo hagan; otras me bloquean sin siquiera molestarse en responder.
Mientras tanto, sigo escuchando el piano de Hanz Zimmer tocar Now we are free y veo la película Lion, que tan acertadamente transmite ese particular trance que embarga a las personas adoptadas cuando se disponen a encontrar su verdadera historia y que yo experimento. Como casi no duermo, comer me parece inútil... Reconozco que solo me siento conectada al mundo real a través de mis hijos y del ritmo diario que me imponen. ¿Es la intuición tan clara que tengo de haber sido víctima del tráfico de niños lo que me mantiene en ese estado? Una intuición que, de ser acertada, pone en duda mi adopción... e incluso mi abandono.
4.
La visión de una vida
El 30 de noviembre de 2017 estoy sentada frente a mi computadora en el buscador de Google Guatemala, peinando incansablemente los cientos de perfiles de Facebook que podían coincidir con el de mi madre. Ese día, un perfil se destacó entre todos. Cada año, el 7 de noviembre, una mujer llamada Lorena, como mi madre biológica, publica la imagen de un recién nacido o de un ángel que simboliza la pérdida de un hijo.
Esta fecha me confunde, no puedo evitar compararla con la primera partida de nacimiento que Hacer Puente envió a mis padres. Ahí dice que nací el 7 de noviembre de 1986. Maquinalmente, registro todas las fotos de esta señora que están disponibles en su cuenta y las examino minuciosamente. A toda prisa, saco la pequeña foto de mi madre que había guardado en secreto. Nuestro parecido es sorprendente. Para ser objetiva, me comparo con las fotos de sus hijos. Indudablemente, esta “Lorena” se parece a mí, sus hijos se parecen a mí y los hijos de sus hijos se parecen a los míos. Todos parecemos compartir un mismo rasgo facial: nuestros labios superiores son carnosos e, invariablemente, tienen la curvatura bien delineada.
Vencida por una idea, suelto el ratón de la computadora y subo las escaleras que llevan al baño, de cuatro en cuatro. Con cuidado, me quito el maquillaje, me hago un selfie en el espejo y rápidamente hago un montaje pegando los dos retratos. Nuestro parecido es aún más sorprendente. Sin esperar, se lo envío a mi marido y a los amigos cercanos que me han apoyado durante los últimos ocho días en mi agotadora investigación. Todos ellos, sin excepción, me advierten. “Ten cuidado, podría no ser ella”, escriben algunos. Temen que alimente falsas esperanzas y, sobre todo, que me decepcione. Racionalmente, creo que tienen razón, pero intuitivamente sé que se equivocan: “¡es ella! ¡Es mi madre!”.
Confiando solo en mis instintos, vuelvo a sentarme frente a la computadora y escribo un breve mensaje que traduzco al español, antes de enviárselo. A los pocos segundos, mientras espero una respuesta, me doy cuenta de que estoy exactamente como Pascal y nuestros amigos temían, es decir, ardiendo de esperanza y petrificada del miedo. Unos minutos más tarde, rebosante de impaciencia, pero convencida de que había encontrado a mi madre, olvido la diferencia horaria y anuncio la buena noticia a Marco Antonio Garavito, con quien llevaba unos días de comunicarme regularmente. Eran las 3 de la madrugada, hora de Guatemala. Amablemente me aconseja que sea cautelosa y que esté consciente de la terrible conmoción que podría causarme una decepción.