Buch lesen: "Los argonautas"

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colección

escrituras

Maggie Nelson

Los Argonautas

Traducción de Ariel Magnus y Tal Pinto


The Argonauts

© Maggie Nelson

© Tres Puntos Ediciones

Derechos exclusivos para todos los

territorios de lengua castellana

Calle Felipe IV 3, 3ª izquierda. Madrid 28014

www.trespuntosediciones.es

hola@trespuntosediciones.es

ISBN: 978-84-17348-32-8

Imagen de portada:

Dissolve me + the love between (2015),

escultura de Harry Dodge ©

Diagramación eBook

Estrofas del Sur SpA

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Para Harry

Octubre, 2007. Los vientos de Santa Ana arrancan de cuajo la corteza de los eucaliptos en largas franjas blancas. Pese a las ramas colgantes, con una amiga decidimos arriesgarnos a comer al aire libre. Mientras comemos, ella sugiere que me tatúe LA DIFÍCIL a lo largo de los nudillos de ambas manos, como un recordatorio de los posibles frutos de esta pose. Pero en lugar de eso, las palabras te quiero salen atropelladamente de mi boca, invocando el recuerdo de la primera vez que me lo hiciste por el culo, mi cara aplastada contra el suelo de cemento de tu húmedo y encantador piso de soltero. Molloy en la mesita de noche y una pila de vergas en una sombría e inutilizada cabina de ducha. ¿Podría ser mejor? ¿Qué te place?, me preguntaste, y te plantaste hasta obtener una respuesta.

Antes de conocernos, había dedicado la vida entera a la idea de Wittgenstein de que lo inexpresable está contenido —¡inexpresablemente!— en lo expresado. Aunque menos conocida que la venerada De lo que no se puede hablar es mejor callar, es, creo, la más profunda de las dos. Entraña la paradoja, bastante literalmente, de por qué escribo, o cómo es que me siento en condiciones de seguir escribiendo.

Porque no incentiva ni exalta ninguna angustia que uno pueda sentir sobre la incapacidad de expresar, en palabras, aquello que las elude. No castiga lo que se puede decir por culpa de lo que, por definición, no se puede decir; tampoco se pasa de rosca, fingiendo que se le hace un nudo en la garganta: Ah, lo que diría si las palabras fueran lo suficientemente buenas. Las palabras son lo suficientemente buenas.

En vano echarle la culpa a una red por tener agujeros, advierte mi enciclopedia.

De este modo puedes tener tu iglesia vacía con un suelo de tierra limpio de polvo y tener también tus espectaculares vitrales que brillan en el techo de la catedral. Porque nada de lo que digas puede cagar el espacio reservado para Dios.

Ya lo he explicado en otra parte. Pero ahora intento decir algo distinto.

Pronto supe que también tú habías dedicado la vida entera a la misma convicción de que las palabras no son lo suficientemente buenas. No solo eso, sino que corroen todo lo que es bueno, todo lo que es real, todo lo que fluye. Enfervorizados, aunque sin ninguna mala fe, discutimos y discutimos sobre el asunto. Una vez que nombramos algo, dijiste, nunca volvemos a percibirlo de la misma manera. Todo lo innombrable se derrumba, se pierde, es asesinado. La llamaste la función «molde de galleta» de nuestras mentes. Dijiste que lo sabías no por haber rechazado el lenguaje sino por haberte sumergido en él: en las pantallas, en las conversaciones, en los escenarios, en los libros. Siguiendo el argumento de Thomas Jefferson y las iglesias, hablé a favor de la plétora, de los movimientos caleidoscópicos, del exceso. Las palabras, insistí, hacen más que nombrar. Te leí en voz alta el principio de Las investigaciones filosóficas. ¡Losa!, grité. ¡Losa!

Por un tiempo, creí que había ganado. Concediste que podía existir algo como un ser humano OK, un animal humano OK, aun cuando ese animal usara un lenguaje, aun cuando el uso de ese lenguaje definiera de algún modo su humanidad, aun cuando la humanidad misma supusiera destrozar e incendiar todo nuestro variopinto y valioso planeta, junto con su futuro, el nuestro.

Pero yo también cambié. Comencé a mirar de nuevo las cosas innombrables, o cuando menos las cosas cuya esencia parpadea, fluye. Volví a admitir la tristeza de nuestra futura extinción, y la injusticia de extinguir a otros. Dejé de repetir con suficiencia Todo aquello que puede ser pensado puede ser pensado claramente1 y volví a preguntarme si todo puede ser pensado.

Y tú, sin importar qué argumentaras, nunca fingiste que se te hacía un nudo en la garganta. De hecho, me llevabas al menos una vuelta de ventaja, dejando una estela de palabras. ¿Cómo podría alcanzarte jamás (con lo que quiero decir: ¿cómo podías quererme?)?

Uno o dos días después de declararte mi amor, te envié, en un estado de salvaje vulnerabilidad, el pasaje de Roland Barthes por Roland Barthes en el que Barthes describe cómo el sujeto que dice «Te quiero» es semejante al «argonauta que renueva su nave durante su viaje sin cambiarle el nombre». Así como las partes del Argo pueden ser reemplazadas sin que la nave pierda su nombre, el significado de la frase «Te quiero» debe renovarse cada vez que los amantes la enuncian, ya que «el verdadero trabajo del amor y del lenguaje es darle a una misma frase inflexiones siempre nuevas».

Creí que era un pasaje romántico. Tú lo leíste como una posible retractación. Visto en retrospectiva, supongo que era ambas cosas.

Perforaste mi soledad, te dije. Había sido una soledad útil, construida, como antes, alrededor de una flamante sobriedad, largas caminatas desde y hasta la Y, a través de las sórdidas calles laterales de Hollywood en las que crecían sin control las buganvilias, conduciendo de un extremo a otro de Mulholland Drive para matar las largas noches y, por supuesto, episodios maniacos de escritura, intentando aprender cómo dirigirme a nadie en particular. Pero había llegado el momento de la perforación. Siento que puedo dártelo todo sin traicionarme, susurré acostada en la cama de tu sótano. Si una lleva bien su soledad, este es el premio.

Unos pocos meses después, pasamos la Navidad juntos en un céntrico hotel de San Francisco. Reservé la habitación en un sitio de internet, con la esperanza de que reservar la habitación y el tiempo en la habitación te harían quererme para siempre. Pero era uno de esos hoteles que cuestan barato porque están siendo renovados de manera asombrosamente burda, y porque se ubicaba en pleno Tenderloin, un barrio yonqui. No importaba, teníamos otros asuntos de los que ocuparnos. El sol que se filtraba por las raídas persianas venecianas apenas ensombrecía a los obreros de la construcción que martillaban afuera, mientras nosotros nos ocupábamos de nuestros asuntos. No me mates, dije, mientras tú te sacabas tu cinturón de cuero, sonriendo.

Intenté, después de Barthes, con otro fragmento, esta vez de un poema de Michael Ondaatje:

Beso tu estómago

beso tu balsa de piel,

sus cicatrices. La historia

es en qué has viajado

y llevado contigo

El estómago de cada uno de nosotros

fue besado por desconocidos

para el otro

en cuanto a mí

bendigo a todos

los que te besaron aquí.

No te hice llegar el fragmento para demostrar que había, de alguna manera, alcanzado la serenidad que emana de ellos, sino con la esperanza de que algún día podría lograrlo, de que algún día mis celos darían marcha atrás y lograría contemplar, sin desagrado, los nombres y dibujos de otras personas tatuados en tu piel. (Al comienzo le hicimos una visita romántica al Dr. Tattoff en Wilshire Boulevard, ambos encantados con la posibilidad de hacer borrón y cuenta nueva. Salimos abatidos por el costo, por la improbabilidad de alguna vez erradicar por completo la tinta.)

Después de la comida, la amiga que me había sugerido tatuarme LA DIFÍCIL me invita a su oficina y allí se ofrece a guglearte para que no lo tenga que hacer yo. Quiere ver si internet puede ayudarnos a esclarecer si hay un pronombre determinado para ti, porque a pesar de que —o porque— pasamos cada minuto libre juntos en la cama y ya estamos hablando de irnos a vivir juntos, no me atrevo a preguntártelo. A cambio, he aprendido rápido a evitar los pronombres. La clave radica en entrenar el oído hasta que ya no moleste escuchar el nombre de alguien una y otra vez. Hay que aprender a escudarse en los callejones sin salida de la gramática, a relajarse y aceptar una orgía de especificidades. Hay que aprender a tolerar una instancia más allá del Dos, especialmente cuando se trata de representar una relación de pareja, incluso de tipo nupcial. Las bodas es lo contrario de una pareja. Se acabaron las máquinas binarias: pregunta-respuesta, masculino-femenino, hombre-animal, etc. Una conversación podría ser eso, el simple trazado de un devenir.2

Sin importar cuán experta se puede llegar a ser en esta clase de conversaciones, hasta el día de hoy me resulta casi imposible hacer reservas en aerolíneas o negociar en representación de ambos con el departamento de recursos humanos de mi universidad sin sentir repentinas punzadas de vergüenza o desconcierto. En realidad no se trata de mi vergüenza o mi desconcierto, sino de la vergüenza (o sencillamente rabia) que siento por las personas que no cesan de hacer todas las suposiciones erróneas y a las que hay que corregir pero no se puede corregir porque las palabras no son lo suficientemente buenas.

¿Cómo es posible que las palabras no sean lo suficientemente buenas?

Loca de amor sobre el suelo de la oficina de mi amiga, le echo una ojeada mientras ella se desplaza a través de un ataque de información resplandeciente que yo no quiero mirar. Quiero al tú que nadie más puede ver, ese tú tan cercano que no se necesita nunca aplicar la tercera persona. «Mira, encontré una cita de John Waters diciendo “Ella es muy bonita”. Así que tal vez deberías usar “ella”. O sea, es John Waters». Eso fue hace años, pongo los ojos en blanco desde el suelo. Las cosas pueden haber cambiado.

Mientras filmaban By Hook or By Crook, una película sobre marimachas, decidieron junto con Silas Howard, tu coguionista, que los personajes marimachos se tratarían entre sí como «él», pero que en el mundo exterior de almacenes y figuras de autoridad, la gente los trataría de «ellas». El punto no era que si el mundo exterior hubiera recibido la educación apropiada respecto a los pronombres preferidos por los personajes todo habría estado en orden. Porque si los de afuera se refirieran a los personajes como «él», sería otro tipo de él. No hay vuelta que darle: las palabras cambian según quien las dice. No basta introducir palabras nuevas a modo de respuesta (boi, cisgénero, andro-marica), para luego poner en marcha la reificación de sus significados (aunque obviamente hacerlo tiene su poder y pragmatismo). También hay que estar alerta a la multitud de potenciales usos, de posibles contextos, a las alas con que cada palabra puede volar. Como cuando susurras: No eres más que un hoyo que me deja que lo llene. Como cuando yo digo marido.

Poco después de empezar nuestra relación, fuimos a una fiesta en la que una mujer (se supone que heterosexual, o cuando menos casada con un hombre) que conocía a Harry hacía tiempo se me acercó y me dijo: «Y, antes de Harry, ¿estuviste con otras mujeres?». Su pregunta me desconcertó. Impertérrita, prosiguió: «Las chicas hetero siempre le han tenido ganas a Harry». ¿Era Harry una mujer? ¿Era yo una chica hetero? ¿Qué había en común entre mis anteriores relaciones con «otras mujeres» y mi relación con Harry? ¿Qué debía de pensar de esas otras «chicas hetero» que le tenían ganas a mi Harry? ¿Acaso su potencia sexual, que ya sentía descomunal, era una especie de hechizo al que yo habría sucumbido y del que saldría abandonada cuando Harry pasara a seducir a otras mujeres? ¿Por qué esta mujer, a quien apenas conocía, me decía estas cosas? ¿Cuándo regresaría Harry del baño?

Hay gente allí afuera que se molesta cuando le cuentan que Djuna Barnes, en lugar de identificarse como lesbiana, prefería decir «yo solo quiero a Thelma». Se sabe que Gertrude Stein reivindicaba cosas parecidas respeto a Alice, aunque no exactamente con esos términos. Entiendo por qué es políticamente exasperante, pero también siempre me ha parecido un poco romántico: el romanticismo de dejar que la experiencia personal del deseo predomine por sobre la categorial. La anécdota recuerda a la defensa que el historiador del arte T. J. Clarke ensayó para su interés por el pintor dieciochesco Nicolas Poussin frente a unos interlocutores imaginarios: «Calificar el interés por Poussin como nostálgico o elitista es como llamar el interés que concitan, digamos, los seres más queridos, “hetero-(u homo) sexista”, o “exclusivo”, o como el del propietario por su propiedad. Sí, es posible que sea cierto: puede que esos sean a grandes rasgos los parámetros, y es lamentable; pero en sí mismo este interés puede ser más completo y humano —puede contener una mayor carga de humana posibilidad y compasión— que los intereses que no están contaminados por ninguno de esos afectos o compulsiones». Aquí, como en otras partes, la contaminación no invalida sino que da profundidad.

Por lo demás, todos saben que Barnes y Stein estuvieron con otras mujeres aparte de Thelma y Alice. Alice también lo sabía, y al parecer se puso tan celosa cuando descubrió que Stein, en su novela temprana Q. E. D., narraba en clave la historia de un triángulo amoroso entre la propia autora y una cierta May Bookstaver que —como también era la editora y mecanógrafa de Stein— se las arregló de la manera más artera para omitir cada aparición de las palabras «May» o «may» cuando volvió a pasar en limpio Stanzas in Meditation, convirtiéndolo involuntariamente en un trabajo en colaboración.

Para febrero ya me daba vueltas por toda la ciudad, visitando suelos tras piso en busca de uno lo bastante amplio para nosotros y para tu hijo, a quien aún no conocía. Al final dimos con una casa en una colina, con suelos de una madera oscura y brillante y vista a la montaña y un alquiler demasiado alto. El día que nos entregaron las llaves decidimos, en un arrebato de felicidad, dormir juntos encima de una delgada manta estirada sobre el suelo de madera del que sería nuestro primer dormitorio.

Esa vista. Puede que no haya sido más que un montón de matorrales desprolijos con un estanque de agua putrefacta en la cima, pero por dos años fue nuestra montaña.

Y así, en un abrir y cerrar de ojos, me vi doblando la ropa lavada de tu hijo. Acababa de cumplir tres años. ¡Qué calcetines tan diminutos! ¡Qué ropa interior tan diminuta! No salía de mi asombro. Todas las mañanas le servía una taza tibia de chocolate con lo que cabe de cacao en el borde de una uña, y luego jugábamos al soldado caído sin parar durante horas. Jugando al soldado caído él podía colapsar con todos sus atuendos encima: cota de malla hecha de lentejuelas, espada, funda y una extremidad herida en la batalla atada con un pañuelo. Yo era la bondadosa Bruja Azul que debía esparcirle polvos curativos por todo el cuerpo para traerlo de vuelta a la vida. Yo tenía una hermana gemela que era mala; la gemela malvada lo había derribado con su polvo azul. Pero ahora yo estaba aquí para curarlo. Mientras él yacía tendido en el suelo, inmóvil, los ojos cerrados, la más leve de las sonrisas dibujada en su rostro, yo recitaba un monólogo: ¿Pero de dónde vendrá este soldado? ¿Cómo llegó tan lejos de su casa? ¿Está malherido? Cuando despierte, ¿será amable o feroz? ¿Sabrá que soy buena o me confundirá con mi gemela mala? ¿Qué puedo decir para que vuelva a la vida?

A lo largo de ese otoño brotaron por todos lados carteles amarillos de ¡SÍ A LA Propuesta 8!, el más notable de ellos clavado en una montaña pelada y hermosa por la que pasaba todos los días camino al trabajo. Los carteles mostraban cuatro siluetas hechas de palitos levantando sus brazos al cielo en un paroxismo de alegría: la alegría de la heteronormatividad, supongo, representada por el hecho de que uno de los palitos llevaba un triángulo a modo de falda. (Al fin y al cabo, ¿qué es ese triángulo? ¿Mi vagina?)3 ¡PROTEJAN A LOS NIÑOS DE CALIFORNIA!, clamaban los palitos.

Cada vez que pasaba frente al cartel empotrado en la pobre montaña, se me venía a la cabeza el Self Portrait/Cutting de Catherine Opie de 1993, en el que Opie fotografió su espalda con el dibujo esculpido en ella de una casa y un par de mujeres-palito tomadas de la mano (¡dos faldas triangulares!) junto a un sol, una nube y un par de pájaros. Se tomó la foto mientras el dibujo aún chorreaba sangre. Según Art in America: «Por ese entonces, Opie, que recién había terminado con su pareja, deseaba formar una familia, y la imagen irradia todas las dolorosas contradicciones propias de ese anhelo».

No entiendo, le dije a Harry. ¿Quién quiere una versión con dos triángulos del póster de la Propuesta 8?

Quizás Cathy, dijo Harry, encogiéndose de hombros.

Una vez escribí un libro sobre el lugar de lo doméstico en la obra de ciertos poetas gay (Ashbery, Schuyler) y algunas mujeres (Mayer, Notley). Lo escribí en Nueva York, mientras vivía en un ático minúsculo y demasiado caluroso, en una calle de Brooklyn por la que pasaba la línea F del metro. Tenía un horno inutilizable lleno de heces secas de ratón, un frigorífico vacío salvo por un par de cervezas y unas barritas de cereal Balance sabor yogurt de miel y maní, a modo de cama un futón sobre una plancha de madera con unos inestables cajones de leche debajo; a través del suelo podía oír la voz del metro diciendo Seiniciaelcierredepuertas mañana, tarde y noche. Pasaba, como mucho, siete horas del día echada en la cama de este piso. Por lo general dormía en otros lugares. Prácticamente todo cuanto leí y escribí en ese tiempo, lo leí y escribí en espacios públicos, como ahora mismo, que escribo en público.

Durante mucho tiempo fui una feliz inquilina en Nueva York, porque alquilar —o cuando menos mi manera de hacerlo de ese entonces, que suponía nunca mover un dedo para mejorar mi entorno— te permite que las cosas que te rodean se caigan literalmente a pedazos. Luego, cuando ya es demasiado, simplemente te mudas.

Muchas feministas han argumentado a favor de acabar con lo doméstico como esfera separada e inherentemente femenina y reivindicar la domesticidad como una ética, un sentimiento, una estética y un público4. No estoy segura de qué significaría esta reivindicación, aunque creo que buscaba algo parecido en mi libro. Pero incluso entonces sospechaba que lo hacía porque no tenía una domesticidad, y me gustaba que así fuera.

Me gustaba jugar al soldado caído porque me daba tiempo para conocer el rostro de tu hijo en silencioso reposo: sus grandes ojos almendrados, las pecas que comenzaban a despuntar en su piel. Y él, sin duda, descubrió un novedoso y tranquilizador placer en tenderse en el suelo, protegido por su armadura imaginaria, mientras una casi desconocida que comenzaba a formar parte de su familia a un ritmo acelerado tomaba cada una de sus extremidades y las revisaba por ambos costados intentando dar con la herida.

No hace mucho una amiga fue a visitarnos a nuestra casa y para servirse un café tomó un tazón regalo de mi madre. Es uno de esos tazones que pueden comprarse estampados con la foto que uno quiera en Snapfish. Quedé horrorizada al recibirlo, pero es el tazón más grande que tenemos, así que lo conservamos en caso de que alguien sienta ganas de beber un tonel de leche caliente o algo por el estilo.

¡Guau!, exclamó mi amiga mientras llenaba el tazón, nunca en mi vida había visto algo tan heteronormativo.

En la foto del tazón salimos mi familia y yo, todos ataviados para una función de El cascanueces, un ritual navideño importante para mi madre cuando yo era niña y que hemos recobrado ahora que hay niños en mi vida. En la foto estoy de siete meses de quien sería Iggy, luciendo una cola de caballo alta y un vestido estampado de leopardo; Harry y su hijo llevaban trajes oscuros idénticos en los que se veían muy apuestos. Estamos en casa de mi madre, parados delante de la repisa de la chimenea, de la que cuelgan calcetines con monogramas. Parecemos felices.

Pero ¿qué hay allí que sea la esencia de la heteronormatividad? ¿El que mi madre haya mandado a hacer un tazón con un servicio cursi como Snapfish? ¿O tal vez porque participamos, o consentimos en hacerlo, en la larga tradición de las familias que se fotografían con sus mejores ropas durante las fiestas? ¿Que mi madre me haya hecho el tazón, en parte para indicar que reconoce y acepta que mi tribu es una familia? Y en cuanto a estar embarazada, ¿es un fenómeno inherentemente heteronormativo? ¿O tal vez el supuesto antagonismo entre lo queer y la procreación (o, hilando más fino, la maternidad) es una internalización reaccionaria de cómo las cosas se han agitado para los queers más que la señal de alguna verdad ontológica? Conforme más personas queer tengan hijos, ¿se desvanecerá sencillamente esta oposición presunta? ¿La echarás de menos?

¿Hay algo inherentemente queer en el embarazo mismo, en tanto modifica profundamente tu estado «normal» y ocasiona una intimidad radical —así como una alienación radical— con tu propio cuerpo? ¿Cómo es posible que una experiencia tan profundamente extraña y feroz y transformadora también simbolice o ponga en escena la actitud conformista por definición? ¿O es esta solo otra manera más de descalificar cualquier cosa que mantenga un vínculo demasiado estrecho con el animal femenino respecto a los términos privilegiados (en este caso el inconformismo, o la radicalidad)? ¿Qué hacer con el hecho de que Harry no es masculino ni femenino? Soy especial, un dos en uno, explica su personaje Valentine en By Hook or Crook.

¿Cuándo o cómo los nuevos sistemas de parentesco remedan las viejas estructuras de la familia nuclear, y cuándo o cómo los recontextualizan de manera tan radical que acaban constituyéndose en formas de repensar el parentesco? 5 ¿Cómo saberlo? O mejor: ¿quién puede saberlo? Dile a tu novia que se busque a otro chico con quien jugar a las casitas, dijo tu ex después de que nos fuimos a vivir juntos.

Colocarse en la línea de lo real mientras insinúas que los demás solo están jugando, se acercan o lo imitan, puede ser agradable. Ahora bien, toda reivindicación inflexible de lo real, especialmente si se encuentra atada a una identidad, tiene cuando menos un pie dentro de lo psicótico. Si un hombre que se cree rey está loco, igualmente loco está el rey que se cree rey6.

Quizás por eso me conmueve tanto la noción de «sentirse real» del psicólogo D. W. Winnicott. Uno puede aspirar a sentirse real, uno puede ayudar a los demás a sentirse reales, y uno mismo puede sentirse real. Winnicott describe ese sentimiento como la sensación serena y primigenia de vitalidad, «la vitalidad de los tejidos corporales y del trabajo de las funciones corporales, como la actividad cardiaca y la respiración», que hace posible la gesticulación espontánea. Para Winnicott, sentirse real no es una reacción a estímulos externos ni una identidad. Es una sensación, una sensación que se propaga. Es responsable, entre tantas cosas, de que sintamos ganas de vivir.

Hay quienes disfrutan alineándose detrás de una identidad, como en You Make Me Feel Like a Natural Woman, frase que primero popularizó Aretha Franklin y, más adelante, Judith Butler, quien se concentró en la inestabilidad que producía el símil. Pero hacer esto puede llegar a ser espantoso, amén de imposible. No es posible vivir las veinticuatro horas del día inmerso en la conciencia del propio sexo. Afortunadamente, la autoconciencia de género es de naturaleza intermitente7.

Un amigo dice que piensa en el género como si se tratara de un color. Género y color comparten una cierta indeterminación ontológica: no es del todo correcto decir que un objeto es de un color, o que tiene un color. El contexto también lo modifica: todos los gatos son pardos, etc. El color tampoco es voluntario. Pero ninguna de estas formulaciones significa que el objeto en cuestión sea incoloro.

La mala lectura [de El género en disputa] puede resumirse más o menos así: puedo despertar por la mañana, echar un vistazo a mi armario y decidir qué género quiero ser hoy. Puedo tomar una prenda de vestir y cambiar mi género: estilizarlo, para cambiarlo otra vez esa misma noche y transformarme en algo radicalmente otro. El resultado de esta operación es algo así como una mercantilización del género. Así, la adopción de un género es entendida como una especie de consumismo [...]. Cuando mi intención era mostrar que la formación misma de los sujetos, de las personas, presupone de alguna manera al género, que el género no se elige y que la «performatividad» no es una elección radical ni una cuestión de voluntad. [...] La performatividad tiene que ver con la repetición, muy a menudo con la repetición de normas de género opresivas y dolorosas hasta lograr forzar su resignificación. No es una cuestión de libertad, sino de cómo manipular la trampa en la que una está irremediablemente atrapada8.

Deberías mandar a hacer otro tazón a modo de respuesta, propuso mi amiga mientras bebía su café. ¿Qué tal uno de la cabeza de Iggy asomando por entre tus piernas, en todo su sangriento esplendor? (Ese mismo día, le había dicho que estaba algo dolida porque mi madre no había querido ver las fotos de mi parto. Entonces, Harry me recordó que poca gente quiere ver ese tipo de fotos, no al menos las más gráficas. Tuve que admitir que lo que sentía en el pasado por las fotos de partos ajenos daban la razón a Harry. Pero, envuelta por las nieblas de mi posparto, sentía que era una proeza haber dado a luz a Iggy, ¿y no era mi madre a quien le encantaba sentir orgullo por mis logros? ¡Por el amor de Dios, ella fue quien plastificó la página del New York Times en la que aparecía mi nombre dentro de la lista de ganadores de la beca Guggenheim! Incapaz de deshacerme de ese individual de plástico (ingratitud), pero sin saber tampoco qué hacer con él, terminé colocándolo debajo de la sillita de Iggy, para que sirviera de recipiente de la comida que caía desde las alturas. En vista de que la beca básicamente costeó su concepción, cada vez que paso una esponja sobre los restos de trigo molido o los grumos de brócoli, me domina una imprecisa sensación de justicia.)

Durante nuestras primeras salidas como pareja, me sonrojaba a menudo, eufórica por mi buena suerte, incapaz de contener el hecho casi explosivo de haber obtenido todo lo que siempre había deseado, todo lo que se podía tener. Atractivo, brillante, ingenioso, articulado, vehemente, tú. Pasábamos horas y horas recostados sobre el sofá rojo, riendo como niños. Si seguimos así la policía de la felicidad vendrá a arrestarnos. Arrestarnos por nuestra suerte.

¿Y si donde estoy es lo que necesito?9 Antes de ti, concebía este mantra como una forma de hacer las paces con las situaciones fastidiosas, incluso con las catástrofes. Nunca imaginé que también se lo podría aplicar a la felicidad.

En Diarios del cáncer, Audre Lorde arremete contra el imperativo de sentir optimismo y felicidad que ella halló en el discurso médico en torno al cáncer de mama. «¿Realmente combatía la proliferación radioactiva, el racismo, los femicidios, la presencia cada vez mayor de químicos en nuestros alimentos, la contaminación ambiental, el maltrato y la destrucción psicológica de nuestros jóvenes solo para no hacerme cargo de mi primera y mayor responsabilidad: ser feliz?», escribe Lorde. «¡Salgamos en busca de la “alegría” en vez de alimentos de verdad y aire limpio y un futuro más cuerdo en un mundo habitable! Como si la felicidad por sí sola fuera capaz de protegernos de los resultados de la locura del lucro».

La felicidad no es un manto protector, y ciertamente no es una responsabilidad. La libertad para ser felices restringe la libertad humana si no se es libre para no ser feliz10. Sin embargo, uno puede convertir ambas libertades en un hábito, y solo uno sabe cuál ha elegido.

La historia del matrimonio entre Mary y George Oppen es una de las pocas historias heterosexuales que conozco en las que el matrimonio es aun más romántico por tratarse de una farsa. Esta es su historia: una noche de 1926, Mary salió con George, a quien conocía apenas de un curso de poesía en la universidad. Así lo recuerda Mary: «Me vino a buscar en el Ford T de su compañero de cuarto y nos fuimos al campo, donde hablamos, hicimos el amor y hablamos hasta el amanecer [...]. Hablamos como yo nunca había hablado antes, a borbotones». Esa mañana, al regresar a sus respectivas residencias universitarias, Mary se enteró de que la habían expulsado; George había sido suspendido. Luego se marcharon juntos, haciendo autoestop por la carretera.

Antes de conocer a George, Mary era una férrea opositora del matrimonio, al que consideraba una «trampa desastrosa». Sin embargo, sabía que viajar en compañía de George sin estar casados los dejaba a merced de la ley, en este caso de la Ley Mann, una de las muchas leyes en la historia de Estados Unidos ostensiblemente redactadas para perseguir hechos sin duda malignos, como la trata de blancas, pero que en la práctica sirvió para hostigar a todas aquellas relaciones juzgadas por el Estado como «inmorales».

Por lo que, en 1927, Mary se casó. Este es su relato de aquel día:

Aunque estaba firmemente convencida de que mi relación con George no le concernía al Estado, nos asustaba que pudieran encarcelarnos mientras andábamos de viaje, así que fuimos a Dallas a casarnos. Una chica que conocimos me pasó su vestido morado de terciopelo y su novio nos regaló una pinta de ginebra. George se puso unos holgados pantalones de golf que habían sido de su compañero de cuarto, pero no bebimos la ginebra. Compramos un anillo de diez centavos y nos dirigimos hacia el feo juzgado de ladrillos rojos que todavía sigue en pie en Dallas. Dimos mi nombre, Mary Colby, y el nombre que usaba George, «David Verdi», porque estaba huyendo de su padre.

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0+
Umfang:
191 S. 2 Illustrationen
ISBN:
9788417348328
Rechteinhaber:
Bookwire
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