Buch lesen: "Tipos trashumantes: cróquis á pluma"

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José María de Pereda

Tipos trashumantes: cróquis á pluma


Publicado por Good Press, 2022

goodpress@okpublishing.info

EAN 4064066063115

Índice

AL LECTOR.

LAS DE CASCAJARES.

LOS DE BECERRIL.

EL EXCELENTÍSIMO SEÑOR.

LAS INTERESANTÍSIMAS SEÑORAS.

UN ARTISTA.

UN SABIO.

UN APRENSIVO.

EN LA PLAYA.

CON EL MÉDICO.

EN LA DESPEDIDA.

UN DESPREOCUPADO.

LUZ RADIANTE.

BRUMAS DENSAS.

EL BARÓN DE LA RESCOLDERA.

EL MARQUÉS DELAMANSEDUMBRE.

UN JOVEN DISTINGUIDO,

I. EN UN CUARTO DE UNA FONDA.

II. EN LA CALLE.

III. EN EL SARDINERO.

IV. OTRA VEZ EN SU CUARTO.

LAS DEL AÑO PASADO.

EN CANDELERO.

AL TRASLUZ.

SANTANDER

Imprenta y litografía de J. M. Martínez

SAN FRANCISCO, 15

1877

AL LECTOR.

Índice

Los pueblos, como los hombres, tienen dos fisonomías, por lo menos (algunos hombres tienen muchas): la que les es propia por carácter o naturaleza, o, como si dijéramos, la de todos los días, y la de las circunstancias; es decir, la de los días de fiesta.

La que en este concepto corresponde a la perínclita capital de la Montaña, la forma esa muchedumbre que la invade, en cada año, durante los meses del estío, para buscar en ella quién la salud, quién la frescura y el sosiego, ora en las salobres aguas del Cantábrico, ora contemplando y recorriendo el vario paisaje que envuelve a la ciudad, mientras la raza indígena la abandona y se larga por esos valles de Dios ansiando la soledad de la aldea y la sombra de sus castañeras y cajigales.

Para los que solo se fijan en la variedad de matices y en la movilidad de los pormenores, esta fisonomía es híbrida, abigarrada, indefinible e inclasificable.

Para un ojo ducho en el oficio, es todo lo contrario. Hay en ese movimiento vertiginoso, en ese trasiego incesante de gentes exóticas que van y vienen, que suben y bajan, que entran y salen, rasgos, colores y perfiles que sobrenadan siempre, y se reproducen de verano en verano, como el aire de familia en una larga serie de generaciones. ¿No es todo esto una fisonomía como otra cualquiera?

Por tal la juzgo, y muy digna la creo, por ende, de ser registrada en el libro de apuntes de quien se precie de pintor escrupuloso de costumbres montañesas.

Y como quiera que yo, si no tengo mucho de pintor, téngolo de escrupuloso, abro mi librejo, y apunto..., pero, entiéndase bien, sin otro fin que refrescar la memoria del que leyere, y con la formal declaración de que «cuando pinto, no retrato.»

LAS DE CASCAJARES.

Índice

No es aristócrata por la sangre, ni siquiera tiene un título nobiliario de los de nuevo cuño; no por haber llegado tarde al reparto de ellos, sino acaso por distinguirse más, llamándose a secas el señor de Cascajares.

El cual es un banquero, o hacendado, o contratista de alto bordo, muy rico, según la fama, que reside en Madrid, en donde, al decir de los que de allá vienen a pasar las vacaciones de verano, habita espléndido palacio en el paseo de Recoletos, o elegante casa en la calle de Alcalá, o en la del Barquillo.

Es diputado a Cortes cuantas veces quiere, y lo quiere casi siempre, porque todos los Gobiernos apoyan su candidatura, en cambio de la decisión con que él aplaude a todos los Gobiernos. Sin embargo, no es hombre político: solo se comunica con los del poder por el ministerio de Hacienda.

Su señora tiene más conexiones e intimidades que él con los altos personajes de la cosa pública. Se tutea con muchos de ellos, aunque tampoco es aficionada a la cábala ni al cabildeo; es decir, que le gusta el personaje por lo que brilla, y nada más.

Tiene tres hijas solteras, y va con ellas al gran mundo. Ni éstas son modelos de hermosura, ni la madre encaja, por ninguna parte que se la mire, en el más modesto de los moldes aristocráticos; pero, así y todo, pasan en la corte por ornamentos distinguidísimos de la alta sociedad. Lo cierto es que los Asmodeos y Pedro Fernández las citan siempre, en sus almibaradas crónicas de Madrid, en el catálogo de las bellas, discretas y elegantes.

Dos hijos varones tienen también los señores de Cascajares. El mayor es diplomático; y aunque rara vez sale de Madrid, siempre se le considera como en activo servicio, para los efectos de la nómina y del escalafón, en una de las embajadas de más categoría. El segundo, que pasa ya de los veinticinco, no se ha decidido aún por la carrera que ha de seguir. Por de pronto asiste con asiduidad al Veloz-Club y al Casino, y sabe poner cien onzas a una sota, sin que le tiemble el pulso.

Toda esta gente, más tres doncellas o camaristas, dos criados para los señoritos, un sotamayordomo, ú hombre de confianza, para el señor, dos lacayitos y un cocinero negro, vienen en el mes de Julio a Santander a habitar un piso amueblado, en la población, que paga el señor de Cascajares a razón de 8.000 reales mensuales, con la obligación de habitarle dos por lo menos, o de pagarle como si le habitara, y de reponer cuanta vajilla, ropa de camas y muebles sufran el menor deterioro en el ínterin.

Día y medio dura la mudanza, desde la estación del ferrocarril a casa, de los mundos, maletas, cajas, baúles, rollos de mantas, bastones y paraguas, que siguen a la familia de Cascajares como la estela al buque. Y se llena de baúles un cuarto del patio, y hay mundos amontonados en las gabinetes, y cajas sobre todos los veladores, y paquetes sobre todas las sillas, y maletas hasta en el mismo salón en que aquellas señoras reciben las visitas.

Tanto es el equipaje y tanta la servidumbre, que la familia no ha podido colocarse en ninguna fonda del Sardinero; y por acordarse tarde, tampoco logró establecerse en uno de aquellos amueblados chalets.

Esto tiene disgustadísimas a las niñas y desazonada a la mamá. Y no es para menos el caso. Las de Himalaya, las de Tenerife, las de Potosí, las de Chimborazo..., en fin, toda la más encumbrada aristocracia está en el Sardinero; y ellas, por consiguiente, sin sociedad. Además, mal alojadas y achicharradas de calor. (El termómetro marca 20° al sol, y cuando ellas salieron de Madrid señalaba 41 a la sombra). Gracias a que han conseguido alquilar por toda la temporada un mal carruaje que las lleva por la mañana al baño y por la tarde a pasear al Sardinero.

Así es que se las ve poco en la calle; y cuando se las ve, se observa que se mueven perezosamente, como buque en calma chicha, y miran tiendas, objetos y personas con gesto de hondo disgusto. Si alguno las saluda al paso, responden con lánguido cabeceo, que más parece desmayo que otra cosa.

Por lo común, se las halla, hechas un racimo y envueltas en transparente bata, sentadas en el mirador.

En esta ocasión y en otras varias del día, nunca les falta en la acera de enfrente una especie de guardia de honor, compuesta de los arrapiezos más encanijados y escrofulosos, pero a la vez más principales, que haya en la población. Allí, los inocentes, se pasan las horas muertas retorciéndose la inverosímil guía del incipiente bigote, exhibiendo, a fuerza de disimuladas contracciones de muñeca, los puños de la camisa, esgrimiendo las solapas de la levita para que se destaque en todo su desarrollo la curva del robusto pecho, y haciendo, en fin, cuantas evoluciones y habilidades pudiera una bestezuela amaestrada por diestro gitano para seducir al incauto feriante.

Ya hemos dicho que las de Cascajares no son bellas; pero que son distinguidas, categoría inventada en estos tiempos democráticos para colocar en ella todo lo que no es vulgo, sin ser aristocracia, no por la sangre, sino por el aire.

El efecto de esta distinción se deja conocer en el pueblo inmediatamente. En esos días es cuando se tropieza uno con alguna indígena que lleva sobre su cuerpo cierta cosa rara que llama nuestra atención; v. gr., un moño encima de los riñones, un pispajo de tul en el cogote, el pelo echado sobre los ojos, o medio vestido azul y medio de color de canario, collar de rollos de canela, o pendientes de melocotón..., cualquiera extravagancia por el estilo.

Si tenemos franqueza para tanto, y la preguntamos, deteniéndola en la calle, qué es aquello, nos responderá sorprendida:

—¿No le hace a Vd. gracia?

—Maldita.

—¡Oh! pues lo llevan mucho las de Cascajares; y en Madrid hace furor.

—¡Hola!

—¿No le gustan a Vd. esas chicas?

—¿Quiénes?

—Las de Cascajares.

—La verdad es que no me han llamado la atención...

—¡Oh! ¡pues son muy distinguidas!

Y no es otra, lector, la razón de que muchos arreos femeniles que te parecen espantapájaros por esas calles de Dios, se consideren, entre las gentes de buena sociedad, como modelos de gracia y bien caer.

¡Lo llevaban las de Cascajares!

Y es de advertir que entre los hombres que se pagan mucho del adorno exterior, sucede lo propio. Tienen también sus Cascajares distinguidos que les hacen zambullirse en unas bragas descomunales; ú oprimir el busto entre las láminas de una levita sin solapas, sin faldones, y hasta sin paño; o la mollera en un cilindro sin alas, o en unas alas sin cilindro.

Volviendo a las de Cascajares, añado que asisten a los bailes campestres, muy elegantes, pero con mal gesto; bailan poco, o no bailan nada. Son las últimas que llegan al salón, y las primeras que se retiran de él.

Y como son tan distinguidas, suspiran muy a menudo por aquel Biarritz de su alma, donde todo es chic y confortable. En cuanto a Santander, no las hace felices.

El diplomático dice «amén» a todos los discursos de sus hermanas, y no se separa de ellas en todo el día. Es autoridad de peso en asuntos de moños y vestidos; y en el ramo de modas en general, bastante más entendido que en los protocolos de la secretaría de su cargo.

Por lo que hace al otro Cascajares, se levanta a las dos de la tarde, come a las seis, se va a la ruleta, si la hay, o a timbirimba más fuerte, que sí la habrá, y no vuelve a casa hasta las tres de la mañana, viendo siempre las estrellas, aunque el cielo esté nublado; porque es de advertir que tropieza mucho en el camino.

En cambio, su papá no tiene más afán que pasear solo por el Alta; y como se acuesta temprano y madruga mucho, sólo ve a su familia a las horas de comer. Sabe que está sin la menor novedad en su importante salud, y no se mete en otras honduras. Lo mismo hace en Madrid.

Y llega a la mitad el mes de septiembre, vuelven a empaquetar los equipajes; y después de haber pagado diez visitas de las veinte que deben, tórnanse a Madrid las de Cascajares, llevándose las maldiciones de las diez familias con quienes quedan en descubierto, y dejando, en cambio, el recuerdo de su distinción entre las señoras pudientes, que las imitan en cuanto les es dable, así en el vestir como en el andar, y entre algunas inocentes cursis que sudan y se desgañitan por remedar sus frescas y turgentes sedas, con marchitos tafetanes y delebles percalinas.

LOS DE BECERRIL.

Índice

Dos taleguillos blancos llenos de ropa de muda, unas alforjas atacadas de chorizos y garbanzos, y un paraguas. Este es el equipaje de cada familia al meterse en el tren en la estación más próxima.

Cuando se apean en Santander, el padre carga con las alforjas, amen de la capa que también se echa al hombro; la madre con un taleguillo y la criatura que amamanta; una jovenzuela con el otro talego, y un rapaz de doce años con el paraguas.

Vienen a Santander porque el padre tiene dúlceras en las piernas, y dúlceras en el cuadril de la derecha; la madre, desde el último parto, añudados los gonces de la rodilla izquierda; el mamoncillo no puede echar los últimos dientes de por sí solo; la jovenzuela ha cumplido ya quince años y está pálida como la cera; el rapaz que va para doce, tiene los labios como un embudo y el cuello como un botijo, y le salen ya los lamparones por detrás de las orejas.

Por consejo del médico de Becerril de Campos, vienen a tomar los baños de mar, porque éstos han de curar todas y cada una de las dolencias enumeradas.

Con estas esperanzas y aquel equipaje, y en el orden de formación en que hemos ido citándolos, llegan a la Dársena y echan Muelle adelante con el asombro pintado en los ojos y en la boca.

El molinete que suena; el vapor que cruza la bahía; el ligero esquife que se desliza sobre las aguas, como la golondrina en el espacio; la sardinera que grita su mercancía; el coche que pasa rápido; el carretero que aturde la vecindad con las blasfemias de costumbre; el marcial arreo y las infantiles galas; sedas, tules, libreas y levitas, chaquetas y manteos... Todo esto junto y revuelto, casi en torbellino, que es lo primero con que tropiezan los ojos del viajero que desde la estación del ferrocarril se lanza, de sopetón, al Muelle en una tarde de verano, aturde y deslumbra con sobrado motivo al sedentario y patriarcal lugareño de tierra de Campos.

Pero el coche, y «los señores,» y el soldado, y «las damiselas,» todo, en fin, lo que es terrestre, cabe perfectamente en las presunciones de los de Becerril, y luego dejan de admirarlo. Lo que realmente los fascina, por de pronto y acaba por atontarlos, es lo marítimo. Les faltan ojos para contemplarlo y hasta narices para olerlo.

—Míales, míales, hijo —vocea la madre—. ¿No te lo ecía yo?... Más altos son los palos que el campanario del pueblo.

—¡Pus anda —añade el padre—, con el otro que va río abajo! Mal rayo me parta si no ahúma como si llevara los demonios aentro. ¿Qué tié que ver el tren con esto? ¡Pus ávate con el barquillico que lleva a la zaga!...

—Será la cría, padre —grita el rapaz.

—Puá que, hijo; no te diré yo que no lo sea.

—Y toas estas que están arrimaícas aquí lo paecen tamién... ¡Cristo, cuánta barca!... y allá va una cargá de cubetos... ¿Y dende esta orillica se pescará el fresco?

—¡Otra con el inocente! Eso se pesca en alta mar, borrico.

—¿Pues no es esto la alta mar?

—¡Anda si qué! ¿Pus no oístes a aquel señor que venía en el tren a la vera de tu madre, que esto es el puerto? ¡Qué tié cacer esto pa onde está la alta mar!

—Y ¿onde está esa mar?

—En cuantico alleguemos a casa, di que se ve de golpe.

Y en estas y otras por el estilo, admirando acá, exclamando allá, parándose aquí, retrocediendo en el otro lado, preguntando a este «caballero» y a la otra «buena mujer», llegan a Miranda, en cuyo barrio tienen apalabrada una habitación que les ha buscado otra familia castellana que les precedió en el viaje.

Al ver el mar desde aquellas alturas, los padres se atolondran y los hijos se estremecen, considerando que al día siguiente han de meterse todos ellos en tales honduras.

Como el barrio de Miranda es el que eligen siempre los castellanos, por la doble razón de economía y de proximidad a la playa, tienen ocasión los nuestros de hacer rancho en la misma casa en que viven, con otros paisanos instalados en ella también. De todas maneras —y por eso traen las alforjas llenas de provisiones—, siempre se ajustan sin la comida.

El primer baño no le toman sin grandes recelos, sobresaltos y serias meditaciones: los chicos lloran y los grandes tiemblan de miedo, mucho antes de temblar de frío; pero, al cabo, bien agarrados éstos a las cuerdas, y a empellones los muchachos, van entrando todos poco a poco, hasta que, después de acurrucados, les llega el agua al pescuezo. Es decir, que se quedan a la orilla, donde, al romper las olas, tras de machacarles los cuerpos como mazos de batan, les hacen sorber la arena a carretadas.

En la misma guisa que salieron del tren, exceptuando el detalle de las alforjas, van al baño y vuelven de él: con la propia capa el hombre, las mujeres con los talegos y la criatura, y el rapaz con el paraguas. La capa para arroparse, el paraguas para quitarse el sol el de los lamparones, y los taleguillos para guardar la ropa del baño.

Catorce de a media hora recetó a cada uno el médico de Becerril; pero ellos que traen muy contado el tiempo y el dinero, toman dos cada día, y así despachan en una semana, cuando no en media, echándose en remojo una hora por la tarde y otra por la mañana.

Siempre que no están en el baño, o comiendo, o durmiendo la clásica siesta, se los halla recorriendo las alturas de la costa, metiendo la cabeza en todas las grutas y rendijas de las peñas, y preferentemente escarbando los arenales para acopiar pelegrinas y caracolillos, por cuyas baratijas se perecen.

Antes de volverse a Becerril, o a Frómista, o a Amusco, al pueblo, en fin, de Castilla, del cual procedan, bajan dos veces a la ciudad: una para verla y comprar a la chica unas arracadas de cascaritas, y otra para visitar, por adentro, un vapor-correo, y, si le hubiere en el puerto, un barco de Rey.

Por lo demás, son los bañistas más metódicos y decididos de cuantos se zambullen en el Cántabro. Ni en los días de más resaca perdonan el remojón. De manera que si también en la hidroterapia obra la fe prodigios, estas buenas gentes se vuelven a Becerril tan sanas como corales.

EL EXCELENTÍSIMO SEÑOR.

Índice

Una semana antes de suspenderse, por razones de alta temperatura, las sesiones de las Cortes, pronunció un discurso de abierta oposición a la política del Gobierno. Tres días después se trasladó a Santander con su señora, luciendo todavía los tornasoles de la aureola en que le envolvió aquel triunfo parlamentario. No hay que decir si llegaría hueco y espetado, él que, por naturaleza, es grave y repolludo.

Como ni S. E. ni su señora piensan tomar baños de mar, sin duda por aquello de que de cincuenta para arriba, etc..., refrán cuya primera parte les coge por la mitad, no han querido alojarse en el Sardinero; y como tampoco quieren el bullicio y las estrecheces del cuarto de una fonda, se han acomodado en una modesta casa de huéspedes, ocupando la mejor sala con el adjunto gabinete.

Su Excelencia sale a la calle con zapatos de cuero en blanco, sombrero hongo de anchas alas, cómoda y holgada americana, chaleco muy abierto y tirillas a la inglesa.

Siempre camina lento y acompasado, con las manos cruzadas sobre los riñones, y entre las manos la empuñadura de cándida sombrilla. Nunca va solo; generalmente le acompañan cuatro o seis personas de la población, y de sus ideas políticas.

Marchan en ala, y el personaje ocupa el centro de ella.

A cada veinte pasos hace un alto, y el acompañamiento le rodea. Es que va a tocar uno de los puntos graves de su discurso; porque es de advertir que S. E. no gasta menos, ni aun para diario.

Y, en efecto; si un oído indiscreto se acerca entonces al grupo, percibirá estas, ú otras semejantes palabras, dichas en tono campanudo y resonante:

—Porque, señores: los hombres que hemos adquirido la experiencia del gobierno con amargos desengaños, debemos al país toda la verdad, todo el esfuerzo de nuestro patriotismo acrisolado. Por eso, si en el Parlamento, como la Europa ha visto, fui implacable con los hombres de la situación, lo fui mucho más, lo estoy siendo todos los días en el terreno de mis personales relaciones con todos ellos. Momentos antes de salir de Madrid, decía yo al Presidente del Consejo de Ministros: «Esa que ustedes siguen es una política de aventuras; y ciegos están si no ven que con ella está el país al borde de un abismo... El país no quiere utopías; el país quiere hechos prácticos; el país quiere reformas tangibles y beneficiosas; el país quiere economías positivas; y ustedes, para corresponder a sus justos anhelos, le dan la dictadura en Hacienda, el cáos en la política y el desconcierto en todo.»

—¡Bravo! —exclamará aquí uno de los oyentes que más arriman los asombrados ojos a los crespos bigotes del orador—. Y él, ¿qué le respondió a Vd.?

—¿Qué me respondió? —replicará S. E. mirando al interpelante como si fuera a tragársele, y recorriendo luego el grupo con la vista airada, haciéndole desear por un buen rato la respuesta—. Lo de siempre: que el estado del país; que el desbarajuste de las pasadas administraciones; que los compromisos contraídos; que la demagogia; que la revolución latente; que la necesidad de cimentar las instituciones... ¡Farsa, señores, farsa todo!

—¡Pues es claro! —responderá el coro.

Y el orador, después de pasear otra vez la vista por los circunstantes, sin añadir una sola palabra, erguirá la cerviz, fruncirá el ceño, y continuará su paseo.

Y así hasta el infinito.

Por la noche, aquellos mismos complacientes y complacidos caballeros le acompañan al Círculo de Recreo; y dicho se está que le llevan, medio en triunfo, al salón del Senado, venerable mansión donde, al revés de la cárcel del mísero Cervantes, «toda comodidad tiene su asiento y ni el más leve ruido hace su habitación.»

Allí se levantan los más autorizados señores al ver al recién llegado, cédenle la poltrona presidencial; y, alargando tirios y troyanos el pescuezo y los hocicos (intentique ora tenebant, que dijo el otro) dispónense a escuchar, sin perder sílaba, la quincuagésima octava variante sobre el consabido tema...

Que sigue y se reproduce también en el camino del Sardinero, que gusta S. E. de recorrer a pie, muy a menudo.

Y así va corriendo la temporada, salpimentando sus solaces con tal cual visita a éste o al otro personaje que veranea en la playa, o pasa de largo para el extranjero.

Al fin del verano se le lleva un día a ver el Instituto, y otro a la Farola de Cueto, que, por lo visto, es todo lo monumental que aquí tenemos, digno de que lo vean esos señores; y hasta el año que viene, si para entonces no está S. E. en candelero... o en las Marianas, que de todo se ha visto.

Cuando el personaje montó en el coche que le llevó a visitar la Farola, se notó que le acompañaba una señora, sobrado vulgar de aspecto, y nada joven, por las trazas. Aquella señora era la suya; y entonces se la vio en público por primera vez.

Extrañó mucho la gente reparona que un señor de tal fachada y de tantos requilorios, hubiera elegido una compañera de tan vulgar modelo.

Pero estos reparones no reparan que los hombres no nacen para ser personajes como los príncipes para ser reyes; y así les sucede a muchos lo que al cosaco Kalmuff, que «como no esperaba llegar a sargento, descuidó un poco la letra»; es decir, que como al verse abogados sin pleitos, o temporeros de una modesta tesorería de provincia, o alféreces de reemplazo, no pudieron soñar que el viento de una revolución, o los caprichos de la fortuna los colocasen en las mayores alturas del presupuesto, no se les ocurrió entonces tomar una señora de majestuoso porte, para reflejar en ella en el día de la apoteosis los relumbrones del oficio.

Mas a esto dicen también las gentes, que en España todos los hombres, en cuanto llegan a serlo, debieran prepararse para lo más grave, porque parece ser, y varios hechos lo atestiguan, que, por una rara excepción de la naturaleza, todos los españoles servimos para todo.

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Altersbeschränkung:
0+
Veröffentlichungsdatum auf Litres:
17 Januar 2025
Umfang:
110 S. 1 Illustration
ISBN:
4064066063115
Verleger:
Rechteinhaber:
Bookwire
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