Buch lesen: "Calíope y las lobas de Otoño"

Schriftart:


Inicio

CALÍOPE

LAS LOBAS DEL OTOÑO

Un libro de

J. L. Flores

Ilustración y diseño de cubierta

Ángela González

Correcciones y edición

Cristian Arenós Rebolledo

Nilo Herrero Arenós

Primera edición digital septiembre de 2020

ISBN 978-84-122195-4-8

Depósito legal CS 346-2020

© José Luis Flores

© Loba Ediciones Ltda.

© de la presente edición

La máquina que hace PING!

La máquina que hace PING!

Plaza Estación, 9 Bajo 12560

Benicasim - Castellón

(España)www.lamaquinaquehaceping.com

maquinaping@gmail.com

(+34).670.386.111



Podemos perdonar fácilmente

a un niño que teme a la oscuridad;

pero la real tragedia de la vida

es cuando los adultos temen a la luz.

Platón

Ustedes y nosotros

Ustedes y nosotros

Sobre la tierra siempre han vivido dos especies muy parecidas: ustedes y nosotros. Humanos y subterráneos. Similares y distintos, como lo puede ser un mismo paisaje durante el día y la noche. No te sorprendas, ustedes siempre han sabido de nosotros. Han intentado clasificarnos, meternos en sus viejos grimorios, pero siempre ignorando nuestra verdadera naturaleza. Nos han llamado de muchas maneras, algunas veces denostándonos, otras alabándonos como dioses. Nos han llamado «hadas», «desviantes» y «engendros». En algunas ocasiones trabajamos con los humanos, como en Persia, donde fuimos llamados «Peri» y asistíamos en los templos.

Pero hoy, al igual que cientos de pueblos aborígenes, perdimos nuestro mundo. Nuestros pequeños principados fueron absorbidos por la razón del hombre y el frío del acero. Ávalon, Tule, Agartha… todos esos nombres que hoy te suenan a fantasía, a mí me suenan a historia. Como fuese, dijimos adiós a los viejos títulos, nos transformamos en refugiados, aliados de algunos gobiernos, enemigos de otros.

Este no es un mundo de blanco y negro. Los buenos y los malos se confunden, formando un nuevo gris. Somos menos que los humanos, pero aun así somos muchos. Ni siquiera yo tengo claro cuántos. Por eso se creó una institución, compuesta por ambas razas, apoyada por la ONU. La llamaron Agencia de Nunca Jamás. La cosa era clara: si queríamos colaborar e integrarnos, pues tendríamos que seguir ciertas reglas, como no comernos al vecino.

A pesar del nombre alegórico a Peter Pan, la organización es un asunto muy serio. Controla cadenas de tiendas, estudios cinematográficos, ligas deportivas y hasta tiene su propio banco. Ha hecho parques recreativos donde aquellas hadas que no pueden trabajar en el mundo real pueden ser productivas o algo así.

Por supuesto, esto de convivir con humanos es complejo. Por eso los viejos carcamales siguen las tradiciones que heredaron de sus ancestros. Esos grises y gruñones se rigen por el Consejo en las Sombras, el que busca preservar nuestras costumbres, pero que ha perdido bastante peso por estos días.

No todo es tan malo. Para alegrarles la vida y resolver sus problemas estoy yo: Calíope. Soy algo así como la única agente buena de Nunca Jamás. El mío es un negocio difícil. La ciudad está llena de ciudadanos diversos, migrantes desplazados de sus lugares de origen. Latinos, árabes o coreanos… la puerta no está cerrada para nadie. Es que el mundo da vueltas y en cada una de ellas se cae una persona. Yo debo recogerlas, aliviarlas y darles justicia.

Me gusta pensar que soy la sheriff de un viejo pueblo del oeste, pero, claro, mi apariencia es mucho más práctica que heroica. Me oculto detrás de un impermeable viejo de mi padre, así disimulo mi contextura, más bien pequeña. Además, están las cadenas, las cuales fueron regalo de alguien muy viejo. Las hicieron para blindar al desposeído, pero yo les doy un mejor uso. ¿Conocen al Hombre Araña? Pues yo soy algo así como una versión más coqueta de él.

Pero si todo lo anterior falla, llevo un bastón forjado en acero artúrico, el que uso para contrarrestar el que mi pierna derecha es casi en su totalidad una prótesis de bronce. Lo lindo, claro, es que brilla en las noches de luna llena. Estoy pensando que me puedo ofrecer en alquiler para fiestas y cumpleaños.

Suficiente con las presentaciones. ¿Entras o no?

Primera parte

Primera parte

¿Quién le teme al lobo feroz?

I

El Verano debería estar muriendo, pero el sol se resiste a perder su dominio. Solía odiar marzo, era la época en que se acababan las vacaciones y volvíamos al colegio. Son las dos y cuarto de la mañana, pero se siente como si fueran las tres de la tarde. El termómetro sigue pegado en veintinueve grados.

A pesar de que es miércoles, la calle aún está poblada. El calor nos transforma en animales nocturnos. Camino como una más. Nadie me nota, salvo por un par de chicas que se dan vuelta a mirarme. «No eres tú, es el glamur», me digo. Los humanos suelen prendarse de esta especie de magia hereditaria que llevamos. Esto es especialmente verdad entre los solitarios, los sensibles y los locos: mi tipo de gente. Pero estoy trabajando, el placer debe esperar.

Me escondo entre los delgados callejones del centro. Me abro paso entre parejas clandestinas, mercaderes de rarezas y traficantes de locura. Estoy buscando a un cliente. Bueno, era mi cliente en mis tiempos como independiente. Hoy vengo por un asunto de la agencia.

La Pulga blanca es un bar escondido. Su clientela es exclusivamente subterránea, aunque cada cierto tiempo algún humano infeliz cruza sus puertas buscando el objeto de su obsesión.

El lugar hiede a trago añejo y varios perfumes que no logro identificar. Un bailarín se mueve grácilmente sobre un pequeño escenario. Tras él y en las sombras se encuentra un diminuto pianista que toca algo parecido a un blues. Las luces caen sobre mí y los clientes por igual, tiñéndonos de azules y medios tonos.

Marlón Braukos, el propietario, fue quien me llamó. Es un deimos, un ser con el cual hay que tener cuidado. En la mitología griega, Deimos es el hijo de Ares y Afrodita y el hermano de Fobos. La personificación de la turbación y el terror. Lo cierto es que es bien poco probable que los ancestros de Marlón sean tan nobles, pero sus poderes son muy reales. Su aura espanta y pone los pelos de punta. Mi padre decía que nunca hay que mirar a los deimos a los ojos, porque son capaces de implantarte pesadillas, lo que es una soberana lata, pues los sueños son la conexión de los subterráneos con la antigua tierra de la que venimos. Las pesadillas para nosotros son algo así como el taco de las siete de la tarde o el tapón en la bañera. No nos dejan fluir.

El hombre en cuestión es mayor, debe bordear los setenta años. Al quitar su disfraz de humano, revela que su piel está ajada y gris. Sus ojos están hundidos tras un cráneo grande, de apariencia rocosa. El resto de su cuerpo está bastante bien mantenido, de manera muy griega. Podría ser la envidia de muchos modelos y fisiculturistas.

Lo miro y no puedo contener mi bocota:

—¿Qué usas? ¿Esteroides?

El anciano me mira con cierta simpatía. La pregunta está fuera de lugar, pero estoy adulándolo y estos viejos dioses aman un poco de dulzura en su vida.

—Sólo ejercicio —dice sin darle más importancia—, pero no has venido a comparar bíceps, mediasangre.

Ese es otro problema con los viejos: no se adaptan a los nuevos tiempos ni a la nueva gente. Soy una mediasangre, mitad humana y mitad trol, es verdad, pero también soy ciento por ciento eficiente, así que me marcharé ante cualquier otro chistecito de la vieja guardia.

—No —digo con seriedad—, vine porque se informó de una desaparición, pero no de manera oficial, ¿estoy equivocada?

Él menea su cabezota para negar mi punto. Mira hacia varias direcciones y, cuando está seguro de que nadie lo ve, saca una pequeña foto. Es una polaroid y en ella está plasmada la imagen de una dama de apariencia bastante humana. Vaya, para aparentar ser un viejo conservador, tiene gustos muy de la nueva era. La mujer parece tener casi cincuenta años, quizás algo más. Su pelo está teñido de rojo oscuro, pero puedo adivinar que era castaño natural. Su rostro tiene surcos, de alegría y también de los otros.

—Su nombre es Marianela.

—No es una de nosotros —digo sin despegar la vista del retrato—, pero supongo que sí sabía lo que era.

Puedo ver el dolor y la vergüenza en su rostro. Muy a su pesar, él le contó la verdad.

—Uno no elige a quién amar —dice algo derrotado—. Era una clienta frecuente. En un comienzo venía con un grupo de amigas, ondinas en su mayoría, pero luego comenzó a venir sola. Nos conocimos y una cosa llevó a la otra.

—Y un día dejó de venir.

Vuelve a darme la razón. Entiendo, no necesito que me explique más. La mujer no está en su hogar, sus amigas no saben nada. No están mintiendo, porque el viejo usó sus poderes con ellas y no obtuvo mucho más de lo que ya sabía. El reverso de la foto tiene la dirección de la mujer, misma que anoto en mi propia libreta, en el viejo idioma de mi padre. No será un caso complejo, puedo hacerlo.

El anciano cara de muro se sirve un vaso de gin con agua sin ofrecerme nada, pero no se lo lleva a la boca. En vez de eso, sigue hablando.

—Los humanos no entenderían, me llenarían de preguntas que no puedo ni quiero responder.

Quiero decirle que no puedo ayudarlo, que no me compete. Quiero explicarle que ya no soy una detective privada. Sin embargo, no tengo el corazón para hacerlo. Además, las desapariciones son mi especialidad, así que agarro su trago y lo hago desaparecer en mi garganta.

—Salud —dice.

No le contesto y, simplemente, me voy del lugar. Él ha entendido que tomaré su caso y yo entendí que, en realidad, no me gusta el gin.

II

No puedo llegar y entrar al edificio de la mujer desaparecida. Tengo tres razones para ello: la primera es que pueden estar vigilándolo, la segunda es que sería revelar mi rostro a los conserjes que podrían estar involucrados en la desaparición, y la tercera (y única verdadera) es que sería aburrido.

Me trepo siguiendo las cornisas de los edificios cercanos. Doy gracias por la sequía. Trepar sobre edificios húmedos es complejo. Uso mi glamur para que ningún ojo vigilante se fije en mí.

Mi padre y yo solíamos saltar los techos de la ciudad. Me enseñó a hacerlo con cuidado, elegir cornisas, panderetas y ventanas. Parkour, danza y glamur. Fue duro. Me quebré la clavícula una vez. Él lo atribuyó a mi torpeza; yo, a mi pata de bronce. Entonces me regañó. No soportaba mi autocompasión. Debía ser fuerte. Entre los troles no hay diferencia de género. Todos somos grandes, feos y duros de cabeza.

Ha habido más desapariciones en la ciudad. No se lo quise decir a mi cliente; no es necesario aumentar su angustia. Sin duda, algo está ocurriendo, pero quería pensar que no tenía nada que ver con nosotros.

Las ventanas del piso están abiertas. No me gusta eso. A muchos de nosotros nos gusta entrar por ellas y hacer una que otra maldad. La pequeña sala está adornada por unos pocos muebles. Una reproducción de Las Meninas de Velázquez adorna la muralla oriente, una foto familiar hace lo propio con la que apunta al norte. Puedo ver una hermana, una madre, un padre. No hay niños.

La habitación está ordenada, la cama está hecha y no siento calor ni trazas psicobiológicas sobre el edredón. No ha sido ocupada en días, probablemente desde que el vetusto cantinero notó la ausencia de su novia.

Un sonido ronco recorre las cañerías, seguido por un alarido más agudo. El edificio no es tan viejo como para sostener este tipo de conversaciones. Sigo el ruido, pero sin usar ninguno de los trucos de mi viejo, sólo mis oídos. Me llevan al vecino. No puedo llegar y derribar la pared para ver que hay del otro lado. O sea, sí puedo, pero no sería muy educado.

Regreso mejor a revisar el departamento. Nada en el baño, nada en el único armario. Entre los libros no veo ningún tomo interesante ni grimorio oculto. Me da la impresión de que era una mujer sin secretos, incluso encuentro una foto de ella con el viejo gruñón comiendo algodón dulce en la Quinta Normal. No puedo evitar la carcajada, pero pronto mi risa se ahoga por el retorno del ruido.

Las cadenas que me dio el Dagda se agitan. Es signo de peligro. Ellas no suelen buscar la violencia, pero me avisan cuando está cerca. Indican al vecino, nuevamente. ¿Destruir la pared o no? Esa es la eterna pregunta de mi vida. Respiro profundo y me recuerdo que no estoy en misión oficial así que los gastos corren por mi cuenta y ya soy lo suficientemente pobre.

Salgo del departamento. El pasillo está helado y un neón antipático pestañea en un inusual paroxismo. Toco el timbre, nadie abre, toco otra vez. Nada. Me controlo para no patear la puerta. Las cadenas se agitan. Alguien viene a la puerta.

A pesar de que sólo asoma la cabeza y algo de su cuerpo, puedo ver que es un hombre de unos treinta años, de aspecto desaliñado. Su cabello parece sucio y pegoteado, su rostro está brillante por la falta de sueño.

—Inspección de cañerías —digo.

Le he mostrado una credencial, pero apenas logra enfocar la vista. Lo que es una pena, pues es realmente una licencia de fontanero que saqué en caso de necesitar un nuevo empleo.

—¿A esta hora? —pregunta haciendo uso de algo de razón.

—Lo arruinaste todo —le digo al momento en que pateo la puerta.

No tiene la fuerza para resistir mi golpe y cae de espaldas. No sangra, no se ha golpeado fuerte. Sin embargo, no puede levantarse. El ruido de las cañerías suena otra vez. El tipo se tapa los oídos; por alguna razón, lo afecta.

—Vienen —dice—. El ruido atrae a las bestias.

Repite su frase hasta que sus oídos comienzan a sangrar y el sonido se detiene.

—¿Qué le hiciste a tu vecina, loquito? —le pregunto.

No me responde; le insisto. Le doy una suave patada en el trasero para obligarlo a enfocarse. Sólo entonces me mira. Las cadenas se agitan, pero no por aquel debilucho mortal. Muy tarde me doy cuenta de que hay algo tras de mí.

Siento un golpe fuerte en la espalda. De haber sido un humano normal, hubiese destrozado mis riñones. Aun así duele.

Las cadenas me blindan ante otro ataque. No logro entender quién o qué me está atacando, pero tampoco me voy a detener a preguntarle. El ruido de la cañería se hace más agudo. El flacucho grita acompañando la sinfonía.

Puede ser mi imaginación, pero veo algo parecido a pasto creciendo de los brazos del hombre y una delgada ramita saliendo de su oreja. Al cabo de unos segundos, el pobre está floreciendo.

Intento ayudarlo, pero una gran mano me toma por el brazo y clava sus garras en mi carne. Las cadenas no bastan, no conocen este tipo de agresión. Golpeo donde adivino está su cabeza. Se detiene unos segundos. Es muy fuerte; no cualquiera aguanta mi puño. Sin hablar de más, puedo decir que he noqueado gárgolas con un buen gancho.

La pausa me deja ver a la criatura. El rostro es canino y su cuerpo está poblado por un hirsuto pelo blanco. Si no supiera que es imposible, diría que combato contra un hombre lobo. Pero sé que no existen, al menos no como en las leyendas.

La criatura va en mi contra sin razón alguna, pero las cadenas ya han aprendido sus movimientos. Uso el bastón y le doy un golpe en la boca del estómago. Casi puedo escuchar cómo se le sale el aire.

Por mucho poder y frenesí que posea esta criatura, no es una guerrera, es más bien una bestia asustada. El ruido de las cañerías retorna a la escena. La bestia también se lleva las manos a los oídos.

Está sufriendo. Me mira con ojos suplicantes, pidiendo que detenga el dolor.

—¿Qué eres?

—Soy una mujer.

La voz es quebrada, pero humana. Mando las cadenas a romper el techo. Arrasan con el cielo falso, hasta llegar a las cañerías. El agua comienza a caer sobre la sala. Esto le saldrá caro al flaquito, pero no hay otra manera. No es agua lo único que cae: también identifico un cristal o piedra de alguna especie. No logro ver bien, pero me doy cuenta de que es un corindón. Su brillo es vítreo y transparente. Sus colores no se definen bajo la poca luz que tengo: a momentos parece violeta, verde o amarillo.

El monstruo ha retrocedido y está en posición fetal en una esquina. Para cuando enciendo la luz, ya no hay una criatura frente a mí, sino una mujer desnuda. La reconozco: es Marianela. La cubro con la única frazada que encuentro en la habitación de su vecino.

Intento tomar la piedra en cuestión, pero quema mis manos. Está rodeada por alguna clase de glamur, pero ninguno que haya sentido antes.

Sospecho que es así como este pequeño favor se transforma en un asunto oficial.

III

El escuadrón de limpieza llega exactamente diez minutos después de que los llamé. Quisiera que hubiesen tardado un poco más, por mi salud mental, pero son extraordinariamente puntuales.

En unos segundos ambos departamentos son registrados por una media docena de Wendys y Peters. Aíslan el cristal y hacen una medición de glamur. Si hubiese una fuga de magia salvaje en el área habría que clausurar el edificio completo, pero no es el caso, pues, salvo la roca en cuestión y, claro, yo misma, no parece haber otra fuente de poder.

Si tenía alguna esperanza de dormir en mi cama esta noche, esta se esfuma con la orden que llega por la radio de uno de los agentes: tráiganla a la agencia. Como si fuese una cosa. Lo peor es que reconozco esa voz: es mi compañero.

Peter está enojado… a su manera fría y controlada, pero está molesto.

—Pensé que confiabas en mí —dice—. Me relajo contigo y vas tomando casos tú sola.

—Es que era un caso… ya sabes.

—Entre subterráneos —dice con severidad—, lo tendré en cuenta para la próxima.

Sé que eso no sonó muy bien. Parece que lo estuviese discriminando por ser un homo sapiens. Lo cierto es que él es un asunto muy distinto; es un humano, pero de una clase muy particular. Es lo que mi pueblo llama un hierro: una criatura cuya absoluta falta de empatía con la magia la hace inmune a nuestro glamur. Son muy útiles a la hora de desenredar las madejas de mentiras que las hadas suelen armar. Tampoco caen en las pequeñas manipulaciones que solemos hacer con nuestro glamur. Además, a los de su clase se les hace muy fácil lastimarnos, con o sin querer, por eso evitamos abrazos y todo ese tipo de manifestaciones sentimentales.

Para llegar a ser así se requiere mucho dolor y una casi absoluta falta de esperanza. Sé bien que Peter pasó por un gran dolor: el secuestro de su hermana a manos de una secta llamada la Golgotha, pero es mejor no hablar de eso con él. Lo raro es su templanza. No nos odia, pero es como si siempre estuviese reteniendo una emoción, conteniendo un grito. Hasta ahora me he cuidado de respetar sus secretos, lo cual ha sido un gran esfuerzo, debo decirlo.

Como dije antes, Peter es su nombre. Bueno, todos los agentes de Nunca Jamás se llaman así, con la salvedad de las chicas, que reciben el nombre de Wendy. Si el agente no se siente cómodo definiéndose como parte de uno u otro género, pues puede escoger el nombre que le acomode más. Incluso hay un par de jefes llamados Hook. Bonito y simbólico al mismo tiempo, ¿no?

La discusión no sigue por mucho rato, ya que soy arrastrada de un ala hasta la enfermería. Creo que puedo ser declarada cliente frecuente del lugar. Las heridas son señal de vida. Al menos no me están mandando a la morgue, ¿verdad?

La doctora Bocanegra no es uno de los míos, pero es una experta en la fisionomía de los subterráneos y, a esta altura, ya está acostumbrada a mis lesiones, así que me hace un gesto técnico para que me quite el abrigo y le muestre mi herida.

Veo algo de miedo en su expresión. No me gusta.

—¿Quién te hizo esto, criatura? —pregunta.

No sé por qué le cuento, pues no me escucha. Parece preocupada. Ha intentado cerrar la herida, pero no lo logra. Los troles nos curamos rápidamente, a menos que seamos heridos por hierro. Me han disparado, me han apuntado con lanzallamas y me han arrojado a fosos profundos. De todo puedo salir, pero esta herida, pequeña y casi superficial, me está sometiendo.

Puedo ver que Peter también está preocupado. Llama por teléfono, pero no logro escuchar lo que dice. Además, me da la espalda para que no lea sus labios. Quiero salir de aquí y avisarle a mi cliente que encontré a su pareja, que está a salvo en una sala del laboratorio. Sé que no me dejarán hacerlo, no hasta entender qué diantres sucede.

—Creo que tengo una idea —dice la doctora—, pero si es verdad, estamos ante algo muy feo.

Peter y la facultativa me llevan hasta uno de los balcones de la agencia, que por fuera parece ser una vieja clínica siquiátrica.

—Quema tu glamur —dice la mujer—, como cuando intentas ocultar uno de tus rasgos, pero esta vez concéntrate en tu herida.

—Se llama curación con glamur —les digo, molesta—. Lo he hecho antes, pero no funciona en heridas tan grandes. ¿Creen que nací ayer?

Mi ira crece. Trato de calmarla. No es racional, no soy yo. Es como si algo me estuviese quemando la cabeza. Peter me mira y me hace un gesto para tranquilizarme. En vez de lograr su objetivo, me dan ganas de sacarle los dedos a mordiscos. Dos humanos me están enseñando a usar mi glamur, ¡qué bonito! Me retuerzo en mi rabia, sintiendo que todo se vuelve rojo oscuro, pero cuando pienso que mi cólera me hará cruzar un umbral, el sol comienza a alumbrar. «La bendición de Helios» la llamaba mi viejo.

La herida abierta se expone a la luz. Eso y mi glamur ardiendo detienen la hemorragia. Y yo que me estaba quejando de que el Verano no se iba.

Siento que mis piernas flaquean; apenas puedo con mi prótesis. Incluso las cadenas están fatigadas. Casi ni me doy cuenta de cómo me regresan a la enfermería.

—Necesito un té —digo—, con veintidós de azúcar, por favor.

A pesar de todo, no pierdo el conocimiento. «Dignidad, Cali», me digo. No me gusta ser la víctima, pero al menos esto me da una perspectiva única del caso. Si aquella bestia, sea lo que sea, pudo herirme de verdad, y de paso hacerme perder mi tradicional buen genio, es un cambio en el juego, uno al que debemos estar muy atentos.

IV

A través de un grueso cristal veo cómo duerme la mujer que casi me mandó al patio de los callados. Se ve apacible, entregada al sueño de los justos. Estoy casi segura de que no tenía idea alguna de lo que ocurría. Ha habido al menos seis desapariciones más en la ciudad. Todas en circunstancias tan raras como esta. Si la ciudad se llena de seres felpudos que buscan devorarse al prójimo, estaremos en problemas.

Miro mi reloj. Son casi las siete y media de la mañana. Tendría que estar en casa, dándole desayuno a mi sobrina. Le ruego a Peter que me lleve, cosa que hace a regañadientes. Sé que en el fondo me quiere; lo que pasa es que, al igual que a los yogures, hay que batirlo un poco.

—Yo la llevaré al colegio —me dice—. Sabes que la chica adora estar conmigo.

Le sonrío, pero con gratitud esta vez.

—Nunca entenderé por qué —le digo—. No deberían ser compatibles, ni siquiera biológicamente.

Él vuelve a darme esa mirada sombría. Sí sé, lo estoy discriminando otra vez, pero Laura es la única subterránea con que este apático hierro parece llevarse bien. Cuando llegamos, encuentro a la niña lista, bañada y con su mochila preparada. Me gustaría decir que es una chica problema, que ha sido un calvario cuidarla. Sin embargo, a veces siento que ella está a cargo de mí.

—Te veo muy mal, tía —dice sin perder su sonrisa.

Yo trato de dibujarle una, pero fracaso. Me limito a dejarme caer sobre el sofá favorito de mi papá.

—¿Esto significa que Peter me llevará a la escuela?

No puedo hablar, así que sólo levanto mi pulgar en señal de aprobación. Para mi tristeza, ella se lo toma como si fuese la mejor noticia del mundo. Hay veces que esta pequeña puede ser la ingratitud encarnada. Los escucho alejarse y me entrego al sueño, uno profundo, absolutamente desconectado de todo y todos. La tranquila oscuridad.

El descanso dura hasta que siento una presencia, un glamur fuerte y añejo, el que inunda la habitación con olor a azafrán y caramelo quemado. Sé bien quién es.

De niños todos quieren tener una hada madrina. Yo sí tengo una, pero lo malo es que es mi jefa. Su nombre es Isabela y es mi superior inmediato. Más que una viejecilla amable, es una valquiria lista para la acción, programada para proteger a su gente, incluso cuando esta no quiere ser protegida.

Es alta, supera el metro ochenta, y jamás la he visto ni siquiera remotamente cansada. Tiene el pelo cano, el cual peina con cuidado para cubrir el espacio donde solía estar su ojo derecho. No sé, ni he preguntado, cómo lo perdió, pero estoy segura de que involucra alguna historia épica.

Por alguna razón le di llaves de la casa, pero no me puedo acordar por qué. Lo que sí sé es cuánto me arrepiento de ello.

—Supe que realizaste una Bendición de Helios —dice—, una proeza mayor, pensando que eres…

—Mediasangre.

Ella arruga su rostro con cierta indignación.

—Iba a decir joven… ¿Cuándo has visto que me importe el pedigrí de la gente?

Claro, ahora ella se hace la ofendida. No me importa, estoy muy agotada para discutir.

—Sólo te falta dominar tu conexión con el mundo onírico —continúa—. Puedo ayudarte con eso.

«Gracias», pienso, pero no logro articular frases aún. Simplemente me arrastro hasta la cocina y me preparo un café con tanta azúcar como me queda. Isabela me sigue, como una gran sombra parlante. Sigue parloteando, sobre mi herida, lo rara que es. Sobre las desapariciones. Nada que no sepa, nada que no haya pensado antes.

Me paro, la miro y junto la fuerza suficiente para hablar. Ella sonríe. Estoy despierta, tal como quería. Maldita tramposa.

—Fue la piedra —digo—, pero eso ya lo sabes. ¿Qué era eso?

—Aún no estoy segura —me contesta con algo de resignación—. Creo que es un dispositivo de glamur. Si es así, voy a retirar a los agentes humanos del caso. Por ahora, Peter y tú estarán solos en esto, ¿podrán hacerlo?

Ella tiene razón, el glamur de aquella cosa en un humano sería fatal. Con respecto a la falta de apoyo, bueno, la verdad es que no veo diferencia alguna con otro caso. Eventualmente, siempre me dejan sola, aunque por ahora es bueno tener permiso.

Isabela se va tal como llegó, casi sin hacer ruido. Yo ya estoy demasiado inquieta como para volver a mi descanso. En vez de eso, me voy al viejo refugio de mi padre: su librería. Él era un gran detective, pero su curiosidad se formó entre libros y muchas veces resolvió un caso sin moverse de su escritorio.

Sobre el tema que nos convoca se ha escrito tanto que podría llenarse una biblioteca completa, pero no me voy a lo obvio. La teriantropía es la legendaria habilidad de cambiar de forma humana a animal y viceversa. Los humanos están llenos de mitos sobre hombres lobos, el Loup Garou, el Lobizón y un centenar de perrunos más. Muchas veces detrás de estos mitos hay un subterráneo, como los Kitsune y los Tanuki en Japón, los Balam de Guatemala o los Anubis del noroeste africano. Pero este caso es distinto, pues el dispositivo volvió bestia a un humano normal y a mí me hizo sentirme furiosa, aun más allá de lo normal. Bueno, ser mordido o herido por un hombre lobo solía ser descrito como la principal fuente de contagio. Lo que le faltaba a mi ya «exótica belleza»: una mata de pelo y una cola.

Pero según los viejos grimorios, hay otras formas de contagio, como consumir ciertas plantas mágicas, beber de la huella de un lobo u hombre lobo y dormir desnudo a la luz de la luna llena. De hecho, allá por el medievo un tipo llamado Gervase de Tilbury fue el primero en asociar la transformación con la aparición de la luna llena, pero creo que cayó en una broma que le puso alguien de mi pueblo.

En casi todos los textos se trata de casos masculinos y, por lo que vi, solamente la chica fue afectada. Él, por alguna razón, se comenzó a convertir en planta, pero puede que todo esto haya pasado antes.

Debo encontrar algo que me lleve más allá de los mitos conocidos. Quizás estoy buscando mal. Mejor me enfoco en el corindón, el dispositivo. Ahí las posibilidades se agotan. Si bien hay muchas tribus que trabajan las piedras preciosas, muy pocas hacen talismanes tan eficaces y con un glamur tan doloroso.

Las leyendas más conocidas hablan del quiebre que ocurre en el siglo XVII. Este marca un antes y un después en la historia de las viejas tribus. Es el momento de la gran ruptura, cuando se cierran definitivamente las puertas a la vieja tierra del ensueño. La mayoría de las casas, castas y etnias se adaptaron; pero algunos pocos enloquecieron con el nacimiento de la ciencia y el pensamiento racional. Esta demencia alienó a muchas pequeñas tribus que se alejaron del sendero de plata. Poseídos por una extraña violencia, arremetieron contra hadas y humanos por igual. Así, el consejo se vio forzado a destruirlos o exiliarlos; estos últimos son las que más interesan, aquellos que abrazaron los vientos fríos, el crepúsculo de los tiempos.

Al igual que a los humanos que pierden sus lágrimas, a estos pueblos los llamamos Gente de Otoño. Un término general que usamos para todos aquellos seres grises, corruptos por nuestros tiempos, que eligen abandonar el honor de su pueblo, pero este término tuvo originalmente la intención de señalar a un grupo particular de criaturas, aquellos que mi padre llama Naarassusi. Según el viejo, esta raza viviría aún en dimensiones recónditas al interior de la misma Tierra. Serpenteantes túneles dan paso a unas tierras abiertas bajo un cielo oscuro y centelleante, donde estos seres residen en fortalezas de cristal. Según los libros clásicos, estaríamos hablando de grandes mineros, alquimistas y magos, quienes prefieren las tinieblas a la luz del sol, que lastima sus ojos. Son seres que absorben glamur de fuentes macabras, de brillos siniestros. Con tal de tener más poder, corrompen todo lo que tocan, sembrando de gris todo a su paso.

€4,99
Altersbeschränkung:
0+
Umfang:
191 S. 3 Illustrationen
ISBN:
9788412219555
Rechteinhaber:
Bookwire
Download-Format: