Recado confidencial a los chilenos (2a. Edición)

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Recado confidencial a los chilenos (2a. Edición)
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© LOM ediciones Segunda edición, diciembre 2015 Impreso en 1.000 ejemplares ISBN: 9789560006103 eISBN:9789560012906 Primera edición, 1999 RPI: 110.553 Portada: Grabado «Arauco no domado», © Santos Chávez Edición, diseño y diagramación LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56-2) 2688 52 73 lom@lom.cl | www.lom.cl Tipografía: Karmina Impreso en los talleres de LOM Miguel de Atero 2888, Quinta Normal Impreso en Santiago de Chile

Pu kamollfvñ Che (a la gente no mapuche) Kallfvkura, Leftraru, Mangin-Mañil, Kvlapan, Melin, MichimaLonko, Mestizo Alejo ñi kom pu Che (a toda mi Gente) A Betirayen, a Carlitos. a mis abuelos, a mi padre y a mi madre, en el País Azul A Gonzalo Elicura, Gabriela Millaray, Claudia Tamuré, Laura Malen y Beti A Paulo Lienkura, Antonio Elikura y Jenny A Andrea Kallfvray y Camila A mi hermano Arauco A mis hermanas Rayén y América A Sebastián Antvkura, Violeta Likarayen, Amapola Millaray, y Álvaro A Nathan y Ashley A Oscar Kallfvkura, Víctor Lemuleufv, y Mathieu

Folil aliwen taiñ namun

Mvpv vñvm rupalelu niey taiñ piwke

Raíces de árboles son nuestros pies

Alas de ave de paso tiene nuestro corazón

Papay Marivl

Durante los dos meses que la versión final del presente libro, muchas veces recordé mis andanzas junto a mi hermano Carlitos en los bosques milenarios de la tierra de mis abuelos, en mi comunidad. Sabíamos adónde íbamos, adónde teníamos que llegar, pero las hojas del otoño o la nieve del invierno y, sobre todo, la enmarañada vegetación de la primavera solían ocultar las débiles huellas que nosotros mismos habíamos dejado. Así, muchas veces tuvimos que volver al punto de partida y rehacer el trayecto.

En cada uno de esos nuevos intentos, del aparente «error», aprendimos algo distinto. De lo efímero: las flores, las mariposas, los hongos, los insectos. Y de lo permanente (?): la lluvia, los árboles, los animales, las aves, el aroma, el sonido de los esteros, el viento y los sueños.

Preguntándome cuál será el modo, la vía mejor, para iniciar y ojalá consolidar una verdadera conversación con el pueblo chileno, con el ciudadano común, con usted, me instalé en mi escritorio a escribir lo que pensaba sería una «Carta confidencial a los chilenos». Varias decenas de páginas se fueron acumulando sobre él. En mi jornada de trabajo me detenía a ratos para observar el movimiento de las ramas del Foye / canelo –nuestro árbol principal– y de las ramas del hualle que desde hace años crecen en el patio de mi casa; o para vagar en el cielo azul, nuboso, o estrellado. Mas el ruido del tráfago de la ciudad era el recordatorio de que debía persistir en la tarea.

Confiando en la validez que tiene el expresar una opinión personal respecto de lo que sucede con la cultura, con el pueblo al que uno pertenece y, por lo tanto, con uno mismo en la diversidad que se es en su historia, seguí entonces adelante. Pero mi condición, mi convencimiento de ser un «oralitor», es decir, de que nuestra escritura la ejercemos al lado de nuestra fuente, la oralidad de nuestros mayores, me llevó a viajar hasta las zonas en que nuestras comunidades están sufriendo –ahora– más fuertemente la violencia generada por el Estado chileno. Llegué entonces a las comunidades de Lumaco, Traiguén y Alto Bío Bío. Y a Quinquén, en la zona de Lonquimay.

De regreso a Temuco, otra vez a orillas del bosque de la escritura, resolví rehacer el trayecto.

Me digo, ¿cuánto conoce usted de nosotros? ¿Cuánto reconoce en usted de nosotros? ¿Cuánto sabe de los orígenes, las causas de los conflictos de nuestro pueblo frente el Estado nacional? ¿Qué ha escuchado del pensamiento de nuestra gente y de su gente que –en la búsqueda, antes que todo, de otras visiones de mundo que siempre enriquecen la propia– se ha comprometido con el entendimiento de nuestra cultura y nuestra situación?

¡Nos conocemos tan poco! Aunque recientemente, ¿como sueños?, hemos efectuado también ocasionales Encuentros * que se han convertido solo en un mirarnos desde más cerca y que

–disculpándonos mutuamente esta especie de conformidad– al menos han evidenciado la enorme distancia en la que nos encontramos mapuche y chilenos, aun en la misma geografía –campos y ciudades– que sí «compartimos», hecho, este último, que incluso en la negación nos ha influenciado (en ambas direcciones, claro). ¿Cómo intentar comprender todo eso?

Es la razón por la que le entrego este Recado, lleno de cifras y de datos jurídicos necesarios –por lo mismo, inevitables– para establecer puntos comunes de conversación, en la dualidad del acuerdo y del disentimiento.

Es la razón por la que le entrego este Recado confidencial lleno de voces que quizás me «avalen» ante la suspicacia que el peso de la cultura dominante ha puesto sobre nosotros.

Recado porque es un mensaje verbal (que se hace de palabra). Confidencial, que se dice en confianza. La paradoja implícita en la coexistencia de nuestras culturas, de nuestros pueblos.

* Zugutrawvn: Reunión en la Palabra. Primer Encuentro entre oralitores (as) mapuche y escritores (as) chilenos (as), Temuco, 1994. Por ejemplo.

En un coloquio con estudiantes liceanos hablo del País Mapuche de «antaño», de su territorio, que comprende extensiones de lo que hoy es parte de Argentina y parte de Chile. De cómo la cordillera

–llamada actualmente Los Andes– nunca fue la «fundadora» de lo que después los Estados, casi simultáneamente, perpetraron: a un lado de ella los mapuche chilenos y al otro lado los mapuche argentinos. Mas, a pesar de aquello, seguimos constituyendo un Pueblo Nación, les digo.

Luego se suceden las preguntas y mis atisbos de respuestas.

Un estudiante me dice: «¿Pero por qué usted insiste tanto en hablar de los chilenos y de los mapuche? ¿Acaso usted no es chileno o no se siente chileno?». Le digo: yo nací y crecí en una comunidad mapuche en la que nuestra mirada de lo cotidiano y lo trascendente la asumimos desde nuestra propia manera de entender el mundo: en mapuzugun y en el entonces obligado castellano; en la morenidad en la que nos reconocemos; y en la memoria de la irrupción del Estado chileno que nos «regaló» su nacionalidad. Irrupción constatable «además» en la proliferación de los latifundios entre los que nos dejaron reducidos.

Les digo a los estudiantes (ahora también a usted): Imagínense por un instante siquiera, ¿qué sucedería si otro Estado entrara a ocupar este lugar y les entregara documentos con una nueva nacionalidad, iniciando la tarea de arreduccionarlos, de imponerles su idioma, de mitificarles –como forma de ocultamiento– su historia, de estigmatizarles su cultura, de discriminarlos por su morenidad? ¿Se reconocerían en ella o continuarían sintiéndose chilenos? ¿Qué les dirían a sus hijas y a sus hijos? ¿Y a los hijos y a las hijas de ellos?

Es siempre difícil ponerse en la situación que experimenta un (a) otro (a), seguramente porque implica un muy duro trabajo: el desasosiego provocado por el hondo susurro entre nuestro espíritu y nuestro corazón diciéndonos que somos solo una parte del todo que es el universo, pero parte esencial en su trama. Cada sueño en su tiempo y ritmo particular de desarrollo.

Me dicen: el diálogo entre las células, el reconocimiento y aceptación de sus individualidades, da identidad al tejido: es la salud. La pérdida de esa identidad genera la invasión de unas en otras: es la enfermedad. El cuerpo se defiende, se torna un brioso movimiento, se defiende, lucha para continuar viviendo.

Para andar hacia el término de nuestros mutuos mitos, me digo: ¿hablar desde la enfermedad que es el consenso será la única posibilidad? Mi gente me dice: ¿pero cuál es la palabra de los chilenos? Les digo:

«Se hace necesario crear el hábito de una visión real de nuestro país, sin complacencias, verdadera, puesto que la identidad real de un pueblo debe ser una forma de verdad, la más auténtica «coincidencia» de nuestra alma con el pasado que la ha configurado», dice Jaime Valdivieso.

«Vivimos una época en que etnias y nacionalidades cobran una relevancia creciente y reclaman lo suyo, poniendo en crisis el concepto de Estados multinacionales. Tal vez el futuro próximo depare la explosión de muchos pueblos que, partiendo de su propia identidad, reclaman el derecho a decidir por sí mismos lo que deben hacer en materia de autodeterminación, organización social, cultural, en todos los aspectos de la vida individual y colectiva», nos dice Volodia Teitelboim.

«Ni el escritor, ni el artista, ni el sabio, ni el estudiante, puede cumplir su misión de ensanchar la frontera del espíritu si sobre ellos pesa la amenaza de las fuerzas armadas, del Estado gendarme que pretende dirigirlos», nos está diciendo Gabriela Mistral.

Este espacio es mínimo, pero es algo y –sobre todo– puede constituirse en un «vaso comunicante». Situados en la misma superficie azul, cima y sima: conversemos, les pido. En la ternura de nuestros antepasados tenemos toda una sabiduría por ganar.

Kallfv Pewma mew Sueño Azul

Ñi Kallfv ruka mu choyvn ka ñi tremvn wigkul mew mvley wallpaley walle mu, kiñe sause, kamapu aliwen kiñe pukem chi choz aliwen rvmin tripantv mu kiñe antv allwe kochv ulmo reke ka tuwaymanefi chillko ta pu pinza rvf chi kam am trokiwiyiñ, kiñe rupa kvnu mekey!

 

Pukem wamfiñ ñi tranvn ti pu koyam ti llvfkeñ mew wvzam tripalu. Zum zum nar chi antv mu tripakiyiñ, pu mawvn ka millakelv nar chi tromv mu, yeme ketuyiñ ufisha –kiñeke mu gvmañpekefiñ lan mu egvn, weyel kvlerpun mu pu ko egvn.

Pun fey allkvtu keyiñ vl, epew ka fill ramtun inal kvtral mew neyentu nefiyiñ ti nvmvn kvtral kofke ñi kuku, ka ñi ñuke ka ñi palu Maria welu ñi chaw egu tañi laku egu –Logko lechi lof mew– welu kvme az zuwam pukintu keygu.

Pichikonagen chi zugu nvtram kaken welu ayekan chi pu kom zugu no. Welu fey mu kvme kimlu ti vlkantu trokiwvn. Fillantv pvram niel chi mogen, welu pichike inakan zugu no wilvf tripachi kvtral, pu gemu, pu kvwvmu.

Luku mu metanieenew ñi kuku allkvken wvne ti kuyfike zugu tati aliwen egu ka kura ñi nvtramkaken ta, kulliñ ka ta che egu. Fey kamvten, pikeenew, kimafimi ñi chum kvnvwken egvn ka allkvam ti wirarchi zugu allwe ellkawvn mu kvrvf mew.

Ñi ñuke reke wvla, kisu ñvkvfkvlekey, che mu rume pekan llazkvkelay. Fey pekefiñ ñi wall trekayuwken tuwaykvmekey ñi kuliw, poftun mu ti lvg kalifisa. Feyti fvw fey kvme pun ga witralkvley kvme ñimiñ zewkvlerpuy.

Ñi pu peñi ka ñi pu lamgen –zoy kiñe rupan mew– upa kimfuiñ feyti ñiminkvzaw, welu weza tripan. Welu Lonkotukufiñ ñi kimvn feyti ñiminkvzaw fey zuguley ñi chumgechi ñi ta pu mapuche ti afkintu newen, ti zeqvñ mew, ti rayen ka vñvm egvn.

Ka tañi laku iñchiw ñoñmen tuwkiyu kalechi pun mew. Pvtrvkeñma ñvkvf narvn, fvtra nvtram ñi chumgechi ñi wefvn taiñ pu Kuyfikeche feyti Wvne Mapuche Pvllv vtrvf narpalu Kallfv mew feyti pu wenu am pvltrv lefulu ti afchi wenu kvrvf mew wagvlen reke. Kimel eyiñ mu ta wenu rvpv, ñi pu lewfv ka ñi pewma. Kiñe pewv pekefiñ ñi pilun yenen rayen ka ñi wente ekull mew mulugechi pu liwen triltra namuntu yawvn. Ka tukulpakefiñ kawelltu yawvn mu ragi mawvn mew, ka fvtrake mawizantu ragiñ kom kvleche pukem. Allwe trogli ka newen che gekefuy.

La casa Azul en que nací está situada en una colina rodeada de hualles, un sauce, nogales, castaños, un aromo primaveral en invierno –un sol con dulzor a miel de ulmos–, chilcos rodeados a su vez de picaflores que no sabíamos si eran realidad o visión, ¡tan efímeros!

En invierno sentimos caer los robles partidos por los rayos. En los atardeceres salimos, bajo la lluvia o los arreboles, a buscar las ovejas –a veces tuvimos que llorar la muerte de alguna de ellas, navegando sobre las aguas.

Por las noches oímos los cantos, cuentos y adivinanzas a orillas del fogón, respirando el aroma del pan horneado por mi abuela, mi madre o la tía María, mientras mi padre y mi abuelo –Lonko / jefe de la comunidad– observaban con atención y respeto.

Hablo de la memoria de mi niñez y no de una sociedad idílica. Allí, me parece, aprendí lo que era la poesía. Las grandezas de la vida cotidiana, pero sobre todo sus detalles: el destello del fuego, de los ojos, de las manos.

Sentado en las rodillas de mi abuela oí las primeras historias de árboles y piedras que dialogan entre sí, con los animales y con la gente. Nada más, me decía, hay que aprender a interpretar sus signos y a percibir sus sonidos que suelen esconderse en el viento.

Tal como mi madre ahora, ella era silenciosa y tenía una paciencia a toda prueba. Solía verla caminar de un lugar a otro, haciendo girar el huso, retorciendo la blancura de la lana. Hilos que en el telar de las noches se iban convirtiendo en hermosos tejidos.

Como mis hermanos y hermanas –más de una vez–, intenté aprender ese arte, sin éxito. Pero guardé en mi memoria el contenido de los dibujos que hablaban de la creación y resurgimiento del mundo mapuche, de fuerzas protectoras, de volcanes, de flores y aves.

También con mi abuelo compartimos muchas noches a la intemperie. Largos silencios, largos relatos que nos hablaban del origen de la gente nuestra, del Primer Espíritu Mapuche arrojado desde el Azul. De las almas que colgaban en el infinito como estrellas. Nos enseñaba los caminos del cielo, sus ríos, sus señales. Cada primavera lo veía portando flores en sus orejas y en la solapa de su vestón o caminando descalzo sobre el rocío de la mañana. También lo recuerdo cabalgando bajo la lluvia torrencial de un invierno entre bosques enormes. Era un hombre delgado y firme.

Nampiawvn ragiñtu ko new, mawizantu ka tromv egu pekefiñ rupan ta kakerumen antv tripantv: Wvtre alof Kvyen (pukem), karv pewv Kvyen (pewvn), wvne fvnkun anvmka Kvyen (afchi pewv mu ka epe konpachi walvg mu), fillem fvnkun anvmka Kvyen mew (walug), ka welu trvfkenvwchi choyvn Kvyen (rimv).

Tripan ta ñi chaw ka ñi ñuke inchiñ kintuam lawen ka pvke lawen. Koleu pvtramu kon pelu, waka lawen weñagkvn mu kon pelu, palgin kay fukuñ kon pelu ka allfen mu kon pelu zenkull kuyagki kon pelu –fey pilerpuy ñi ñuke. Purukeygvn, purukeygvn, tati pu lawen ta mawizantu mu –ka pirpuy kisu ñi chaw femlerpuy witrañ pvramalu reke ti lawen iñche ñi kvwv mew.

Femgechi mu kimfiñ ñi vy ti fillem lawen ka fillem anvmka. Feyti pichike piru mvley ñi femal egvn. Chem rume zoykvlelay tvfachi mapu mew. Fey tvfachi afmapun epun trokiñkvley kvmekelu ta mvley wezakeñma egu ta mvleam. Che ta rumel mogen Mapu gelay. Mapuche fey piley mapumu tripachi che piley –pinerpuenew.

Rimv mu ta wilvfi ta witrunko. Feyti ko ñi pvllv negvm mekey wente kachu kuragechi ko mew feyti ko ge mapu mu weftripa mekey. Fill tripantv lef pvraken ti mawizantu mu pemeam ti azel ka mapu lechi chemkvn ñi trawvn mew. Fey ka akuketuy ti pukem mogeltu Mapu petulu ñi wiñotuam ta weke Pewma ka tukatuam.

Kiñeke mu tati weraw kimel vrpakeyiñ mu ta kutran ka lan. Weñagkvken ta ñi rakizwamvn mu ñi ayin Fvchakeche mu amualemay rvpvtupeaymay inal Lewfv Kvlleñu mu gvtrvm am tati Wampofe la yerpapelu tañi pewputuam ñi Kuyfikeche egu ñi ayiw am ti Kallfv Wenu Mapu mew. Kiñe pu liwen amurumey ñi pichi peñi Karlu. Wenche mawvnkvley, kagechi trufken antvgey. Tripan ñi ñampuam rakizwam mew ragiñ mawizantu mu (petufemyawen fey mu). Witrunko zugun rofvl mekeyiñ mu tati rimv antv mu.

Fachantv fey pifiñ tañi pu lamgen Rayen egu ta Amerika: Feyti vlkantun zugu re kvmv neyv am genozugu trokiwvn mvten, ñi feypieyiñ mu taiñ Jorge Teillier. Kawelu Wenuñamku reke wall ke mapu mu rulpan ñi weñagkvn rakizwam. Gonza kay, Gabi, Kawi, Malen ka Beti, fey pinerpufiñ egvn.

Vagando entre riachuelos, bosques y nubes veo pasar las estaciones: Brotes de Luna fría (invierno), Luna del verdor (primavera), Luna de los primeros frutos (fin de la primavera y comienzo del verano), Luna de los frutos abundantes (verano), y Luna de los brotes cenicientos (otoño).

Salgo con mi madre y mi padre a buscar remedios y hongos. La menta para el estómago, el toronjil para la pena, el matico para el hígado y para las heridas, el coralillo para los riñones –iba diciendo ella. Bailan, bailan, los remedios de la montaña –agregaba él, haciendo que levantara las hierbas entre mis manos.

Aprendo entonces los nombres de las flores y de las plantas. Los insectos cumplen su función. Nada está de más en este mundo. El universo es una dualidad, lo positivo no existe sin lo negativo. La tierra no pertenece a la gente. Mapuche significa gente de la tierra –me iban diciendo.

En el otoño los esteros comenzaban a brillar. El espíritu del agua moviéndose sobre el lecho pedregoso, el agua emergiendo desde los ojos de la tierra. Cada año corría yo a la montaña para asistir a la maravillosa ceremonia de la Naturaleza. Luego llegaba el invierno a purificar la tierra para el inicio de los nuevos Sueños y sembrados.

A veces los pájaros guairaos pasaban anunciándonos la enfermedad o la muerte. Sufría yo pensando que alguno de los mayores que amaba tendría que encaminarse hacia las orillas del Río de las Lágrimas, a llamar al balsero de la muerte para ir a encontrarse con los antepasados y alegrarse en el País Azul. Una madrugada partió mi hermano Carlitos. Lloviznaba, era un día ceniciento. Salí a perderme en los bosques de la imaginación (en eso ando aún). El sonido de los esteros nos abraza en el otoño.

Hoy les digo a mis hermanas Rayén y América: creo que la poesía es solo un respirar en paz –como nos lo recuerda nuestro Jorge Teillier–, mientras como avestruz del cielo por todas las tierras hago vagar mi pensamiento triste. Y a Gonza, Gabi, Cawi, Malen y Beti les voy diciendo:

Fewla mvlen pelon Kvyen feyti lelfvn mew, Italia mu. Gafriele Milli iñchiw mvleyu. Fewla mvlen Francia mu, ñi peñi Arawko iñchiw. Fewla mvlen Suecia mu, Juanito Kameron inchiw ka Lasse Söderberg. Fewla mvlen Alemania mew ñi kvme ayin wenvy Santos Chaves ka Doris egu. Fewla mvlen Olanda mew, Marga, Gonzalo Millan ka Jimena, Jan ka Aafke, Kata ka Juan inchiñ.

Mawvni, ta fvrfvrmawvn, chozvmi ta kvrvf. Amsterzam waria mu. Wilvfi ti witrunko waria mew kuyfike fieru pelon mew ka feyti lefazisu kuikui mew. Kallfv tuliparay pelu trokiwvn, ka kiñe wigka kuzi feyti mvpvtripakelu ka tvgnagkelu. Kvpa mvpvfuyiñ: Felepe!, chemnorume nepel layanew – piwvn. Fey yelvwvn ti tromv mew kake kim noelchi mapu ñi piwke mew.

Ahora estoy en el Valle de la Luna, en Italia, junto al poeta Gabriele Milli. Ahora estoy en Francia, junto a mi hermano Arauco. Ahora estoy en Suecia junto a Juanito Cámeron y a Lasse Söderberg. Ahora estoy en Alemania, junto a mi querido Santos Chávez y a Doris. Ahora estoy en Holanda, junto a Marga, a Gonzalo Millán y a Jimena, Jan y Aafke, Juan y Kata.

Llueve, llovizna, amarillea el viento en Amsterdam. Brillan los canales en las antiguas lámparas de hierro y en los puentes levadizos. Creo ver un tulipán azul, un molino cuyas aspas giran y despegan. Tenemos deseos de volar: Vamos!, que nada turbe mis sueños –me digo, y me dejo llevar por las nubes hacia lugares desconocidos por mi corazón.

No tengo la pretensión de que usted tal vez ya me conozca ni creo tampoco que –en principio– a usted le interese saber quién es el que le está hablando; por eso en el presente Recado le estoy contando un poco de mi vida, un poco acerca de quién soy (en mi diversidad de ser mapuche), y de cómo me ha tocado vivir –al igual que todo ser humano– una historia particular dentro de la historia general de mi pueblo.

En mi cultura los nombres expresan un deseo compartido por los padres: Elikura significa Piedra transparente (Lvg: transparente; kura: piedra). Chihuailaf: Neblina extendida sobre un lago (Chiwai: neblina; lafvn/lafken: contracción de extendido y lago). Nahuelpán: Tigre-puma (Nawel: tigre; pangi: puma).

Como le dije, nací y crecí en una comunidad llamada Kechurewe o Quechurehue, Cinco Lugares de la pureza; una «reducción mapuche» que está aproximadamente a setenta y cinco kilómetros al sur oriente de Temuco, un sector en el que las colinas preparan el vuelo de la cordillera de Los Andes. Allí empecé a ir a la escuela y conocí los libros que me mostraron otras culturas, otras maneras de vivir…, y también a los «araucanos». Eran libros que me hablaban, que nos hablaban, de cosas que no tenían casi relación con la vida cotidiana y trascendente que experimentábamos en la comunidad.

Seguramente por eso, pienso hoy –a fuerza de muchas preguntas–, vi el libro como algo de los «otros». De allí tal vez mi profundo interés en abordarlos como lector motivado en saber algo más de esa otredad. Es decir, colijo, siempre lo vi como algo que solamente podían hacer los otros. Mas, enfrentado a la realidad de este texto que pretende acometer la tarea de hablar de aspectos del pensamiento y de la lucha de mi gente, ¿cómo hacerlo?: Escuchando –me dicen–, para que usted escuche, la palabra de los más sabios.

Por ahora, retomo el breve relato de mi trayecto de vida. Después de mis inicios en la escuela rural mis padres emigraron a un pequeño pueblo llamado Cunco. Posteriormente me enviaron interno al Liceo de Temuco, instalado entre el cerro Ñielol (Ojo o Dueño de la caverna, tal vez el Renv agorero de la ciudad) y una gran avenida de castaños que parecía sostener permanentemente el otoño en el que comencé a escribir.

Porque además –pensaba entonces– no podía hablar con otras personas de las experiencias que a mí, en la lejanía, me sonaban todavía más fuertes: las voces de mi infancia. Voces entre las que estaba el estero que en medio del bosque empezó a revelarme el proceso y el misterio de la vida y de la muerte: la llegada del agua, el espíritu, bajo la Luna cenicienta (el otoño: mi exterior interior; mi interior exterior). El pequeño riachuelo que comienza a crecer y a comunicarnos su música, su aroma, su brillo: su lenguaje.

 

Y luego la tristeza de tiempos como estos, cuando parece que se acaba la vida y, como en verano, el cuerpo queda vacío, seco, bajo la Luna de los frutos abundantes. Seguida por la nostalgia de saborear los frutos de la memoria, en cuyos callados brotes, en cuyas sencillas flores, no supimos quizás reparar a su debido tiempo. Todo eso yo necesitaba expresarlo. Por eso comencé a escribir.

A orillas del fogón escuché cantar a mi tía Jacinta y escuché los relatos y adivinanzas de mi gente. Es decir, una poesía que no existiría si no estuviera alimentada por la memoria de una familia que pertenece a una cultura que para mí fue y sigue siendo muy hermosa, de mucha ternura. Mi expresión escrita no alcanza a recoger la inmensidad de esa memoria que está pidiendo ser escrita. Quizás alguna vez pueda hacerlo más fácilmente.

Por último, ingresé a la Universidad de Concepción y obtuve un título. Debo decirle que –como a mi gente y a tantos de los suyos (chilenos)– no me fue fácil la ciudad en la que transcurre hoy parte de mis días. Ahora, cuando paso por sus calles o avenidas, me da pena la tan marcada frontera entre la suntuosidad y la miseria «iluminada por sus Malls y sus McDonald’s». Pero me agrada el verdor de sus árboles en primavera o sus hojas cayendo y suavizando el cemento de sus aceras siempre bajo la Luna de los brotes cenicientos. También los treiles, los tiuques, y de cuando en cuando algunas rakiñ bandurrias pasan por allí: cantando, graznando, en medio del tráfago de los automóviles. Es, como sea, la tierra de mis antepasados, me digo.

Por eso tengo la permanente impresión de que nunca me he alejado de mi mundo, porque siempre estoy dialogando con él, con su memoria, aun en la –a veces– rara sensación de nostalgia. Es aquí donde yo pertenezco. Pertenezco al pueblo mapuche: soy una expresión de su diversidad. Y no hablo de pueblo en un sentido figurado, discursivo, porque es el pueblo al que pertenece toda mi familia:

Mi abuela, que me conversaba, que me contó cuentos, solo en mapuzugun. Mi abuelo que hablaba algo de castellano para decirnos que por no saberlo antes les habían usurpado sus tierras. Mis padres, que vinieron a estudiar a Temuco –desde las comunidades de Quechurewe y Liumalla– siendo monolingües del mapuzugun y que fueron organizadores y dirigentes de agrupaciones mapuche –como la agrupación estudiantil «Newentuaiñ, Hagamos fuerza»– en la década del treinta. Mis hermanas y hermanos, profesores básicos y universitarios. Mi mujer, mapuche también, conocedora e innovadora de la comida tradicional nuestra. Mi pueblo profundo: las tres hijas: Laura Malen, estudiante de Medicina; Claudia Tamuré, estudiante de Medicina Veterinaria; Gabriela Millaray, estudiante liceana; y el hijo Gonzalo Elikura (trayéndonos los abrazos de la ternura). Los que me permiten, me obligan, a decir: «NOSOTROS».

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