Buch lesen: "Los exploradores españoles del siglo XVI"

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Charles Fletcher Lummis

Los exploradores españoles del siglo XVI


Publicado por Good Press, 2022

goodpress@okpublishing.info

EAN 4064066061265

Índice

PREFACIO

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

I

II

III

IV

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VI

VII

VIII

IX

I

II

III

IV

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VI

VII

VIII

IX

NOTAS

PREFACIO

Índice

Porque creo que todo joven sajón-americano ama la justicia y admira el heroísmo tanto como yo, me he decidido a escribir este libro. La razón de que no hayamos hecho justicia a los exploradores españoles es, sencillamente, porque hemos sido mal informados. Su historia no tiene paralelo; pero nuestros libros de texto no han reconocido esa verdad, si bien ahora ya no se atreven a disputarla. Gracias a la nueva escuela de historia americana vamos ya aprendiendo esa verdad, que se gozará en conocer todo americano de sentimientos varoniles. En este país de hombres libres y valientes, el prejuicio de la raza, la más supina de todas las ignorancias humanas, debe desaparecer. Debemos respetar la virilidad más que el nacionalismo, y admirarla por lo que vale dondequiera que la hallemos; y la hallaremos en todas partes. Los hechos que levantan a la humanidad no provienen de una sola raza. Podemos haber nacido dondequiera—esto es un mero accidente—; mas para llegar a ser héroes, debemos crecer por medios que no son accidentes ni provincialismos, sino por la propia naturaleza y para gloria de la humanidad.

Amamos la valentía, y la exploración de las Américas por los españoles fué la más grande, la más larga y la más maravillosa serie de valientes proezas que registra la historia. En mis mocedades no le era posible a un muchacho anglosajón aprender esa verdad; aun hoy es sumamente difícil, dado que sea posible. Convencido de que es inútil la tarea de buscar en uno o en todos los libros de texto ingleses, una pintura exacta de los héroes españoles del Nuevo Mundo, me hice el propósito de que ningún otro joven americano amante del heroísmo y de la justicia, tuviese necesidad de andar a tientas en la obscuridad como a mí me ha sucedido; pero no habrá de agradecerme a mí, tanto como al amigo de ambos, A. F. Bandelier, maestro de la nueva escuela[1], los siguientes atisbos de los hechos más interesantes de la historia. Sin la luz que este aventajado discípulo del gran Humboldt ha derramado con su erudición sobre los primeros tiempos de América, no hubiera sido posible escribir este libro, ni hubiese podido escribirlo yo, sin su personal y generosa ayuda.

C. F. L.

LOS

EXPLORADORES ESPAÑOLES

DEL SIGLO XVI

I

Índice

LA NACIÓN EXPLORADORA

Es ya un hecho reconocido por la historia que los piratas escandinavos habían descubierto y hecho algunas expediciones a la América del Norte mucho antes que pusiera su planta en ella Cristóbal Colón. El historiador que hoy considere aquel descubrimiento de los escandinavos como un mito, o como algo incierto, demuestra no haber leído nunca las Sagas. Vinieron aquellos hombres del Norte, y hasta acamparon en el Nuevo Mundo antes del año 1000; pero no hicieron más que acampar; no construyeron pueblos, y realmente nada añadieron a los conocimientos del mundo; nada hicieron para merecer el título de exploradores. El honor de dar América al mundo pertenece a España; no solamente el honor del descubrimiento, sino el de una exploración que duró varios siglos y que ninguna otra nación ha igualado en región alguna. Es una historia que fascina, y, sin embargo, nuestros historiadores no le han hecho hasta ahora sino escasa justicia. La historia fundada sobre principios verdaderos era una ciencia desconocida hasta hace cosa de un siglo; y la opinión pública fué ofuscada durante mucho tiempo por los estrechos juicios y falsas deducciones de historiadores que sólo estudian en los libros. Algunos de estos hombres han sido no tan sólo escritores íntegros, sino también amenos; pero su misma popularidad ha servido para difundir más sus errores. Su época ha pasado, y principia a brillar una nueva luz. Ningún hombre estudioso se atreve ya a citar a Prescott o a Irving o a ningún otro de sus secuaces, como autoridades de la historia; hoy sólo se les considera como brillantes noveladores y nada más. Es menester que alguien haga tan populares las verdades de la historia de América como lo han sido las fábulas, y tal vez pase mucho tiempo antes de que salga un Prescott sin equivocaciones; entre tanto, yo quisiera ayudar a los jóvenes americanos a penetrarse de las verdades en que se basarán de aquí en adelante las historias. Este libro no es una historia; es sencillamente un hito que marca el verdadero punto de vista, la idea amplia, y tomándolo como punto de partida, los que tengan interés en ello podrán con más seguridad llevar adelante la investigación de los detalles, mientras que aquellos que no puedan proseguir sus estudios, poseerán siquiera un conocimiento general del capítulo más romántico y más repleto de valientes proezas que contiene la historia de América.

No se nos ha enseñado a apreciar lo asombroso que ha sido el que una nación mereciese una parte tan grande del honor de descubrir América; y, sin embargo, cuando lo estudiamos a fondo, es en extremo sorprendente. Había un Viejo Mundo grande y civilizado: de repente se halló un Nuevo Mundo, el más importante y pasmoso descubrimiento que registran los anales de la Humanidad. Era lógico suponer que la magnitud de ese acontecimiento conmovería por igual la inteligencia de todas las naciones civilizadas, y que todas ellas se lanzarían con el mismo empeño a sacar provecho de lo mucho que entrañaba ese descubrimiento en beneficio del género humano. Pero en realidad no fué así. Hablando en general, el espíritu de empresa de toda Europa se concentró en una nación, que no era por cierto la más rica o la más fuerte.

A una nación le cupo en realidad la gloria de descubrir y explorar la América, de cambiar las nociones geográficas del mundo y de acaparar los conocimientos y los negocios por espacio de siglo y medio. Y esa nación fué España.

Un genovés, es cierto, fué el descubridor de América; pero vino en calidad de español; vino de España por obra de la fe y del dinero de españoles; en buques españoles y con marineros españoles, y de las tierras descubiertas tomó posesión en nombre de España.

Imaginad qué reino tendrían entonces Fernando e Isabel, además de su pequeño jardín de Europa: medio mundo desconocido, en el cual viven hoy una veintena de naciones civilizadas, y en cuya inmensa superficie, la más nueva y la más grande de las naciones no es sino un pedazo. ¡Qué vértigo se hubiera apoderado de Colón si hubiese podido entrever la inconcebible planta cuyas semillas, por nadie adivinadas, tenía en sus manos aquella hermosa mañana de octubre de 1492!

También fué España la que envió un florentino de nacimiento, a quien un impresor alemán hizo padrino de medio mundo, que no tenemos seguridad que él conociese; pero que estamos seguros de que no debiera llevar su nombre. Llamar América a este continente en honor de Amérigo Vespucci fué una injusticia, hija de la ignorancia, que ahora nos parece ridícula; pero de todos modos, también fué España la que envió el varón cuyo nombre lleva el Nuevo Mundo.

Poco más hizo Colón que descubrir la América, lo cual es ciertamente bastante gloria para un hombre. Pero en la valerosa nación que hizo posible el descubrimiento, no faltaron héroes que llevasen a cabo la labor que con él se iniciaba. Ocurrió ese hecho un siglo antes de que los anglosajones pareciesen despertar y darse cuenta de que realmente existía un nuevo mundo; durante ese siglo la flor de España realizó maravillosos hechos. Ella fué la única nación de Europa que no dormía. Sus exploradores, vestidos de malla, recorrieron Méjico y Perú, se apoderaron de sus incalculables riquezas e hicieron de aquellos reinos partes integrantes de España. Cortés había conquistado y estaba colonizando un país salvaje doce veces más extenso que Inglaterra, muchos años antes que la primera expedición de gente inglesa hubiese siquiera visto la costa donde iba a fundar colonias en el Nuevo Mundo, y Pizarro realizó aún más importantes obras. Ponce de León había tomado posesión en nombre de España de lo que es ahora uno de los Estados de nuestra República, una generación antes de que los sajones pisasen aquella comarca. Aquel primer viandante por la América del Norte, Alvaro Núñez Cabeza de Vaca, había hecho a pie un recorrido incomparable a través del continente, desde la Florida al Golfo de California, medio siglo antes de que nuestros antepasados sentasen la planta en nuestro país. Jamestown, la primera población inglesa en la América del Norte, no se fundó hasta 1607, y ya por entonces estaban los españoles permanentemente establecidos en la Florida y Nuevo Méjico, y eran dueños absolutos de un vasto territorio más al Sur. Habían ya descubierto, conquistado y casi colonizado la parte interior de América, desde el nordeste de Kansas hasta Buenos Aires, y desde el Atlántico al Pacífico. La mitad de los Estados Unidos, todo Méjico, Yucatán, la América Central, Venezuela, Ecuador, Bolivia, Paraguay, Perú, Chile, Nueva Granada y además un extenso territorio, pertenecía a España cuando Inglaterra adquirió unas cuantas hectáreas en la costa de América más próxima. No hay palabras con qué expresar la enorme preponderancia de España sobre todas las demás naciones en la exploración del Nuevo Mundo. Españoles fueron los primeros que vieron y sondearon el mayor de los golfos; españoles los que descubrieron los dos ríos más caudalosos; españoles los que por vez primera vieron el océano Pacífico; españoles los primeros que supieron que había dos continentes en América; españoles los primeros que dieron la vuelta al mundo. Eran españoles los que se abrieron camino hasta las interiores lejanas reconditeces de nuestro propio país y de las tierras que más al Sur se hallaban, y los que fundaron sus ciudades miles de millas tierra adentro, mucho antes que el primer anglosajón desembarcase en nuestro suelo. Aquel temprano anhelo español de explorar era verdaderamente sobrehumano. ¡Pensar que un pobre teniente español con veinte soldados atravesó un inefable desierto y contempló la más grande maravilla natural de América o del mundo—el gran Cañón del Colorado—nada menos que tres centurias antes de que lo viesen ojos norteamericanos! Y lo mismo sucedía desde el Colorado hasta el Cabo de Hornos. El heroico, intrépido y temerario Balboa realizó aquella terrible caminata a través del Istmo, y descubrió el océano Pacífico y construyó en sus playas los primeros buques que se hicieron en América, y surcó con ellos aquel mar desconocido, y ¡había muerto más de medio siglo antes de que Drake y Hawkins pusieran en él los ojos!

La falta de recursos de Inglaterra, la desmoralización que siguió a las guerras de las Rosas, así como las disensiones religiosas, fueron las causas principales de su apatía de entonces. Cuando sus hijos llegaron por fin al borde occidental del Nuevo Mundo, dejaron de sí buena memoria; pero nunca tuvieron que afrontar tantas y tan inconcebibles penalidades y tan continuos peligros como los españoles. La comarca que conquistaron era bastante salvaje, es cierto; pero era fértil, tenía extensos bosques, mucha agua y mucha caza; mientras que la que dominaron los españoles era el desierto más terrible que jamás hombre alguno, ni antes ni después, ha logrado conquistar, y estaba poblado por una hueste de tribus salvajes, las cuales no podían compararse con los pequeños guerreros del «rey Felipe»[2], como no cabe comparación entre una zorra y una pantera. Los apaches y los araucanos no hubieran sido tal vez peores que los otros indios si se hubiesen trasladado a Massachusetts; pero en su áspero país eran los salvajes más furibundos con que habían tropezado los europeos. Si en la región oriental duró un siglo la guerra con los indios, tres siglos y medio pelearon en el sudoeste los españoles. En una colonia española (Bolivia) perecieron a manos de los naturales, en una carnicería, tantos como habitantes tenía la ciudad de Nueva York cuando empezó la guerra de la independencia. Si los indios de levante hubiesen dado muerte a veintidós mil colonos en una horrible matanza, como hicieron con los españoles los indios de Sorata, hasta muy entrado el siglo XIX no hubieran podido las diezmadas colonias de Norteamérica desatar los lazos que las unían a la madre patria y constituirse en nación independiente.

Cuando sepa el lector que el mejor libro de texto inglés ni siquiera menciona el nombre del primer navegante que dió la vuelta al mundo (que fué un español), ni del explorador que descubrió el Brasil (otro español), ni del que descubrió California (español también), ni los españoles que descubrieron y formaron colonias en lo que es ahora los Estados Unidos, y que se encuentran en dicho libro omisiones tan palmarias, y cien narraciones históricas tan falsas como inexcusables son las omisiones, comprenderá que ha llegado ya el tiempo de que hagamos más justicia de la que hicieron nuestros padres a un asunto que debiera ser del mayor interés para todos los verdaderos americanos.

No solamente fueron los españoles los primeros conquistadores del Nuevo Mundo y sus primeros colonizadores, sino también sus primeros civilizadores. Ellos construyeron las primeras ciudades, abrieron las primeras iglesias, escuelas y universidades; montaron las primeras imprentas y publicaron los primeros libros; escribieron los primeros diccionarios, historias y geografías, y trajeron los primeros misioneros; y antes de que en Nueva Inglaterra hubiese un verdadero periódico, ya ellos habían hecho un ensayo en Méjico ¡y en el siglo XVII!

Una de las cosas más asombrosas de los exploradores españoles—casi tan notable como la misma exploración—es el espíritu humanitario y progresivo que desde el principio hasta el fin caracterizó sus instituciones. Algunas historias que han perdurado, pintan a esa heroica nación como cruel para los indios; pero la verdad es que la conducta de España en este particular debiera avergonzarnos. La legislación española referente a los indios de todas partes era incomparablemente más extensa, más comprensiva, más sistemática, y más humanitaria que la de la Gran Bretaña, la de las colonias y la de los Estados Unidos todas juntas. Aquellos primeros maestros enseñaron la lengua española y la religión cristiana a mil indígenas por cada uno de los que nosotros aleccionamos en idioma y religión. Ha habido en América escuelas españolas para indios desde el año 1524. Allá por 1575—casi un siglo antes de que hubiese una imprenta en la América inglesa—se habían impreso en la ciudad de Méjico muchos libros en doce diferentes dialectos indios, siendo así que en nuestra historia sólo podemos presentar la Biblia india de John Eliot; y tres universidades españolas tenían casi un siglo de existencia cuando se fundó la de Harvard. Sorprende por el número la proporción de hombres educados en colegios que había entre los exploradores; la inteligencia y el heroísmo corrían parejas en los comienzos de colonización del Nuevo Mundo.

II

Índice

GEOGRAFÍA EMBROLLADA

La menor de las dificultades que se presentaban a los descubridores del Nuevo Mundo era el tremendo viaje que había que hacer entonces para llegar a él. Si las tres mil millas de mar desconocido hubiese sido el principal obstáculo, hubiéralo vencido la civilización algunos siglos antes. Fueron la ignorancia humana, más honda que el Atlántico, y el fanatismo, más tempestuoso que sus olas, los que cerraron por tanto tiempo el horizonte del occidente de Europa. A no ser por estas causas, el mismo Colón hubiera descubierto la América diez años antes; es más, América no hubiera tenido que esperar tantos siglos a que Colón la descubriese. Es realmente curioso que la mitad más rica del planeta jugase al escondite durante tanto tiempo con la civilización; y que la hallasen, al fin, por una mera casualidad, los que buscaban otra cosa muy distinta. Si hubiese esperado América a ser descubierta por alguien que fuese en busca de un nuevo continente, quizá estuviese aguardando todavía.

A pesar de que, mucho antes que Colón, varios navegantes vagabundos de media docena de distintas razas habían ya llegado al Nuevo Mundo, lo cierto es que no dejaron huellas en América, ni aportaron provecho alguno a la civilización; y Europa, aun hallándose al borde del más grande de los descubrimientos y de los más importantes sucesos de la historia, ni siquiera lo soñó. El mismo Colón no tenía la menor idea de la existencia de América. ¿Sabe el lector lo que iba a buscar al occidente? Asia.

Las investigaciones hechas de algunos años a esta parte, han modificado grandemente nuestro juicio acerca de Colón. La tendencia de la generación pasada, era convertirlo en un semidiós, en una figura histórica sin tacha, en un sér perfecto, todo nobleza. Esto es absurdo; porque Colón no era más que un hombre, y todos los hombres, por grandes que sean, no llegan nunca a la perfección. La generación actual tiende a lo contrario, esto es, a quitarle toda cualidad heroica y hacer de él un pirata impune y un despreciable instrumento de la suerte; a tal extremo, que muy pronto no va a quedar nada de Colón. Esto es igualmente injusto y poco científico. En su terreno era Colón un grande hombre, a pesar de sus defectos, y distaba mucho de ser un ente despreciable. Para comprenderle, debemos antes tener un conocimiento general de la época en que vivía. Para apreciar hasta qué punto fué inventor de la gran idea, debemos principiar por investigar cuáles eran entonces las ideas que predominaban en el mundo, y cuánto contribuyeron a ayudarle o a estorbarle.

En aquella edad remota, la geografía era una cosa curiosísima: entonces un mapa-mundi era algo que muy pocos de nosotros podríamos ahora descifrar; porque todos los sabios del orbe sabían de la topografía del mundo menos de lo que sabe hoy un colegial de ocho años. Se había convenido finalmente en que el mundo no era plano, sino esférico; por más que aun ese conocimiento fundamental era reciente; pero ningún sér viviente sabía de qué estaba compuesta la mitad del globo. Hacia el occidente de Europa se extendía el «Mar de las Tinieblas», y más allá de una pequeña zona, nadie sabía lo que era o lo que contenía. No se conocía aún la desviación de la aguja. Todo era en gran parte suposiciones y tanteos. Las inseguras embarcaciones de entonces, no osaban aventurarse sin ver tierra, porque no tenían nada seguro que las guiase para volver; y causa risa saber que una de las razones por que no se atrevían a arriesgarse mar afuera, era el temor de llegar inadvertidamente más allá del límite del Océano, y de que el buque y la tripulación cayesen en el vacío! Aun cuando sabían que el mundo era esférico, todavía no se soñaba en la ley de gravitación; y se suponía que, si uno avanzaba demasiado lejos por la superficie de la esfera, corría el peligro de lanzarse al espacio.

No obstante, era general la creencia de que había tierra en aquel mar desconocido. Esa idea fué creciendo durante más de mil años, puesto que, en el siglo II de la era cristiana, empezó a creerse que había islas más allá de Europa. En tiempo de Colón, los cartógrafos ponían generalmente en sus burdos mapas algunas islas, que colocaban al azar en el «Mar de las Tinieblas».

Más allá de ese enjambre de islas, se suponía que se hallaba la costa oriental de Asia, y eso a no muy grande distancia porque el verdadero tamaño del globo se calculaba que era una tercera parte menor del que tiene realmente. La geografía estaba entonces en mantillas; pero atraía la atención y motivaba el estudio de muchísimos hombres afanosos de saber, y que eran muy ilustrados para su época. Cada uno de ellos trazaba un mapa según las suposiciones que le inspiraban sus estudios, y así resultaban los mapas muy distintos unos de otros.

En una cosa estaban todos conformes: en que había tierra hacia occidente. Algunos decían que unas pocas islas; otros que millares de islas; pero todos convenían en que había tierra. Así, Colón no inventó la idea; ésta era general antes de que él naciera. La cuestión no estriba en saber si había un Nuevo Mundo: sino en determinar si era posible o practicable el llegar hasta él, sin caer en el abismo, o sin encontrar otros peligros más horrendos. La gente decía que No; Colón dijo que ; y ese es su título de gloria. El no inventó la teoría, pero supo llevarla a la práctica; y aun lo que realizó materialmente, es menos notable que la fe que le sostuvo. No tuvo necesidad de enseñarle a Europa que había un nuevo país; pero sí le hizo creer que podía llegar hasta él; y esa fe en sí mismo y su tenaz valor en hacer que otros tuviesen fe en él, fué el rasgo más grande de su carácter. Requirió menos valentía el hacer la prueba final, que convencer al público de que no era una temeridad el intentarla.

Cristóbal Colón, como se le llamaba en su tiempo, nació en Génova (Italia), y fueron sus padres Domenico Colombo, cardador de lana, y Susana Fontanarossa. No se conoce con certeza el año de su nacimiento, pero vió probablemente la luz en 1446. Nada sabemos de su infancia, y muy poco de su vida de joven, aunque es seguro que era activo, arrojado y muy estudioso. Dicen que su padre le envió por algún tiempo a la Universidad de Pavía; pero sus estudios escolásticos no pudieron durar mucho tiempo. El mismo Colón nos dice que fué a navegar a los catorce años. En su calidad de marino, le fué fácil continuar los estudios que más le interesaban, como la geografía y otros análogos. Los detalles de sus primeros viajes son muy escasos; pero parece cosa cierta que navegó y tocó en Inglaterra, Islandia, Guinea y Grecia, con lo cual se consideraba entonces haber viajado más que hoy dando la vuelta al mundo; con este vasto conocimiento de hombres y de tierras, iba adquiriendo acerca de la navegación, la astronomía y la geografía, todo el saber que era posible en aquel tiempo.

Es interesante la conjetura de cómo y cuándo concibió Colón un proyecto de tan estupenda importancia. No debió ser sin duda, sino siendo ya un hombre maduro y de experiencia, no tan sólo como experto navegante, sino por su conocimiento de lo que habían hecho otros marinos. Hacía más de un siglo que se habían descubierto las islas de Madera y las Azores. El príncipe Enrique, el Navegante (gran patrocinador de las primeras exploraciones), enviaba dotaciones por la costa occidental del Africa; pues a la sazón ni siquiera se sabía lo que era la parte más baja de ese continente. Esas expediciones sirvieron de gran ayuda a Colón y contribuyeron a ensanchar los conocimientos del mundo. También es casi seguro que, cuando estuvo en Islandia, debió de oir algo acerca de los piratas escandinavos que habían estado en América. Dondequiera que fuese, su mente perspicaz hallaba algún nuevo aliento, directo o indirecto, para la gran resolución que casi inconscientemente se iba formando en su cerebro.

Por el año de 1473 Colón anduvo errante hasta Portugal; y allí hizo conocimientos que influyeron en su porvenir. Con el tiempo contrajo matrimonio con Felipa Moñiz, que fué la madre de su hijo y cronista Diego. Hay mucha incertidumbre respecto de su vida conyugal, y no se sabe si fué modelo de esposos o todo lo contrario. Por sus propias cartas se viene en conocimiento de que tuvo otros hijos, además de Diego; pero no se poseen más noticias acerca de ellos. Parece ser que su esposa era hija de un capitán de barco a quien llamaban el «Navegante», y cuyos servicios fueron premiados nombrándole primer gobernador de la recién descubierta isla de Porto Santo, cerca de las de Madera. Como la cosa más natural del mundo, fué Colón a visitar a su intrépido suegro; y tal vez fuese durante su estancia en Porto Santo cuando empezó a dar forma a su colosal pensamiento.

Tratándose de un hombre como aquel «genovés que buscaba un mundo», una resolución como esa, una vez formada, sería como flecha de púas: muy difícil de arrancar. Desde aquel día no tuvo descanso. La idea capital de su vida fué ir «¡hacia Occidente! ¡Hacia el Asia!», y empezó a trabajar para llevarla a cabo. Se asegura que, con intención patriótica, se apresuró a ir a su país natal para hacerle la primera oferta de sus servicios. Pero Génova no iba en busca de nuevos mundos, y rehusó el ofrecimiento. Entonces expuso sus planes a Juan II de Portugal. Al rey Juan le encantó la idea; pero un consejo de sus hombres más sabios le aseguró que el plan era ridículamente temerario. Pero después envió una expedición secreta, la que, una vez perdida la tierra de vista, se descorazonó y regresó sin resultado. Cuando Colón tuvo conocimiento de esta traición, se indignó de tal modo que salió inmediatamente para España e interesó allí a varios nobles, y por último a los mismos reyes, en sus audaces esperanzas. Pero después de tres años de profunda deliberación, una junta de geógrafos y astrónomos decidió que su plan era absurdo e irrealizable; no era posible llegar hasta las islas. Descorazonado, Colón salió para Francia; pero por suerte se detuvo en un monasterio de Andalucía, donde logró interesar al guardián, Juan Pérez de Marchena. Este monje había sido confesor de la reina, y, gracias a su urgente intercesión, los reyes al fin llamaron a Colón, el cual regresó a la Corte. Sus planes se habían agrandado de tal modo en su cerebro, que estaba casi desequilibrado, y parecía olvidar que sus descubrimientos eran sólo una esperanza y no un hecho positivo. Tenía, sin duda alguna, valor y perseverancia; pero en aquella ocasión hubiéramos querido verle un poco más modesto. Cuando el rey le preguntó en qué condiciones emprendería el viaje, contestóle: «Que se me nombre almirante antes de partir; que se me haga virrey de todas las tierras que descubra, y que se me dé una décima parte de todas las ganancias». ¡Desmedidas pretensiones, a la verdad, las que tenía el pobre hijo de un cardador de Génova para con el excelso rey de España!

Fernando rechazó en el acto esa atrevida exigencia; y en enero de 1492, Colón se hallaba camino de Francia para probar allí fortuna, cuando le alcanzó un mensajero que le hizo regresar a la Corte. Muy grande es nuestra deuda para con la buena reina Isabel, pues gracias a su gran interés personal, tuvo Colón la oportunidad de descubrir el Nuevo Mundo. Cuando todos los hombres de ciencia, fruncían el entrecejo, y los ricos negaban su apoyo, la inquebrantable fe de una mujer—ayudada por la Iglesia—salvó la Historia.

En pro y en contra de esa gran reina mucho se ha escrito, igualmente falto de razón. Algunos han querido hacer de ella una santa inmaculada—tarea sumamente difícil tratándose de un sér humano—, y otros la pintan como una mujer codiciosa, mercenaria y de ningún modo admirable. Ambos extremos son igualmente ilógicos y falsos; pero el último es el más injusto. La verdad es que todos los caracteres tienen más de una fase, y lo mismo en la Historia que en la vida real, hay comparativamente pocas figuras que se puedan santificar o condenar en absoluto. Isabel no era un ángel; era una mujer, y tenia sus debilidades como todas las mujeres. Pero era una mujer notable, una gran mujer, que merece nuestro respeto al par que nuestra gratitud. Puede afrontar la comparación de su carácter con el de la «Buena Reina Elisabet», y ha dejado un nombre mucho más grande en la Historia. No fué la sórdida ambición ni la codicia lo que le hizo prestar oídos al descubridor de mundos. Fué la fe, la simpatía y la intuición de una mujer, que tantas veces ha cambiado el curso de la historia y dado pie a las proezas de tantos héroes, quienes hubieran muerto desconocidos si hubiesen confiado en la más lenta, más fría y más interesada simpatía de los hombres.

Isabel tuvo la iniciativa, y asumió la responsabilidad. Tenía un reino propio, y su real esposo Fernando no creyó prudente embarcar las fortunas de Aragón en tan descabellada empresa: bien podía ella sufragar los gastos con cargo al reino de Castilla. Parece que Fernando lo veía con indiferencia; pero su reina rubia y de ojos azules, cuyo rostro gentil ocultaba un gran valor y determinación, la acogió con entusiasmo. Se le concedieron al genovés las condiciones que imponía, y el 17 de abril de 1492, firmaron Sus Majestades y Colón uno de los documentos más importantes en que se ha puesto la pluma. Si el lector pudiese ver ese precioso convenio, probablemente no adivinaría de quién es el autógrafo que está al pie, porque el jeroglífico de la firma de Colón, pondría hoy en grande aprieto al interventor de una casa de banca. La substancia de este famoso contrato era como sigue:

1.º Que Colón y sus herederos tuviesen por siempre el cargo de almirante en todas las tierras que él llegase a descubrir.

2.º Que él sería virrey y gobernador general en dichas tierras, con voz en el nombramiento de sus gobernadores subalternos.

3.º Que reservase para sí una décima parte de todo el oro, la plata, las perlas y demás tesoros que adquiriese.

4.º Que él y su lugarteniente fuesen los únicos jueces, junto con el gran almirante de Castilla, en los asuntos comerciales del Nuevo Mundo.

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Altersbeschränkung:
0+
Veröffentlichungsdatum auf Litres:
10 Oktober 2024
Umfang:
260 S. 1 Illustration
ISBN:
4064066061265
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Rechteinhaber:
Bookwire
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